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Ikusuki en las ondas graffitianas

 

¡¡Pues sí majos sí, ayer que salí otra vez por la arradio!!

Por cierto, no dejéis de escuchar a Celia que las cosas que cuenta de El Cairo son flipantes…

También me echaron por la radio otros días, majos, ¡qué os pensáis!

¡¡Gracias señores presentadores!!

 

Los ojos de Kanazawa

Los ojos de Kanazawa

Un anciano amable, simpático, entrañable, pienso que sería fácil quererle con un mínimo de trato.

Corresponde a nuestros saludos siempre con una sonrisa en los labios y nunca se cansará de dedicar, al menos, un «konnichi wa» a cada uno de los que estamos allí.

Cuando da la clase, todo es solemnidad. Es inconcebible que alguien ría, bostece, o mire para otro lado que no sea al centro del tatami donde aquel anciano vestido de blanco descansa sentado sobre sus rodillas. Últimamente lleva traje y cinturón nuevos. Pienso en cuántos habrá usado a lo largo de toda su vida, cuántos viejos cinturones desgastados… lo que daría por tener uno de ellos.

Con voz firme nos ordena levantarnos, y nos hace una reverencia. Y todos nos aseguramos de doblarla en grados y en segundos, creo que yo lo hice desde el primer día sin que nadie me lo tuviese que explicar, no podía ser de otra manera.

Se sabe nuestros nombres, se asegura de sabérselos y si tiene que agacharse para corregirte una postura, lo hará con gesto lento, y te agarrará la pierna y te hará doblar más la rodilla, y te explicará la razón mientras está agachado a tu lado mirando hacia arriba. Y la siguiente vez, si lo haces bien, te dirá que aprendes rápido, aunque no sea tan verdad como uno quiere creer.

Fuera de las clases suele llevar traje, como un jubilado que quiere dar lo mejor de si mismo. Aunque en el campamento de verano, llevaba bermudas, un niki y unas chanclas.

Todo son atenciones hacia él, inconscientemente le llevan té, comida… yo mismo le llevé el equipaje porque así me lo ordenaron, aunque lo hubiese hecho encantado de todas maneras. Y se suele retirar pronto, aunque no duda en sentarse entre nosotros y compartir una cerveza y anécdotas y sonrisas que valen por mil.

La otra noche estábamos todos sentados en el suelo, un poco borrachos por el sake de 25.000 yenes que nos había traído, y alguien mencionó mis combates de la competición. Él no los vió, pero se interesó por ellos y me dio la enhorabuena. Me dijo que tenía mucho valor para él tener extranjeros en su escuela, porque no sabemos japonés y aún así no nos importa pasarlo mal con tal de aprender. Que le honraba que yo estuviese allí, y me hizo una reverencia.

Y yo lloré.

Y todos se rieron, y alguna chica dijo «kawaii». De repente, todos, unas quince personas, se callaron. Quizás no fue mucho tiempo, pero fue un silencio solemne que pareció durar horas. Todos miraban al suelo, y sólo se podía escuchar el sonido entrecortado de la respiración que yo trataba de recuperar.

Entonces la velada siguió, y entre vaso y vaso de aquel sake, él nos regaló la historia de cuando entrenaba con Bruce Lee, o de cuando el Karate estaba prohibido en la URSS y tenía que enseñar en sotanos de escuelas para que no le detuviera la policía. Su hijo asentía sonriendo con ese gesto de complicidad de haberlo oído tantas veces, los que entendían japonés le escuchaban fascinados y yo… yo me dejé hipnotizar por el sonido amable de su voz.

Me emocionaré siempre al recordarlo.

Al día siguiente nos sentamos para comer después de la clase, y a mi me tocó estar casi a su lado. No paró de sonreir en toda la comida, pero yo miraba a sus ojos. Los ojos de un anciano de 77 años que ha dedicado toda su vida al Karate, que hace decenas de años ya que fundó su propia escuela y que todos los años viaja por el mundo para contar por qué hay que doblar más las rodillas a todo aquel que quiera saberlo, que no son pocos.

Pero sobretodo, los ojos de una gran persona que siendo quién es, se empeña en no ser más que cualquiera.

 


Añadida al resto de historias que sé que nunca nunca nunca olvidaré.

Neki se vino al té

Mientras me seguís comentando el último combate de Karate, que me está gustando mucho leer las conclusiones que estáis sacando, os vengo a contar algo distinto, que menuda semana llevo de Karate. Por cierto, mañana me voy a un campamento en Chiba que se basa en estar tres días levantándote a las 6 de la mañana, correr una hora por la playa, dos clases de Karate al día… madre del amor hermoso, que no me pase nada aquí en la escuela ninja esta!!!

