El blog sobre Japón de un tío que SI está en Japón!!

Estoy pensando en como ha cambiado mi manera de trabajar de aquí a hace dos o tres años, más o menos desde las dos últimas empresas en las que he estado. Para bien o para mal he cambiado muchas veces de trabajo tanto en España como aquí en Tokio, por lo que tengo con qué comparar. Se podría resumir en que poco a poco se va optimizando el tiempo de trabajo minimizando el que se dedica a pura burocracia, aunque creo que se podrían hacer todavía mejor las cosas.

Permitidme, pues, que cuente como es un día cualquiera en la empresa japonesa donde trabajo desde hace casi un año como único extranjero carapapa. Empecemos por el principio:

Como ya he contado alguna vez, tengo horario flexible, esto es algo que últimamente se ha vuelto básico. Hay un rango de horas en las que puedes entrar y un rango de horas para salir, no puedes hacer la locura de entrar a las seis de la mañana e irte a casa a las tres de la tarde, por ejemplo. En mi caso se puede salir de trabajar lo más pronto a las cinco de la tarde, cosa que podrías hacer si entras a las ocho de la mañana (hay una hora para comer). Tengo llave de la oficina, esto también pasaba en la anterior empresa. No es raro que esté un rato largo por la mañana yo solo aquí metido viendolas coming.

No usamos mail, creo que esto ya lo he contado alguna vez. Salvo para alguna cosa raruna viejuna, el email no se usa para nada: hacemos todo por chat. Usamos un servicio llamado Slack donde tenemos un montón de salas de chat creadas (general, diseño, programadores, smartphone…) y nos manejamos por ahí. También hay salas integradas con distintos servicios de manera que por ejemplo cuando alguien cambia algo en la rama de master, falla un test o se hace un deploy a producción, ahí se postea un mensaje automáticamente con lo que ha cambiado y un enlace para ver los archivos o lo que sea que cuadre. Incluso los contactos que llegan por la web salen ahí en un chat en vez de llegar un email.

Bueno, que me enrollo: el caso es que llego a la oficina, abro el Slack y me voy a un canal llamado “greetings”. Ahí escribo “おはようございます”, “buenos días”, y un bot me contesta que buenos días, esa es la manera de fichar, la hora de ese saludo queda registrada, ni excel ni hostias en vinagre. De igual manera escribiendo un “お疲れ様です”, “gracias por vuestro trabajo”, se fija la de salida. Es curioso porque el chisme es flexible y entiende un montón de variantes como el equivalente en japonés de “yepa” para entrar o “me piro” para salir, así que es graciosísimo leer el ingenio matutino de mis compañeros poniendo chorradas hasta que al final el tal Kyle (nombre del bot, que además es un delfín vete a saber la razón) responde. Por ejemplo hoy al llegar, el jefe ha puesto el ohayo pero no le ha contestado, así que ha empezado un monólogo del estilo de “eh? Kyle? tu también? no solo me ignora mi mujer sino tu también??? despedido!! pero a mi mujer no la puedo despedir, pobre de mi…”, y a partir de ahí todos contestando chorradas en plan “jodé como te entiendo, la mía no me habla desde navidades”, jajaja.

Pero sobretodo es práctico y fácil, tu nómina se basa en esas horas, podrías hacer trampas entrando desde casa o incluso usando la aplicación del iPhone, pero no creo que lo haga nadie aquí. En la empresa anterior se fichaba con la tarjeta Suica del tren pasándola por un lector IC que había ahí conectado a un ordenador en la entrada, pero aquello fallaba un huevo y además tenías que elegir que era lo que estabas fichando entre entrada, salida, ir o volver de comer… por cierto, no ficho en la hora de comer, se fían (cosa que celebro porque como voy al gimnasio siempre tardo un poco más…).

Otra historia: apenas hay reuniones, esto me gusta mucho, siempre he pensado que se pierde mucho el tiempo aunque depende de las personas, claro, pero por regla general yo me suelo aburrir un huevo porque siempre hay algún vendehumos, parlapuñaos y/u/o pierdetiempos que no calla con chorradas. Aquí tenemos una lista de tareas y un par del equipo que las ponen y el resto las hacemos en el orden marcado. Normalmente están bien explicadas con capturas de pantalla y así, si algo no se entiende, el que la ha escrito está aquí al lado así que se le pregunta y fuera. Cuando acabas una tarea, haces un deploy a staging y le dices a la persona que lo pruebe, si está bien, se sube a producción de la misma. El servicio de tareas se llama “Asana” y tiene aplicación para el iPhone también. Es muy fácil de usar y muy efectiva, normalmente no te ponen fecha límite ni hay estimaciones ni se incurren horas ni gilipolleces por el estilo. Hay que hacer esto en este orden, vete haciendo y vete avisando según vas acabando. A no ser que tardes la vida en hacer algo o metas una gamba muy gorda, no te piden cuentas ni te meten presión por nada. Además hay flexibilidad: yo suelo hacer dos versiones de lo que me piden, la normal y la toscaner con animaciones e historias que se me ocurren. Ahora mismo diría que la mitad de las toscaners están ya en producción, jejeje.

No hay ni un solo servidor en la oficina: todo el código está en Github en repositorios privados. Los servidores son dedicados y están en la nube, tanto los de bases de datos como los web, todos tenemos acceso ssh para poder cacharrear si es necesario, podríamos hacer nuestro trabajo desde cualquier lugar del mundo con tal de que haya internet. Yo tengo mala experiencia con esto del teletrabajo, que me volví un ser todavía más asocial de lo que soy (que ya es decir, no le cojo el teléfono ni al papa) pero a una mala no habría problema si me quedase en casa rascatecleando, de hecho me llevo el ordenador del curro a casa. Explico esto: una de las condiciones del trabajo es que me daban 300.000 yenes para comprar mi equipo, así que encargué el MacBook más caro que había y un pantallón panorámico. El ordenador es otro mundo comparado con el que tengo en casa que se ha quedado viejer, así que he decidido llevármelo y usarlo para mis movidas, no he pedido ni permiso, simplemente lo meto en la mochila y pa casa que va.

Usamos todo tipo de servicios online: a Github, Slack y Asana que he dicho antes, le sumamos Qiita, Sentry, Rollbar, CircleCI o Chatwork, aparte de Google Calendar y Gmail para los cuatro mails chorras que llegan al mes. Hoy en día no hace falta prácticamente dinero para montar toda la infraestructura necesaria para una empresa de IT: hacer una web y ponerla en producción es gratis, únicamente hay que tener una ideaca y tener al tío que la diseña y la programa, esto hace que haya un montón (UN MONTON) de startups ahora mismo moviéndose en Tokyo. Por ejemplo está la web para comprar gafas por internet que te mandan unas cuantas a casa gratis para que te las pruebes y te quedes con la que quieras o las devuelvas todas sin compromiso, otra super popular que ofrece servicios para que triunfes en las redes sociales desde crearte una portada chula para tu facebook hasta logotipos o avatares con la caricatura de tu cara o les mandas fotos y se encargan de ir posteándolas a las horas que les digas, otra que les dices lo que quieres comprar de Ikea y van los tíos a la tienda, lo compran y te lo mandan a casa (Ikea no deja comprar por internet, hay que ir por webos a la tienda), los que te lavan el coche a domicilio, los que te mandan una estilista que te prepara si tienes una boda en tu misma casa… de todo, es la hostia!!

Y sobretodo mola el evento “Beer & Burst” que hacen en mi empresa una vez al mes. Durante una hora los jefes de equipos cuentan lo que se ha hecho el último mes, los fallos que ha habido, lo que se quiere hacer a partir de ahora y tal. La semana del evento, nominamos (como no, por chat privado) a los de nuestro equipo que creemos que se merecen un premio y de ahí salen los tres más votados que sacan una bola de una máquina de esas de bolas que hay por aquí pero en miniatura. Dentro de la bola hay un premio que va desde una cena gratis en un restaurante de la zona, tickets para algún concierto o lo que se le ocurra a mi jefe que está bastante pirao y mola, como cuando se llevó a uno al restaurante ese que parece una iglesia de Shibuya. Después hay tarta y soplan velas los que hayan hecho años ese mes, si hubiera alguno, por cierto que el jefe también les da un sobre con un regalo que nunca abren y que siempre me ha quedado la duda de que es, ¿será dinero?, ¡a ver cuando me toca!. Y ya para acabar se llena la mesa de reuniones de repente de alcohol a cascoporrer y pizzas o sushi o lo que toque ese mes, y ahí nos tiramos un rato socializando entre nosotros. Yo como últimamente no bebo ná y tengo a Kota esperando para el ofuro me suelo pirar pronto, pero mola mucho la cosa!!

