El blog sobre Japón de un tío que SI está en Japón!!

Sigo con la sección de humor japonés que a mi tanta gracia me hace, ahora que yo soy bastante tonto y simplón que me das un yo-yo y ya tengo plan para la tarde.

Total, en este caso aunque es un tipo que triunfa en los espacios de humor de la tele japonesa, el elemento en cuestión no es japonés, sino un americano llamado Jason que trata de explicar como lleva él eso de estudiar kanjis, estoy convencido que a los que estudiáis japonés, os va hacer bastante gracia.

He cogido el vídeo y lo he subtitulado a mi bola, como siempre, a ver que os parece la movida:




– Te quiero llevar, ven, quiero ir allí contigo -me decía siempre- tienes que venir a Kyoto, tenemos que vernos aquí, ya está bien de tanta Tokyo Tower y tanto Odaiba, ya va siendo hora de que conozcas Kyoto.

Yo le había dicho ya que ya había estado cerca de media docena de veces, pero a ella se le quería olvidar. También es verdad que nunca había estado en Kyoto con alguien de Kyoto y me entusiasmaba la idea; sobretodo si ese alguien tenía el pelo más bonito de todo Japón. Hay que decir, en honor a la deprimente verdad, que en aquella época mi lienzo estaba tan intacto, tan en blanco que cualquier color que quisiese venir a tiznarlo me iba a parecer más brillante que el sol.

Pero es que aquella chiquilla tenía un pelo precioso de veras, tanto es así que trataba de caminar detrás de ella para ver como se le despeinaba con un viento que de ir en su contra, venía a mi favor regalándome parte de su olor. Qué bien olía su pelo. Qué bien olía ella. Es evidente que sabía que era guapa, pero estoy convencido de que no sabía cuanto en realidad.

Al menos a mis ojos.

– Que ya he estado en Kyoto, pesada -le contesté una vez más.

– Tienes que venir, mira, te coges un par de días de vacaciones, empalmas con el fin de semana y ya verás como nunca querrás irte de aquí -replicó ignorándome otra vez más- te veo buscando trabajo por aquí y suplicándote que te deje vivir conmigo. Y me haré de rogar, que lo sepas.

Aquella fue la primera vez que se puso encima del tapete la idea de que quizás se nos estuviese pasando por la cabeza a los dos dormir bajo el mismo techo más veces a la semana que las dos de a veces de siempre. Menudo empujón, menuda patada le metió a la pesada mochila de fantasias e ilusiones que me lastraba cada vez más la espalda.

Hechizado me tenía.

Raro sería, pues, no haberme visto recién afeitado sentado en aquel Shinkansen recorriendo el camino Tokaido a doscientos y mucho kilómetros por hora. Hasta estrenaba corte de pelo y todo para que cuando se intercambiasen los papeles y fuese ella la que me estuviese esperando en la estación, se llevase la mejor impresión posible al verme. Dudo que ella pensase siquiera en hacer lo mismo, pero la mía, la impresión digo, era insultantemente insuperable cada vez que aparecía en Shinagawa los fines de semana pactados.

– Vaya entradas -perpetró nada más verme- jajaja, ¡te estás quedando calvo!

Contrarrestó, en un segundo, mi cara de enfado simulado con un beso en los morros seguido de un achuchón interminable a lo que queda de mi flequillo.

– Kimochiiiii -repitió infinitas veces camino de su casa mientras repetía el mismo movimiento -kimochiiii.

Se la veía contenta, parecía hacerle ilusión de verdad que yo estuviese por fin allí, en su territorio comanche propio. Si a eso le sumamos que era viernes noche, pues ya sabéis: pocos planes fuera, muchos planes dentro y todos, sin excepción imaginable, a mi favor.

El sábado madrugamos lo justo y fuimos al templo aquel del que siempre hablaba, ese en el que había mil millones de puertas rojas de esas que hay siempre en los templos, esas que dicen que te purifican o algo así, digo yo que si pasas por debajo de todas las que hay en semejante lugar ya tienes carta blanca para pecar todo lo que te de la gana que ni en doscientas vidas te pones en números rojos con Buda.

Paramos unas cuantas estaciones antes y me llevó, de la mano, por entre callejuelas estrechas de un barrio cuyo nombre nunca he podido recordar, si es que alguna vez lo supe. Entramos en una pequeña cafetería en la que no habría reparado ni pasando mil veces por delante; al más puro estilo tradicional, estaba albergada en una casa de madera, sin apenas distintivos en la entrada, que consistía en una puerta corredera hecha de bambú y papel. La única manera de saber que aquello era una tienda, que allí se podía entrar, era o viviendo en el barrio o que te llevase alguien como me estaban llevando a mi en ese momento. Me sentí un privilegiado y ahora sé que lo fui y no solo por el lugar sino por la compañía.

No eran ni las diez de la mañana, pero nosotros ya habíamos almorzado. Y como Dios, o Buda en este caso, manda: con sus buenas cervezas, rematando la faena con un buen nihonshu.

Ya en nuestro destino, yo seguía sin tener claro que había que ver allí. En mi cabeza me imaginaba un tramo al lado de un templo grande en el que había un camino no demasiado largo lleno de toriis y poco más. Seguramente si uno sabía ponerse en el lugar adecuado, saldrían buenas fotos, pero todas serían más o menos del mismo rinconcete. Y todas con mucho de rojo, eso seguro.

Allí estábamos ella y yo mano sobre mano a pesar de lo cual ella iba siempre un poco por delante, guiando nuestros pasos con seguridad, como si tuviese la excursión marcada a fuego en su mente que no titubeó pisada alguna. Yo solo miraba a lo que me decía que mirase cuando me miraba, si no, mis ojos eran de su pelo, del gracejo de sus caderas desbaratadas por tratar de coger más velocidad que la que esos tacones permitían.

Pasamos por el templo, nos paramos si acaso dos segundos en cada tienda y a lo que miré para arriba, había ya un cielo de travesaños rojos dándome sombra. Había carácteres japoneses pincelados, con muy buen criterio, en un negro fuerte que hacía resaltar aún más cada fin de trazo sobre ese fondo rojo brillante.

– Esto son rezos que hay que ir leyendo mientras se pasa o algo así, ¿no? -pregunté

– Jajaja, si si rezos, tu si que estás rezo. Esto no son más que nombres de empresas en este lado, ¿ves?, y en este otro la fecha en que se plantó la puerta aquí. Cada una de estas es una donación al templo, cuanta más grande la estructura, más pasta se ha puesto, con eso se consigue, aparte de cierto renombre en la ciudad, ganarse, en teoría, el favor de los dioses para tener fortuna en los negocios. Rezos dice, jajaja, reza reza: ooh Banco Mitsubishi, ooh Toyota Motors… jajaja

– Atiende aquí, jajajaja

El camino, que era llano, se encuestó sin avisar. Estábamos ni más ni menos que subiendo un monte, de pequeño trecho con cuatro puertas rojas, nada de nada, aquello iba para largo. Menudo lugar más bonito.

