El blog sobre Japón de un tío que SI está en Japón!!

La movida empezó con el nacimiento de Kota. No sé si se podría llamar al asunto crisis de los cuarenta, o crisis del padre primerizo, pero el caso es que todo a la vez ha hecho que mi vida sea totalmente distinta. Eh, anda que no cambia la cosa cuando te aproximas a los treinta y todos y encima teniendo un guacho dándote botes encima!

Es cierto que piensas en que ya llevas la mitad en el mejor de los casos, que es verdad que esto se va a acabar, que la vida va más en serio de lo que iba hasta entonces. Empiezas a darte cuenta que a lo mejor no tienes ya todo ese tiempo del mundo que siempre había sobrado para hacer todos esos planes que tu subsconciente y tu habíais apuntado en el cuaderno de sueños pendientes.

Te quieres poner en forma ya mismo. Quieres estudiar lo que siempre habías dejado para después, te pones a comer aguacates a media tarde porque has leído que son buenos para el colesterol y en el armario de la cocina hay un rincón con movidas raras y superfoods de esos que saben a folio rebozao con alpiste pero que van a hacer que tu hipotenusa siga elevándose al cuadrado de siempre.

En mi caso llevo encima una crisis de los cuarenta de la hostia, pero del copón de la baraja. Acojonao estoy.

A ver si soy capaz de explicarme.

Bueno, vaya por delante que estoy guay, que estoy bien, no preocuparse, que lo llevo estupendamente. Es más, diría que me gustaría haberla padecido antes, tampoco demasiado pronto, pero como cinco años antes habría estado más que fenomenal para haber guiado mis pasos hasta donde estoy, si, pero por algún que otro atajo.

La cosa no va por comprarse un Ferrari último modelo, teñirse el pelo de rubio y dar acelerones por la gran vía, o por el cruce de Shibuya en mi caso. El síndrome se ha manifestado de manera muy distinta: a mi me ha dado por pensar, por pensar muchísimo, por darle vueltas a todo lo que me rodea, no más que antes pero si a otro nivel, un poco más arriba, darle una “metapensada” a la vida y priorizar, priorizar hasta niveles de locura.

Me voy a morir, ese es el eje. Permitidme la crudeza.

Sabiendo que ese siempre de siempre está más cerca que nunca cada vez, todo se relativiza.

Todo.

Empecé por el trabajo: decidí que no iba a meter ninguna hora de más porque esa hora es una hora que nunca va a volver, una hora en la que podría haber estado jugando con mi hijo, enseñándole a contar en castellano o dándole todos los besos que pueda a la tía más guapa que hay, que es mi mujer y de momento me deja. Una hora de las limitadas que me quedan, que espero que sean muchísimas todavía, ojo. Así que si viene algo “urgente”, rara vez será tan urgente como para olvidarme de que el tiempo que paso en la oficina es el apalabrado, el resto no es ni más ni menos que mi vida, esa que se va acabando, lentamente, pero sin tregua pactable posible. El tiempo es lo más preciado que tenemos, se mire como se mire. Por eso mismo no cojo nunca el teléfono, por ejemplo, es mil veces más rápido y efectivo el email, no me compensa.

Si excepcionalmente, pero muy excepcionalmente, me tengo que quedar para arreglar algo que se ha roto, me voy exactamente ese tiempo antes al día siguiente, es algo que he hablado, muy seriamente, con mi jefe y a lo que ha accedido.

El otro día le escuché a Iñaki Gabilondo en una entrevista decir que solo se arrepentía de una cosa: no haber pasado más tiempo con sus hijos cuando estos eran pequeños. Esto lo dice un señor de los pies a la cabeza hasta donde yo sé, que pasó una enfermedad muy grave; yo no quiero tener que llegar a ese extremo para darme cuenta.

Después pasé a otro nivel, pasé a relativizar la sociedad. Coño, ya os había dicho que llevo una crisis cuarentona encima de cojones, ¿no?. Pues eso, dadme cancha que despego. La sociedad, japonesa o no, estaba ahí cuando yo nací y seguirá ahí cuando yo me pire a fertilizar sakuras o cipreses o lo que quede encima de mi ombligo. Una sociedad con una serie de normas, de costumbres que deberían hacer más fácil la convivencia a la vez que asegurar y estabilizar la velocidad de progreso como humanidad. Esto es así, es innegable: ya no nos morimos por enfermedades de hace cien años, tenemos agua caliente, chorrillos en el ojete en mi caso, internet, aviones, jodé, yo que sé. Pues yo relativizo esta historia: todo me importa lo justo, las convenciones sociales, el sistema este que tenemos montado es una herencia, sin más, algo que va cambiando con los días según interesa a grandes empresas o gobiernos o… pocas cosas hay auténticas mires por donde mires, pocas cosas no son cuestionables, no hay porqué comer tres veces al día, yo entre semana comeré como cinco veces cosas ligeras porque así optimizo el tiempo, porque me conviene, tampoco hay porqué tomarse un café por las mañanas ni tumbarse a tostarse al sol en verano.

Pero voy más allá: los valores de este teatro se resumen en uno: se basan en tener más o menos dinero sin el cual no podrás hacer prácticamente nada y contra este concepto no hay ética que no se pueda doblegar; los supermercados venden comidas que son un disparate, incluso etiquetadas para niños, prima vender el máximo posible en cualquier lugar al que mires, no hay sentido común, solo tratar de ganar más pasta a toda costa.

Pero yo sé de primera mano que tener o no dinero es circunstancial, lo dice uno que ha pasado ya por casi diez empresas de todo tipo entre España y Japón. No me enorgullezco de ello precisamente, pero tampoco me importa: ha habido momentos duros y momentos mejores, como el actual, pero yo he sido siempre constante. Yo como persona: lo que pienso, lo que hago, mi potencial independientemente de la pasta, mi salud, mi cuerpo, mi mente. Eso es auténtico, es lo que hay y lo que queda en última instancia, el único patrimonio verdadero en Bilbao, en Japón o en Alpedrete, con o sin panoja para gastar, en esta o en aquella sociedad, quitándome los zapatos al entrar a un restaurante o zampando pintxos en la calle. Por eso me primo a mi mismo: estudio y no dejo de aprender, por eso hago todo el ejercicio que puedo, por eso trato de tener la mejor salud posible, porque vaya donde vaya, yo sigo siendo la constante, lo poco que se antoja real. Parece sensato invertir tiempo en mi más que en teatros ajenos.