Total que no sé si me lo parece a mi o qué pero las empresas están cambiando mucho: del coñazo de papeleos interminables, burocracia, hojas excels con horas, reuniones infumables y tal se ha pasado a currelar que es lo que al final importa, en un ambiente de todo menos frío e intentando aprovecharse de las últimas tecnologías el máximo posible buscando, sobretodo, la practicidad. Sobretodo en startups y empresas de reciente creación donde los jefes suelen ser bastante jóvenes sin tantos métodos e ideas caducas heredadas. Jodé, me acuerdo de mi época de Accenture donde nos hacían meter horas a tareas de las que no habíamos ni oído hablar con tal de cuadrar la cantidad de dinero que se fijaban sangrarle al cliente sin importar demasiado si el curro se hacía en condiciones o no. Menuda farsa era aquello. ¡Juas! ¡incurre aquí que no te vean!






:flipanderer: :rascatecler: :flipanderer:



Últimamente veo mucho más la tele japonesa. Bueno mucho más… digamos que antes de vivir con Chiaki ni la encendía y ahora está puesta bastante tiempo, como es normal, no iba la chiquilla a dejar de ver la tele de su país por haberse casado con el rascayú narizón que les escribe. El caso es que hay muchos programas que no valen absolutamente para nada como esos en los que aparecen las y los ídolos de siempre comiendo a cualquier hora del día delante de las cámaras exagerando lo bueno que está eso gritando oishiiiii. Es totalmente absurdo ver a gente comiendo en la tele, me parece una gilipollez suprema sin interés alguno, sin embargo aquí es lo que sale el 90% de las veces. Jodé es que si por lo menos cocinaran o enseñaran a cocinar, pero es que salen yendo a restaurantes y zampando solo!!

Pero he descubierto también que hay humoristas acojonantes japoneses, hay algunos que no me hacen ninguna gracia, pero con otros me descojono a puñaos hasta llorar de risa a veces. Aquí hay mucho talento, no os creáis, sobretodo cuando les da por darse de hostias o tirarse colina abajo montados en triciclos y chorradas así.

Total, que he decidido empezar una nueva sección en el blog recopilando los sketches de moda. Intentaré traducir los que estén en japonés de alguna manera para que nos cosquemos todos y de paso molaría que me dijeseis si os hacen o no gracia, porque igual es que me estoy volviendo yo ya medio osakense y no me he enterao, que todo puede ser porque hago reverencias hasta debajo de la ducha.

Ahí va el primero, que además no necesita traducción. Se trata de una pareja de humoristas llamada “Bambino” que se han hecho famosos por el sketch de la danza de la caza. Lo que cantan no es japonés, es idioma “nativo” inventado. Por alguna razón me recuerdan a nuestros Tricicle:




En pleno dolor de oídos, mientras se abrían las puertas de aquel ascensor, yo estaba ya totalmente convencido de que había conseguido el trabajo. Bajaba de la cuarta y última entrevista de la planta treinta y siete de uno de los nuevos rascacielos más emblemáticos de Tokio, justo justo treinta y seis pisos por encima de donde celebré mi boda con Chiaki, dato que no viene al caso, pero que yo no dejaba de creer que tenía algo que ver con destinos, karmas y cuentos del estilo.

Bromeé para mis adentros con la idea de que saludaría al guardia de seguridad todos los días al entrar y que quizás le preguntaría por los exámenes de la universidad de su hijo o algo así, rollo película americana. Vamos, que me veía ya en faena y me estaba gustando la idea de acostumbrarme a aquello, sobretodo si aceptaban el sueldo que les pedí… todo iba a cambiar. Todo iba a cambiar pero mucho: el dinero no da la felicidad, me considero un ejemplo andante de ello, pero no te creas que no iba a mejorar la cosa ni nada con casi el doble del sueldo. La de pieles que tenía ya apalabradas y todavía no le había visto al oso el flequillo ni de pasada.

Eché el curriculum por echar. Mirando atrás, la gran mayoría de cambios drásticos de mi vida empezaron así: por probar, como por probar empecé a hacer Karate o me cogieron para venir a Tokio después de aquella entrevista en Vitoria a la que fui más por darme un paseo con mi amigo Dani con el coche de mis padres que otro poco.

Y me llamaron y allí me planté sin esperanza alguna. Fui por ir, siguiendo con el concepto. Tampoco llevé traje. Me niego a llevar traje a las entrevistas ya, me parece absurdo. Tampoco voy hecho un Adán, que me meto la camisa por dentro y hasta llevo zapatos, pero de farsas está uno sobreactuado desde hace muchas escenas. Bastante con que finjo saber mucho más japonés del que sé. Aunque doy el pego porque ya les tengo calados y sé interpretar la farándula como nadie: ni sé los “hais” que llegaré a decir sin tener ni idea de a qué estoy asistiendo, la clave está en no sobreexplicarse demasiado porque el asunto en idioma ajeno se lía y no se sale de ahí ni con calzador. Ser conciso, contar bien lo que se sabe bien y negar directamente lo que no sin excusas. Si la frase acaba en ne y no es una pregunta, asiente. Si es una pregunta y no la entiendes, dilo y te la repetirán sin tanto gozaimasu de por medio.

El caso es que fue bien. Por alguna razón y salvo dos excepciones que no olvido, suelo caer bien en las entrevistas aquí consiga o no el trabajo. Mi curriculum es original, tiene un diseño cuanto menos curioso, cuento cosas de manera desenfadada al más puro estilo Toscano: trato de ser diferente para bien o para mal y al final siempre suele haber un rato para hablar de mi hijo Kota, del libro aquel que escribí o de Karate. Si una empresa desecha mi curriculum por el tono o por la forma, entonces es que no me interesa a mi tampoco estar ahí.

Quizás estoy totalmente engañado conmigo mismo, pero a aquellos dos chavales les debí caer bien porque me llamaron para una segunda entrevista en el mismo piso 37 del mismo rascacielos.

Ahí es cuando vi que igual es que si que había alguna oportunidad: lo que yo hago ahora es justo lo que pedían ellos y quitando algún punto del que no había ni oído hablar, estoy convencido de que sabría hacer el trabajo en condiciones en poco tiempo y que sabría convencerles a ellos. Me ilusioné. Me ilusioné y decidí coger su página web y hacer una versión propia: le añadí movimiento aquí y allá, adapté el diseño y con una url apuntada en los márgenes de la primera hoja de la copia del curriculum que llevo siempre a las entrevistas, me presenté a aquella segunda pantomima.

Hablamos más o menos de lo mismo, me contaron algo más de la estructura de su equipo y yo les conté un poco más de un par de proyectos que les interesaban por este o aquel motivo. En el momento oportuno apoyé mi idea de que hoy en día a ciertos niveles es más decisivo el interface de una web que como esté hecha por detrás, que el mundo del diseño gráfico, de las interfaces de usuario va al triple de velocidad que el de los lenguajes de servidor, que aparecen tres frameworks javascript por cada nueva versión de Java o Rails, por ejemplo. Decía que apoyé mi idea con la web que les hice y parece que les gustó, incluso llamaron a dos de su equipo para que lo viesen. Dejé que la toqueteasen hasta que descubrieron todos los pequeños detalles que decidí poner en práctica dos horas al día durante la semana que tuve de tiempo entre entrevistas sacrificando los libros de japonés en el Doutor de enfrente.

El dolor de oídos era una constante siempre al salir de aquel endiabladamente rápido ascensor, aunque ese día el guardia era otro… me aprendería encantado los nombres de sus hijos también.

Me mandaron un mensaje al día siguiente donde me decían que fuese ese mismo día, que como “Diaz-san es el tipo de persona que hace todo rápido y con iniciativa, habríamos pensado que quizás podría venir hoy mismo”. Ya me veía en el Uniqlo de al lado de mi trabajo comprándome un pantalón y una camisa, cambiándome en el baño y tirando para allá como ya hice otra vez antes, pero resultó que tenía otro compromiso que no pude cancelar y quedé al día siguiente. Aquel mensaje tenía una pinta increíble, el sueño se acabó de desatar, a no ser que me sacase tres mocos delante del entrevistador o me diese por guiñar el ojo moviendo la cabeza a los lados impulsivamente, aquello parecía estar hecho. La empresa además era una de tantas startups que habían tenido mucho éxito y que estaba creciendo a más ritmo del que personas conseguían reclutar. Todavía no estaba tan asentada como para tener un estúpido y tedioso proceso de selección basado en tests online y absurdas preguntas totalmente irrelevantes para el trabajo como algoritmos de búsqueda, complejidades O(n) y árboles binarios.