– ¿Puedes andar más rápido? -me dijo. ¿Andar más rápido?, si me pides que me coma aquel árbol a bocados, me lo como ahora mismo.

– Vaaaleee

De repente estábamos en medio de un bosque en medio de nada. Nuestro primer desvío del camino fue después de que se nos cruzase aquel gato blanco con el que estuvimos jugando un rato. Después nos hacíamos a un lado para descansar según nos iba apeteciendo coger fuerza a base de besos.

Cuando llegamos a la cima, ya estaba anocheciendo. Todo eso descansamos.


La bajada fue más rápida no solo por lo obvio sino porque la hicimos de un tirón por miedo a quedarnos a oscuras. Las manos seguían unidas. El viento soplaba más fuerte. Se escuchaban más ruidos de más pájaros y quizás otros animales. Ella me empujaba, tiraba de mi, corría, se paraba y con cada gesto, añadía una palada más de magia a tan impresionante lugar.

Joder que pelo más bonito.

Cuando llegamos abajo, mi corazón estaba ya caramelizado del todo, aquello no tenía vuelta atrás, no me quedó otra que prometerme soñar con este día mientras viviese.

Nos sentamos en los dos viejos taburetes que el vejete del puesto de yakitoris tenía preparados desafiantes al lado de la parrilla. Nos bebimos más cervezas de las que recuerdo, alguna compartida con aquel buen señor que a la tercera o cuarta empezó, y ya no dejó, a darme puñetazos en el brazo diciendo, entre carcajadas, cosas que me traducían como “que buen tío” pero que seguramente no quedaba nada cerca de la verdad. A mi me daba igual, yo comía y reía y hacía que aquellos dos se riesen todavía más cuando intentaba contarles en japonés que aquel sitio era de los más bonitos en los que había estado en mi vida.

– ¡¡Que buen tío!! -me dijeron que dijo, la hostia no hizo falta traducirla.

Volvimos en taxi después de dos o tres horas allí sentados, no porque no hubiese trenes, sino porque no creo que estuviésemos en condiciones de cogerlos. La resaca del domingo fue de esas que hacen que tengas que tirar el día entero por el retrete y aun así no habría cambiado ni una sola de aquellas latas de Asahi que me bebí con aquella gente con la que lo único que tenía en común era que estábamos en el mismo lugar a la vez.

A Tokyo vino un par de veces más, después ella fue dejando de recordar, poco a poco, como contestar a mis mensajes hasta que no se acordó más.

A Kyoto volví muchas veces, al Fushimi Inari Taisha con ella nunca más. Sabina decía que al lugar donde has sido feliz no debías tratar de volver. Yo añadiría “con quien fuiste”, al lugar donde has sido feliz no deberías tratar de volver con la persona con la que fuiste, Joaquín. Y sin embargo, sabiendo que nunca se podría igualar la poesía que rimó aquel día desde por la mañana, yo intenté durante mucho más tiempo de lo que hubiese debido, que ella me volviese a llevar.

Sin éxito alguno.



Suelo estarme callado, a veces demasiado, a no ser que me pregunten, que entonces si que digo lo que pienso. Pero de primeras suelo estarme callado porque en la mayor parte de los casos me importa tres huevos lo que pase mientras no me afecte a mi.

Hablo de gente a la que no pillo, con la que no sintonizo, a la que no entiendo ni una hostia así. Gente que anda por aquí medio cerca, con la que me toca tratar y con la que no acabo yo de encontrarle el punto a las migas que no tienen pintas de poder salir ni medio buenas. Repasemos la lista:

Sujeto número 1: el responsable de equipo

… o jefe o vete tu a saber porque tenemos como tres jefes… vamos, que a mi me manda todo Dios y todavía no tengo claro a quien hacer más caso, aunque también es verdad que tampoco es que le haga demasiado a ninguno. Bueno, pues este hombre es un tipo con el pelo a lo afro, regordete y con perilla, vamos, un chaval al que ves y te hace gracia por las trazas; de todo menos normal. Un tío majo que me cae bien, pero, coño, no le entiendo. Y juro en hebreo porque el tío, que los días de viento en contra tarda tres cuartos de hora más en llegar con ese pelamen, acaba de tener un hijo. Hasta aquí bien si no fuese porque sale de currar todos los días entre las diez y las once de la noche, así que me imagino yo que verá al hijo en fotos porque tu me dirás. Encima le preguntas y le quita importancia como si fuese su mujer la que ha adoptado un gato y con el no va la cosa. Cuando yo dije que había cogido semana y pico de vacaciones cuando nació Kota, el tío dijo: “¿y pa que? ¿pa verle llorar?”. ¡¡ Wakaran !!!! no te entiendo, Michael Jackson!!

Sujeto 2: el liante

Este es la hostia. A lo mejor le cuentas que te vas a comprar unas zapatillas para correr y te suelta una chapa de tres pares de tamagos sobre modelos, tipos de pie, pruebas de esfuerzo, marcas y tiendas. Eso si: no se le conoce ejercicio alguno, el tío hace un único abdominal cuando se incorpora al despertarse por las mañanas. Quien dice ejercicio, dice cualquier otra actividad de la que el tío es el puto amo pero que, en serio te lo digo, luego no hace ná. Tenías que oirle hablar de objetivos para la cámara de fotos y luego ver las fotos que hace… juas, ¡¡no te entiendo, parlapuñaos!! ¡¡dedícate a hacer en vez de a hablar!! ¡¡baiss pallá!! ¡baiss!

Sujeto 3: la madre estirada

Esta es de las más recientes que han tenido a bien incorporarse a mi rutina de padrazo matutino. Por las mañanas soy yo el que llevo a Kota a la guardería, en ese ratico chulo yo le voy contando mi vida mientras él no me hace ni fruto caso y se dedica a imitar a los cuervos (aaa aaa aaa) o a decirle hola a todo Cristo viviente incluyendo obreros, universitarias, gatos o árboles. No sé si os he contado alguna vez que vivo al lado de una universidad femenina y que cuando los Tosca vamos para la guarde, nos cruzamos de frente con batallones de chiquillas. Ah y que hace calor, ¿os he contado que hace ya caloret?. Pues eso.

Bueno, total, la estirada bicho palo, que se me va la olla. Que vida llevo, madre mía, que trajín.

El caso es que soy el único padre extranjero en la guardería y Kota es el único half, como les llaman aquí a los mezclaos estilo sandwich mixto. He oído miles de historias chungas sobre el tema, como que familias tradicionales se quejan de ver a extranjeros pululando cerca de sus hijos e incluso que cambian de guardería. No es el caso, creo que les caigo mayormente bien allí a todos, sean monitoras, padres o hijos… a todos excepto a la estirada carapapa. Es una tipa calcada a la de Desperate Housewives, a la peliroja esa que dan ganas de matar al de treinta segundos de verla alineando las manzanas del frutero. A las 8 de la mañana va vestida como si fuese a una boda, incluyendo pamela y tacones y siempre siempre siempre me retira el saludo, a no ser que estemos ya dentro en la sala de los chavales con lo que quedaría demasiado mal delante del resto. A mi esta tía me importa tres carajos, por mi como si le sale un grano y se queda en casa ya hasta el jueves, mientras no me haga ningún feo con Kota, me la chuza. Pero eso si: ¡¡¡ no te entiendo, Rotenmeyer !!! ¡¡¡ y quitate ese sombrero, por Dios, que pareces un mariachi con rimel !!!

