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El día que me examiné de cinturón negro

No llevo la cuenta de las veces que ese día ha venido a mi memoria, ni tampoco sé las razones que desencadenan que mi mente decida recordarlo. Hoy, después de una tarde de compras y paseos que nada tienen que ver con aquellas horas, de nuevo ha ocurrido.

Recuerdo que me levanté muchas horas antes de lo que hubiese sido necesario, y que desayuné muy sano, incluyendo muchos hidratos de carbono. De igual manera que si fuese un examen de la universidad, aproveché esos momentos previos para repasar y estuve haciendo movimientos en pijama delante del espejo tratando de no dejarme nada en el tintero. Me asusté cuando haciendo una de las patadas, la circular, me hice mucho daño en la ingle y pensé que no podría presentarme.

Cogí la bici y me dirigí al dojo con mucho tiempo y mucha calma, planeando no cansarme demasiado al subir las cuestas para que las piernas no se cargasen, y aunque no me acuerdo de qué canciones, si sé que iba escuchando una lista de música que había elegido durante esa misma semana. Canciones de esas que te consiguen motivar, que te animan, que te preparan.

Recuerdo a Fran llegando después de la clase y buscándome desde fuera para entrar al dojo y que todos supiesen que venía conmigo. Me alegró verle, y me relajó hablar con él.

Del examen sólo recuerdo que tenía la boca muy seca, que estaba mucho más cansado que de costumbre aún no habiendo hecho casi nada de ejercicio, y que cometí fallos que habría sido fácil evitar. Eso, y que Kojima fue mi compañero y el primero que me felicitó con un abrazo, seguido del señor que roncaba en el campamento y cuyo nombre no he tenido la verguenza de aprenderme, y de Fran.

Después fuimos a un izakaya, como suele ser habitual los sábados, y allí recibí más felicitaciones aunque no quería ser el centro de atención y procuraba no mostrarme demasiado entusiasmado. Bebí bastante, porque estaba con amigos y porque me apetecía, y aunque sacaron el tema una y otra vez, yo siempre le quitaba importancia porque al fin y al cabo yo ya era cinturón negro antes de venir a Japón y no le veía tanto mérito como ellos.

Cuando volví con la bici y pasé por el templo de al lado de casa, vi que estaban ensayando un matsuri y saqué la cámara de la mochila para grabar lo que pudiese. Era de noche, una noche más de tantas en las que habré pasado por ahí, pero me sentí afortunado de poder ver aquello. Seguramente el evento real fue mucho más espectacular, pero me encantó compartir la privacidad de un ensayo a la luz de la luna, con la ropa de casa y con la ventaja de no haber público favoreciendo la informalidad y quizás aumentando la autenticidad de las sonrisas y los gestos.

Hoy he buscado ese video, y me he sorprendido al ver el final.

Llevaba un rato llorando cuando paré de grabar y ya era imposible que se me entendiese porque las lágrimas sólo me dejaban balbucear.

Después de todo, aquel día fue mi día, aunque no me diese cuenta hasta que por fin logré estar solo.


El anuncio de Ale y Ai

No hace falta ni que les presente, pero si tuviese que hacerlo diría que Ale y Ai son las dos personas más majas y saladas que conozco. Y seguro que ya sabéis que graban todas las semanas un video con una conversación para hacer el oido al japonés, y de lo ameno que lo hacen yo siempre recomiendo a todo el mundo que lo vea, aunque no les interese este idioma, porque seguro seguro que os lo pasáis teta.

El caso es que ayer nos dieron una sorpresa en mitad del episodio…

Por cierto, que si queréis que os hagan un anuncio tan o más salado que este, sólo tenéis que poneros en contacto con ellos y seguro seguro que se les ocurre algo. Y como los ve un montonazo de gente, os ofrecen espacio en su blog para anunciaros o incluso cuñas en medio del episodio… esto es algo a mirarlo bien, ¿eh?

¡¡ Muchas gracias Ai y Ale !!
¡¡ Y que viva escuchajaponés !!

Y aprovecho el asunto para contaros que ya hemos finiquitado los diseños y encargado las nuevas camisetas… ya váis a ver, ya!

Desclasificando una noche

Llevaba coleta la chica que quiso jugar a que nos conocíamos de siempre y me agarraba de la mano sin ni siquiera saber mi nombre.

Aquella noche pasaron cosas. Hubo muchos momentos de esos que vienen a la mente añadiendo cada vez algún nuevo detalle, y de paso haciendo que se conviertan en algo más real, como siendo un poco menos recuerdo.

Fue un buen mes, el ambiente de la oficina era el mejor que había habido siempre, y que habrá, al paso que van las cosas. Así que esa tarde fuimos a la fiesta de bienvenida de Akira como el grupo que nunca debimos dejar de ser: con sonrisas sinceras y principios de lo que parecían amistades. Y comimos, bebimos, reímos, cantamos… cada uno en su idioma y en el de todos a la vez, porque el alcohol suelta lenguas y aviva ingenios.

A algunos no nos esperaba nadie en casa, así que cambiamos el último tren por el primer bar de una conocida zona de Tokyo. Y a uno siguieron otros y otros. Tampoco era tan distinto que salir por mi pueblo, salvando las distancias, e incluso no faltó el momento en el que decidí salir fuera a refrescar la vista y purificar el olfato.