Bueno bueno! joe, no hay quien me pare con tanto Karate, qué pesao!

¿Os acordáis que os dije que se venía con unos amigos?, pues estuvo estuvo y a mi me dio muchísima vergüenza, no os creais que atiné mucho!

¿Vosotros qué pensáis? Yo creo que les gustó!

Para mi fue todo un lujo conocerles, gente super maja con la que compartí un par de cenas, paseos y muchas muchas muchas risas. Espero que nos volvamos a ver! Aunque me tenga que ir a Balmaseda!

Por cierto

 

¡¡¡¡ MIL GRACIAS POR EL ALIJO !!!!!
Nota: Falta un paquete de pipas que no llegó a la foto…

 

El segundo combate

Después de la media decepción del Kata, resulta que había que esperar hasta las tres y media de la tarde para los combates, así que todo el mundo se fue a comer. Yo pensaba hacerlo con mis compañeros, pero como al final yo era el único que tenía a esa hora, ellos o ya habían comido o estaban compitiendo.

Con lo que me compré algo suave para comer, y me senté a ver otros combates y tratar de fichar un poco a la gente. Neki estuvo un rato largo sentado conmigo y la verdad es que agradecí un montón estar allí cascando como si la cosa no fuese conmigo. Hasta que media hora antes decidí bajar para calentar un poco y, de paso, pedir un casco que iba a necesitar y que me dijeron que me dejaban por allí.

El casco es para verlo, no sólo te protege los lados del melón, sino que tiene un plástico ahí por delante para que si te aterrizan una ondonada, no te disloquen el jerol. Esto está muy bien, pero la primera vez que me lo puse pensé que era lo más incómodo del mundo!!! Para empezar no oía nada, y encima se movía muchísimo, y con la respiración se empañaba!!

Bueno pues a las tres y media nos empezamos a juntar los que íbamos a competir en el punto en el que nos citaron. Lo que hacían era pasar lista e iban uno a uno asignando colores: tú el rojo, tú el blanco, tú rojeras, tú blanqueras… A mi siempre me ha tocado el blanco, y mira que el rojo es mi color favorito, cagüen!.

 

El caso es que allí no aparecía nadie, y en el tatami donde nos tocaba competir no habían hecho nada más que empezar unos chavales, así que teníamos para largo. Yo me estaba quedando neke (que no Neki), y hubo un momento en que me senté en un banco y yo creo que cabeceé ahí un par de veces, ahora que lo pienso me tendría que haber puesto el casco no fuese a ser que me estampara contra la pared.

Cuando por fin apareció el jefe con la lista, había pasado más de una hora y entre que eramos un montón de ellos y que alguno no aparecía y lo llamaban más veces y que si tal y cual, aquello empezó por lo menos hora y media tarde. Yo ya no tenía ni nervios, estaba más dormido que otra cosa. De hecho estaba pensando seriamente en ir a tomar un café o algo porque de verdad que lo estaba pasando más mal que cuando me dio por leer el señor de los anillos e iba ya por la cuarta hoja (no pasé de ahí, por cierto).

Por fin desfilamos hasta nuestro tatami, y como ya sabéis, yo era el último que salía. Una vez que el arbitro dio comienzo, me di cuenta de que yo no estaba saltando como un loco como lo hacía antes. Que simplemente me puse delante de él preparado, moviéndome muy poco, con calma aunque siempre alerta, y como sabiendo lo que iba a pasar… la verdad es que me sorprendí de lo mucho que había cambiado mi forma de pelear.

Este primer combate, como ya sabéis, lo gané. Los eliminados se fueron, y nos fueron asignando colores otra vez a los que quedamos. Cómo no, yo me quedé con el blanco.

 

El segundo combate lo tenéis aquí:

También lo gané. El tío era más alto y venía avasallando, pero la verdad es que los dos puntos que le marqué fueron muy parecidos a los del primer combate….

Así que pasé a cuartos!!! Emoción emoción!!! ¿Qué pasará a partir de aquí??!?!?

 

 

El Kata

El sábado me levanté media hora antes que la alarma del despertador, aunque la verdad es que no estaba nervioso, me sentía como en calma, como sabiendo que ya no había nada más que preparar, que sólo quedaba ir a Yoyogi y hacer lo mío allí delante de todos.

