El blog sobre Japón de un tío que SI está en Japón!!

Lo del Oni ese.

Seguro que sabéis, y si no os lo cuento yo aquí, lo que es el Setsubun. Mayormente se trata de una costumbre japonesesca en la que un pavo se disfraza de demonio y la gente le tira semillas de soja gritando “demonio! fuera!! suerte!! dentro !!” como si no hubiese un mañana. Luego se zampa también un rollaco de arroz con cosicas mirando pa el Cuenca de aquí y esa movida te da suerte ya para todo el año….

¡Y yo que sé porqué! ¿a mi que coño me preguntáis?, ¡ellos sabrán, déjales! ¡¿¿te dicen ellos a ti algo del oro, el incienso y la mirra esa!?!?, ¿!¿o de las uvas de nochevieja!?!?, ¡¡pues entonces!!

Bueno, total, a lo que yo iba es que:

¡¡ Me cago yo en el Setsubun, hombre !!
:copon:

Resulta que en la guardería de Kota han estado toda la semana ensayando la movida con pelotas de plástico en vez de con semillas de soja: se las daban y les enseñaban a tirárselas a un muñecote que tenían puesto ahí. Hasta aquí la cosa mola, una novedad para Kota porque es su primera vez y felicitación por parte de las profesoras cuando fui antes de ayer a buscarle porque parece que se le daba bien el asunto. Como le tire las pelotas a la cara con la misma fuerza con la que me tira a mi los muñecos de Anpanman, el Oni ese se iba a volver a casa con más hostias que un saltamontes dentro de una lata.

Pues bien, llegó el día S y tres profesoras se disfrazaron de demonios con máscaras feas y ropajes y se dedicaron a danzar por el jardín de la guardería que se ve perfectamente desde los ventanales de dentro. Jugaron a la cosa de asustarles, y las profes de dentro, cómplices de la movida, les decían “¡¡mira mira que están ahí los demonios, coged las pelotas!!” y así. Hasta que finalmente entraron dentro gritando y montando escandalera con las máscaras y pasó lo que es normal que pase con niños de 0 a 3 años: ¡¡¡ todos llorando más acojonados que Rita Barberá en el dietista !!!!

¡¡Pero que no dejaron de llorar ya en todo el día, parece !!

Al llegar a casa, Kota estaba todavía como acojonadillo: se notaba que el pobrecico lo había pasado mal. Cenó y se metió en la cama sin protestar, estaba como achuchaíllo ahí en si mismo.

¡¡ Pues menuda nochecita !!

No hemos dormido una mierda porque no ha dejado de llorar y despertarse con pesadillas de los bichos de los huevos gritando “nooo diablo, veteeee, veteeee”. Para cuando conseguíamos que se calmase, después de media hora haciéndole ver que lo más feo que había en aquella habitación con él era su padre, se volvía a dormir y se despertaba al de un rato otra vez igual. Así que hoy llevo unas bonicas ojeras sponsored by Setsubun.

Mecagüen la madre que lo parió.

PD: Los hechos son verídicos, lo ha pasado bastante mal. La manera de contarlo no tanto, en realidad me hace mucha gracia la cosa y ahora si vemos que Kota se porta mal le amenazamos con que viene el demoniaco y se achanta cosa fina!!

La tercera vez que volví a España el año pasado lo hice solo. Fue una decisión de última hora que, sin embargo, no podría haberse tomado de ninguna otra manera, era impensable no volver. El caso es que miré billetes de una semana para otra y acabé comprándolos a través de una web de una agencia de viajes japonesa donde no tenía yo todas conmigo de que no fuese a acabar en Caracas en vez de en Barajas, menudo Cristo, nunca me acabaré de acostumbrar a las webs japonesas (y eso que trabajo haciendo una, no te lo pierdas).

Metí la tarjeta de crédito y traté de elegir los asientos que quedan en la puerta de emergencia, pero el applet o la mierda que tenían ahí montada en la web no funcionaba en condiciones y no quedó claro que eso se hubiese conseguido.

All entrar en el avión parece que, efectivamente, conseguí hacer la reserva en la puerta de emergencia, aunque en vez de ser en el de ventanilla que pensaba que había elegido, quedé enchuzao en medio de los tres asientos que hay con dos personas desconocidas a mi lado: una señora francesa medio hippy a la derecha y una moza casadera japonesa a la izquierda.

La señora francesa, que cuando se agachaba a coger cosas de debajo del asiento se le veía la hucha, se hizo la picha un lío para sacar la pantallica esa que en estos sitios está metida dentro de uno de los reposabrazos y allí estuvimos entre los dos uno tirando y la otra apretando el botón ese a todo lo que daba hasta que por fin desencajamos el curruño ese. La chica de la izquierda, sin embargo, se había traído su propio iPad y ahí estaba echándose unas partidas a algo parecido al juego ese de la huerta de los tomates y las cabras pastando. Bien ventresca estaba la doncella, todo hay que decirlo.

Yo saqué el ordenador y me lié a intentar avanzar todo lo que pudiese de la web del Chiqui aprovechando ese rato hasta que termina de embarcar todo Dios y se prepara el cacharro para despegar.

Rascatecleando con primor estaba cuando vi a dos tíos más largos que la hostia bendita. Era un señor mayor y su hijo, dos pedazo de pepináceos que no medían menos de dos metros fijo. El mostrenco tenía una pachorra digna de ver, es el típico que ve un mosquito posado en un brazo y para cuando le da la hostia, le ha chupado tres litros de sangre ya. El padre, sin embargo, era el que no callaba ni un poco así. Estaban lejos, así que no tenía muy claro lo que decían, pero de vez en cuando señalaban más o menos a donde estábamos nosotros sentados. El azafato con el que hablaban ponía cara de circunstancia y negaba afligido con la cabeza como diciendo que no podía hacer nada. Finalmente, los dos menhires, resignados, se volvieron a sus sitios.

La situación se entendió perfectamente: semejante viaje para esos dos bichos palo en esteroides iba a ser el infierno más horroroso y probablemente estaban pidiéndole al azafato calvo aquel si les podía cambiar a asiento de salida de emergencia donde poder estirar esas cachabas interminables, pero claro, esos asientos los teníamos nosotros asignados y seguramente no podría ni siquiera plantear la movida.

… Yo miraba a los lados y como ni la franchuta ni la granjera 2.0 se daban por aludidas, pensé que igual me estaba yo montando solo mi película de vaqueros…

Pero la tesitura tenía que ser muy jodida para esas dos sotas de bastos… no me pude estar quieto, me levanté y pasé andando por donde estaban ellos sentados, así con disimulo. Resulta que el padre iba sentado aparte y no estaba ahí, pero el panorama era chato: el chaval, que era el faro de Finisterre, tenía las rodillas literalmente incrustadas contra el asiento de delante, rodillas que le quedaban prácticamente a la altura de los hombros. La madre, que resultó ser la señora que estaba sentada a la izquierda, trataba de poner la manta que te dan entre las rodillas del muchacho y el asiento porque supongo que le tenían que estar doliendo bastante.

Yo me volví a sentar, volví a mirar a la franchuta y a la japonesa que llevaba ya por lo menos veinte tomates recolectados, y me volví a levantar porque, coño, ¡¡¡pobre hombre!!.

Vamos, que fui y le dije al chaval que le cambiaba el asiento, que a mi me daba igual. Yo se lo casqué en inglés, pero resultaron ser franceses. La madre me dio las gracias infinitas veces, el chaval se sentó entre la recolectora de pepinos y la hippy, quienes, por cierto, se hicieron las longuis como si no fuese con ellas el asunto y yo me senté al lado de la madre del chaval. Total, cambié una franchuta por otra; si perdía algo era a la japonesica primorosa, que uno está casado, pero si se puede elegir a quien tener al lado tantas horas, mejor un bonico gatete que un cochino jabalín.

