El blog sobre Japón de un tío que SI está en Japón!!

Aquella mañana, como todas desde hace casi nueve meses, nos despertamos ya apenas sobresaltados por los llantos de Kota. Llora haciendo mucho ruido, asegurándose, quizás, de que no está solo y al confirmarlo en brazos de uno de los dos, entonces ya si, ya se calla. O no, dependerá del día. Pero lo que es seguro es que no se vuelve a dormir porque para él ya es hora de empezar su rutina, de hacer sus cosas, esas que se toma tan a pecho, que son tan importantes como gesticular sin sentido alguno o gatear a toda velocidad hacia allá riendo o llorando para volver de nuevo acá llorando o riendo. A veces juraría haberle visto hacer ambas a la vez.

Todo mecido al vaivén de sus destiempos.

Ya habla, ya dice mamá y papá aunque no creo yo que sepa lo que significa. Ayer su madre era la planta del salón y su padre Messi que salía en la tele; raro es que Chiaki no se llame papápa, con acento en la segunda a, veinte veces al día. Eso que se lleva, al menos, porque a mi últimamente me llama intercalando “tás” y algo parecido a pedorretas.

Nuestros fines de semana, bueno, nuestros fines de semana… en realidad toda nuestra vida, todo, absolutamente todo gira en torno a lo que a Kota le de por hacer en cada momento. Es nuestro hijo, un bebé de tres veces tres meses que no puede hacer nada de lo aburrido por sí mismo, porque reír, ya te digo yo que se ríe él solito. Pero eso tan aburrido de comer e incluso dormir por su cuenta no lo lleva muy allá. Ahí si, ahí ya tenemos que meter baza nosotros; nunca he logrado entender porque cuando tiene sueño en vez de dormirse sin más, le da por llorar. Sería curioso que nosotros los adultos hiciésemos lo mismo. Hasta, sniff, buaaaaaaaa, hasta mañana, buaaaaaa… y así hasta que alguien nos coja en brazos haciendo de sponsor de nuestros sueños y pesadillas.

El fin de semana pasado fuimos como siempre que no llueve a dar una vuelta. Si podemos evitarlo no cogemos el tren, preferimos darnos nuestros paseos cerca de la estación y ya vamos descubriendo los restaurantes de la zona, de nuestra zona. Aquí va a crecer Kota, de casualidad, de rebote porque lo elegimos nosotros más o menos a voleo como mis padres eligieron Zalla en su día: ellos porque había un buen trabajo cerca, porque coincidió que se podía comprar un piso, nosotros porque fue el mejor lugar de los cuatro o cinco que visitamos a contrarreloj antes de que Chiaki diese a luz. Espero no habernos equivocado y que a Kota le guste Sengawa tanto como a mi Zalla, con que lo eche de menos la mitad cuando se vaya, yo ya me doy por satisfecho.

Y en esta zona, ya nuestra zona, nos vamos haciendo hueco: concretamente nuestro hueco, el de los dos; el de los tres.

En Tokyo cada estación es algo así como una ciudad independiente, sentimiento que se acentúa y diría que hasta se transmuta en pueblo cuanto más lejos se encuentre uno de barrios del centro como Shibuya o Shinjuku. Esto en Sengawa significa que siempre que va uno al mismo restaurante, está siempre el mismo cocinero aunque a veces se turnen los camareros, que el cartero que te trae los paquetes a casa tenga que ser o el de gafas o el calvo y que el guardia de seguridad del centro comercial salude a Kota todas las veces que pasamos por delante. Es una sensación amable, humana, quizás entrañable la de conocernos entre nosotros, la de que haya cierta estabilidad y coherencia dentro del disparate que es esta ciudad donde hay tanta gente que a veces es difícil no sentir diferentes niveles desde turbación hasta miedo cuando uno camina por el centro.

Aquel día volvimos al restaurante de Soba los tres, el que queda al lado de la única tienda de chucherías que conozco de todo Tokyo. Yo me pedí, por primera vez, un curry udón. Al de dos o tres sorbidas de fideos, Kota ya se tenía ganada a la señora de enfrente. Era mayor, aunque no demasiado; no tenía apenas arrugas, yo apostaría por que tuviese cinco años más de los que yo pensé, así que échale que diez por cinco cincuenta. No paraba de hacerle cucamonas a Kota, concretamente aquella de taparse la cara con las dos manos y después destaparse de repente con algo parecido a un “güaa” y Kota, que no se suele aburrir nunca, no paraba de descojonarse a carcajada limpia cada vez. Una, en concreto, fue muy escandalosa y me pilló a mitad con lo que a poco más se me sale medio fideo por la nariz del susto. Y de reír, claro, porque no puedo evitar hacer lo mismo que hace mi hijo la mayoría de las veces.

La señora pasó por nuestro lado con la cuenta en la mano dispuesta a pagar, pero se paró y estuvo un rato hablando con nosotros de lo que se suele terciar: la edad, de donde es el padre, si habla ya o tiene dientes… y acabó, como casi siempre pasa también, con un “qué ojos tan grandes tiene, cómo se nota que es half”. Es curioso esto de half; es evidente que no tiene ningún matiz despectivo, al contrario, pero me sigue sorprendiendo la facilidad con la que un desconocido se cruza contigo, le pega un codazo al que tiene al lado y le dice a gritos: “mira, un half!!, me kurikuri!!”. No me molesta, porque es cierto: mi hijo es mitad de Saitama y mitad de las Encartaciones, pero no me acaban de gustar las etiquetas. Aunque al fin y al cabo si a Kota le da igual, da igual. Y a Kota le suele dar todo igual, cucamonas mediante.

Hicimos después la ronda de costumbre por entre un GAP, un Uniqlo, la cafetería de los pancakes y la tetería de la anciana de casi la esquina y finalmente acabamos comprándole, de nuevo, un crepe al chico que tiene el mini autobús aparcado al lado del supermercado del centro.