Desayuné bastante fuerte, y llegué al estadio a las nueve de la mañana, la hora justa que se anunciaba en la hoja. En la entrada había muchísima gente, sobre todo niños con el traje de Karate ya puesto, y muchas madres acompañándoles. Así que yo no encontré a los de mi gimnasio y me sentí totalmente perdido.

Pasé adentro, y justo en la entrada habían puesto una serie de mesas con camisetas, bolsas, y demás productos de la SKIF, y estaba mi profesor Suzuki vendiendo. Me acerqué a él, le saludé con mi primer ossss del día, y le pregunté dónde tenía que ir. El se empezó a reir, y me dijo que no sabía, que fuese «para allá», vamos, para la cancha.

Allí finalmente me encontré con algunos de mis compañeros que ya estaban con el kimono, así que me fui a cambiar. Lo que pasa es que no había vestuarios por ningún lado, con lo que entré en un baño y resulta que había gente allí cambiándose. Yo me sentía totalmente desorientado, sin saber qué iba a hacer, ni cuando, ni donde.

Subí, me senté y una compañera me cogió de la mano y me dijo que bajase a uno de los tatamis donde algunos estaban calentando. Me uní a ellos, e hicimos los mismos ejercicios con los que empezamos siempre las clases. Me sirvió para relajarme un poco, aún sin perder la sensación de estar perdido.

Se me descosió el dorsal, y un chico de la organización me lo pegó con cinta. Pero al de cinco minutos se me volvió a despegar, y una chica me lo pegó con otro tipo de cinta. Cuando pasó por tercera vez, la misma compañera de antes me llevó donde una señora cuyo hijo está en mi gimnasio, que, como buena madre, tenía aguja e hilo y, más maja que ni sé, me lo cosió con lo que ya se quedó ahí para siempre. Por cierto, lo tengo que quitar para la clase de mañana, pero es que queda tan mono…

Me di cuenta de que la gente tenía como un programa con los horarios, así que fui a coger uno. Tuve que pagar mil yenes, pero me llevé un libro donde se explicaba el evento, y tenían perfectamente organizado quién hacía qué, en qué tatami y, sobretodo, a qué hora.

Yo salía a las 12:05 en el tatami B para hacer el kata que me dijesen. Me hizo mucha ilusión ver que mi nombre ha quedado impreso y unido al evento para siempre en el libro oficial, y fue gracioso ver un simple y significativo «Oskar» entre tanto kanji con nombre completo.

Me enteré, entonces, que todo se hacía el mismo día: katas y combate, y que sólo si llegaba a la semifinal, tendría que ir al día siguiente. Y también el mismo día me enteré de las horas, si lo hubiese sabido antes, no habría hecho a Neki y compañía venir tan pronto.

Un chico que había venido de Hokkaido decidió hacerse mi amigo y estuve hablando con él bastante rato. De hecho, de no ser por él, no habría llegado a tiempo al recuento, mayormente porque no tenía ni idea de donde era.

Después, salimos todos en fila hasta nuestro tatami. De repente se me secó la boca, sentí miedo, creí olvidarme de todos los katas…

Pero salí, hice el kata que me tocó, el tercero de los más básicos, y de los cinco banderines de puntuación, a mi me dieron sólo dos, así que el otro chico me ganó. En cuanto acabé el kata, sabía perfectamente el error que había cometido: perdí el equilibrio en una de las partes más fáciles, echadle un ojo al segundo 58 del video… Me llevé mucha decepción porque sabía que podía haberlo hecho mucho mejor, pero ahora estoy muy contento de haberlo intentado.

(Os aconsejo que lo veáis en la web de Vimeo, que se ve mejor por lo del HD este)

Por la tarde, como ya sabréis por el video que ya he puesto, la cosa salió un poco mejor… pero os tendréis que esperar!

PD: Por cierto, para liberarme del estrés de la competición el viernes me compré el iPhone… yo, por comentar…

915

Ese es el dorsal que me han dado para el campeonato nacional de la SKIF (Shotokan Karate International Federation). Llevo entrenando exactamente 84 clases desde que llegué a Japón, empecé con cinturón blanco de nuevo por distintas razones, tengo el marrón y el mes que viene me examino de cinturón negro por fin.


Pero el caso es que este sábado me presento al campeonato de Japón en las modalidades de Kata y Kumite como un alumno más de la escuela de Kugahara. Lo primero significa que tengo que hacer dos Katas: uno el que lleve preparado, y otro que no lo sabré hasta el último momento que es cuando levantarán un banderín con el nombre .