Me senté en una valla, y una chica vino y se me puso enfrente. Estaba tan borracha que me gustaría saber cómo me veía, si es que lo hacía.

  • Estoy tan borracha que casi no veo – me reconoció en inglés
  • Ya veo ya, cuídate, ¿eh?
  • Gracias, tu eres muy guapo. Te quiero
  • Jaja, claro claro

Entonces vinieron dos amigas, la cogieron cada una de un brazo riéndose y se la intentaron llevar.

  • Perdona, ¿eh?, es que ha bebido un poco -y al hacer el gesto de «un poco» con la mano se le escapó una carcajada
  • Nada nada
  • No te olvides que te quiero mucho, ¿eh? -dijo la primera sin ni siquiera levantar la vista del suelo
  • No no, tu tranquila que no se me olvida

Y en lo que fue un intento desesperado por ir recto, las tres chicas se fueron caminando zigzageando por delante de la puerta del bar de donde yo había salido hacía ya un rato.

Volví a entrar, pero allí no estaban mis compañeros. Llamé por teléfono al único que tenía en mi agenda, y no tenía cobertura. El primer tren no salía hasta cuatro horas más tarde y yo era la segunda vez que salía por aquél lugar, así que la cosa pintaba, cuanto menos, emocionante porque no tenía ni idea de qué iba a hacer todo ese tiempo ni para donde tirar.

Entré en dos, quizás tres bares más buscándoles sin éxito. Así que, cansado, me senté en la entrada de algo parecido a un portal.

Como si el sentarse sólo fuese la estrategia a seguir, una chica vino y se sentó a mi lado.

  • Hola, ¿estás sólo?
  • Si, un poco
  • Si quieres yo te doy un masaje
    Vaya, y yo que pensaba que había ligado. No no, gracias
  • ¿Seguro?
  • Segurísimo, no hay nada que hacer
  • Ya veremos. ¿De dónde eres? tienes un acento raro
  • Del norte de España, no se me da muy bien hablar en inglés. ¿Y tu? no eres japonesa, ¿verdad?
  • No, soy china, aunque llevo aquí muchos años
    ¿Hablas japonés?
  • Si, tendré acento supongo, pero la mayoría del tiempo hablo en japonés
  • Ala, que envidia, yo ahí ando aprendiéndolo
  • Bueno, al final si vives aquí acabarás hablando aunque no lo quieras
  • A ver si es verdad
    ¿Porqué estás solo?
  • He perdido a mis compañeros de la oficina, luego en un rato les seguiré buscando
  • Pero si quieres puedes estar conmigo y así no estás sólo
  • Jaja, no no, de verdad, gracias
  • Para mi no sería ni trabajo, ¿eh?
    Es todo un honor, pero de verdad que no, lo siento
  • Vale, pues me voy a lo mío. Que tengas suerte con tus compañeros
  • Gracias, y tu con lo tuyo
  • Jaja, a ver

Y la chica se fue por donde vino. En cuanto la perdí de vista, me levanté y me fui en la otra dirección, no fuese a ser que la cosa se complicase y volviese con alguien que tratase de convencerme de una manera menos agradable.

De repente estaba en un bar con un vaso de té en la mano dispuesto a quedarme allí hasta, por lo menos, que el maquinista del primer tren apagase el despertador. En el camino al baño, pisé a una chica, con fuerza, con todo el talón en el medio de sus dedos. Ella gritó, yo puse cara de circunstancia, sabiendo que le tenía que estar doliendo con ganas y le pedí perdón todo lo sentido que pude. Le quitó importancia, y me dejó seguir mi camino.

Cuando volví de mi misión prioritaria y volví a pasar por delante de ella, le pedí de nuevo perdón, y, otra vez, me dijo que no me preocupase, que esas cosas pasaban.

Pasaron muchos minutos, quizás alguna hora, yo tuve que volver al baño y en la puerta me crucé con ella que me sonreía. Yo fui a lo mío. Al salir y pasar por tercera vez a su lado, ella me tiraba besos con las dos manos. Me acerqué riéndome y le dije que si tanto le había gustado, que le pisaba el otro pie.

Ella se reía y de repente me cogió de la mano, me atrajo hacia sí y me dijo al oido:

  • Tampoco me ha dolido tanto

A aquella frase le siguieron otras muchas. Hablamos durante tiempo, me presentó a sus amigos y cuando supieron que me había quedado sólo, me llevaron a otros bares, y cantamos, y bailamos, y bebimos para acabar luchando contra la futura resaca comiendo ramen.

Uno de los amaneceres más bonitos que recuerdo puso fin a aquella noche en la que sentí que, a veces, la luna juega con nosotros como si fuésemos muñecos y nos mueve y nos maneja de una manera irónicamente espontánea. Como si todo fluyese, pero así, de esa forma, como ella lo ha dispuesto.

  • Dicen que si la Tokyo Tower se apaga cuando dos novios la están mirando, que entonces su amor se romperá para siempre
  • Pero tu y yo no somos novios
  • Claro que no, ni lo vamos a ser. Igual por eso estaba ya apagada cuando vinimos
  • ¿Pues sabes qué? que me alegro de haber perdido a mis compañeros, aunque tu no me quieras besar
    Es que no te conozco
  • Pero me agarras de la mano
  • Si, y te tiré besos con las manos. No me preguntes porqué
  • Porque te pisé y te pareció mono cómo me disculpé
  • Me caiste bien… ¿sabes porque no te beso ni podemos ser novios?
  • Porque ya tienes uno
  • ¿Cómo lo sabes?
  • Se nota, pero me da igual, yo tampoco quiero tener novia
  • Eso lo dices para fastidiar
  • Un poco si

Después el metro nos separó, y cuando llegué a casa me dí cuenta de que no me acordaba de su nombre, ni siquiera sé si me lo dijo. La verdad es que poco importa.