Hablé un poco con la madre, que me ofrecía hasta dinero para compensarme del cambio y otras chorradas del estilo que por supuesto rechacé y al de poco llegó el azafato calvo, que resultó ser el sobrecargo o como se llame al jefe azafatero, y me llamó por mi nombre:

– “Mr Díaz, what you did was a nice thing, sir, let me come back to you later”

La madre me contó que el padre había hecho la reserva, como siempre, de los asientos de la salida de emergencia, pero que por alguna razón no había funcionado el tinglado. Yo le conté lo de la web japonesa y que no tenía claro que hubiese funcionado tampoco, menudo sistema de mis huevos. Y así hablando de esto y lo otro y lo de mas allá acabamos despegando no sin rechazar otras tres o cuatro veces el dinero que me quería dar.

No pasaron ni cinco minutos desde que se apagó la lucecica del cinturón de seguridad cuando apareció el sobrecarguer apelil de nuevo, me estrechó la mano y me dio una botella de licor de porcelana más mona que ni sé que tenía forma de casa típica de Holanda (volaba con KLM). Me dijo que era una muy pequeña parte del detalle que yo había tenido con el mostrenco aquel quien, por cierto, llevaba un rato más feliz que la hostia (no sé si por la plantapimientos que estaba bien buena, por poder estirar las piernas o por las dos cosas, qué cabrón). La botellica aquella estaba metida en una bolsa de esas “al vacío” por el tema de seguridad de líquidos de los aviones y me dijo que no me preocupase porque en el aeropuerto ya sabían que llegaba yo y que me lo habían dado en el avión. La madre me presentó a su marido el pertiga, que no consiguió que nadie le cediese el asiento a pesar de ser la pieza larga del tetris, y después a su hija, que resultó ser una francesica de veintitres años que estaba más buena que la japonesa todavía y me plantó tres besacos enfilando más para los labios que para la mejilla que me dejó temblando.

Después durante el viaje todo fueron detalles: me daban dos postres, me traían bombones y pataticas de vez en cuando, pedí una cerveza y cuando me la estaba acabando vino el tío y me llenó el vaso otra vez con otra… todo así, sin decir yo ni chispún. La madre, una señora muy maja a pesar de haber nacido donde nació, tampoco escatimaba en detalles: me recogía la bandeja cuando acababa de comer, me ofrecía chicles, caramelos…lo mismo me dijo siete veces que si quería ir al baño para dejarme pasar y hasta me ofreció su hombro para dormir, no te lo pierdas, como si yo fuese un hijo más (lo que tendría guasa dada mi escatimada estatura, que desde donde yo miro no se ve el Fuji).

Me dolía el cuello un huevo porque es verdad que en un asiento de esos se duerme de puto culo, las piernas las tenía ya que no sabía ni donde meterlas porque encima la chica gordaca que se sentaba delante estuvo con el asiento reclinado prácticamente todo el viaje, la muy ballena. No quiero ni imaginar como habría viajado la estaca de bares en aquel sitio, menos mal que le cambié.

Al aterrizar, me tuve que esperar un rato largo a que bajase todo el mundo porque resulta que mi equipaje seguía encima del asiento anterior, así que fui de los últimos pero al salir me estaba esperando toda la familia que se despidieron de una manera muy cariñosa, besos-más-bien-picos de la francesica incluidos.

Tenía muy poco tiempo para el trasbordo y el haber salido de los últimos no ayudó demasiado con lo que en el control de equipajes con las prisas puse la botellica de licor en una bandeja y mi maleta en otra y cuando fui a subir al avión para Madrid me di cuenta que me había dejado esa otra bandeja allí… vamos que no tengo la botellica porque me la olvidé y no le puedo sacar foto que acredite que esta historia es cierta… ¡vosotros, como Chiaki, me tendréis que creer también!

¡Buen fin de semana!
:cebolleter:



Han pasado muchas cosas desde finales del 2014 hasta hace muy poco, algunas, como supongo que se intuyen, muy malas, horribles. Ya dije alguna vez que no hablaré de ello; no ahora al menos y de nuevo os pido que, por favor, no me preguntéis jamás, pasemos tres o cuatro páginas para delante.

Comienzo este 2016 con muy pocas fuerzas, y sin embargo muchas ganas. Raro, pero es verdad; tengo tantas tantas ganas, pero tantas ahí escondidas por detrás del alma que he decidido que ya va tocando quitarse del medio de una puta vez y que puedan salir aunque sea de a pocas a pocas.

Escribir, como algunas otras cosas, es algo que nunca pensé que dejaría de lado. Haré por que no vuelva a pasar e intentaré que este blog vuelva a asemejarse siquiera una migaja al que fue.

Me pongo ya a ello con una reflexión que llevo tiempo haciéndome y que finalmente he despedazado y recopilado para publicarlo al fin.

Vamos, pues, con:

Diferencias entre mi infancia y la de Kota

El caso es que no puedo dejar de acordarme de lo que me acuerdo de mi niñez cada vez que veo a Kota corretear con el turbo puesto por el pasillo camino del comedor como si allí fuese a estar, yo que sé, el chupete sabor fresa eterna o algo así. Últimamente me ha dado por pensar en lo diferente que es y va a ser su infancia con respecto a la mía, no ya solo por la cultura y el país, sino por que es otra época totalmente distinta.

Para empezar no hay una cadena de música con su correspondiente armario repleto de cintas de casette con canciones grabadas de la radio que se cortaban justo justo cuando al dichoso locutor le daba por hablar. Cintas con nombres tan originales como “marchosas” o “verano del 89”. También llegaron después un huevo de CDs, yo tenía una increíble colección hecha a base de pedidos a la Discoplay y visitas al mercado de los miércoles de la plaza de Zalla. Tenía el CD doble de Duncan Dhu “Autobiografía”, no te lo pierdas, menudo tesoro, ¿donde habrán ido a parar?… ¿seguirán en Zalla? ¿se seguirán escuchando?. La música en mi casa ahora es un iPhone, el que esté más a mano y menos maltrecho de todos los que hay por ahí tirados, que se conecta a un altavoz bluetooth de los dos que hay en casa: o el del salón o el del baño, que es donde le pongo a Kota canciones infantiles de mis tiempos mozos. Últimamente con Apple Music, así que ni sincronizar con el ordenador me hace falta ya, un grito al Siri: “oye Siri, ponme canciones de Sabina” y ala.

En cuanto al tema cinematográfico, en casa tampoco hay un vídeo como tampoco existe un armario lleno de películas y programas grabados de la tele estilo aquellos especiales de Martes y 13 que tantas y tantas veces habré visto con mi hermano Javi los sábados por la mañana donde poco más había que hacer entre cafés y migas. Ver la televisión, con todos sus anuncios y horarios, ahora es una perdida de tiempo acojonante.

Lo que tenemos es una AppleTV conectada a una tele el triple de grande y delgadica que la de que teníamos nosotros, tele que le compré a un tipo en Meguro a través de Craigslist, un tío sin cejas más raro que su プタ母 que decía que se iba del país a escape después de todo el Cristo de Fukushima y que me la dejó tirada de precio. Esa AppleTV, que está pirateada, se enchufa a la TimeCapsule que a su vez está enchufada a un disco duro externo de la hostia de gigas, ni sé cuantos, donde están todas las películas que he ido recopilando estos años de vida en Japón, películas que alguna vez espero ver con Kota en castellano: “Los Goonies”, “Cazafantasmas”, “La princesa prometida”… Las series que voy viendo como Juego de tronos, Los Soprano, Family Guy, poco duran ahí metidas: capítulo que veo, capítulo que borro al momento, la única que ha sobrevivido es Dragon Ball que conseguí íntegramente en japonés y que conservo desde el primer al último capítulo. Toda esta movida se controla también con el primer iPhone al que se llegue porque el mando a distancia desapareció hace meses (fijo que Kota sabe donde está). Las series que veo con Chiaki, como Walking Dead, es a través de Hulu porque ella no pilla el inglés y en Hulu Japan vienen con subtítulos. Hulu también fona con la AppleTV, habrá que echarle un ojo a Netflix ahora que también va.