En Kumite me tocará pelear con gañanes de mi mismo cinturón, y siempre menores de 40 años que es donde empieza la siguiente categoría. Esto significa que se me puede poner delante lo mismo un adolescente de estos con las hormonas en Shinkansen y brazos colgando que me mirarán desde ahí arriba. Es igual! yo me tomo esto como el reto que es y pondré todo de mi parte, espero que si Neki se esmera con la cámara, podáis ver algún video.

Así que si estáis por Tokyo, como Neki, y os apetece venir a ver cómo uno de cerca de Bilbao se hace pasar por japonés y se mete en un cuadrao a repartir, no tenéis más que bajaros en la estación de Harajuku el sábado a eso de las 10 de la mañana e ir al estadio olímpico de Yoyogi, al pequeño, pero con la condición de que pegueis gritos bien daos. Después pueden pasar dos cosas: que gane y entonces tenga que ir el domingo a la siguiente ronda, o que no gane con lo que nos iremos a un izakaya todos juntos a celebrar que lo he intentao! Ah, y la entrada es gratis!

Qué Beijing ni qué cuentos chinos!!

La chica del bar de Shibuya

El tiempo empezó a cambiar, del más frío de los inviernos que he vivido nunca, por fin empecé a no necesitar el abrigo a según qué horas. Y para celebrarlo, decidí salir a comprar ropa acorde con la nueva temperatura que se empezaba a intuir.

Shibuya está lleno de tiendas, pero después de todos estos meses ya tengo mis preferidas. Sé donde voy a encontrar lo que quiero y aunque me gusta perder el tiempo curioseando, ese día fuí al grano.

En lo que me quise dar cuenta se hizo de noche y el paisaje de la zona cambió radicalmente sustituyendo rayos de sol por neones. Siempre tengo la sensación de que es como otra forma de hacerse de día.

Salí tarde, así que no me apetecía volver a casa tan pronto. Total, nadie me iba a echar en falta y no todos los días se está en un sitio como aquel. Así que me metí en un bar, un irlandés, me senté en una esquina, dejé las bolsas en el suelo y, como tiene que ser, pedí una cerveza negra.

A mi lado había una chica que estaba concentrada escribiendo en un cuaderno. Si bien el sitio no era el mejor, estaba claro que la luz no era ni mucho menos la adecuada, así que su cabeza estaba sumergida entre las hojas, quedando casi a la misma altura que su mano derecha con la que no paraba de escribir, casi dibujar, en perfecto japonés. En aquel momento estoy seguro de que ni siquiera reparó en mi.

Saqué mi teléfono, más por hacer algo que por tener ningún interés en él. Y empecé a navegar entre los emails y mensajes que empezaban a abarrotarlo. Pensé que definían mi vida desde que llegué a Japón, allí estaban las amistades que había hecho, las llamadas que había recibido, mensajes que anticipaban encuentros con personas que unos meses antes no existían.

Alguien me habló. Un chico japonés con traje y pelo largo, lo que le daba un aire de salary man venido a menos, como un niño jugando a ser mayor. No era la primera vez que estaba en un bar y alguien decidía entablar conversación conmigo en inglés. Fue un gesto amable que supe apreciar, así que estuvimos charlando un rato. ¿Qué haces aquí? ¿de dónde eres? ¿por qué zona vives?…

Me llamaron al móvil, y mientras atendía la llamada, vi que el chico empezó a charlar con la que seguía escribiendo a mi lado. Pude ver que esta vez la conversación era en japonés por las pausas solemnes y los asentimientos obligados casi al final de cada frase.

«Este tío está en su salsa», pensé mientras acababa de hablar con el móvil, y reafirmando su innata habilidad, hizo lo que me temía: nos presentó medio en inglés medio en japonés. Incluso mezclando idiomas era capaz de hablar con desparpajo.

Cuando le contó de dónde venía yo, la chica de repente se puso a hablar en perfecto castellano. Resulta que había estado estudiando en Salamanca y que fue una muy buena experiencia que siempre recordaba con cariño.

En algún momento de la conversación, el chico japonés desapareció para volver cinco minutos después con dos cervezas con las que nos invitó antes de dejar el bar.

Estuvimos más de tres horas hablando. A ella le gustó volver a hablar, por fin, en aquél idioma que aprendió y que a duras penas utilizaba, y a mi me gustó escucharlo. Compartimos muchas anécdotas ocurridas en el país del otro, y hasta me enseñó la carta que le estaba escribiendo a su hermana.

La hora del último tren llegó, y fuimos juntos a la estación donde nos despedimos para no volvernos a ver. Al menos por mi parte, supongo que no nos interesaba nada más que una buena conversación, así que supimos olvidar el momento de intercambiar los teléfonos, que nunca pasó.

