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Las noches secretas

Hace poco que se ha celebrado el 30 aniversario de la asociación SKIF, la fundada por Hirokazu Kanazawa, así que gente de todo el mundo ha venido a entrenar con nosotros durante dos semanas. Aprovechando el evento, mis profesores han organizado cursos, exámenes y actividades para los invitados, se ha intentado por todos los medios que su estancia en Tokyo haya sido lo más placentera posible.

El anfitrión por excelencia ha sido Murakami sensei, experto en la materia por estar siempre viajando por el mundo a los gimnasios cuyos propietarios eran los invitados esta vez.

Una tarde había quedado con Fran después de Karate para tomar algo y resulta que ese día habían llegado los de Chile y se vinieron con nosotros. Fue una cena curiosa, tranquila, amena en un izakaya cercano donde nos dimos cuenta que a pesar de venir de países totalmente distintos, el idioma establece vínculos, aún más si cabe estando en Japón.

Nepal, Francia, Italia, Grecia, Suecia, México… más de diez nacionalidades contamos un día, pero lo que es más importante: personas que al final resulta que no somos tan distintas entre nosotros a las que nos unía una misma afición, un mismo estilo de vida, una misma forma de mirar.

A todos les sorprendía que yo no estuviese tan de paso como ellos, y con oídos de alguien que no sabe, mi japonés les llamaba la atención con lo que no me fue dificil establecer cierto grado de amistad con muchos de ellos. Así que Murakami sensei siempre se acordaba de invitarme a todas y cada una de las veces que se los llevaba a cenar después de los entrenamientos.

El resultado era que yo llegaba a casa entre semana en el último tren con más cervezas de las que habría pedido y con una mezcla de idiomas en mi cabeza que, lejos de resultar confuso, me hacía sentir que era parte de algo mucho más grande. «Hijos de la tierra», dijo una vez Kanazawa Kancho como colofón a una clase maravillosa en un inglés que se quedó grabado en mi mente. «Sons of Earth», qué bonito cuando uno se da cuenta realmente de lo que significa.

En esas noches se compartían mil anécdotas, la mayoría de las cuales venían de los viajes de Murakami sensei a cada uno de los gimnasios de los que estaban allí, que resultaron ser expertos en sus respectivos países. Y cada noche, aún siendo parecida, era distinta porque venía alguien nuevo, o faltaba algún grupo que ya había vuelto. Lo que nunca faltaban eran la invitación de Murakami sensei después de las clases y el dolor de cabeza combinado con agujetas del día siguiente en el trabajo.

Los últimos que quedaron fueron los belgas y los suecos, y el miércoles pasado se repitió el ritual. Hay veces en que uno conoce a alguien con el que siente que se va a llevar bien, porque se tienen pensamientos comunes o quizás no, pero es fácil darse cuenta cuando ocurre porque uno conecta. Eso pasó con los chilenos que ya no estaban, y también con la mayoría de los que estábamos allí esa noche. Así que después de la cena decidimos darle la espalda a la estación donde iba a llegar el último tren, y nos fuimos a un bar de unos amigos de Murakami sensei.

Sin importar que al día siguiente habría un ordenador esperando en la oficina, o importando, pero procurando no pensarlo.

Y bebimos, y cantamos, y pretendimos hablar en más idiomas de los que sabíamos compartiendo risas, sentimientos e incluso alguna lágrima. En mi memoria quedará siempre aquella chica japonesa que me agarraba de la cintura mientras yo cantaba una canción con su marido.

Estará la chica que nació en Israel que resultó estar en el equipo nacional de Suecia, y que daba besos por sorpresa, de tres en tres porque «en España no sabemos saludar», y no le faltaba razón a juzgar por las caras de felicidad de los que los recibíamos.

Me acordaré de que mi borrachera y yo le dijimos a Murakami que era nuestro profesor preferido por lo menos siete veces, y que él me decía que en Karate tendría el cinturón negro pero que en Karaoke no llegaba ni al naranja otras tantas.

Y mucho más que jamás se me pasaría por la cabeza ni siquiera mencionar.

Hasta que se hizo de día.

Ayer, en la clase Murakami dejó de ser mi sensei durante veinte segundos:

  • ¿Fue todo bien, Oskar?
  • Si, llegué muy rápido (en referencia al taxi en el que me montó)
  • Me alegro

No hace falta nada más. Porque no importa de donde vengamos o qué idioma hablemos, todos sabemos que esas noches son secretas. Y lo que digamos o hagamos se queda ahí entre nosotros estableciendo vínculos cada vez más sinceros que nunca se mezclarán con los días, que son de todos.

Y así tiene que ser.

 

La recepción del rey

Aunque el título parece el de la cuarta del señor de los anillos, no lo es!!! Frodo tranquilo!, deja las nike en el cajón que no te toca andar! y aféitate esos pies, hobbit de Dios!

El caso es que a pesar de que a algunos no les gustaba mucho la idea de que fuese, ayer encaminé mis helados pies a la recepción del hotel Imperial Palace, que está enfrente del palacio imperial, valga la imperindancia. Por la calle había banderas de España y de Japón puestas en todas las farolas, y si veías a alguien con los ojos agarbanzados y traje, fijo que andaba pensando en que iba a cenar jamón by la cara esa noche.

 

Allí había quedado con un chiqui de Albacete que resulta que no tenía invitación y como yo podía llevar a un acompañante, pues se vino conmigo de novia. Lo que había era un montón de gente del copón, y yo que pensaba que en Tokyo viviamos cuatro paisanos, y resulta que aquello estaba lleno de entrajetaos hispanocascantes!!

Total, que pasamos por un detector de metales de esos de las películas donde, siguiendo el criterio que tendrían Mortadelo y Filemón, los guardias no te dejaban entrar con la cámara de fotos pero sí con el móvil que estando donde estamos, el que peor fotos saca ya tiene más de 3 megapuntillos de esos de colores.

Y una vez dentro de un salón enooorme, estuvimos cascando un rato largo hasta que anunciaron que iban a venir los reyes en cinco minutos, que la gente del medio que se quitase para dejarles pasar, y que nos callásemos. Lo primero pasó en 15 minutos, la gente del medio se quitó a duras penas, y lo que es callarse… pues más bien duró poco.

Entraron los reyes bastante serios, se subieron al chiringuito que había allí montao, y sonó el himno que fue más largo que ni sé. Cuando acabó, el rey empezó a leer un folio con un discurso que traía preparao, y lo primero que hizo fue hablar sobre el atentado de Afganistán que por lo visto había pasado poco antes de la recepción.

Después de ello, se tiró un rato hablando sobre las buenas relaciones entre Japón y España, también dijo que iban a inaugurar el Instituto Cervantes durante esta semana (que yo creía que hacía un año que lo habían hecho, anda que…), y que bueno, que ánimo a los que estábamos viviendo aquí. Sonará a chorrada, pero os juro que hablaba igual que Fuentes, pero igual igual!! qué pasada!!!

Y entonces empezaron a desfilar bandejas con bebercio y comercio mientras los reyes, cada uno por un lado, iban saludando a la gente que se le iba acercando, que no fueron pocos. Alguno ya se tiraba un ratillo ahí hablando con ellos, que digo yo: ¿qué se dirán?, porque al final no creo yo que uno tenga mucho tema de conversación con los reyes más allá de tópicos, ¿no?. ¿Qué tal majestad, qué tal el viaje?, Si que está lejos Japón, ¿eh?… pues el caso es que se tiraron así como hora y media sonriendo, dando la mano y teniendo conversaciones de ascensor mientras un montón de seguratas de esos de pinganillo en la oreja a lo Bauer, no quitaban ojo a los que se iban acercando.

Nosotros más bien nos dedicamos a beber vino y a comer lo que pasaba por al lado, o lo que íbamos trayendo por turnos los que hicimos alguna excursión a las mesas. La comida que hubo no fue ni mucho menos suficiente para tantas personas, pero pudimos probar el jamón gracias a que Fernando se coló entre la manada de gente que hacía cola enfrente del maese cortador jamonero.