- ¿Qué?, ¿dando un paseete? anda que no hace hoy bueno ni nada
- Pues si pero menudo caloraco
- Por cierto, que no os lo he dicho, pero que van a restaurar el edificio y me echan de aquí, que con los andamios no cabe la furgoneta.
- ¿Eh!!!? ¿Qué dices?, eso no puede ser, ¿y nuestro crepe de los sábados por la tarde? ¿y qué vamos a hacer?
- Jajaja, pues tendréis que veniros al oeste de Tokyo que es donde seguramente me vaya, que esto me pilla bastante lejos de casa
- Mecagüen la mar salada. Kota, a ti ni te ha dado tiempo a probarlos
- Mirad, hacemos una cosa, como voy a estar todavía por aquí un par de semanas más y todavía no lo sé seguro, pasaros antes de nuevo y os confirmo donde estaré. No hace falta que vayáis hasta allí porque ya os digo que a menos de una hora de aquí no voy a estar, pero cuando Kota crezca llevádmele aunque sea un día, que le hago uno especial, y a vosotros también que os voy a echar de menos.

Allí, en ese preciso momento es cuando me di cuenta. El señor de la crepería con el que trabamos amistad a base de pequeñas charletas entre bolas de helado y trocitos de chocolate, nos contó que se iba de allí y de repente sentí pena por alguien que no conocía en absoluto unos meses antes. De repente fui consciente de que había comprado una casa donde iba a vivir quizás lo que me quedase de vida, que allí en mi nuevo “pueblo” ya había hecho ciertas amistades, que tenía mis hábitos, mis lugares.

Que no había hecho sino empezar a echar raíces.

“Por fin” pensé. Y me sorprendí, y mucho, de haberlo hecho.





Hacía un frío que pelaba cuando se hizo este programa, jajaja, jodo que biruji y que perrenque, que me acuerdo que salí de casa y tres o cuatro veces pensé en darme la vuelta, meterme en la bañera y mandar a tomar cuscús al mundo. Pero como soy un tipo decente y me tocaba a mi llevar el pan, pues cumplí como mandan los cánones. En fin, total, que resulta que los de la tele querían venirse a grabar una clase de cocina de las que damos y nosotros ¿pues como íbamos a estar?, encantados de la vida lerela. Encima es que siempre que nos juntamos aquí el tío Chiqui, el primo Lorco y un servidor nos echamos unas risas bonicas del tó, así que tampoco es que ese día hiciésemos nada especial: solo lo de siempre, que no es poco.

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El sitio si que era diferente, el restaurante Gaudí de Yoyogi nos prestó las instalaciones durante casi una mañana entera, gesto que nunca agradeceremos lo suficiente. Y allí pues nos dedicamos a lo nuestro: hacer que todo el mundo esté a gusto, que disfrute, que se rían y se lo pasen lo mejor posible a la vez que aprenden a cocinar algún que otro plato de los nuestros. Aquella vez no nos complicamos demasiado y tiramos por el camino del medio: una tortilla de patatas de las de toda la vida, de las que mi madre prepara mejor que cualquiera de las vuestras y seguramente la vuestra mejor que cualquiera de las otras madres del mundo.

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Y después Misaki, nuestra estrella invitada, que además es un amigo de los que da gustete ver porque en la vida le he visto yo sin llevar puesta la cara esa de majete que tiene, jodé que tío más simpático que siempre dispuesto a todo, y mira que le liamos, ¿eh?. Bueno, que se me va y se me va y algún día no me volverá. Que el caso es que Misaki después nos cocinó allí mismo su creación estrella con la que ganó un concurso de cocina española en Tokio, el pintxo fusión por escelencia: Takoyaki de tortilla de patatas.



Fíjate lo que son las cosas que comentando la jugada con el Chiqui coincidimos en lo mismo: si es que lo que se ve es como es, como son las clases, ha salido un programa totalmente fiel a la realidad: la gente riéndose, cocinando y disfrutando casi casi tanto como nosotros… ni la bota del Guille faltó!!…

Si si, tenéis razón, que me emociono y le doy a la lengua cosa fina!! mejor me callo ya y pongo el cacho del programa en el que salimos nosotros, ojo mamá que salgo en la tele!!!




El programa entero se puede ver aquí:



Ah! y gracias a los de la tele!! por supuesto!!


:ikugracias: :ungusto: :ikugracias:
:triki:




Más de mil descargas del #ikulibro !! mola el asunto, ojalá que de tanta gente que se lo ha bajado se lo lean la mitad, yo ya me conformaría, eh!?!?!. Por cierto, que como me han dicho unos cuantos, ahí he puesto un enlace a la derecha para que me invitéis a una cerveza si os ha gustado! a vuestra salud me la enchufo!

:gambiters:

Bueno, total pascual, que venía yo a hablar de las hojas de Ikea. El caso es que no me acababa yo de decidir por la oferta de trabajo que me hicieron en la empresa en la que estoy ahora y mi jefe me mandaba emails para tratar de acabar de convencerme. Entre otras cosas, me dijo que tenía un presupuesto de 300.000 yenes para comprarme el equipo que me diese la gana para trabajar: ordenador, pantalla, cualquier gadget que se me antojase… siempre que entrase dentro del presupuesto, cualquier cosa. No fue lo que me acabó de decidir, pero si que me pareció que una empresa que hace eso tiene pintas de ser un sitio salao.

El primer día, nada más llegar, me contaron en una sala lo típico que te cuentan en tu primer día de horarios, normas y demás historiejas y al entrar a la oficina vi que la mitad de los programadores tenían una pedazo de hojaca verde puesta encima de su mesa. No era la primera vez que la veía, en un par de empresas donde hice entrevistas ya lo estaban usando también. Es un trastaco aparatoso que llama la atención y cuando me puse a montar mi equipo, me dijeron que si quería una. Jaja, estaba deseando!!