Sujeto 4: la del gimnasio

Esta tía está justo justo en la toscaraya a partir de la cual considero lícito, e incluso recomendable, soltarle un berrido que corrija, acaso, su actitud. Cualquier día desayuno gyozas y le eructo algo, ya te lo digo. Es una pava que llega vestida con ropa de marca acojonante de chula, y cara, y siempre con un modelico distinto. A mi me mola la ropa de deporte, así que hasta aquí allá cuidaos si se quiere gastar los cuartos en esto, a otros les da por comprarse Androids e incluso he oido de gente que come en restaurantes franceses, en la viña del señor ha de haber de todo. Lo que no me cuadra, ni con cartabón, es su actitud en la clase: la tía llega con su iphone y ya veremos si le sale de los sobacos hacer algo más que levantar la cabeza del cacharro. Lo primero: ¿qué coño pinta un móvil en una clase?, si fueses a correr en la máquina o algo, pero aquí hay un profesor al que se le debe un respeto o si no, no se va. En las clases al principio el profesor explica los ejercicios que vamos a hacer y después los hacemos a lo Tabata: caña a tope durante 30 o 40 segundos, descanso de 10 y al siguiente. Pues bien: a la tía la he visto yo irse de la clase a mitad de explicación porque no le cuadraban los ejercicios. Cuando hay alguna máquina el profe nos lo cuenta y después vamos por turnos a hacerlo delante de él para ver si lo hacemos bien, pues la tía le dice que no por sus huevos y no se mueve (después lo hace putapénicamente, claro). Incluso una vez movió la colchoneta de otro porque le molestaba, así sin decir ni mú. Mucha ropa y mucha hostia, pero luego eres una maleducada del copón, no haces ná y yo, ¡¡no te entiendo!! ¡¡poser!! ¡¡farsante!!

Sujeto 6: la nigayer

A esta la tengo en el curro sentada enfrente a la derecha. ¡¡ Sufre un huevo la amiga !!, se tira todo el día resoplando por que, por lo visto, tiene más trabajo que nadie en la oficina. Cuando le viene alguien a pedir algo, se pone toda digna y les perdona la vida diciéndoles que está megaocupadísima, pero que bueno, que qué le vamos a hacer, que el trabajo es el trabajo, y que no le queda otra que hacerlo. Así todo el día, todos los días durante el año y pico que llevo en la empresa. Yo no meto ni un minuto de más, esto lo tengo claretis desde hace muchos años, pero el rato que estoy aquí curro como un campeón. Eso si: si me viene alguien a pedir algo, pues se apunta en la lista y se hace, a poder ser con ritmo cubano estilo con la sonrisa puesta y desdeluego no montando el circo que monta aquí mi prima la nigayer (nigai significa “amargo” en japonés). Tía más provocabajona no me la he visto, ¡¡riéte un poco, chacha, que te va a dar un mal un poco más peor cualquier día y te vas a quedar toda tiesa con tu cara de masticar tierra!!

Sujeto 7: el ex-jugador de tenis

Este es uno también de la empresa que resulta que cuando tenía diez años menos estuvo a punto de ser jugador profesional de tenis. El tío debía ser muy bueno jugando y ahora se autoasigna el papel de deportista de élite diciendo cosas como “igual mañana vengo corriendo a la oficina” o “este fin de semana igual me voy en bici hasta quintalatronchamachi”. Luego le ves fumando en la calle y poniéndose ciego a bollos dándole lustre a la pedazo de panza que lleva ahí colgando que da pena verle. Que no digo yo que el tío haya sido el puto amo, pero ahora mismo no le veo yo capaz ni de subir tres pisos por las escaleras. Igualito que este tío conozco yo a un par de profesores de Karate en España que van del mismo rollo místico tratando de convencer de lo bueno que siguen siendo y tienen unas panzacas que no pueden levantar la pata más allá de la altura de la rodilla. Vamos, Nadal, que tu has debido ser el jefe pero ahora mismo mejor harías en cerrar la boca haciendo dieta que zampando todo lo peor y fumándote medio bosque!!, ¡¡deja ya la tontería!! ¡¡acepta tu realidad!!

…continuará…fijo…



Cada vez que veo la caricatura me entra la risa, no puedo evitarlo….

Aquí os vengo a contar la excelsa, épica y grandiosa epopeya del como y del porque tengo en la pared del salón enmarcada una caricatura de mi mujer casándose con Julio Anguita.

Chiaki, no sé si esto lo he contado alguna vez, trabaja en una tienda de reformas. Gracias a esto nos conocimos, por cierto, el que haya leído el ikulibro ya sabrá de lo que hablo. Y de vez en cuando hacen eventos en centros comerciales presentando, por ejemplo, los nuevos modelos de cocinas o los nuevos materiales de construcción y tal. Yo si coincide que es fin de semana, ella trabaja los sábados, solía pasarme un ratillo a ver qué se cocía y, bueno, ¡¡¡porque me hace ilusión verla en su salsa!!!, a veces hasta me llevo pañuelos de propaganda y todo.

Este sábado pasado, por ejemplo, allí me planté con Kota a alegrarle un ratejo el asunto.

Bueno, total, que ella le había dicho a los compañeros de curro que se casaba y estaban todos invitados a la boda y tal, y yo había quedado que ese fin de semana me pasaba a uno de esos eventos, pero finalmente no pude porque creo recordar que me entró una fiebraca de esas de hablarle delirando hasta a mis amigas las macetas.

Sin yo saberlo y mucho menos quererlo, les reventé los planes. Resulta que tenían pensado sacarme una foto con Chiaki y llevar esa foto a un dibujante con el que ya tenían apalabrado que nos iba a hacer una caricatura vestidos de novios, caricatura que enmarcarían y nos regalarían por la boda.

Pero los compañeros de Chiaki, con su jefe a la cabeza, no se echaron atrás. Con dos tamagos más gordos que la cabeza de André el gigante, se fueron a internet y pusieron, literalmente: “un tío español” en Google Images. De ahí triscaron la tercera o cuarta foto que salió y que, decían, era clavado a mi y se lo mandaron al caricaturista que inmortalizó semejante derroche de improvisación e iniciativa sin precedentes:

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Chiaki se parece porque su foto era real…

¡¡¡Yo soy Julio Anguita con barba teñida!!!

Me descojono, todavía más, porque es a la inversa lo que estoy convencido que habrían hecho mis amigos de haberse dado el caso: irse a internet y buscar “chica japonesa” y de ahí pillar la que ellos creen que se parece a Chiaki porque, al igual que ha pasado esta vez, “total, son todos iguales”…

Pa que veáis que tampoco somos tan diferentes, ¡¡¡es que es Anguita el tío!!! Luego cuando se descubrió el pastel, nos ofrecieron rectificar y regalarnos otra con una foto mía real, pero ¡¡¡ni de coña cambio yo semejante tesoro!!!