Yo estaba ya realmente realizado etílicamente entre la realeza cuando se me acercaron algunos que me llamaban por mi nombre y que yo no había visto en mi vida. Resulta que dos o tres personas me reconocieron por el blog y vinieron a saludarme, ¡toma ya! ¡quitándole clientes al rey! ¡mi cara en un billete quiero!. Jajaja, no, en serio, me hizo muchísima ilusión que me hablasen de lo de Gila y así, qué momento ego más grande!!

Después de aquello, unos cuantos nos fuimos a tomar algo a un izakaya que había por allí, y decir cuatro o veintitrés tonterías más de mientras nos cambiábamos los teléfonos para futuras quedadas a las que iré encantado.

Como pensaba, no me arrepiento ni por un momento de haber ido, no por ver a los reyes, que la verdad es que fue algo más bien anecdótico frente a haber conocido a gente más maja que ni sé. Yo voy tanto a mi aire con mi Karate y mis historias, que se me olvida que hay algunos que están como yo haciendo vaya usted a saber qué por aquí cerca…. Así que ayer me lo pasé genial, y además ya salió algún plan por ahí en medio que promete!

 

La planta que bloguea

Pues el caso es que hay una planta que la han bautizado como Midori-san, que significa algo así como Doña Verde, que la tía tiene un blog. Ahora que lo pienso, si bautizas a una planta es como darle de comer, ¿no?, es como si el cura en vez de echarte agua por la cabeza te diese un bocata!, eso si que molaría! a mi me han dado de bautizar uno de salchichón!!

Jodé, se me va la pinza. Bueno, pues eso que en Kamakura, donde el Buda de Bilbao, hay un bar con una planta que le han plantao, valga la redundancia, unos sensores que miden la temperatura, humedad, vibración, ondas electromagnéticas y hasta si hay gente cerca. Además, le han puesto una lámpara fluorescente encima que se puede activar desde internet a través del widget este que os planto yo aquí ahora mismo:

Así que todo lo que los sensores detectan sobre la planta llega a un ordenador que se encarga de escribir frases acordes con la situación del estilo de:

  • «Hoy parece que hace resolillo, aunque hace frío. Me pongo contenta con la luz que me dáis»

Podéis leer el blog del vegeta este aquí si sabéis plantojaponés.

Yo me he enterado de todo esto por que se pusieron en contacto conmigo de Radio Euskadi para que les hablase de ello, así que he estado investigando un poquillo y les conté lo que más o menos he escrito aquí. Al principio de la conversación me preguntan sobre lo que yo creo sobre el futuro de internet y menudo rollo que suelto!! Además, paré de grabar como 5 segundos antes de que acabase…

 

Sayonara sale

Aquí hay una revista bastante famosa de estas gratis que se llama «Metrópolis«. La cosa es que es en inglés y está bastante bien echarle un ojo porque así se entera uno de los conciertos que va a haber, los eventos, nuevos restaurantes o bares…

Pero una de las partes que más consulto yo son los anuncios por palabras del final, especialmente una sección llamada «Sayonara sale», que lo podríamos traducir por «Lo vendo todo, que me piro!».

Efectivamente, la gente que ya se marcha de Tokyo después de una estancia lo suficientemente larga como para tener que alquilar un piso y comprarse algún mobiliario, pues resulta que ya no lo necesita más y trata de deshacerse de todo lo antes posible. Una razón obvia es sacarle un dinerillo, y la otra es que aquí tienes que pagar porque vengan a recoger basura «no convencional» como electrodomésticos, sofás y tal y cual, así que según qué cosas conviene más regalarlas que tirarlas. Es más, yo en mi barrio algunas veces me he encontrado con muebles puestos en una esquina en la calle y un cartel que pone algo del estilo de: «vendrán a por ello dentro de tres días, si quieres algo, simplemente cógelo».

Bueno, pues en estos anuncios puedes encontrar de todo, desde gente que te vende el pack casa completo y por 10.000 yenes te llevas una nevera, una mesa, dos sillas y una plancha, hasta otros que simplemente te invitan a que entres en su casa y te lleves todo lo que te guste por un precio simbólico. Uno de los requisitos que te suelen poner es que vayas a recogerlo a alguna estación, aunque hay gente que tiene alguna furgonetilla e incluso te lo lleva a casa.

Yo compré la lavadora y la secadora por uno de estos, y después de tres horas esperándole, al final vino un tío italiano a eso de las doce y media de la noche porque no encontraba mi casa, y se dedicó a hacer chistes sobre franceses mientras pegaba martillazos para instalarla. Menudas risas me eché con él!!

Peazo invento la secadora, por cierto!

 

Corazón de neón

La ciudad donde vivo es ir en el mismo tren día a día a la misma hora y sin embargo ver a miles de personas desconocidas cada vez. Es tener siempre prisa, acostumbrarse a esquivar gente y a hacer colas, es un mundo de luces y sonidos artificiales que sustituye al real cuando cae la noche y los gatos no se vuelven pardos porque se siguen viendo.

A veces es una chica que quiere ser tu novia por un rato, porque eres diferente aunque sea fácil que a uno se le olvide pero otras sea tan obvio. También es sentirse sólo entre millones de personas, que es como estarlo dos veces… como la soledad al cuadrado. Aunque casi siempre es una cara amable, una sonrisa de alguien que se interesa por saber por qué ahora tu vives en su ciudad y te alaba por intentar hablar su idioma.

La ciudad donde vivo es poder comprar cualquier cosa a cualquier hora mientras algunos leen sin pagar. Y que te calienten la comida y te den unos palillos y una servilleta húmeda, y te cuenten las vueltas dos veces, y que se te estanque la canción del local en la cabeza.

Es un paseo que se acaba cuando uno se cansa, porque el camino, muchas veces marcado de amarillo, nunca tiene fin y es casi impensable encontrar una cara conocida. Es recorrer calles sin estructura aparente, sin ordenar, donde doblar la esquina dos veces no suele significar volver hacia atrás.

A veces el sol sólo se ve reflejado en cristales de rascacielos de alturas imposibles donde siempre hay alguna luz encendida en pisos casi inalcanzables para la vista, dando a entender que alguien sigue trabajando sin importar la hora o que haya un mundo allá abajo.

Otras veces es una anciana barriendo la puerta de su casa de madera mientras su marido riega las flores con una toalla anudada en la cabeza. Es una boda donde los familiares visten de negro mientras los novios llevan trajes preciosos en templos que evocan tiempos pasados. Es un grupo de niños jugando al beisbol en la calle y hombres de oficina en traje yendo en bici con el maletín en la cesta cruzándose con madres cuyo equipaje, esta vez, son sus hijos a los que llevan al colegio.

La ciudad donde vivo tiene un mar sin playas que inviten a pasar, pero con puentes de película que lo sobrevuelan y túneles que lo esquivan por debajo. Es un mar lleno de pensamientos, de recuerdos, de deseos, de miradas porque siempre hay alguien absorto en él. Muchas veces yo.

Es escuchar graznidos desagradables de cuervos, zumbar de cigarras, ladridos de perros… interrumpidos por el estruendo de los locales de alterne, de los hombres anuncio, del sonido de las estaciones, de carcajadas sincronizadas, de melodías de teléfonos móviles.

Es que el suelo tiemble y que parezca no importar, que salga un día increiblemente despejado que hace olvidar que el día anterior hubo un tifón. Que los árboles se vistan de rosa, verde y rojo, y después irónicamente se desnuden en invierno. En un ciclo sin fin.

En la ciudad donde vivo a veces alguien decide no seguir viviendo y salta a las vías del tren.

La ciudad donde vivo tiene un corazón de cemento y otro de neón.

 


 

Una más de esas historias que aburrirán a muchos, pero que a mi me harán recordar pensamientos, y también sentimientos, que están mucho más allá…

Voy a conocer al rey!

¡Esta si que es buena!.

Bueno, yo y todos los que estén registrados en la embajada, que nos han mandado una invitación para ir a una recepción que van a dar.

Lo primero que pensé cuando vi la invitación fue en regalarles unas camisetas, pero nos han dicho que no se pueden dar regalos. ¡¡¡Cachis!!!

Me he sentido como Chloe ahí borrando los datos de cuando y donde es!! Bauer, puedes entrar, he cerrado el protocolo!!

 

A ver cómo sale la cosa!, jaja, qué curioso! ¿me dará la mano? ¿le llenaré de orgullo y satisfacción?