Así quedó mi escritorio:


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La hoja en cuestión es de Ikea y se supone que es para decorar habitaciones infantiles, en concreto la cama:



Pero por aquí parece que se ha puesto de moda y se ha reciclado el asunto convirtiéndose en un parasol que evita los reflejos de las fluorescentes y tal y como lo veo yo le da un toque muy muy cachondo a la oficina!!


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Ya el paso siguiente es la tienda de campaña, “the concentration spot” que pusieron ahí para que un tío se aísle ya completamente de la oficina y pueda currar a gusto:


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Yo ahí todavía no me he atrevido a entrar porque si me meto, no salgo en dos horas de la pedazo de siesta que me echo!!

:sobader:




Dicen, muchos de los que lo han leído, que se han emocionado, que les he hecho llorar y yo me acuerdo de todas las lágrimas vertidas escribiéndolo. Me cuentan que se identifican conmigo, que han vivido a su manera alguna de las historias que viví yo, que aunque el escenario y los personajes son distintos, sintieron lo mismo en otros lugares con otras personas. Y que me entienden, dicen.

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A veces alguien me pide que se lo firme y yo, que nunca acabo de acostumbrarme, lo hago honradísimo. Escribo siempre algo, un párrafo o dos que expresen mi gratitud hacia el nuevo dueño de mis palabras y mis fotos, que cuenten un poco lo que significa para mi que tengan ese libro, mi libro, en sus estanterías. Y siempre suelo acabar con un “ojalá te guste”. Porque nada me gustaría a mi más.


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Otros me dan las gracias porque, según ellos, les he ayudado a darse cuenta de lo que les importa y lo que no debería importarles, pero yo nunca pretendí dar ninguna lección, ¿cómo lo iba a hacer si todavía estoy intentando entenderme yo? ¿si no sé por donde me da el aire la mitad de las veces?, ¿si me arrepiento de muchas decisiones al minuto de haberlas tomado?


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Yo solo quiero ser feliz, ¿es pretencioso?, ¿es difícil?, quizás. Seguramente uno no sea feliz siempre, sino por etapas, pero me da a mi que la felicidad pasa por estar satisfecho de uno mismo estemos como estemos. Yo quiero que los míos me perdonen cuando les fallo, que me entiendan, que me quieran. Quiero no defraudar a nadie empezando por mi mismo, quiero poder reír cada día de mi vida y quizás con ello conseguir que alguien más lo haga.

Y sé, porque es adrede, que en ese libro se cuentan muchas cosas que no están escritas. Hay mucho más que letras y fotos: hay tantos besos escondidos que no cabrían ni en mil páginas, casi tantos como llantos de tristeza aliñados de tanta melancolía… pero tanta tanta… sigo echando de menos a los míos más que el primer día. Ojalá estuviésemos más cerca, ojalá Kota os conociese más…

Pero, sin duda alguna, el libro también rezuma honrosa felicidad ganada a pulso entre lágrimas, ilusiones, amores, rabia a rabiar, alegrías sinceras, enfados horrorosos y sobretodo y antetodo: mil millones de dosis de optimismo.


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El sueño ya no suena raro, no está borroso, se ve bien, ya casi no le queda herrumbre y brilla como nunca. El sueño está más que afinado.

Ojalá os guste.


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Compartidlo mucho, por favor, por todos los lados: twitter, facebook, torrents… Y si alguien quiere tener un ejemplar en papel, todavía quedan algunos que se pueden pedir a través de la web. Yo os digo que no tiene absolutamente nada que ver con leerlo en una fría pantalla…

Ikulibro

Y una vez más: gracias a todos los que lo hicisteis realidad.

Y a Fran.

De corazón.



A ella no le gustaban las cosas a medias, tenía bien claro lo que quería y sobretodo lo que no le gustaba un pelo y eso de estar por no saber no estar no lo llevaba bien en absoluto. Quería más. Odiaba que nos “divorciásemos entre semana” como le escuché tantas veces reprocharme, ella lo que quería es que viviésemos juntos y recopilaba en cada despertar entre café, tostadas y ropa interior cuantos amaneceres quedaban ese fin de semana: “mañana ya es el último”, “pasado te levantarás solo”…

Yo no tenía nada claro. Pero nada de nada. Sabía que me gustaba estar con ella, pero no siempre. No me gustaba la idea de que los viernes por la noche, después de Karate, ella estuviese ya esperándome en casa con la cena hecha como si no nos acabásemos de conocer apenas un par de meses antes, como si estuviésemos casados. Me arrepentí una y mil veces de darle una llave y, siendo sinceros, hubiese querido verla bastante más de vez en cuando que no todos los fines de semana por ley.

Siempre tenía planes calculados al milímetro: “el sábado por la mañana madrugamos y nos vamos a este parque que hay una exhibición de ikebana, después comemos en este restaurante que salió el otro día en la televisión, quizás haya que hacer cola, pero seguro que merece la pena, después por la tarde nos pasamos por aquí y cenamos en tal sitio…”. Yo me dejaba llevar y reconozco que me lo pasaba muy bien pero no compartía ni la mitad de su ilusión, yo quería estar solo a veces porque quería sentir que seguía siendo yo: quería dar paseos pero de la mano de la cámara de fotos, comer cualquier porquería del combini y puede que salir a correr a las tantas de la noche o prepararme una bonita resaca con latas de cervezas, patatas fritas y capítulos de Los Simpsons en castellano porque Homer en inglés o japonés nunca hará la misma gracia.