Pero mira por donde que si que echo de menos un vídeo: que la AppleTV pudiese grabar cosas de la tele. Hay veces que nos enganchamos a algún dorama de estos pero nos caemos de sueño, molaría poder grabarlo para verlo después. La tele japonesa normalmente es un pestuño, pero hay series que están muy bien y que son muy dificiles de conseguir por internet porque aquí no se lleva eso del pirateo y casi nadie sube ni comparte ná. Otras veces hay programas sobre España o de Karate que ve Chiaki y que me grabaría si pudiese.

Otra bien gorda: aquí es de noche a las cuatro y media de la tarde, en verano la cosa no va mucho más alla de las seis o seis y media. Esto traducido al tema que nos ocupa significa que yo salía de la escuela a las cinco y ahí teníamos al menos cuatro horas para andar de parranda sin que fuese de noche: partidos de futbito, coger la bici, incluso había tiempo y sol para ir a la piscina. Aquí olvídate: amanece a eso de las cinco y media de la mañana, lo que es un disparate inaprovechable en todo caso y después de la escuela si eres un niño pequeño no te queda otra que volverte a casa. Yo intentaré ir con Kota a clases de Karate, pero irá conmigo porque no le dejaré ir solo de noche hasta que sea mayor. En Extremadura había niños pequeños en el parque jugando hasta prácticamente las diez de la noche, eso mola.

Podría contar con los dedos de una mano las veces que me monto al año en un coche aquí en Tokio. A la oficina voy en bici, a Kota le llevo a la guardería en bici, los fines de semana si vamos a algún lado lo hacemos en tren o, en muy raras ocasiones, en autobus. No es de extrañar, pues, que Kota devolviese al de cinco minutos de montarnos en aquel coche que alquilamos en Madrid para ir a Badajoz. No estaba, no está, acostumbrado de ninguna de las maneras. Si salimos de Tokio para conocer algún sitio de Japón más allá de la capital o nos vamos en el Shinkansen o en avión. Todo lo que conlleva tener o ir en coche, es muy probable que Kota no lo viva en su infancia: las caravanas, cantar durante el viaje, preparar y llevar el maletero hasta arriba, parar para estirar las piernas y tomarse un café en Fonda Cadiós, montarse en esa sauna después de dejarlo aparcado al sol… No descarto comprarme un coche algún día si las cosas siguen yendo bien, sobretodo cuando lleguen los otros dos hermanos que tengo apalabrados con Chiaki, pero de momento no hace falta ni se echa de menos.

Los domingos y los fines de semana, especialmente en verano, eran nulos: se paraba todo en España y para los críos más. Son los típicos días para pasar en familia y si no hay plan pues estamos arreglados. Aquí también es más familiar porque es cuando los padres no trabajamos, pero con la diferencia de que Tokyo un domingo es exactamente igual a un miércoles: sigue funcionando todo normalmente, sigue habiendo las mismas cosas, sigue habiendo centros comerciales abiertos, gimnasios, piscinas, tiendas. Es más: suele haber eventos especiales para motivarte a hacer más cosas como las clases de Karate de los domingos por la mañana orientadas a competir que tenemos nosotros y que luego dejan el dojo abierto para que hagas lo que quieras. Esto es tremendamente positivo si haces alguna actividad porque tu decides cuando descansar; en agosto me acuerdo que en Zalla, aparte de que no había ni Dios, te morías de asco y al volver oxidado a Karate después de tres meses se te había olvidado todo y las agujetas te duraban otros tres meses.

En Tokio hay muchos restaurantes, bueno, en esta ciudad hay mucho de todo porque entre otras cosas hay más gente que en el Primark de rebajas con buen tiempo. Pero a lo que voy es que hay muchos restaurantes en los que puedes comer mucho más que bien por unos 1000 yenes. Es comida muy decente y sale muy muy barato comer fuera, así que no es raro que los fines de semana comamos o cenemos allá donde estemos sin mirar la cartera dos veces. Kota ha estado ya en mas restaurantes en sus dos años de vida, que yo cuando tenía treinta, pero seguro además (y en más países también). Así que Kota cuando se suelte un poco más hablando podrá decir que ha probado comida india, coreana, japonesa, española, china, italiana, tailandesa, francesa… buff, ni sé ya.

Y siguiendo con el tema de comida: aquí en Tokio no se encuentra fácil embutido y el pan es caro, tampoco hay casi tiendas de chuches sin rebuscar mucho. La conclusión es que la comida del recreo o las meriendas de Kota no van a ser bocatas de chorizo de Pamplona ni un paquete de gusanitos. De momento lo que come en plan amaiketako son galletas de arroz que venden para críos sin sal u onigiris (las bolas de arroz) que le suele preparar Chiaki con algas, semillas de sésamo o trozos de pollo o atún dentro. Esto es una ventaja, yo devoraba paquetes de mierdas hasta límites absurdos de dolor de tripas. Lo que come y comerá Kota, de momento, es infinitamente más sano por lo menos mientras decidamos nosotros; cuando le demos la paga si decide irse a un McDonalds de vez en cuando será cosa suya (aunque le miraré de malas maneras fijo, también te lo digo).

Las actividades extraescolares, otra movida. Yo en mis tiempos mozos y hasta que empecé karate, jugué a futbito, estuve apuntado a un club de ajedrez, a ciclismo y hasta a fútbol fui a entrenar un día y al ir a darle de cabeza a un balón me caí al suelo medio desmayado… no volví más. Aquí también hay futbito y baloncesto y tal, pero estamos hablando de que seguramente Kota jugará a beisbol, el deporte más popular de cuyas reglas no tengo pero es que ni idea, algún arte marcial o imagínate si se pone a hacer shodo, caligrafía japonesa, o la ceremonia del té… ¡anda que no va a molar el tío!

La comunicación. Es que te cagas: en mi infancia no había internet y el primer móvil yo creo que lo tuve allá por los 20 años. Chiaki y yo nos comunicamos por Line, que es el Whatsapp de aquí, yo creo que en los años que llevamos juntos habremos hablado por teléfono diez veces contadas. Con Kota pasará igual, cuando sea un poco más mayor tendrá un smartphone y podré mandarle en cualquier momento un mensaje que recibirá al instante, incluso podré saber donde está con alguna aplicación de esas de familia. Algo impensable en mis tiempos, aunque también es verdad que viviendo en Zalla o estabas en la plaza o en el banco de al lado del Batzoki, tampoco había mucho margen de maniobrer.

Siguiendo con el punto anterior de internet, que es una diferencia acojonante, yo recuerdo que en la universidad te peleabas con los libros que había y era muy muy difícil encontrar ayuda más allá de esos libros. Ahora te vas a internet y encuentras cinco mil páginas con, pongamos, mil ejemplos y explicaciones de ese problema de física que no entendías ni pa Dios, seguro que lo acababas entendiendo de una manera o de otra. Yo me imagino estudiar ahora con el ordenador o el iPad al lado, en realidad es que creo que no hacen falta ni libros, no deberían existir ya, como mucho imprimir lo que toque esa semana y fuera. Y de la misma manera: si querías profundizar en algo, o había alguien que supiese y pudieses preguntarle o comprabas algún libro… ahora puedes aprender cualquier cosa por tu cuenta, a Kota solo le hará falta la voluntad porque material ya tiene de sobra: lenguajes de programación, katas, recetas y vídeos de cocina…

¿Y que me decís de la vida entre dos mundos? Mi familia está en España y es mi deber que Kota les vea cuantas veces sea posible, no quiero arrepentirme de no haberlo intentado lo suficiente cuando ya no pueda ser. Kota estará acostumbrado a coger aviones, a vivir un tiempo al año en otro país cuyo idioma y constumbres deberá conocer, por mis huevos morenos, otro país que también es el suyo aún sin vivir allí. Esta diversidad cultural, este ensanchamiento a todo lo que den las miras, esta lección de perspectiva es algo que yo no pude ni intuir hasta que vine aquí por primera vez con mis bonicos 25 años. Creedme si os digo que a uno le moldea las entendederas conocer otros lugares, otros países, otras gentes, sobretodo si son de culturas tan diferentes. Por no hablar de que en mi casa hay cena de nochebuena, se comen las uvas, Kota tendrá regalos de reyes y a la vez se vestirá de kimono cuando haga tres años, le tirará semillas de soja a un tío vestido de demonio en febrero y se sentará con sus colegas debajo de un cerezo cuando le toque.

