El blog sobre Japón de un tío que SI está en Japón!!

¡Ya tengo currelo!
:feliciano:

¡Atiende aquí!

Esta tarde firmo el contrato y empiezo el viernes. Ayer mismo me hicieron elegir ordenador y dos monitores y toda la pesca; ha salido la cosa niquelada, desde luego, podemos decir aquello de:

Estamos contentos, Tosca, joder que si lo estamos

Ahora que me lo he ganado, no me jodas, al que me venga ahora a decir que he tenido suerte le meto los zapatones de hacer entrevistas por la boca. He hecho, espera que mire… 37 entrevistas, ojo cuidao. Casi cuarenta entrevistas en tres semanas y media que han dado sus frutos: el viernes pasado tenía ya cuatro ofertas encima de la mesa y lo cierto es que me habría ido a cualquiera de las cuatro porque todas tenían una pinta estupenda; pero no nos enrollemos más y pasemos a resumir la situación, que ha sido muy emocionante:

– Empresa 1: todo un edificio solo para ellos, servicio consolidado, mayormente un Netflix a la japonesa con gran mayoría de dramas y películas del país, pero también con derechos de bastantes series americanas típicas: Big Bang Theory, Arrow, Walking Dead, etc. El pero: sería para “volver” a programar en Java y PHP, cosa que me apetece lo mismo que a Charlie Sheen volver a la Fanta limón. Lo bueno: muy buen sueldo, por encima de la media (hasta donde yo sé). Llamaré a esta empresa: JapanFlix

– Empresa 2: tres plantas de un rascacielos en pleno Shibuya solo para ellos, el interior de la oficina le da mil vueltas al de Google Japón (he estado tres veces haciendo entrevistas también y me las enseñaron, sé de lo que hablo). Lo bueno: se programa en Ruby y Matsumoto-san, el que inventó el lenguaje, es consejero de la empresa con lo que se organizan cursos de programación cada semana, el nivel es muy alto, además la gente es muy muy maja y a partir de la segunda entrevista prácticamente decían directamente que les encantaría que trabajase con ellos, hasta me hacían regalos. Lo malo: es una startup, con lo que no se sabe que va a pasar aunque a primera vista es bastante estable. Lo segundo malo: el sueldo lo tienen estipulado por grados y al entrar es bastante bajo, cobraría menos que en mi empresa anterior (ahora que sin trabajo como estaba, pues tampoco vamos a ser señoritingos). Esta se queda con: Cariñosers

– Empresa 3: una planta en un edificio discreto pero moderno de Shibuya, el producto es una aplicación para chicas donde mezclan recopilación y redacción de artículos con comercio electrónico, es decir, una modelo famosa escribe un artículo sobre tal bolso y aparte de leerlo, puedes comprar el bolso directamente. Era una startup pero tienen tal volumen de usuarios que las ha comprado un famoso grupo japonés. Gente muy maja, un montón de ToscaGirls que son las que escriben los artículos y ambiente bonico del tó con modelos yendo y viniendo a sacarse foticas. Lo bueno: Ruby, mucha flexibilidad, posibilidad de hacer desde diseño hasta meterle mano a la aplicación de iOS. Lo malo: no se sabe nada del sueldo. A estos los llamare: Chiquillas SA

– Empresa 4: una planta entera en un rascacielos de Nishi Shinjuku. El producto: algo que en teoría va a tener mucho futuro en Japón, tener atención médica sin necesidad de ir a la consulta. Una aplicación de pago donde tienes un médico asignado y un kit de accesorios para medir y enviar a través de la aplicación datos relevantes como la temperatura, la presión arterial, el pulso… si tienes un crío, te viene el médico a casa. Esto no se podía hacer hasta el año pasado que Japón aprobó una ley en Agosto que abría la posibilidad y hay bastantes empresas batallando ahí por hacerse con el mercado, mayormente reclutando médicos y personal sanitario que podrían dedicarse exclusivamente a esto. Lo bueno: sueldo aparente, programación en Ruby y ofrecimiento de puesto de jefe de equipo, además queda al lado de donde vive el Chiqui con lo que probablemente le gorronearía bentos. Lo malo: el jefe un echao palante de 25 años que no me da ninguna seguridad y que en realidad me viene mejor el entorno de Shibuya para ir con la bici. A esta empresa la llamaré Matasaneitors Associates.

Total, todo se decidía el viernes pasado, fue un día muy emocionante. El jueves, Cariñosers me hizo una oferta que fue muy cariñosa, vinieron todos los jefes de equipo a estrecharme la mano y darme una pequeña charla en plan que si me iba con ellos, lo iba a flipar. Todo con mucho amor, pero la cifra ahí puesta estaba muy por debajo de mis expectativas. Aún así, no la descartaba porque, en serio, el sitio mola mucho. El mismo jueves también hice la última con el presidente de Matasaneitors que me dijo que no me decía oferta hasta que le contase lo que me ofrecían las otras empresas, que estaba dispuesto a mejorar la mejor. Toma ya.

El viernes por la mañana iba a la última entrevista de los JapanFlix. Pero no fue así, resulta que era a recoger la oferta directamente, sorpresa matutina muy grata. Un señor con el pelo más engominado al oeste del río Sumida me puso ahí una oferta muy muy, pero que muy sabrosona y de nuevo la charla convencedora: si te vienes con nosotros te vamos a cuidar, porque además sabemos que tienes familia y respetamos mucho eso con horarios flexibles, también te dejamos elegir el ordenador que quieras e incluso la silla si quieres una ergonómica, no se qué. Salí de allí con una sonrisa de la hostia de grande, llamé a Chiaki y partí presto a la última entrevista de Chiquillas SA que tenía esa tarde, pero vamos, bastante convencido de que nadie podría igualar al gominas.

Me di un paseo del copón de la baraja y finalmente entré en Chiquillas SA, donde una de ellas me llevó a la sala de reuniones y allí apareció un tipo que tenía la curiosa habilidad de no tener que respirar en ningún momento porque perdería la oportunidad de seguir soltando palabras. Hablaba más que un argentino jarto cafés subido en un escenario, no tengo muy claro que me sacase nada de información porque en realidad solo hablaba él. Pero era simpático, las dos o tres veces que hablé yo para decir algo, se reía. No tengo claro que entendiese lo que quería decir yo. A destacar que nunca en esa empresa había trabajado un extranjero y estaban bastante acojonados por el papeleo que tendrían que hacer por el visado y eso o por si había alguna movida cultural que les iba a dejar paticuescos. Yo muy normal no soy, pero tampoco es pa tanto.

Y así me fui pa casa el viernes: con una oferta regulera, otra bastante buena, un mail a un echao palante que decía que me mejoraba el asunto y una oficina llena de Chiquillas pensando si metían ahí a un garrulo caucásico o se dejaban de experimentos.

El sábado me desperté con el email del Matasaneitors que decía que era mucho eso, que se plantaba en un término medio entre las dos ofertas. Razonable, pero a esas alturas de la película pocas hostias.

Estaba ya resuelto a pagarle unas cervezas al Lorco para que me enseñase qué se lleva en el Java estos años (lo mismo hace 7 que no toco eso ni con un palo) cuando llegó ya bien entrada la tarde un email del recruiter que estaba llevando lo de Chiquillas SA. Que me querían, que mejoraban la oferta pero tenía que aceptarla ya, que no valía eso de coger ahora e irme donde JapanFlix a seguir negociando. Yo estudié la situación con mucho cuidado valorando cada detalle aproximadamente un segundo y medio: Java/PHP/Tíos feos en un lado y Ruby/Toscagirls en otro… amos no me jodas.

Y aquí estoy, un martes por la mañana quedando para comer con el recruiter al que no le cogía el teléfono nunca y que resulta que me ha dado la vida y luego a la tarde firmo el contrato definitivo con las Chiquillas SA que pasará a llamarse a partir de ahora algo así como Chiquillas+1Zalluco SA. Iré con un libro de Murakami o algo para que se sientan más cómodos.

Resumiendo: ¿sabes eso que dicen que todo cambio es para mejor?, ¡pues mis huevos!, si vas andando y por lo que sea se te cae la picha y se la come un perro, ya me vas a decir a mi que mejoría ahí le sacas a tu vida, si acaso la del perro que estaría alimentado por dos meses como poco.

Pero mira, en este caso y visto lo visto, ojalá hubiese cerrado mi empresa antes, así te lo digo. No ha sido fácil, pero el hecho de poder dedicarte full time a buscar trabajo ha sido lo mejor que me ha podido pasar. Las he pasado canuters, ha habido oficinas que eran auténticos antros, gente más rara que ni sé, me han dicho que no unas cuantas y eso tampoco gusta aunque es parte del juego, pero el resultado ha sido mucho mejor del esperado.

Estoy hasta dispuesto a quedar con gente para celebrarlo, no te digo más.

Bueno, si hiciese sol, claro.

Pues nada, todo empezó hace exactamente dos semanas cuando nuestro jefe nos juntó en una sala y nos dijo, más o menos:

– Chachos, la empresa no tiene dinero, este teatro no se sostiene, el viernes de la semana siguiente a la que viene es vuestro último día. Podéis llamarme lo que queráis, he intentado conseguir más financiación, pero no hay manera. Este tiempo que queda, dedicarlo por favor a buscar otro trabajo.

Así, con dos cojones: tenéis dos semanas para que empecéis a pasar los lunes al sol viéndolas venir.

La primera reacción: un HOSTIAS como un piano de grande, esta si que no me la esperaba.

En la segunda vinieron imágenes: el crédito, Kota, la guardería, el crédito, Kota… Kota… Kota…

A la tercera no la dejé llegar: me pilló ya mandando curriculums con el gesto serio y los puños apretados.