Hideo era el de su novio. Ese no se me olvida.

El gatostiable

¡¡Inauguro sección!!

Jodé, soy peor que un ministro, no hago más que inaugurar historias que luego no valen para nada… pero bueno, en fin, yo me entretengo.

El caso es que no podía dejar pasar por alto a semejante aberración mascotil, a tamaño esperpento desfigurado, al engendro caraflauta que ha resultado ser el icono de la ternura para todas las niñas del mundo (y hermanos del tipo del de Mauricio). Me estoy refiriendo, cómo no, al:

¡¡ Gato sin boca de los huevos !!

 

Analicemos:

  • El bicho está desfigurado: no tiene boca, esto es así. Mientras nosotros bostezamos, parlapuñeamos, sacamos la lengua y el chino de mi curro pastababea, el bicho este no hace nada. Caries no tendrá ni una, eso fijo.

  • Tiene visión periférica, vamos, que si le separan los dos lunares esos que tiene por ojos otro medio kilómetro lo mismo vé de espaldas.

  • Se hace llamar «Hello Kitty«, lo que es la mayor gilipoyez que se le pudo ocurrir a alguien. Es como si yo digo que a partir de ahora me llaméis «Aupa Toscano» siempre. Aupa Toscano, si vas a salir trae el pan. ¿Está Aupa Toscano? que se ponga. Aupa ahí Aupa Toscano

  • El lazo rojo ese que lleva es tri-odiable y policursi, y da igual que vaya en globo o que esté en el fondo del mar, que no se le mueve ni pa Dioh.

Y lo peor es que estamos totalmente rodeados del Aupi Gato este de los tamagos, así que en esta nueva sección que inauguro hoy por la mañana con la fresca, iré analizando todos esos productos que han tenido la desgraciada idea de poner al bicharraco en su diseño. Es algo así como la de la madre de Peneke pero en gatomudolby surround 5.1.

Ahí vamos:

 

De los macarrones de antes, pasamos al Furikake, que son condimentos que vienen resecados y se les echa encima al arroz para darle saborcillo y colorcillo. Hay de todo: carne, pescado, verduras, con sal, sin sal, con sésamo, sin sésamo…

 

Es menester que gritemos todos juntos:

¡¡ Siii, yo también le ostiaría !!!!

 

¡Que hay gripaca!

Que además dicen que este año en Tokyo viene más chunga que nunca (esto lo llevo yo oyendo todos los inviernos en Zalla).

Así que vamos a prepararnos!

 

1- Ponerse una máscara para evitar contagios y si ya nos hemos contagiado, para evitar contagiar
2- Hacer gárgaras. ¡¡Vete a hacer gárgaras, gañán!! jaja, ¿cómo se dira esto en japonés? ugai wo suru ni itte? (madre mía, se me está ocurriendo nueva sección: ikuchapurrea!!, temblad kikunihongo y japoneando)
3- Lavarse las manos de vez en cuando, esto aplica también sin gripe ni nada
4- Tomar suplementos de vitaminas de la A a la Z todas las que haya

Yo este invierno ya te tenido suficiente gripaca! ¿cómo va la cosa por allí?

Calor humano

Cuando uno está viviendo fuera en otro país durante una temporada, es fácil acostumbrarse y olvidarse de cómo se vivía antes. Y quizás por esto me sentí fuera de lugar en el pueblo donde nací, pero seguro que si volviese allí de nuevo, en seguida me acostumbraría y todo volvería a su cauce original como si nunca me hubiese ido.
Esto iba pensando en el avión de vuelta a Tokyo, tratando de buscar la razón por la que durante 13 días sentí que invadía una rutina que no era la mía, que mis vivencias en Japón se quedaban sólo para mí mientras los que allí seguían, lógicamente, se preocupaban de sus propios asuntos.

En el viaje de vuelta, aunque lo elegí yo, no pude evitar pensar en que tendría que molestar a las dos chicas de mi izquierda si quería salir del asiento, aunque también es cierto que la pared del avión da más juego a la hora de buscar la postura para dormir. Sin duda volvería a elegir ventanilla.

Después de unas horas nos trajeron la comida, y mientras comía soba, fideos japoneses, la chica de al lado me habló en inglés. La conversación empezó siendo de ascensor para, inesperadamente, convertirse en refrescantemente amena. Me contó que ese tipo de fideos son famosos de la región donde nació y que ella, junto con un grupo de más de cincuenta japoneses, venían de hacer un viaje por España. Durante ocho días habían pasado, casi contrareloj, por Madrid, Toledo, Córdoba, Sevilla, Granada, Valencia y Barcelona. Ni rastro del País Vasco, como de costumbre.

Me estuvo enseñando fotos, hablamos sobre las diferencias entre ambos países y fue curioso comprobar cómo mucho de lo que me contó coincidía con mis propias impresiones aunque alguna que otra vez tuve que luchar contra tópicos como el de la siesta que, supuestamente, todos disfrutábamos a diario con el consentimiento de las empresas.