Con el pí piribipipí, con el pá parabapapaaa

La verdad es que en Tokyo se puede encontrar de todo, el otro día hasta me enteré de donde había un bar que te daban txakolí, que tengo que ir por cierto. Pero también hay que decir que no hay variedad de vinos españoles, o si que hay, pero uno se tiene que ir a alguna tienda especializada, vamos que la cosa no está generalizada.

En el súpermercao de mi barrio sólo hay uno: Marques de Riscal, que además vale 2500 yenes la botella (lo que al cambio loco actual son casi 3500 pesetas), pero lo que si tenemos son un montón de vinos franceses y chilenos.

¡¡ Da rabia !! ¿será que las bodegas españolas no se han preocupado por promocionarse en Japón? ¿será que en Japón se tiene mejor imagen de otros vinos y es más difícil meterse?

A ver si la cosa cambia, que me haría ilusión comprar ahí un Rioja según voy, que además le veo yo que pega con el yakitori. De momento, ayer vi un anuncio en el tren cuando volvía para casa:

 

Cuanto me ha costado el cinturón negro

Sin contar sudores, nervios, esguinces, ampollas y agujetas:

Matrí­cula dojo y licencia 15.000 円
Traje y cinturón blanco 13.000 円
17 meses x 8.000 円 136.000 円
Campamento Karate 20.000 円
Examen 2kyu 4.000 円
Cinturón marrón 3.000 円
Examen 1kyu 4.000 円
Matrí­cula examen dan 12.000 円
Examen shodan 6.000 円
Cinturón negro 8.000 円

Total: 221.000 円
1.808 €
300.825 pts

 

En el precio están incluidas alegrías, amistades, emociones, carcajadas y millones de imborrables recuerdos…

 

Conversación internacional

Dos chicos de California de mi antigua oficina hablando. El parlapuñaos se da cuenta de que estoy medio escuchando las payasadas que está diciendo:

  • «…y entonces esos mexicanos no hacían más que pegarse entre ellos, menuda gente, ni entre ellos son capaces de llevarse bien. Normal que luego hagan lo que hagan, yo veo un grupo por la noche y me voy por donde he venido…«. Oh, Oskar, estás escuchando, perdona
  • Es igual, si yo soy Español, tú mismo
  • Pero tu eres medio mexicano, ¿no?
  • No, no tengo nada que ver, de hecho sólo he estado en México una vez y fue de vacaciones, por cierto que me lo pasé muy bien
  • Pero habláis español, ¿no?, eso es que sois medio iguales
  • Si claro, hablamos español los españoles, mexicanos y como medio mundo más. Somos igual de iguales que tu y un inglés
  • No es lo mismo porque vosotros coméis la misma comida picante esa con alubias y chile
  • Si, yo como eso cuando voy a un restaurante mexicano, no te vendría mal enterarte un poco de como es el mundo, tío, España es España y México es México.
  • Whatever man
  • Yeah, whatever

 

 

Compañeros de Karate

Hace bastante más de un año que empecé aquella primera clase de Karate rodeado de miradas curiosas de gente desconocida, empapado en sudor por los nervios pero con el convencimiento de estar donde yo quería a pesar de saber que aquél momento era el primero de otros malos tragos que tendría que pasar. Desentonaba con mi chandal gris entre tanto traje blanco, aunque creo que llamaba más la atención por otros motivos más obvios.

Algunos me hablaron movidos por la curiosidad de ver a otro extranjero de tantos que están de paso y que deciden cumplir su sueño de practicar Karate junto «a los grandes» como tan bien dijo en su despedida aquél señor gordito de gafas, que resultó ser el embajador de Brasil.

Desde entonces, y sobretodo en verano, han pasado por el vestuario compañeros indios, rusos, franceses, italianos, árabes, peruanos, chilenos y hasta otro español. Es bonito, casi poético, ver cómo este arte es capaz de unir diferentes razas, religiones, culturas, costumbres y maneras de ser. Y aunque el inglés es el idioma universal para intentar comunicarnos, en el tatami todos sabemos qué hacer cuando el profesor nombra un movimiento porque resulta que en todo el mundo se enseñan por su nombre original, que es en japonés.

Hoy, con las más de 160 horas que calculo que suponen las 105 clases a las que he asistido, me descubro mirando a mis compañeros con el trasfondo del roce, del trato que hemos tenido al menos tres veces por semana durante todo este tiempo. Con esa confianza de compartir sudores, errores, caídas, agujetas… infinidad de reverencias y gritos.

Y veo a esa chica canadiense que nos llamó la atención a Bea y a mi siete años atrás cuando vinimos de visita. Envidio el estado deteriorado de su cinturón negro desgastado por todos esos años de ser atado, casi blanco como simbolizando la vuelta al origen aún sabiéndose experta.

Está el señor mayor que en la sombra de su arrogancia juega a ser mi sempai corrigiendo mis movimientos, mi actitud… mi persona con sus malos modos, que yo creo fingidos, quizás obligados por su papel de veterano encargado de poner orden. Sonrío al recordar cuando salí inesperadamente por cuarta vez a competir en el campeonato de Karate, y me gritó un «Oskar ganbate» que abrió brecha en su orgullo y caló hondo en el mío. Me felicitó por el cinturón negro, pero como lo hace alguien que no espera menos de ti, en cierto modo creo que le habría defraudado de no haberlo conseguido.

También hay una chica de gafas con la que durante más de medio año compartí el ir y venir con el cubo por ser los dos cinturones blancos. Es la misma que finge que no me ve cuando compartimos vagón en el metro, por aquello del honne y el tatemae, o quizás por verguenza, quién sabe. Todo lo contrario que otra chica que siempre me cuenta cosas que conoce de España cuando coincidimos en el tren de vuelta, y que no se cansa de repetírmelas, porque siempre son las mismas, al menos un par de veces al mes.

A veces viene el señor que tanto roncó en el campamento de Karate y que vino con su hijo. El que me alaba, me anima, me dedica sonrisas que parecen sinceras y siempre tiene alguna historia que contarme medio en inglés, medio en japonés. Después del «challenge» que era el examen del otro día, ahora me está empujando a que compita el mes que viene. Y yo encantado.

Mi habitual compañero de nomikais, y también el que me echó una mano y algún pie con las técnicas que me tocaba hacer en el examen, se llama Kojima. La chica de gafas le llama sempai, aunque yo creo que nunca le he llamado por su nombre. Ha ido siempre un paso por delante de mí, con lo que memorizo sus exámenes porque el siguiente que haré yo, si seguimos con la misma racha, será igual. Ha habido veces que hemos tenido conversaciones de más de diez minutos en las que yo no me he enterado de nada, pero él no se ha dado cuenta por lo bien que asiento. Dice mucho de él que le pagó el cinturón negro al hijo del señor que roncaba en el campamento.

El americano, y mi sempai oficial aunque el señor mayor sea el de verdad cuando no mira nadie. Un chico amable con muchos años de experiencia, y un japonés perfecto. Supongo que estar casado con una japonesa y tener dos hijos ayuda bastante. Me corrige siempre, me ayuda, me guía en mitad de la clase y fuera de ella. Ahora me doy cuenta de que siempre me habla en japonés a pesar de que en inglés nos entenderíamos mejor. Eso me gusta de él, eso y que siempre viene…

No como los franceses, dos compañeros que aparecen durante dos semanas seguidas y no se les vuelve a ver en un mes, ni falta que hace porque, como buenos franceses, no me caen bien. Son muchos los gestos, aunque el peor fue cuando al principio les dije que en España yo era cinturón negro y se rieron con alguna frase del estilo de «claro, pero normal que empieces de blanco porque para el nivel que hay allí». No todos los franceses me caen mal, pero la verdad es que la mayoría parece que lo hacen a propósito.

La señora de coletas, con un ego que, cual francés, le hizo reirse cuando el profesor me preguntó por el nivel al que me presentaba y yo le contesté que cinturón negro. Ignorarla junto con haber aprobado el examen son mis dos respuestas a ese momento que, por otra parte, hizo que mis compañeros de nomikai tengan el mismo sentimiento hacia ella que yo.