Quitando cuando acabé la universidad, que además me lo tomé con mucha calma, nunca había dedicado todo mi tiempo libre a buscar trabajo y mucho menos en Tokio. Desde la semana pasada llevo hechas once entrevistas y esta semana tengo tres por día menos el miércoles que son cuatro. Algunas son ya segundas entrevistas, otras ya me han descartado y otras he descartado yo, pero me he propuesto hacer el máximo posible para tratar de que haya más de una oferta donde elegir. Además he hecho un par de tests online, uno de los cuales, si saliese bien, me hace plantearme seriamente meterme a freelance que sería, quizás, la mejor solución de todas. Veamos que sale al final, por alguna razón estoy convencido de que mejorará con creces la situación anterior.

Es un trabajo en si mismo lo de buscar trabajo: hay que coordinar horarios, tener en cuenta a qué barrio de Tokio hay que ir al acabar la siguiente (la de esta mañana estaba entre Burgos y Mordor, no había ni cuervos). Hay que tener preparadas respuestas en el japonés formal que se debe usar (gracias Chiaki, una y mil veces), hay que contar con camisas planchadas, hay que coordinar todo con seguir llevando y trayendo a Kota a la guardería y sobretodo hacer que no decaiga el desánimo.

De momento no es el caso. Mecagüen la puta de oros, me como Tokio caminando a paso rápido entre estación y estación con la música a tope apalizándome el alma y es que el despido este ha sido un bofetón con la mano abierta de par en par, de repente se acabaron las bromas: no se juega con el arroz del onigiri de Kota, no señor.

Hablo en japonés; me sale cada vez mejor contar mi farsa y creo conseguir que se la crean. Sé cuando hacer bromas y cuando no, sé de lo que es mejor que no hable demasiado y sé donde girar el destornillador para apretar más el tornillo. Me han entrevistado chavales diez años más jóvenes y señores diez años mayores y en los dos casos he conseguido pasar la entrevista. He mandado a la mierda a una empresa que pretendía que trabajase gratis una semana, he hecho pruebas de código en pizarras blancas, de momento con éxito, he enseñado y explicado como está hecha la web de Yoitabi, he contado lo de que venía para un año y de repente me desperté un día casado, con un hijo y con una hipoteca y todas las veces se han descojonado.

Llevo tantas calles recorridas con los zapatones, que se me han hecho durezas allá donde el Karate no pudo.

Unos me dijeron que mi curriculum estaba escrito en un tono demasiado informal y yo les dije que si a una empresa no le hace gracia lo que ahí está escrito, a lo mejor es que a mi tampoco me interesa esa empresa porque no cuadramos, porque esta relación es cosa de dos. Otros me dijeron que me habían llamado exclusivamente por lo que ponía en la sección “Sobre la vida” y me pidieron que les llevase el ikulibro, que querían verlo. La tercera entrevista con estos será pronto.

Siempre que he buscado trabajo ha sido yendo a otras empresas después del trabajo; una al día, como mucho, ya de noche. Ahora todas las mañanas tengo un sitio distinto al que presentarme encamisado al menos una hora antes que dedicaré en la cafetería más cercana a analizar la oferta de empleo y preparar algunas preguntas para que no me pillen desprevenido. Y apretar mucho los puños mirándome a los ojos en el espejo del baño diez minutos antes de entrar.

Llego y me presento, subo, me meten en una sala, me traen una botella de té y me dicen que espere al entrevistador. Para cuando llega, yo tengo ya el curriculum en inglés abierto por la página que pone “Analista Funcional en Iberdrola” y el cuaderno con la pluma encima. Y ahí empieza la farsa, que es más farsa que nunca, pero que jamás podrá volver a ser tan seria:

– Me llamo Oskar Díaz, en el año 2000 acabé la Universidad en España e inmediatamente me dieron una beca del Gobierno Vasco por la que vine a Tokio seis meses. Así empezó todo, ahí ya volviendo a España sabía que estaría aquí de nuevo pronto…

Aroma de café, pero no de ese de las cápsulas de plástico, que ni es café ni es nada. Café del de darle mucho ajetreo tanto a las neuronas como a los estómagos, del de siempre, del de toda la vida. Aroma de café de verdad es el que envuelve y define la atmósfera de esta cafetería que queda encima de la estación Gotanda de la línea Yamanote de Tokio. Una estación en la que prácticamente no hay nada y sin embargo me abofetean cada mañana media treintena de recuerdos distintos por día; aquí es donde aterricé la primera vez que volví a Japón yo solo hace tres milenios y sietemil lunas. Ya no existe esa empresa donde hice de tahúr con mi destino: no se cruza ya uno con Akira y su frente eternamente inundada, ni se camina junto a Eri y su desafiante sinvergonzería, ni se trata de evitar al irlandés cuyo nombre parece ser que he querido olvidar por razones que jamás olvidaré, ni se abraza ya con la mirada a Michiko y su siempre presta disposición a ayudar en lo que sea.

Las mañanas son tan de otra manera que hasta yo me desentiendo de aquel chaval que era.

Ahora todo es Kota. Ahora yo quiero que todo sea Kota porque debe ser así; porque llegará un momento en que Kota necesitará ser solo él y entonces nosotros volveremos a lo nuestro si todavía nos acordamos como se hacía y qué era lo que fuese que hiciésemos antes de que viniese.

A veces me cuestiono si es verdad que no estuvo siempre con nosotros…

Me sorprendo, una vez más, con como ha cambiado mi rutina. Bueno será, pues, dejar constancia para comparar con la siguiente vez que se me languidezca un viernes:

A las seis y media de la mañana suena el despertador y sin embargo de los tres que duermen en esa habitación, solo se levanta un servidor. No ha lugar a la pereza: hay mucho que hacer. Los despertares siempre habían sido tranquilos: un café o un té mientras se repasan las noticias de este y aquél país con el primer cacharro en el que vaya internet al que se eche mano. Ahora hay que prepararle el desayuno a Kota. Conviene además ser creativos para que, fruto de la sorpresa, el cada vez más chaval se termine lo que hay en el plato sin tardar mucho más de lo debido. Para cuando ellos dos se levantan ya suele haber algo en la mesa, entonces, ese momento en que está entretenido comiendo, me preparo yo.

Chiaki le toma la temperatura y rellena la hoja de ese día del cuaderno de la guardería. Todos los días debemos anotar la temperatura y escribir algo: si ha dormido bien, si le duele algo, si vamos a llegar más tarde a recogerle… Por aquello del japonés, la tarea se la autoasignado Chiaki y al ser yo el que le llevo por las mañanas, también se encarga ella de cambiarle y vestirle.

Entonces bajamos los dos, a veces entre sollozos desconsolados, a veces, diría que la mayoría, entre risas. Y mientras yo saco la bici eléctrica del parking, Kota se dedica a corretear todo lo que pueda dando voces aquí y allá. Cuando consigo darle caza, le siento en el asiento de delante que de momento es el único que hay, aunque seguramente habrá que poner el de la parte de atrás porque Kota ya hace meses que pesa más de diez kilos. Cinturón de seguridad y casco de Anpanman en cabeza, salimos ya pedaleando hacia la guardería.

Por el camino, invariablemente, nos cruzamos con los chavales que van a la escuela que queda al lado de casa, con un señor que no conozco de nada pero que me saluda efusivamente cada mañana, un señor que está allí supongo que para vigilar que los estudiantes llegan bien a clase. Y con un gato gordo blanco al que Kota saluda gritando “ñan ñaaaan!!!” desde el asiento con mejores vistas de toda la bici.

De la misma manera, Kota gritando “tren tren bye byeeee” en su perfecta mezcla de idiomas me hace saber que a nada que pasemos por encima de las vías, estaremos ya en la guardería donde entraré con él en brazos justo justo hasta la puerta que es el lugar de dejar los zapatos. Ya en la habitación grande, nos lavaremos las manos bien con jabón y después nos daremos con alcohol porque este año en Tokyo está dando fuerte la gripe A y están tratando de que no pase en la guardería aunque ya se han dado un par de casos. Lo siguiente que pasa es que una profesora viene y le toman la temperatura, si sube de 37.5, para casa que nos volvemos. Se la tomarán también después de comer y a media tarde llamando para que le vayamos a buscar si es el caso.

Si hay suerte y está la profesora que le gusta a Kota, todo irá fluido. Es una chica con mucha mano para los críos que le tiene cogido el truco a Kota hasta el punto que ya se echa a reír nada más verla. Tiene gafas así que Chiaki la ha bautizado con Mimi-sensei que es el nombre de la profesora con gafas que sale en Anpanman. Kota cualquier día se lo cascará, pero eso será otra historia.

Bien llorando como un descosido o bien más feliz que una perdiz, llegará el momento en que Kota se quedará solo y yo me iré con la bici de batería hasta el parking de la estación donde lo normal es que la aparque, coja la mía que duerme allí y enfile hasta Gotanda. A la tarde Chiaki hará el viaje de vuelta: parking de la estación – guardería – casa.

Aquí en Gotanda siempre aguanto una hora antes de entrar a trabajar para poder tener al menos esos sesenta minutos exclusivamente para mi al día; normalmente entro en alguna cafetería cercana a la oficina y trabajo en algún proyecto personal como la web de viajes o la de Karate o estudio algo de japonés.

Los viernes he pensado que los voy a dedicar al blog y de momento lo estoy cumpliendo, si me seguís leyendo, me seguirá mereciendo la pena.

