El blog sobre Japón de un tío que SI está en Japón!!


Ella siempre está allí en el cruce.

A su alrededor pasamos los demás. Algunos en coche, la mayoría en bici o andando, todos con prisa sin excepción. Ella sólo está allí apoyada en el guardarail por el lado de la acera, no parece tener ningún sitio al que ir ni nadie que mire el reloj por ella.

Yo también paso por su lado cuando voy camino de la estación y ella siempre me mira y sonríe divertida. Digo yo que le haré gracia, o tal vez es que le sonríe a todo el mundo demostrando que se le puede alegrar a uno la mañana con ese gesto tan humano como escaso.

Así a los ojos de un occidental, le calculo unos setenta y pocos años, por lo que seguramente tendrá más de ochenta. Vive allí, lo sé porque la he visto entrar en su casa alguna vez.

A su lado siempre hay cuatro o cinco paraguas colgados del guardarail o apoyados en la pared y uno pende siempre de su brazo. El tiempo es lo de menos: no importa que llueva, esté nublado o haga sol, la señora siempre está allí con sus paraguas.

Y siempre sonríe.

A veces barre la acera, aunque no esté sucia, con un ritmo lento pero constante, la espalda arqueada y los paraguas a mano. Y a veces cambia de sitio en el guardarail para poder ver a la gente del otro sentido del cruce.

Hoy me ha parecido que por un instante ha pensado en hablarme pero en el último momento se ha arrepentido aunque, como para compensarme, me ha dedicado una sonrisa más amplia de lo habitual.

Creo que el próximo día le daré yo los buenos días.

Ignoro si vive sola, o qué hace el resto del tiempo que no está en aquella esquina. Creo que su cabeza no funciona todo lo bien que debería pero en su mundo de paraguas y aceras por barrer, de gentes que vienen y van, ella no duda en sonreír.

Parece feliz. Si algún día veo que le faltan paraguas, yo mismo los compraré y los colgaré del guardarail.

Por verla sonreír.


————-

La señora de los paraguas, vivida y escrita en la soledad de un servidor en el año 2007, leída maravillosamente bien por Guillermo en la presentación del Ikulibro en el Instituto Cervantes de Tokyo.

Muchas gracias, Guille.




Últimamente el concepto de “Carpe Diem” se me asoma muy a menudo por la ventana. Las razones son múltiples y muy variadas: desde haberme convertido en padre quasicuarentón pasando por encuentros con desconocidos que me quisieron transmitir más de la misma idea, directa o indirectamente, de que estamos aquí mucho más de paso de lo que pasamos de pensar y que más vale que espabilemos.

Que todo cambia es la otra gran máxima que tengo presente veinticinco horas al día; tan obvia y tan obviada a la vez: nunca volverás a ser tan jóven como ahora, probablemente dejarás de compartir rutina con los que están a tu lado porque o ellos o tu os iréis a otros lados de otros que tampoco estarán siempre en vuestros entonces. Nunca tendrás la misma salud, la misma buena vista, engordarás, adelgazarás, se te estropeará y cambiarás de coche, de móvil, de moto, de ordenador, de televisión, serás padre de nuevo, te quedarás calvo, te subirán el sueldo, te echarán del curro, te querrán más y tu querrás menos o de pasada, o a destiempo o más que nunca… todo cambia, absolutamente todo. En serio: no des nada ni a nadie por sentado.

¡Digo yo!, ¡tu haz lo que te de la gana!

Podría decirse que tu vida es una sucesión de cambalaches, de trueques, a veces fugaces, a veces aparentemente estables, hasta llegar al definitivo de todos, momento en que tu no cambiarás ya más pero habrás impactado, espero que mucho, en la falsa estabilidad de los que te rodean… por un tiempo, porque después todo seguirá su ciclo. En Japón mientras incineran al fallecido, los familiares se dan un festín especial donde comen y beben en abundancia y se camufla la evidente tristeza recordándole con la mayor alegría de la que se es capaz. Curioso que sea tan diferente el concepto que se tiene de la muerte.

Es por todo esto que creo que hay que saber ver, valorar, querer, incluso odiar lo que está a tu alrededor con la perspectiva del tiempo: en su justa medida porque tarde o temprano no estará ahí. Si sabes que algún día dejarás de coger ese tren, quizás no te importe ya tanto que esté tan lleno cada mañana, no será nunca así, seguro además que no.

La lectura positiva, lo que dicen siempre es que hay que aprovechar todo lo mejor que se pueda cada rato, cada momento, el Carpe Diem.

¿Pero qué es eso del Carpe Diem? me preguntaba alguien hace poco, “¿cómo es eso de vivir la vida al máximo cada día?, porque eso en plan zen está muy bien, pero cuando llego a casa después de trabajar no tengo muchas ganas de ponerme a bailar en el salón.”

Y es verdad que no es tan fácil porque además cambia totalmente dependiendo de la persona, de la etapa de tu vida, del lugar en el que estés.Yo le he dado muchas vueltas y he apuntado las dos últimas semanas de mi vida centrándome en este aspecto.

Aunque no demasiados, he tenido días malos, de estos que te encuentras muy cansado, con dolor de cabeza, que no tienes ganas de nada más que llegar a casa a dormir lo antes posible, cosa bastante imposible con un hijo de un año esperándote dando botes para que le bañes. Aún así, ha sido constante que nada más verle, lo que queda de día repunta, se rectifica. Así que es claro que una de las constantes de mi Carpe Diem es mi familia, es Kota y es Chiaki. Pasar tiempo con ellos forma parte de mi idea de aprovechar esta etapa de mi vida al máximo.

La gran mayoría de los días han sido buenos anímicamente hablando. Venir en bici a la oficina por las mañanas me da energía para el resto del día, además si voy a Karate o a una clase del gimnasio de pegar saltos al que voy, salgo siempre cansado pero con sensación de plenitud. Es claro que hacer ejercicio es otro parámetro que ha de estar fijo en mi ecuación, no solo por la sensación de bienestar de ese momento sino por saberme capaz de realizar cualquier otra actividad física sin demasiado esfuerzo: desde jugar partidos de futbito corriendo como el que más hasta cargar a Kota a hombros todo el día o meterme a correr una cuarta parte de la maratón de Tokyo con el Chiqui para apoyar al Lorco así de locura de última hora. En mi caso, encontrarme fuerte físicamente es esencial para mi felicidad. Un día sin hacer ningún tipo de deporte es un día no aprovechado según mis estándares.

Llevamos un par de sumandos ya: Chiaki-Kota y hacer ejercicio. Sigamos buscando.

En Tokio es bastante barato comer fuera, por supuesto es mucho más barato cocinarte tu comida que es lo que hacemos siempre excepto los fines de semana donde solemos comer en restaurantes. Nada del otro mundo: a mil yenes más o menos por cabeza, pero yo me he dado cuenta de que para Chiaki una parte importante de su felicidad es la comida. Le encanta probar restaurantes nuevos, platos nuevos, lo disfruta muchísimo. A mi me da igual, quiero decir que entre semana, por ejemplo, no es raro que me zampe lo primero que pille “porque tengo que comer” como una bolsa de ensalada del supermercado sin aliñar o el primer onigiri que pille del combini, por ejemplo. Pero me embelesa verla contenta, cosa bastante fácil por otro lado, así que procuro aprender a cocinar cosas nuevas o buscar nuevos restaurantes donde ir. En este caso, el punto clave es que si los míos están felices, yo estoy feliz. Es como la rutina de pasar por el todo a cien al volver del trabajo y comprarle cualquier gilipollez a Kota que seguramente acabará en la basura en menos de una semana, pero que hace que cuando entro por la puerta venga corriendo con toda su ilusión a ver que es.

Me reafirmo en algo que intuía: invertir en la felicidad de los míos revierte, doblado, en la mía propia.