La madre y su hijo, el que casi me deja eunuco. Después de aquél incidente, y con meses de por medio, veo cómo él ha cambiado su carácter por uno más calmado, más reposado, menos adolescente. Llegan juntos, aunque él siempre medio metro por delante de su madre dejando claro que no le gusta ir con ella, y no habla con nadie aunque saluda a todos, y las veces que hemos vuelto a coincidir su comportamiento ha sido noble. El cinturón verde que se ha ganado en tan poco tiempo lo acredita.

El chico del chandal azúl, que ahora tiene uno gris. Sigue haciendo lo que quiere y sigue cuchicheando por lo bajo pensamientos que sólo él entiende y que no es capaz de encerrar en su mente. Hay días en que parece que su progreso es tan grande que parece otra persona, y otros en que parece no haber avanzado nada. Afortunadamente los primeros son los más habituales.

Hay muchos más; en una clase no es extraño que nos juntemos más de veinte personas, pero por alguna razón éstos son los que salen en la foto que mi pensamiento enfoca cada vez que van a ser cerca de las siete de la tarde y yo estoy sentado sólo en un tren con una mochila roja, un libro y un alma que no ve el momento de llegar.

Me pregunto cómo me verán a mi…

 

El baile en gayumbos

Bueno, pues no preocuparse, que como no salgo ni entre los cincuenta primeros de la última clasificación parcial de ninguna categoría, parece que no lo voy a hacer al final. Buff, de la que os habéis librao!!!

En teoría, si me votáis todos en una categoría concreta, puede ser que vuelva a salir por ahí, pero habiendo blogs tan geniales como el de Flapy, El Pachinko, Kirai, Nihonmonamour… lo veo más chungo que apuntarle al Dr. House a una ONG.

Yo centraría el asunto en Blog de viajes, aunque la verdad es que hablo más de mi que otra cosa, pero creo que es donde más encaja esto.

En fin, vosotros mismos!

PD: He tenido buenas vibraciones escribiendo este post… concretamente un terremotillo que ha empezado más o menos cuando he escrito «gayumbos». Bien bien!

Olores

El del café, telonero de 13 horas fuera de casa.
Champú, jabón, crema de afeitar, aftershave. Un gesto de suavizante en la toalla.

Aceite de sésamo con el que el vecino se hace el desayuno cada mañana.
Olor de la nueva panadería del barrio, lejanamente familiar, extrañamente cercano de nuevo.

Aire cálido y cargado de la estación de metro.
Otra vez champú, del pelo recién lavado de alguna chica que está cerca en el tren. Alientos de café. Colonias.
Vuelve el café, de la cafetería de dentro de la estación.

Aire fresco.
Oden del combini.

Colonias mezcladas en un espacio cerrado. Té verde. Sopa miso. Más café, ambiente cargándose del calor de los ordenadores, de calor humano, de oficina.
Sushi, jengibre, salsa de soja, wasabi.

Aire fresco, revitalizador, se siente más fresco al salir de la oficina.

Detergente del dojo de Karate. Sudor. Muchas veces olor a pies.
Jabón del vestuario, siempre el mismo desde hace un año.

Olor a alcohol en el tren, alientos impregnados de cerveza de los salary men.

Incienso al pasar por el templo… agradable, solemne.

De nuevo aceite de sésamo del mismo vecino.
Olor de mi casa, del tatami, que me envuelve, me da la bienvenida. Invita a dormir, anuncia 7 u 8 horas de sueño.

Pasta de dientes, enjuague bucal.

Futón.

Aroma de los sueños por venir.

Conversación de McDonalds

(en japonés)

– Hola, big mac setto, por favor
– (intentando aguantarse la risa sin éxito) Big Mac Setto? entendido, ¿es para llevar?
– (yo riéndome también) no, no, para comer aquí
– (algo más seria) ah, vale, entendido, algo más?
– Si, una cheeseburguer pero tal cual
– Entendido, hablas muy bien japonés, eres americano, ¿verdad?
– Jaja, no no, todavía no hablo nada bien. No, vengo de España
– Ah, entendido, en España hay mucho pescado y marisco, ¿no?
– Si si, además yo vengo del norte donde se come mucho, pero ya ves, me vengo a un McDonalds a cenar
– Bueno, siempre puedes pedir la hamburguesa de gambas
– Pues si, eso si…
– Son 790 yenes, por favor
– Ah si, espera que tengo justo
– Gracias, oye, tienes cara de español, muy característica, latino
– Claro claro, jaja, por eso me has preguntado si era americano
– Jaja, es verdad, perdón

El proyecto de los helados

Fue mi primer trabajo serio en Japón, tanto que a veces creo que es la aplicación web más difícil que he hecho en mi vida. Lo que no es mucho decir porque no llevo tantas.

El cliente era la sede japonesa de una empresa italiana que fabrica máquinas de helados que tienen mucho éxito en Japón. El problema era que tenían toda la información de clientes, incluyendo visitas por reparaciones o nuevas instalaciones, en diferentes hojas excel con miles de registros. Mi trabajo consistía en hacerme cargo de todas esas filas en japonés, tratar de eliminar duplicados, corregir errores y crear una base de datos más o menos coherente que permitiese gestionar tanta información de una manera sencilla a través de la web.

No quiero entrar en demasiados detalles, pero me costó muchísimo, de verdad que ha sido uno de los trabajos más difíciles de mi vida. Sin embargo, cada nueva reunión con el cliente era peor: cada vez pedían más y más, y ya hacía bastante que había empleado el tiempo estimado en el presupuesto. Mi jefe no estaba contento con el proyecto que me anulaba para cualquier otro nuevo trabajo, el cliente no parecía estar nada satisfecho con lo que le ofrecíamos y yo no levantaba cabeza a pesar de casi no meter ninguna hora de más. Esto último es algo que he tenido claro desde el primer día en que aterricé en Tokyo.

En la oficina de la empresa italiana había algunos italianos, pero la mayoría eran empleados japoneses. Nosotros tratábamos siempre con dos: la secretaria del jefe y el jefe de los técnicos. La primera siempre tenía una sonrisa que ofrecer lo que sumado al gracejo con el que hablaba inglés hacía que uno también sonriera sin querer. El segundo, como si fuese el poli malo, siempre estaba serio y nunca hablaba de nada que no fuese trabajo. Ahora, desde meses de distancia, entiendo que la cantidad de trabajo que tendría que hacer a partir de entonces iba a depender directamente de cómo nosotros programásemos la aplicación, así que se jugaba mucho más que quedar bien con aquel francés y aquél español que se empeñaban en hacerle firmar una hoja de requisitos en inglés.

Aún así, nunca era amable y a veces cruzaba la frontera de la educación con alguna frase demasiado directa que ponía en duda nuestra profesionalidad, especialmente la mía. Ahora creo que era simplemente por la manera en que hablaba inglés… en japonés nunca sonaba tan mal.

Hace un mes quise ir yo sólo a presentarles la aplicación. Me puse mi traje, preparé un CD y estuve un buen rato configurando todo en el ordenador que me dejaron. Ella venía de vez en cuando y me traía agua, él me vigilaba desde su sitio dándose momentos de esos en los que las miradas se cruzan pero ambos tratamos de aparentar que no.

Con la franqueza y la tranquilidad que me daba el saber que iba a dejar la empresa y que pasase lo que pasase no iba a ser responsabilidad mía, les expliqué una por una todas las pantallas de la aplicación cuya programación tan en serio me tomé. Respondí a cada una de sus preguntas con respuestas claras y convincentes y poco a poco pude ver que él cambiaba su actitud defensiva por una más amigable aún sin perder su seriedad.

Al acabar, les confesé que era mi último mes en la empresa, que si tenían cualquier problema con la aplicación, que contactasen conmigo directamente lo antes posible ya que me iba a ser más fácil lidiar con ello que la nueva persona que me sustituyese. A ella pareció darle pena, tanto que casi me lo creí, mientras que él sólo se preocupaba por averiguar quién iba a ser responsable a partir de ahora.

Y aunque mi último día en esta empresa fue el lunes, hoy he ido a hacer la última instalación junto con la persona que me sustituye desde hace dos semanas. He creído necesario hacerlo tanto por el cliente como por mi sustituto, que lo iba a tener bastante difícil para hacerlo por su cuenta y porque, aunque es una larga historia que ya contaré algún día, yo sigo ligado a esta empresa.