Ayer volviendo a casa, escuché a una señora hablando en castellano y me vino a la
memoria aquella chica del bar de Shibuya con la que intercambié nostalgia por sonrisas, recuerdos por anécdotas, castellano por japonés… hace ya más de un año.


Añadida al resto de historias que sé que siempre me emocionarán cuando las lea.

El señor del bar y el cocinero de sushi

Era también agosto, aunque unos años atrás y en un lugar muy diferente.

Estaba esperando en un bar a que Bea acabase su entrevista de trabajo. No era la primera en el mismo sitio, cerca de Zamudio, así que sabía que tenía tiempo para tomarme un café y un pintxo, o dos o tres si hiciese falta.

Periódico del día en mano, me senté en una mesa y me dediqué a lo mío durante una media hora, sorbiendo el café con calma entre página y página. Cuando acabé, dejé el periódico en su sitio y sin pensar, llevé la taza de café y el plato desde la mesa hasta la barra del bar, di las gracias y cuando me iba a ir, el dueño me interrumpió:

Perdona, oye, no se si te lo habrán dicho alguna vez, pero tu eres una gran persona

Yo sorprendido le miro intentando entender la broma, pero su cara era de amabilidad, de sinceridad, no había rastro de ironía.

No es sólo -continuó- que hayas tenido el gesto de recoger la mesa, sino que hay algo en ti que te hace especial, intenta que no te cambien.

Ehh, gracias, me has dejado sin palabras…

Él asintió con la cabeza, satisfecho de haberme soltado semejantes palabras y yo me fui sin darle demasiada importancia. Supuse que no había mucha gente por allí que le recogiese la mesa, o quizás no estaba acostumbrado a que le diesen las gracias, o simplemente igual se lo decía a todo el mundo y así se entretenía el buen señor.

La anécdota se perdió entre los recuerdos.

Este sábado, algo así como 4 años después, entré en un restaurante de sushi que hay en Shinjuku. Es de esos en los que la comida pasa en platos por una cinta transportadora, y que te sirves tu mismo pagando después según el color de los platos que hayas escogido. En este restaurante, además, puedes ver al cocinero que está en el medio preparando el sushi y puedes pedirle alguno de los que está en la carta.

A mi me apetecía de natto, así que con una sonrisa nerviosa por no saber si estaba hablando bien en japonés, se lo hice saber. Él asintió riéndose también, quizás sorprendido y me miró como queriendo decirme algo.

Después de dudar por un instante, mira a una chica que hay a mi lado y señalándome con la cabeza intercambian un par de frases. Ella asiente, y ambos se ríen.

Yo me pongo rojo, y sólo acierto a seguir sonriendo por no saber muy bien cómo actuar. Cuando el cocinero entra a por más arroz a la cocina, ella me habla en inglés y me dice:

He told me that he feels you are a nice person, he doesn’t know why, but he told me that. I was so surprised that I just said so!

Yo me quedo sin palabras y relaciono inmediatamente ambos sucesos, me viene a la memoria la cara de aquel hombre del bar, su gesto solemne pero amable, el periódico…

Siento miedo. Acabo la comida, pago y me voy.

Pensando sobre lo ocurrido, sé perfectamente que no soy la persona que ellos creen que soy. No voy por ahí haciendo buenas obras, y tengo millones de defectos. No es eso lo que quiero contar hoy aquí.

Lo que me preocupa de verdad es por qué dos personas que no he visto en mi vida, de dos países totalmente distintos, sintieron la necesidad de decirme lo mismo con tan sólo verme durante unos minutos…

Quizás me vean cara de bueno, no lo sé.

Tengo que reconocer que me halaga.

Aunque me de miedo pensar en ello más de lo debido…

Una verbenilla de mi barrio

El domingo, que me fui a dar una vuelta por Shinjuku, como ya sabéis por el edificio ruffleao ese, y llegué tan cansado que me di un baño con agua más bien fría.

Ahí estaba yo remojándome las pantorrillas cuando oigo tambores y música como bastante cerca, casi al lado de casa. Así que salí de la marmita, y me fui camino a Honmonji. Cuando no he andado ni cinco minutos, veo a una madre que lleva a sus dos hijos vestidos con Yukatas todos reguapos por una calle a la derecha donde se intuye que está el lío:

Claro, como era de suponer, la música venía de ahí arriba. Así que allí que me fui, y descubrí un matsuri, una verbenita de barrio con puestos de comida con precios simbólicos como un bol de udón por 50 yenes.