Siguiendo con este argumento de sumar momentos, diré que he descubierto que uno influye en las vidas de otros y que es altamente gratificante hacerlo de manera positiva porque eso juega también a tu favor. Por ejemplo: tengo la rutina de estudiar japonés al menos una hora antes de entrar a trabajar en la cafetería que queda enfrente de mi trabajo. Veo a las dos mismas dependientas todos los días y nunca dudé en sonreírles y darles los buenos días desde la tercera o cuarta vez que entré. Suena básico, ¿verdad?, pues es curioso como aquí nadie lo suele hacer… en Tokyo va todo tan rápido que en la relación cliente-tendero el primero a veces ni abre la boca mientras que el segundo no la cierra, el nivel de educación está increíblemente desequilibrado. Pero yo creo que vale la pena embellecer la rutina: es importante el pequeño detalle, la sonrisa, la mueca, el gesto, el saludo afectuoso. Ahora ya no les pido lo de siempre porque me lo ponen directamente, y el sandwich del morning set ya viene sin tomate. A veces me he llevado alguna chocolatina de regalo, o treinta segundos de conversación entre clientes. Quizás no tenga demasiado sentido, pero me gustan los dos momentos: el de entrar y pedir y el de salir y despedirme. Quiero creer que a ellas también les hace cierta ilusión verme. Siento, pues, que es importante la relación con los demás, tener un buen talante en cada situación y lugar acaba condicionando tu estado de ánimo y por ende, tu felicidad.

Y finalizando ya, que menudo rollo, diría que si no tengo la sensación de evolucionar, de mejorar, si siento que pasa el tiempo y no hay progreso en algún aspecto de mi vida, entonces no me sentiré satisfecho y por tanto no estaré exprimiendo ni el Carpe ni el Diem. Debo ser capaz de hacer algo mejor ahora que hace un año, por ejemplo: Karate y algún kata más, más kanjis, mejor conversación en japonés, ser capaz de hacer mejor trabajo en menos tiempo en la oficina… debe haber más mejoras que retrocesos, que será inevitable que los haya (ahora mismo no sería capaz de correr una maratón, por ejemplo).

Así que el Carpe Diem, vivir la vida a todo lo que de no creo que sea estar todo el día con la sonrisa puesta dando botes porque eso no va a pasar, no siempre se tiene cuerpo ni ganas ni se dan las circunstancias. Pero hay que aspirar a que se den, hay que provocarlo, poner empeño propio en que se encadenen el máximo número de momentos de bienestar, de buen rollo, de cualquier sinónimo de felicidad que se os pueda ocurrir. Hay que pararse a pensar en qué y cómo conseguirlos y poner énfasis, diría que incluso ser estrictos con vivir en base a esos principios. El resto debería venir solo.



Cuando vi el primer fotomontaje me horroricé… ¿cómo puede alguien bromear con algo tan serio?, es tan espeluznante el asunto…

Con el tiempo he cambiado de opinión y he vuelto a cambiar treinta veces, lo cierto es que no tengo ya nada claro si me parece algo genial o no tiene ni puta gracia. Aquí el país está igual, los que defienden este tipo de cosas dicen que no hay que darles crédito a los terroristas, que hay que hacerles ver que nos descojonamos de sus amenazas, lo que no quita para que se siga haciendo todo lo que esté en manos del gobierno o de quien sea para combatir este tipo de terrorismo. Otros dicen que es una provocación gratuita sin sentido alguno.

Unas horas después de que apareciese el vídeo-chantaje en el que amenazaban con matar a dos prisioneros japoneses si no recibían 200 millones de dolares, empezaron a aparecer en twitter bajo el hashtag #ISISクソコラグランプリ una serie de fotomontajes parodiando el asunto:



Hoy que ya ha muerto uno de ellos y el otro no parece que vaya a tener mejor futuro, yo sigo sin tener una opinión sólida al respecto de estos montajes…

Actualización: Acaban de anunciar la ejecución del segundo prisionero… por respeto quito los montajes.



España, Japón, Bilbao, Tokio, japoneses, españoles… tópicos, costumbres, situaciones, lugares… aquí va una lista de historias curiosas que me han pasado en ambos países y que cada cual saque sus conclusiones.

España



Cuando volví a Badajoz, fui a comprar un par de revistas en una tienda de al lado de la estación de autobuses y la señora ni me contestó al buenos días que dije al entrar, ni alzó la vista cuando me cobró, me tiró las vueltas encima del mostrador de malas maneras y tampoco contestó cuando dije adios. No volví a entrar, por supuesto, incluso me quedé con ganas de decirle “tírame las vueltas a la cara si ves que eso, tía asquerosa”. Viviendo en Japón, ese comportamiento me parece increíblemente insultante e inexcusable. Estoy por volver y soltárselo.

DSC_0684.jpg



Yendo en bici por Bilbao por el bidegorri (el carril bici) de la calle Dr. Areilza tuve que pegar un frenazo porque una señora iba con un perro paseando por allí. No iba rápido así que no fue peligroso, pero al decirle, juro que de buenas maneras, a la señora que aquel camino era para las bicis y no para pasear, me echó una bronca acojonante con el argumento en su defensa de que era la acera y que las bicis tenían que ir por la carretera. Además metió a gente que había por allí en el lío y acabaron echándome la bronca tres viejas, dos viejos y dos perros. Prácticamente tuve que huir con la bici en la mano hasta la carretera y pirarme de allí lo más rápido posible.

DSC_0059.JPG



En un campamento de verano a los más mayores (échale catorce o quince años) nos “soltaron” a hacer una ruta por ahí sin comida ni bebida, teníamos que llegar a la noche a un punto que estaba bastante lejos y dormir allí, apañándonos como pudiésemos para comer y beber. En una de esas llamamos a una casa y le contamos el percal a la señora que nos abrió, pues bien, nos hizo pasar y nos preparó un bocadillo de chorizo frito de media barra para cada uno de los cuatro que eramos. Se ofreció también a llevarnos en coche pero era hacer trampas y sospechábamos que los monitores nos estaban vigilando.

DSC_0243.jpg



En Bilbao a mi y a un amigo mío nos atracaron tres veces más o menos por la misma zona (la Gran Vía), en aquella época parecía ser ya una tradición: siempre que íbamos, tocaba. El caso es que no era en plan violento ni con navajas ni nada por el estilo, venía un tío y “nos pedía suelto” o “para el autobús” en un tono amenazante, no era siempre el mismo, pero siempre le dábamos algo y nos pirábamos a toda hostia de allí acojonados del todo.

DSC_0109.jpg



Volviendo de Donosti a Zalla con Chiaki había un control de la Guardia Cívil donde dos pedazo de policías con metralletas o fusiles o yo que sé qué coño era aquello nos mandaron salir del coche y abrir el maletero y nos registraron todo lo que pudieron. Me hicieron un montón de preguntas sobre Chiaki: nacionalidad, por qué estaba conmigo en aquél coche… Menudo acojone, el comando Shibuyaherri a lo mejor se pensaban que éramos.

DSC_0165.JPG



El vecino de abajo de mi pueblo ponía la música a toda hostia, pero cuando digo esto digo a un volumen acojonante. Alguna vez le pedimos que la bajase y nos contestaba que no directamente, y eso cuando nos contestaba. Yo llamé a los municipales un par de veces que le dijeron que la bajase y lo hacía para volver a ponerla a tope al de cinco minutos. Un pieza increíble.

Una vez vi a un tío mangando una bici del portal de un amigo mío: salió corriendo con ella a todo correr y yo al reconocer la bici, salí dando voces detrás de él. Tiró la bici ahí de cualquier manera y salió corriendo, yo cogí la bici, llamé al portero a mi amigo y se la subió a casa. Volví acojonado a casa por si el pavo aquel que no había visto en mi vida estaba esperándome con amigos o algo. No le volví a ver.

He compartido oficina con un tío que olía a ropero viejo, otro que la mitad de las veces no venía a trabajar y nunca pasaba nada, una tía que tenía más pelos en las piernas que yo, un elemento que se depilaba las cejas, otro que se sacaba mocos y se rascaba los huevos literalmente mientras hablaba contigo, uno que fingía que era muy amigo mío y me saludaba muy efusivamente solo si me veía con el jefe (con el que si me llevaba bien), otro que tenía voz de tía y era jefe y cuando se enfadaba y gritaba nos descojonábamos, una tía que vestía como un pelapinos ruso y un jefe que se echaba tanta gomina que parecía superglue.

Me han pedido dinero por la calle, me han perseguido a voces para venderme una flor y también vi en Sevilla a dos conductores de carruajes con caballos llamarse de todo en medio de la calle a grito pelado que casi se lían a hostias. Una vez también vi a una pareja chujcando encima del capó de un coche en medio de una calle llena de gente en Bilbao.