Así que esta mañana tenía la sensación de estar jugando a informático más que serlo, quizás sabiendo que no pertenezco ya a esta comedia en la que me he visto envuelto el último año, y he ido entrajetado disfrutando de lo que iba a hacer, motivado, contento, haciéndome pasar por uno más de los salary mans que iban de aquí para allá por Tokyo maletín en mano. O mejor dicho: siéndolo por última vez.

Hemos acabado la instalación y ella ha probado la aplicación en su ordenador. Después de ver que todo funcionaba, ha venido él. Me ha preguntado si no nos vamos a volver a ver, y yo le he dicho que no. Entonces me ha dado la mano y me ha dicho «Thank you very much for your hard work all this months».

Tanto me ha sorprendido que me ha dejado sin palabras, sólo he sabido dar las gracias yo también. Después, hemos ido los cuatro hasta la puerta. Ella, siempre con su sonrisa, me ha deseado buena suerte. Él, siempre serio, me ha hecho una reverencia que ha parecido durar horas, y casi me ha gritado «Arigato gozaimashita» y ha seguido haciendo reverencias hasta que la puerta se ha cerrado.

No se si es significativo, si esta es la manera habitual de trabajar entre empresas japonesas porque he tenido otros clientes y nunca ha sido así, aunque es cierto que los proyectos nunca han sido tan importantes.

Me puso el listón alto, mucho, tanto que este proyecto ha sido una de las razones por las que he dejado la empresa. Recuerdo todas las reuniones, siempre tensas, el tono de los emails, las llamadas de teléfono con exigencias imposibles de cumplir la mayoría de las veces. Pero hace apenas tres horas que me he dado cuenta de que él realmente ha sabido apreciar mi esfuerzo, mi trabajo, mi actitud… como nadie nunca antes lo había hecho.

Y, de alguna manera, ha conseguido que me sienta totalmente satisfecho eliminando todo rastro de frustración de este, mi proyecto estrella, que a partir de ahora ya no será más mío.

Tengo claro que no podría aguantarlo una segunda vez.

 

Clasificación provisional

Anda!, yo que puse lo de los calzoncillos medio en bromas, y ahora va y resulta que estoy sexto en la clasificación provisional de mejor blog de viajes!!!

  1. Flapy in Japan

  2. El pachinko

  3. Genjutsu – Ilusiones diarias

  4. Diario de un HombreLobo

  5. Chicharrero por Hong Kong

  6. Ikusuki

  7. Viajar y Viajes

  8. Martín Varsavsky

  9. Viaje Volando: Guia de Viaje – Ofertas – Turismo – Actualidad

  10. Triple Malta

Buff, teniendo por delante a Flapy y al Pachinko, lo veo chungo, pero bueno, todavía estáis a tiempo de que grabe el video ese bailando en gayumbos!!! Así que si me votáis, estaréis más cerca de tenerlo en vuestros monitores (y yo de tener una excusa para no volver jamás a España).

Además, aunque yo ya había elegido uno, os dejo elegir calzoncillo:

Luego, si no votáis, no me vengáis con reclamaciones, eh?

Yo no pego

Pues eso, que yo no pego. Quiero decir que estoy viviendo en Japón, como muchos otros, pero que no encajo con la imagen que parece que debería tener. Me explico: no soy un geek o technofriki o eso, vamos, que mayormente me da bastante igual todo lo que ocurre por ahí por el mundo de los cacharros electrónicos. Es cierto, tengo un iPhone, una PSP y una NDS porque sí que me gustan, pero nunca haría cola para ir a ver una presentación de una Playstation o un videojuego o algo parecido. En Akihabara he estado tres veces contadas en lo que llevo aquí, es más, la PSP la uso para ver pelis y la NDS para estudiar kanjis. No me habléis de juegos porque no tengo ni idea.

Tampoco soy un fan del anime y del manga, mucha gente me pregunta sobre series que ni se que existen. Yo he visto Goku, como casi cualquier niño de mi quinta, y ahora lo estoy reviendo otra vez en japonés porque me ayuda con el idioma y me hace mucha ilusión. También tengo los tebeos, y también me los estoy comprando en japonés, pero a parte de ver como a Krilin le sale pelo y de Naruto no tengo ni idea de nada.

Las tribus urbanas, las gothic lolitas y toda esa gente que se visten de falleros mayores para que los gaijines les saquen fotos. Les respeto, me parece muy bien que cada cual haga lo que quiera, pero ni me se los nombres de los grupos, ni me interesa sabérmelos, y tampoco me obsesiono con sacarles fotos o hablar de ellos porque me dan igual. Me quedo con la gente normal.

JPop y tal y cual: yo sólo escucho a Utada Hikaru y a Chara, si me suenan otros grupos será de estar viviendo aquí y oirlos de vez en cuando, pero también es un tipo de música que no me gusta. Me sigo quedando con Sabina que, por cierto, me gusta mucho más con la voz de Colombo cazallero que tiene ahora.

Sin embargo, me gusta Japón, pero otros aspectos que yo considero más normales, más alejado de los tópicos a los que todo el mundo está acostumbrado. Me gusta conocer a la gente y descubrir que no somos tan distintos después de todo. Soy fan de su cultura, pero no tanto de la de ahora, sino de la de antes que, si uno sabe mirar, todavía está ahí.

Me gusta meterme por calles desconocidas de Tokyo en vez de ir siempre a Shibuya a sacar fotos de las pantallas esas gigantes, me encanta ver tiendas pequeñas, restaurantes de familias, parquecitos.

Me gusta que en las clases de Karate tengamos que saludar tres veces antes de empezar y al acabar, que tengamos un momento para cerrar los ojos y meditar sobre lo que vamos a hacer o hemos hecho ya. Considero importante que si entras tarde, tengas que ponerte de rodillas y pedir perdón, y que cuando llegue la pausa de mitad de la clase, vayas donde el profesor a disculparte de nuevo con una reverencia.

Me encanta llegar los miércoles cuando la clase anterior de los chavales se acaba y ver cómo niños de 4, 5 o 6 años dejan sus juegos y sus risas durante 5 segundos para hacerme una reverencia como si yo fuese uno más de ellos, y lo hacen con seriedad porque así se lo han inculcado. Y todavía me impresiona ver como todas las madres que están esperando a sus hijos se ponen de pies al final de la clase y todas en fila le hacen una reverencia al profesor y le dan las gracias.

No hace mucho, perdí las llaves de un pequeño candado que había puesto en el buzón, así que compré una lima y a eso de las once de la mañana de un sábado me dediqué a limarlo. El vecino entreabrió la puerta, me miró y después volvió a entrar, le había despertado por todo el ruido que estaba haciendo. Paré inmediatamente, subí a casa y le escribí una nota pidiéndole perdón. Al día siguiente cuando me oyó llegar con la bici abrió la puerta de nuevo con mi nota en la mano y poniéndola a la altura de sus ojos me dijo que gracias, y me hizo una reverencia y me dijo que no hacía falta que me disculpase, que pensaba que era alguien intentando robar, y pidiéndome perdón por haberme incomodado, me regaló una caja de osembe.

Todos estos detalles, gestos que para algunos serán totalmente innecesarios, es lo que me viene a la cabeza cuando pienso en Japón.

Y espero seguir contando estas pequeñas pero enormes historias que me van pasando antes que sacar fotos a las chicas esas que se visten de Gracita Morales o escribir posts sobre el éxito o fracaso del iPhone en Japón. Ni lo primero me interesa lo más mínimo, ni de lo segundo tengo ni idea, ni falta que me hace inventármelo.

Un pequeño apunte

Por cierto, fvalenciano tuvo el detalle de venir y grabar el examen, desdeluego que ese video será uno de los que más veré y enseñaré de todos los que tengo de Japón.

Así que de mientras me lo pasa, os dejo otro que también se curró él de un miércoles en el que se vino a la clase, y además tuvimos suerte y estuvo Kanazawa:

También escribió una entrada donde cuenta lo que él vio:

 

fvalenciano, aquí obilbao te ha metido ya en la lista por segunda vez, gracias señor!