En aquella tercera ocasión llevé una lista de puntos que mejoraría de su aplicación de iOS y como el entrevistador era distinto, también hubo un rato para hablar de la versión de su web que hice la semana anterior. Resultó ser el jefe de la empresa que interpretó a la perfección su papel con un tono serio y poco margen del que salirse del guión, pero no me dejó salir sin que hablásemos ya de dinero y de cuando podría empezar a tener dolor de oídos un par de veces al día.

La última entrevista fue con el jefe de equipo: un tipo afable que me trataba como si ya estuviese dentro contándome cosas como que tenía parking para la bici, que podría elegir si quería sentarme en una bola de pilates de esas en vez de una silla y que el café era gratis, pero que si no me gustaba, había una máquina de bebidas que funcionaba sin dinero al final del pasillo. Recuerdo que mencionó algo de que aprendería castellano y todo.

Aquello estaba más hecho que nunca. Vamos, no me jodas.

Por eso me quedé sin habla cuando recibí el email, sin ninguna explicación, de que gracias por intentarlo pero no. El email decía en dos frases en keigo que me pinchaban el globo, que me rompían la guitarra, que aquello no iba a más, que ahí te las compongas con tus ilusiones y sueños.

Juro que pensaba que estaba ya dentro, que tenía ya muchos planes pensados demasiado al milímetro, que estaba ya sintiendo como mi vida daba un vuelco de nuevo, que me veía ya en mi último día antes de jubilarme llevándome la caja de cartón con las fotos de Chiaki, Kota y sus dos o tres hermanos de aquel piso treinta y siete desde el que se veía, como el que no quiere la cosa, la Tokyo Tower desde arriba, el monte Fuji y la Sky Tree en el otro lado del mismo inmenso ventanal.

Dos semanas después, totalmente resignado, les volví a escribir porque me podía la curiosidad: necesitaba saber la razón. “Pides mucho dinero”, me dijeron. Sabía que era mucho pero aún así seguía siendo bastante menos del máximo que ponían en su oferta y pensé que siempre habría tiempo para negociar. Pero fue decisivo y no pareció gustarles, no supe valorar la importancia que aquella cifra dicha prácticamente al azar iba a tener a la hora de inclinar la balanza que no dejó de asomarse a mi vera en todo momento.

Quemé mi último cartucho escribiéndoles que siempre podríamos llegar a un acuerdo, que si ellos estaban interesados en mi, podríamos hablar del asunto porque a mi me interesaba mucho su empresa y cuatro o cinco puntos más con el mismo aire, tufo diría ahora, a desesperación.

“El puesto está ya cubierto” me contestaron. Comprobé que era mentira, desinstalé su aplicación del iPhone, abrí la web de empleo y eché siete curriculums más en siete empresas distintas.

Así a lo despecho.

Mecagüen la puta, qué cerca estuve.






Aquí sigo, no os penséis. Y sigo sin parar, tampoco os penséis. El día que me quede sentado en el sofá se le irá el amarillo al sol o algo, menudo trote llevo.

Mayormente mis días se centran primero en Kota y luego en hacer juegos malabares para exprimirle tres o cuatro horas a las mañanas y poder decir, orgulloso, que hoy también he sido capaz de darle tres bufidos de carrillo lleno a las gaitas que ando soplando últimamente.

Antes la cosa era distinta, claro. Me permitía llegar muy tarde después de Karate a una casa donde a nadie le importaba un carajo cuando o si llegaba, y allí me ponía a darle a las teclas recalentando lo que quedase más a mano de la caja en el combini de al lado de Correos. Escribía mucho: a veces correos a los pocos amigos que todavía no me habían dejado de contestar y la mayoría de las veces entradas en este blog. La motivación era la misma: en apariencia tratar de dibujarle a quien quisiese mirar, el cuadro de mis días; lo sentido por lo vivido. Pero en realidad resulta que aquello era la mejor manera que encontré de barrer la hojarasca de sensaciones que se empeñaban en amontonarse entre mis duermevelas.

Total, que escribir requiere pensar. Y resultó bueno acabar los días pensando en lo que uno sintió desde la primera legaña hasta que va acercándose el último bostezo.

Ahora la rutina es distinta y ese momento se ha perdido. Bueno, no en realidad, cuando por fin Kota decide empezar a soñar con revalidar al día siguiente el record de velocidad por el pasillo modalidad pañal, Chiaki y yo nos contamos el uno al otro los ratos que valieron la pena, haciendo que ese sea de los que más lo hagan del día.

Pero la cosa empieza mucho antes: tengo puesto el reloj a las cinco de la mañana. La mayoría de las veces consigo levantarme, si no puede ser, se retrasa el asunto una hora como mucho, así que bien a las 6 o a las 7 de la mañana ya voy camino de la oficina en bici. Últimamente tardo poco más de cuarenta minutos, asi que normalmente antes de las siete ya tengo la bici aparcada en Gotanda y ya me estoy pidiendo el desayuno, sin tomate, en el Doutor, la cafetería que queda justo enfrente de mi trabajo.

Allí me suelo tirar unas dos horas y media egoista y exclusivamente a lo mío: estudiar japonés y hacer webs por mi cuenta para tratar de ahorrar un poco más de dinero a la vez que aumento mi portafolio y de paso aprendo cosas nuevas que me interesan para progresar en este loco mundo del rascatecleo donde el lenguaje de programación que dominas probablemente sea del que se descojonarán más la semana que viene cuando le de la ventolada al Google o al Apple de turno y vuelva a poner patas arriba este circo. Estoy haciendo ahora, por cierto, la web oficial de la SKIF, la asociación de Karate que fundó Hirokazu Kanazawa, seguro que me habéis oido hablar de ella más veces. Inmenso honor, por cierto, que pensaran en mi.

Encima, gracias a una de las cenas-reunión con los senseis en las que hablamos de la web, me enteré que existe un dojo mucho más cerca de mi casa, así que he vuelto a entrenar mucho más asiduamente sin sacrificar la noche en el tren. Ahora cuando vuelvo de entrenar, todavía sobra tiempo para bañar a Kota y cenar los tres juntos. Me estaba torturando tener que elegir entre pegar patadas o ver a los míos despiertos aunque solo fuese un día a la semana, de momento perdían mis pies contra el corazón por goleada: por muy bien que saliese aquel mawashi gueri, no haber visto a mi hijo dar voces hacía que el día acabase en blanco y negro al máximo de contraste.

Hay que hacer, hay que intentar. Intentar hasta que las piezas encajen o las hagamos encajar desgastándolas de tanto darles vueltas. A veces es fácil, otras no es tan obvio, pero si no haces, si no intentas, si te rindes, no habrá piezas que te vayan a valer nunca.

A eso de las diez entro ya a trabajar. Mi horario es flexible: son ocho horas con una para comer, así que a las siete ya estaré en la calle. Hoy que tengo una entrevista de trabajo, he entrado a las nueve con lo que a las seis ya estaré camino de la tremenda farsa que es venderse uno mismo frente a un tío que pretenderá juzgarte en una hora. Ando ojo avizor siempre a nuevas oportunidades de trabajo que quizás mejoren mis condiciones actuales. No me quejo en absoluto, pero sé que ahora el mercado aquí nos es favorable a los que sabemos Rails y flirteamos con el diseño, así que si gano un poco más que nos permita viajar a España más a menudo con Kota, pues eso que nos llevaremos todos.

Voy a un gimnasio que hay también enfrente de mi oficina. Es un gimnasio de crossfit, de esos de pegar botes durante treinta segundos y descansar diez durante media hora. Allí voy a los mediodías, normalmente a la clase que empieza a las 12:15, después me bebo un smoothie de estos que me traigo de casa en un bote con tapa, me zampo un par de sandwhiches u onigiris y a currar ya de un tirón hasta la hora de salir. Al gimnasio voy todos los días menos los miércoles que cierran. Un smoothie no es más que meter cachos de fruta y todas las movidas raras que se encuentren por casa en una batidora y darle cera, lo que pasa es que si pongo batido queda más soso y como hacía bastante que no escribía un post, quería que molase un poco más.