Pero la cosa era así: ella tenía todos los fines de semana planeados, siempre. Cuando en pleno agosto habló de la cena de nochebuena, algo tembló por dentro y supe que aquello no estaba bien, que debía hacer algo a pesar de que era injusto que dañase sus esperanzas, su confianza, ese puñado tan grande de anhelos que fraguaba con tanta ilusión. Pero era su dignidad, su bienestar contra el mío y yo dejé de tenerlas todas conmigo unas cuantas auroras antes. Así que le conté mis planes de despertarme a veces solo y no hacer nada, de paseos inventados a última hora con la única compañía de miles de extraños alrededor, de dejarme guiar por el tamaño despropósito de la improvisación pasándole el timón de algún que otro domingo al azar más absoluto. Pero solo yo. No siempre, de vez en cuando me valía. Creo.

Ella lloró. Se levantó y se fue al baño y continuó llorando un rato largo. Yo no sabía que hacer así que solté riendas y lloré también sin saber muy bien porqué.

Cuando salió, lo primero que hizo fue pedirme perdón. Lo segundo fue decir que lo entendía, que era normal, que perdonase de nuevo por agobiarme. Y que si se podía quedar ya ese fin de semana aunque no fuésemos a ningún lado, que quería estar conmigo aunque yo quizás no quisiese estar con ella.

Esa última frase me dolió más de lo que habría pensado y me defendí como pude aunque no acababa de convencerme a mi mismo ni lo que decía ni cómo sonaba… “que no es eso, que si que quiero, es solo que a veces quisiera estar solo…”. Me cuestioné ese “a veces” muchas veces durante los días siguientes.

Y así estuvimos un mes más en el que dos fines de semana alternos fueron solo para mi hasta que ya dejamos de intentarlo y me quedé de propina con los cuatro de los meses siguientes.

Fue ella la que no aguantó; decía que era injusto que se tuviese que quedar en casa, que si yo no quería estar con ella todo el tiempo que podíamos, que entonces ella tampoco quería estar conmigo el tiempo que yo le dejase.

No le faltaba razón en absoluto.

A mi de repente me sobraba el estar demasiado conmigo mismo aunque por coherencia, y a veces a duras penas, conseguí no llamarla por teléfono ninguna de las noches en que habría vendido en fila india todos y cada uno de mis principios por despertarme acompañado una vez más.

La semana pasada, cinco años después, me mandó un mensaje con una foto en la que aparecía vestida de novia en una playa paradisiaca junto a un chico vestido con traje. Estaba más delgada, quizás su tono de piel era algo más oscuro que el que yo recordaba, aunque seguía con el pelo corto que tanto le favorecía. El estaba apoyado en la palmera que quedaba a su izquierda mientras le pasaba el otro brazo por el hombro. El la miraba a ella, y ella, que sostenía un ramo de flores con ambas manos, miraba a la cámara sonriente. A su espalda una playa que bien podría ser de Okinawa, como de Hawaii o de Bali. A mis ojos, su sonrisa destacaba bastante más que aquellas aguas medio verdes medio azules. Parecía sincera, adrede, de esas que salen solas de dentro sin que la persona quizás sea consciente de que la está luciendo.

“Me he casado”, decía, “y tenía ganas de contártelo. He visto que has tenido un hijo precioso, se parece a ti, es muy guapo. Oskar, me alegro mucho de que te vaya bien. Sé muy feliz, yo ya lo soy”.

No supe que pensar. En un primer momento me puse en guardia, como cada vez que algo de mi vida pasada de lo que no estoy orgulloso invade la actual de la que si lo estoy. Pero finalmente me emocioné y al hacerlo supe que yo también me alegraba allá adentro, en el alma. Por ella y por mi, por el falso futuro que habríamos tenido de habernos dejado llevar en vez de poner el corazón sobre la mesa aquella mañana, por la felicidad fingida con la que estaría teñida nuestra vida llena, quizás, de grosera resignación y sonrisas tan carentes de sinceridad que no se le acercarían ni de lejos a la suya de la foto.


Yo no había jugado en mi vida al Padel, pero vamos, ni de refilón, no sabía nada y aún así el Chiqui me propuso hacer todos los diseños de un evento que por lo visto iba a celebrar su segunda edición en Japón: todo un campeonato de Padel.

Lo primero que hice fue ponerme a buscar por internet a ver que era aquello, y lo que me llamó la atención fueron las raquetas. De ahí salió ya el diseño principal del cartel:

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Después me dijeron que hiciese un photocall, que no es ni más ni menos que un pedazo de cartelaco de dos por dos metros donde aparecen los patrocinadores y que se suele utilizar para sacar fotos, vídeos y para la entrega de premios. El ordenador no podía con semejante tamaño: iba a pedales, se tiraba hasta dos minutos de reloj desde que tecleaba yo algo hasta que finalmente aparecía… por no hablar de todas las veces que se me quedó tostao. Pero estoy muy contento de todo el tiempo invertido, quedó muy aparente!



También el día del evento, aparte de ayudar colocando todo el tinglado, una de mis misiones fue sacar fotos y grabar vídeos del momento. La verdad es que me lo pasé muy muy bien:



Participé en el campeonato con el Lorco y otra cosa no, pero risas nos echamos un rato. Ya me gustaría tener las pistas más cerca para irme de vez en cuando a echarme unos partidos, es mucho más divertido de lo que yo pensaba. Y si no, echadle un ojo al vídeo que monté un par de semanas después, ha quedado muy salaete!!




Pasé, como siempre con esta gente, un día muy chulo a pesar del madrugón: fotos paquí y pallá, comida, bebida, deporte… todo con un solazo del copón de la baraja… ¡¡ menuda gozada de día !!

:gustico: :gustico: :gustico: :gustico:



Llevaban ya unas cuantas semanas los carteles de お父さんの日, “el día del padre” puestos por todos los lados. En Tokio, esto de bombardear al personal con la promoción o el evento del momento es algo que se toman muy en serio. También es verdad que con tantísima gente que hay aquí, a nada que consigan un dos o tres por ciento de los potenciales clientes, ya han hecho el apaño con creces.