De vez en cuando nos dormíamos, quizás veinte minutos, quizás horas, para que cuando volvíamos a coincidir despiertos, retomásemos la conversación como si no se hubiese acabado. Pasábamos de churros con chocolate a sopa miso y arroz, de la Alhambra de Granada al Toshogu de Nikko, de cómo habla la gente de Andalucía a cómo son los de Osaka, de que allí todos son chinos a que aquí nosotros somos americanos…

Cuando tratando de buscar la postura dije «semai kore» (qué estrecho es esto), ella levantó el reposabrazos que nos separaba.

Cuando empecé a estornudar, ella sacó un paquete de pañuelos de su bolso y me lo dió, y cuando contesté que sí a la pregunta de si tenía frío, ella me puso por encima la mitad de su manta.

Así nos dormimos uno apoyado en el otro en un sofá improvisado con dos asientos de avión entre dos mantas y un par de chaquetas.

Tiempo después aproveché el momento en que las dos chicas fueron al baño para hacer lo propio, y llegué a la puerta a la vez que una señora a la que cedí el paso. Me hizo una reverencia, y pude sentir de nuevo que casi volvía a estar en Japón.

Con la espalda y las piernas aliviadas y agradecidas por haber estado de pies, me senté otra vez en mi sitio, y me dormí. Entre medias sentí que ella volvía, apoyaba su cabeza en mi hombro y me hablaba:

– ¿Sabes? la señora del baño es mi madre
– Anda, no lo sabía
– Claro que no. ¿Cómo lo ibas a saber?

Después me apretó el brazo y seguimos durmiendo… hasta que de repente el avión se empezó a sacudir. No es que fuese mucho, pero que se encendiese la señal de abrocharse el cinturón y que el piloto hablase fue bastante para que nos asustásemos. Cuando me quise dar cuenta, ella me había cogido de la mano y me la apretaba con fuerza. Yo le decía que no pasaba nada aunque no me lo creía y muerto de miedo le hablaba para tratar de tranquilizarla mientras me esforzaba por parecer seguro de mí mismo.

Las turbulencias no fueron nada, pasaron pronto, no duraron más de diez minutos pero nuestras manos siguieron enlazadas mucho más tiempo.

Apagaron las luces y con la ayuda de la oscuridad, compartimos sueños y mucho más que nunca contaré porque aunque artificial, era una noche y las noches son secretas.

Aquel primer sábado del 2009 nos despedimos justo antes de aterrizar sabiendo que ella volvería con sus padres y fingiriamos que seguíamos siendo desconocidos.

Y cuando por fin pude meterme en el futón a dormir, me di cuenta de que a pesar del peso de mi equipaje, del peregrinaje por andenes y estaciones inundadas de gente, de lo incómodo del regreso… yo no había parado de sonreir en todo el camino a casa.

Gentes

Me monto en el tren en Shinjuku, y cuando las puertas parece que se van a cerrar se escucha un grito que dice algo así como «heeeey» que sobresalta a medio vagón y entran un grupo de extranjeros. Hablan en castellano con acento argentino, creo, y se hacen un hueco en el vagón a fuerza de empujones y risas. El que lleva la maleta de ruedas dice «me están tocando, siii, viciosos» en voz alta y el resto se ríe a carcajadas.

Los demás nos limitamos a ignorarles.

Por el camino, el de la maleta de ruedas que parece ser el payaso oficial del grupo, hace todo tipo de ruidos obscenos dando a entender que le están tocando todo el rato. Los demás le ríen la gracia.

El tren llega a Harajuku, su parada, pero hay mucha gente, así que empiezan a dar gritos en castellano: «a ver que nos bajamos, apartaos, venga que salimos, venga«. Pero al de la maleta le cuesta pasar un poco más así que decide ser más directo «hijos de puta, no veis que queremos salir«, y de nuevo carcajadas.

Yo, como único extranjero cercano que quedo dentro del tren, me muero de vergüenza y no consigo levantar la mirada del suelo durante un buen rato.

Cuando salgo en mi estación y voy andando para casa, me cruzo con un viejo japonés que está borracho y me empieza a hablar en tono despectivo. Me llama «mister» y yo ni le contesto, él insiste «mister, mister, omae» y algo más que no entiendo pero que suena mucho a insulto, al igual que su actitud. Cuando me he alejado de él, miro para atrás y resulta que me sigue gritando con los dos brazos en alto como envalentonado por haberme espantado.

Y entonces es cuando pienso que ser gilipoyas no entiende de nacionalidades.

El entrenamiento del frío

Así se podría traducir más o menos el título del cartel que han puesto en el dojo de Karate. Y la copla trata de que si vas a entrenar a una clase especial que empieza a las seis y media de la mañana durante tres días y sobrevives, te dan un diploma.

Que pensaréis: bueno, total, es darse un madrugón sólo y luego lo de siempre. ¡Pues no!, que hay que ver cómo sois, ¡¡si es que Jonathan ha hecho mucho daño en internet!! ¡¡que ahora resulta que lo sabéis todo!! pues es que la clase empieza yendo a correr por ahí por las calles de Tokyo, y luego después habrá que ver quién es el guapo que es capaz de levantar la piernaca sin que se le agriete un huevo…

¿Os he dicho que es a las seis y media de la mañana?
¿y que es durante tres días?