En la oficina lo haré lo mejor que pueda hasta la una de la tarde que es cuando voy a uno de los dos gimnasios a los que estoy apuntado: o el de pesas o el de crossfit. Al menos una sesión de crossfit a la semana cae seguro, el resto lo divido entre grupos musculares y flexibilidad de piernas en el otro gimnasio, cuando haga mejor tiempo saldré a correr aunque sean 40 minutos aprovechando que tengo donde ducharme.

Después comeré lo que traigo de casa delante del ordenador. Aprovechar los mediodías para ir al gimnasio es algo que se viene manteniendo desde hace un par de oficinas y que seguramente siga haciendo mientras pueda allá donde aterrice a rascateclear. Sigo creyendo que enmascarar lo que quieres hacer entre la rutina del día es la mejor manera de llevarlo a cabo; probablemente después de la oficina no iría al gimnasio la mitad de las veces como tampoco haría 30km en bici más que en alguna ocasión especial. Ahora no lo planeo, no existe ese momento de pensar en ello y quizás echarse atrás: simplemente es lo que hay y se hace.

A mis cuatro de la tarde ya son las ocho de la mañana en España, así que le mando un mensaje a mi madre que ya estará despierta, esto también es invariable. Le pregunto por como han pasado la noche, le cuento alguna cosa mía y siempre le mando alguna foto de Kota para que ella, en la medida de lo posible, pueda seguir la evolución de su nieto por lo menos hasta la siguiente vez que le vuelva a ver. Me sigue sorprendiendo que pueda hacerlo: que haya aprendido a manejar el whatsapp, probablemente por mi culpa y que nos mandemos fotos como si nada.

Seguramente si viviese en España no chatearíamos tanto… con este pensamiento me quiero quedar por aquello del lleno de las botellas.

Ocho horas de trabajo después ya estaré de nuevo camino de casa. En el trayecto andando desde que dejo la bici por la noche en el parking de la estación hasta el súpermercado, revisaré el móvil porque Chiaki me habrá pasado la lista de la compra y a ello me pondré si es que hay compra que hacer. Al llegar a casa, Kota ya habrá cenado pero querrá comer algo de lo que comemos nosotros entre risas, puñetazos y juegos. Chiaki me cuenta lo que le han dicho en la guardería, porque también escriben las profesoras algo todos los días en la libreta: que si le gusta hacer tal cosa o a aprendido a decir tal palabra. Cada frase de Chiaki es inmediatamente reforzada por explicaciones de Kota en su idioma medio inventado… es increíble y emocionante ver como cambia cada día, no me perdería esa recena suya ni aunque me pagasen cuarenta veces mi sueldo por quedarme en la oficina hasta tarde. Como tampoco cambiaría el momento del baño ni el de después de ponerle a dormir. Últimamente cuesta un poco porque le da por saltar y tirarse de cabeza desde nuestra cama hasta su futón, o por medio hacer el pino de cabeza sin manos o por pegarnos con el primer muñeco que tenga a mano que rezamos porque no sea el robot ese de plástico duro.

Raro será que no nos quedemos dormidos con él de puro agotamiento.

Llegará un día en que Kota deje de inventarse palabras, irá y volverá solo a la escuela y quizás no quiera sentarse en las rodillas de su padre para ver el Totoro o el Anpanman que toque. Pero hasta que eso pase, por mis huevos que pasaré el mayor tiempo posible de mi vida llevándole en bici para emocionarme mucho más que él cuando pasemos las vías y grite en dos idiomas y ninguno a la vez: “パパ! 見て! el tren!!!! bye bye treeeeen!!!”.

Los habituales de aquí seguro que ya sabéis que el año pasado volví tres veces a España: una con Kota y Chiaki y las otros dos yo solo. En todos los viajes, invariablemente, me vuelvo con una maleta de más, una maleta imaginaria llena de un montón de pares de impresiones, historias dobladas y alguna que otra anécdota arrugada que me ha llamado la atención por algún motivo. Hoy me ha dado por abrirla y jodo lo que ha salido, a ver qué os parece:

– En el segundo viaje, al ir Kota con nosotros, cogimos asientos de estos que quedan con una pared por delante para tener más espacio porque estaba bastante claro que no iba a parar mucho tiempo quieto. Tal cual: se pasó la mayor parte del vuelo sentado en el suelo jugando con sus cosas; cuando yo me senté a jugar con él un rato, vino una azafata toda alarmada a echarme una bronca del copón medio gritándome que no podía ir sentado en el suelo del avión, que iba contra cuarenta normas de seguridad aérea. No me senté en el pasillo, sino entre mi asiento y la pared, es decir: donde irían mis pies. Totalmente absurdo.

– Al llegar a Dubai pasamos por una cafetería que vendían bocadillos. Pedimos dos para comer y yo un café porque no podía con mi alma, la tía prácticamente ni nos miró. Llegaron los bocatas pero el café nunca apareció, fui al mostrador a decirle esto mismo de muy buenas maneras y la tía asquerosa lejos de pedir perdón, chascó la lengua como mosqueada, se dio la vuelta y se piró sin contestar ni mú. Al de un rato sacó el café y lo medio tiró encima del mostrador para que fuese a buscarlo, cosa que nunca hice. No me bebo yo eso ni jarto tirititeros aunque me lo hubiese traído a la mesa, que era lo que tenía que haber hecho. Al de un rato vimos que le hizo lo mismo a otra pareja, curiosamente de españoles, pero ella fue menos amable que yo y a grito pelao le reclamó el café de mala hostia. La tía repitió la jugada con cara de mala baba pero esta vez la otra chica le pegó cuatro voces bien pegadas jurando medio en inglés medio en madrileño que menuda educación de sus huevos.

– Ya en España, comprando en un Mercadona me sentí perdidísimo: en la caja la chica me preguntaba si quería bolsas y al contestarle que si, ¡¡ la tía me preguntaba que cuantas !! ¿y yo que coño sé?. Para empezar no tengo ni idea de como son las bolsas de grandes y luego a ojo digo yo que sabrá ella calcular mucho mejor que yo, ¿no?. En Japón también nos preguntan si queremos bolsas, pero es la cajera la que te mete las que ella cree (y normalmente con muy buen criterio).

– La otra del Mercadona fue que el chisme para pagar con tarjeta lo usas tu. Es decir, no te mete la tía la tarjeta y tal, sino que ella se limita a poner el precio y en teoría eres tu el que metes la tarjeta de crédito, esperas a que te pida el número, lo metes y si todo está bien, te recoges la tarjeta tu mismo. Si esto no me lo explican, como pasó la primera vez, ahí me quedé yo con la tarjeta en la mano esperando a que la tía se dignase a mirarme para cogerla (ahora que la tía era más siesa que ni sé, que se me veía a la legua que no sabía que hacer). En sector servicios, amigos, estáis a años luz pero para atrás, menudo soserío y menuda malagana gastáis, la vírgen.

– En cambio, y mira que vivo en Tokio, me encontré muchos más sitios con wifi gratis en Badajoz que aquí. Ahí nos seguís ganando, por alguna razón que no entiendo ni pa Dios, aquí no está extendido el asunto del wifi gratis.

– Yo soy muy de cremas, me creo todas las chorradas que venden: desde exfoliantes hasta los botecicos esos pequeños para las ojeras y bolsas, ahora mismo estoy en condiciones de afirmar que tengo más que Chiaki (hecho nunca suficientemente ponderado, carcajadas mediante, por la susodicha). Pues bien: me llamó mucho la atención la cantidad de cremas que venden en España en los supermercados “normales”: ¡hay de todo!. Aquí en un súper como mucho tienes una hidratante y el aftershave, quizás si te vas a una droguería, que las hay muy buenas y practicamente en cada esquina, puedes encontrar más cremas, pero no venden, por ejemplo, las de bolsas y ojeras, como tampoco hay historias para depilación masculina y así. Aquí si quieres movidas de estas tienes que ir a tiendas “especializadas” dentro de centros comerciales y dejarte, todo sea dicho, un ojo de la cara.

– Y muy relacionado es el tema de la colonia… esto ya lo he mencionado otras veces… ¡la virgen que peste echáis!. Todo Dios se echa un huevo de colonia allí, es acojonante, y eso que yo era uno de los vuestros, ¿eh?, pero como aquí en todo Tokio prácticamente solo se echa el Chiqui, he desarrollado algo parecido al rechazo, ¡hasta me mareo!. Me flipa la cantidad de colonia que venden en todos los lados, empezando también por los supermercados, y los litros que lleváis puestos encima.

– La segunda vez que fui solo prácticamente hice vida en el hospital. Aprendí que hay todo tipo de personas entre el personal sanitario pero que por ser la situación tan delicada, uno aprecia infinitamente más los buenos modales y gestos y al contrario: cualquier atisbo de desidia será recordado con rabia e impotencia probablemente muchas más veces de lo necesario. Hicimos buenas migas con algunos y enseguida calamos a los que no queríamos ver ni en pintura. Yo creo que hay gente que no debería hacer trabajos en los que tengan trato con otras personas de cara al público, simplemente no valen y no deben. Si eres un tío borde asqueroso, curra delante de un ordenador y a poder ser no hables con nadie.