Yo no me había dado por aludido ni de lejos. A lo del día del padre, digo. Normal, por otra parte: llevo 37 años en el bando contrario. Todavía me acuerdo, y no es broma, de algún que otro cenicero de barro que le hice a mi canudo progenitor en la escuela de mi pueblo. Todavía sigue fumando el tío. Por cierto, qué majo es mi padre… es curioso que siempre que me vaya a acordar de él se me escape dando pedales una sonrisa de las cálidas, de esas que te transportan a tiempos que uno lleva atrincherados en el corazón y que se paladean con gusto cuando vuelven a la mente.

Los fines de semana, cambiando un poco de tema aunque no demasiado, Chiaki y yo hemos llegado a un pacto no escrito por el que uno de los dos se lleva a Kota al salón cuando se despierta y así le deja al otro dormir en paz hasta la hora que sea. El mío, Chiaki mediante, es el único día de la semana en que me levanto más tarde de las siete de la mañana, que se dice pronto.

Así que cuando Kota decidió finiquitar, a pleno pulmón, lo que fuera que fuese que estuviese soñando, o mini-soñando, yo le cogí en brazos y me lo llevé al sofá del salón como me tocaba porque el sábado había sido yo el que disfrutó del privilegio e inmenso gustazo que es dormir a plena legaña sin sobresaltos. Eran poco menos que las siete de la mañana. Me tumbé en el suelo junto a Kota y me puse a echar carreras a gatas con él. Virgen santa cuanta energía tiene, ya puedo espabilar si quiero estar a la altura de sus catorce o quince años a mis cincuenta y tantos. Siempre le digo a Chiaki que tenemos que subir el Fuji los dos juntos (ella dice que nos espera en la bañera del ryokan), y por estas que se ha de cumplir.

Y mientras nos peleábamos por ver quien se quedaba con el peluche de Totoro, la madre de mi hijo apareció por la puerta apenas diez o quince minutos más tarde.

Que guapa es. Cuando aparece así con los ojos tan cerrados… con esa cara de estar tan dormida que todavía no queda claro si es el intermedio o ha llegado al final, yo me la comería enterita. En lugar de eso le di un beso, de los gordos eso si, y extrañado le pregunté si no tenía sueño aunque era evidente que tenía muchísimo. “Chotto matte”, “espera un poco” fue su respuesta y se metió en el cuarto ese que tenemos lleno de trastos, pero que me resisto a llamar trastero.

Cuando volvió me dio un regalo, sin yo entender todavía nada, cogió a Kota en brazos y me dijo: “Felicidades papá”.

Todos los cabos se entreataron solos de repente y además se enredaron entre sí. Era el día del padre y allí estaba mi hijo y su madre con unas legañas como puños, si, pero una sonrisa que se las comía. “Ábrelo y te cuento”.

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“Me ha costado mucho, pero quería levantarme antes de que te hicieses el café y así la pudieses estrenar hoy mismo”, va y me dice ya un poco más despierta. Y yo paseo mi mirada entre la suya y la de Kota, y me pongo a llorar con la taza en la mano, y Kota se emociona con el ruido y se pone a pegar gritos y nos acabamos riendo los tres.

El café resultó estar bien cargado, de sorpresa, de emoción y sobretodo de felicidad. Amargo, como siempre, pero dulce como nunca.

No tengo planes, porque no había caído en que ahora estoy en el otro lado de la raya, pero se improvisan pronto: nos vamos a un restaurante con menús degustación de lujo que hay no demasiado lejos de casa. Pero Kota decide tener el día torcido y no nos deja comer en paz, aunque hace tiempo que no nos agobiamos: si yo le tengo en brazos, Chiaki me corta el filete para que la mano que a veces me deja Kota libre sea suficiente para seguir meneando el bigote. Si ella acaba antes, nos turnamos y finalmente llegamos a los postres de una u otra manera. En esta ocasión Kota eligió la otra manera y prácticamente no dejó de llorar ni cuando nos trajeron el café, que fue cuando ya decidí salir fuera para no molestar más al resto de comensales.

En la calle le costó, pero finalmente se durmió y cuando salió Chiaki alargamos un poco más el día que ya pasaba del medio hasta que llegamos a los tres cuartos dando un paseo.

- Muchas gracias por todo, Chiaki. Yo ni me había acordado, es más, seguro que el día de la madre también ha sido y yo no he reaccionado
- Pues si, pero no pasa nada, yo me he acordado de milagro
- Pero el madrugón te lo has dado, muchas gracias también
- Si si gracias, tengo comodín!
- Jaja, por supuesto

Llegamos ya a casa, me meto en la bañera con Kota, como cada noche, y cuando acabamos de cenar, con más calma esta vez, le cojo en brazos y juego con él el rato que aguante despierto, que ese día es muy largo.

De repente me mira y empieza a hacer aspavientos con la boca, como si quisiese hablar, como si quisiese decirme algo como colofón a ese día que resultó ser tan especial por ser el primero en el que soy consciente que estoy en el club de los padres. Se pone mucho más serio, extremadamente concentrado, frunce el ceño como si estuviese enfadado y finalmente sale una palabra de su pequeña garganta mientras mantiene su diminuta mirada fija en mis expectantes ojos abiertos como platos:

Maaaamaaa



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Chachos!! resulta que es que estaba yo pensando en que me gusta ser yo el que controle a mi rutina el máximo posible y que no sea al revés. Que es que mira, por ejemplo, ahora me toca irme tres estaciones más para allá a trabajar y todo es diferente: el horario, la gente, el sitio… así que yo lo que hago es tratar de aprovechar cada día para hacer mis cosas, que no sea solo el fin de semana cuando gane yo, sino siempre. Al fin y al cabo de siete días a la semana, cinco son de estos de tener que ir a un sitio porque no queda otra, ganan por mayoría así que hay que apropiárselos lo más que te dejen.