 

 

¡¡No pasa nada!!

Porque he seguido un duro entrenamiento todas las noches para acostumbrar el cuerpo y la mente a tamaño desafío termometril…

 

OSSSSS

Informe de situación

Viernes, 16 de Enero
05:00 – suena la alarma del móvil, que aunque es un iPhone, da por saco igual, o incluso más porque da pena pegarle
05:15 – vuelve a sonar la alarma que yo y mis legañas hemos reprogramao
05:27 – me arrastro por el suelo cual molusco gasterópodo provisto de una concha espiral y consigo poner en marcha la cafetera abriendo los párpados a un 5% de su capacidad real
05:35 – mientras me tomo el café, Neki me habla y soy capaz de llevar una conversación más o menos coherente aunque no me acuerdo de lo que me ha dicho
06:00 – salgo de casa a toda leche sabiendo que como no espabile, voy a llegar más tarde que el tren de la Robla
06:23 – llego a la estación de Ikegami después de una carrera de 20 minutos subiendo y bajando las colinacas que hay desde mi casa, y entre resoplido y resoplido me meto una chupabolsa de energía
06:27 – llego a la estación de Kugahara, sigo corriendo y me meto en el vestuario, que está petado de gente contra todo pronóstico
06:30 – justo cuando Murakami sensei ordena que nos pongamos en fila, ahí estoy yo ya cambiado y todavía resoplando pulmón y cuarto. Empezamos el calentamiento habitual de todas las clases, lo de correr por la calle parece un bulo que me han querido meter.
06:45 – pues no! nos ponemos calcetines, playeras y chamarra y nos vamos a correr con el relente, cuarenta tios en kimono por la calle y la gente ni nos mira raro ni nada. Bueno, a mi si, pero con estos no-pelos no me extraña
07:15 – volvemos al dojo después de una carrerita bastante suave, aunque con bastante frío, la cosa no pinta tan mal…
07:20y un pepino!! (Ale, sin ofender) durante más de media hora, Murakami sensei nos ordena ponernos en kibadachi, la posición más salada de Karate, y nos liamos a tirar puñetazos contando diez cada uno
07:55 – somos 40 tíos y hemos hecho 5 tandas… echad cuentas… 2000 puñetazos al aire manteniendo la posición!!!!
08:00 – después de un simbólico estiramiento, nos cambiamos y cada uno se pira a su oficina a intentar sobrevivir lo que queda de día. Salgo de allí con más hambre que la Bimbambún y subir o bajar escaleras se convierte en todo un sudoku.

Apunte de hoy: la cosa no ha estado tan mal, de no ser porque mañana también toca madrugón y… encima… ¡¡¡¡ voy a tener unas agujetas del 14 y medio en la escala Richter !!!

Bilbao

Es la ciudad que queda a unos 20 kilómetros de mi pueblo y que no pisé sin la compañía de mis padres hasta que tuve cerca de 15 años. Recuerdo ese día, en el que la mayor parte de mis amigos iban al cine, pero a mi no me dejaban. Yo estaba allí con la chamarra puesta discutiendo con mi madre en la cocina de mi casa mientras desde la ventana se veía a todos mis amigos esperando al tren en la estación. No tenía permiso, y mucho menos dinero, pero aún así yo no daba mi brazo a torcer y suplicaba que me dejara hacer lo que todos.

Como madre sólo hay una, y como la mía ninguna, me ví sacando «ida y vuelta a Bilbao» con todos mis amigos apenas unos momentos antes de que llegase el tren. Y aunque no recuerdo qué película vimos, si sé que el dinero me llegó para comprar palomitas y que llegué a casa pensando que ya era mucho más mayor que la edad que tenía.

Otras veces iba con mis abuelos a ver a mi primo a Basauri, y si esto pasaba, normalmente dormía en su casa para poder estar en la estación con tiempo. Bueno, por eso y porque en casa de los padres de mi padre siempre se estaba bien a pesar del volumen de la televisión que se escuchaba desde fuera del edificio sin problemas. Ellos jugaban a las cartas mientras yo les miraba y me reía, y a él le chivaba las cartas de mi abuela, aunque daba igual porque siempre perdía y se enfadaba porque mi abuela, encima, «era una trampoliñas».

Y en el tren, camino de Bilbao, él trataba de enseñarme los nombres de las estaciones que se sabía de memoria mientras ella sujetaba los billetes de cartón en la mano, para que no se perdiesen durante los más de cuarenta minutos que duraba el viaje.

Unos años después cambié las visitas esporádicas al cine y a las rebajas por la rutina diaria de ir a la universidad. Día tras día, mes tras mes, año tras año fui descubriendo que la ciudad era mucho más pequeña de lo que mi imaginación creía y hoy en día no entiendo cómo me pude perder tantas veces.

La carretera sustituyó a los andenes, y a la carretera las llaves de un piso, y entonces Zalla pasó a significar visitar a mis padres mientras que el puente de Deusto, Abandoibarra y el Casco Viejo ya eran barrios de mi ciudad como lo son ahora Shibuya, Asakusa o Kugahara.

Hace dos semanas pasee por Bilbao consiguiendo que mis pupilas se desintoxicasen de neones, que mis piernas se desacelerasen, que mis oidos se acostumbrasen a entender lo que escuchaban sin poder evitar sentir vergüenza al hacerlo después de un tiempo, que sin ser tanto, me pareció una eternidad.