Bajo este mismo concepto entrarían ahora Chiaki y Kota y por supuesto mi familia. El tiempo con ellos es aprovechado a todo lo que da cada segundo, el tiempo que no estoy con ellos, ni he vendido a una empresa a cambio del dinero asquerosamente necesario, lo dedico a mi cuerpo y a mi mente. El resto importa, pero muchísimo menos, muchísimo muchísimo muchísimo menos, tanto que siento que la mayor parte del día estoy representando una farsa fingiendo que me importa lo que hago cuando en realidad estoy deseando que acabe para tirar con lo mío.

Por ejemplo cuando viene uno del banco a hablarme de tal o cual hipoteca, me da exactamente igual, es su juego no el mío, yo de este invento participo exactamente lo justo que me permita vivir en una casa que considero mía, un trámite por el que he tenido que pasar, el resto me sobra, es más: hago todo lo posible porque ni me rocen estas historias. Soy el que más pasión pongo en las reuniones de empresa, pero en el fondo sé, soy consciente de que me importan prácticamente nada.

Son inmensa mayoría los conceptos “heredados” que me dan exactamente igual: religiones, divisas, fronteras, visados, política… me hace especial gracia ver a gente de mi edad defendiendo hasta la muerte ciertas ideas como la independencia de Euskalherria o el caso opuesto: España una y grande… ¿en serio? vosotros nacisteis con este tinglado ya montado, ¿en serio os importa tanto? ¿tan poco tenéis que hacer?. Lo que no quita para que me alegre cuando gana el Athletic o me alegraré cuando se quite del medio a tanto inútil que está en el poder en España a finales de año, no vivo insensible y ajeno a todo, pero es otro nivel de alegría nada comparable a escucharle a Kota aporrear la puerta del baño gritando “papá” para que salga ya de ahí, deje de hacer lo que sea que era tan urgente y me ponga a jugar con él ya mismo. Eso es lo importante, mucho más que el paso a producción del jueves 23, no hay, ni de lejos, color.

Así que con esto estoy últimamente: no me creo nada de lo que me rodea, solo creo en lo mío y lo de los míos, con ello me quedo y a ello me debo, no es que me canse el resto, es que me da igual.

Crisis pero de las jodidas, ¿eh?.

Ya veremos cuando llegue a los cuarenta de verdad…

Yo juro que fue sin querer, en serio.

Volvía a casa en bici, lo que no es ninguna novedad: ya me manejo por Tokio en bici entre la oficina y mi casa prácticamente siempre. Lo que si es nuevo es que ese día salí un poco antes porque Kota estaba enfermo y al no tener que llevarle a la guardería, entré a la oficina bastante antes y apliqué, a rajatabla, lo del horario flexible. Ni cinco minutos más, en serio, mi vida no se regala más de lo pactado ni a Cristo bendito, no hay excusa suficientemente buena.

En verano los días también son más largos en Japón, pero tampoco demasiado, a eso de las siete y media ya es totalmente de noche. Aquí no se cambia la hora, algo de lo que siempre se quejan por las Españas, pero que joder, anda que no daría gustete salir siempre de día, no sabéis lo que tenéis. Bueno, el caso es que como salí un poco antes todavía aguantaba un poco el solete aunque se puso a ponerse a anochecer cada vez un poco más conforme iba zampándome kilómetros a golpe de pedal. Iba yo ya por la mitad del banquete ya prácticamente de noche cuando de repente salió de yo que sé donde un señor medio calvo con bolsas que me cené sin pan ni ná.

El bonito suceso tuvo lugar exactamente en el medio de la mitad del centro de ninguna parte: la misma carretera de siempre pero por el tramo quizás más estrecho y poco iluminado de los quince kilómetros que ella y yo compartimos a pachas.

Yo iba bien, por mi carril, no demasiado rápido y verse, se me veía de sobra: a las luces obligatorias de delante y de atras, en modo parpadeo que te pones nervioso al tercero o así, yo le sumo un led que está atado en un radio de la rueda y que se activa con el movimiento… a aquel gaijinaco lo ve hasta el obispo de Burgos desde la torre mayor.

Pero es que el pavo se había puesto a cruzar sin mirar por el santo medio: ni semáforos ni pasos de cebra, nada, pero además sin mirar ni a los lados ni absolutamente a nada, a lo puto loco.

Grité un “¡cojones, cuidado!” de los míos en perfecto castellano y a pesar del frenazo y de los tres cuartos de rueda que dejé derrapando, me lo zampé de frente y acabamos los dos en el suelo. Yo de alguna manera caí prácticamente de cuclillas, no me hice absolutamente nada.

Lo primero que hice fue apartar la bici del medio de la carretera e ir a ayudarle al señor preguntándole si estaba bien, si se había hecho algo. Lo hacía mientras le ayudaba a incorporarse y trataba de recoger la compra del súpermercado que se había esparcido por el suelo para meterlo en la única bolsa que quedó más o menos usable, la otra se había rajado de lado a lado.

El tío, de repente, me quitó la bolsa de malas maneras y empezó a gritar movidas con una mala hostia acojonante. Yo le decía que tranquilo, que se me tranquilizase el señor miura, que había sido un accidente y ya, que menos mal que parecía estar bien, pero él insistía en echarme a mi la culpa que yo no tenía: que si no miraba, que a ver que coño iba haciendo, que no debería ir con la bici por la carretera… con esto último me entró la risa tonta y le dije que claro, mejor por la acera para evitar pillar a tarados como él que prefieren ir por el puto medio de la carretera de noche sin mirar.

Se mosqueó más, empezó a gritarme más y yo trataba de tranquilizarle pero sin darle la razón y cuando hizo una pausa, aproveché para meter baza en su monólogo diciéndole que imaginase que en vez de haberse encontrado conmigo, se hubiese topado un coche, que a ver si en la escuela no le habían enseñado a mirar a los dos lados antes de mirar.

Entonces me gritó un “¿¡¿que coño dices!?!?” y me pegó un empujón en el pecho al que yo reaccioné, juro que sin querer y quizás presa de la tensión del momento, pegándole una hostia en la jeta.

Fue una hostia de Bilbao homologada que acabo convirtiéndose en más curiosidad que otra cosa: mi subsconciente había enfilado un perfecto y óptimo puñetazo a su fenomenal melón semicubierto semidescubierto estilo ahora pelo ahora calva, pero a mitad parece que me lo pensé mejor, frené el asunto lo que pude y abrí la mano con lo que lo que se llevó en vez de la ondonada que se merecía en la puta cara, fue un semitortazo descafeinado.

Sonó guay.

…plas…

Suave, pero marcando terreno, empezó firme pero acabo sutil.

Lo que es seguro es que no creo que el pescozón le doliese casi ná pero sin embargo, tuvo un efecto educador imprevisible: nos quedamos los dos de piedra por lo que acababa de ocurrir; yo ya tenía los puños apretados por si la íbamos a tener más gorda y había que batirse en duelo con el tío vinagres, que por otra parte no tenía ni la mitad de una media hostia, pero lo que él hizo fue repetir en un tono mucho más bajo su “…qué coño dices…”, darse la vuelta y desaparecer por donde había aparecido de tan inesperada manera a paso ligero.