En Shibuya ya tenía todo 100% controlado y aquí después de un mes en el curro nuevo finalmente estoy consiguiendo robarle huecos a la vida de salaryman, por ejemplo: ya he encontrado un gimnasio que abre muy temprano al que voy antes de trabajar y ya tengo dos cafeterías localizadas en las que estudiar japonés en la hora de comer.

El viernes pasado completé el ciclo encontrando una peluquería que sustituyese a la de Shibuya y a la que solía ir de tarde en tarde a los mediodías y después me zampaba un sandwhich del combini a toda leche antes de volver al rascatecleo, eso sí: más bonico que un clavel con mi pelado nuevo. Por cierto que nadie me decía nada en la oficina, es una sensación rara que te cortes el pelo y no te digan nada, ¡sosongos!.

Total, venía yo aquí a narrar mi primer encuentro en la nueva peluquería de caballeros Toscanítica de la que ya soy fan absoluto.

Tu entras y te recibe un chico joven que por alguna jodida razón a mi me recuerda a Calamardo el de Bob Esponja, aunque el carácter de este hombre es muy cordial. Mira en la lista y ve que la bola de pelos extranjera esa no está apuntada, así que me hace pasar a una sala con un montón de revistas de modelos masculinos cada cual con un peinado distinto. Allí me dan un oshibori, la toallica húmeda, y me dicen que espere un rato. Yo me pongo a buscar el equivalente a las interviús propias del peluquero de mi pueblo para leer el equivalente a las noticias culturales (jaja, si si), pero lo que encuentro es una estantería repleta de mangas. Decido mirar por la ventana. Está diluviando, virgen santa que disparate es esto de la época de lluvias.

- Diaz saaaaaan -me llama alguien, y cuando miro me encuentro a un tipo con sombrero del que le cuelgan rizos hasta aproximadamente los hombros. Si aquí Tamariz va a ser mi estilista estamos arreglados, pienso yo -pasa para acá y siéntate ahí en aquella silla, chato
- ¿Qué hacemos hoy? -y yo me lo imagino con la baraja de cartas y tres dientes podridos
- Pues mira como explicándome voy a tener mucho peligro, me he traído una foto de más o menos como me corto yo siempre -y le enseño esta foto que tengo metida en el móvil a tales efectos peluqueroexplicantes:

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Tamariz la mira dos segundos, y dice ahaa, ahaaa, uhuuu, todo mientras me toquetea la cabeza con las dos manos arramplando de vez en cuando algún mechón de pelo y pegando tirones como comprobando si el matojo está pegado o algo.

- Ala, guárdate eso que empezamos, no vaya a ser que se te moje el cacharro -me dice en el tono amigable más coherente con su imagen que podría yo imaginar- venga, que te lavo la cabeza, pon aquí el melón
- No no, si yo solo quiero que me cortes y ya
- Que no hombre, que esto está pagado, vamos a ver: ¿tu de donde eres? -me pregunta mientras veo como el resto de los peluqueros levantan la cabeza de las cabezas que tienen entre manos y me miran extrañados como diciendo para si que tiene huevos aquí Casimiro.
- Pues yo vengo de las Iberias aquí donde me ves
- ¿Y allí no os lavan la cabeza?
- No sé, yo a Jesús el de mi pueblo le digo siempre que me corte solo
- Pues yo no soy Jesús, así que venga, pon el melón ahí おねがいします
- Vale vale, sin problema, si en realidad no pasa ná, es más vergüenza que otro poco -y le otorgo mi almendra para que disponga
- Vergüenza ni vergüenzo

El tío me lava la cabeza masajeando un buen rato y cuando vuelvo a levantar la sandía y me miro en el espejo tengo la cara del perrete chico al que le llevan toqueteando la papada toda la tarde, ¿sabéis cual, no?, esa que se te entrecierran los ojos y te da gustete hasta respirar, esa esa.

- Ala, ya estás niquelado. Vamos al corte, ¿te importa que te meta máquina?
- No no, tu mismo -ya de perdidos, 川へ
- Así que de España, ahí no he estado yo, pero no te creas que tengo muchas ganas de ir, ¿eh?, que allí fiuuu -y hace el gesto de que te guindan la cartera mientras silba
- Hombre, es un país muy bonito y la gente es muy maja, pero si que es verdad que hay que andar con ojo
- Esto en Japón no pasa, ¿eh?, ¿tu cuanto llevas?
- Yo ocho años y pico ya… tienes razón, en Japón no pasa nunca nada, bueno en Tokyo a mi una vez me desapareció la cartera en el tren y para mi que alguno se la quedó
- Si, pero yo por ejemplo ya me he quedado dormido por ahí en la calle después de salir de juerga y nunca me han robado nada… también es verdad que yo no debería contarte esto, jajaja
- Jajaja, anda que no. Pero bueno, vente para España algún día hombre, seguro que cambias de idea
- Bua, si tampoco es que sea por ganas, lo que pasa es que yo lo más lejos que he estado ha sido en Osaka. No he salido de Tokyo casi nunca, ni a Korea. Bueno, cualquiera va a Korea ahora con la que hay liada, ahí si que te la juegas por ser japonés. Y a China ni te cuento. Jodé, que de amigos tenemos
- Jajaja, un poco liada la cosa si que la tenéis, si, jajaja. Nosotros como mucho lo de Gibraltar, al final los líos los tenemos dentro. Bueno y los franchutes, claro, que vaya vecinos nos han ido a tocar.
- Jajaja, ¿no os lleváis bien?, pero si hacen unos croasanes que te mueres!. Ea, mira a ver como te queda el asunto -y me enseña con un par de espejos el reflejo del reflejo de mi inmensa cocorota
- Un poquillo más corto si me hace usted el favor
- Vamos ahí. Por cierto, ¿tu sabes leer japonés?, porque eso si que es un Cristo del copón
- Leo mucho ya, pero no todo ni de lejos
- Jodé, no me extraña. Yo muchas veces he pensado que menos mal que he nacido japonés y he mamado esto desde el principio que si me tocase empollarme esto porque si, sería imposible: que si el hiragana, desho?, que si el katakana, desho?, y luego ya los kanjis. Porque el katakana que es ahí recto más o menos es fácil, pero el hiragana con tanta curva y tanta historia… jodé madre mía, nihon ni umarete yokatta, hontoni!
- Bueno, pero mola el reto, quiero decir que es algo que te motiva y cuanto más vas pudiendo leer, más motivado todavía, está bien tener metas
- La mía es pasarme todos los Final Fantasy, jajaja
- Jajajaja
- ¿Qué tal así?
- Así perfecto, muchas gracias!!
- Yokatta yokatta! -se pone todo contento y yo me lo imagino haciendo el gesto de tocar el violín ñiaaaaa ñiaaaarann raaaaan