– Al de poco de llegar yo ingresaron a un gitano. Es un hecho, no es que sea una afirmación racista. En nada se empezó a llenar el hospital de familias enteras montando escandaleras increíbles, y eso que, por norma, solo un familiar podía estar en la habitación con el enfermo cada vez. Uno de los niños pequeños que traían, que era menor que Kota seguro, tenía piojos que la madre se dedicaba a quitarle sentada en la sala de espera. El viejo, que era el que estaba ingresado, se iba a la sala de espera y se tiraba dos horas ahí de risas con cuatro gordacas vestidas con chandals tres tallas menos que sus barrigacas. Y fumando. Les llamaron la atención infinitas veces hasta que finalmente llamaron al de seguridad del hospital que le dijo que o dejaba de fumar allí dentro o le echaban de la habitación. Pues bien: montaron un circo del copón de la baraja a grito pelado. Estamos hablando, insisto, de un hospital con gente muy delicada ingresada. Yo flipaba, no sabía si salir a dar gritos y hostias si fuese menester también o si iba a ser peor el remedio que la enfermedad. Que sean gitanos o no no sé si tendrá que ver, pero en este caso eran gentuza de la peor calaña.

– Al llegar a Madrid tenía el tiempo justo para coger el par de metros que me deja en la estación de autobuses, donde llegué de milagro apenas diez minutos antes de que saliese el autobus de vete a saber qué dársena. Estaba llamando a mi madre por teléfono para decirle que ya estaba en el país cuando vi que un chaval con más o menos pintas se me acercaba y que parecía estar esperando a que acabase de hablar. Tal cual: vino y me empezó a contar que era de Grecia y que llevaba no se cuantos días en España sin comer y sin un sitio donde dormir. Le di algo así como 10 euros que era lo que tenía a mano y el tío insistió medio agarrándome por el brazo que eso no le daba para nada, que le ayudase más. Le quité de un manotazo su mano de mi brazo y le dije que me dejase en paz que estaba yo en una situación personal muy jodida como para aguantar movidas ajenas. El tío se puso violento y empezó a decirme que él me había hablado con educación y que si yo le contestaba así igual tenía que hacerse entender por las malas. Me di la vuelta, me fui sin contestarle y noté que me empezó a seguir, bajé hasta el autobús dispuesto a soltarle una hostia con todas mis ganas porque en ese momento estaba yo al borde ya de todo, pero al ponerme en la cola para subir, se acabó yendo. Ha sido de las pocas veces en los últimos años en los que he estado completamente decidido a dejarme llevar y que pasase lo que tuviese que pasar.

– Volví a coger el coche en España y me sorprendió lo mal que conducís allí, me sorprendió porque aunque lo sabía, ya se me había olvidado. Los límites de velocidad no los respeta nadie, el coche de atrás pegado a ti, nadie da los intermitentes, todo Dios pitándose entre sí… es muy muy acojonante y vosotros lo véis como normal, que es lo más espeluznante de todo. No sé cómo será en Tokio con el coche porque no tengo, pero con la moto no tuve nunca esa sensación tan brutal de estrés. Sin embargo, y esto no pasa en Tokio, paráis en todos los pasos de cebra en cuanto véis a alguien esperando, eso es sagrado. Aquí, tampoco entiendo la razón, no para ni Dios hasta que no hay unas cuantas personas ya acumuladas ahí dispuestas a pasar, es como si fuese el coche el que tiene la prioridad… en serio: los conductores simplemente no paran porque no les sale de los huevos y como todos lo hacen, es “lo normal”. Acojona este concepto de “lo normal”, en serio.

– Otra cosa que me gustó mucho y que había olvidado es la educación de la gente de a pie: entrar en un ascensor y dar los buenos días, comentar alguna cosilla, cruzarse con alguien por el pasillo y que te salude. En Tokio eso no pasa, ese saludar al entrar en un sitio a la gente que está dentro. Ahora que claro, hay tantísima gente aquí que uno no pararía nunca.

– En Barajas y supongo que en todos los aeropuertos de España, el personal que está ahí revisando los equipajes y haciéndote pasar por el arco no son policías, son de Prosegur. Es decir: una empresa de seguridad privada es la encargada de esta movida, ¿qué coño está pasando?, si un pavo de estos quisiera detenerme estamos hablando de que me cago en su autoridad, ¿no?, ese tío no es un policía, es un currela, ¿no?.

– En Amsterdam eran policías y, sin embargo, me parecieron tremendamente maleducados y prepotentes, ahora que es algo que siempre me pasa en los aeropuertos: salgo de allí con la sensación de ser un delincuente dando gracias a Dios por que me han perdonado la vida una vez más. Yo entiendo que el 90% de los que allí estamos somos buena gente sin malas intenciones, ¿qué cuesta hacernos pasar por el trámite sin tratarnos como cerdos yendo al matadero?

He de reconocer que la gran mayoría de estos puntos son negativos, ya pongo por ahí arriba que no estaba en mi mejor momento personal y es en estos casos cuando a uno se le ensanchan más las afectaderas. Centrando la cosa entre España y Japón, aún a día de hoy y a pesar de que vivo aquí, hipoteca mediante, no sabría quedarme con uno de los dos países. Aquí todo funciona y sin embargo echo de menos la espontaneidad y la simpatía de los míos de allí. Lo resumiría en que molaría seguir teniendo la certeza de que el fontanero te va a arreglar el grifo de la cocina a las cinco como se prometió, truene, llueva o se caiga el sol de canto, pero que te cuente alguna cosa mientras lo hace y que a la hora de despedirse cambie esas frías reverencias a un metro de distancia con mil frases acabadas en masu por un apretón de manos y un “bueno quillo, si se te vuelve a estropear, ya sabes donde estoy, pero coño, ten cuidao y no te lo cargues otra vez!”.

Eso si que molaría.

Lo del Oni ese.

Seguro que sabéis, y si no os lo cuento yo aquí, lo que es el Setsubun. Mayormente se trata de una costumbre japonesesca en la que un pavo se disfraza de demonio y la gente le tira semillas de soja gritando “demonio! fuera!! suerte!! dentro !!” como si no hubiese un mañana. Luego se zampa también un rollaco de arroz con cosicas mirando pa el Cuenca de aquí y esa movida te da suerte ya para todo el año….

¡Y yo que sé porqué! ¿a mi que coño me preguntáis?, ¡ellos sabrán, déjales! ¡¿¿te dicen ellos a ti algo del oro, el incienso y la mirra esa!?!?, ¿!¿o de las uvas de nochevieja!?!?, ¡¡pues entonces!!

Bueno, total, a lo que yo iba es que:

¡¡ Me cago yo en el Setsubun, hombre !!
:copon:

Resulta que en la guardería de Kota han estado toda la semana ensayando la movida con pelotas de plástico en vez de con semillas de soja: se las daban y les enseñaban a tirárselas a un muñecote que tenían puesto ahí. Hasta aquí la cosa mola, una novedad para Kota porque es su primera vez y felicitación por parte de las profesoras cuando fui antes de ayer a buscarle porque parece que se le daba bien el asunto. Como le tire las pelotas a la cara con la misma fuerza con la que me tira a mi los muñecos de Anpanman, el Oni ese se iba a volver a casa con más hostias que un saltamontes dentro de una lata.

Pues bien, llegó el día S y tres profesoras se disfrazaron de demonios con máscaras feas y ropajes y se dedicaron a danzar por el jardín de la guardería que se ve perfectamente desde los ventanales de dentro. Jugaron a la cosa de asustarles, y las profes de dentro, cómplices de la movida, les decían “¡¡mira mira que están ahí los demonios, coged las pelotas!!” y así. Hasta que finalmente entraron dentro gritando y montando escandalera con las máscaras y pasó lo que es normal que pase con niños de 0 a 3 años: ¡¡¡ todos llorando más acojonados que Rita Barberá en el dietista !!!!

¡¡Pero que no dejaron de llorar ya en todo el día, parece !!

Al llegar a casa, Kota estaba todavía como acojonadillo: se notaba que el pobrecico lo había pasado mal. Cenó y se metió en la cama sin protestar, estaba como achuchaíllo ahí en si mismo.

¡¡ Pues menuda nochecita !!

No hemos dormido una mierda porque no ha dejado de llorar y despertarse con pesadillas de los bichos de los huevos gritando “nooo diablo, veteeee, veteeee”. Para cuando conseguíamos que se calmase, después de media hora haciéndole ver que lo más feo que había en aquella habitación con él era su padre, se volvía a dormir y se despertaba al de un rato otra vez igual. Así que hoy llevo unas bonicas ojeras sponsored by Setsubun.

Mecagüen la madre que lo parió.

PD: Los hechos son verídicos, lo ha pasado bastante mal. La manera de contarlo no tanto, en realidad me hace mucha gracia la cosa y ahora si vemos que Kota se porta mal le amenazamos con que viene el demoniaco y se achanta cosa fina!!

La tercera vez que volví a España el año pasado lo hice solo. Fue una decisión de última hora que, sin embargo, no podría haberse tomado de ninguna otra manera, era impensable no volver. El caso es que miré billetes de una semana para otra y acabé comprándolos a través de una web de una agencia de viajes japonesa donde no tenía yo todas conmigo de que no fuese a acabar en Caracas en vez de en Barajas, menudo Cristo, nunca me acabaré de acostumbrar a las webs japonesas (y eso que trabajo haciendo una, no te lo pierdas).

Metí la tarjeta de crédito y traté de elegir los asientos que quedan en la puerta de emergencia, pero el applet o la mierda que tenían ahí montada en la web no funcionaba en condiciones y no quedó claro que eso se hubiese conseguido.

All entrar en el avión parece que, efectivamente, conseguí hacer la reserva en la puerta de emergencia, aunque en vez de ser en el de ventanilla que pensaba que había elegido, quedé enchuzao en medio de los tres asientos que hay con dos personas desconocidas a mi lado: una señora francesa medio hippy a la derecha y una moza casadera japonesa a la izquierda.