Yo recogí la bici, enderecé la luz que se había quedado apuntando a Tudela, y seguí mi camino mirando por el espejillo no fuese a ser que a mi amigo Manolete le diese por tirarme una piedra o algo desde detrás de un árbol, que tenía pintas de estar igual de cuerdo que un saco lemmings agitao.

No le volví a ver y mira que sigo pasando por el mismo sitio dos veces al día, cinco veces por semana.

Juro que yo no quería haberle adoctrinado de aquella manera aunque se lo merecía, juro que yo iba bien, que iba atento, ni música llevaba esa vez, tampoco iba rápido. Y juro que en vez de ponerme yo a echarle la bronca, traté de ayudarle todo lo que pude hasta que vi el percal, momento en el que debería haber cogido la bici y pirarme según estaba sin hacerle caso después de comprobar que estaba bien.

En lugar de eso le di una hostia y fue él el que se marchó primero, farfullando mierdas, eso si.

Tiene huevos.

Aquí van otros que siguen estando de moda aunque estuvieron en su punto álgido hace ya algunos meses, allá por navidades del año pasado más o menos. Como en los otros sketches, son un par de dos, una pareja que cantan canciones chorras entre las que destaca siempre la de “Moshikashite dakedo”, que viene a significar algo así como “¿Coño, ver si es que va a ser…?”. En las canciones siempre se ponen en situaciones cotidianas y lo que ellos piensan sobre lo que está pasando, la gracia es que siempre piensan en guarradacas con chicas, en barbaridades que te descojonas!!!

Traducido, como siempre, con criterio Toscano totalmente random, aquí van los Doburokku con una de las versiones de “Moshikashite dakedo”, ¿coño, a ver si va a ser…?


Hay muchos otros vídeos con muchas otras situaciones, por ejemplo hay una en la que cuentan que están en un bar y entran al baño él al de chicos y una chica que no conocen de nada al de chicas, pero que salen y entran a la vez…. ¿coño, a ver si es que va a ser que quería escuchar cómo meaba yo?… jajaja, todo barbaridades del estilo!!

¡¡Opiniones quiero!!

Sigo con la sección de humor japonés que a mi tanta gracia me hace, ahora que yo soy bastante tonto y simplón que me das un yo-yo y ya tengo plan para la tarde.

Total, en este caso aunque es un tipo que triunfa en los espacios de humor de la tele japonesa, el elemento en cuestión no es japonés, sino un americano llamado Jason que trata de explicar como lleva él eso de estudiar kanjis, estoy convencido que a los que estudiáis japonés, os va hacer bastante gracia.

He cogido el vídeo y lo he subtitulado a mi bola, como siempre, a ver que os parece la movida:

– Te quiero llevar, ven, quiero ir allí contigo -me decía siempre- tienes que venir a Kyoto, tenemos que vernos aquí, ya está bien de tanta Tokyo Tower y tanto Odaiba, ya va siendo hora de que conozcas Kyoto.

Yo le había dicho ya que ya había estado cerca de media docena de veces, pero a ella se le quería olvidar. También es verdad que nunca había estado en Kyoto con alguien de Kyoto y me entusiasmaba la idea; sobretodo si ese alguien tenía el pelo más bonito de todo Japón. Hay que decir, en honor a la deprimente verdad, que en aquella época mi lienzo estaba tan intacto, tan en blanco que cualquier color que quisiese venir a tiznarlo me iba a parecer más brillante que el sol.

Pero es que aquella chiquilla tenía un pelo precioso de veras, tanto es así que trataba de caminar detrás de ella para ver como se le despeinaba con un viento que de ir en su contra, venía a mi favor regalándome parte de su olor. Qué bien olía su pelo. Qué bien olía ella. Es evidente que sabía que era guapa, pero estoy convencido de que no sabía cuanto en realidad.

Al menos a mis ojos.

– Que ya he estado en Kyoto, pesada -le contesté una vez más.

– Tienes que venir, mira, te coges un par de días de vacaciones, empalmas con el fin de semana y ya verás como nunca querrás irte de aquí -replicó ignorándome otra vez más- te veo buscando trabajo por aquí y suplicándote que te deje vivir conmigo. Y me haré de rogar, que lo sepas.

Aquella fue la primera vez que se puso encima del tapete la idea de que quizás se nos estuviese pasando por la cabeza a los dos dormir bajo el mismo techo más veces a la semana que las dos de a veces de siempre. Menudo empujón, menuda patada le metió a la pesada mochila de fantasias e ilusiones que me lastraba cada vez más la espalda.

Hechizado me tenía.

Raro sería, pues, no haberme visto recién afeitado sentado en aquel Shinkansen recorriendo el camino Tokaido a doscientos y mucho kilómetros por hora. Hasta estrenaba corte de pelo y todo para que cuando se intercambiasen los papeles y fuese ella la que me estuviese esperando en la estación, se llevase la mejor impresión posible al verme. Dudo que ella pensase siquiera en hacer lo mismo, pero la mía, la impresión digo, era insultantemente insuperable cada vez que aparecía en Shinagawa los fines de semana pactados.

– Vaya entradas -perpetró nada más verme- jajaja, ¡te estás quedando calvo!

Contrarrestó, en un segundo, mi cara de enfado simulado con un beso en los morros seguido de un achuchón interminable a lo que queda de mi flequillo.

– Kimochiiiii -repitió infinitas veces camino de su casa mientras repetía el mismo movimiento -kimochiiii.

Se la veía contenta, parecía hacerle ilusión de verdad que yo estuviese por fin allí, en su territorio comanche propio. Si a eso le sumamos que era viernes noche, pues ya sabéis: pocos planes fuera, muchos planes dentro y todos, sin excepción imaginable, a mi favor.

El sábado madrugamos lo justo y fuimos al templo aquel del que siempre hablaba, ese en el que había mil millones de puertas rojas de esas que hay siempre en los templos, esas que dicen que te purifican o algo así, digo yo que si pasas por debajo de todas las que hay en semejante lugar ya tienes carta blanca para pecar todo lo que te de la gana que ni en doscientas vidas te pones en números rojos con Buda.