:cebolleter:


Aquí va otro par de dos que están de moda por aquí últimamente, tanto es así que el otro día en Karate me encontré a todos los chavales haciendo la tontería y descojonándose vivos. Este no sé si va a ser un poco más difícil de entender que el anterior, pero como a mi me hace también mucha gracia, aquí lo pongo.

A ver si lo sé explicar: la cosa va de uno que se pone a cantar todo emocionao una palabra que no tienen ningún sentido, pero que la canta todo contentete y le dice al otro que la explique, el otro le sigue el juego y se pone a cantar contestándole empezando siempre con un “chotto matte chotto matte oniisan”, que viene a ser algo así como “peraunpoco peraunpoco chacho!”. La letra es lo de menos, lo que hace gracia es el ritmillo que me llevan, el bailecico ese con los gestos, lo contentos que están cuando hacen la tontería… yo me descojono cada vez que los veo!

Pongo el vídeo, y seguido la traducción libre estilo Toscano. Pido perdón de antemano si os tiráis todo el día con el chotto matte chotto matte oniisan en la puta cabeza, pero así está todo Japón ahora mismo!!


Rassungorerai, rassungorerai

Eh?! eh!? qué dice este!?

Rassungorerai, uuu! rassungorerai, uuu!
Rassungorerai, ahora vas y lo cuentas

Eeeh! peraunpoco peraunpoco, chacho
Qué coño es eso del rassungorerai
Me dices que lo explique, pero como no tengo ni zorra idea, no puedooo

Rassungorerai, uu! rassungorerai, uuu!
De viaje por el sur, rassungorerai

Eeeh! peraunpoco peraunpoco, chacho
¿El rassungorerai este es un resort?
Pero anda que no hay por el sur: Bali, Guam, Hawaii.. ¿cual es?!?!

Rassungorerai, uu! rassungorerai, uu!
Con la novia en el coche, ¡rassungorerai!

Pepepe peraunpoco peraunpoco, chacho
Mientes mas que cantas
Con la novia en el coche dices, pero ni tienes novia ni coche!

Rassungorerai, uu! rassungorerai, uu!
Caviar, Foiegras, Trufas, supermegahostiaputa!!

pe-pe-pe-pe peraunpoco…. CHACHO
Chaaacho, no me cambies del rassungorerai,
Aunque no entiendo que coño es y te he dicho que pares, ahora al rassun estoy esperassun!

Supermegahostiaputa, supermegahostiaputa
Al subirme en el tren supermegahostiaputa!!

pe-pe-pe-pe-pe-pe-peraunpoco, CHAAACHO
Vamos a ver copón,
vuelve al rassungorerai coño!

Supermegahostiaputa, supermegahostiaputa
El padre un tío árabe, la madre de la India
En medio naciste tu que eres un ras-sun-gorerai!

pe-peraunpoco, peraunpoco chacho
Yo no soy mezcla árabe-india, mi padre japonés, mi madre japonesa
En medio nací yo, que soy japanese people!

Ya me he cansao, se acabó!
peraunpoco, peraunpocooo chacho
peraunpoco, peraunpocooo chacho



Estos dos, que son de Osaka, se hacen llamar “Bazooka de 8.6 segundos” (a los japoneses les suele molar ponerse nombres extranjeros aunque no signifiquen un carajo). Y bueno ya para rizar el rizo, se suelen juntar con los Bambino y su danza de la caza en eventos por ahí y hacen un cruce de sketches ahí estilo crossover:


:olakease: :olakease:



Relacionado: Bambino y la danza de la caza



Un currusco es el mayor de los banquetes, la bombilla de la lámpara el sol más luminoso bajo el que correr, el salón el desembarco de Normandía donde el batallón aliado, con Anpanman al frente, derrotará de todas todas a Totoro y su ejército de peluches que últimamente viene pegando fuerte con la oveja Shaun y el oso ese que llaman Pu o po o yo que sé.

La bañera llena es el mar más picado del mundo en el que hundir barcos de plástico con toda la tripulación de patos de goma que quepan de proa a popa entre pitidos de los pitos semiahogados de sus barrigas. Aquí está penado no salpicar. La condena es seria: ración doble de jabón y frote, así que mejor soltarse y aplaudir al agua al ritmo de risotadas estruéndosas que se escuchen en todo el vecindario que, total, ya saben lo que hay.

El pasillo es la M30 donde los únicos adelantamientos permitidos son los que se hacen por debajo y entre las piernas de los adultos que osen circular por carretera ajena. Obligatorio que se persiga al que allí corretea por encima del límite de velocidad, la multa es el achuchamiento de un mínimo de diez segundos de duración con despeinamientos intermitentes y azotes culeros siempre dentro del margen de la ley y si el agente lo considera oportuno.

La guardería es el infierno cuando se llega, por los lloros, pero el paraíso cuando se está. Hay que guardar las apariencias.

Toda superficie mínimamente estable y cálida es una cuna donde dormirse en cualquier momento sin previo aviso y a poder ser a destiempo.

Está prohibido tener la cara limpia, bien ha de haber mocos que decoren la pituitaria por fuera o restos del banquete de las diez mezclados y se evitará, con gritos e incluso lloros si es menester, que algún adulto pretenda despegar cualquier tipo de costra que tantos esfuerzos ha costado amasar. Los pañuelos húmedos son el enemigo a batir, la M30 el plan B de huida si los aspavientos no acaban de disuadir al empeñado limpiamocos pesado de turno.

El parque del final de la calle es San Mamés, los bichos son confidentes a los que nunca dejar de hablar, las piedras y los palos son los mejores juguetes que existen porque siempre están allá donde se va. Piedras y palos que hay que tocar y coger y tirar lejos o pegarles un bocao cuando esos dos que siempre están no miran.

Si va llegando la hora de comer, es conveniente tirar besos y dar algún que otro abrazo para agilizar los trámites y que las hormigas esas blancas con cosas verdes aparezcan en la mesa lo antes posible. Tu sigue rebañando que ya diré yo, manotazo a la cuchara de por medio, cuando parar.

La bombilla de la lámpara se convierte esta vez en la luna de verano más redonda a la que quedarse mirando desde un futón al que le sobran dos dobleces hasta empezar ya a soñar con bosques de árboles de troncos de barras de pan y hojas de algas nori. Sin madres ni padres que protesten si se desforestase, a bocado limpio, más de lo debido. Conviene despertarse y armar jaleo cada dos o tres horas con o sin motivo, el caso es desbaratar esa absurda idea de dormir más de media docena de horas seguidas. Habrase visto, con la de planetas que quedan por descubrir.

Cada despertar, cada día, pañales mediante, es otro capítulo del mejor y más emocionante libro de aventuras jamás escrito. Abre la puerta que ya voy enfilando en quinta y con legañas al pasillo, ¡aparta! ¡ven! ¡quita del medio! ¡cógeme en brazos! ¡déjame en el suelo! ¡vuélveme a coger!.