Resulta que mis vecinos más cercanos se juntaron en un templo muy pequeñito, lo llenaron de farolillos, pusieron música y se dedicaron a bailar con sus mejores kimonos.

Yo me puse en una esquina, tratando de no llamar la atención, y me dediqué a observar

 

Es un baile muy simpático, muy bonito, y verles con los yukatas lo hace más bonito aún

 

El señor de azúl era el que mejor lo hacía, menudo campeón

 

Un recoveco de Tokyo, un sitio nada conocido… momento chulo, este

 

A parte de las abuelas, fijaos en los niños del fondo, que aunque no se sabían los pasos, lo intentaban y se lo pasaban pipa!

Ahí en lo alto estaba la maese tamborilera

 

Míralas qué guapas!!! durante el baile, van dando vueltas al kioskillo este de la del tambor

¿Os acordáis del maravilloso video en el que volvía de Karate? ¿O el de los fuurins? Pues en este que grabé, se ve más o menos lo mismo, jajaja. Pero estoy seguro que el ambiente lo podéis sentir igual…

Por cierto, el sábado me compro cámara de video que espero que tenga modo noche pa torpes, y así le añadimos imágenes a los sonidos nocturnos que tengo a bien mostraros!

 

Que salgo otra vez por la radio!!


Hoy de cinco a seis de la tarde, junto con otros vascos que viven por ahí por el quinto pino (yo estoy en el decimotercero).

Así que haremos la jugada de la otra vez, a ver si puedo grabarlo y luego os pongo las tontás que tenga yo a bien decir con mi habitual sabiduría. Con un poco de suerte no se me mete un grillo en el teléfono como la última vez.

Desde aquí también se podrá escuchar online.

Ay que nervioss!!

Actualización: grabao!!! Os lo podéis bajar de aquí:

Mil gracias señores de la radio!!

Uniendo ilusiones

Tardes de verano sin mucho que hacer, ilusiones, dibujos, bocetos, encuestas con los amigos, cervezas por la noche delante del ordenador, muchas veces a solas.

Problemas, disgustos, apoyo, nuevas ideas, primeras ventas, alegrías, locuras. Momentos plasmados en fotos que sólo dejan intuirlos, aunque los definen a los ojos de los que los vivimos.

Más problemas, muchas lágrimas, palabras dichas sin pensar, sentimientos obligados a ser callados.

Un viaje largo, mucho, tan largo que se sigue alargando. Pena y emoción al mismo tiempo. Redescubrir un mundo olvidado, quizás demasiado idealizado. Frustración.

Dolor.

Cartas escritas pero nunca enviadas.

Soledad.

Desamparo.

Luchar por el día a día, encontrar retazos de felicidad entre la rutina, tratar de buscar un sitio en un lugar en el que estás fuera de lugar.
Sentimientos que se escriben para personas desconocidas. Esperanzas que no se pueden cumplir, sueños que se evaporan.

Encuentros. Amigos. Personas nuevas añadidas a una vida que se siente a veces demasiado vieja, y a veces demasiado jóven. Difícil encontrar la edad que corresponde con la mente tan nublada.

Nuevos proyectos, nuevos problemas, más emociones. A veces lágrimas, muchas veces sonrisas, siempre nostalgia encallada en algún lugar entre la garganta y los ojos.

Muchas ideas, muchas ilusiones. Una luz en el horizonte que siempre ha estado ahí, como el deseo de ser feliz mientras los dibujos y las prendas se van sucediendo, mientras este diario mío lo van leyendo más y más personas.

Experiencias que se viven a costa de no vivir las que hubiesen correspondido, que son ya momentos que se han perdido.

Todo esto es Ikusuki. La historia de dos personas que crearon este mundo uniendo sus ilusiones, a veces a destiempo, y que han sabido llenarlo de vida a pesar de la distancia. Aunque a veces el mar de sentimientos de este, nuestro mundo, se tenga que desbordar y tardemos un poco en arreglarlo.

Para ello, a mi ahora sólo se me ocurre, Bea, darte las gracias. No sólo por todo lo que haces por Ikusuki, sino por ser la persona que más me apoya, que más me ayuda, que mejor me entiende aunque a veces no nos entendamos.