Paramos unas cuantas estaciones antes y me llevó, de la mano, por entre callejuelas estrechas de un barrio cuyo nombre nunca he podido recordar, si es que alguna vez lo supe. Entramos en una pequeña cafetería en la que no habría reparado ni pasando mil veces por delante; al más puro estilo tradicional, estaba albergada en una casa de madera, sin apenas distintivos en la entrada, que consistía en una puerta corredera hecha de bambú y papel. La única manera de saber que aquello era una tienda, que allí se podía entrar, era o viviendo en el barrio o que te llevase alguien como me estaban llevando a mi en ese momento. Me sentí un privilegiado y ahora sé que lo fui y no solo por el lugar sino por la compañía.

No eran ni las diez de la mañana, pero nosotros ya habíamos almorzado. Y como Dios, o Buda en este caso, manda: con sus buenas cervezas, rematando la faena con un buen nihonshu.

Ya en nuestro destino, yo seguía sin tener claro que había que ver allí. En mi cabeza me imaginaba un tramo al lado de un templo grande en el que había un camino no demasiado largo lleno de toriis y poco más. Seguramente si uno sabía ponerse en el lugar adecuado, saldrían buenas fotos, pero todas serían más o menos del mismo rinconcete. Y todas con mucho de rojo, eso seguro.

Allí estábamos ella y yo mano sobre mano a pesar de lo cual ella iba siempre un poco por delante, guiando nuestros pasos con seguridad, como si tuviese la excursión marcada a fuego en su mente que no titubeó pisada alguna. Yo solo miraba a lo que me decía que mirase cuando me miraba, si no, mis ojos eran de su pelo, del gracejo de sus caderas desbaratadas por tratar de coger más velocidad que la que esos tacones permitían.

Pasamos por el templo, nos paramos si acaso dos segundos en cada tienda y a lo que miré para arriba, había ya un cielo de travesaños rojos dándome sombra. Había carácteres japoneses pincelados, con muy buen criterio, en un negro fuerte que hacía resaltar aún más cada fin de trazo sobre ese fondo rojo brillante.

– Esto son rezos que hay que ir leyendo mientras se pasa o algo así, ¿no? -pregunté

– Jajaja, si si rezos, tu si que estás rezo. Esto no son más que nombres de empresas en este lado, ¿ves?, y en este otro la fecha en que se plantó la puerta aquí. Cada una de estas es una donación al templo, cuanta más grande la estructura, más pasta se ha puesto, con eso se consigue, aparte de cierto renombre en la ciudad, ganarse, en teoría, el favor de los dioses para tener fortuna en los negocios. Rezos dice, jajaja, reza reza: ooh Banco Mitsubishi, ooh Toyota Motors… jajaja

– Atiende aquí, jajajaja

El camino, que era llano, se encuestó sin avisar. Estábamos ni más ni menos que subiendo un monte, de pequeño trecho con cuatro puertas rojas, nada de nada, aquello iba para largo. Menudo lugar más bonito.

– ¿Puedes andar más rápido? -me dijo. ¿Andar más rápido?, si me pides que me coma aquel árbol a bocados, me lo como ahora mismo.

– Vaaaleee

De repente estábamos en medio de un bosque en medio de nada. Nuestro primer desvío del camino fue después de que se nos cruzase aquel gato blanco con el que estuvimos jugando un rato. Después nos hacíamos a un lado para descansar según nos iba apeteciendo coger fuerza a base de besos.

Cuando llegamos a la cima, ya estaba anocheciendo. Todo eso descansamos.

La bajada fue más rápida no solo por lo obvio sino porque la hicimos de un tirón por miedo a quedarnos a oscuras. Las manos seguían unidas. El viento soplaba más fuerte. Se escuchaban más ruidos de más pájaros y quizás otros animales. Ella me empujaba, tiraba de mi, corría, se paraba y con cada gesto, añadía una palada más de magia a tan impresionante lugar.

Joder que pelo más bonito.

Cuando llegamos abajo, mi corazón estaba ya caramelizado del todo, aquello no tenía vuelta atrás, no me quedó otra que prometerme soñar con este día mientras viviese.

Nos sentamos en los dos viejos taburetes que el vejete del puesto de yakitoris tenía preparados desafiantes al lado de la parrilla. Nos bebimos más cervezas de las que recuerdo, alguna compartida con aquel buen señor que a la tercera o cuarta empezó, y ya no dejó, a darme puñetazos en el brazo diciendo, entre carcajadas, cosas que me traducían como “que buen tío” pero que seguramente no quedaba nada cerca de la verdad. A mi me daba igual, yo comía y reía y hacía que aquellos dos se riesen todavía más cuando intentaba contarles en japonés que aquel sitio era de los más bonitos en los que había estado en mi vida.

– ¡¡Que buen tío!! -me dijeron que dijo, la hostia no hizo falta traducirla.

Volvimos en taxi después de dos o tres horas allí sentados, no porque no hubiese trenes, sino porque no creo que estuviésemos en condiciones de cogerlos. La resaca del domingo fue de esas que hacen que tengas que tirar el día entero por el retrete y aun así no habría cambiado ni una sola de aquellas latas de Asahi que me bebí con aquella gente con la que lo único que tenía en común era que estábamos en el mismo lugar a la vez.

A Tokyo vino un par de veces más, después ella fue dejando de recordar, poco a poco, como contestar a mis mensajes hasta que no se acordó más.

A Kyoto volví muchas veces, al Fushimi Inari Taisha con ella nunca más. Sabina decía que al lugar donde has sido feliz no debías tratar de volver. Yo añadiría “con quien fuiste”, al lugar donde has sido feliz no deberías tratar de volver con la persona con la que fuiste, Joaquín. Y sin embargo, sabiendo que nunca se podría igualar la poesía que rimó aquel día desde por la mañana, yo intenté durante mucho más tiempo de lo que hubiese debido, que ella me volviese a llevar.

Sin éxito alguno.

Suelo estarme callado, a veces demasiado, a no ser que me pregunten, que entonces si que digo lo que pienso. Pero de primeras suelo estarme callado porque en la mayor parte de los casos me importa tres huevos lo que pase mientras no me afecte a mi.

Hablo de gente a la que no pillo, con la que no sintonizo, a la que no entiendo ni una hostia así. Gente que anda por aquí medio cerca, con la que me toca tratar y con la que no acabo yo de encontrarle el punto a las migas que no tienen pintas de poder salir ni medio buenas. Repasemos la lista:

Sujeto número 1: el responsable de equipo

… o jefe o vete tu a saber porque tenemos como tres jefes… vamos, que a mi me manda todo Dios y todavía no tengo claro a quien hacer más caso, aunque también es verdad que tampoco es que le haga demasiado a ninguno. Bueno, pues este hombre es un tipo con el pelo a lo afro, regordete y con perilla, vamos, un chaval al que ves y te hace gracia por las trazas; de todo menos normal. Un tío majo que me cae bien, pero, coño, no le entiendo. Y juro en hebreo porque el tío, que los días de viento en contra tarda tres cuartos de hora más en llegar con ese pelamen, acaba de tener un hijo. Hasta aquí bien si no fuese porque sale de currar todos los días entre las diez y las once de la noche, así que me imagino yo que verá al hijo en fotos porque tu me dirás. Encima le preguntas y le quita importancia como si fuese su mujer la que ha adoptado un gato y con el no va la cosa. Cuando yo dije que había cogido semana y pico de vacaciones cuando nació Kota, el tío dijo: “¿y pa que? ¿pa verle llorar?”. ¡¡ Wakaran !!!! no te entiendo, Michael Jackson!!