¡Gracias a todos por vuestros mensajes de ánimo y las felicitaciones por el cumple!

 

Paro el blog

Porque después de grabar lo de Gila no puedo pensar en otra cosa que no sea el examen del sábado. Porque aún andando por la calle, en mi mente se agolpan movimientos, giros, posiciones, ataques, gritos. Porque estoy, pero no estoy porque pienso en lo que tendré que repetir, una vez más y por todas, el sábado delante de los que probablemente más sepan de Karate del mundo.

Así que paro el blog mientras intento que esta noche la pesadilla en la que pierdo el equilibrio en medio de la Bassai Dai se convierta en un sueño. Y si el domingo la libreta negra esa en la que se acredita el sudor de mis 99 clases de Karate tiene un tercer sello, entonces es que el sueño se habrá convertido en realidad. Y no puedo imaginar mejor regalo de cumpleaños.

Yuyake Koyake

En el video digo el título mal, en realidad es «Yuyake Koyake» que resulta que es el nombre de la parada de autobús del pueblo donde vivió el autor, un profesor de escuela que la compuso hace un porrón de años, algo así como setenta y pico.

Si ponéis el nombre en google, os saldrán un webo de versiones, a cada cual más pegadiza!. Eso si, yo con los cuervos no es que no vuelva a casa, sino que no voy ni a coger billetes de 10.000. Que feos son!! agh!

Nuestro orgullo

De vez en cuando miro las estadísticas del blog, vamos, la gente que entra, los posts que más se leen y así. Y el Google Analytics este, que parece que suena a que te van a mirar si tienes piedras en el riñón, tiene una opción en la que te enseña, todo gallardo él, una lista de las páginas que enlazan a ésta. Yo algunas veces me entero porque me pedís permiso, o me avisáis de alguna manera, y otras ni me cosco ni nada así que nos llevamos sorpresa cuando lo vemos.

Detrás de cada enlace que ponéis, para nosotros hay una persona que le gustó lo que vió, sean camisetas, posts, fotos, videos, historias… y decidió usar una parte de su tiempo para hablar de ello, de nosotros. Así que ahora cada vez que voy a ver las estadísticas del blog, ya no me interesa tanto saber el número de visitas, sino que me dedico a recorrer la lista de los que nos enlazan, y pulso en vuestros enlaces, y os visito por un ratillo.

Y después de conoceros un poco mejor, me aseguro de apuntaros en una lista que he llamado Post’N Blogs, como si fuese ese libro de visitas de las casas rurales donde, el que quiere, deja su pequeña huella después de compartir tiempo y espacio.

Y estoy seguro que, como los dueños de la casa, las recorreremos una y otra vez con una sonrisa de esas que uno esboza sin darse cuenta, porque son de verdad.

La chica de Okinawa

Fue mi primera quedada con el resto de españoles que estaban viviendo por aquí. Algunos siguen, los de siempre, aunque la mayoría ya volvieron a sus vidas anteriores con mil anécdotas que contar.

Me doy cuenta que es algo por lo que yo ya he pasado, y que lo volveré a vivir algún día quizás no demasiado lejano aunque mis anécdotas ya se han convertido en rutina y la mayor parte de las historias que tengo que contar, ya están contadas. Era impensable, entonces, adivinar que lo iba a hacer a través de la radio, o que algún japonés las iba a poder leer porque alguien creyó que eran lo suficientemente interesantes como para traducirlas y publicarlas. El alma se airea, se refresca con momentos como esos.

En aquél bar, un quinto piso de uno de tantos edificios de Shibuya, había gente famosa. Puse cara a las personas que estaban detrás de todos esos blogs con los que soñaba, por un momento, que estaba de nuevo en Japón. Luego habrá quién diga que la vida no da vueltas.

Héctor, Kirai, lo organizaba y es cierto que me impuso verle en persona. Flapy, Un Español en Japón, derrochó simpatía a todo aquel que se cruzó con él, y, sorpresa, se acordaba de mi: aquel chico con aires de empresario que casi le suplicó un enlace al Ikusuki de los viajes en su blog. Hasta me dió un abrazo y todo.

Alejandro, Ale/Pepino, vino con su gameboy y el resto quedábamos un poco en segundo plano quizás eclipsados por los veteranos que sabían pedirle al camarero sin tener que señalar ninguna foto.

Muchas copas y risas después fuimos a un bar en el que se podía estar en la calle, lo que equivalía a sentirnos, más o menos, como en cualquiera de nuestras ciudades. Y ya para acabar, nos metimos en una de las discotecas más famosas de Shibuya. Creo recordar que Ale rodó por el suelo alguna que otra vez mientras bailaba, y viendo las fotos me doy cuenta de que las cervezas que bebíamos eran Heineken y que venían en lata.

Cambiamos varias veces de planta, y con ello, de ambiente. Y finalmente nos quedamos en una. Me hizo gracia ver que alguno había conseguido ligar, aunque yo me acabé apalancando en una silla pensando más en la hora del primer tren que en establecer relaciones internacionales.

Uno de los que ligó vino donde mi y me dijo que él tenía novia y que no quería tener que arrepentirse de nada, pero que la chica parecía insistir, así que se le ocurrió que yo podía ser su sustituto. Y me la presentó, y ella se puso a bailar delante de mi, y yo, con más pena que gloria, trataba de encontrarle significado a la situación. Así que mientras ella buscaba al otro chico que parecía haberse disipado, yo decidí que allí no pintaba nada y que mejor me iba a mi casa a dormir que uno tiene ya una edad para andar jugando a ser lo que no es.

En la entrada de la discoteca me advirtieron que si salía no podía volver a entrar, decisión que no me tuve que pensar demasiado. Ya en la calle intenté contactar con algunos de dentro, pero los teléfonos no tenían cobertura, así que decidí irme sin más y ya daríamos las explicaciones otro día.

Cuando iba camino de la estación me encontré a la chica de antes sentada en una acera, la cabeza sujeta entre sus manos y con pintas de estar más muerta que viva. Le compré un botellín de agua y se lo dejé al lado de los zapatos, y sin mediar palabra seguí mi camino hasta la estación. Allí, cerca de las cinco de la mañana, había mucha gente esperando para volver a sus casas, y yo me uní a ellos. Pensé que estaba viviendo algo muy diferente al Tokyo que yo conocía de tiendas, excursiones y templos, y recuerdo que tenía una extraña sensación de satisfacción, como si ya pudiese tachar de la lista que una noche volví a casa en el primer tren, aunque el espectáculo que tenía delante no casaba demasiado.

Entonces ella vino, la chica de antes, con el botellín en la mano. Y señalándolo me dio las gracias. Se notaba que estaba esforzándose por parecer menos borracha de lo que estaba, que era mucho, y poniéndose muy seria se sentó a mi lado y empezó una retahíla de frases en japonés que a veces sonaban a enfado, a veces a tristeza y alguna que otra vez a niña de 6 años. Siempre parando, de vez en cuando, para dar pequeños sorbos de agua hasta que mi botellín quedó vacío. En ese rato pareció serenarse, como si hubiese echado fuera todo el alcohol de su cuerpo a la par que sus palabras.

Se levantó, me cogió de la mano y tiró de mí hasta que consiguió que yo también me levantase. Y, siempre en japonés, me dijo que fuésemos hasta Ebisu andando, que no estaba muy lejos y que como estaba amaneciendo, que sería un paseo agradable. Era la siguiente estación y tampoco es que tuviese nada que hacer, así que para allá que nos fuimos.

No calló en todo el camino, me contó mil cosas de las que entendí veinte y contesté a siete con mi japonés artificial de libro que estaba recién estrenado. Y cuando no se le ocurría qué más contar, inclinaba la cabeza y me soltaba un «yasashii» que viene a ser algo así como decirme que qué majo era, supongo que porque yo no paraba de sonreir que era lo único que se me ocurría al no entender casi nada.

Al de una media hora andando, hablando y escuchando, llegamos a Ebisu. Nos intercambiamos los teléfonos, y nos dijimos adios mientras cada uno cogía su tren. Al día siguiente intenté llamarla para intentar preguntar qué tal estaba, pero no me cogió, ni tampoco lo hizo al de dos días, así que no lo intenté más.