 

 

Ikusuki parodia a Enrique Dans

Andaba yo pensando en inventarme que hay webs 2.0 y hablar de ello cuando de repente me di cuenta que ya llevaba tiempo haciéndolo, así que hoy, para variar, voy a hablar de la inadaptación de la SGAE al mundo digital binario de dígitos puestos en fila. Estos señores arcaicos viven de rentas pasadas, persisten en su endemonamiento del usuario que se descarga música con el gobierno como aliado empuñando un canon absurdo como arma. No lo repetiré más de 537 veces este mes.

Así que mientras contrato a otro fotógrafo que me saque en una pose un poco más endiosada, voy a ver si sigo viviendo a costa de escribir y dar conferencias sobre los que viven del cuento (lo que no deja de ser una redundancia).

Os paso un apunte para que tengan algo que decir todos aquellos blogs sin personalidad que sólo saben copiar lo que yo cuento: la tendencia de Internet, la ya denominada web 12.0 es que se va a regionalizar dependiendo desde donde se conecte uno: si estás en Galicia, se adaptarán automáticamente los contenidos añadiendo «carallo» de vez en cuando para así proporcionar una más enriquecedora experiencia al usuario. Todavía no queda claro cómo se verán las páginas de Bilbao, aunque todo indica a que la resolución de los monitores cambiará automáticamente a trescientos mil pixeles.

¿Sabrá Microsoft adaptarse a este nuevo concepto territorial?


La jugada de El Correo

La cosa fue que Goyo, el tío que sale más veces en Ikusuki in the world, me mandó un mail avisándome de que en El Correo Digital andaban intentando reunir a los vascos que andan por el mundo. Así que fui allí y me apunté con la primera foto que encontré no dándole mucha importancia.

Después se pusieron en contacto conmigo y me dijeron que hiciese un blog, pero claro, yo ya tengo uno, así que les pregunté si era posible que simplemente copiara las entradas de uno en otro. Ellos contestaron que vale, que no era el único que lo estaba haciendo y que no había ningún problema.

Así que empecé a copiar las entradas que más me habían gustado del blog, publicando una al día, intercalando viejas historias con nuevas.

Y después de publicar la de los Elvises, me mandaron un PDF que habían hecho para publicitar estos blogs de vascos en el extranjero, pidiéndome permiso para utilizar una de mis fotos y haciendo mención a mi entrada.

Después se fue apuntando más gente que vive por ahí, y empezamos a salir en portada. No se de que depende, pero creo que siguen algún tipo de orden: cada dos días hay uno nuevo más o menos.

Hoy estoy yo otra vez…

¿Y qué queréis que os diga?

¿yo?

¡Más contento que unas castañuelas!

Ikusuki parodia a Kirai

Como no tenía otra cosa que hacer, vengo de la presentación oficial del nuevo cohete de la Nasa. Casualmente, el director del evento fue el primo del hijo del dueño del combini donde yo compraba los noodles cuando trabajé en el código fuente más ejecutado de internet de todos los tiempos. Tened claro que vosotros podéis usar internet más allá de Cuenca gracias a que yo programé aquello.

Así que aprovechando que mi amigo Dani Txus se ha ido a la revisión de los 3000 del traje (que ha aprovechado y ha dado parte al seguro para arreglarle la chapa con Titanlux) me he ido a dar una vuelta por Tokyo con mi nueva cámara de teletronchobjetivo. Han venido conmigo mis amigos: el presidente de Firefox 3, el que mordió la manzana que inspiró al logotipo de Apple y el dueño de todas las páginas que empiezan por H en internet.

Por cierto, ¿vosotros qué opináis sobre que sólo me sigan 1732 personas en twitter habiendo tanta gente en el mundo? ¿también estáis en desacuerdo?

Mamá mamá, que salgo por la radio!!

Esta tarde de seis a siete en Radio Euskadi, en el programa Grafitti donde se hablará de vascos en el mundo quintopinil.

Me he agenciado un invento para grabarlo, a ver si soy capaz de hacerlo funcionar y os lo cuelgo…

Actualización: no se si es por mi móvil que anda últimamente como una picha mora, o qué, pero se me entiende peor que a Keny de South Park.. En fin, ahí vamos!!!

Mil gracias a Goizalde, Aintzane y al resto de Graffiteros!!

Sueño inventado

Estoy andando de noche por Odaiba, y mirando hacia Tokyo a través del Rainbow Bridge está el Guggenheim al lado de la Tokyo Tower proporcionando un doble reflejo de un enorme barco rojo metálico en el agua del océano Pacífico.