DSC_0551-2.jpg



Una vez me dieron las vueltas mal, me dieron de menos, se lo dije a la chica y no me creyó. No recuerdo exactamente pero me dio vueltas de un billete de 10€ y le había dado 20€ o algo así, no hubo nada que hacer.

Hace tiempo estuve yo solo en un concierto dentro de un bar, era un grupo de folk muy animado y la mayoría de la gente acabó bailando en medio de la pista y coreando las canciones. Se improvisó un sarao allí en un rato y al final nos tuvieron que echar del bar a las tantas de la mañana, se lió parda inesperadamente.

Japón



Esto creo que ya lo he contado alguna otra vez. Subiendo las escaleras con una bandeja con la comida y la bebida en una hamburguesería me tropecé y la líe parda tirando todo a tomar por culo. Me puse a limpiarlo, pero enseguida llegaron dos chicas que me apartaron con reverencias, lo limpiaron ellas y me indicaron que me fuese a mi sitio sin yo tener claro que iba a pasar. Yo pensaba pedir otro menú y por supuesto pagarlo, pero me trajeron el mismo pedido gratis a la mesa y no dejaron de hacerme reverencias hasta que me piré por la puerta. No he vuelto, por Dios que vergüenza.

DSC_0171-1.jpg



Volviendo a casa en bici vi que delante de mí iba otro igual que yo pasando justo por un cruce. Los dos teníamos la preferencia, pero el coche que salía no debió verle y le atropelló. Por fortuna no iba demasiado rápido y solo le tiró de la bici, yo pude frenar a tiempo. En vez de pegarle cuatro patadas al coche dando voces como habría hecho yo, el ciclista se levantó, se sacudió el polvo, recogió la bici, le hizo dos o tres reverencias al coche y siguió su camino.

DSC_0025-1.jpg



Una vez me quedé dormido en un parque (esto ha pasado en realidad más de una vez, pero no se lo contéis a nadie), acababa de sacar una bebida de una máquina expendedora y en vez de guardar la cartera, la dejé al lado en el banco y sin darme cuenta me quedé totalmente sopa, eran las tantas de la noche. Cuando me desperté era de día, el parque estaba lleno de gente pero la cartera seguía allí. Eso sí, tenía a un grupo de críos mirándome acojonados.

DSC02148.jpg



En un matsuri de barrio estaban todos allí bailando el bon odori, una señora muy muy mayor me cogió de la mano y me sacó a que lo bailase con ellos. Era muy pequeñita, llevaba un kimono maravillosamente precioso… era tan entrañable que era imposible negarse: no hacía más que reírse mientras me enseñaba los pasos. Al acabar me aplaudieron todos los del barrio que yo creo que me tenían calado ya desde hace tiempo, no recuerdo que hubiese más extranjeros por allí. Un señor me trajo una botellita de nihonshu y la señora un pincho de yakitori un rato después. A partir de ese día me saludaba un montón de gente que ni conocía cuando iba por la calle.

DSC_0040.JPG



Una noche me subió una fiebraca del copón que aguanté como pude. A la mañana siguiente fui al médico porque no mejoraba la cosa, y el señor tenía un cuaderno donde iba apuntando, como si fuese una ecuación, todos mis síntomas. Después de preguntarme un montón de cosas desde a que hora me había levantado ese día hasta la cena pasando por si hacía o no deporte e incluso si había tenido relaciones sexuales recientemente, me dijo que lo iba a estudiar. Se giró hacia su cuaderno y empezó ahí a anotar las posibles enfermedades que podían ser. De una lista de unas diez empezó a anotar un montón de cosas mientras miraba “los datos” de su problema, entendí que iba descartando enfermedades, algo así como “gripe A no puede ser porque la fiebre ya ha bajado” y las iba tachando. Después de unos diez minutos resolviendo ahí la ecuación, me dijo: “pues esto ha sido un resfriado un poco fuerte”. Después me dio como cinco medicamentos distintos y me despachó ofreciéndome la hoja aquella por si quería repasarlo y tenía alguna objeción.

En la cena de fin de año de la empresa hicieron un concurso de tecleo, yo soy el tío que más rápido teclea del mundo, en serio, pero las palabras que había que escribir ahí eran japonesas en romaji, es decir, que en vez de “avión”, a lo mejor te tocaba escribir jyuubinnkyouku con lo que a mi se me complicaba más la cosa. Aún así, de 25 personas quedé tercero. Al primero le dieron un iPad Air, al segundo un Amazon Kindle y a mi unas Nekomimi, que son unas orejas de gato que te leen el pensamiento y se mueven según tu estado de ánimo (en casa están sin sacar de la caja).

10852703_1553998428178527_532775459_n.jpg



Una vez un policía me perseguía en bici, yo que tengo un pequeño espejo retrovisor en la mía me di cuenta y como esa semana ya estaba un poco hasta los huevos porque ya me habían parado dos veces para pedirme documentación, subí el ritmo y él también lo hizo. Me metí por otra calle y él también, hasta que ya por mis huevos le metí caña a los pedales y le dejé muy atrás. Cuando ya pensaba que le había dado esquinazo, me encontré a otro un par de kilómetros más adelante que me estaba esperando. Me pidió la documentación y me dejó marchar, como siempre.

DSC_0035-2.jpg



El vecino de al lado compró muebles en Ikea que tenía que montar en casa. La noche anterior llamó a casa para contarnos esto mismo y, con una caja de bombones y otra de dulces japoneses, nos pidió perdón por el posible ruido que a la mañana siguiente iban a hacer. “Si tenéis pensado salir de casa, decirnos a que hora y no empezamos hasta que os vayáis para no molestaros” nos dijeron. Al final no hicieron ni ruido ni ná.

Una tarde volviendo a casa en bici vi a un mapache, tanuki en japonés, cruzando la carretera de lado a lado. Era bastante grande, se paró en la otra acera, se me quedó mirando y soltó un gruñido ahí más raro que ni sé antes de pirarse por entre dos edificios. Era el medio de Tokio.

He compartido oficina con un chino que comía con la boca abierta dando un asco acojonante, otro que se tiraba pedos sonoros en cualquier momento, uno que aporreaba el teclado pero no os podéis imaginar de qué manera: le daba unas hostias como quien clava clavos con los dedos, otro que estornudaba a grito pelao y saltaban las alarmas antiterremotos, un koreano de ventas que no se callaba ni debajo del agua, pesado como la madre que lo parió pero que no logró hacer ni una sola venta (creo que a la mitad de los clientes les explotó la almendra), un americano gordaco maleducado de más de 150kg que no podía casi ni andar, un irlandés pálido que cuando hablaba delante de gente se ponía rojo pero a niveles inhumanos y sudaba, una vez se llegó incluso a marear y se tuvo que salir a la calle a coger aire… ah! y había una tía que venía a trabajar con una peluca morada estilo anime. Así que me acuerde.

DSC_0089-1.jpg



Un señor de mi barrio que me vio con Kota, me dijo que esperase un poquico, arrancó una hoja del libro que estaba leyendo, hizo un barco de papel y se lo regaló.

Suelo ver por donde vivo yo a un maromo que tendrá de sesenta años para arriba vestido de mujer haciendo la compra, es feo feo feo (o fea fea fea).

He visto a grupos de señores mayores montando un circo del copón en un parque con un equipo de karaoke portátil cantando uno ahí a toda hostia y bailando el resto borrachos perdidos. Una vez canté con ellos y me invitaron a comer, me puse como el kiko y todavía me prepararon tapers para llevar.

En un seven eleven hice la compra y dejé lo que yo creía que era el importe exacto y me piré. Cuando iba ya por cerca de mi casa, escucho a la chica que venía a toda hostia dando voces: “señor cliente!! señor cliente!!”, me paro y resulta que había dejado 10 yenes de más y venía corriendo a devolvérmelos.

He estado en conciertos en bares donde a pesar del arte de los músicos, de lo pegadizo de las canciones, allí no se movía ni Dios de la silla. Todos sentados, aplaudiendo cuando toca y cuando no escuchando atentamente mientras se toman su copa en silencio. Aquí también resulta que no se levanta ni Dios hasta que en un cine no acaban de salir los títulos de crédito.