Al salir volvemos a coger la bici. Hoy me pasaré por Shibuya a la entrevista de trabajo, pero lo normal es que vaya directo a casa. Aviso cuando salgo y Chiaki prepara la bañera para que nada más llegar no quede otra que meternos allí Kota y yo a remojar las churras a pachas. Es nuestro ratico. Yo pongo música, normalmente canciones de mi infancia como Willy Fog o los tres mosqueperros, cosas así que me hace ilusión que conozca, y le hablo, le hablo mucho en castellano, claro. Le cuento cosas de mi familia, de mis padres y hermanos y también le hago muchas preguntas aunque no contesta a ninguna. El parece que pasa de mi, bastante trabajo tiene con salpicar todo lo que puede, pero el otro día señaló una foto de mi hermano y gritó “Javi”. Vale la pena. En su mente ahora mismo hay mil palabras sin sentido que de repente se ordenarán todas a la vez y se acordará de mucho de lo que ya le he contado. Estoy seguro.

Cuando llamo al timbre que hay en el baño, a Chiaki le suena una pequeña alarma en la cocina y viene a buscarle con una toalla. Poco pasa hasta que estamos ya cenando nosotros dos mientras Kota ronda a nuestro alrededor. El ya ha cenado, pero ahí anda a ver si le cae algo: como buen bilbaíno tiene un saque de la hostia, pues. Después estamos un rato jugando con él hasta que suele caerse rendido en brazos de Chiaki y pasa entonces lo que he contado casi al principio: nos ponemos en el día del otro: que si los preparativos de la guardería, que si ya va tocando ir un fin de semana por ahí con él de viaje fuera de Tokyo, que si quiero el Apple Watch, que si primero una bici para llevar a Kota… allí inmersos en una cada vez más escasa calma, hablando bajito, nos intercambiamos los trucos y los secretos del arte de ir meciéndose por las horas.

En algún momento, normalmente más pronto que tarde, nos tumbamos al lado de Kota. A las cinco o quizás a las seis todo vuelve a empezar. Algunos sueños estarán más cerca, otros se alejarán sin remedio. La mayoría se seguirán dejando soñar entre almohadas, pedales, records del runkeeper, instagrams de sakuras, pañales, chupetes, unfollows, ohayos, oficinas, otsukaresamas, mails, pesas rusas, lines, whatsapps, flexiones, karategis, ordenadores, sentadillas, onigiris y todas las historias y besos que me quepan en los bolsillos para compartir, susurro a susurro, con mi colega del turno de noche, el que va de salvaguardar todos y cada uno de los ronquidos de nuestro hijo.




Ella siempre está allí en el cruce.

A su alrededor pasamos los demás. Algunos en coche, la mayoría en bici o andando, todos con prisa sin excepción. Ella sólo está allí apoyada en el guardarrail por el lado de la acera, no parece tener ningún sitio al que ir ni nadie que mire el reloj por ella.

Yo también paso por su lado cuando voy camino de la estación y ella siempre me mira y sonríe divertida. Digo yo que le haré gracia, o tal vez es que le sonríe a todo el mundo demostrando que se le puede alegrar a uno la mañana con ese gesto tan humano como escaso.

Así a los ojos de un occidental, le calculo unos setenta y pocos años, por lo que seguramente tendrá más de ochenta. Vive allí, lo sé porque la he visto entrar en su casa alguna vez.

A su lado siempre hay cuatro o cinco paraguas colgados del guardarrail o apoyados en la pared y uno pende siempre de su brazo. El tiempo es lo de menos: no importa que llueva, esté nublado o haga sol, la señora siempre está allí con sus paraguas.

Y siempre sonríe.

A veces barre la acera, aunque no esté sucia, con un ritmo lento pero constante, la espalda arqueada y los paraguas a mano. Y a veces cambia de sitio en el guardarrail para poder ver a la gente del otro sentido del cruce.

Hoy me ha parecido que por un instante ha pensado en hablarme pero en el último momento se ha arrepentido aunque, como para compensarme, me ha dedicado una sonrisa más amplia de lo habitual.

Creo que el próximo día le daré yo los buenos días.

Ignoro si vive sola, o qué hace el resto del tiempo que no está en aquella esquina. Creo que su cabeza no funciona todo lo bien que debería pero en su mundo de paraguas y aceras por barrer, de gentes que vienen y van, ella no duda en sonreír.

Parece feliz. Si algún día veo que le faltan paraguas, yo mismo los compraré y los colgaré del guardarrail.

Por verla sonreír.


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La señora de los paraguas, vivida y escrita en la soledad de un servidor en el año 2007, leída maravillosamente bien por Guillermo en la presentación del Ikulibro en el Instituto Cervantes de Tokyo.

Muchas gracias, Guille.




Últimamente el concepto de “Carpe Diem” se me asoma muy a menudo por la ventana. Las razones son múltiples y muy variadas: desde haberme convertido en padre quasicuarentón pasando por encuentros con desconocidos que me quisieron transmitir más de la misma idea, directa o indirectamente, de que estamos aquí mucho más de paso de lo que pasamos de pensar y que más vale que espabilemos.

Que todo cambia es la otra gran máxima que tengo presente veinticinco horas al día; tan obvia y tan obviada a la vez: nunca volverás a ser tan jóven como ahora, probablemente dejarás de compartir rutina con los que están a tu lado porque o ellos o tu os iréis a otros lados de otros que tampoco estarán siempre en vuestros entonces. Nunca tendrás la misma salud, la misma buena vista, engordarás, adelgazarás, se te estropeará y cambiarás de coche, de móvil, de moto, de ordenador, de televisión, serás padre de nuevo, te quedarás calvo, te subirán el sueldo, te echarán del curro, te querrán más y tu querrás menos o de pasada, o a destiempo o más que nunca… todo cambia, absolutamente todo. En serio: no des nada ni a nadie por sentado.

¡Digo yo!, ¡tu haz lo que te de la gana!

Podría decirse que tu vida es una sucesión de cambalaches, de trueques, a veces fugaces, a veces aparentemente estables, hasta llegar al definitivo de todos, momento en que tu no cambiarás ya más pero habrás impactado, espero que mucho, en la falsa estabilidad de los que te rodean… por un tiempo, porque después todo seguirá su ciclo. En Japón mientras incineran al fallecido, los familiares se dan un festín especial donde comen y beben en abundancia y se camufla la evidente tristeza recordándole con la mayor alegría de la que se es capaz. Curioso que sea tan diferente el concepto que se tiene de la muerte.

Es por todo esto que creo que hay que saber ver, valorar, querer, incluso odiar lo que está a tu alrededor con la perspectiva del tiempo: en su justa medida porque tarde o temprano no estará ahí. Si sabes que algún día dejarás de coger ese tren, quizás no te importe ya tanto que esté tan lleno cada mañana, no será nunca así, seguro además que no.

La lectura positiva, lo que dicen siempre es que hay que aprovechar todo lo mejor que se pueda cada rato, cada momento, el Carpe Diem.

¿Pero qué es eso del Carpe Diem? me preguntaba alguien hace poco, “¿cómo es eso de vivir la vida al máximo cada día?, porque eso en plan zen está muy bien, pero cuando llego a casa después de trabajar no tengo muchas ganas de ponerme a bailar en el salón.”

Y es verdad que no es tan fácil porque además cambia totalmente dependiendo de la persona, de la etapa de tu vida, del lugar en el que estés.Yo le he dado muchas vueltas y he apuntado las dos últimas semanas de mi vida centrándome en este aspecto.

Aunque no demasiados, he tenido días malos, de estos que te encuentras muy cansado, con dolor de cabeza, que no tienes ganas de nada más que llegar a casa a dormir lo antes posible, cosa bastante imposible con un hijo de un año esperándote dando botes para que le bañes. Aún así, ha sido constante que nada más verle, lo que queda de día repunta, se rectifica. Así que es claro que una de las constantes de mi Carpe Diem es mi familia, es Kota y es Chiaki. Pasar tiempo con ellos forma parte de mi idea de aprovechar esta etapa de mi vida al máximo.

La gran mayoría de los días han sido buenos anímicamente hablando. Venir en bici a la oficina por las mañanas me da energía para el resto del día, además si voy a Karate o a una clase del gimnasio de pegar saltos al que voy, salgo siempre cansado pero con sensación de plenitud. Es claro que hacer ejercicio es otro parámetro que ha de estar fijo en mi ecuación, no solo por la sensación de bienestar de ese momento sino por saberme capaz de realizar cualquier otra actividad física sin demasiado esfuerzo: desde jugar partidos de futbito corriendo como el que más hasta cargar a Kota a hombros todo el día o meterme a correr una cuarta parte de la maratón de Tokyo con el Chiqui para apoyar al Lorco así de locura de última hora. En mi caso, encontrarme fuerte físicamente es esencial para mi felicidad. Un día sin hacer ningún tipo de deporte es un día no aprovechado según mis estándares.

Llevamos un par de sumandos ya: Chiaki-Kota y hacer ejercicio. Sigamos buscando.