Y aquí lo dejo de momento.

Pasad un muy buen fin de semana,
¡hacedme el favor!
:gustico:

Últimamente lloro mucho. No es como antes que a veces sabía porqué y otras no había más motivo que que tocaba. Ahora sé bien la razón, diría que razones, de sobra. Probablemente si vosotros las sabríais, seguro que os haría llorar también a la gran mayoría. No las contaré. No me preguntéis por ello nunca, por favor. Todo bien hasta cierto punto, no os preocupéis.

Que llore no es un problema; no creo que lo sea… no, no lo creo. No sé. Es normal, supongo. No sería humano ser consciente de ciertas cosas y que al alma no se le refrigeren un par de grados. Quizá haya quien sea así… ojalá a mi nunca me pase.

El problema es que lo hago a destiempo, lo de llorar digo. A veces pasa volviendo a casa en bici que es cuando cede la bisagra y los pensamientos, entre presos y reclusos, salen dando más pedales que mis piernas. Y si a uno o dos se le dan una o dos vueltas de más, entonces hay que buscar un arbol en el que apoyar la bici hasta acabar de desaguarse. Otras veces me veo en el baño de la oficina o caminando… siempre estando solo, que curioso. Creo que no sé llorarme a otros, quizás me haría bien según con quién.

El otro día no volví en bici a casa: tenía las piernas muy cargadas la noche anterior y decidí aparcarla para poder rendir en condiciones en la clase de karate. Fue otra de esas en las que me sentí un privilegiado de nuevo, ojalá no me acostumbre nunca para no dejar nunca de valorar donde he sabido escabullirme a nunca dejar de aprender de los que prácticamente lo inventaron. Muchos nuncas en la misma frase y todos tan sólidos como contundentes.

Pero ojo, que yo sé bien que de raro no tiene nada que después de un alto venga un bajo. Y a la excitación del momento le llegó su final, ese en el que de repente uno baja la cuesta sin frenos y acaba en la otra punta de la gráfica. Del cielo al infierno, como del amor al odio, no hay apenas frontera. Ya puedes presentar el más válido de tus argumentos que es el corazón el que dicta cuando le toca, como el déspota que siempre será. Sea para bien o para mal.

Y me puse a llorar allí de pies un viernes por la noche en medio de aquel vagón lleno hasta los topes de gente. La mochila con el karategi la sujetaba entre las piernas, con una mano me sujetaba a mi y con la otra hacía que me rascaba pero en realidad, cabeza gacha, me afanaba en secarme las lágrimas.

Creo que me importa una mierda que desconocidos me vean llorar, pero por lo visto no fue así en ese momento.

Algo más calmado, llegué a la estación en la que tocaba transbordo. Me bajé en Shibuya y antes de ir al siguiente tren de los dos que quedaban, paré a recomponerme un poco. Compré una botella de té verde y me senté en el banco más alejado que encontré de los pocos que hay dentro de la estación. Al poco ya estaba otra vez, no fue raro, esto va así.

Lo extraño fue que se sentó al lado una señora muy mayor que no había visto en mi vida. Eran algo así como las diez y media de la noche en Shibuya, no pegaba nada aquella mujer allí. Inmediatamente me habló:

– ¿Estás bien? ¿te ha pasado algo?

Yo le dije que no, que todo bien, que gracias.

– ¿Te han robado? ¿te has perdido? -insistió

Y, todavía no sé por qué, después de contestarle dos veces que no, le conté a aquella señora todo empezando por un “la verdad es que…”.

Acabé llorando encogido sobre mi mismo, a moco tendido, con el brazo por encima del hombro de una señora que no conocía absolutamente de nada. En aquella docena de trenes que perdió por mi, le conté tantas cosas, le enseñé tantas fotos, le dije tanto, pero tanto…

Conservo su pañuelo, esa pequeña toalla japonesa que prácticamente todos llevamos aquí y que me llevé sin querer aunque intuyo que me la habría regalado de todas maneras. Conservo también su cara, sus arrugas, el tono de su voz, su tentar en mi hombro, su olor, sus ojos de escuchar.

Y quitando ahora, que estoy escribiendo esto y no cuenta, no he vuelto a llorar más.

La movida empezó con el nacimiento de Kota. No sé si se podría llamar al asunto crisis de los cuarenta, o crisis del padre primerizo, pero el caso es que todo a la vez ha hecho que mi vida sea totalmente distinta. Eh, anda que no cambia la cosa cuando te aproximas a los treinta y todos y encima teniendo un guacho dándote botes encima!

Es cierto que piensas en que ya llevas la mitad en el mejor de los casos, que es verdad que esto se va a acabar, que la vida va más en serio de lo que iba hasta entonces. Empiezas a darte cuenta que a lo mejor no tienes ya todo ese tiempo del mundo que siempre había sobrado para hacer todos esos planes que tu subsconciente y tu habíais apuntado en el cuaderno de sueños pendientes.

Te quieres poner en forma ya mismo. Quieres estudiar lo que siempre habías dejado para después, te pones a comer aguacates a media tarde porque has leído que son buenos para el colesterol y en el armario de la cocina hay un rincón con movidas raras y superfoods de esos que saben a folio rebozao con alpiste pero que van a hacer que tu hipotenusa siga elevándose al cuadrado de siempre.

En mi caso llevo encima una crisis de los cuarenta de la hostia, pero del copón de la baraja. Acojonao estoy.

A ver si soy capaz de explicarme.

Bueno, vaya por delante que estoy guay, que estoy bien, no preocuparse, que lo llevo estupendamente. Es más, diría que me gustaría haberla padecido antes, tampoco demasiado pronto, pero como cinco años antes habría estado más que fenomenal para haber guiado mis pasos hasta donde estoy, si, pero por algún que otro atajo.

La cosa no va por comprarse un Ferrari último modelo, teñirse el pelo de rubio y dar acelerones por la gran vía, o por el cruce de Shibuya en mi caso. El síndrome se ha manifestado de manera muy distinta: a mi me ha dado por pensar, por pensar muchísimo, por darle vueltas a todo lo que me rodea, no más que antes pero si a otro nivel, un poco más arriba, darle una “metapensada” a la vida y priorizar, priorizar hasta niveles de locura.

Me voy a morir, ese es el eje. Permitidme la crudeza.

Sabiendo que ese siempre de siempre está más cerca que nunca cada vez, todo se relativiza.

Todo.

Empecé por el trabajo: decidí que no iba a meter ninguna hora de más porque esa hora es una hora que nunca va a volver, una hora en la que podría haber estado jugando con mi hijo, enseñándole a contar en castellano o dándole todos los besos que pueda a la tía más guapa que hay, que es mi mujer y de momento me deja. Una hora de las limitadas que me quedan, que espero que sean muchísimas todavía, ojo. Así que si viene algo “urgente”, rara vez será tan urgente como para olvidarme de que el tiempo que paso en la oficina es el apalabrado, el resto no es ni más ni menos que mi vida, esa que se va acabando, lentamente, pero sin tregua pactable posible. El tiempo es lo más preciado que tenemos, se mire como se mire. Por eso mismo no cojo nunca el teléfono, por ejemplo, es mil veces más rápido y efectivo el email, no me compensa.