Conclusión:



¡¡ En todas partes cuecen habas !! El mundo es maravilloso…





Por motivos que de ir o venir a algún caso me vais a permitir que por esta vez sea a uno exclusivamente mío, volví a España hace dos meses. El viaje fue a Badajoz dejándome caer de pasada por Estambul y Madrid en avión, metro y autobús según iba correspondiendo.

Quitando que el autobús de vuelta tardó aproximadamente una hora y media más de lo que debía sin recibir absolutamente ninguna explicación, el resto del viaje transcurrió sin otros incidentes que destacar. Diría que dentro de la barbaridad que es esta tremenda paliza, se me hizo incluso corto por lograr ir dormido la mayor parte.

El primer tramo de la vuelta fue desde Badajoz hasta Cáceres en autobús. Con inmensa pena por separarme de los míos una vez más, me tocó sentarme al lado de una señora y así lo hice sin acordarme de dejar las reverencias a un lado; tarea sin esperanza esa de desaprender un uso infinitamente usado. Con la media sonrisa por bandera por haberme dado cuenta esa vez, saqué el libro de “Cómo educar a un niño bilingüe” de la mochila y me dispuse a causar alguna baja del ejército de horas con el que me tocaba combatir hasta tocar base amiga de nuevo junto a mi mujer y mi hijo.

Yo creo que no habría amortizado ni un poco de la saliva untada en los dedos de pasar hojas cuando la señora empezó a hablarme.

– Perdona, ¿hasta donde vas?. Yo voy hasta Cáceres, si vas más lejos, te puedes coger mi asiento y así tienes ventanilla que quieras que no te entretiene un poco.

– Pues me da que me va a venir bien, yo voy hasta Madrid.

Calculo que tendría la edad de mi madre con lo que seguramente de tener hijos, andaríamos parejos de arrugas.

– En cuanto usted se baje, para ahí que me mudo.

– Huy usted dice, ¿tan vieja me ves?, haz el favor de tutearme. ¿Qué? trabajas en Madrid y has venido a ver a tu familia, ¿no?.

Cerré el libro porque ya me vi venir que aquello iba a ir para largo.

– Si le digo… si te digo donde trabajo como poco te vas a sorprender.

– Jaja, una no se sorprende ya por nada. No me digas más, te has tenido que ir a Alemania a buscarte los garbanzos como todos los jóvenes, a pedirle tajo a la Merkel que por cierto mira que es siesa la tía, menuda tirria la tengo.

– Un poquillo más lejos va a ser, llevo casi una década viviendo y trabajando en Tokio, en Japón.

– ¡Coño!, ¡pues si que!, hostia muchacho ¿¡y que haces tu allí?!?

Yo diría que más o menos la mitad del camino a su destino lo pasamos hablando de mi, de mi vida aquí, de Chiaki, de Kota… me sorprendió que aquella buena mujer no estuviese plagada de prejuicios por el país que me fue a adoptar, quitando lo del anisakis por el pescado crudo y la huelga japonesa, creo que no sacó a relucir ninguna tontada más. Es más, creo que fue una conversación muy madura, muy interesante, me preguntó sobre temas como la seguridad social, la calidad de vida familiar, las facilidades que da el país a familias con hijos…

– ¿Porqué se habrá metido este hombre por esta carretera?, que poco me gusta, se tarda siempre más y encima siempre hay niebla… ¿qué le habrá dado hoy?

Y más o menos con esa frase diría yo que se finiquitó el tema de mi vida y empezamos, ni sé como, con la suya. Me enteré, sin preguntar, que ella era de Galicia, que se había casado con un extremeño que conoció allí y que con los años decidieron venirse a vivir finalmente a Cáceres. No me quedó claro si había sido o no monja, pero sí que por lo menos tenía un par de amigas que habían participado en misiones por África y que una vez estuvieron en Nagasaki (¿o fue en Hiroshima? una de las dos…). A veces volvíamos a lo mío y hablábamos de los años duros de ETA y los atentados que vivíamos prácticamente todos los días o repescábamos alguna faceta distinta de Japón según la curva se tomase a la derecha o a la izquierda.

– Yo he ido a Badajoz a ver a mi hijo, suelo ir dos veces por semana a ver qué tal está.

No me acuerdo de su nombre, del de la señora, lo cierto es que creo que nunca me lo dijo, pero sé que nunca se me olvidará la historia que empezó con esa frase. No la vi venir ni de lejos.

Por lo visto y aunque esté mal que ella lo dijese, su hijo tenía muy buen trabajo y ganaba mucho dinero. Se había comprado un chalet, un coche que no sabía cuanto le había costado pero seguro que mucho y hasta un perro. Su hijo, que yo aún hoy imagino siempre con mi misma edad, se había casado con una chica guapísima, farmacéutica creo recordar, muy lista y muy simpática, con una larga melena rubia que ya la quisieran para si muchas modelos.

Al darme cuenta de que hablaba siempre en pasado de ella, fui tan inocente como para preguntar:

– ¿Y se divorciaron?

Dudó un momento, pero siguió con su historia. A su nuera la detectaron un cáncer y murió en menos de un año. Luchó mucho, muchísimo y siempre con una sonrisa en la boca animando a todos. Decía que lo que más le dolió fue verla sin su característica melena, que ese fue el momento en que se dio cuenta que todo estaba pasando de verdad porque se resistió a llevar peluca ya que decía que no tenía nada que ocultar a nadie.

– Lo tenían todo -dijo un par de veces- lo tenían todo y ahora mi hijo no tiene ni ganas de vivir en una casa a la que le sobran todas las habitaciones. Lo tenían todo y ahora mi hijo no tiene nada…

Con escalofriante naturalidad me contó como su nuera se murió al de poco de casarse con su hijo y volvió a hacer hincapié en que poco después de comprar una casa inmensa y un coche carísimo. Que su hijo trata de aparentar normalidad y que va a trabajar como si nada, pero que ella sabe que se le han quitado las ganas de vivir, que no tiene ni idea de por donde tirar, que se ha convertido en un autómata que se aferra a la rutina y que menos mal que al menos sigue teniendo una, un buen trabajo que con los tiempos que corren… Que ella no está tranquila y por eso va dos veces por semana a cocinarle y adecentarle la casa, a atender al perro que parece tan o más triste que él, a tratar de animarle, de animarse juntos.

– Lo tenían todo, de verdad, en estos tiempos tan difíciles, ellos lo tenían todo: dinero, amor… fíjate, les faltó la salud.

– Bueno, la vida es así. ¿Porqué habrá elegido la carretera esta y no la otra?, tengo cita con el fisio y no voy a llegar -continuó como si nada- encima lo peor es que no te cuentan nada, que hacen lo que les da la gana y como solo hay esta línea de autobuses, pues a tragar.

– Y tanto -dije yo en el por decir algo más nervioso de mi vida.

– A ver si tu llegas a coger el vuelo en Madrid. Oye chico, no te habrás deprimido con lo que te he contado, ¿no?, la verdad es que no sé ni porque te he contado esto, creo que es la primera vez que hablo de ello así tan alegremente… menuda compañera de viaje te has ido a buscar tu que estabas ahí calladito con tu libro…

– No te preocupes, al revés, gracias, te puedo decir que he aprendido mucho y además de verdad -dije yo en las palabras más sinceras de toda mi conversación al tiempo que el conductor del autobús bregaba con el volante tratando de aparcar en las cocheras de Cáceres.

– Bueno zagal, que tengas un muy buen viaje y no te olvides de visitar a tus padres de vez en cuando que seguro que se acuerdan mucho de ti. Marcho corriendo.

Y efectivamente así lo hizo. Yo bajé la mochila del altillo del autobús y la dejé en mi asiento, después me cambié al suyo y traté de buscar, en vano, a la señora por la ventanilla para decirle adios con la mano. Abrí, entonces, la mochila y saqué un bocadillo que había comprado antes de salir. Por alguna razón esperé a que el autobús estuviese de nuevo en marcha para abrirlo, como si me diese verguenza comer estando parado o algo así.

Con el primer mordisco se me empañaron los ojos.

Cuando acabé el bocadillo, hacía tiempo que me había aprendido todas y cada una de las nubes de aquel cielo tan bonito que osó amanecernos aquella mañana desde mi prestado asiento de ventanilla.