En Tokio es bastante barato comer fuera, por supuesto es mucho más barato cocinarte tu comida que es lo que hacemos siempre excepto los fines de semana donde solemos comer en restaurantes. Nada del otro mundo: a mil yenes más o menos por cabeza, pero yo me he dado cuenta de que para Chiaki una parte importante de su felicidad es la comida. Le encanta probar restaurantes nuevos, platos nuevos, lo disfruta muchísimo. A mi me da igual, quiero decir que entre semana, por ejemplo, no es raro que me zampe lo primero que pille “porque tengo que comer” como una bolsa de ensalada del supermercado sin aliñar o el primer onigiri que pille del combini, por ejemplo. Pero me embelesa verla contenta, cosa bastante fácil por otro lado, así que procuro aprender a cocinar cosas nuevas o buscar nuevos restaurantes donde ir. En este caso, el punto clave es que si los míos están felices, yo estoy feliz. Es como la rutina de pasar por el todo a cien al volver del trabajo y comprarle cualquier gilipollez a Kota que seguramente acabará en la basura en menos de una semana, pero que hace que cuando entro por la puerta venga corriendo con toda su ilusión a ver que es.

Me reafirmo en algo que intuía: invertir en la felicidad de los míos revierte, doblado, en la mía propia.

Siguiendo con este argumento de sumar momentos, diré que he descubierto que uno influye en las vidas de otros y que es altamente gratificante hacerlo de manera positiva porque eso juega también a tu favor. Por ejemplo: tengo la rutina de estudiar japonés al menos una hora antes de entrar a trabajar en la cafetería que queda enfrente de mi trabajo. Veo a las dos mismas dependientas todos los días y nunca dudé en sonreírles y darles los buenos días desde la tercera o cuarta vez que entré. Suena básico, ¿verdad?, pues es curioso como aquí nadie lo suele hacer… en Tokyo va todo tan rápido que en la relación cliente-tendero el primero a veces ni abre la boca mientras que el segundo no la cierra, el nivel de educación está increíblemente desequilibrado. Pero yo creo que vale la pena embellecer la rutina: es importante el pequeño detalle, la sonrisa, la mueca, el gesto, el saludo afectuoso. Ahora ya no les pido lo de siempre porque me lo ponen directamente, y el sandwich del morning set ya viene sin tomate. A veces me he llevado alguna chocolatina de regalo, o treinta segundos de conversación entre clientes. Quizás no tenga demasiado sentido, pero me gustan los dos momentos: el de entrar y pedir y el de salir y despedirme. Quiero creer que a ellas también les hace cierta ilusión verme. Siento, pues, que es importante la relación con los demás, tener un buen talante en cada situación y lugar acaba condicionando tu estado de ánimo y por ende, tu felicidad.

Y finalizando ya, que menudo rollo, diría que si no tengo la sensación de evolucionar, de mejorar, si siento que pasa el tiempo y no hay progreso en algún aspecto de mi vida, entonces no me sentiré satisfecho y por tanto no estaré exprimiendo ni el Carpe ni el Diem. Debo ser capaz de hacer algo mejor ahora que hace un año, por ejemplo: Karate y algún kata más, más kanjis, mejor conversación en japonés, ser capaz de hacer mejor trabajo en menos tiempo en la oficina… debe haber más mejoras que retrocesos, que será inevitable que los haya (ahora mismo no sería capaz de correr una maratón, por ejemplo).

Así que el Carpe Diem, vivir la vida a todo lo que de no creo que sea estar todo el día con la sonrisa puesta dando botes porque eso no va a pasar, no siempre se tiene cuerpo ni ganas ni se dan las circunstancias. Pero hay que aspirar a que se den, hay que provocarlo, poner empeño propio en que se encadenen el máximo número de momentos de bienestar, de buen rollo, de cualquier sinónimo de felicidad que se os pueda ocurrir. Hay que pararse a pensar en qué y cómo conseguirlos y poner énfasis, diría que incluso ser estrictos con vivir en base a esos principios. El resto debería venir solo.



Cuando vi el primer fotomontaje me horroricé… ¿cómo puede alguien bromear con algo tan serio?, es tan espeluznante el asunto…

Con el tiempo he cambiado de opinión y he vuelto a cambiar treinta veces, lo cierto es que no tengo ya nada claro si me parece algo genial o no tiene ni puta gracia. Aquí el país está igual, los que defienden este tipo de cosas dicen que no hay que darles crédito a los terroristas, que hay que hacerles ver que nos descojonamos de sus amenazas, lo que no quita para que se siga haciendo todo lo que esté en manos del gobierno o de quien sea para combatir este tipo de terrorismo. Otros dicen que es una provocación gratuita sin sentido alguno.

Unas horas después de que apareciese el vídeo-chantaje en el que amenazaban con matar a dos prisioneros japoneses si no recibían 200 millones de dolares, empezaron a aparecer en twitter bajo el hashtag #ISISクソコラグランプリ una serie de fotomontajes parodiando el asunto:



Hoy que ya ha muerto uno de ellos y el otro no parece que vaya a tener mejor futuro, yo sigo sin tener una opinión sólida al respecto de estos montajes…

Actualización: Acaban de anunciar la ejecución del segundo prisionero… por respeto quito los montajes.



España, Japón, Bilbao, Tokio, japoneses, españoles… tópicos, costumbres, situaciones, lugares… aquí va una lista de historias curiosas que me han pasado en ambos países y que cada cual saque sus conclusiones.

España



Cuando volví a Badajoz, fui a comprar un par de revistas en una tienda de al lado de la estación de autobuses y la señora ni me contestó al buenos días que dije al entrar, ni alzó la vista cuando me cobró, me tiró las vueltas encima del mostrador de malas maneras y tampoco contestó cuando dije adios. No volví a entrar, por supuesto, incluso me quedé con ganas de decirle “tírame las vueltas a la cara si ves que eso, tía asquerosa”. Viviendo en Japón, ese comportamiento me parece increíblemente insultante e inexcusable. Estoy por volver y soltárselo.

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Yendo en bici por Bilbao por el bidegorri (el carril bici) de la calle Dr. Areilza tuve que pegar un frenazo porque una señora iba con un perro paseando por allí. No iba rápido así que no fue peligroso, pero al decirle, juro que de buenas maneras, a la señora que aquel camino era para las bicis y no para pasear, me echó una bronca acojonante con el argumento en su defensa de que era la acera y que las bicis tenían que ir por la carretera. Además metió a gente que había por allí en el lío y acabaron echándome la bronca tres viejas, dos viejos y dos perros. Prácticamente tuve que huir con la bici en la mano hasta la carretera y pirarme de allí lo más rápido posible.

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En un campamento de verano a los más mayores (échale catorce o quince años) nos “soltaron” a hacer una ruta por ahí sin comida ni bebida, teníamos que llegar a la noche a un punto que estaba bastante lejos y dormir allí, apañándonos como pudiésemos para comer y beber. En una de esas llamamos a una casa y le contamos el percal a la señora que nos abrió, pues bien, nos hizo pasar y nos preparó un bocadillo de chorizo frito de media barra para cada uno de los cuatro que eramos. Se ofreció también a llevarnos en coche pero era hacer trampas y sospechábamos que los monitores nos estaban vigilando.

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En Bilbao a mi y a un amigo mío nos atracaron tres veces más o menos por la misma zona (la Gran Vía), en aquella época parecía ser ya una tradición: siempre que íbamos, tocaba. El caso es que no era en plan violento ni con navajas ni nada por el estilo, venía un tío y “nos pedía suelto” o “para el autobús” en un tono amenazante, no era siempre el mismo, pero siempre le dábamos algo y nos pirábamos a toda hostia de allí acojonados del todo.

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Volviendo de Donosti a Zalla con Chiaki había un control de la Guardia Cívil donde dos pedazo de policías con metralletas o fusiles o yo que sé qué coño era aquello nos mandaron salir del coche y abrir el maletero y nos registraron todo lo que pudieron. Me hicieron un montón de preguntas sobre Chiaki: nacionalidad, por qué estaba conmigo en aquél coche… Menudo acojone, el comando Shibuyaherri a lo mejor se pensaban que éramos.

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El vecino de abajo de mi pueblo ponía la música a toda hostia, pero cuando digo esto digo a un volumen acojonante. Alguna vez le pedimos que la bajase y nos contestaba que no directamente, y eso cuando nos contestaba. Yo llamé a los municipales un par de veces que le dijeron que la bajase y lo hacía para volver a ponerla a tope al de cinco minutos. Un pieza increíble.