La señora francesa, que cuando se agachaba a coger cosas de debajo del asiento se le veía la hucha, se hizo la picha un lío para sacar la pantallica esa que en estos sitios está metida dentro de uno de los reposabrazos y allí estuvimos entre los dos uno tirando y la otra apretando el botón ese a todo lo que daba hasta que por fin desencajamos el curruño ese. La chica de la izquierda, sin embargo, se había traído su propio iPad y ahí estaba echándose unas partidas a algo parecido al juego ese de la huerta de los tomates y las cabras pastando. Bien ventresca estaba la doncella, todo hay que decirlo.

Yo saqué el ordenador y me lié a intentar avanzar todo lo que pudiese de la web del Chiqui aprovechando ese rato hasta que termina de embarcar todo Dios y se prepara el cacharro para despegar.

Rascatecleando con primor estaba cuando vi a dos tíos más largos que la hostia bendita. Era un señor mayor y su hijo, dos pedazo de pepináceos que no medían menos de dos metros fijo. El mostrenco tenía una pachorra digna de ver, es el típico que ve un mosquito posado en un brazo y para cuando le da la hostia, le ha chupado tres litros de sangre ya. El padre, sin embargo, era el que no callaba ni un poco así. Estaban lejos, así que no tenía muy claro lo que decían, pero de vez en cuando señalaban más o menos a donde estábamos nosotros sentados. El azafato con el que hablaban ponía cara de circunstancia y negaba afligido con la cabeza como diciendo que no podía hacer nada. Finalmente, los dos menhires, resignados, se volvieron a sus sitios.

La situación se entendió perfectamente: semejante viaje para esos dos bichos palo en esteroides iba a ser el infierno más horroroso y probablemente estaban pidiéndole al azafato calvo aquel si les podía cambiar a asiento de salida de emergencia donde poder estirar esas cachabas interminables, pero claro, esos asientos los teníamos nosotros asignados y seguramente no podría ni siquiera plantear la movida.

… Yo miraba a los lados y como ni la franchuta ni la granjera 2.0 se daban por aludidas, pensé que igual me estaba yo montando solo mi película de vaqueros…

Pero la tesitura tenía que ser muy jodida para esas dos sotas de bastos… no me pude estar quieto, me levanté y pasé andando por donde estaban ellos sentados, así con disimulo. Resulta que el padre iba sentado aparte y no estaba ahí, pero el panorama era chato: el chaval, que era el faro de Finisterre, tenía las rodillas literalmente incrustadas contra el asiento de delante, rodillas que le quedaban prácticamente a la altura de los hombros. La madre, que resultó ser la señora que estaba sentada a la izquierda, trataba de poner la manta que te dan entre las rodillas del muchacho y el asiento porque supongo que le tenían que estar doliendo bastante.

Yo me volví a sentar, volví a mirar a la franchuta y a la japonesa que llevaba ya por lo menos veinte tomates recolectados, y me volví a levantar porque, coño, ¡¡¡pobre hombre!!.

Vamos, que fui y le dije al chaval que le cambiaba el asiento, que a mi me daba igual. Yo se lo casqué en inglés, pero resultaron ser franceses. La madre me dio las gracias infinitas veces, el chaval se sentó entre la recolectora de pepinos y la hippy, quienes, por cierto, se hicieron las longuis como si no fuese con ellas el asunto y yo me senté al lado de la madre del chaval. Total, cambié una franchuta por otra; si perdía algo era a la japonesica primorosa, que uno está casado, pero si se puede elegir a quien tener al lado tantas horas, mejor un bonico gatete que un cochino jabalín.

Hablé un poco con la madre, que me ofrecía hasta dinero para compensarme del cambio y otras chorradas del estilo que por supuesto rechacé y al de poco llegó el azafato calvo, que resultó ser el sobrecargo o como se llame al jefe azafatero, y me llamó por mi nombre:

– “Mr Díaz, what you did was a nice thing, sir, let me come back to you later”

La madre me contó que el padre había hecho la reserva, como siempre, de los asientos de la salida de emergencia, pero que por alguna razón no había funcionado el tinglado. Yo le conté lo de la web japonesa y que no tenía claro que hubiese funcionado tampoco, menudo sistema de mis huevos. Y así hablando de esto y lo otro y lo de mas allá acabamos despegando no sin rechazar otras tres o cuatro veces el dinero que me quería dar.

No pasaron ni cinco minutos desde que se apagó la lucecica del cinturón de seguridad cuando apareció el sobrecarguer apelil de nuevo, me estrechó la mano y me dio una botella de licor de porcelana más mona que ni sé que tenía forma de casa típica de Holanda (volaba con KLM). Me dijo que era una muy pequeña parte del detalle que yo había tenido con el mostrenco aquel quien, por cierto, llevaba un rato más feliz que la hostia (no sé si por la plantapimientos que estaba bien buena, por poder estirar las piernas o por las dos cosas, qué cabrón). La botellica aquella estaba metida en una bolsa de esas “al vacío” por el tema de seguridad de líquidos de los aviones y me dijo que no me preocupase porque en el aeropuerto ya sabían que llegaba yo y que me lo habían dado en el avión. La madre me presentó a su marido el pertiga, que no consiguió que nadie le cediese el asiento a pesar de ser la pieza larga del tetris, y después a su hija, que resultó ser una francesica de veintitres años que estaba más buena que la japonesa todavía y me plantó tres besacos enfilando más para los labios que para la mejilla que me dejó temblando.

Después durante el viaje todo fueron detalles: me daban dos postres, me traían bombones y pataticas de vez en cuando, pedí una cerveza y cuando me la estaba acabando vino el tío y me llenó el vaso otra vez con otra… todo así, sin decir yo ni chispún. La madre, una señora muy maja a pesar de haber nacido donde nació, tampoco escatimaba en detalles: me recogía la bandeja cuando acababa de comer, me ofrecía chicles, caramelos…lo mismo me dijo siete veces que si quería ir al baño para dejarme pasar y hasta me ofreció su hombro para dormir, no te lo pierdas, como si yo fuese un hijo más (lo que tendría guasa dada mi escatimada estatura, que desde donde yo miro no se ve el Fuji).

Me dolía el cuello un huevo porque es verdad que en un asiento de esos se duerme de puto culo, las piernas las tenía ya que no sabía ni donde meterlas porque encima la chica gordaca que se sentaba delante estuvo con el asiento reclinado prácticamente todo el viaje, la muy ballena. No quiero ni imaginar como habría viajado la estaca de bares en aquel sitio, menos mal que le cambié.

Al aterrizar, me tuve que esperar un rato largo a que bajase todo el mundo porque resulta que mi equipaje seguía encima del asiento anterior, así que fui de los últimos pero al salir me estaba esperando toda la familia que se despidieron de una manera muy cariñosa, besos-más-bien-picos de la francesica incluidos.

Tenía muy poco tiempo para el trasbordo y el haber salido de los últimos no ayudó demasiado con lo que en el control de equipajes con las prisas puse la botellica de licor en una bandeja y mi maleta en otra y cuando fui a subir al avión para Madrid me di cuenta que me había dejado esa otra bandeja allí… vamos que no tengo la botellica porque me la olvidé y no le puedo sacar foto que acredite que esta historia es cierta… ¡vosotros, como Chiaki, me tendréis que creer también!

¡Buen fin de semana!
:cebolleter:



Han pasado muchas cosas desde finales del 2014 hasta hace muy poco, algunas, como supongo que se intuyen, muy malas, horribles. Ya dije alguna vez que no hablaré de ello; no ahora al menos y de nuevo os pido que, por favor, no me preguntéis jamás, pasemos tres o cuatro páginas para delante.

Comienzo este 2016 con muy pocas fuerzas, y sin embargo muchas ganas. Raro, pero es verdad; tengo tantas tantas ganas, pero tantas ahí escondidas por detrás del alma que he decidido que ya va tocando quitarse del medio de una puta vez y que puedan salir aunque sea de a pocas a pocas.

Escribir, como algunas otras cosas, es algo que nunca pensé que dejaría de lado. Haré por que no vuelva a pasar e intentaré que este blog vuelva a asemejarse siquiera una migaja al que fue.

Me pongo ya a ello con una reflexión que llevo tiempo haciéndome y que finalmente he despedazado y recopilado para publicarlo al fin.

Vamos, pues, con:

Diferencias entre mi infancia y la de Kota

El caso es que no puedo dejar de acordarme de lo que me acuerdo de mi niñez cada vez que veo a Kota corretear con el turbo puesto por el pasillo camino del comedor como si allí fuese a estar, yo que sé, el chupete sabor fresa eterna o algo así. Últimamente me ha dado por pensar en lo diferente que es y va a ser su infancia con respecto a la mía, no ya solo por la cultura y el país, sino por que es otra época totalmente distinta.

Para empezar no hay una cadena de música con su correspondiente armario repleto de cintas de casette con canciones grabadas de la radio que se cortaban justo justo cuando al dichoso locutor le daba por hablar. Cintas con nombres tan originales como “marchosas” o “verano del 89”. También llegaron después un huevo de CDs, yo tenía una increíble colección hecha a base de pedidos a la Discoplay y visitas al mercado de los miércoles de la plaza de Zalla. Tenía el CD doble de Duncan Dhu “Autobiografía”, no te lo pierdas, menudo tesoro, ¿donde habrán ido a parar?… ¿seguirán en Zalla? ¿se seguirán escuchando?. La música en mi casa ahora es un iPhone, el que esté más a mano y menos maltrecho de todos los que hay por ahí tirados, que se conecta a un altavoz bluetooth de los dos que hay en casa: o el del salón o el del baño, que es donde le pongo a Kota canciones infantiles de mis tiempos mozos. Últimamente con Apple Music, así que ni sincronizar con el ordenador me hace falta ya, un grito al Siri: “oye Siri, ponme canciones de Sabina” y ala.