De vuelta en el avión, aquellas tres palabras no dejaron de hacer eco entre mis costillas. No soy capaz de acordarme de la cara de aquella gallega exiliada con ganas de charleta, pero todavía hoy me reservo un hueco cada mañana para pensar en aquellas tres palabras y así bajarme un poco el ego, apuntalarme la conciencia y agradecer al cielo, ventana o no mediante, lo que hoy todavía sigo teniendo.

“Lo tenían todo…”


IMG_0594.jpg




Me casco algo más de 30km al día en bici entre mi casa y el trabajo. Gorro de lana en cabeza, sillín acolcherplus en culo y termo lleno de té caliente a modo de botellín, voy y pedaleo durante cerca de 50 minutos por Tokio dos veces cada jornada. Evito por todos los medios coger un tren, sobretodo por las mañanas, así que a no ser que llueva la de Dios es Cristo, ahí se me puede ver cuesta parriba y cuesta pabajo como alma que lleva el diablo.

Después de tanto trajín, ya le he pillado el truco al asunto, por ejemplo había un rascayú al que siempre adelantaba camino de Shibuya pero que el mamonazo de él me estaba luego esperando en un semáforo unos cuantos kilómetros más allá, así que decidí no adelantarle y seguirle un día descubriendo el atajo salvapiernas del siglo, menudo pájaro aquí mi primo.

IMG_2425.JPG


Total, que aquí van una serie de mandamientos bicicleteros que cualquiera debería saberse para andar en bici por el Tokio de mis amores:

– He leído de todo sobre registrar la bici: que si es obligatorio, que si no… normalmente te lo hacen en la misma tienda y es mejor hacerlo, pero yo la compré por Amazon y no la he registrado. Las cuarenta veces que me han parado para comprobar si es mía les cuento esto mismo y no pasa nada aunque a veces me hacen abrir y cerrar el candado para asegurarse que la bici es mía. Si eres extranjero aquí cuenta con que te paren muy a menudo, esto es así: aquí eres un pintas con esos ojacos garbanzo.

– No es obligatorio llevar casco aunque muy recomendable. Yo no llevo y a mi suegra no le hace esto ninguna gracia, que me lo recuerda siempre.

– No se puede ir escuchando música, si te pillan te paran y una de dos: o te dan un aviso o te ponen multa directamente. También está prohibido ir dos en una bici normal o llevar un paraguas abierto conduciendo (anda que no se ven de estos, por cierto!).



IMG_1751.JPG

– En Tokio apenas hay carril bici y aunque molaría que hubiese, tampoco pasa ná porque se puede ir por la acera y por la carretera sin problema, puedes mezclar las dos según te convenga y por supuesto si no la vas a liar parda. No te metas por una acera repleta de gente dando por saco con el timbre esperando que se aparten, bájate y anda, el peatón siempre tiene preferencia.

– Ve siempre por la izquierda, siempre siempre, tanto si vas por la carretera como si vas por la acera porque si te cruzas con otro ciclista, es lo que espera que pase. Esto me costó un par de sustos aprenderlo. Podrás adelantar por la izquierda coches sin problema, pero mucho cuidado con los autobuses y las paradas porque seguramente ni verán que estás ahí cuando se arrimen a la acera.

IMG_3475.JPG

– No está prohibido circular por el lado contrario de la carretera, es decir, que tu vayas arrimado a la acera por la izquierda y de repente te encuentres a un porculeiro en bici que viene de frente también. Eso es lo más peligroso que hay, en serio, peligroso peligroso porque al intentar esquivarle te sales y es fácil que te enchufe un coche. No hagas eso, por el amor de Dios, si vas a ir en sentido contrario, vete por la acera.

– Si vas por la carretera, se supone que debes seguir las normas de circulación como si fueses un coche. Pero el tema es muy flexible si andas un poco vivo: puedes cruzar un paso de cebra con la bici si te conviene y seguir por la acera del lado contrario, por ejemplo. El caso es que no pongas en peligro a nadie, si haces maniobras de estas con cuidado la policía no te dirá nada aunque te vean, todo Dios lo hace.

– Te pueden hacer control de alcoholemia si te paran yendo en bici y en Japón el límite es 0. Si das positivo te pueden hasta meter en la cárcel hasta 5 años y ponerte una multa de hasta un millón de yenes!! la cosa es seria!!


IMG_1719.JPG

– No te pases semáforos en rojo aunque acaben de cambiar, lo normal es que haya algún coche a toda hostia tratando de saltarse el naranja de su lado, sobretodo si son taxistas.

– Ojo a las puertas de los coches que aparcan ahí en el arcén, deja ahí bien de sitio no vaya a ser que salga el tipo justo cuando pases y te la zampes con potetos. Sobretodo, again, si son taxistas.

– Cuidado con las motos porque muchas veces te aparecen desde cualquier lado y normalmente pasan mucho de los ciclistas metiéndose delante y haciéndote frenar aunque te hayan visto. Especial precaución con las pequeñas que también se meten por entre la acera y el lado izquierdo del coche.

IMG_2945.JPG

– Cuidado, mucho mucho cuidado con los taxis: en cualquier momento pegan un frenazo y se paran ahí bloqueándote el paso prácticamente sin mirar. Igual están parados con las luces de emergencia puestas y salen de repente sudándosela todo, los taxistas en Tokio hacen lo que les sale de los tamagos, tienen unos huevacos como obispos.

– Las alcantarillas, los pasos de cebra y las líneas de la carretera resbalan un huevo cuando llueve. En serio: un huevo, mucho cuidado aquí.

– Canda la bici, esto puede parecer un consejo chorra pero lo cierto es que aquí prácticamente no mangan nada nunca… excepto las bicis, no es raro que te la pimplen para ir a algún sitio y después la dejen por ahí abandonada. A mi no me ha pasado nunca, pero a un par de amigos míos si. Lo que si me han mangado a mi han sido dos fundas acolchadas del asiento, tiene huevos que tenga que ir cargando con eso. Por cierto, otra excepción que no tiene que ver con bici: la gente en Tokio es muy educada… excepto en las estaciones y en los trenes donde ahí no hay un Dios que respetar, les daba de hostias a la mitad.

– Y ojo donde dejes la bici, no se te ocurra enchufarla al lado de ninguna estación porque te la lleva la poli fijo. Aquí no puedes aparcar donde te salga del nardo, aunque, por experiencia, si la dejas un par de horas por ahí, mientras no estorbe (incluso de un día para otro) no pasa nada. En dos días no está fijo.



IMG_1924.JPG

– Tirar la bici, como cualquier cosa aquí, cuesta pasta. Lo más fácil es dejar la bici “aparcada” por ahí y ya se encargará la poli de llevársela. Te mandarán un par de notas para que vayas a recogerla si la tenías registrada, a la tercera te dirán que la bici se ha reciclado por ahí y que te has quedado sin ella. Como esto igual no lo sabe mucha gente, es fácil encontrar gangas en Craigslist de gente que se pira del país y no quiere pagar dinero por tirar la bici, echadle un ojo!.

– Lleva luces, cómprate luces que parpadeen por delante y rojas por detrás porque aunque parezca mentira, la inmensa mayoría de las calles de Tokio son muy muy oscuras a nada que te pires del centro un poco, y estrechas, que a veces no pasan dos coches aunque sean de doble sentido. Que se te vea bien el culete, amigo, que si no te pueden poner hasta 50.000 yenacos de multa!

– Ponte a la cola, no me seas de tu tierra. Si hay un tío que ha llegado antes que tu al semáforo, no des por saco y te pongas en paralelo a él: le molestarás cuando el semáforo cambie y a la vez estarás también tocándole los huevos a los coches de detrás que no podrán adelantaros a los dos. Coño, ponte detrás y ya le adelantarás un poco más adelante. Y no te fíes un pelo de las amatxus que van cargadas con un par de críos o las abuelas porque fijo que van con bicis con batería y te mearán a la mínima cuesta, es acojonante lo rápido que pueden ir. Adelanta siempre teniendo esto presente.


IMG_1401.JPG

– Ya lo he dicho antes, pero insisto: no toques el timbre cuando vayas por la acera. Molestas. En serio: molestas un huevo, tu no tienes la prioridad, usa el timbrecillo tocapeloter cuando no te quede más remedio porque sea peligrosa la situación.