Después de aquello, de vez en cuando, aparece una llamada perdida en mi teléfono que sé que es de ella. A veces tengo el teléfono delante cuando ocurre: no deja sonar más que un tono y cuelga. Es como si aquella noche ya me hubiese contado todo lo que me tendría que contar y no hubiese más que añadir, pero que se sigue acordando. La última creo que fue hace tres meses, antes de verano.

Lo que ella no sabe es que ahora, después de un año, hubiese entendido un poco más de todo lo que me contó y no me hubiese quedado sólo con que era de Okinawa y que, creo, vino a Tokyo de vacaciones.


De personas, problemas y prioridades

Llevo más de un año y medio viviendo sólo en Tokyo y me doy cuenta de todas las fases por las que he ido pasando durante todo este tiempo.

Al principio era una mezcla entre tristeza, miedo y a la vez emoción por volver. Redescubrir este país era excitante, me sorprendía a cada rato, sacaba fotos a casi todo y noté cómo conocer el idioma me abrió mucho más las puertas a la sociedad en la que me acababa de resumergir.

Después de unos meses, las cosas ya no eran tan increíbles, y tampoco todos los días eran tan buenos. Llegaron algunas malas experiencias, hubo problemas, pero supe enfocar mi tiempo hacía lo que realmente me importaba y acabé aprendiendo Karate de nuevo, conseguí que la empresa me pagase la mitad de las clases de Japonés y, casi sin saber cómo, empecé a intentar aprenderme los pasos de la ceremonia del té cada semana.

Tal y como yo lo veo, atravesé esa capa superficial de todo aquel que llega de nuevo a Japón para estar un poco más inmerso hasta el punto de que cuando vinieron Neki y sus amigos, me resultaba incómodo que hablasen tan alto cuando hace unos meses yo hacía exactamente lo mismo. Podría decirse que he asimilado las maneras, las formas y muchas de sus costumbres.

Pero desde hace unas semanas la rutina ha conseguido llevarme a su sucio territorio. A parte del campamento de Karate, mi vida se ha centrado en resolver muchos problemas que he tenido en el trabajo, y al llegar a casa me sentía tan cansado que sólo quería dormir y esperar a que el nuevo día fuese mejor. Me siento frustrado al estar viviendo aquí y no poder disfrutarlo. Pero me he dado cuenta que este sentimiento me era familiar, que muchas veces me ha pasado también en Bilbao. Que el día a día nos acaba superando hasta que no nos damos cuenta de todo lo que hay después, y he tomado conciencia de ello por estar viviendo en Tokyo y casi no ver Tokyo.

Además yo tengo un problema grave, y es que todo me afecta mucho. No lo puedo evitar: si tengo una discusión con alguien, me hundo aún entendiendo perfectamente que la mayoría de las veces no es importante en absoluto, pero me apago y necesito tiempo para recuperarme de una tristeza inmensa que me avasalla sin razón.

Últimamente ha habido bastantes problemas entre personas de la oficina, yo casi no me he visto envuelto en ninguno, pero, como era de esperar, me han venido afectando poco a poco hasta que ha sido mucho.

Y aunque la decisión la tomé hace tiempo, tengo que anunciar que a partir de ahora trabajaré desde casa para una sola empresa (hasta ahora estaba trabajando para dos). Así me ahorraré tener que oir a compañeros hablar de muy malas maneras a otros, menospreciar su trabajo, otorgarse méritos impropios, ocultar su ineptitud con arrogancia… Me dejarán de afectar las quejas de esas personas que sólo ven lo malo a todo y que te arrastran a su agujero negro irremediablemente con su pejiguería. No tendré que cargar con problemas de otros sobre mis hombros, ni entrar en ese juego de pretender ser más que los demás que tanto parece obsesionar a algunos de aquí.

Pero me aseguraré de seguir viendo a las personas que me importan, y haré las cosas que de verdad me hacen vivir: Ikusuki, karate, ceremonia de té, japonés… así cuando me tenga que ir de aquí podré decir que desde aquel fin de semana de septiembre, cada hora que viví en Tokyo supuso 60 minutos de ser lo que yo quería ser.

Así que ahora, desde uno de mis últimos días en la oficina, escribo esto para que me de fuerzas para acabar cuanto antes los trabajos que tengo pendientes para no tener que volver aquí nada más que para exhibir con descaro una sonrisa que les diga a todos los que aquí seguirán amargando a los demás «siempre he sido mucho mejor que vosotros, y por fin me he dado cuenta».

Y esperaré en la puerta a los que de verdad me importan para contarles, entre cerveza y cerveza, porqué mis sueños estarán, entonces, un poco más cerca.

La despedida

El domingo, el último día, me levanté muy fresco a pesar de haber dormido apenas cuatro horas con todo el lío de hacer de okupa en habitaciones ajenas y los ronquidos de Richter. Así que, como el día anterior, tocó ir a correr hasta la playa y seguir con los juegos que serán muy para que los niños se lo pasen bien, pero anda que no se cansan las piernas, y más después de todo el tute que nos habíamos metido últimamente.

Tampoco cambió mucho el horario, después de correr tuvimos el mega desayuno, y lo que sí que tocó es hacer las maletas y bajarlas a la calle, pero con el traje de karate puesto porque había clase. Con una especie de tristeza estuve doblando la ropa en la misma habitación donde la noche antes compartí horas con Kanazawa.

La clase fue como los días anteriores: de éstas que merecen mucho la pena porque te das cuenta de cosas que no sabías pero que tendrás muy en cuenta a partir de ahora. Todo esto me va a venir genial para el examen de cinturón negro de este mes.

Y después de comer, nos montamos en el autobús. Es sorprendente cómo cambio el trato que tenía con mis compañeros en tres días. Durante la vuelta estuvimos hablando todo el rato, viendo fotos, haciendo bromas… mientras que a la ida cada uno iba a lo suyo escuchando música o viendo el paisaje. Este mismo trato se nota también en las clases y desdeluego que todo es mucho mejor ahora. He pasado de que me de mucha pereza ir algunos días a estar deseando que llegue la hora para volver a verles.

Al llegar al dojo, le dije al hijo de Kanazawa que me lo había pasado muy bien y le di las gracias, como era obligado hacerlo ya que fue él el que me animó, de hecho me animó también al campeonato y al examen de cinturón negro. Y me contestó que gracias por haber ido y que me espera el año que viene.

Ahí es cuando la lió parda sin saberlo… me dio por pensar en donde estaré el año que viene, no creo que siga en Japón, pero en mis pensamientos estará siempre este campamento que se hace todos los años en verano, y quiero creer que la vida que tenga entonces me dejará escaparme por una o dos semanas y volver a este lugar donde vivo ahora, y revivir estos tres días como si nunca me hubiese ido, y poder volver a tener que huir de la habitación porque Richter seguirá allí empeñado en confundir a los sensores.

Y seguramente hasta me haga ilusión volver a ver al franchute…

 

Campamento de Karate: el día grande

Ayer lo dejamos en que nos fuimos a dormir pronto, bueno, la verdad es que no es tan verdad… Kojima san es un liante del copón, y anduvimos haciendo el tonto por las habitaciones un buen rato después de que todo el mundo se fue a dormir. Cuando ya nos cansamos de hacer el giliflautas, nos fuimos a la habitación donde resulta que estaba el franchute viendo las olimpiadas a las 2 de la mañana, que es que el tío es más rancio que darle una pandereta a Mercedes Milá!!

Así que nos tiramos en el suelo a dormir, y yo me quedé como un tronquito de pepsicola… hasta que empezó Kojima su concierto en Ro menor, la madre que le parió cómo roncaba, como le ponga la misma fuerza para pegar puñetazos mejor me aparto!. Eché mano del ipod y me debí quedar sobao entre canciones de Sabina, porque a la mañana siguiente tenía un auricular enredao entre el brazo derecho, y el aipoz sin batería por ahí tirao.

Y tocó diana a las seis para ser más exactos… después de librar algún que otro combate con las legañas (ganaron ellas), aparecimos en la calle todos sobaos vestidos de cualquier manera y empezamos a calentar en círculos. ¿Os he dicho que era a las seis de la mañana?, ah, vale, que no me acordaba.