En cuanto al tema cinematográfico, en casa tampoco hay un vídeo como tampoco existe un armario lleno de películas y programas grabados de la tele estilo aquellos especiales de Martes y 13 que tantas y tantas veces habré visto con mi hermano Javi los sábados por la mañana donde poco más había que hacer entre cafés y migas. Ver la televisión, con todos sus anuncios y horarios, ahora es una perdida de tiempo acojonante.

Lo que tenemos es una AppleTV conectada a una tele el triple de grande y delgadica que la de que teníamos nosotros, tele que le compré a un tipo en Meguro a través de Craigslist, un tío sin cejas más raro que su プタ母 que decía que se iba del país a escape después de todo el Cristo de Fukushima y que me la dejó tirada de precio. Esa AppleTV, que está pirateada, se enchufa a la TimeCapsule que a su vez está enchufada a un disco duro externo de la hostia de gigas, ni sé cuantos, donde están todas las películas que he ido recopilando estos años de vida en Japón, películas que alguna vez espero ver con Kota en castellano: “Los Goonies”, “Cazafantasmas”, “La princesa prometida”… Las series que voy viendo como Juego de tronos, Los Soprano, Family Guy, poco duran ahí metidas: capítulo que veo, capítulo que borro al momento, la única que ha sobrevivido es Dragon Ball que conseguí íntegramente en japonés y que conservo desde el primer al último capítulo. Toda esta movida se controla también con el primer iPhone al que se llegue porque el mando a distancia desapareció hace meses (fijo que Kota sabe donde está). Las series que veo con Chiaki, como Walking Dead, es a través de Hulu porque ella no pilla el inglés y en Hulu Japan vienen con subtítulos. Hulu también fona con la AppleTV, habrá que echarle un ojo a Netflix ahora que también va.

Pero mira por donde que si que echo de menos un vídeo: que la AppleTV pudiese grabar cosas de la tele. Hay veces que nos enganchamos a algún dorama de estos pero nos caemos de sueño, molaría poder grabarlo para verlo después. La tele japonesa normalmente es un pestuño, pero hay series que están muy bien y que son muy dificiles de conseguir por internet porque aquí no se lleva eso del pirateo y casi nadie sube ni comparte ná. Otras veces hay programas sobre España o de Karate que ve Chiaki y que me grabaría si pudiese.

Otra bien gorda: aquí es de noche a las cuatro y media de la tarde, en verano la cosa no va mucho más alla de las seis o seis y media. Esto traducido al tema que nos ocupa significa que yo salía de la escuela a las cinco y ahí teníamos al menos cuatro horas para andar de parranda sin que fuese de noche: partidos de futbito, coger la bici, incluso había tiempo y sol para ir a la piscina. Aquí olvídate: amanece a eso de las cinco y media de la mañana, lo que es un disparate inaprovechable en todo caso y después de la escuela si eres un niño pequeño no te queda otra que volverte a casa. Yo intentaré ir con Kota a clases de Karate, pero irá conmigo porque no le dejaré ir solo de noche hasta que sea mayor. En Extremadura había niños pequeños en el parque jugando hasta prácticamente las diez de la noche, eso mola.

Podría contar con los dedos de una mano las veces que me monto al año en un coche aquí en Tokio. A la oficina voy en bici, a Kota le llevo a la guardería en bici, los fines de semana si vamos a algún lado lo hacemos en tren o, en muy raras ocasiones, en autobus. No es de extrañar, pues, que Kota devolviese al de cinco minutos de montarnos en aquel coche que alquilamos en Madrid para ir a Badajoz. No estaba, no está, acostumbrado de ninguna de las maneras. Si salimos de Tokio para conocer algún sitio de Japón más allá de la capital o nos vamos en el Shinkansen o en avión. Todo lo que conlleva tener o ir en coche, es muy probable que Kota no lo viva en su infancia: las caravanas, cantar durante el viaje, preparar y llevar el maletero hasta arriba, parar para estirar las piernas y tomarse un café en Fonda Cadiós, montarse en esa sauna después de dejarlo aparcado al sol… No descarto comprarme un coche algún día si las cosas siguen yendo bien, sobretodo cuando lleguen los otros dos hermanos que tengo apalabrados con Chiaki, pero de momento no hace falta ni se echa de menos.

Los domingos y los fines de semana, especialmente en verano, eran nulos: se paraba todo en España y para los críos más. Son los típicos días para pasar en familia y si no hay plan pues estamos arreglados. Aquí también es más familiar porque es cuando los padres no trabajamos, pero con la diferencia de que Tokyo un domingo es exactamente igual a un miércoles: sigue funcionando todo normalmente, sigue habiendo las mismas cosas, sigue habiendo centros comerciales abiertos, gimnasios, piscinas, tiendas. Es más: suele haber eventos especiales para motivarte a hacer más cosas como las clases de Karate de los domingos por la mañana orientadas a competir que tenemos nosotros y que luego dejan el dojo abierto para que hagas lo que quieras. Esto es tremendamente positivo si haces alguna actividad porque tu decides cuando descansar; en agosto me acuerdo que en Zalla, aparte de que no había ni Dios, te morías de asco y al volver oxidado a Karate después de tres meses se te había olvidado todo y las agujetas te duraban otros tres meses.

En Tokio hay muchos restaurantes, bueno, en esta ciudad hay mucho de todo porque entre otras cosas hay más gente que en el Primark de rebajas con buen tiempo. Pero a lo que voy es que hay muchos restaurantes en los que puedes comer mucho más que bien por unos 1000 yenes. Es comida muy decente y sale muy muy barato comer fuera, así que no es raro que los fines de semana comamos o cenemos allá donde estemos sin mirar la cartera dos veces. Kota ha estado ya en mas restaurantes en sus dos años de vida, que yo cuando tenía treinta, pero seguro además (y en más países también). Así que Kota cuando se suelte un poco más hablando podrá decir que ha probado comida india, coreana, japonesa, española, china, italiana, tailandesa, francesa… buff, ni sé ya.

Y siguiendo con el tema de comida: aquí en Tokio no se encuentra fácil embutido y el pan es caro, tampoco hay casi tiendas de chuches sin rebuscar mucho. La conclusión es que la comida del recreo o las meriendas de Kota no van a ser bocatas de chorizo de Pamplona ni un paquete de gusanitos. De momento lo que come en plan amaiketako son galletas de arroz que venden para críos sin sal u onigiris (las bolas de arroz) que le suele preparar Chiaki con algas, semillas de sésamo o trozos de pollo o atún dentro. Esto es una ventaja, yo devoraba paquetes de mierdas hasta límites absurdos de dolor de tripas. Lo que come y comerá Kota, de momento, es infinitamente más sano por lo menos mientras decidamos nosotros; cuando le demos la paga si decide irse a un McDonalds de vez en cuando será cosa suya (aunque le miraré de malas maneras fijo, también te lo digo).

Las actividades extraescolares, otra movida. Yo en mis tiempos mozos y hasta que empecé karate, jugué a futbito, estuve apuntado a un club de ajedrez, a ciclismo y hasta a fútbol fui a entrenar un día y al ir a darle de cabeza a un balón me caí al suelo medio desmayado… no volví más. Aquí también hay futbito y baloncesto y tal, pero estamos hablando de que seguramente Kota jugará a beisbol, el deporte más popular de cuyas reglas no tengo pero es que ni idea, algún arte marcial o imagínate si se pone a hacer shodo, caligrafía japonesa, o la ceremonia del té… ¡anda que no va a molar el tío!

La comunicación. Es que te cagas: en mi infancia no había internet y el primer móvil yo creo que lo tuve allá por los 20 años. Chiaki y yo nos comunicamos por Line, que es el Whatsapp de aquí, yo creo que en los años que llevamos juntos habremos hablado por teléfono diez veces contadas. Con Kota pasará igual, cuando sea un poco más mayor tendrá un smartphone y podré mandarle en cualquier momento un mensaje que recibirá al instante, incluso podré saber donde está con alguna aplicación de esas de familia. Algo impensable en mis tiempos, aunque también es verdad que viviendo en Zalla o estabas en la plaza o en el banco de al lado del Batzoki, tampoco había mucho margen de maniobrer.

Siguiendo con el punto anterior de internet, que es una diferencia acojonante, yo recuerdo que en la universidad te peleabas con los libros que había y era muy muy difícil encontrar ayuda más allá de esos libros. Ahora te vas a internet y encuentras cinco mil páginas con, pongamos, mil ejemplos y explicaciones de ese problema de física que no entendías ni pa Dios, seguro que lo acababas entendiendo de una manera o de otra. Yo me imagino estudiar ahora con el ordenador o el iPad al lado, en realidad es que creo que no hacen falta ni libros, no deberían existir ya, como mucho imprimir lo que toque esa semana y fuera. Y de la misma manera: si querías profundizar en algo, o había alguien que supiese y pudieses preguntarle o comprabas algún libro… ahora puedes aprender cualquier cosa por tu cuenta, a Kota solo le hará falta la voluntad porque material ya tiene de sobra: lenguajes de programación, katas, recetas y vídeos de cocina…

¿Y que me decís de la vida entre dos mundos? Mi familia está en España y es mi deber que Kota les vea cuantas veces sea posible, no quiero arrepentirme de no haberlo intentado lo suficiente cuando ya no pueda ser. Kota estará acostumbrado a coger aviones, a vivir un tiempo al año en otro país cuyo idioma y constumbres deberá conocer, por mis huevos morenos, otro país que también es el suyo aún sin vivir allí. Esta diversidad cultural, este ensanchamiento a todo lo que den las miras, esta lección de perspectiva es algo que yo no pude ni intuir hasta que vine aquí por primera vez con mis bonicos 25 años. Creedme si os digo que a uno le moldea las entendederas conocer otros lugares, otros países, otras gentes, sobretodo si son de culturas tan diferentes. Por no hablar de que en mi casa hay cena de nochebuena, se comen las uvas, Kota tendrá regalos de reyes y a la vez se vestirá de kimono cuando haga tres años, le tirará semillas de soja a un tío vestido de demonio en febrero y se sentará con sus colegas debajo de un cerezo cuando le toque.