Sujeto 2: el liante
Este es la hostia. A lo mejor le cuentas que te vas a comprar unas zapatillas para correr y te suelta una chapa de tres pares de tamagos sobre modelos, tipos de pie, pruebas de esfuerzo, marcas y tiendas. Eso si: no se le conoce ejercicio alguno, el tío hace un único abdominal cuando se incorpora al despertarse por las mañanas. Quien dice ejercicio, dice cualquier otra actividad de la que el tío es el puto amo pero que, en serio te lo digo, luego no hace ná. Tenías que oirle hablar de objetivos para la cámara de fotos y luego ver las fotos que hace… juas, ¡¡no te entiendo, parlapuñaos!! ¡¡dedícate a hacer en vez de a hablar!! ¡¡baiss pallá!! ¡baiss!

Sujeto 3: la madre estirada
Esta es de las más recientes que han tenido a bien incorporarse a mi rutina de padrazo matutino. Por las mañanas soy yo el que llevo a Kota a la guardería, en ese ratico chulo yo le voy contando mi vida mientras él no me hace ni fruto caso y se dedica a imitar a los cuervos (aaa aaa aaa) o a decirle hola a todo Cristo viviente incluyendo obreros, universitarias, gatos o árboles. No sé si os he contado alguna vez que vivo al lado de una universidad femenina y que cuando los Tosca vamos para la guarde, nos cruzamos de frente con batallones de chiquillas. Ah y que hace calor, ¿os he contado que hace ya caloret?. Pues eso.

Bueno, total, la estirada bicho palo, que se me va la olla. Que vida llevo, madre mía, que trajín.

El caso es que soy el único padre extranjero en la guardería y Kota es el único half, como les llaman aquí a los mezclaos estilo sandwich mixto. He oído miles de historias chungas sobre el tema, como que familias tradicionales se quejan de ver a extranjeros pululando cerca de sus hijos e incluso que cambian de guardería. No es el caso, creo que les caigo mayormente bien allí a todos, sean monitoras, padres o hijos… a todos excepto a la estirada carapapa. Es una tipa calcada a la de Desperate Housewives, a la peliroja esa que dan ganas de matar al de treinta segundos de verla alineando las manzanas del frutero. A las 8 de la mañana va vestida como si fuese a una boda, incluyendo pamela y tacones y siempre siempre siempre me retira el saludo, a no ser que estemos ya dentro en la sala de los chavales con lo que quedaría demasiado mal delante del resto. A mi esta tía me importa tres carajos, por mi como si le sale un grano y se queda en casa ya hasta el jueves, mientras no me haga ningún feo con Kota, me la chuza. Pero eso si: ¡¡¡ no te entiendo, Rotenmeyer !!! ¡¡¡ y quitate ese sombrero, por Dios, que pareces un mariachi con rimel !!!

Sujeto 4: la del gimnasio
Esta tía está justo justo en la toscaraya a partir de la cual considero lícito, e incluso recomendable, soltarle un berrido que corrija, acaso, su actitud. Cualquier día desayuno gyozas y le eructo algo, ya te lo digo. Es una pava que llega vestida con ropa de marca acojonante de chula, y cara, y siempre con un modelico distinto. A mi me mola la ropa de deporte, así que hasta aquí allá cuidaos si se quiere gastar los cuartos en esto, a otros les da por comprarse Androids e incluso he oido de gente que come en restaurantes franceses, en la viña del señor ha de haber de todo. Lo que no me cuadra, ni con cartabón, es su actitud en la clase: la tía llega con su iphone y ya veremos si le sale de los sobacos hacer algo más que levantar la cabeza del cacharro. Lo primero: ¿qué coño pinta un móvil en una clase?, si fueses a correr en la máquina o algo, pero aquí hay un profesor al que se le debe un respeto o si no, no se va. En las clases al principio el profesor explica los ejercicios que vamos a hacer y después los hacemos a lo Tabata: caña a tope durante 30 o 40 segundos, descanso de 10 y al siguiente. Pues bien: a la tía la he visto yo irse de la clase a mitad de explicación porque no le cuadraban los ejercicios. Cuando hay alguna máquina el profe nos lo cuenta y después vamos por turnos a hacerlo delante de él para ver si lo hacemos bien, pues la tía le dice que no por sus huevos y no se mueve (después lo hace putapénicamente, claro). Incluso una vez movió la colchoneta de otro porque le molestaba, así sin decir ni mú. Mucha ropa y mucha hostia, pero luego eres una maleducada del copón, no haces ná y yo, ¡¡no te entiendo!! ¡¡poser!! ¡¡farsante!!

Sujeto 6: la nigayer
A esta la tengo en el curro sentada enfrente a la derecha. ¡¡ Sufre un huevo la amiga !!, se tira todo el día resoplando por que, por lo visto, tiene más trabajo que nadie en la oficina. Cuando le viene alguien a pedir algo, se pone toda digna y les perdona la vida diciéndoles que está megaocupadísima, pero que bueno, que qué le vamos a hacer, que el trabajo es el trabajo, y que no le queda otra que hacerlo. Así todo el día, todos los días durante el año y pico que llevo en la empresa. Yo no meto ni un minuto de más, esto lo tengo claretis desde hace muchos años, pero el rato que estoy aquí curro como un campeón. Eso si: si me viene alguien a pedir algo, pues se apunta en la lista y se hace, a poder ser con ritmo cubano estilo con la sonrisa puesta y desdeluego no montando el circo que monta aquí mi prima la nigayer (nigai significa “amargo” en japonés). Tía más provocabajona no me la he visto, ¡¡riéte un poco, chacha, que te va a dar un mal un poco más peor cualquier día y te vas a quedar toda tiesa con tu cara de masticar tierra!!