Una vez vi a un tío mangando una bici del portal de un amigo mío: salió corriendo con ella a todo correr y yo al reconocer la bici, salí dando voces detrás de él. Tiró la bici ahí de cualquier manera y salió corriendo, yo cogí la bici, llamé al portero a mi amigo y se la subió a casa. Volví acojonado a casa por si el pavo aquel que no había visto en mi vida estaba esperándome con amigos o algo. No le volví a ver.

He compartido oficina con un tío que olía a ropero viejo, otro que la mitad de las veces no venía a trabajar y nunca pasaba nada, una tía que tenía más pelos en las piernas que yo, un elemento que se depilaba las cejas, otro que se sacaba mocos y se rascaba los huevos literalmente mientras hablaba contigo, uno que fingía que era muy amigo mío y me saludaba muy efusivamente solo si me veía con el jefe (con el que si me llevaba bien), otro que tenía voz de tía y era jefe y cuando se enfadaba y gritaba nos descojonábamos, una tía que vestía como un pelapinos ruso y un jefe que se echaba tanta gomina que parecía superglue.

Me han pedido dinero por la calle, me han perseguido a voces para venderme una flor y también vi en Sevilla a dos conductores de carruajes con caballos llamarse de todo en medio de la calle a grito pelado que casi se lían a hostias. Una vez también vi a una pareja chujcando encima del capó de un coche en medio de una calle llena de gente en Bilbao.

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Una vez me dieron las vueltas mal, me dieron de menos, se lo dije a la chica y no me creyó. No recuerdo exactamente pero me dio vueltas de un billete de 10€ y le había dado 20€ o algo así, no hubo nada que hacer.

Hace tiempo estuve yo solo en un concierto dentro de un bar, era un grupo de folk muy animado y la mayoría de la gente acabó bailando en medio de la pista y coreando las canciones. Se improvisó un sarao allí en un rato y al final nos tuvieron que echar del bar a las tantas de la mañana, se lió parda inesperadamente.

Japón



Esto creo que ya lo he contado alguna otra vez. Subiendo las escaleras con una bandeja con la comida y la bebida en una hamburguesería me tropecé y la líe parda tirando todo a tomar por culo. Me puse a limpiarlo, pero enseguida llegaron dos chicas que me apartaron con reverencias, lo limpiaron ellas y me indicaron que me fuese a mi sitio sin yo tener claro que iba a pasar. Yo pensaba pedir otro menú y por supuesto pagarlo, pero me trajeron el mismo pedido gratis a la mesa y no dejaron de hacerme reverencias hasta que me piré por la puerta. No he vuelto, por Dios que vergüenza.

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Volviendo a casa en bici vi que delante de mí iba otro igual que yo pasando justo por un cruce. Los dos teníamos la preferencia, pero el coche que salía no debió verle y le atropelló. Por fortuna no iba demasiado rápido y solo le tiró de la bici, yo pude frenar a tiempo. En vez de pegarle cuatro patadas al coche dando voces como habría hecho yo, el ciclista se levantó, se sacudió el polvo, recogió la bici, le hizo dos o tres reverencias al coche y siguió su camino.

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Una vez me quedé dormido en un parque (esto ha pasado en realidad más de una vez, pero no se lo contéis a nadie), acababa de sacar una bebida de una máquina expendedora y en vez de guardar la cartera, la dejé al lado en el banco y sin darme cuenta me quedé totalmente sopa, eran las tantas de la noche. Cuando me desperté era de día, el parque estaba lleno de gente pero la cartera seguía allí. Eso sí, tenía a un grupo de críos mirándome acojonados.

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En un matsuri de barrio estaban todos allí bailando el bon odori, una señora muy muy mayor me cogió de la mano y me sacó a que lo bailase con ellos. Era muy pequeñita, llevaba un kimono maravillosamente precioso… era tan entrañable que era imposible negarse: no hacía más que reírse mientras me enseñaba los pasos. Al acabar me aplaudieron todos los del barrio que yo creo que me tenían calado ya desde hace tiempo, no recuerdo que hubiese más extranjeros por allí. Un señor me trajo una botellita de nihonshu y la señora un pincho de yakitori un rato después. A partir de ese día me saludaba un montón de gente que ni conocía cuando iba por la calle.

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Una noche me subió una fiebraca del copón que aguanté como pude. A la mañana siguiente fui al médico porque no mejoraba la cosa, y el señor tenía un cuaderno donde iba apuntando, como si fuese una ecuación, todos mis síntomas. Después de preguntarme un montón de cosas desde a que hora me había levantado ese día hasta la cena pasando por si hacía o no deporte e incluso si había tenido relaciones sexuales recientemente, me dijo que lo iba a estudiar. Se giró hacia su cuaderno y empezó ahí a anotar las posibles enfermedades que podían ser. De una lista de unas diez empezó a anotar un montón de cosas mientras miraba “los datos” de su problema, entendí que iba descartando enfermedades, algo así como “gripe A no puede ser porque la fiebre ya ha bajado” y las iba tachando. Después de unos diez minutos resolviendo ahí la ecuación, me dijo: “pues esto ha sido un resfriado un poco fuerte”. Después me dio como cinco medicamentos distintos y me despachó ofreciéndome la hoja aquella por si quería repasarlo y tenía alguna objeción.

En la cena de fin de año de la empresa hicieron un concurso de tecleo, yo soy el tío que más rápido teclea del mundo, en serio, pero las palabras que había que escribir ahí eran japonesas en romaji, es decir, que en vez de “avión”, a lo mejor te tocaba escribir jyuubinnkyouku con lo que a mi se me complicaba más la cosa. Aún así, de 25 personas quedé tercero. Al primero le dieron un iPad Air, al segundo un Amazon Kindle y a mi unas Nekomimi, que son unas orejas de gato que te leen el pensamiento y se mueven según tu estado de ánimo (en casa están sin sacar de la caja).

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Una vez un policía me perseguía en bici, yo que tengo un pequeño espejo retrovisor en la mía me di cuenta y como esa semana ya estaba un poco hasta los huevos porque ya me habían parado dos veces para pedirme documentación, subí el ritmo y él también lo hizo. Me metí por otra calle y él también, hasta que ya por mis huevos le metí caña a los pedales y le dejé muy atrás. Cuando ya pensaba que le había dado esquinazo, me encontré a otro un par de kilómetros más adelante que me estaba esperando. Me pidió la documentación y me dejó marchar, como siempre.

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El vecino de al lado compró muebles en Ikea que tenía que montar en casa. La noche anterior llamó a casa para contarnos esto mismo y, con una caja de bombones y otra de dulces japoneses, nos pidió perdón por el posible ruido que a la mañana siguiente iban a hacer. “Si tenéis pensado salir de casa, decirnos a que hora y no empezamos hasta que os vayáis para no molestaros” nos dijeron. Al final no hicieron ni ruido ni ná.

Una tarde volviendo a casa en bici vi a un mapache, tanuki en japonés, cruzando la carretera de lado a lado. Era bastante grande, se paró en la otra acera, se me quedó mirando y soltó un gruñido ahí más raro que ni sé antes de pirarse por entre dos edificios. Era el medio de Tokio.

He compartido oficina con un chino que comía con la boca abierta dando un asco acojonante, otro que se tiraba pedos sonoros en cualquier momento, uno que aporreaba el teclado pero no os podéis imaginar de qué manera: le daba unas hostias como quien clava clavos con los dedos, otro que estornudaba a grito pelao y saltaban las alarmas antiterremotos, un koreano de ventas que no se callaba ni debajo del agua, pesado como la madre que lo parió pero que no logró hacer ni una sola venta (creo que a la mitad de los clientes les explotó la almendra), un americano gordaco maleducado de más de 150kg que no podía casi ni andar, un irlandés pálido que cuando hablaba delante de gente se ponía rojo pero a niveles inhumanos y sudaba, una vez se llegó incluso a marear y se tuvo que salir a la calle a coger aire… ah! y había una tía que venía a trabajar con una peluca morada estilo anime. Así que me acuerde.

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Un señor de mi barrio que me vio con Kota, me dijo que esperase un poquico, arrancó una hoja del libro que estaba leyendo, hizo un barco de papel y se lo regaló.

Suelo ver por donde vivo yo a un maromo que tendrá de sesenta años para arriba vestido de mujer haciendo la compra, es feo feo feo (o fea fea fea).

He visto a grupos de señores mayores montando un circo del copón en un parque con un equipo de karaoke portátil cantando uno ahí a toda hostia y bailando el resto borrachos perdidos. Una vez canté con ellos y me invitaron a comer, me puse como el kiko y todavía me prepararon tapers para llevar.