¡Y ya no sé que más contar!. Es una auténtica gozada poder ir en bici a currar aunque me pille un pelín lejos, recuerdo que intentaba ir en bici por Bilbao y cada día que llegaba a casa vivo o sin apalear por alguna vieja era un auténtico milagro, Tokio en bici mola mucho!!

IMG_1287.JPG


Mi 2014 ha supuesto la mayor transformación de una vida que muy poco tiene ya que ver con otros tiempos ya añejos, tanto que a veces hasta parecen irreales; cada vez son más difusos esos recuerdos conmigo como único protagonista.

Auténtico cambalache de sentimientos, trapicheo incensante de emociones inherentes a esta extravagante historia de convertirse en padre y mira que el asunto no es de un día para otro, que uno siempre tiene más de medio año, en el peor de los casos, para ir haciéndose a la idea.

Pero es que es imposible hacerse a la idea. Venga ya, ¿cómo vas a saber esta movida?.

Siempre te dicen eso de que te cambia la vida. Me río yo de esa frase. No te cambia la vida, te la reemplaza directamente por una nueva que desconocías totalmente. Una vida que de repente te empiezas a tomar en serio, muy en serio, a niveles que ni intuías. Tomas consciencia de que ya no eres tu solo, que hay una persona, un jugador del Athletic en potencia que depende absolutamente de ti, de lo que hagas, de lo que decidas, de donde estés, de como estés.

¿Prioridades decías que tenías?, sílbame esa melodía si te acuerdas tío Tosca, a ver si soy capaz de sacarle la letra…

Así que aunque llevaba ya un par de meses con un pequeño bebé de ojos rasgados ahí mirándome sin verme, no ha sido hasta que se ha empezado a enfríar el cadaver del 2014 cuando he empezado a tomar consciencia de la magnitud de la copla.

Como decía, lo más importante ha sido que he empezado a tomarme la vida mucho más en serio, algo así como tratar de estar en las mejores condiciones posibles para ser capaz de responder ante el reto de criar a un hijo con todo lo que conlleva.

Pocas decisiones son triviales, Kota es la prioridad absoluta y ya todo gira en el torno de sus pulsos. En el 2014 cambié de trabajo para ser capaz de ahorrar dinero y así preparar todo lo que está por venir: ropa, habitación, guardería, escuela… bueno, lo cierto es que compramos la casa precisamente porque venía aquí el señorito.

Ahí va un vídeo de la casa que grabé en principio para que la viesen mis padres, pero que ya puestos, también lo publiqué:

Por aquel entonces ya andaba yo dándole muchas vueltas a la nueva situación y se me ocurrió recopilar una serie de asuntos que me hubiese gustado que me contasen allá por entre mi infancia y mi adolescencia. También escribí un relato de como era un día de aquella nueva vida que acababa de empezar, por no hablar de que de repente todo me parecía una auténtica farsa o de que incluso establecí una serie de mandamientos por los que regirme a partir de entonces.

Por cierto, que pedazo de nevada que cayó en Tokio en febrero, ¡¡la más grande en 40 años !!

Aprovechamos el tiempo entre medias de empresas para volver a mi pueblo y que mis padres y mi hermano Javi conociesen al heredero de mis kimonos. Es curioso como todo lo que tiene que ver con él se magnifica: si le hacen un regalo nos alegramos el doble que si nos lo hubiesen hecho a nosotros y al revés, cualquier feo detalle hacia él resulta doblemente feo. Días de gran emoción, sin duda. Además presenté el libro en la biblioteca de Zalla, una noche que difícilmente olvidaré. El libro ya sabéis que se puede descargar gratis en PDF de alta calidad y que si queréis tenerlo en papel, cosa que nunca dejaré de recomendar, lo podéis pedir aquí. También sorteamos unas kokeshis entre todas las reseñas que me habéis escrito, ¡¡¡ muchas gracias a todos y enhorabuena a los tres !!!

En el 2014 también salí en diversos medios por ahí como la revista de mi pueblo o el Deia. Chiaki y Kota salieron dos segundos y medio en Telecinco y finalmente salió el programa de Fogones Lejanos que ya llevaba grabado unos meses.

El día del padre vino y me di por aludido gracias a Chiaki, qué bonito fue por ser el primero. Aquella era la nueva vida que vino para quedarse, la de padre de familia, la de dar paseos los tres por el barrio en el que estábamos ya echando raíces, el barrio en el que crecerá mi hijo aquí en Tokio, aunque de vez en cuando me diese por tener morriña de aquellos días que me pertenecían exclusivamente a mi.

En Agosto siempre bajan mucho las visitas del blog así que decidí hacer un experimento y empecé a publicar un montón de posts reguleros de esos en los que se copia lo que haya salido por ahí en cualquier otro lado sobre Japón estilo dar las noticias más esperpénticas del país y ver que pasa. Si os digo que el post mas visto del 2014 fue el del Batman por la autopista… así es la cosa, amigos… el mas visto con una diferencia de miles de visitas con cualquier post de los normales.

Mira por donde que en el 2014 me topé de bruces con un chikan, un pervertido baboso, en el metro de Tokyo y al de unas semanas al que le partieron las bruces fue a otro…

También presenté el libro en el Instituto Cervantes de Tokio, que casi se me olvida y anda que no estuvo bonito el asunto porque amigos míos leyeron algunos capítulos allí en directo. Tengo vídeos, a ver si acabo de sacarlos, por cierto…

Y Kota hizo un año.

Y yo decidí que mi tiempo es lo más importante que tengo, lección que reforzó aquél amable anciano con el que nos topamos en el tren.

El 2014 pasaron muchas cosas buenas aunque se torcieron algunas que espero que se acaben de enderezar de nuevo en el 2015. Para mi ha significado un año de cambio, un punto de inflexión enorme al que todavía no he conseguido acostumbrarme del todo. Mientras disfruto de Kota y de Chiaki todo lo que puedo, trato de robarle momentos al día para retomar lo que se quedó en barbecho hace catorce meses y que ya va siendo hora de rescatar. Este año recupero las metas fallidas del año pasado en las que me propuse presentarme por fin al Noken nivel 2, sacar el tercer dan de Karate y añado alguna más como correr alguna maratón, sacar otro libro y seguir hablándole a Kota en castellano todo el rato. ¡¡¡¡ Vamos a ver si pueden ser !!!.

Feliz año nuevo, por cierto, que casi se me olvida. Gracias siempre por seguir ahí.



Ayer recordé de sopetón aquella vez que me topé con un acosador asqueroso en el metro de Tokio, aunque lo sucedido aquél día no fue prácticamente nada comparado con… bueno, a ver si soy capaz de transmitir un poco de lo que viví yo anoche, que cuando llegué a casa todavía seguía con los nervios puestos debajo de la chaqueta.

Total, el caso es que yo volvía de una magistral clase de Karate que, como todos los martes, nos regaló Suzuki Sensei. En todas y cada una de las clases se aprende algo nuevo, esto que puede parecer banal toma especial importancia si tenemos en cuenta que empecé a hacer karate hace ya más de 20 años con algún que otro parón de por medio. Suzuki Sensei siempre le dará una vuelta más a algo que pensabas que te sabías. En Karate nunca se deja de aprender, el reto que supone es tan motivante que nunca se le quitan a uno las ganas de seguir yendo para ver si la siguiente clase es esa que nunca llega en la que todo se domina.

Desde que trabajo en Gotanda la ida al dojo es sencilla, pero la vuelta a casa se complica: recorrer los 15km de rigor en bici después de dos horas de patadas y posiciones bajas es una de esas locuras que me permito perpetrarle a mi cuerpo. Pero ayer dio mucha más lluvia de la que luego fue, así que volví en tren. Tengo tres transbordos, lo que hacen un total de cuatro líneas distintas: Ikegami, Yamanote, Inokashira y Keiyo. En la segunda, la Yamanote, coincidí con un chico nuevo de Karate que conocí en el entrenamiento de esa misma noche y estuvimos hablando del examen de cinturón negro al que se presentará el martes que viene. Un tío muy majo, por cierto, al que despedí en Shibuya donde tiré para la Inokashira, línea que raro es que no esté atiborrada… esos vagones son el infierno, bendita bicicleta.