Si excepcionalmente, pero muy excepcionalmente, me tengo que quedar para arreglar algo que se ha roto, me voy exactamente ese tiempo antes al día siguiente, es algo que he hablado, muy seriamente, con mi jefe y a lo que ha accedido.

El otro día le escuché a Iñaki Gabilondo en una entrevista decir que solo se arrepentía de una cosa: no haber pasado más tiempo con sus hijos cuando estos eran pequeños. Esto lo dice un señor de los pies a la cabeza hasta donde yo sé, que pasó una enfermedad muy grave; yo no quiero tener que llegar a ese extremo para darme cuenta.

Después pasé a otro nivel, pasé a relativizar la sociedad. Coño, ya os había dicho que llevo una crisis cuarentona encima de cojones, ¿no?. Pues eso, dadme cancha que despego. La sociedad, japonesa o no, estaba ahí cuando yo nací y seguirá ahí cuando yo me pire a fertilizar sakuras o cipreses o lo que quede encima de mi ombligo. Una sociedad con una serie de normas, de costumbres que deberían hacer más fácil la convivencia a la vez que asegurar y estabilizar la velocidad de progreso como humanidad. Esto es así, es innegable: ya no nos morimos por enfermedades de hace cien años, tenemos agua caliente, chorrillos en el ojete en mi caso, internet, aviones, jodé, yo que sé. Pues yo relativizo esta historia: todo me importa lo justo, las convenciones sociales, el sistema este que tenemos montado es una herencia, sin más, algo que va cambiando con los días según interesa a grandes empresas o gobiernos o… pocas cosas hay auténticas mires por donde mires, pocas cosas no son cuestionables, no hay porqué comer tres veces al día, yo entre semana comeré como cinco veces cosas ligeras porque así optimizo el tiempo, porque me conviene, tampoco hay porqué tomarse un café por las mañanas ni tumbarse a tostarse al sol en verano.

Pero voy más allá: los valores de este teatro se resumen en uno: se basan en tener más o menos dinero sin el cual no podrás hacer prácticamente nada y contra este concepto no hay ética que no se pueda doblegar; los supermercados venden comidas que son un disparate, incluso etiquetadas para niños, prima vender el máximo posible en cualquier lugar al que mires, no hay sentido común, solo tratar de ganar más pasta a toda costa.

Pero yo sé de primera mano que tener o no dinero es circunstancial, lo dice uno que ha pasado ya por casi diez empresas de todo tipo entre España y Japón. No me enorgullezco de ello precisamente, pero tampoco me importa: ha habido momentos duros y momentos mejores, como el actual, pero yo he sido siempre constante. Yo como persona: lo que pienso, lo que hago, mi potencial independientemente de la pasta, mi salud, mi cuerpo, mi mente. Eso es auténtico, es lo que hay y lo que queda en última instancia, el único patrimonio verdadero en Bilbao, en Japón o en Alpedrete, con o sin panoja para gastar, en esta o en aquella sociedad, quitándome los zapatos al entrar a un restaurante o zampando pintxos en la calle. Por eso me primo a mi mismo: estudio y no dejo de aprender, por eso hago todo el ejercicio que puedo, por eso trato de tener la mejor salud posible, porque vaya donde vaya, yo sigo siendo la constante, lo poco que se antoja real. Parece sensato invertir tiempo en mi más que en teatros ajenos.

Bajo este mismo concepto entrarían ahora Chiaki y Kota y por supuesto mi familia. El tiempo con ellos es aprovechado a todo lo que da cada segundo, el tiempo que no estoy con ellos, ni he vendido a una empresa a cambio del dinero asquerosamente necesario, lo dedico a mi cuerpo y a mi mente. El resto importa, pero muchísimo menos, muchísimo muchísimo muchísimo menos, tanto que siento que la mayor parte del día estoy representando una farsa fingiendo que me importa lo que hago cuando en realidad estoy deseando que acabe para tirar con lo mío.

Por ejemplo cuando viene uno del banco a hablarme de tal o cual hipoteca, me da exactamente igual, es su juego no el mío, yo de este invento participo exactamente lo justo que me permita vivir en una casa que considero mía, un trámite por el que he tenido que pasar, el resto me sobra, es más: hago todo lo posible porque ni me rocen estas historias. Soy el que más pasión pongo en las reuniones de empresa, pero en el fondo sé, soy consciente de que me importan prácticamente nada.

Son inmensa mayoría los conceptos “heredados” que me dan exactamente igual: religiones, divisas, fronteras, visados, política… me hace especial gracia ver a gente de mi edad defendiendo hasta la muerte ciertas ideas como la independencia de Euskalherria o el caso opuesto: España una y grande… ¿en serio? vosotros nacisteis con este tinglado ya montado, ¿en serio os importa tanto? ¿tan poco tenéis que hacer?. Lo que no quita para que me alegre cuando gana el Athletic o me alegraré cuando se quite del medio a tanto inútil que está en el poder en España a finales de año, no vivo insensible y ajeno a todo, pero es otro nivel de alegría nada comparable a escucharle a Kota aporrear la puerta del baño gritando “papá” para que salga ya de ahí, deje de hacer lo que sea que era tan urgente y me ponga a jugar con él ya mismo. Eso es lo importante, mucho más que el paso a producción del jueves 23, no hay, ni de lejos, color.

Así que con esto estoy últimamente: no me creo nada de lo que me rodea, solo creo en lo mío y lo de los míos, con ello me quedo y a ello me debo, no es que me canse el resto, es que me da igual.

Crisis pero de las jodidas, ¿eh?.

Ya veremos cuando llegue a los cuarenta de verdad…

Yo juro que fue sin querer, en serio.

Volvía a casa en bici, lo que no es ninguna novedad: ya me manejo por Tokio en bici entre la oficina y mi casa prácticamente siempre. Lo que si es nuevo es que ese día salí un poco antes porque Kota estaba enfermo y al no tener que llevarle a la guardería, entré a la oficina bastante antes y apliqué, a rajatabla, lo del horario flexible. Ni cinco minutos más, en serio, mi vida no se regala más de lo pactado ni a Cristo bendito, no hay excusa suficientemente buena.

En verano los días también son más largos en Japón, pero tampoco demasiado, a eso de las siete y media ya es totalmente de noche. Aquí no se cambia la hora, algo de lo que siempre se quejan por las Españas, pero que joder, anda que no daría gustete salir siempre de día, no sabéis lo que tenéis. Bueno, el caso es que como salí un poco antes todavía aguantaba un poco el solete aunque se puso a ponerse a anochecer cada vez un poco más conforme iba zampándome kilómetros a golpe de pedal. Iba yo ya por la mitad del banquete ya prácticamente de noche cuando de repente salió de yo que sé donde un señor medio calvo con bolsas que me cené sin pan ni ná.

El bonito suceso tuvo lugar exactamente en el medio de la mitad del centro de ninguna parte: la misma carretera de siempre pero por el tramo quizás más estrecho y poco iluminado de los quince kilómetros que ella y yo compartimos a pachas.

Yo iba bien, por mi carril, no demasiado rápido y verse, se me veía de sobra: a las luces obligatorias de delante y de atras, en modo parpadeo que te pones nervioso al tercero o así, yo le sumo un led que está atado en un radio de la rueda y que se activa con el movimiento… a aquel gaijinaco lo ve hasta el obispo de Burgos desde la torre mayor.

Pero es que el pavo se había puesto a cruzar sin mirar por el santo medio: ni semáforos ni pasos de cebra, nada, pero además sin mirar ni a los lados ni absolutamente a nada, a lo puto loco.