Sujeto 7: el ex-jugador de tenis
Este es uno también de la empresa que resulta que cuando tenía diez años menos estuvo a punto de ser jugador profesional de tenis. El tío debía ser muy bueno jugando y ahora se autoasigna el papel de deportista de élite diciendo cosas como “igual mañana vengo corriendo a la oficina” o “este fin de semana igual me voy en bici hasta quintalatronchamachi”. Luego le ves fumando en la calle y poniéndose ciego a bollos dándole lustre a la pedazo de panza que lleva ahí colgando que da pena verle. Que no digo yo que el tío haya sido el puto amo, pero ahora mismo no le veo yo capaz ni de subir tres pisos por las escaleras. Igualito que este tío conozco yo a un par de profesores de Karate en España que van del mismo rollo místico tratando de convencer de lo bueno que siguen siendo y tienen unas panzacas que no pueden levantar la pata más allá de la altura de la rodilla. Vamos, Nadal, que tu has debido ser el jefe pero ahora mismo mejor harías en cerrar la boca haciendo dieta que zampando todo lo peor y fumándote medio bosque!!, ¡¡deja ya la tontería!! ¡¡acepta tu realidad!!

…continuará…fijo…

Cada vez que veo la caricatura me entra la risa, no puedo evitarlo….

Aquí os vengo a contar la excelsa, épica y grandiosa epopeya del como y del porque tengo en la pared del salón enmarcada una caricatura de mi mujer casándose con Julio Anguita.

Chiaki, no sé si esto lo he contado alguna vez, trabaja en una tienda de reformas. Gracias a esto nos conocimos, por cierto, el que haya leído el ikulibro ya sabrá de lo que hablo. Y de vez en cuando hacen eventos en centros comerciales presentando, por ejemplo, los nuevos modelos de cocinas o los nuevos materiales de construcción y tal. Yo si coincide que es fin de semana, ella trabaja los sábados, solía pasarme un ratillo a ver qué se cocía y, bueno, ¡¡¡porque me hace ilusión verla en su salsa!!!, a veces hasta me llevo pañuelos de propaganda y todo.

Este sábado pasado, por ejemplo, allí me planté con Kota a alegrarle un ratejo el asunto.

Bueno, total, que ella le había dicho a los compañeros de curro que se casaba y estaban todos invitados a la boda y tal, y yo había quedado que ese fin de semana me pasaba a uno de esos eventos, pero finalmente no pude porque creo recordar que me entró una fiebraca de esas de hablarle delirando hasta a mis amigas las macetas.

Sin yo saberlo y mucho menos quererlo, les reventé los planes. Resulta que tenían pensado sacarme una foto con Chiaki y llevar esa foto a un dibujante con el que ya tenían apalabrado que nos iba a hacer una caricatura vestidos de novios, caricatura que enmarcarían y nos regalarían por la boda.

Pero los compañeros de Chiaki, con su jefe a la cabeza, no se echaron atrás. Con dos tamagos más gordos que la cabeza de André el gigante, se fueron a internet y pusieron, literalmente: “un tío español” en Google Images. De ahí triscaron la tercera o cuarta foto que salió y que, decían, era clavado a mi y se lo mandaron al caricaturista que inmortalizó semejante derroche de improvisación e iniciativa sin precedentes:

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Chiaki se parece porque su foto era real…

¡¡¡Yo soy Julio Anguita con barba teñida!!!

Me descojono, todavía más, porque es a la inversa lo que estoy convencido que habrían hecho mis amigos de haberse dado el caso: irse a internet y buscar “chica japonesa” y de ahí pillar la que ellos creen que se parece a Chiaki porque, al igual que ha pasado esta vez, “total, son todos iguales”…

Pa que veáis que tampoco somos tan diferentes, ¡¡¡es que es Anguita el tío!!! Luego cuando se descubrió el pastel, nos ofrecieron rectificar y regalarnos otra con una foto mía real, pero ¡¡¡ni de coña cambio yo semejante tesoro!!!

:cebolleter:

Aquí va otro par de dos que están de moda por aquí últimamente, tanto es así que el otro día en Karate me encontré a todos los chavales haciendo la tontería y descojonándose vivos. Este no sé si va a ser un poco más difícil de entender que el anterior, pero como a mi me hace también mucha gracia, aquí lo pongo.

A ver si lo sé explicar: la cosa va de uno que se pone a cantar todo emocionao una palabra que no tienen ningún sentido, pero que la canta todo contentete y le dice al otro que la explique, el otro le sigue el juego y se pone a cantar contestándole empezando siempre con un “chotto matte chotto matte oniisan”, que viene a ser algo así como “peraunpoco peraunpoco chacho!”. La letra es lo de menos, lo que hace gracia es el ritmillo que me llevan, el bailecico ese con los gestos, lo contentos que están cuando hacen la tontería… yo me descojono cada vez que los veo!

Pongo el vídeo, y seguido la traducción libre estilo Toscano. Pido perdón de antemano si os tiráis todo el día con el chotto matte chotto matte oniisan en la puta cabeza, pero así está todo Japón ahora mismo!!

Rassungorerai, rassungorerai

Eh?! eh!? qué dice este!?

Rassungorerai, uuu! rassungorerai, uuu!
Rassungorerai, ahora vas y lo cuentas

Eeeh! peraunpoco peraunpoco, chacho
Qué coño es eso del rassungorerai
Me dices que lo explique, pero como no tengo ni zorra idea, no puedooo

Rassungorerai, uu! rassungorerai, uuu!
De viaje por el sur, rassungorerai

Eeeh! peraunpoco peraunpoco, chacho
¿El rassungorerai este es un resort?
Pero anda que no hay por el sur: Bali, Guam, Hawaii.. ¿cual es?!?!

Rassungorerai, uu! rassungorerai, uu!
Con la novia en el coche, ¡rassungorerai!

Pepepe peraunpoco peraunpoco, chacho
Mientes mas que cantas
Con la novia en el coche dices, pero ni tienes novia ni coche!

Rassungorerai, uu! rassungorerai, uu!
Caviar, Foiegras, Trufas, supermegahostiaputa!!

pe-pe-pe-pe peraunpoco…. CHACHO
Chaaacho, no me cambies del rassungorerai,
Aunque no entiendo que coño es y te he dicho que pares, ahora al rassun estoy esperassun!

Supermegahostiaputa, supermegahostiaputa
Al subirme en el tren supermegahostiaputa!!

pe-pe-pe-pe-pe-pe-peraunpoco, CHAAACHO
Vamos a ver copón,
vuelve al rassungorerai coño!

Supermegahostiaputa, supermegahostiaputa
El padre un tío árabe, la madre de la India
En medio naciste tu que eres un ras-sun-gorerai!

pe-peraunpoco, peraunpoco chacho
Yo no soy mezcla árabe-india, mi padre japonés, mi madre japonesa
En medio nací yo, que soy japanese people!