Tu sonrisa, hijo mío, mi vida entera.




Estoy pensando en como ha cambiado mi manera de trabajar de aquí a hace dos o tres años, más o menos desde las dos últimas empresas en las que he estado. Para bien o para mal he cambiado muchas veces de trabajo tanto en España como aquí en Tokio, por lo que tengo con qué comparar. Se podría resumir en que poco a poco se va optimizando el tiempo de trabajo minimizando el que se dedica a pura burocracia, aunque creo que se podrían hacer todavía mejor las cosas.

Permitidme, pues, que cuente como es un día cualquiera en la empresa japonesa donde trabajo desde hace casi un año como único extranjero carapapa. Empecemos por el principio:

Como ya he contado alguna vez, tengo horario flexible, esto es algo que últimamente se ha vuelto básico. Hay un rango de horas en las que puedes entrar y un rango de horas para salir, no puedes hacer la locura de entrar a las seis de la mañana e irte a casa a las tres de la tarde, por ejemplo. En mi caso se puede salir de trabajar lo más pronto a las cinco de la tarde, cosa que podrías hacer si entras a las ocho de la mañana (hay una hora para comer). Tengo llave de la oficina, esto también pasaba en la anterior empresa. No es raro que esté un rato largo por la mañana yo solo aquí metido viendolas coming.

No usamos mail, creo que esto ya lo he contado alguna vez. Salvo para alguna cosa raruna viejuna, el email no se usa para nada: hacemos todo por chat. Usamos un servicio llamado Slack donde tenemos un montón de salas de chat creadas (general, diseño, programadores, smartphone…) y nos manejamos por ahí. También hay salas integradas con distintos servicios de manera que por ejemplo cuando alguien cambia algo en la rama de master, falla un test o se hace un deploy a producción, ahí se postea un mensaje automáticamente con lo que ha cambiado y un enlace para ver los archivos o lo que sea que cuadre. Incluso los contactos que llegan por la web salen ahí en un chat en vez de llegar un email.

Bueno, que me enrollo: el caso es que llego a la oficina, abro el Slack y me voy a un canal llamado “greetings”. Ahí escribo “おはようございます”, “buenos días”, y un bot me contesta que buenos días, esa es la manera de fichar, la hora de ese saludo queda registrada, ni excel ni hostias en vinagre. De igual manera escribiendo un “お疲れ様です”, “gracias por vuestro trabajo”, se fija la de salida. Es curioso porque el chisme es flexible y entiende un montón de variantes como el equivalente en japonés de “yepa” para entrar o “me piro” para salir, así que es graciosísimo leer el ingenio matutino de mis compañeros poniendo chorradas hasta que al final el tal Kyle (nombre del bot, que además es un delfín vete a saber la razón) responde. Por ejemplo hoy al llegar, el jefe ha puesto el ohayo pero no le ha contestado, así que ha empezado un monólogo del estilo de “eh? Kyle? tu también? no solo me ignora mi mujer sino tu también??? despedido!! pero a mi mujer no la puedo despedir, pobre de mi…”, y a partir de ahí todos contestando chorradas en plan “jodé como te entiendo, la mía no me habla desde navidades”, jajaja.

Pero sobretodo es práctico y fácil, tu nómina se basa en esas horas, podrías hacer trampas entrando desde casa o incluso usando la aplicación del iPhone, pero no creo que lo haga nadie aquí. En la empresa anterior se fichaba con la tarjeta Suica del tren pasándola por un lector IC que había ahí conectado a un ordenador en la entrada, pero aquello fallaba un huevo y además tenías que elegir que era lo que estabas fichando entre entrada, salida, ir o volver de comer… por cierto, no ficho en la hora de comer, se fían (cosa que celebro porque como voy al gimnasio siempre tardo un poco más…).

Otra historia: apenas hay reuniones, esto me gusta mucho, siempre he pensado que se pierde mucho el tiempo aunque depende de las personas, claro, pero por regla general yo me suelo aburrir un huevo porque siempre hay algún vendehumos, parlapuñaos y/u/o pierdetiempos que no calla con chorradas. Aquí tenemos una lista de tareas y un par del equipo que las ponen y el resto las hacemos en el orden marcado. Normalmente están bien explicadas con capturas de pantalla y así, si algo no se entiende, el que la ha escrito está aquí al lado así que se le pregunta y fuera. Cuando acabas una tarea, haces un deploy a staging y le dices a la persona que lo pruebe, si está bien, se sube a producción de la misma. El servicio de tareas se llama “Asana” y tiene aplicación para el iPhone también. Es muy fácil de usar y muy efectiva, normalmente no te ponen fecha límite ni hay estimaciones ni se incurren horas ni gilipolleces por el estilo. Hay que hacer esto en este orden, vete haciendo y vete avisando según vas acabando. A no ser que tardes la vida en hacer algo o metas una gamba muy gorda, no te piden cuentas ni te meten presión por nada. Además hay flexibilidad: yo suelo hacer dos versiones de lo que me piden, la normal y la toscaner con animaciones e historias que se me ocurren. Ahora mismo diría que la mitad de las toscaners están ya en producción, jejeje.

No hay ni un solo servidor en la oficina: todo el código está en Github en repositorios privados. Los servidores son dedicados y están en la nube, tanto los de bases de datos como los web, todos tenemos acceso ssh para poder cacharrear si es necesario, podríamos hacer nuestro trabajo desde cualquier lugar del mundo con tal de que haya internet. Yo tengo mala experiencia con esto del teletrabajo, que me volví un ser todavía más asocial de lo que soy (que ya es decir, no le cojo el teléfono ni al papa) pero a una mala no habría problema si me quedase en casa rascatecleando, de hecho me llevo el ordenador del curro a casa. Explico esto: una de las condiciones del trabajo es que me daban 300.000 yenes para comprar mi equipo, así que encargué el MacBook más caro que había y un pantallón panorámico. El ordenador es otro mundo comparado con el que tengo en casa que se ha quedado viejer, así que he decidido llevármelo y usarlo para mis movidas, no he pedido ni permiso, simplemente lo meto en la mochila y pa casa que va.

Usamos todo tipo de servicios online: a Github, Slack y Asana que he dicho antes, le sumamos Qiita, Sentry, Rollbar, CircleCI o Chatwork, aparte de Google Calendar y Gmail para los cuatro mails chorras que llegan al mes. Hoy en día no hace falta prácticamente dinero para montar toda la infraestructura necesaria para una empresa de IT: hacer una web y ponerla en producción es gratis, únicamente hay que tener una ideaca y tener al tío que la diseña y la programa, esto hace que haya un montón (UN MONTON) de startups ahora mismo moviéndose en Tokyo. Por ejemplo está la web para comprar gafas por internet que te mandan unas cuantas a casa gratis para que te las pruebes y te quedes con la que quieras o las devuelvas todas sin compromiso, otra super popular que ofrece servicios para que triunfes en las redes sociales desde crearte una portada chula para tu facebook hasta logotipos o avatares con la caricatura de tu cara o les mandas fotos y se encargan de ir posteándolas a las horas que les digas, otra que les dices lo que quieres comprar de Ikea y van los tíos a la tienda, lo compran y te lo mandan a casa (Ikea no deja comprar por internet, hay que ir por webos a la tienda), los que te lavan el coche a domicilio, los que te mandan una estilista que te prepara si tienes una boda en tu misma casa… de todo, es la hostia!!