Grité un “¡cojones, cuidado!” de los míos en perfecto castellano y a pesar del frenazo y de los tres cuartos de rueda que dejé derrapando, me lo zampé de frente y acabamos los dos en el suelo. Yo de alguna manera caí prácticamente de cuclillas, no me hice absolutamente nada.

Lo primero que hice fue apartar la bici del medio de la carretera e ir a ayudarle al señor preguntándole si estaba bien, si se había hecho algo. Lo hacía mientras le ayudaba a incorporarse y trataba de recoger la compra del súpermercado que se había esparcido por el suelo para meterlo en la única bolsa que quedó más o menos usable, la otra se había rajado de lado a lado.

El tío, de repente, me quitó la bolsa de malas maneras y empezó a gritar movidas con una mala hostia acojonante. Yo le decía que tranquilo, que se me tranquilizase el señor miura, que había sido un accidente y ya, que menos mal que parecía estar bien, pero él insistía en echarme a mi la culpa que yo no tenía: que si no miraba, que a ver que coño iba haciendo, que no debería ir con la bici por la carretera… con esto último me entró la risa tonta y le dije que claro, mejor por la acera para evitar pillar a tarados como él que prefieren ir por el puto medio de la carretera de noche sin mirar.

Se mosqueó más, empezó a gritarme más y yo trataba de tranquilizarle pero sin darle la razón y cuando hizo una pausa, aproveché para meter baza en su monólogo diciéndole que imaginase que en vez de haberse encontrado conmigo, se hubiese topado un coche, que a ver si en la escuela no le habían enseñado a mirar a los dos lados antes de mirar.

Entonces me gritó un “¿¡¿que coño dices!?!?” y me pegó un empujón en el pecho al que yo reaccioné, juro que sin querer y quizás presa de la tensión del momento, pegándole una hostia en la jeta.

Fue una hostia de Bilbao homologada que acabo convirtiéndose en más curiosidad que otra cosa: mi subsconciente había enfilado un perfecto y óptimo puñetazo a su fenomenal melón semicubierto semidescubierto estilo ahora pelo ahora calva, pero a mitad parece que me lo pensé mejor, frené el asunto lo que pude y abrí la mano con lo que lo que se llevó en vez de la ondonada que se merecía en la puta cara, fue un semitortazo descafeinado.

Sonó guay.

…plas…

Suave, pero marcando terreno, empezó firme pero acabo sutil.

Lo que es seguro es que no creo que el pescozón le doliese casi ná pero sin embargo, tuvo un efecto educador imprevisible: nos quedamos los dos de piedra por lo que acababa de ocurrir; yo ya tenía los puños apretados por si la íbamos a tener más gorda y había que batirse en duelo con el tío vinagres, que por otra parte no tenía ni la mitad de una media hostia, pero lo que él hizo fue repetir en un tono mucho más bajo su “…qué coño dices…”, darse la vuelta y desaparecer por donde había aparecido de tan inesperada manera a paso ligero.

Yo recogí la bici, enderecé la luz que se había quedado apuntando a Tudela, y seguí mi camino mirando por el espejillo no fuese a ser que a mi amigo Manolete le diese por tirarme una piedra o algo desde detrás de un árbol, que tenía pintas de estar igual de cuerdo que un saco lemmings agitao.

No le volví a ver y mira que sigo pasando por el mismo sitio dos veces al día, cinco veces por semana.

Juro que yo no quería haberle adoctrinado de aquella manera aunque se lo merecía, juro que yo iba bien, que iba atento, ni música llevaba esa vez, tampoco iba rápido. Y juro que en vez de ponerme yo a echarle la bronca, traté de ayudarle todo lo que pude hasta que vi el percal, momento en el que debería haber cogido la bici y pirarme según estaba sin hacerle caso después de comprobar que estaba bien.

En lugar de eso le di una hostia y fue él el que se marchó primero, farfullando mierdas, eso si.

Tiene huevos.

Aquí van otros que siguen estando de moda aunque estuvieron en su punto álgido hace ya algunos meses, allá por navidades del año pasado más o menos. Como en los otros sketches, son un par de dos, una pareja que cantan canciones chorras entre las que destaca siempre la de “Moshikashite dakedo”, que viene a significar algo así como “¿Coño, ver si es que va a ser…?”. En las canciones siempre se ponen en situaciones cotidianas y lo que ellos piensan sobre lo que está pasando, la gracia es que siempre piensan en guarradacas con chicas, en barbaridades que te descojonas!!!

Traducido, como siempre, con criterio Toscano totalmente random, aquí van los Doburokku con una de las versiones de “Moshikashite dakedo”, ¿coño, a ver si va a ser…?


Hay muchos otros vídeos con muchas otras situaciones, por ejemplo hay una en la que cuentan que están en un bar y entran al baño él al de chicos y una chica que no conocen de nada al de chicas, pero que salen y entran a la vez…. ¿coño, a ver si es que va a ser que quería escuchar cómo meaba yo?… jajaja, todo barbaridades del estilo!!

¡¡Opiniones quiero!!

Sigo con la sección de humor japonés que a mi tanta gracia me hace, ahora que yo soy bastante tonto y simplón que me das un yo-yo y ya tengo plan para la tarde.

Total, en este caso aunque es un tipo que triunfa en los espacios de humor de la tele japonesa, el elemento en cuestión no es japonés, sino un americano llamado Jason que trata de explicar como lleva él eso de estudiar kanjis, estoy convencido que a los que estudiáis japonés, os va hacer bastante gracia.

He cogido el vídeo y lo he subtitulado a mi bola, como siempre, a ver que os parece la movida:

– Te quiero llevar, ven, quiero ir allí contigo -me decía siempre- tienes que venir a Kyoto, tenemos que vernos aquí, ya está bien de tanta Tokyo Tower y tanto Odaiba, ya va siendo hora de que conozcas Kyoto.

Yo le había dicho ya que ya había estado cerca de media docena de veces, pero a ella se le quería olvidar. También es verdad que nunca había estado en Kyoto con alguien de Kyoto y me entusiasmaba la idea; sobretodo si ese alguien tenía el pelo más bonito de todo Japón. Hay que decir, en honor a la deprimente verdad, que en aquella época mi lienzo estaba tan intacto, tan en blanco que cualquier color que quisiese venir a tiznarlo me iba a parecer más brillante que el sol.

Pero es que aquella chiquilla tenía un pelo precioso de veras, tanto es así que trataba de caminar detrás de ella para ver como se le despeinaba con un viento que de ir en su contra, venía a mi favor regalándome parte de su olor. Qué bien olía su pelo. Qué bien olía ella. Es evidente que sabía que era guapa, pero estoy convencido de que no sabía cuanto en realidad.

Al menos a mis ojos.

– Que ya he estado en Kyoto, pesada -le contesté una vez más.

– Tienes que venir, mira, te coges un par de días de vacaciones, empalmas con el fin de semana y ya verás como nunca querrás irte de aquí -replicó ignorándome otra vez más- te veo buscando trabajo por aquí y suplicándote que te deje vivir conmigo. Y me haré de rogar, que lo sepas.

Aquella fue la primera vez que se puso encima del tapete la idea de que quizás se nos estuviese pasando por la cabeza a los dos dormir bajo el mismo techo más veces a la semana que las dos de a veces de siempre. Menudo empujón, menuda patada le metió a la pesada mochila de fantasias e ilusiones que me lastraba cada vez más la espalda.

Hechizado me tenía.

Raro sería, pues, no haberme visto recién afeitado sentado en aquel Shinkansen recorriendo el camino Tokaido a doscientos y mucho kilómetros por hora. Hasta estrenaba corte de pelo y todo para que cuando se intercambiasen los papeles y fuese ella la que me estuviese esperando en la estación, se llevase la mejor impresión posible al verme. Dudo que ella pensase siquiera en hacer lo mismo, pero la mía, la impresión digo, era insultantemente insuperable cada vez que aparecía en Shinagawa los fines de semana pactados.