Salgo de allí con el pelo a lo “soft mohican” como lo ha llamado mi mago peluquero, abro el paraguas y parto descojonándome bajo la lluvia camino de casa. “Vuelve otra vez, por favor y seguimos hablando que tenemos muchas cosas pendientes”.

Pos claro que vuelvo!!


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Aprovechando la visita a Zalla acepté con mucha ilusión la propuesta que me hicieron de presentar el libro en la Biblioteca y esto trajo consigo que me hiciesen un par de entrevistas sobre como había sido la experiencia no solo de presentar Afinando un sueño, sino de haber vuelto con Chiaki y Kota.

Una fue en la revista que editan y publican en mi pueblo:

Y la otra en el Deia:



¡Quedaron bastante simpáticas!

Por cierto, casi no quedan libros ya y no van a salir nuevas ediciones… si queréis haceros con el vuestro, pedidlo cuanto antes por la web !!

:estudier:




La semana que viene hará ya un mes desde que empecé en la nueva empresa y creo que ya va siendo hora de reflexionar sobre el asunto. Hay que mirar atrás y darle al bolo, claro que si hombre: es bueno pensar despacico después de un tiempo porque resulta que cuando uno se enfrenta a cierto nivel de cambio en tu vida, no suele pasar que sea precisamente cómodo. Aunque he de decir que en temas laborales la cosa casi siempre ha ido para bien y de momento no hay razones para amargarse.

En primer lugar está la distancia: cinco kilómetros más en bici, lo que hace que tarde ya aproximadamente una hora en recorrer los 17km que separan la oficina de mi casa. Tengo que levantarme un poco más temprano, lo que por otra parte no me cuesta demasiado gracias a los KotaSponsoredMadrugators, pero esos kilómetros de más se han notado bastante en las piernas. Pensé en dejarlo a un par de días por semana, pero una mañana que llovió y lo cambié por el tren me tocó jamarme la Yamanote en plena hora punta… aquello fue una auténtica revelación: ni pa Dios iba yo a cambiar el rato de paseo bicicletero por el olor a ropero viejo de cinco millones de rascayús invadiendo mi espacio personal todos a la vez. La madre que los parió a todos, pensaremos precisamente todos.

El siguiente paso fue enfrentarme a esos cinco kilómetros de más transpiralmente hablando, porque me ha pillado la mudanza oficinera con un caloraco de espanto y llegar a la oficina con sendos compact disks decorando la sobaquina mora no creo yo que me vaya a favorecer a la hora de socializar con mis compañeros de la tecla y la uña. Vamos, que el desodorante por el kilómetro diez ya ha abdicado hace tres y el sucesor que queda es Pestuño Primero de Toscalandia. Así que antes de que me diesen el finiquito por ser el gorrináceo jabalín mayor del reino, encontré la solución pronto: un gimnasio pegado a la oficina, que en vez de ser de pesas típico como el de antes, aquí solo dan clases de crossfit de este moderno que la madre que lo parió veinte veces… te pegas unas palizas del copón bendito que solo falta que te chillen recluta patoso entre flexión y flexión… ¡¡pero hay duchas!! dos 鳥 de un tiro: sigo metiéndome caña para no perder la forma y cuando digo el ohayo por las mañanas tengo el idem bien perfumadico.


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Otro cambio, cualitativo de todas todas y sin precedentes en las empresas Toscanas habidas hasta el año de nuestro señor es el equipo de soporte de mi nueva empresa: unas diez o doce chicas veinteañeras que se llevan entre ellas de fábula y montan una escandalera acojonante a primera hora entre voces y risas. El Chiqui lo ha llamado efecto Cheerleader. Yo lo llamo bendición: de tener que aguantar al hombre mierda de la empresa anterior que tosía echando esputacos que limpiaba en un pañuelo de papel y tiraba allí mismo en su papelera, he pasado a ver a un regimiento de chiquitas que, angelicos míos, me vienen a trabajar con un salero y una ropica que no sé yo como irán entonces a la discoteca los sábados. Es que da gusto no solo verlas, sino oírlas provocándome una euforia euforiante que no tengo claro en que parte de mi cuerpo se acaba de manifestar más. Bendito día aquel que eché el curriculum, menudo gusterresque da empezar así la jornada laboral, anda que no se nota.

El siguiente cambio, o grupo de cambios, tiene que ver con el tipo de empresa. He salido de una donde había montado un sistema muy organizado de trabajo: teníamos dos reuniones al día, una para decir qué íbamos a hacer esa mañana y otra al acabar el día para contar lo que habíamos hecho en realidad. Teníamos tickets donde debíamos meter las horas empleadas en cada tipo de tarea, era casi más importante escribir tests que el código en si, también programábamos a veces entre dos y raro sería que tu código pasase a producción sin que alguien, normalmente el jefe de proyecto, le hubiese echado un ojo primero pidiéndote que mejorases tal o cual trozo. En definitiva: un montón de procedimientos y normas para tratar de evitar el máximo de errores posibles.