Ya me he cansao, se acabó!
peraunpoco, peraunpocooo chacho
peraunpoco, peraunpocooo chacho

Estos dos, que son de Osaka, se hacen llamar “Bazooka de 8.6 segundos” (a los japoneses les suele molar ponerse nombres extranjeros aunque no signifiquen un carajo). Y bueno ya para rizar el rizo, se suelen juntar con los Bambino y su danza de la caza en eventos por ahí y hacen un cruce de sketches ahí estilo crossover:

:olakease: :olakease:


Relacionado: Bambino y la danza de la caza


Un currusco es el mayor de los banquetes, la bombilla de la lámpara el sol más luminoso bajo el que correr, el salón el desembarco de Normandía donde el batallón aliado, con Anpanman al frente, derrotará de todas todas a Totoro y su ejército de peluches que últimamente viene pegando fuerte con la oveja Shaun y el oso ese que llaman Pu o po o yo que sé.

La bañera llena es el mar más picado del mundo en el que hundir barcos de plástico con toda la tripulación de patos de goma que quepan de proa a popa entre pitidos de los pitos semiahogados de sus barrigas. Aquí está penado no salpicar. La condena es seria: ración doble de jabón y frote, así que mejor soltarse y aplaudir al agua al ritmo de risotadas estruéndosas que se escuchen en todo el vecindario que, total, ya saben lo que hay.

El pasillo es la M30 donde los únicos adelantamientos permitidos son los que se hacen por debajo y entre las piernas de los adultos que osen circular por carretera ajena. Obligatorio que se persiga al que allí corretea por encima del límite de velocidad, la multa es el achuchamiento de un mínimo de diez segundos de duración con despeinamientos intermitentes y azotes culeros siempre dentro del margen de la ley y si el agente lo considera oportuno.

La guardería es el infierno cuando se llega, por los lloros, pero el paraíso cuando se está. Hay que guardar las apariencias.

Toda superficie mínimamente estable y cálida es una cuna donde dormirse en cualquier momento sin previo aviso y a poder ser a destiempo.

Está prohibido tener la cara limpia, bien ha de haber mocos que decoren la pituitaria por fuera o restos del banquete de las diez mezclados y se evitará, con gritos e incluso lloros si es menester, que algún adulto pretenda despegar cualquier tipo de costra que tantos esfuerzos ha costado amasar. Los pañuelos húmedos son el enemigo a batir, la M30 el plan B de huida si los aspavientos no acaban de disuadir al empeñado limpiamocos pesado de turno.

El parque del final de la calle es San Mamés, los bichos son confidentes a los que nunca dejar de hablar, las piedras y los palos son los mejores juguetes que existen porque siempre están allá donde se va. Piedras y palos que hay que tocar y coger y tirar lejos o pegarles un bocao cuando esos dos que siempre están no miran.

Si va llegando la hora de comer, es conveniente tirar besos y dar algún que otro abrazo para agilizar los trámites y que las hormigas esas blancas con cosas verdes aparezcan en la mesa lo antes posible. Tu sigue rebañando que ya diré yo, manotazo a la cuchara de por medio, cuando parar.

La bombilla de la lámpara se convierte esta vez en la luna de verano más redonda a la que quedarse mirando desde un futón al que le sobran dos dobleces hasta empezar ya a soñar con bosques de árboles de troncos de barras de pan y hojas de algas nori. Sin madres ni padres que protesten si se desforestase, a bocado limpio, más de lo debido. Conviene despertarse y armar jaleo cada dos o tres horas con o sin motivo, el caso es desbaratar esa absurda idea de dormir más de media docena de horas seguidas. Habrase visto, con la de planetas que quedan por descubrir.

Cada despertar, cada día, pañales mediante, es otro capítulo del mejor y más emocionante libro de aventuras jamás escrito. Abre la puerta que ya voy enfilando en quinta y con legañas al pasillo, ¡aparta! ¡ven! ¡quita del medio! ¡cógeme en brazos! ¡déjame en el suelo! ¡vuélveme a coger!.

Tu sonrisa, hijo mío, mi vida entera.

Estoy pensando en como ha cambiado mi manera de trabajar de aquí a hace dos o tres años, más o menos desde las dos últimas empresas en las que he estado. Para bien o para mal he cambiado muchas veces de trabajo tanto en España como aquí en Tokio, por lo que tengo con qué comparar. Se podría resumir en que poco a poco se va optimizando el tiempo de trabajo minimizando el que se dedica a pura burocracia, aunque creo que se podrían hacer todavía mejor las cosas.

Permitidme, pues, que cuente como es un día cualquiera en la empresa japonesa donde trabajo desde hace casi un año como único extranjero carapapa. Empecemos por el principio:

Como ya he contado alguna vez, tengo horario flexible, esto es algo que últimamente se ha vuelto básico. Hay un rango de horas en las que puedes entrar y un rango de horas para salir, no puedes hacer la locura de entrar a las seis de la mañana e irte a casa a las tres de la tarde, por ejemplo. En mi caso se puede salir de trabajar lo más pronto a las cinco de la tarde, cosa que podrías hacer si entras a las ocho de la mañana (hay una hora para comer). Tengo llave de la oficina, esto también pasaba en la anterior empresa. No es raro que esté un rato largo por la mañana yo solo aquí metido viendolas coming.

No usamos mail, creo que esto ya lo he contado alguna vez. Salvo para alguna cosa raruna viejuna, el email no se usa para nada: hacemos todo por chat. Usamos un servicio llamado Slack donde tenemos un montón de salas de chat creadas (general, diseño, programadores, smartphone…) y nos manejamos por ahí. También hay salas integradas con distintos servicios de manera que por ejemplo cuando alguien cambia algo en la rama de master, falla un test o se hace un deploy a producción, ahí se postea un mensaje automáticamente con lo que ha cambiado y un enlace para ver los archivos o lo que sea que cuadre. Incluso los contactos que llegan por la web salen ahí en un chat en vez de llegar un email.

Bueno, que me enrollo: el caso es que llego a la oficina, abro el Slack y me voy a un canal llamado “greetings”. Ahí escribo “おはようございます”, “buenos días”, y un bot me contesta que buenos días, esa es la manera de fichar, la hora de ese saludo queda registrada, ni excel ni hostias en vinagre. De igual manera escribiendo un “お疲れ様です”, “gracias por vuestro trabajo”, se fija la de salida. Es curioso porque el chisme es flexible y entiende un montón de variantes como el equivalente en japonés de “yepa” para entrar o “me piro” para salir, así que es graciosísimo leer el ingenio matutino de mis compañeros poniendo chorradas hasta que al final el tal Kyle (nombre del bot, que además es un delfín vete a saber la razón) responde. Por ejemplo hoy al llegar, el jefe ha puesto el ohayo pero no le ha contestado, así que ha empezado un monólogo del estilo de “eh? Kyle? tu también? no solo me ignora mi mujer sino tu también??? despedido!! pero a mi mujer no la puedo despedir, pobre de mi…”, y a partir de ahí todos contestando chorradas en plan “jodé como te entiendo, la mía no me habla desde navidades”, jajaja.