Y aquí lo dejo de momento.

Pasad un muy buen fin de semana,
¡hacedme el favor!
:gustico:

Últimamente lloro mucho. No es como antes que a veces sabía porqué y otras no había más motivo que que tocaba. Ahora sé bien la razón, diría que razones, de sobra. Probablemente si vosotros las sabríais, seguro que os haría llorar también a la gran mayoría. No las contaré. No me preguntéis por ello nunca, por favor. Todo bien hasta cierto punto, no os preocupéis.

Que llore no es un problema; no creo que lo sea… no, no lo creo. No sé. Es normal, supongo. No sería humano ser consciente de ciertas cosas y que al alma no se le refrigeren un par de grados. Quizá haya quien sea así… ojalá a mi nunca me pase.

El problema es que lo hago a destiempo, lo de llorar digo. A veces pasa volviendo a casa en bici que es cuando cede la bisagra y los pensamientos, entre presos y reclusos, salen dando más pedales que mis piernas. Y si a uno o dos se le dan una o dos vueltas de más, entonces hay que buscar un arbol en el que apoyar la bici hasta acabar de desaguarse. Otras veces me veo en el baño de la oficina o caminando… siempre estando solo, que curioso. Creo que no sé llorarme a otros, quizás me haría bien según con quién.

El otro día no volví en bici a casa: tenía las piernas muy cargadas la noche anterior y decidí aparcarla para poder rendir en condiciones en la clase de karate. Fue otra de esas en las que me sentí un privilegiado de nuevo, ojalá no me acostumbre nunca para no dejar nunca de valorar donde he sabido escabullirme a nunca dejar de aprender de los que prácticamente lo inventaron. Muchos nuncas en la misma frase y todos tan sólidos como contundentes.

Pero ojo, que yo sé bien que de raro no tiene nada que después de un alto venga un bajo. Y a la excitación del momento le llegó su final, ese en el que de repente uno baja la cuesta sin frenos y acaba en la otra punta de la gráfica. Del cielo al infierno, como del amor al odio, no hay apenas frontera. Ya puedes presentar el más válido de tus argumentos que es el corazón el que dicta cuando le toca, como el déspota que siempre será. Sea para bien o para mal.

Y me puse a llorar allí de pies un viernes por la noche en medio de aquel vagón lleno hasta los topes de gente. La mochila con el karategi la sujetaba entre las piernas, con una mano me sujetaba a mi y con la otra hacía que me rascaba pero en realidad, cabeza gacha, me afanaba en secarme las lágrimas.

Creo que me importa una mierda que desconocidos me vean llorar, pero por lo visto no fue así en ese momento.

Algo más calmado, llegué a la estación en la que tocaba transbordo. Me bajé en Shibuya y antes de ir al siguiente tren de los dos que quedaban, paré a recomponerme un poco. Compré una botella de té verde y me senté en el banco más alejado que encontré de los pocos que hay dentro de la estación. Al poco ya estaba otra vez, no fue raro, esto va así.

Lo extraño fue que se sentó al lado una señora muy mayor que no había visto en mi vida. Eran algo así como las diez y media de la noche en Shibuya, no pegaba nada aquella mujer allí. Inmediatamente me habló:

– ¿Estás bien? ¿te ha pasado algo?

Yo le dije que no, que todo bien, que gracias.

– ¿Te han robado? ¿te has perdido? -insistió

Y, todavía no sé por qué, después de contestarle dos veces que no, le conté a aquella señora todo empezando por un “la verdad es que…”.

Acabé llorando encogido sobre mi mismo, a moco tendido, con el brazo por encima del hombro de una señora que no conocía absolutamente de nada. En aquella docena de trenes que perdió por mi, le conté tantas cosas, le enseñé tantas fotos, le dije tanto, pero tanto…

Conservo su pañuelo, esa pequeña toalla japonesa que prácticamente todos llevamos aquí y que me llevé sin querer aunque intuyo que me la habría regalado de todas maneras. Conservo también su cara, sus arrugas, el tono de su voz, su tentar en mi hombro, su olor, sus ojos de escuchar.

Y quitando ahora, que estoy escribiendo esto y no cuenta, no he vuelto a llorar más.

La movida empezó con el nacimiento de Kota. No sé si se podría llamar al asunto crisis de los cuarenta, o crisis del padre primerizo, pero el caso es que todo a la vez ha hecho que mi vida sea totalmente distinta. Eh, anda que no cambia la cosa cuando te aproximas a los treinta y todos y encima teniendo un guacho dándote botes encima!

Es cierto que piensas en que ya llevas la mitad en el mejor de los casos, que es verdad que esto se va a acabar, que la vida va más en serio de lo que iba hasta entonces. Empiezas a darte cuenta que a lo mejor no tienes ya todo ese tiempo del mundo que siempre había sobrado para hacer todos esos planes que tu subsconciente y tu habíais apuntado en el cuaderno de sueños pendientes.

Te quieres poner en forma ya mismo. Quieres estudiar lo que siempre habías dejado para después, te pones a comer aguacates a media tarde porque has leído que son buenos para el colesterol y en el armario de la cocina hay un rincón con movidas raras y superfoods de esos que saben a folio rebozao con alpiste pero que van a hacer que tu hipotenusa siga elevándose al cuadrado de siempre.

En mi caso llevo encima una crisis de los cuarenta de la hostia, pero del copón de la baraja. Acojonao estoy.

A ver si soy capaz de explicarme.

Bueno, vaya por delante que estoy guay, que estoy bien, no preocuparse, que lo llevo estupendamente. Es más, diría que me gustaría haberla padecido antes, tampoco demasiado pronto, pero como cinco años antes habría estado más que fenomenal para haber guiado mis pasos hasta donde estoy, si, pero por algún que otro atajo.

La cosa no va por comprarse un Ferrari último modelo, teñirse el pelo de rubio y dar acelerones por la gran vía, o por el cruce de Shibuya en mi caso. El síndrome se ha manifestado de manera muy distinta: a mi me ha dado por pensar, por pensar muchísimo, por darle vueltas a todo lo que me rodea, no más que antes pero si a otro nivel, un poco más arriba, darle una “metapensada” a la vida y priorizar, priorizar hasta niveles de locura.

Me voy a morir, ese es el eje. Permitidme la crudeza.

Sabiendo que ese siempre de siempre está más cerca que nunca cada vez, todo se relativiza.

Todo.

Empecé por el trabajo: decidí que no iba a meter ninguna hora de más porque esa hora es una hora que nunca va a volver, una hora en la que podría haber estado jugando con mi hijo, enseñándole a contar en castellano o dándole todos los besos que pueda a la tía más guapa que hay, que es mi mujer y de momento me deja. Una hora de las limitadas que me quedan, que espero que sean muchísimas todavía, ojo. Así que si viene algo “urgente”, rara vez será tan urgente como para olvidarme de que el tiempo que paso en la oficina es el apalabrado, el resto no es ni más ni menos que mi vida, esa que se va acabando, lentamente, pero sin tregua pactable posible. El tiempo es lo más preciado que tenemos, se mire como se mire. Por eso mismo no cojo nunca el teléfono, por ejemplo, es mil veces más rápido y efectivo el email, no me compensa.

Si excepcionalmente, pero muy excepcionalmente, me tengo que quedar para arreglar algo que se ha roto, me voy exactamente ese tiempo antes al día siguiente, es algo que he hablado, muy seriamente, con mi jefe y a lo que ha accedido.

El otro día le escuché a Iñaki Gabilondo en una entrevista decir que solo se arrepentía de una cosa: no haber pasado más tiempo con sus hijos cuando estos eran pequeños. Esto lo dice un señor de los pies a la cabeza hasta donde yo sé, que pasó una enfermedad muy grave; yo no quiero tener que llegar a ese extremo para darme cuenta.

Después pasé a otro nivel, pasé a relativizar la sociedad. Coño, ya os había dicho que llevo una crisis cuarentona encima de cojones, ¿no?. Pues eso, dadme cancha que despego. La sociedad, japonesa o no, estaba ahí cuando yo nací y seguirá ahí cuando yo me pire a fertilizar sakuras o cipreses o lo que quede encima de mi ombligo. Una sociedad con una serie de normas, de costumbres que deberían hacer más fácil la convivencia a la vez que asegurar y estabilizar la velocidad de progreso como humanidad. Esto es así, es innegable: ya no nos morimos por enfermedades de hace cien años, tenemos agua caliente, chorrillos en el ojete en mi caso, internet, aviones, jodé, yo que sé. Pues yo relativizo esta historia: todo me importa lo justo, las convenciones sociales, el sistema este que tenemos montado es una herencia, sin más, algo que va cambiando con los días según interesa a grandes empresas o gobiernos o… pocas cosas hay auténticas mires por donde mires, pocas cosas no son cuestionables, no hay porqué comer tres veces al día, yo entre semana comeré como cinco veces cosas ligeras porque así optimizo el tiempo, porque me conviene, tampoco hay porqué tomarse un café por las mañanas ni tumbarse a tostarse al sol en verano.