Yo me puse a la cola y deje pasar un tren para montarme en el segundo y asegurarme un sitio. Allí me senté en cuanto se abrieron las puertas y poco tardó aquel vagón en ponerse hasta arriba de personas, a veces me pregunto cuanta gente puede caber en uno solo de esos vagones… diría que más de doscientas almas allí se embuten, doscientas veinte si contamos los de última hora que se cuelan de espaldas haciéndose paso a vuelta de culear para dentro.

No habían pasado ni dos estaciones cuando escuché gritos de fondo. Me quité los auriculares y descubrí a un gaijin, ni más ni menos gaijin que yo, que estaba gritando movidas en japonés:

– Has sido tu, que te he visto, ¿qué coño te crees que estás haciendo?, has sido tu no me lo niegues que te he visto, pedazo de hijo de puta.
– Por menos de esto en mi país te matan (korosareru), ¿me oyes?, no digas que no, malnacido de mierda

Y así un montón de insultos más. Alcé la vista y la chica que estaba delante de mi estaba llorando. Entendí al instante la situación que fue muy parecida a la que viví yo: un baboso de estos que dicen que hay en los trenes que vete a saber lo que le había hecho a aquella pobre chica que no dejaba de sollozar, y un testigo de toda la historia que no dudó en actuar.

Yo aquél día me limité a ponerme en medio y dar un par de toques de atención sin mediar palabra. El chico de ayer se fue al otro extremo y quiso que todo Dios se enterase del asunto señalándole, zarandeándole y llamándole de todo. Al ver a la chica llorar, algunos más se le unieron y ya eran tres los que le tenían acorralado entre insultos y meneos.

El tren entonces llegó a la siguiente estación, el extranjero se bajó con la chica con la intención de denunciar al pavo que la verdad es que no tenía muy claro como reaccionar y no se movía de allí. Entonces el gaijin volvió a entrar y mientras gritaba que saliese del vagón, le agarró de los pelos y se lo llevaba arrastrando. El otro que no quería salir, se zafó y entonces uno de los que había allí le empezó a empujar gritándole también que iba a salir de aquel vagón por las buenas o por las malas, que empezase a andar. Pero el pavo se resistía, no sé muy bien qué pasaría por su cabeza, quizás que si no se movía de donde estaba la cosa se iba a calmar y podría llegar hasta su estación como si nada una noche más…

El extranjero cuando volvió a entrar ya tenía bien claro que había que sacarle a hostias y fue directo a por él metiéndole tres puñetazos seguidos repartidos entre la boca y la nariz. Si ya estábamos todos bastante nerviosos, aunque ni la mitad que aquel extranjero menudo que menudo resultó ser, ver la sangre en la cara de aquel elemento nos acabó de desatar y fuimos unos cuantos los que le intentamos calmar: tranquilo, ya está, ya le hemos pillado, ahora que se lo lleven, tu tranquilo.

Ahí es cuando entró el jefe de estación preguntando por la situación, y cuando todos confirmaron la historia del hostiante, se llevaron al hostiado supongo que con la intención de llamar a la policía.

Al gaijin digo yo que una tila le habría venido bien, pero, ¿sabéis lo que os digo?, ole sus cojones. Yo no fui capaz, ni creo que haya que llegar a ese extremo, de actuar tan violentamente, pero si que debí haber montado el pollo para que al menos todo el mundo se enterase de lo que estaba pasando y así supiese que tiene consecuencias.

El tren siguió su ruta y por megafonía se escuchó “llegamos dos minutos tarde por culpa de un pequeño incidente, perdonen las molestias”. Já, pequeño, y le dejaron la nariz como a Calamardo.

Esta mañana se lo he contado a Chiaki poniendo énfasis en los puñetazos, en la sangre, en lo violento de la situación dando a entender que quizás no se debía haber llegado tan lejos como para medirle el morro.

いいじゃん、もうやらないでしょう? me ha contestado. “Que se joda, así no lo hace más” traduzco e interpreto yo y de paso le doy toda la razón. Que asco de gente.



Cada vez tengo menos paciencia.

Con la gente. Cada vez tengo menos paciencia con la gente, quería decir, bueno, con cierto tipo de gente.

Que uno ya tiene el culo pelado de payasadas, vaya.

Puede que me haya vuelto un vinagres, como le llamábamos a un amigo mío que era incapaz de ver nada bueno en toda situación y lugar (a juzgar por su muro de Facebook, la cosa sigue igual). Afortunadamente creo que no es el caso porque siempre me he creído optimista por naturaleza y siempre trato de buscarle las cosquillas que me permitan reírme de las horas.

Pero es que últimamente me tocan con más asiduidad e intensidad los huevos ciertos comportamientos de ciertas personas. Son patrones que se repiten, que son totalmente previsibles y que me darían igual de no ser porque se vienen a pisar mi huerto donde tengo yo ahí plantado mi tiempo y mis esperanzas. Es decir, que por mi tu puedes ser el mayor drama queen de la historia, el que todo lo sabe, un quejica amargado o el tío calaveras mientras no me afecte ni a mi ni a los míos. Pero, ay amigo, si resulta que eres una interferencia, si tus movidas se cruzan con las mías, ahí es cuando ya mis tragaderas se saturan y no me queda otra, más quisiera yo, que mandarte a la mierda que quede más a desmano, en línea recta, de donde estemos yo y mis posaderas.

En esta ocasión esta bonita entrada viene motivada por ese tipo de persona que lleva más tiempo que tu haciendo lo que sea que tu hayas empezado, bien sea un nuevo trabajo, un nuevo deporte o cualquier actividad. Les llamaré “los veteranos” por no llamarles “los tocacojones” que queda un poco feo a estas horas de la mañana así sin cervezas de por medio.

Son esa gente que se empeña en que te enteres de que, efectivamente, tu eres el nuevo y, por tanto, no sabes nada ni serás capaz nunca de llegar a su nivel. Se preocupan más por demostrarte esto que por hacer bien lo suyo: están atentos a lo que tu haces y se reirán cuando, lógicamente, no atines en tu empeño, lo que es perfectamente normal en todo proceso de aprendizaje que se precie. Después, condescendientes, tratarán de decirte como lo debes hacer aunque ellos no destaquen precisamente por su maestría; es más, suele ocurrir todo lo contrario: tan inútiles como ruidosos.

Me pasó cuando empecé el blog, cuando empecé a sacar fotos, me ha pasado en antiguos trabajos con parlapuñados que no sabían hacer la O con un canuto, en gimnasios con elementos con el pecho tan desproporcionado como sus barrigacas y últimamente en Karate con dos personas mayores que llevan practicándolo toda la vida, con el mismo nivel de patosidad que de arrogancia.

En todos los casos pasamos por las mismas fases: ninguneo, falta de respeto, de interés por el nuevo, negando incluso el saludo. No existes, eres un intruso en su terreno. Cuando el profesor o algún otro alumno destaca algún evidente progreso tuyo, es cuando entran en juego ellos. Ahí es cuando empezarán con su ironía, con su sonrisa de medio pelo a tratar de perdonarte la vida no vaya a ser que te crezcas, porque tu llevas dos días y ellos no. Porque da igual que quizás tu hagas las cosas mejor, nunca te lo reconocerán porque sería cuestionar su supremacía. Porque tu acabas de llegar y no tienes puesto en el escalafón.

Es acojonante. Tanta tontería ya, coño.

Estos dos individuos en cuestión son muy torpes, aparte de que no saben que no es que yo sea nuevo, sino que he estado casi un año sin ir a las clases por ocuparme de Kota aunque yo no me preocupo en que lo sepan porque me importa un cojón. Se saben muchos más katas que yo, pero tendría delito no hacerlo después de tantos años. Como los hacen ya será otro cantar. Por eso contraataco yo. Por eso me pongo el doble de serio cuando toca técnica por parejas con alguno de estos enfrente, por eso no les río ninguna de las gracias ni doy cancha a ninguna de sus excusas por sus innumerables fallos. Reverencia y en guardia, sin dar tregua ni en ataques ni en paradas aunque llegue a casa con los antebrazos en carne viva.

No dejo pasar ni una. Serio. Muy serio. Encabronado. Modo tío vinagres.

Ni una.