Y sobretodo mola el evento “Beer & Burst” que hacen en mi empresa una vez al mes. Durante una hora los jefes de equipos cuentan lo que se ha hecho el último mes, los fallos que ha habido, lo que se quiere hacer a partir de ahora y tal. La semana del evento, nominamos (como no, por chat privado) a los de nuestro equipo que creemos que se merecen un premio y de ahí salen los tres más votados que sacan una bola de una máquina de esas de bolas que hay por aquí pero en miniatura. Dentro de la bola hay un premio que va desde una cena gratis en un restaurante de la zona, tickets para algún concierto o lo que se le ocurra a mi jefe que está bastante pirao y mola, como cuando se llevó a uno al restaurante ese que parece una iglesia de Shibuya. Después hay tarta y soplan velas los que hayan hecho años ese mes, si hubiera alguno, por cierto que el jefe también les da un sobre con un regalo que nunca abren y que siempre me ha quedado la duda de que es, ¿será dinero?, ¡a ver cuando me toca!. Y ya para acabar se llena la mesa de reuniones de repente de alcohol a cascoporrer y pizzas o sushi o lo que toque ese mes, y ahí nos tiramos un rato socializando entre nosotros. Yo como últimamente no bebo ná y tengo a Kota esperando para el ofuro me suelo pirar pronto, pero mola mucho la cosa!!

Total que no sé si me lo parece a mi o qué pero las empresas están cambiando mucho: del coñazo de papeleos interminables, burocracia, hojas excels con horas, reuniones infumables y tal se ha pasado a currelar que es lo que al final importa, en un ambiente de todo menos frío e intentando aprovecharse de las últimas tecnologías el máximo posible buscando, sobretodo, la practicidad. Sobretodo en startups y empresas de reciente creación donde los jefes suelen ser bastante jóvenes sin tantos métodos e ideas caducas heredadas. Jodé, me acuerdo de mi época de Accenture donde nos hacían meter horas a tareas de las que no habíamos ni oído hablar con tal de cuadrar la cantidad de dinero que se fijaban sangrarle al cliente sin importar demasiado si el curro se hacía en condiciones o no. Menuda farsa era aquello. ¡Juas! ¡incurre aquí que no te vean!






:flipanderer: :rascatecler: :flipanderer:



Últimamente veo mucho más la tele japonesa. Bueno mucho más… digamos que antes de vivir con Chiaki ni la encendía y ahora está puesta bastante tiempo, como es normal, no iba la chiquilla a dejar de ver la tele de su país por haberse casado con el rascayú narizón que les escribe. El caso es que hay muchos programas que no valen absolutamente para nada como esos en los que aparecen las y los ídolos de siempre comiendo a cualquier hora del día delante de las cámaras exagerando lo bueno que está eso gritando oishiiiii. Es totalmente absurdo ver a gente comiendo en la tele, me parece una gilipollez suprema sin interés alguno, sin embargo aquí es lo que sale el 90% de las veces. Jodé es que si por lo menos cocinaran o enseñaran a cocinar, pero es que salen yendo a restaurantes y zampando solo!!

Pero he descubierto también que hay humoristas acojonantes japoneses, hay algunos que no me hacen ninguna gracia, pero con otros me descojono a puñaos hasta llorar de risa a veces. Aquí hay mucho talento, no os creáis, sobretodo cuando les da por darse de hostias o tirarse colina abajo montados en triciclos y chorradas así.

Total, que he decidido empezar una nueva sección en el blog recopilando los sketches de moda. Intentaré traducir los que estén en japonés de alguna manera para que nos cosquemos todos y de paso molaría que me dijeseis si os hacen o no gracia, porque igual es que me estoy volviendo yo ya medio osakense y no me he enterao, que todo puede ser porque hago reverencias hasta debajo de la ducha.

Ahí va el primero, que además no necesita traducción. Se trata de una pareja de humoristas llamada “Bambino” que se han hecho famosos por el sketch de la danza de la caza. Lo que cantan no es japonés, es idioma “nativo” inventado. Por alguna razón me recuerdan a nuestros Tricicle:





En pleno dolor de oídos, mientras se abrían las puertas de aquel ascensor, yo estaba ya totalmente convencido de que había conseguido el trabajo. Bajaba de la cuarta y última entrevista de la planta treinta y siete de uno de los nuevos rascacielos más emblemáticos de Tokio, justo justo treinta y seis pisos por encima de donde celebré mi boda con Chiaki, dato que no viene al caso, pero que yo no dejaba de creer que tenía algo que ver con destinos, karmas y cuentos del estilo.

Bromeé para mis adentros con la idea de que saludaría al guardia de seguridad todos los días al entrar y que quizás le preguntaría por los exámenes de la universidad de su hijo o algo así, rollo película americana. Vamos, que me veía ya en faena y me estaba gustando la idea de acostumbrarme a aquello, sobretodo si aceptaban el sueldo que les pedí… todo iba a cambiar. Todo iba a cambiar pero mucho: el dinero no da la felicidad, me considero un ejemplo andante de ello, pero no te creas que no iba a mejorar la cosa ni nada con casi el doble del sueldo. La de pieles que tenía ya apalabradas y todavía no le había visto al oso el flequillo ni de pasada.

Eché el curriculum por echar. Mirando atrás, la gran mayoría de cambios drásticos de mi vida empezaron así: por probar, como por probar empecé a hacer Karate o me cogieron para venir a Tokio después de aquella entrevista en Vitoria a la que fui más por darme un paseo con mi amigo Dani con el coche de mis padres que otro poco.

Y me llamaron y allí me planté sin esperanza alguna. Fui por ir, siguiendo con el concepto. Tampoco llevé traje. Me niego a llevar traje a las entrevistas ya, me parece absurdo. Tampoco voy hecho un Adán, que me meto la camisa por dentro y hasta llevo zapatos, pero de farsas está uno sobreactuado desde hace muchas escenas. Bastante con que finjo saber mucho más japonés del que sé. Aunque doy el pego porque ya les tengo calados y sé interpretar la farándula como nadie: ni sé los “hais” que llegaré a decir sin tener ni idea de a qué estoy asistiendo, la clave está en no sobreexplicarse demasiado porque el asunto en idioma ajeno se lía y no se sale de ahí ni con calzador. Ser conciso, contar bien lo que se sabe bien y negar directamente lo que no sin excusas. Si la frase acaba en ne y no es una pregunta, asiente. Si es una pregunta y no la entiendes, dilo y te la repetirán sin tanto gozaimasu de por medio.