Pero voy más allá: los valores de este teatro se resumen en uno: se basan en tener más o menos dinero sin el cual no podrás hacer prácticamente nada y contra este concepto no hay ética que no se pueda doblegar; los supermercados venden comidas que son un disparate, incluso etiquetadas para niños, prima vender el máximo posible en cualquier lugar al que mires, no hay sentido común, solo tratar de ganar más pasta a toda costa.

Pero yo sé de primera mano que tener o no dinero es circunstancial, lo dice uno que ha pasado ya por casi diez empresas de todo tipo entre España y Japón. No me enorgullezco de ello precisamente, pero tampoco me importa: ha habido momentos duros y momentos mejores, como el actual, pero yo he sido siempre constante. Yo como persona: lo que pienso, lo que hago, mi potencial independientemente de la pasta, mi salud, mi cuerpo, mi mente. Eso es auténtico, es lo que hay y lo que queda en última instancia, el único patrimonio verdadero en Bilbao, en Japón o en Alpedrete, con o sin panoja para gastar, en esta o en aquella sociedad, quitándome los zapatos al entrar a un restaurante o zampando pintxos en la calle. Por eso me primo a mi mismo: estudio y no dejo de aprender, por eso hago todo el ejercicio que puedo, por eso trato de tener la mejor salud posible, porque vaya donde vaya, yo sigo siendo la constante, lo poco que se antoja real. Parece sensato invertir tiempo en mi más que en teatros ajenos.

Bajo este mismo concepto entrarían ahora Chiaki y Kota y por supuesto mi familia. El tiempo con ellos es aprovechado a todo lo que da cada segundo, el tiempo que no estoy con ellos, ni he vendido a una empresa a cambio del dinero asquerosamente necesario, lo dedico a mi cuerpo y a mi mente. El resto importa, pero muchísimo menos, muchísimo muchísimo muchísimo menos, tanto que siento que la mayor parte del día estoy representando una farsa fingiendo que me importa lo que hago cuando en realidad estoy deseando que acabe para tirar con lo mío.

Por ejemplo cuando viene uno del banco a hablarme de tal o cual hipoteca, me da exactamente igual, es su juego no el mío, yo de este invento participo exactamente lo justo que me permita vivir en una casa que considero mía, un trámite por el que he tenido que pasar, el resto me sobra, es más: hago todo lo posible porque ni me rocen estas historias. Soy el que más pasión pongo en las reuniones de empresa, pero en el fondo sé, soy consciente de que me importan prácticamente nada.

Son inmensa mayoría los conceptos “heredados” que me dan exactamente igual: religiones, divisas, fronteras, visados, política… me hace especial gracia ver a gente de mi edad defendiendo hasta la muerte ciertas ideas como la independencia de Euskalherria o el caso opuesto: España una y grande… ¿en serio? vosotros nacisteis con este tinglado ya montado, ¿en serio os importa tanto? ¿tan poco tenéis que hacer?. Lo que no quita para que me alegre cuando gana el Athletic o me alegraré cuando se quite del medio a tanto inútil que está en el poder en España a finales de año, no vivo insensible y ajeno a todo, pero es otro nivel de alegría nada comparable a escucharle a Kota aporrear la puerta del baño gritando “papá” para que salga ya de ahí, deje de hacer lo que sea que era tan urgente y me ponga a jugar con él ya mismo. Eso es lo importante, mucho más que el paso a producción del jueves 23, no hay, ni de lejos, color.

Así que con esto estoy últimamente: no me creo nada de lo que me rodea, solo creo en lo mío y lo de los míos, con ello me quedo y a ello me debo, no es que me canse el resto, es que me da igual.

Crisis pero de las jodidas, ¿eh?.

Ya veremos cuando llegue a los cuarenta de verdad…

Yo juro que fue sin querer, en serio.

Volvía a casa en bici, lo que no es ninguna novedad: ya me manejo por Tokio en bici entre la oficina y mi casa prácticamente siempre. Lo que si es nuevo es que ese día salí un poco antes porque Kota estaba enfermo y al no tener que llevarle a la guardería, entré a la oficina bastante antes y apliqué, a rajatabla, lo del horario flexible. Ni cinco minutos más, en serio, mi vida no se regala más de lo pactado ni a Cristo bendito, no hay excusa suficientemente buena.

En verano los días también son más largos en Japón, pero tampoco demasiado, a eso de las siete y media ya es totalmente de noche. Aquí no se cambia la hora, algo de lo que siempre se quejan por las Españas, pero que joder, anda que no daría gustete salir siempre de día, no sabéis lo que tenéis. Bueno, el caso es que como salí un poco antes todavía aguantaba un poco el solete aunque se puso a ponerse a anochecer cada vez un poco más conforme iba zampándome kilómetros a golpe de pedal. Iba yo ya por la mitad del banquete ya prácticamente de noche cuando de repente salió de yo que sé donde un señor medio calvo con bolsas que me cené sin pan ni ná.

El bonito suceso tuvo lugar exactamente en el medio de la mitad del centro de ninguna parte: la misma carretera de siempre pero por el tramo quizás más estrecho y poco iluminado de los quince kilómetros que ella y yo compartimos a pachas.

Yo iba bien, por mi carril, no demasiado rápido y verse, se me veía de sobra: a las luces obligatorias de delante y de atras, en modo parpadeo que te pones nervioso al tercero o así, yo le sumo un led que está atado en un radio de la rueda y que se activa con el movimiento… a aquel gaijinaco lo ve hasta el obispo de Burgos desde la torre mayor.

Pero es que el pavo se había puesto a cruzar sin mirar por el santo medio: ni semáforos ni pasos de cebra, nada, pero además sin mirar ni a los lados ni absolutamente a nada, a lo puto loco.

Grité un “¡cojones, cuidado!” de los míos en perfecto castellano y a pesar del frenazo y de los tres cuartos de rueda que dejé derrapando, me lo zampé de frente y acabamos los dos en el suelo. Yo de alguna manera caí prácticamente de cuclillas, no me hice absolutamente nada.

Lo primero que hice fue apartar la bici del medio de la carretera e ir a ayudarle al señor preguntándole si estaba bien, si se había hecho algo. Lo hacía mientras le ayudaba a incorporarse y trataba de recoger la compra del súpermercado que se había esparcido por el suelo para meterlo en la única bolsa que quedó más o menos usable, la otra se había rajado de lado a lado.

El tío, de repente, me quitó la bolsa de malas maneras y empezó a gritar movidas con una mala hostia acojonante. Yo le decía que tranquilo, que se me tranquilizase el señor miura, que había sido un accidente y ya, que menos mal que parecía estar bien, pero él insistía en echarme a mi la culpa que yo no tenía: que si no miraba, que a ver que coño iba haciendo, que no debería ir con la bici por la carretera… con esto último me entró la risa tonta y le dije que claro, mejor por la acera para evitar pillar a tarados como él que prefieren ir por el puto medio de la carretera de noche sin mirar.

Se mosqueó más, empezó a gritarme más y yo trataba de tranquilizarle pero sin darle la razón y cuando hizo una pausa, aproveché para meter baza en su monólogo diciéndole que imaginase que en vez de haberse encontrado conmigo, se hubiese topado un coche, que a ver si en la escuela no le habían enseñado a mirar a los dos lados antes de mirar.

Entonces me gritó un “¿¡¿que coño dices!?!?” y me pegó un empujón en el pecho al que yo reaccioné, juro que sin querer y quizás presa de la tensión del momento, pegándole una hostia en la jeta.

Fue una hostia de Bilbao homologada que acabo convirtiéndose en más curiosidad que otra cosa: mi subsconciente había enfilado un perfecto y óptimo puñetazo a su fenomenal melón semicubierto semidescubierto estilo ahora pelo ahora calva, pero a mitad parece que me lo pensé mejor, frené el asunto lo que pude y abrí la mano con lo que lo que se llevó en vez de la ondonada que se merecía en la puta cara, fue un semitortazo descafeinado.

Sonó guay.

…plas…

Suave, pero marcando terreno, empezó firme pero acabo sutil.

Lo que es seguro es que no creo que el pescozón le doliese casi ná pero sin embargo, tuvo un efecto educador imprevisible: nos quedamos los dos de piedra por lo que acababa de ocurrir; yo ya tenía los puños apretados por si la íbamos a tener más gorda y había que batirse en duelo con el tío vinagres, que por otra parte no tenía ni la mitad de una media hostia, pero lo que él hizo fue repetir en un tono mucho más bajo su “…qué coño dices…”, darse la vuelta y desaparecer por donde había aparecido de tan inesperada manera a paso ligero.

Yo recogí la bici, enderecé la luz que se había quedado apuntando a Tudela, y seguí mi camino mirando por el espejillo no fuese a ser que a mi amigo Manolete le diese por tirarme una piedra o algo desde detrás de un árbol, que tenía pintas de estar igual de cuerdo que un saco lemmings agitao.

No le volví a ver y mira que sigo pasando por el mismo sitio dos veces al día, cinco veces por semana.

Juro que yo no quería haberle adoctrinado de aquella manera aunque se lo merecía, juro que yo iba bien, que iba atento, ni música llevaba esa vez, tampoco iba rápido. Y juro que en vez de ponerme yo a echarle la bronca, traté de ayudarle todo lo que pude hasta que vi el percal, momento en el que debería haber cogido la bici y pirarme según estaba sin hacerle caso después de comprobar que estaba bien.

En lugar de eso le di una hostia y fue él el que se marchó primero, farfullando mierdas, eso si.

Tiene huevos.

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