El olor de los puestos de castañas asadas me recordó al barrio chino de Yokohama, las tiendas de ropa se me antojaron vacías, las casas me parecieron enormes y los parques diminutos, los edificios preciosamente antiguos, las calles sucias pero llenas de vida, los transportes lentos y sujetos a un azar que había olvidado, las gentes ruidosas…

Y como si yo fuese el protagonista de una obra de teatro que dura ya 32 años, no puedo más que sentirme agradecido de haber vivido, de haber conocido, de haber actuado en escenarios tan maravillosos… por lo distintos.

Conversaciones de aeropuerto

Narita, Tokyo. Día de marchar.
Mientras imprimo el billete en las máquinas, donde elijo asiento en la puerta de emergencia al lado de la ventanilla, una chica me pregunta si tengo algún problema con el ordenador y si necesito ayuda. Declino su oferta, saco el billete, facturo y me dirijo a la puerta de embarque. Paso por un control:

– Good morning sir, can you show me your passport, please?
– Yes.

– Buenos diasu, ¿como está? (en castellano y riéndose)
– Bien bien, good good, thank you
– Ok, thank you very much sir

Y me deja pasar sin más.

Frankfurt.
Trato de buscar la puerta de embarque del avión para Bilbao. En la cola para el control de equipaje de mano se nos cuelan cuatro personas: una vieja y tres mostrencos. Llego al control y la chica me habla en inglés sin ni siquiera mirarme a la cara:

– Si tienes un ordenador, ponlo en una bandeja a parte y lo demás ahí y pasa por el arco
– Vale

Al pasar por la maleta, ven algo raro y me paran:

– ¿Esta es tu maleta?
– Si

– Abrela

– Voy

La abro un poco acojonado por las formas, lo primero que se ve son dos sobres de Udón y Soba que Michiko me ha regalado para que se lo cocine a mis padres, con sus respectivos paquetes para hacer la salsa.

– Ah, comida basura, muy bien
– No es comida basura, es comida japonesa, así que todo lo contrario más bien

La tía visiblemente incomodada por la respuesta se dedica a sacar absolutamente todo lo que hay en la maleta y lo desperdiga por la mesa, el resto de gente espera. Cuando se aburre de ver que sólo llevo libros y cuatro tonterías, me dice:

– Vale, puede irse

Y me deja allí volviendo a intentar que todo entre en la maleta mientras se va formando una cola del copón. Yo no tengo otra manera de irme de allí que con todo dentro, así que me tiro un buen rato. La tía, encima, me mira mal como si fuese culpa mía y se dedica a cuchichear con su compañera señalándome en vez de hacer un mínimo esfuerzo por ayudarme a arreglar la que ha preparado ella sola.

Bilbao, día de volver a Japón.

Voy con mi maleta de mano un poco acojonado por si me paso de peso, lo pongo todo en la cinta transportadora y al pasar por el arco el guardia civil que está zampando chicle, me dice que deje la chamarra también. La dejo, vuelvo a pasar por el arco y me doy cuenta que llevo el cinturón metálico puesto, pero no se si ha pitado el chisme o no. El tío también se da cuenta:

– Esto te lo tenías que haber quitado antes, hombre (tono de perdonarme la vida)
– Ah vale, no me he dado cuenta hasta ahora
– Ba, ya es igual, venga tira tira

Recojo las cosas y me voy. Aquí también he tenido que poner el ordenador a parte en una bandeja él sólo.

Frankfurt. Último transbordo.
Paso con la maleta de mano por el control, el señor me da los buenos días mientras me pide el pasaporte:

– Buenos días, señor, ¿me permite su pasaporte, por favor?
– Buenos días, si si, claro, tenga
– Muy bien, todo perfecto, que tenga un buen viaje
– Muchas gracias

Narita. Tokyo. Ya llegamos.
Después del viaje más curioso de mi vida, recojo la maleta grande que había facturado y me dirijo al control. El hombre ve mi pasaporte y me habla:

– ¿Puedes hablar inglés? (en inglés)
– Si si
– ¿Puedes hablar japonés? (en japonés)
– Si, un poco (en japonés)

Después de hacer estas dos preguntas, a continuación me dice todo en dos idiomas. Primero en inglés y seguido en japonés, yo le contesto en lo primero que me sale:

– ¿Cuanto has estado fuera? ¿Cuanto has estado fuera? (inglés – japonés)
– Dos semanas

Así me hace dos o tres preguntas del estilo en dual, y después me saca un panfleto donde se ven fotos de drogas: maría, pastis… de todo

– ¿Lleva algo de esto en la maleta?
– No

La siguiente hoja es de armas: pistolas, espadas, cuchillos

– ¿Y algo de esto?
– Tampoco

No se si no se lo cree, o es que está aburrido, así que me pide abrir la maleta. Yo ya resignado la abro, lo primero que se ve es un plumifero de Karate que me compré y que resulta que está más arrugado que la pata de Periko:

– SKIF, esto es de Karate, ¿verdad?
– Si, Shotokan
– Está muy arrugado, disculpe.