El caso es que fue bien. Por alguna razón y salvo dos excepciones que no olvido, suelo caer bien en las entrevistas aquí consiga o no el trabajo. Mi curriculum es original, tiene un diseño cuanto menos curioso, cuento cosas de manera desenfadada al más puro estilo Toscano: trato de ser diferente para bien o para mal y al final siempre suele haber un rato para hablar de mi hijo Kota, del libro aquel que escribí o de Karate. Si una empresa desecha mi curriculum por el tono o por la forma, entonces es que no me interesa a mi tampoco estar ahí.

Quizás estoy totalmente engañado conmigo mismo, pero a aquellos dos chavales les debí caer bien porque me llamaron para una segunda entrevista en el mismo piso 37 del mismo rascacielos.

Ahí es cuando vi que igual es que si que había alguna oportunidad: lo que yo hago ahora es justo lo que pedían ellos y quitando algún punto del que no había ni oído hablar, estoy convencido de que sabría hacer el trabajo en condiciones en poco tiempo y que sabría convencerles a ellos. Me ilusioné. Me ilusioné y decidí coger su página web y hacer una versión propia: le añadí movimiento aquí y allá, adapté el diseño y con una url apuntada en los márgenes de la primera hoja de la copia del curriculum que llevo siempre a las entrevistas, me presenté a aquella segunda pantomima.

Hablamos más o menos de lo mismo, me contaron algo más de la estructura de su equipo y yo les conté un poco más de un par de proyectos que les interesaban por este o aquel motivo. En el momento oportuno apoyé mi idea de que hoy en día a ciertos niveles es más decisivo el interface de una web que como esté hecha por detrás, que el mundo del diseño gráfico, de las interfaces de usuario va al triple de velocidad que el de los lenguajes de servidor, que aparecen tres frameworks javascript por cada nueva versión de Java o Rails, por ejemplo. Decía que apoyé mi idea con la web que les hice y parece que les gustó, incluso llamaron a dos de su equipo para que lo viesen. Dejé que la toqueteasen hasta que descubrieron todos los pequeños detalles que decidí poner en práctica dos horas al día durante la semana que tuve de tiempo entre entrevistas sacrificando los libros de japonés en el Doutor de enfrente.

El dolor de oídos era una constante siempre al salir de aquel endiabladamente rápido ascensor, aunque ese día el guardia era otro… me aprendería encantado los nombres de sus hijos también.

Me mandaron un mensaje al día siguiente donde me decían que fuese ese mismo día, que como “Diaz-san es el tipo de persona que hace todo rápido y con iniciativa, habríamos pensado que quizás podría venir hoy mismo”. Ya me veía en el Uniqlo de al lado de mi trabajo comprándome un pantalón y una camisa, cambiándome en el baño y tirando para allá como ya hice otra vez antes, pero resultó que tenía otro compromiso que no pude cancelar y quedé al día siguiente. Aquel mensaje tenía una pinta increíble, el sueño se acabó de desatar, a no ser que me sacase tres mocos delante del entrevistador o me diese por guiñar el ojo moviendo la cabeza a los lados impulsivamente, aquello parecía estar hecho. La empresa además era una de tantas startups que habían tenido mucho éxito y que estaba creciendo a más ritmo del que personas conseguían reclutar. Todavía no estaba tan asentada como para tener un estúpido y tedioso proceso de selección basado en tests online y absurdas preguntas totalmente irrelevantes para el trabajo como algoritmos de búsqueda, complejidades O(n) y árboles binarios.

En aquella tercera ocasión llevé una lista de puntos que mejoraría de su aplicación de iOS y como el entrevistador era distinto, también hubo un rato para hablar de la versión de su web que hice la semana anterior. Resultó ser el jefe de la empresa que interpretó a la perfección su papel con un tono serio y poco margen del que salirse del guión, pero no me dejó salir sin que hablásemos ya de dinero y de cuando podría empezar a tener dolor de oídos un par de veces al día.

La última entrevista fue con el jefe de equipo: un tipo afable que me trataba como si ya estuviese dentro contándome cosas como que tenía parking para la bici, que podría elegir si quería sentarme en una bola de pilates de esas en vez de una silla y que el café era gratis, pero que si no me gustaba, había una máquina de bebidas que funcionaba sin dinero al final del pasillo. Recuerdo que mencionó algo de que aprendería castellano y todo.

Aquello estaba más hecho que nunca. Vamos, no me jodas.

Por eso me quedé sin habla cuando recibí el email, sin ninguna explicación, de que gracias por intentarlo pero no. El email decía en dos frases en keigo que me pinchaban el globo, que me rompían la guitarra, que aquello no iba a más, que ahí te las compongas con tus ilusiones y sueños.

Juro que pensaba que estaba ya dentro, que tenía ya muchos planes pensados demasiado al milímetro, que estaba ya sintiendo como mi vida daba un vuelco de nuevo, que me veía ya en mi último día antes de jubilarme llevándome la caja de cartón con las fotos de Chiaki, Kota y sus dos o tres hermanos de aquel piso treinta y siete desde el que se veía, como el que no quiere la cosa, la Tokyo Tower desde arriba, el monte Fuji y la Sky Tree en el otro lado del mismo inmenso ventanal.

Dos semanas después, totalmente resignado, les volví a escribir porque me podía la curiosidad: necesitaba saber la razón. “Pides mucho dinero”, me dijeron. Sabía que era mucho pero aún así seguía siendo bastante menos del máximo que ponían en su oferta y pensé que siempre habría tiempo para negociar. Pero fue decisivo y no pareció gustarles, no supe valorar la importancia que aquella cifra dicha prácticamente al azar iba a tener a la hora de inclinar la balanza que no dejó de asomarse a mi vera en todo momento.

Quemé mi último cartucho escribiéndoles que siempre podríamos llegar a un acuerdo, que si ellos estaban interesados en mi, podríamos hablar del asunto porque a mi me interesaba mucho su empresa y cuatro o cinco puntos más con el mismo aire, tufo diría ahora, a desesperación.

“El puesto está ya cubierto” me contestaron. Comprobé que era mentira, desinstalé su aplicación del iPhone, abrí la web de empleo y eché siete curriculums más en siete empresas distintas.

Así a lo despecho.

Mecagüen la puta, qué cerca estuve.






Aquí sigo, no os penséis. Y sigo sin parar, tampoco os penséis. El día que me quede sentado en el sofá se le irá el amarillo al sol o algo, menudo trote llevo.

Mayormente mis días se centran primero en Kota y luego en hacer juegos malabares para exprimirle tres o cuatro horas a las mañanas y poder decir, orgulloso, que hoy también he sido capaz de darle tres bufidos de carrillo lleno a las gaitas que ando soplando últimamente.

Antes la cosa era distinta, claro. Me permitía llegar muy tarde después de Karate a una casa donde a nadie le importaba un carajo cuando o si llegaba, y allí me ponía a darle a las teclas recalentando lo que quedase más a mano de la caja en el combini de al lado de Correos. Escribía mucho: a veces correos a los pocos amigos que todavía no me habían dejado de contestar y la mayoría de las veces entradas en este blog. La motivación era la misma: en apariencia tratar de dibujarle a quien quisiese mirar, el cuadro de mis días; lo sentido por lo vivido. Pero en realidad resulta que aquello era la mejor manera que encontré de barrer la hojarasca de sensaciones que se empeñaban en amontonarse entre mis duermevelas.