En un seven eleven hice la compra y dejé lo que yo creía que era el importe exacto y me piré. Cuando iba ya por cerca de mi casa, escucho a la chica que venía a toda hostia dando voces: “señor cliente!! señor cliente!!”, me paro y resulta que había dejado 10 yenes de más y venía corriendo a devolvérmelos.

He estado en conciertos en bares donde a pesar del arte de los músicos, de lo pegadizo de las canciones, allí no se movía ni Dios de la silla. Todos sentados, aplaudiendo cuando toca y cuando no escuchando atentamente mientras se toman su copa en silencio. Aquí también resulta que no se levanta ni Dios hasta que en un cine no acaban de salir los títulos de crédito.

Conclusión:



¡¡ En todas partes cuecen habas !! El mundo es maravilloso…





Por motivos que de ir o venir a algún caso me vais a permitir que por esta vez sea a uno exclusivamente mío, volví a España hace dos meses. El viaje fue a Badajoz dejándome caer de pasada por Estambul y Madrid en avión, metro y autobús según iba correspondiendo.

Quitando que el autobús de vuelta tardó aproximadamente una hora y media más de lo que debía sin recibir absolutamente ninguna explicación, el resto del viaje transcurrió sin otros incidentes que destacar. Diría que dentro de la barbaridad que es esta tremenda paliza, se me hizo incluso corto por lograr ir dormido la mayor parte.

El primer tramo de la vuelta fue desde Badajoz hasta Cáceres en autobús. Con inmensa pena por separarme de los míos una vez más, me tocó sentarme al lado de una señora y así lo hice sin acordarme de dejar las reverencias a un lado; tarea sin esperanza esa de desaprender un uso infinitamente usado. Con la media sonrisa por bandera por haberme dado cuenta esa vez, saqué el libro de “Cómo educar a un niño bilingüe” de la mochila y me dispuse a causar alguna baja del ejército de horas con el que me tocaba combatir hasta tocar base amiga de nuevo junto a mi mujer y mi hijo.

Yo creo que no habría amortizado ni un poco de la saliva untada en los dedos de pasar hojas cuando la señora empezó a hablarme.

– Perdona, ¿hasta donde vas?. Yo voy hasta Cáceres, si vas más lejos, te puedes coger mi asiento y así tienes ventanilla que quieras que no te entretiene un poco.

– Pues me da que me va a venir bien, yo voy hasta Madrid.

Calculo que tendría la edad de mi madre con lo que seguramente de tener hijos, andaríamos parejos de arrugas.

– En cuanto usted se baje, para ahí que me mudo.

– Huy usted dice, ¿tan vieja me ves?, haz el favor de tutearme. ¿Qué? trabajas en Madrid y has venido a ver a tu familia, ¿no?.

Cerré el libro porque ya me vi venir que aquello iba a ir para largo.

– Si le digo… si te digo donde trabajo como poco te vas a sorprender.

– Jaja, una no se sorprende ya por nada. No me digas más, te has tenido que ir a Alemania a buscarte los garbanzos como todos los jóvenes, a pedirle tajo a la Merkel que por cierto mira que es siesa la tía, menuda tirria la tengo.

– Un poquillo más lejos va a ser, llevo casi una década viviendo y trabajando en Tokio, en Japón.

– ¡Coño!, ¡pues si que!, hostia muchacho ¿¡y que haces tu allí?!?

Yo diría que más o menos la mitad del camino a su destino lo pasamos hablando de mi, de mi vida aquí, de Chiaki, de Kota… me sorprendió que aquella buena mujer no estuviese plagada de prejuicios por el país que me fue a adoptar, quitando lo del anisakis por el pescado crudo y la huelga japonesa, creo que no sacó a relucir ninguna tontada más. Es más, creo que fue una conversación muy madura, muy interesante, me preguntó sobre temas como la seguridad social, la calidad de vida familiar, las facilidades que da el país a familias con hijos…

– ¿Porqué se habrá metido este hombre por esta carretera?, que poco me gusta, se tarda siempre más y encima siempre hay niebla… ¿qué le habrá dado hoy?

Y más o menos con esa frase diría yo que se finiquitó el tema de mi vida y empezamos, ni sé como, con la suya. Me enteré, sin preguntar, que ella era de Galicia, que se había casado con un extremeño que conoció allí y que con los años decidieron venirse a vivir finalmente a Cáceres. No me quedó claro si había sido o no monja, pero sí que por lo menos tenía un par de amigas que habían participado en misiones por África y que una vez estuvieron en Nagasaki (¿o fue en Hiroshima? una de las dos…). A veces volvíamos a lo mío y hablábamos de los años duros de ETA y los atentados que vivíamos prácticamente todos los días o repescábamos alguna faceta distinta de Japón según la curva se tomase a la derecha o a la izquierda.

– Yo he ido a Badajoz a ver a mi hijo, suelo ir dos veces por semana a ver qué tal está.

No me acuerdo de su nombre, del de la señora, lo cierto es que creo que nunca me lo dijo, pero sé que nunca se me olvidará la historia que empezó con esa frase. No la vi venir ni de lejos.

Por lo visto y aunque esté mal que ella lo dijese, su hijo tenía muy buen trabajo y ganaba mucho dinero. Se había comprado un chalet, un coche que no sabía cuanto le había costado pero seguro que mucho y hasta un perro. Su hijo, que yo aún hoy imagino siempre con mi misma edad, se había casado con una chica guapísima, farmacéutica creo recordar, muy lista y muy simpática, con una larga melena rubia que ya la quisieran para si muchas modelos.

Al darme cuenta de que hablaba siempre en pasado de ella, fui tan inocente como para preguntar:

– ¿Y se divorciaron?

Dudó un momento, pero siguió con su historia. A su nuera la detectaron un cáncer y murió en menos de un año. Luchó mucho, muchísimo y siempre con una sonrisa en la boca animando a todos. Decía que lo que más le dolió fue verla sin su característica melena, que ese fue el momento en que se dio cuenta que todo estaba pasando de verdad porque se resistió a llevar peluca ya que decía que no tenía nada que ocultar a nadie.

– Lo tenían todo -dijo un par de veces- lo tenían todo y ahora mi hijo no tiene ni ganas de vivir en una casa a la que le sobran todas las habitaciones. Lo tenían todo y ahora mi hijo no tiene nada…

Con escalofriante naturalidad me contó como su nuera se murió al de poco de casarse con su hijo y volvió a hacer hincapié en que poco después de comprar una casa inmensa y un coche carísimo. Que su hijo trata de aparentar normalidad y que va a trabajar como si nada, pero que ella sabe que se le han quitado las ganas de vivir, que no tiene ni idea de por donde tirar, que se ha convertido en un autómata que se aferra a la rutina y que menos mal que al menos sigue teniendo una, un buen trabajo que con los tiempos que corren… Que ella no está tranquila y por eso va dos veces por semana a cocinarle y adecentarle la casa, a atender al perro que parece tan o más triste que él, a tratar de animarle, de animarse juntos.

– Lo tenían todo, de verdad, en estos tiempos tan difíciles, ellos lo tenían todo: dinero, amor… fíjate, les faltó la salud.

– Bueno, la vida es así. ¿Porqué habrá elegido la carretera esta y no la otra?, tengo cita con el fisio y no voy a llegar -continuó como si nada- encima lo peor es que no te cuentan nada, que hacen lo que les da la gana y como solo hay esta línea de autobuses, pues a tragar.

– Y tanto -dije yo en el por decir algo más nervioso de mi vida.

– A ver si tu llegas a coger el vuelo en Madrid. Oye chico, no te habrás deprimido con lo que te he contado, ¿no?, la verdad es que no sé ni porque te he contado esto, creo que es la primera vez que hablo de ello así tan alegremente… menuda compañera de viaje te has ido a buscar tu que estabas ahí calladito con tu libro…

– No te preocupes, al revés, gracias, te puedo decir que he aprendido mucho y además de verdad -dije yo en las palabras más sinceras de toda mi conversación al tiempo que el conductor del autobús bregaba con el volante tratando de aparcar en las cocheras de Cáceres.

– Bueno zagal, que tengas un muy buen viaje y no te olvides de visitar a tus padres de vez en cuando que seguro que se acuerdan mucho de ti. Marcho corriendo.

Y efectivamente así lo hizo. Yo bajé la mochila del altillo del autobús y la dejé en mi asiento, después me cambié al suyo y traté de buscar, en vano, a la señora por la ventanilla para decirle adios con la mano. Abrí, entonces, la mochila y saqué un bocadillo que había comprado antes de salir. Por alguna razón esperé a que el autobús estuviese de nuevo en marcha para abrirlo, como si me diese verguenza comer estando parado o algo así.

Con el primer mordisco se me empañaron los ojos.