Y coge el tío y se dedica a sacarlo, alisarlo con la mano y doblarlo perfectamente cual dependiente de Zara. Yo me quedo chato:

– Muchísimas gracias
– Nada nada. ¿Esto que es?
(señalando a un envoltorio con un regalo)
– Es un regalo, un cuenco

Mete otra vez la chaqueta de la SKIF cuidando que la ropa no sobresalga, y llama a su compañero. Entre los dos me cierran la maleta mientras yo miro el cuidado con el que lo hacen. Después me dice que mueva los números de la combinación por si se abre sin querer, coge la maleta y la saca por el otro lado de la mesa para que no tenga que bajarla yo:

– Vale, vaya con cuidado y muchas gracias
– De nada, a ti

 

13 días y 12 noches

13 días hace desde que llegué al pueblo en el que nací. 12 noches durmiendo en la misma habitación que compartí con mi hermano muchos años, y que luego pasó a ser mi refugio dentro de la casa de mis padres.
Dentro de estas paredes torcidas todavía están mis sueños, mis ilusiones, mis cabezonerías de adolescente empeñado en discutirle todo a mis padres. El fuerte donde yo me hacía fuerte.

Abro un cajón y me encuentro con los trajes de Karate que empecé a usar hacia la mitad de mi vida, me topo con las cintas de música que ordenaba cada vez que llegaba la época de exámenes, con albumes de fotos que, aún reconociéndome, parecen reflejar a otro que no soy yo.

Cada armario, cada estantería contiene, como si de un libro se tratase, capítulos de mi vida que estaban enterrados en algún lugar ahí dentro detrás de mis ojos. Y aunque algunos fueron muy malos, no puedo evitar emocionarme y sonreir ante todo lo vivido porque lo que soy ahora no es más que la suma de todos ellos, y no hay uno sólo del que me avergüence.

Salgo a la calle y paseo con la cámara en la mano, como si todavía estuviese en Tokyo. Pero resulta que aquí conozco a casi todo el mundo, así que aprendo a saludar de nuevo: un movimiento de cabeza y una o dos palabras del estilo de «hasta luego» o «aupa ahí» como tanto dicen por aquí. Alguno me reconoce como «el de los videos de Japón», aunque la mayoría ni siquiera se habrá enterado que hace años que ya no vivo aquí.

Vivo la rutina de mis padres con ternura, quedo con antiguos compañeros de trabajo, con amigos de los pocos de verdad que me quedan, con conocidos de siempre. Al de tres días es como si nunca me hubiese ido de aquí y las clases de ceremonia del té, el karate, los combinis y la Yamanote quedan dentro de un viejo sueño vivido hace siglos. Ni siquiera me puedo imaginar hablando en inglés.

Y hoy, en el último día de este extrañísimo año 2008, me encuentro sentado en el Oreka, un bar de mi pueblo donde se puede utilizar internet. A mi alrededor todo son caras conocidas, y raro es ver a alguien de mi edad que no esté casado y con algún niño. Abro el blog y releo entradas antiguas de «cuando vivía en Tokyo» y no me hago a la idea de que el viernes voy a volver a estar allí.

Me he ido de pintxos, he cenado en casa de unos amigos, he ido de compras, he enseñado Bilbao a un amigo japonés que vino a verme y me espera pasar una nochevieja que poco tiene que ver con la que viví el año pasado en un templo.

Y a pesar de todo… me siento fuera de lugar. Me siento vendido en el lugar donde más tiempo de mi vida he consumido. Es como si me faltase una vida que vivir aquí y que todo el mundo tiene, como si yo fuese una interferencia dentro de la rutina de este lugar que ha seguido su curso sin mi.

Sabiendo que la misma sensación la he vivido muchísimas veces en Tokyo, me asustar pensar que ya no sé dónde está mi sitio. Pero mientras trato de averiguarlo, tengo claro que más que los lugares, con lo que más me quedo es con las personas que aquí y allá han ido haciéndose un hueco en mi corazón.

Y espero poder volver a verlas a todas en el año que empieza en nada.

 

Kokoro

Hace casi dos años sentía pena, añoranza de las horas pasadas apenas unos momentos antes, miedo a lo desconocido. Lágrimas imposibles de contener, escondidas, disimuladas dirigiendo la mirada a la ventana del avión para que sólo el cielo las vea. Pensamientos que no se pueden detener, de lo vivido, de lo que dejo atrás, de lo que vendrá. Intento pararlos leyendo el libro que descansa en mi regazo, pero no consigo concentrarme en aquellas letras y vuelvo a llorarle al cielo una y otra vez.

Me confundo con miles de personas que buscan, como yo, donde tienen que estar para cambiar de avión. Si, Tokyo está un poco más cerca, pero también Bilbao y Zalla cada vez más lejos.

Por fin llego donde debo estar, me siento en el suelo y ésta vez consigo avanzar con el libro que todavía está húmedo por la última lágrima derramada. Trato de leer esa página rápido, me salto párrafos intentando dejarla atrás y, con ella, mi vida anterior. Como si al no verla, al no pensar en ella, todo se hiciese más fácil.

Vuelvo a estar sentado dentro del avión, ésta vez será infinitamente más largo, como seis veces más, así que tengo mucho más tiempo para sentir mis pensamientos, pensar mis sentimientos…

Y por más vueltas que le doy, no consigo saber si es la decisión correcta, no hay nadie a mi lado con quien hablarlo y lo peor es que tampoco habrá nadie allá donde voy.

Estoy sólo, yo y el cielo.