No hay nadie, sólo una persona a lo lejos, en la otra esquina de la playa. Está quieta, muy quieta mirando al mar. Descubro que lleva un chandal azúl y aunque no puedo ver su cara, sé que está intentando con toda su alma que su cuerpo no se mueva sin su permiso. No soy quién para interrumpir, así que paso por detrás de él sin hacer ruido, y escucho música proveniente de detrás de unos árboles. Me acerco, las distancias son largas pero en mi sueño se recorren en segundos.

Y veo una casa de madera, y en una de las ventanas veo a una señora que me ofrece té. No habla, sólo prepara el té con muchísimo cuidado, como siguiendo los pasos de una ceremonía no escrita aprendida de sus padres y éstos a su vez de los suyos.

Mientras lo bebo, y todavía hechizado por sus movimientos, siento una paz infinita que ya había experimentado antes.

Sin quererlo, me duermo.

Despierto en mi casa pero escucho sollozos en la calle. Estoy vestido, así que, de nuevo, tardo muy poco en llegar hasta una anciana que está llorando. Es bajita, tiene la espalda un poco encorvada y lleva un sombrero. En su mano hay un paragüas, pero está roto. Yo busco desesperadamente otro para dárselo, pero en mi sueño sólo existe uno que está partido por la mitad y ella no para de llorar.

Entonces me acuerdo de alguien, y voy a buscarle al parque. Con él de la mano, me presento de nuevo ante la anciana. Se miran, ella con lágrimas en los ojos parece más una niña. Él recoge una hoja del suelo, y le dice que espere. Ella le mira muy atenta mientras se sorbe los mocos cuatro o cinco veces haciendo mucho ruido. Pero no resulta en absoluto desagradable.

Quiero abrazarla.

El señor le regala una figura que ha hecho con la hoja: un paragüas.

La sonrisa más sincera que he visto en mi vida aparece en la cara de la señora.

Me mira…. Y me da los buenos días. Y vuelve a sonreir.

 

Los insectos de hojas

Desde hace algunas semanas, si hace buen tiempo me voy a un parque cercano a comer. A veces voy sólo y otras veces se anima alguien más de la oficina, aunque lo primero suele ser lo normal.

Y sentado en un banco, palillos en mano, me dedico a observar lo que pasa en un parque cualquiera de Tokyo entre la una y las dos del mediodía: veo madres que juegan con sus hijos en los columpios cercanos, algún que otro barrendero, otros empleados de empresas cercanas haciendo lo mismo que yo… pienso que no se diferencia mucho de lo que se podría encontrar en cualquier parque de cualquier ciudad del mundo a la misma hora.

Pero de un tiempo a esta parte, y de forma ocasional, he encontrado en el banco en el que me suelo sentar unos insectos hechos de hojas. Es como si fuese origami, pero utilizando hojas de árboles en lugar de papel. Una día aparece uno, después puede pasar una semana y aparecer otro con distinta forma. Siempre en el mismo banco, y siempre insectos hechos de hojas.

Los dos primeros me hicieron gracia y no les dí importancia, pero cuando apareció el tercero, empecé a coleccionarlos.

Hoy he salido a comer una hora antes, cerca de las doce, y he ido al parque andando muy rápido, corriendo en ocasiones, poseido por una emoción infantil como hacía tiempo que no sentía. Y le he visto: un señor con traje y corbata, de unos 60 años estaba sentado en el mismo banco. Se pudiera decir que es su turno, como si yo fuese el relevo.

Y me he sentado enfrente, a unos dos metros. El hombre había acabado ya de comer, el recipiente vacío de comida estaba perfectamente recogido a su lado, envuelto por una tela de color verde. Curiosamente del mismo verde que se dejaba asomar entre sus manos que no se paraban quietas. Un doblado aquí, un corte allá… entretejiendo, dando forma, esculpiendo las hojas con gesto experto, con movimientos repetidos quizás durante años.

No había comido ni siquiera la mitad de mi plato cuando me doy cuenta que es el segundo insecto que está haciendo hoy. Puedo ver el primero desde mi sitio y de repente una ráfaga de viento lo tira al suelo. El hombre lo recoge, casi sin levantar la vista del que tiene a medio hacer, y lo vuelve a poner en su sitio. Y un par de minutos después, veo que examina con cuidado su segunda obra, lo mira, lo remira y le da unos últimos retoques.

Después, coge ambos insectos y los coloca con cuidado en el reposabrazos del banco, recoge su bolsa y se va como si no hubiese estado nunca. Por el camino se va ajustando la corbata quizás pensando en las reuniones de trabajo que le esperan. Pero antes de doblar la esquina se gira para comprobar que todavía siguen allí.

Y creo verle mirarme y sonreir, como si supiera de sobra que soy yo.