Resulta que llego aquí y me encuentro un par de carteles puestos por todos los lados de la oficina:


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Y lo siguiente que me dicen es que no podemos andar pensando en que el código vaya a subir perfecto porque para cuando lo hemos acabado, ya es tarde y ni siquiera sabemos si va a tener sentido lo que estamos desarrollando o no. Vamos: que subamos cuantas más cosas mejor, que probemos a cambiar muchas cosas en la web que ya habrá tiempo después de borrar lo que no guste y mejorar lo que si. Es un concepto totalmente distinto y, la verdad, no sé deciros con cual me quedaría yo… seguramente con este último porque es más real, más acorde con como funciona internet. Es mejor probar mil cosas y quedarte con una que mejorarás después que hacer una perfecta sin fallos, cubierta por tests y optimizada a tope pero que luego a lo mejor lo que hace no le interesa a nadie. Pérdidas de tiempo del estilo de tener que imputar horas a tareas o actualizar tickets se evitan totalmente. Hacemos cosas, cuando las acabamos las enseñamos por aquí y si funcionan y gustan se suben, se ve como funcionan y se mejoran o quitan incluso el mismo día. Tenemos cuenta de email pero no la usamos; todo es por chat.

Cambiando al tema barrio: decía que estoy unos cinco kilómetros más pallá, he pasado de estar en Shibuya a cinco minutos del perrotrinker a Gotanda donde se puede decir que no hay prácticamente nada. Bueno si que hay: un montón de pilinguis por las noches que te ofrecen masajes sospichosos, pero olvídate Tosca de aprovechar los mediodías para comprarte ropa o pasarte por la Apple store a que te den otro iphone por la jeta… el entorno de ahora es mucho mucho más aburrido. Pero tiene una cosa buena y es que desde Gotanda es desde donde sale la línea Ikegami que me lleva ahora directo a Karate: es más fácil llegar al dojo y da menos pereza que antes. ¡Esta semana vuelvo después de medio año de parón desde que nació Kota!.

La oficina de antes también era más pequeña y solo había un cuarto de baño compartido para otras tres empresas. El de ahora es compartido también pero mucho más moderno. Bueno, vayamos al grano: si, efectivamente, tengo chorrito en la empresa también y es un factor gustetante, #estoesasí.

Estoy en un quinto piso y eso se nota a la hora del gasto combiniero. Vamos, que antes a nada que bajases las escaleras ya estabas comprándote un melonpan, pero ahora tienes que bajarte cinco pisos, andar un cacho… que cuando vuelves a tu sitio, el melonpan está ya gurruñío.


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¿He dicho que hay un montón de tías que me forman la de Dios es Cristo por las mañanas nada más llegar? ¿Si? jaja, ya lo sabía, es que quería daros un poco más de envidia! ¡eh! y me ha tocado la movida en primavera!!

El concepto también ha cambiado: he pasado de trabajar en una web que vendían cupones de descuento para distintos servicios a otra en la que se venden tickets para eventos. La primera me parecía muy interesante también pero el problema era que el equipo que se dedicaba a buscar y poner los cupones en venta era totalmente ajeno a nosotros que estábamos aislados en un edificio aparte. Vamos, que ni idea de más allá que programar la web, no nos enterábamos de ná de lo que se cocía. Ahora en cambio estamos todos juntos y se comentan mucho los futuros eventos, sobretodo mis mozas morenas que se saben de memoria cuando y donde van a actuar los Exile o los Arashi o cuando hace poco que vino Paul McCartney y se cancelaron los conciertos porque se puso regulero, ¡menudo circo hubo!. Entre nosotros, los machos cabríos, se comentan los partidos de fútbol y los de beisbol y aunque a mi me dan bastante igual los dos, contextualizar y ver la utilidad que tiene el trabajo que uno hace es bonico y gratificante.

Las horas extras es algo que me preocupaba muchísimo, pero que finalmente ha resultado estar todo en mi cabeza… o no. El caso es que yo desde el primer día me he estado yendo prácticamente el primero, a las seis y media que es la hora a la que se supone que salimos, allí no se mueve ni Dios. Me pongo a mirar código del día anterior y resulta que allí hay gente que ha seguido rascatecleando hasta las once y doce de la noche… aún así yo seguía en mis trece, esto es algo que tengo claro desde siempre y mucho más ahora con Kota: llegar a casa y que esté dormido siempre no es una opción. Así que me llamaron la semana pasada para hablar y yo ya pensaba que me iban a leer la cartilla, ¡pues no!, me felicitaron por trabajar rápido y cuando fui a sacar el tema me dijeron que en realidad no les gusta eso de que la gente venga por las mañanas tan tarde y luego se queden, que sería mejor si todos hiciesen lo que hago yo que es más normal. ¡Vamos, que sin problema!.

Así que ya veis: todo cambio más o menos drástico añade un grado de estrés a tu vida con el que hay que lidiar como se puede. Yo empecé a trabajar un lunes y cuando llegué el viernes le dije a Chiaki que andaba buscando otro trabajo porque estaba acojonadísimo sin hablar con nadie, viendo que me iban a tocar meter más horas que el extintor y con las piernas hechas un truño de tanto pedaleo. Pero no ha resultado ser así y ahora que ya me he medio acostumbrado, puedo verle el lado bueno a la nueva oficina. El lado bueno… y las faldas, las faldas también se las veo! qué jaleo y que verbenas más bonicas me montan todas las mañanas las chicas de Tosca! ¡The Tosca’s Girls!. Ay que ya vienen, ay que ya se las oye!


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