Demostrando quien soy con hechos y no con palabras y nunca, en ningún caso, prestándole ni una migaja así del respeto que no se ganan con su actitud. Mi respeto es para los que sé que saben porque solo hay que verles para saberlo. Esos no te vienen con tonterías, con payasadas, no te vendrán con la media risita indulgente del necio arrogante, estos si que respetarán cada uno de tus pasos porque ellos saben y valoran lo que les costó cuando los dieron ellos. Si te tienen que corregir algo, lo harán sin vacías parafernalias y será a ellos a los que deberás escuchar porque, como digo, es evidente que saben lo que se hacen con solo verles.

Porque no hacen ruido, no montan la verbena, no necesitan inventarse el personaje, no ha lugar a farsa alguna que enmascare su inutilidad suprema, no necesitan demostrar nada a nadie; ellos hacen lo suyo lo mejor que saben con la más noble de las pretensiones: mejorar por y para ellos, que no deja de ser el primer, último y más ilustre de los motivos.

Porque que lleves mucho tiempo haciendo algo no significa que seas experto, sino veterano, y no te da, ni mucho menos, derecho a que me toques los cojones. Déjame en paz, déjame seguir con lo mío que hace muchos años ya que decidí dejar de desperdiciar mi cada vez más valioso tiempo en bufonadas ajenas.

Copón ya.


Fue un día largo que acabó pronto, como lo son prácticamente todos desde que Kota está con nosotros: se abren cajas cerca de las seis de la mañana y se echa el cerrojo apenas dadas las nueve de la noche. Bueno, si echamos cuentas, tampoco cambia mucho la cosa: levantarse a las diez y ensobrarse después del deadline de la Cenicienta viene a ser prácticamente lo mismo; con el agravante a nuestro favor de que el país del sol naciente lleva implícito también el sobrenombre del país de la rauda luna. A las cinco es tan de noche que asusta.

Lo que no es lo mismo es lo del medio. No es lo mismo pero ni de lejos.

Se acabó eso de vaguear, de desayunar leyendo las noticias por internet taza de té en la zurda mientras la diestra afila uñas ya para el rascamiento del nalgamen adyacente, como mandan las tradiciones mañaneras. Ahora no. Ahora te tomas tu té cuando el monarca Kota Toscano III tenga a bien concederte un tiempo que le lleva perteneciendo a él desde que empezaron a asomar por abajo los títulos de crédito con tu nombre del último sueño que te inventaste esa madrugada.

Y bien a gusto, no os penséis.

El pecho se le empatana a uno cuando, al notar tirones en la pernera del pantalón, se descubre que hay un bebé ahí abajo exigiendo que le eleves a la categoría vertical que se merece, que le cojas en brazos pero ya mismo y que eso de estar a otra cosa no se vuelva a repetir. Mirada seria, tenaz, bien acorde con la gravedad de su meta, con su ineludible propósito.

Esa mirada es golosina por definición, no puede ser más dulce. No hace mucho leí que uno estaba obligado a ponerse al teléfono de juguete de un niño si te lo pasa y contestar como si fuese la llamada más importante del mundo. Pues por ahí van los tiros.

Hay cosas que no deben ni pueden ser de otra manera.

La cuestión es que no recuerdo a donde fuimos aunque si que fue bastante más lejos de la habitual vuelta al barrio con parada y fonda en algún menú del día, la sala de lactancia del centro comercial y el avituallamiento obligado en la cafetería del matrimonio que hace donuts caseros. Ese día tocaron andenes y pintaron trenes con Kota colgando de mi pecho. En Tokio llevar un carrito de bebé implica tardar media hora más en salir de cada estación, y eso cuando no te toca cargar carrito más bebé escaleras arriba desde varios pisos sumidos en el subsuelo. Por eso nunca solemos usarlo y le llevamos colgando sobre nosotros. Eso si, a la que te sientas, Kota ejerce su derecho soberano de revolverse hasta que le sacas de su prisión pechera para dar voces y prácticamente no estarse quieto ni medio pestañeo.

IMG_0280.jpg



Eso mismo pasó a la vuelta mientras íbamos sentados en la zona del vagón reservada para minusválidos, embarazadas, ancianos y personas con bebés. Estábamos homologados completamente, no me miréis mal que además yo soy de los que se levanta a la mínima cana que asoma por la puerta.

Total, Kota estaba ya de pies encima de mis muslos entretenido entre señalar a la señora que quedaba a las tres y gritarle un “EEE” claramente reprochante vaya usted a saber a santo de qué, y tratar de engancharle la corbata, y descojonándose con cada intento, al salary man que dormía de pies justo delante de nosotros. Entre reverencias y disculpas por nuestra parte, se nos sentó un anciano al lado, exactamente a la derecha de mi derecha y poco tardó Kota en decretar que ese sombrero blanco pertenecía a su reino y que le debía ser entregado a modo de arancel.

– Sumimasen -solté por enésima vez en aquél vagón. Kota, esto no es tuyo, no puedes coger lo que te de la gana, chato. Dame dame.

– ¿Como has dicho que se llama? -dijo el anciano mientras le ponía el sombrero a Kota, pero la cabeza de Kota no alcanzaba a hacer base ni poniéndose de lado así que acabó inmerso ahí dentro con el sombrero tapándole hasta la barbilla. Kota se revolvió pero en vez de llorar se empezó a reír a carcajada limpia entre aspamientos.

– Se llama Kota -dijimos a la vez Chiaki y yo mientras le devolvíamos el sombrero esquivando los embites del monarca que no iba a dejar que se le arrebatara su nueva corona sin ofrecer fiera batalla. Cuando el hombre se lo volvió a poner, Kota no le quitaba ojo, a nada que entrase en zona neutra, para el botín real que volvía.

– ¿Cuantos años tiene?, hay que ver qué pedazo de ojos tiene, como se nota que es half, ¿le habláis en inglés?, ¿de donde eres? -preguntó de corrido y sin embargo con ritmo lento, diría que igual de entrañable que su aspecto. Así me gustaría envejecer a mi, con esa elegancia y esa simpatía. Mientras le contestábamos a una u otra pregunta a veces yo, a veces Chiaki, él le hacía carantoñas a Kota cuyo objetivo sombreril permanecía intacto.

– Anda, España, menos mal porque yo pensaba que habías hablado en inglés y estaba todo triste porque no te había entendido nada, ¡tantas clases y tan poco resultado!, pues si que estamos buenos. Una de mis hijas está casada con un holandés -aquí dijo el nombre pero no logro acordarme- y mi nieto también es half y habla inglés y japonés perfectamente, tenéis que aprovechar eso, los niños son mucho más listos que nosotros que nos hacemos tontos además de viejos.

– Jajaja, pues sí, yo le hablo en castellano siempre y ella en japonés, de momento cuando le digo cosas como “ven” o le saludo, actúa en consecuencia, vamos, que lo entiende de más. Como todavía no habla, pues no sabemos por donde saldrá.

– Pero tampoco seáis muy duros, ¿eh?, un niño es un niño y su deber es jugar y reírse, no le riñáis demasiado.

Se hizo el silencio. Se acordó, quizás, de alguna riña a alguno de sus nietos con él delante y pude intuir cierta congoja, cierta pena por la situación vivida que escapaba a su control. De ser cierto, sin ninguna duda que este hombre, a parte del más elegante del vagón, debía haber sido un gran padre. Permanecí atento porque destilaba lecciones de humanidad con cada gesto.

– Yo estoy estudiando inglés -retomó- porque soy un viejo y los viejos tenemos mucho tiempo libre. Me he apuntado para voluntario en las olimpiadas del 2020, quiero ayudar a todos los extranjeros que vengan porque el japonés es muy difícil. ¿Verdad que es difícil? -preguntó y prosiguió sin esperar a mi asentimiento- Estoy estudiando inglés todos los días por mi cuenta, un poco cada mañana, y los sábados nos dan clases en el centro cívico del barrio.

De nuevo volvió el silencio que esta vez fue más largo incluso. Silencio solo interrumpido por balbuceos de victoria de Kota al conseguir tirar de la corbata que colgaba, tentadora y desafiante, justo delante de sus ojos. Silencio largo que pausamos con una ración más de nuestras ya rutinarias disculpas por las acciones del monarca. Silencio al que finalmente hirió de muerte, un par de minutos antes de que llegase su parada, el menudo y elegante anciano que permanecía extremadamente pensativo a nuestro lado.

– Pues si, estoy estudiando inglés para ayudar en las olimpiadas -insistió- pero no creo que llegue.



Ikupágina 1 de 14312345>102030>La última »