Cuando acabé el bocadillo, hacía tiempo que me había aprendido todas y cada una de las nubes de aquel cielo tan bonito que osó amanecernos aquella mañana desde mi prestado asiento de ventanilla.

De vuelta en el avión, aquellas tres palabras no dejaron de hacer eco entre mis costillas. No soy capaz de acordarme de la cara de aquella gallega exiliada con ganas de charleta, pero todavía hoy me reservo un hueco cada mañana para pensar en aquellas tres palabras y así bajarme un poco el ego, apuntalarme la conciencia y agradecer al cielo, ventana o no mediante, lo que hoy todavía sigo teniendo.

“Lo tenían todo…”


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Me casco algo más de 30km al día en bici entre mi casa y el trabajo. Gorro de lana en cabeza, sillín acolcherplus en culo y termo lleno de té caliente a modo de botellín, voy y pedaleo durante cerca de 50 minutos por Tokio dos veces cada jornada. Evito por todos los medios coger un tren, sobretodo por las mañanas, así que a no ser que llueva la de Dios es Cristo, ahí se me puede ver cuesta parriba y cuesta pabajo como alma que lleva el diablo.

Después de tanto trajín, ya le he pillado el truco al asunto, por ejemplo había un rascayú al que siempre adelantaba camino de Shibuya pero que el mamonazo de él me estaba luego esperando en un semáforo unos cuantos kilómetros más allá, así que decidí no adelantarle y seguirle un día descubriendo el atajo salvapiernas del siglo, menudo pájaro aquí mi primo.

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Total, que aquí van una serie de mandamientos bicicleteros que cualquiera debería saberse para andar en bici por el Tokio de mis amores:

– He leído de todo sobre registrar la bici: que si es obligatorio, que si no… normalmente te lo hacen en la misma tienda y es mejor hacerlo, pero yo la compré por Amazon y no la he registrado. Las cuarenta veces que me han parado para comprobar si es mía les cuento esto mismo y no pasa nada aunque a veces me hacen abrir y cerrar el candado para asegurarse que la bici es mía. Si eres extranjero aquí cuenta con que te paren muy a menudo, esto es así: aquí eres un pintas con esos ojacos garbanzo.

– No es obligatorio llevar casco aunque muy recomendable. Yo no llevo y a mi suegra no le hace esto ninguna gracia, que me lo recuerda siempre.

– No se puede ir escuchando música, si te pillan te paran y una de dos: o te dan un aviso o te ponen multa directamente. También está prohibido ir dos en una bici normal o llevar un paraguas abierto conduciendo (anda que no se ven de estos, por cierto!).



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– En Tokio apenas hay carril bici y aunque molaría que hubiese, tampoco pasa ná porque se puede ir por la acera y por la carretera sin problema, puedes mezclar las dos según te convenga y por supuesto si no la vas a liar parda. No te metas por una acera repleta de gente dando por saco con el timbre esperando que se aparten, bájate y anda, el peatón siempre tiene preferencia.

– Ve siempre por la izquierda, siempre siempre, tanto si vas por la carretera como si vas por la acera porque si te cruzas con otro ciclista, es lo que espera que pase. Esto me costó un par de sustos aprenderlo. Podrás adelantar por la izquierda coches sin problema, pero mucho cuidado con los autobuses y las paradas porque seguramente ni verán que estás ahí cuando se arrimen a la acera.

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– No está prohibido circular por el lado contrario de la carretera, es decir, que tu vayas arrimado a la acera por la izquierda y de repente te encuentres a un porculeiro en bici que viene de frente también. Eso es lo más peligroso que hay, en serio, peligroso peligroso porque al intentar esquivarle te sales y es fácil que te enchufe un coche. No hagas eso, por el amor de Dios, si vas a ir en sentido contrario, vete por la acera.

– Si vas por la carretera, se supone que debes seguir las normas de circulación como si fueses un coche. Pero el tema es muy flexible si andas un poco vivo: puedes cruzar un paso de cebra con la bici si te conviene y seguir por la acera del lado contrario, por ejemplo. El caso es que no pongas en peligro a nadie, si haces maniobras de estas con cuidado la policía no te dirá nada aunque te vean, todo Dios lo hace.

– Te pueden hacer control de alcoholemia si te paran yendo en bici y en Japón el límite es 0. Si das positivo te pueden hasta meter en la cárcel hasta 5 años y ponerte una multa de hasta un millón de yenes!! la cosa es seria!!


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– No te pases semáforos en rojo aunque acaben de cambiar, lo normal es que haya algún coche a toda hostia tratando de saltarse el naranja de su lado, sobretodo si son taxistas.

– Ojo a las puertas de los coches que aparcan ahí en el arcén, deja ahí bien de sitio no vaya a ser que salga el tipo justo cuando pases y te la zampes con potetos. Sobretodo, again, si son taxistas.

– Cuidado con las motos porque muchas veces te aparecen desde cualquier lado y normalmente pasan mucho de los ciclistas metiéndose delante y haciéndote frenar aunque te hayan visto. Especial precaución con las pequeñas que también se meten por entre la acera y el lado izquierdo del coche.

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– Cuidado, mucho mucho cuidado con los taxis: en cualquier momento pegan un frenazo y se paran ahí bloqueándote el paso prácticamente sin mirar. Igual están parados con las luces de emergencia puestas y salen de repente sudándosela todo, los taxistas en Tokio hacen lo que les sale de los tamagos, tienen unos huevacos como obispos.

– Las alcantarillas, los pasos de cebra y las líneas de la carretera resbalan un huevo cuando llueve. En serio: un huevo, mucho cuidado aquí.

– Canda la bici, esto puede parecer un consejo chorra pero lo cierto es que aquí prácticamente no mangan nada nunca… excepto las bicis, no es raro que te la pimplen para ir a algún sitio y después la dejen por ahí abandonada. A mi no me ha pasado nunca, pero a un par de amigos míos si. Lo que si me han mangado a mi han sido dos fundas acolchadas del asiento, tiene huevos que tenga que ir cargando con eso. Por cierto, otra excepción que no tiene que ver con bici: la gente en Tokio es muy educada… excepto en las estaciones y en los trenes donde ahí no hay un Dios que respetar, les daba de hostias a la mitad.

– Y ojo donde dejes la bici, no se te ocurra enchufarla al lado de ninguna estación porque te la lleva la poli fijo. Aquí no puedes aparcar donde te salga del nardo, aunque, por experiencia, si la dejas un par de horas por ahí, mientras no estorbe (incluso de un día para otro) no pasa nada. En dos días no está fijo.



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– Tirar la bici, como cualquier cosa aquí, cuesta pasta. Lo más fácil es dejar la bici “aparcada” por ahí y ya se encargará la poli de llevársela. Te mandarán un par de notas para que vayas a recogerla si la tenías registrada, a la tercera te dirán que la bici se ha reciclado por ahí y que te has quedado sin ella. Como esto igual no lo sabe mucha gente, es fácil encontrar gangas en Craigslist de gente que se pira del país y no quiere pagar dinero por tirar la bici, echadle un ojo!.

– Lleva luces, cómprate luces que parpadeen por delante y rojas por detrás porque aunque parezca mentira, la inmensa mayoría de las calles de Tokio son muy muy oscuras a nada que te pires del centro un poco, y estrechas, que a veces no pasan dos coches aunque sean de doble sentido. Que se te vea bien el culete, amigo, que si no te pueden poner hasta 50.000 yenacos de multa!

– Ponte a la cola, no me seas de tu tierra. Si hay un tío que ha llegado antes que tu al semáforo, no des por saco y te pongas en paralelo a él: le molestarás cuando el semáforo cambie y a la vez estarás también tocándole los huevos a los coches de detrás que no podrán adelantaros a los dos. Coño, ponte detrás y ya le adelantarás un poco más adelante. Y no te fíes un pelo de las amatxus que van cargadas con un par de críos o las abuelas porque fijo que van con bicis con batería y te mearán a la mínima cuesta, es acojonante lo rápido que pueden ir. Adelanta siempre teniendo esto presente.


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– Ya lo he dicho antes, pero insisto: no toques el timbre cuando vayas por la acera. Molestas. En serio: molestas un huevo, tu no tienes la prioridad, usa el timbrecillo tocapeloter cuando no te quede más remedio porque sea peligrosa la situación.

¡Y ya no sé que más contar!. Es una auténtica gozada poder ir en bici a currar aunque me pille un pelín lejos, recuerdo que intentaba ir en bici por Bilbao y cada día que llegaba a casa vivo o sin apalear por alguna vieja era un auténtico milagro, Tokio en bici mola mucho!!

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