Pero sobretodo es práctico y fácil, tu nómina se basa en esas horas, podrías hacer trampas entrando desde casa o incluso usando la aplicación del iPhone, pero no creo que lo haga nadie aquí. En la empresa anterior se fichaba con la tarjeta Suica del tren pasándola por un lector IC que había ahí conectado a un ordenador en la entrada, pero aquello fallaba un huevo y además tenías que elegir que era lo que estabas fichando entre entrada, salida, ir o volver de comer… por cierto, no ficho en la hora de comer, se fían (cosa que celebro porque como voy al gimnasio siempre tardo un poco más…).

Otra historia: apenas hay reuniones, esto me gusta mucho, siempre he pensado que se pierde mucho el tiempo aunque depende de las personas, claro, pero por regla general yo me suelo aburrir un huevo porque siempre hay algún vendehumos, parlapuñaos y/u/o pierdetiempos que no calla con chorradas. Aquí tenemos una lista de tareas y un par del equipo que las ponen y el resto las hacemos en el orden marcado. Normalmente están bien explicadas con capturas de pantalla y así, si algo no se entiende, el que la ha escrito está aquí al lado así que se le pregunta y fuera. Cuando acabas una tarea, haces un deploy a staging y le dices a la persona que lo pruebe, si está bien, se sube a producción de la misma. El servicio de tareas se llama “Asana” y tiene aplicación para el iPhone también. Es muy fácil de usar y muy efectiva, normalmente no te ponen fecha límite ni hay estimaciones ni se incurren horas ni gilipolleces por el estilo. Hay que hacer esto en este orden, vete haciendo y vete avisando según vas acabando. A no ser que tardes la vida en hacer algo o metas una gamba muy gorda, no te piden cuentas ni te meten presión por nada. Además hay flexibilidad: yo suelo hacer dos versiones de lo que me piden, la normal y la toscaner con animaciones e historias que se me ocurren. Ahora mismo diría que la mitad de las toscaners están ya en producción, jejeje.

No hay ni un solo servidor en la oficina: todo el código está en Github en repositorios privados. Los servidores son dedicados y están en la nube, tanto los de bases de datos como los web, todos tenemos acceso ssh para poder cacharrear si es necesario, podríamos hacer nuestro trabajo desde cualquier lugar del mundo con tal de que haya internet. Yo tengo mala experiencia con esto del teletrabajo, que me volví un ser todavía más asocial de lo que soy (que ya es decir, no le cojo el teléfono ni al papa) pero a una mala no habría problema si me quedase en casa rascatecleando, de hecho me llevo el ordenador del curro a casa. Explico esto: una de las condiciones del trabajo es que me daban 300.000 yenes para comprar mi equipo, así que encargué el MacBook más caro que había y un pantallón panorámico. El ordenador es otro mundo comparado con el que tengo en casa que se ha quedado viejer, así que he decidido llevármelo y usarlo para mis movidas, no he pedido ni permiso, simplemente lo meto en la mochila y pa casa que va.

Usamos todo tipo de servicios online: a Github, Slack y Asana que he dicho antes, le sumamos Qiita, Sentry, Rollbar, CircleCI o Chatwork, aparte de Google Calendar y Gmail para los cuatro mails chorras que llegan al mes. Hoy en día no hace falta prácticamente dinero para montar toda la infraestructura necesaria para una empresa de IT: hacer una web y ponerla en producción es gratis, únicamente hay que tener una ideaca y tener al tío que la diseña y la programa, esto hace que haya un montón (UN MONTON) de startups ahora mismo moviéndose en Tokyo. Por ejemplo está la web para comprar gafas por internet que te mandan unas cuantas a casa gratis para que te las pruebes y te quedes con la que quieras o las devuelvas todas sin compromiso, otra super popular que ofrece servicios para que triunfes en las redes sociales desde crearte una portada chula para tu facebook hasta logotipos o avatares con la caricatura de tu cara o les mandas fotos y se encargan de ir posteándolas a las horas que les digas, otra que les dices lo que quieres comprar de Ikea y van los tíos a la tienda, lo compran y te lo mandan a casa (Ikea no deja comprar por internet, hay que ir por webos a la tienda), los que te lavan el coche a domicilio, los que te mandan una estilista que te prepara si tienes una boda en tu misma casa… de todo, es la hostia!!

Y sobretodo mola el evento “Beer & Burst” que hacen en mi empresa una vez al mes. Durante una hora los jefes de equipos cuentan lo que se ha hecho el último mes, los fallos que ha habido, lo que se quiere hacer a partir de ahora y tal. La semana del evento, nominamos (como no, por chat privado) a los de nuestro equipo que creemos que se merecen un premio y de ahí salen los tres más votados que sacan una bola de una máquina de esas de bolas que hay por aquí pero en miniatura. Dentro de la bola hay un premio que va desde una cena gratis en un restaurante de la zona, tickets para algún concierto o lo que se le ocurra a mi jefe que está bastante pirao y mola, como cuando se llevó a uno al restaurante ese que parece una iglesia de Shibuya. Después hay tarta y soplan velas los que hayan hecho años ese mes, si hubiera alguno, por cierto que el jefe también les da un sobre con un regalo que nunca abren y que siempre me ha quedado la duda de que es, ¿será dinero?, ¡a ver cuando me toca!. Y ya para acabar se llena la mesa de reuniones de repente de alcohol a cascoporrer y pizzas o sushi o lo que toque ese mes, y ahí nos tiramos un rato socializando entre nosotros. Yo como últimamente no bebo ná y tengo a Kota esperando para el ofuro me suelo pirar pronto, pero mola mucho la cosa!!

Total que no sé si me lo parece a mi o qué pero las empresas están cambiando mucho: del coñazo de papeleos interminables, burocracia, hojas excels con horas, reuniones infumables y tal se ha pasado a currelar que es lo que al final importa, en un ambiente de todo menos frío e intentando aprovecharse de las últimas tecnologías el máximo posible buscando, sobretodo, la practicidad. Sobretodo en startups y empresas de reciente creación donde los jefes suelen ser bastante jóvenes sin tantos métodos e ideas caducas heredadas. Jodé, me acuerdo de mi época de Accenture donde nos hacían meter horas a tareas de las que no habíamos ni oído hablar con tal de cuadrar la cantidad de dinero que se fijaban sangrarle al cliente sin importar demasiado si el curro se hacía en condiciones o no. Menuda farsa era aquello. ¡Juas! ¡incurre aquí que no te vean!

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