– Vaya entradas -perpetró nada más verme- jajaja, ¡te estás quedando calvo!

Contrarrestó, en un segundo, mi cara de enfado simulado con un beso en los morros seguido de un achuchón interminable a lo que queda de mi flequillo.

– Kimochiiiii -repitió infinitas veces camino de su casa mientras repetía el mismo movimiento -kimochiiii.

Se la veía contenta, parecía hacerle ilusión de verdad que yo estuviese por fin allí, en su territorio comanche propio. Si a eso le sumamos que era viernes noche, pues ya sabéis: pocos planes fuera, muchos planes dentro y todos, sin excepción imaginable, a mi favor.

El sábado madrugamos lo justo y fuimos al templo aquel del que siempre hablaba, ese en el que había mil millones de puertas rojas de esas que hay siempre en los templos, esas que dicen que te purifican o algo así, digo yo que si pasas por debajo de todas las que hay en semejante lugar ya tienes carta blanca para pecar todo lo que te de la gana que ni en doscientas vidas te pones en números rojos con Buda.

Paramos unas cuantas estaciones antes y me llevó, de la mano, por entre callejuelas estrechas de un barrio cuyo nombre nunca he podido recordar, si es que alguna vez lo supe. Entramos en una pequeña cafetería en la que no habría reparado ni pasando mil veces por delante; al más puro estilo tradicional, estaba albergada en una casa de madera, sin apenas distintivos en la entrada, que consistía en una puerta corredera hecha de bambú y papel. La única manera de saber que aquello era una tienda, que allí se podía entrar, era o viviendo en el barrio o que te llevase alguien como me estaban llevando a mi en ese momento. Me sentí un privilegiado y ahora sé que lo fui y no solo por el lugar sino por la compañía.

No eran ni las diez de la mañana, pero nosotros ya habíamos almorzado. Y como Dios, o Buda en este caso, manda: con sus buenas cervezas, rematando la faena con un buen nihonshu.

Ya en nuestro destino, yo seguía sin tener claro que había que ver allí. En mi cabeza me imaginaba un tramo al lado de un templo grande en el que había un camino no demasiado largo lleno de toriis y poco más. Seguramente si uno sabía ponerse en el lugar adecuado, saldrían buenas fotos, pero todas serían más o menos del mismo rinconcete. Y todas con mucho de rojo, eso seguro.

Allí estábamos ella y yo mano sobre mano a pesar de lo cual ella iba siempre un poco por delante, guiando nuestros pasos con seguridad, como si tuviese la excursión marcada a fuego en su mente que no titubeó pisada alguna. Yo solo miraba a lo que me decía que mirase cuando me miraba, si no, mis ojos eran de su pelo, del gracejo de sus caderas desbaratadas por tratar de coger más velocidad que la que esos tacones permitían.

Pasamos por el templo, nos paramos si acaso dos segundos en cada tienda y a lo que miré para arriba, había ya un cielo de travesaños rojos dándome sombra. Había carácteres japoneses pincelados, con muy buen criterio, en un negro fuerte que hacía resaltar aún más cada fin de trazo sobre ese fondo rojo brillante.

– Esto son rezos que hay que ir leyendo mientras se pasa o algo así, ¿no? -pregunté

– Jajaja, si si rezos, tu si que estás rezo. Esto no son más que nombres de empresas en este lado, ¿ves?, y en este otro la fecha en que se plantó la puerta aquí. Cada una de estas es una donación al templo, cuanta más grande la estructura, más pasta se ha puesto, con eso se consigue, aparte de cierto renombre en la ciudad, ganarse, en teoría, el favor de los dioses para tener fortuna en los negocios. Rezos dice, jajaja, reza reza: ooh Banco Mitsubishi, ooh Toyota Motors… jajaja

– Atiende aquí, jajajaja

El camino, que era llano, se encuestó sin avisar. Estábamos ni más ni menos que subiendo un monte, de pequeño trecho con cuatro puertas rojas, nada de nada, aquello iba para largo. Menudo lugar más bonito.

– ¿Puedes andar más rápido? -me dijo. ¿Andar más rápido?, si me pides que me coma aquel árbol a bocados, me lo como ahora mismo.

– Vaaaleee

De repente estábamos en medio de un bosque en medio de nada. Nuestro primer desvío del camino fue después de que se nos cruzase aquel gato blanco con el que estuvimos jugando un rato. Después nos hacíamos a un lado para descansar según nos iba apeteciendo coger fuerza a base de besos.

Cuando llegamos a la cima, ya estaba anocheciendo. Todo eso descansamos.

La bajada fue más rápida no solo por lo obvio sino porque la hicimos de un tirón por miedo a quedarnos a oscuras. Las manos seguían unidas. El viento soplaba más fuerte. Se escuchaban más ruidos de más pájaros y quizás otros animales. Ella me empujaba, tiraba de mi, corría, se paraba y con cada gesto, añadía una palada más de magia a tan impresionante lugar.

Joder que pelo más bonito.

Cuando llegamos abajo, mi corazón estaba ya caramelizado del todo, aquello no tenía vuelta atrás, no me quedó otra que prometerme soñar con este día mientras viviese.

Nos sentamos en los dos viejos taburetes que el vejete del puesto de yakitoris tenía preparados desafiantes al lado de la parrilla. Nos bebimos más cervezas de las que recuerdo, alguna compartida con aquel buen señor que a la tercera o cuarta empezó, y ya no dejó, a darme puñetazos en el brazo diciendo, entre carcajadas, cosas que me traducían como “que buen tío” pero que seguramente no quedaba nada cerca de la verdad. A mi me daba igual, yo comía y reía y hacía que aquellos dos se riesen todavía más cuando intentaba contarles en japonés que aquel sitio era de los más bonitos en los que había estado en mi vida.

– ¡¡Que buen tío!! -me dijeron que dijo, la hostia no hizo falta traducirla.

Volvimos en taxi después de dos o tres horas allí sentados, no porque no hubiese trenes, sino porque no creo que estuviésemos en condiciones de cogerlos. La resaca del domingo fue de esas que hacen que tengas que tirar el día entero por el retrete y aun así no habría cambiado ni una sola de aquellas latas de Asahi que me bebí con aquella gente con la que lo único que tenía en común era que estábamos en el mismo lugar a la vez.

A Tokyo vino un par de veces más, después ella fue dejando de recordar, poco a poco, como contestar a mis mensajes hasta que no se acordó más.

A Kyoto volví muchas veces, al Fushimi Inari Taisha con ella nunca más. Sabina decía que al lugar donde has sido feliz no debías tratar de volver. Yo añadiría “con quien fuiste”, al lugar donde has sido feliz no deberías tratar de volver con la persona con la que fuiste, Joaquín. Y sin embargo, sabiendo que nunca se podría igualar la poesía que rimó aquel día desde por la mañana, yo intenté durante mucho más tiempo de lo que hubiese debido, que ella me volviese a llevar.

Sin éxito alguno.

Suelo estarme callado, a veces demasiado, a no ser que me pregunten, que entonces si que digo lo que pienso. Pero de primeras suelo estarme callado porque en la mayor parte de los casos me importa tres huevos lo que pase mientras no me afecte a mi.