Después empezó el correteo hasta la playa, y allí el profesor se dedicó a hacer una serie de juegos de estos de esprintar, de saltar a la rana, de llevar al compañero a kutxus y así. La cosa estuvo divertida, pero no eran horas, hombre. Y al acabar, hicimos un poco de Karate en la playa, y desfilamos para la habitación porque en media hora tocaba el desayuno. Fue decir esta palabra y apretamos el ritmo como campeones!

 

Yo de verdad que no se cuanto pude comer, me rellenaba el cuenco de arroz cada nada y no dejé ni una célula de una cosa cruda que había allí y que no quise ni preguntar, qué manera de zampabollear! y eso que yo normalmente desayuno un café y tiro por lo segao!

 

Pero lo mejor viene que hora y media después tocaba clase de Karate, la segunda en menos de 14 horas y con unas carreras de por medio… pero aún así, se hizo igual de ameno e interesante que la del día anterior con Kanazawa explicándonos todo con mucho detalle y su hijo yendo uno por uno corrigiéndonos. La clase duró dos horas, pero a mi me dio la impresión de que acabó super pronto.

 

Después fuimos a comer, que aunque parezca mentira yo tampoco dejé nada en los cuencos, y a la tarde nos fuimos a la playa donde a pesar del día tan malo que nos hizo lloviendo a ratos, nos lo pasamos muy muy muy bien: nos bañamos, nos pegamos, hicimos el vaina, Kojima san hizo el vainón, el franchute soseó a placer como él sólo, y cuando estábamos en lo mejor van y sacan unas sandías y se ponen a jugar con los chavalotes a pegarle con un palo mientras tenían los ojos tapados!!!

 

 

¿Y después de la sandiada qué vino? Pues una barbacoa en la misma puerta del Ryokan!!!! allí todo kiski asando carne, verduras, bebiendo cerveza, riendo… menudo ambientillo que había montado. A mi se me puso un chaval al lado y no me dejaba de decir que qué bien hablaba japonés, jaja, y eso que lo único que hacía yo era comer y decir oishii!!

¿Y a la noche qué pasó? pues que nos fuimos a la playa porque habían traído bengalas y fuegos artificiales y allí estuvimos montando más cirio todavía en la oscuridad de la noche. Los chavales se lo pasaban bomba corriendo por la playa pegando gritos con las bengalas en la mano, y nosotros más intentando echarle chispas al franchute, jajaja. Que diréis: «pobre hombre», si si, menudo fiera está hecho el Miterrán, a mi casi me saca un ojo!!

 

 

Un día tan… no se cómo describirlo, de tantas cosas que hicimos, de tanto que nos reímos a la vez que aprendíamos… es como si no fuese posible que volviese a haber otro día igual. Me lo pasé como hacía mucho tiempo, como cuando iba a alguna excursión con la escuela, como si volviese a ser niño otra vez.

Pero luego es cuando ya nos fuimos a la habitación más grande donde nos juntamos todos, casualidad que era la nuestra, y allí es donde Kanazawa nos estuvo contando entre vaso y vaso de un sake carísimo, toda una serie de historias maravillosas.

 

Aquello duró horas, y aún cuando él se retiró, todavía siguió la velada con todos hablando con todos, cambiándonos de sitio… menos el franchute que no hacía más que decir a la gente que se fueran que tenía sueño, menos mal que nadie le hizo caso. Si es que hay gente que tiene callos, otros tienen granos y nosotros tenemos al mesié baguette! hay que aceptarlo!

 

Y ya cuando todo acabó, cuando estábamos que no podíamos con los párpados, nos metimos a dormir. Y en esta ocasión no fue Kojima, sino otro compañero que vino ese día y que pudiera ser que durmiese como los angelitos, pero coincide que no. El tío no es que ronque en decibelios, es que ronca en Richter. Cuando va a dormir avisa a los de los terremotos para que bajen el sensor y no de falsas alarmas. Os juro que puse el ipod a tope y aún así seguía escuchándole!!!

Así que cuando coincidió que era la misma hora que la última que decía Sabina en el estribillo ese de «y nos dieron las diez y las once y las doce y…» yo salí de exploración en calzoncillos por el Ryokan pensando seriamente en dormir en la calle. En estas que me encontré con las llaves de otras habitaciones y echándole un par de webos, cogí una y me metí en la más alejada y pequeña que había. Pero como me quedaba un poco de vergüenza, pensé que no era plan en estropear unas sábanas, así que volví de puntillas a entrar en donde el Yeti (ahora que lo pienso habría dado igual si entro con catiuscas), cogí el móvil, doblé el futón con almohada y todo y me piré a mi nueva suite de verano. Tiré todo en el suelo, cerré la puerta dejando la llave en su sitio, y puse la alarma a las cinco de la mañana.

Dormí mis cuatro horitas como un campeón y después volví a mi habitación a dormitar la última. Me hizo muchísima gracia saber que a la mañana siguiente nadie se había enterado de nada, y cuando Eiffel le dijo a Richter que roncaba y este dijo que no, yo casi me muero de la risa!!!

Y ya sólo nos queda un día!!!!

 

 

Campamento de Karate toma 1

Hola hola hola

Aunque ya sabéis que me lo pasé mejor que Nadal con una vaca, siete kilos de Colacao y una cuchara, os vengo a contar aquí un poco más lo que pasó aquél fin de semana en que una manada de karatekas nos montamos en un autobús y nos dedicamos a dar pataditas durante tres días.

El viernes salíamos por la mañana, había que estar a eso de las 10 enfrente del dojo, así que arramplé la bolsa y allí que me planté. Durante las últimas semanas unos chicos rusos han estado viniendo a las clases, y también se apuntaron al campamento. Es curioso porque de algo así como 7 personas, sólo uno habla inglés un poco, así que es gracioso ver a los japoneses hablándoles al ruso y luego éste traduciendo al resto. Es como si nadie hablase el idioma que toca o algo!

 

Así que después de una hora en autobús, de repente nos metimos por una carretera que resulta que estaba rodeada de mar por todos los lados. Yo flipaba, pero es que luego la carretera esa de repente se mete debajo del mar!! es un túnel que une Tokyo con Chiba, pero es que una de las entradas del túnel está en medio del mar!! no está en tierra!!! cómo han hecho para que al cavar el agujero no se vaya el agua pabajo cual desagüe????

Aquí enseñan algunas fotos de cuando lo construyeron, y también echadle un ojo al mapa, os lo pongo en grande, pero haced zoom para atrás para que veáis qué es lo que une:

 

Bueno, pues después de que el bus se metiese por entre todas las montañas de Japón, aparecimos en el Ryokan y nos repartimos las habitaciones. A mi me tocó con un franchute que es más soso que ponerle a Maldonado a bailar jotas, así que pensé que había que idear una estrategia escaqueante pero a la de trois. Entonces entró Kojimasan, un compañero que se está siempre riendo, y total que me junté con él y no le solté hasta el domingo, el tío fumaba cada diez segundos, pero mejor aguantar humo que sosería!

 

Y entonces empezó la primera clase, que se impartía en unas escuelas que había al lado. Así que íbamos vestidos de blanco todos ahí por el medio del pueblo y después las clases fueron muy parecidas a las de siempre, con la diferencia de que todas las impartía Kanazawa y que su hijo le ayudaba.

 

Al acabar, tocaba ofuro: uno se ducha sentao en bolas en una banquetilla de plástico, ahí te enjabonas todo lo raro, y después de aclararte bien te metes en una bañera con agua súper caliente que sales más rojo que el alemán que durmió la siesta en la playa. Pero eso sí, te quedas como Dios.

Y después toca comer, nos juntamos todos en una sala, nos sentamos en el suelo y nos ponemos ciegos a comer arroz, sopa miso, pescado… yo no dejé ni las espinas, menudo hambre que entra después de una clase de Karate y un baño de esos, majos!

 

Todo esto fue el mismo viernes, en el que por la noche nos fuimos a una habitación a beber, y estuvimos revisando los combates del hijo de Kanazawa en una tele y comentando la jugada. Pero como estábamos bastantes cansados, nos fuimos todos a dormir prontito porque al día siguiente tocaba levantarse a las seis de la mañana para ir a correr!!!

Mañana más, santo Tomás!