Total, que escribir requiere pensar. Y resultó bueno acabar los días pensando en lo que uno sintió desde la primera legaña hasta que va acercándose el último bostezo.

Ahora la rutina es distinta y ese momento se ha perdido. Bueno, no en realidad, cuando por fin Kota decide empezar a soñar con revalidar al día siguiente el record de velocidad por el pasillo modalidad pañal, Chiaki y yo nos contamos el uno al otro los ratos que valieron la pena, haciendo que ese sea de los que más lo hagan del día.

Pero la cosa empieza mucho antes: tengo puesto el reloj a las cinco de la mañana. La mayoría de las veces consigo levantarme, si no puede ser, se retrasa el asunto una hora como mucho, así que bien a las 6 o a las 7 de la mañana ya voy camino de la oficina en bici. Últimamente tardo poco más de cuarenta minutos, asi que normalmente antes de las siete ya tengo la bici aparcada en Gotanda y ya me estoy pidiendo el desayuno, sin tomate, en el Doutor, la cafetería que queda justo enfrente de mi trabajo.

Allí me suelo tirar unas dos horas y media egoista y exclusivamente a lo mío: estudiar japonés y hacer webs por mi cuenta para tratar de ahorrar un poco más de dinero a la vez que aumento mi portafolio y de paso aprendo cosas nuevas que me interesan para progresar en este loco mundo del rascatecleo donde el lenguaje de programación que dominas probablemente sea del que se descojonarán más la semana que viene cuando le de la ventolada al Google o al Apple de turno y vuelva a poner patas arriba este circo. Estoy haciendo ahora, por cierto, la web oficial de la SKIF, la asociación de Karate que fundó Hirokazu Kanazawa, seguro que me habéis oido hablar de ella más veces. Inmenso honor, por cierto, que pensaran en mi.

Encima, gracias a una de las cenas-reunión con los senseis en las que hablamos de la web, me enteré que existe un dojo mucho más cerca de mi casa, así que he vuelto a entrenar mucho más asiduamente sin sacrificar la noche en el tren. Ahora cuando vuelvo de entrenar, todavía sobra tiempo para bañar a Kota y cenar los tres juntos. Me estaba torturando tener que elegir entre pegar patadas o ver a los míos despiertos aunque solo fuese un día a la semana, de momento perdían mis pies contra el corazón por goleada: por muy bien que saliese aquel mawashi gueri, no haber visto a mi hijo dar voces hacía que el día acabase en blanco y negro al máximo de contraste.

Hay que hacer, hay que intentar. Intentar hasta que las piezas encajen o las hagamos encajar desgastándolas de tanto darles vueltas. A veces es fácil, otras no es tan obvio, pero si no haces, si no intentas, si te rindes, no habrá piezas que te vayan a valer nunca.

A eso de las diez entro ya a trabajar. Mi horario es flexible: son ocho horas con una para comer, así que a las siete ya estaré en la calle. Hoy que tengo una entrevista de trabajo, he entrado a las nueve con lo que a las seis ya estaré camino de la tremenda farsa que es venderse uno mismo frente a un tío que pretenderá juzgarte en una hora. Ando ojo avizor siempre a nuevas oportunidades de trabajo que quizás mejoren mis condiciones actuales. No me quejo en absoluto, pero sé que ahora el mercado aquí nos es favorable a los que sabemos Rails y flirteamos con el diseño, así que si gano un poco más que nos permita viajar a España más a menudo con Kota, pues eso que nos llevaremos todos.

Voy a un gimnasio que hay también enfrente de mi oficina. Es un gimnasio de crossfit, de esos de pegar botes durante treinta segundos y descansar diez durante media hora. Allí voy a los mediodías, normalmente a la clase que empieza a las 12:15, después me bebo un smoothie de estos que me traigo de casa en un bote con tapa, me zampo un par de sandwhiches u onigiris y a currar ya de un tirón hasta la hora de salir. Al gimnasio voy todos los días menos los miércoles que cierran. Un smoothie no es más que meter cachos de fruta y todas las movidas raras que se encuentren por casa en una batidora y darle cera, lo que pasa es que si pongo batido queda más soso y como hacía bastante que no escribía un post, quería que molase un poco más.

Al salir volvemos a coger la bici. Hoy me pasaré por Shibuya a la entrevista de trabajo, pero lo normal es que vaya directo a casa. Aviso cuando salgo y Chiaki prepara la bañera para que nada más llegar no quede otra que meternos allí Kota y yo a remojar las churras a pachas. Es nuestro ratico. Yo pongo música, normalmente canciones de mi infancia como Willy Fog o los tres mosqueperros, cosas así que me hace ilusión que conozca, y le hablo, le hablo mucho en castellano, claro. Le cuento cosas de mi familia, de mis padres y hermanos y también le hago muchas preguntas aunque no contesta a ninguna. El parece que pasa de mi, bastante trabajo tiene con salpicar todo lo que puede, pero el otro día señaló una foto de mi hermano y gritó “Javi”. Vale la pena. En su mente ahora mismo hay mil palabras sin sentido que de repente se ordenarán todas a la vez y se acordará de mucho de lo que ya le he contado. Estoy seguro.

Cuando llamo al timbre que hay en el baño, a Chiaki le suena una pequeña alarma en la cocina y viene a buscarle con una toalla. Poco pasa hasta que estamos ya cenando nosotros dos mientras Kota ronda a nuestro alrededor. El ya ha cenado, pero ahí anda a ver si le cae algo: como buen bilbaíno tiene un saque de la hostia, pues. Después estamos un rato jugando con él hasta que suele caerse rendido en brazos de Chiaki y pasa entonces lo que he contado casi al principio: nos ponemos en el día del otro: que si los preparativos de la guardería, que si ya va tocando ir un fin de semana por ahí con él de viaje fuera de Tokyo, que si quiero el Apple Watch, que si primero una bici para llevar a Kota… allí inmersos en una cada vez más escasa calma, hablando bajito, nos intercambiamos los trucos y los secretos del arte de ir meciéndose por las horas.

En algún momento, normalmente más pronto que tarde, nos tumbamos al lado de Kota. A las cinco o quizás a las seis todo vuelve a empezar. Algunos sueños estarán más cerca, otros se alejarán sin remedio. La mayoría se seguirán dejando soñar entre almohadas, pedales, records del runkeeper, instagrams de sakuras, pañales, chupetes, unfollows, ohayos, oficinas, otsukaresamas, mails, pesas rusas, lines, whatsapps, flexiones, karategis, ordenadores, sentadillas, onigiris y todas las historias y besos que me quepan en los bolsillos para compartir, susurro a susurro, con mi colega del turno de noche, el que va de salvaguardar todos y cada uno de los ronquidos de nuestro hijo.



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