Hablo de gente a la que no pillo, con la que no sintonizo, a la que no entiendo ni una hostia así. Gente que anda por aquí medio cerca, con la que me toca tratar y con la que no acabo yo de encontrarle el punto a las migas que no tienen pintas de poder salir ni medio buenas. Repasemos la lista:

Sujeto número 1: el responsable de equipo

… o jefe o vete tu a saber porque tenemos como tres jefes… vamos, que a mi me manda todo Dios y todavía no tengo claro a quien hacer más caso, aunque también es verdad que tampoco es que le haga demasiado a ninguno. Bueno, pues este hombre es un tipo con el pelo a lo afro, regordete y con perilla, vamos, un chaval al que ves y te hace gracia por las trazas; de todo menos normal. Un tío majo que me cae bien, pero, coño, no le entiendo. Y juro en hebreo porque el tío, que los días de viento en contra tarda tres cuartos de hora más en llegar con ese pelamen, acaba de tener un hijo. Hasta aquí bien si no fuese porque sale de currar todos los días entre las diez y las once de la noche, así que me imagino yo que verá al hijo en fotos porque tu me dirás. Encima le preguntas y le quita importancia como si fuese su mujer la que ha adoptado un gato y con el no va la cosa. Cuando yo dije que había cogido semana y pico de vacaciones cuando nació Kota, el tío dijo: “¿y pa que? ¿pa verle llorar?”. ¡¡ Wakaran !!!! no te entiendo, Michael Jackson!!

Sujeto 2: el liante
Este es la hostia. A lo mejor le cuentas que te vas a comprar unas zapatillas para correr y te suelta una chapa de tres pares de tamagos sobre modelos, tipos de pie, pruebas de esfuerzo, marcas y tiendas. Eso si: no se le conoce ejercicio alguno, el tío hace un único abdominal cuando se incorpora al despertarse por las mañanas. Quien dice ejercicio, dice cualquier otra actividad de la que el tío es el puto amo pero que, en serio te lo digo, luego no hace ná. Tenías que oirle hablar de objetivos para la cámara de fotos y luego ver las fotos que hace… juas, ¡¡no te entiendo, parlapuñaos!! ¡¡dedícate a hacer en vez de a hablar!! ¡¡baiss pallá!! ¡baiss!

Sujeto 3: la madre estirada
Esta es de las más recientes que han tenido a bien incorporarse a mi rutina de padrazo matutino. Por las mañanas soy yo el que llevo a Kota a la guardería, en ese ratico chulo yo le voy contando mi vida mientras él no me hace ni fruto caso y se dedica a imitar a los cuervos (aaa aaa aaa) o a decirle hola a todo Cristo viviente incluyendo obreros, universitarias, gatos o árboles. No sé si os he contado alguna vez que vivo al lado de una universidad femenina y que cuando los Tosca vamos para la guarde, nos cruzamos de frente con batallones de chiquillas. Ah y que hace calor, ¿os he contado que hace ya caloret?. Pues eso.

Bueno, total, la estirada bicho palo, que se me va la olla. Que vida llevo, madre mía, que trajín.

El caso es que soy el único padre extranjero en la guardería y Kota es el único half, como les llaman aquí a los mezclaos estilo sandwich mixto. He oído miles de historias chungas sobre el tema, como que familias tradicionales se quejan de ver a extranjeros pululando cerca de sus hijos e incluso que cambian de guardería. No es el caso, creo que les caigo mayormente bien allí a todos, sean monitoras, padres o hijos… a todos excepto a la estirada carapapa. Es una tipa calcada a la de Desperate Housewives, a la peliroja esa que dan ganas de matar al de treinta segundos de verla alineando las manzanas del frutero. A las 8 de la mañana va vestida como si fuese a una boda, incluyendo pamela y tacones y siempre siempre siempre me retira el saludo, a no ser que estemos ya dentro en la sala de los chavales con lo que quedaría demasiado mal delante del resto. A mi esta tía me importa tres carajos, por mi como si le sale un grano y se queda en casa ya hasta el jueves, mientras no me haga ningún feo con Kota, me la chuza. Pero eso si: ¡¡¡ no te entiendo, Rotenmeyer !!! ¡¡¡ y quitate ese sombrero, por Dios, que pareces un mariachi con rimel !!!

Sujeto 4: la del gimnasio
Esta tía está justo justo en la toscaraya a partir de la cual considero lícito, e incluso recomendable, soltarle un berrido que corrija, acaso, su actitud. Cualquier día desayuno gyozas y le eructo algo, ya te lo digo. Es una pava que llega vestida con ropa de marca acojonante de chula, y cara, y siempre con un modelico distinto. A mi me mola la ropa de deporte, así que hasta aquí allá cuidaos si se quiere gastar los cuartos en esto, a otros les da por comprarse Androids e incluso he oido de gente que come en restaurantes franceses, en la viña del señor ha de haber de todo. Lo que no me cuadra, ni con cartabón, es su actitud en la clase: la tía llega con su iphone y ya veremos si le sale de los sobacos hacer algo más que levantar la cabeza del cacharro. Lo primero: ¿qué coño pinta un móvil en una clase?, si fueses a correr en la máquina o algo, pero aquí hay un profesor al que se le debe un respeto o si no, no se va. En las clases al principio el profesor explica los ejercicios que vamos a hacer y después los hacemos a lo Tabata: caña a tope durante 30 o 40 segundos, descanso de 10 y al siguiente. Pues bien: a la tía la he visto yo irse de la clase a mitad de explicación porque no le cuadraban los ejercicios. Cuando hay alguna máquina el profe nos lo cuenta y después vamos por turnos a hacerlo delante de él para ver si lo hacemos bien, pues la tía le dice que no por sus huevos y no se mueve (después lo hace putapénicamente, claro). Incluso una vez movió la colchoneta de otro porque le molestaba, así sin decir ni mú. Mucha ropa y mucha hostia, pero luego eres una maleducada del copón, no haces ná y yo, ¡¡no te entiendo!! ¡¡poser!! ¡¡farsante!!

Sujeto 6: la nigayer
A esta la tengo en el curro sentada enfrente a la derecha. ¡¡ Sufre un huevo la amiga !!, se tira todo el día resoplando por que, por lo visto, tiene más trabajo que nadie en la oficina. Cuando le viene alguien a pedir algo, se pone toda digna y les perdona la vida diciéndoles que está megaocupadísima, pero que bueno, que qué le vamos a hacer, que el trabajo es el trabajo, y que no le queda otra que hacerlo. Así todo el día, todos los días durante el año y pico que llevo en la empresa. Yo no meto ni un minuto de más, esto lo tengo claretis desde hace muchos años, pero el rato que estoy aquí curro como un campeón. Eso si: si me viene alguien a pedir algo, pues se apunta en la lista y se hace, a poder ser con ritmo cubano estilo con la sonrisa puesta y desdeluego no montando el circo que monta aquí mi prima la nigayer (nigai significa “amargo” en japonés). Tía más provocabajona no me la he visto, ¡¡riéte un poco, chacha, que te va a dar un mal un poco más peor cualquier día y te vas a quedar toda tiesa con tu cara de masticar tierra!!

Sujeto 7: el ex-jugador de tenis
Este es uno también de la empresa que resulta que cuando tenía diez años menos estuvo a punto de ser jugador profesional de tenis. El tío debía ser muy bueno jugando y ahora se autoasigna el papel de deportista de élite diciendo cosas como “igual mañana vengo corriendo a la oficina” o “este fin de semana igual me voy en bici hasta quintalatronchamachi”. Luego le ves fumando en la calle y poniéndose ciego a bollos dándole lustre a la pedazo de panza que lleva ahí colgando que da pena verle. Que no digo yo que el tío haya sido el puto amo, pero ahora mismo no le veo yo capaz ni de subir tres pisos por las escaleras. Igualito que este tío conozco yo a un par de profesores de Karate en España que van del mismo rollo místico tratando de convencer de lo bueno que siguen siendo y tienen unas panzacas que no pueden levantar la pata más allá de la altura de la rodilla. Vamos, Nadal, que tu has debido ser el jefe pero ahora mismo mejor harías en cerrar la boca haciendo dieta que zampando todo lo peor y fumándote medio bosque!!, ¡¡deja ya la tontería!! ¡¡acepta tu realidad!!

…continuará…fijo…

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