El libro consigue atraparme con su historia y junto con dormir y despertar incontables veces, consigo llegar a Tokyo acallando a ratos a mi corazón.

Mañana, casi dos años y miles de experiencias después, me reencontraré conmigo mismo.

Pasearé por calles que me han visto jugar, reír, llorar, crecer… lugares que saben cosas de mí que yo habré olvidado. Quizás mis pasos me lleven a aquél portal donde besé por primera vez, o al jardín de la iglesia desde el que me caí y quedé inconsciente, momento que el espejo siempre me recuerda. Volveré a entrar al bar donde me sorprendí peleándome por defender a un amigo… bares donde tenía tantos amores inconfesables disfrazados de amistad.

Volveré a ver a todas esas personas que antes estaban y ahora volverán a estar al menos durante dos semanas. Y bajo la luna, que es más mía vista desde allí, daré todos los abrazos y besos que les he ido guardando durante 667 días.

El día en el que me dieron una ostia como un pan

Fvalenciano, el vídeo es impagable, te ha quedado impresionante, en la vida habría podido yo hacer algo así.
¡¡Mil gracias!!

Subid el volumen, y si lo véis en la página de Vimeo en HD y pantalla completa, mejor que mejor!!

La crónica no va mucho más allá de lo que habéis visto. El día anterior me compré un protector bucal cuyas instrucciones no entendí porque estaban en japonés, así que no fuí capaz de moldearlo y no lo usé, menos mal que la ondonada no aterrizó en los piños.

La competición empezó a las nueve de la mañana, pero yo no peleé hasta más de las cuatro de la tarde. Aún así pasé un rato guay con fvalenciano y elmimmo viendo otros combates y calentando con algún compañero del dojo pegándonos ahí suave.

Cuando me dieron el libro en el que pone con quién te toca, me dí cuenta que fue el pavo que ganó el anterior campeonato en el que yo también competí. Su padre tiene un gimnasio, y el tío parece que está jarto de competir, pero no es excusa porque me ganó limpiamente. Al principio le meto una patada de frente, pero no puntúa porque me caigo al suelo. Después le intento dar, pero aunque le pillan cerca no le alcanzo. Y el momento cumbre… ni me enteré por donde vino. De repente estaba en el suelo, veía todo negro con chiribitas y si miraba para otro lado que no fuese el suelo me mareaba. Así que ya me creo las películas esas en las que de una ostia le dejan al policía KO, joder que si me lo creo!

A parte de la mandíbula descojonada y no poder comer bocatas por una temporadilla, me fui contento porque no lo hice mal a pesar de haber perdido en el primer combate. Y sólo por el pedazo de vídeo, y las pedazo de fotos, ya ha valido la pena con creces!!!

Ossssstia que me llevé

Y me sonreía

Al principio de mi calle había un mendigo, un señor cuya edad seguro que era mucho menor de la que aparentaba. En la cabeza siempre llevaba un gorro de lana de esos con una bola en la punta, y guantes medio rotos protegiendo a duras penas unas manos que la mayoría de las veces sostenían una botellita de sake del combini, eso sí, de las baratas.

Su casa estaba formada por la magistral disposición de unas cajas de cartón junto a una marquesina de madera. Su armario, que hacía las veces de nevera y estantería, era la cesta de la roñosa bicicleta que estaba aparcada siempre a su lado. Costaba creer que esa bicicleta se moviese, aunque costaba más imaginar a su dueño montado en ella.

Una noche yo volvía a mi casa, que por aquel entonces quedaba muy cerca de donde él había elegido tener la suya, y al pasar por delante me tropecé con un adoquín que sobresalía armando bastante ruido al intentar no caerme. De entre los cartones asomó una bola de lana y seguido una voz que gritó algo perfectamente entendible sin importar demasiado el idioma.
Asustado también, grité un «sumimasen» y seguramente hice una reverencia y puse bastante cara de miedo porque su respuesta fue sonreir y hacerme un gesto con la mano dándome a entender que no pasaba nada. Un segundo después había desaparecido entre los cartones.

Yo seguí mi camino con cierto temor, mirando hacia atrás de vez en cuando asegurándome de que no me seguía y recuerdo que apretaba los puños dentro de la chaqueta como para intentar darme valor en el caso en que algo malo tuviera que pasar. Pero no pasó, y al día siguiente por la mañana, como todas las mañanas, no quedaba ningún indicio de que alguien hubiera dormido en la marquesina. Ni cartones, ni botellas de sake vacías, ni siquiera mal olor. Nada.

A partir de ese día nos hemos cruzado unas cuantas veces, o más bien se puede decir que yo he pasado por delante de su casa, de su habitación, estando él allí. Si ya era de noche, le encontraba durmiendo metido en su saco de dormir azúl que a duras penas entraba en el banco de la marquesina. Y sabiendo que al día siguiente tendría trabajo que hacer bien temprano recogiendo su casa para irse a lugares que sólo él sabría, yo ponía especial atención en no volver a tropezar en el adoquín.

Si el azar quería que volviese de día, entonces él estaría sentado en su marquesina bebiendo sake y apurando algo parecido a un cigarrillo. La primera vez creyó reconocerme y me miró a la cara desde lejos, cuando yo incliné la cabeza a modo de saludo-confirmación, él me sonrió y repitió el gesto. Y desde entonces, siempre que nos cruzábamos, él me sonreía y yo insconcientemente aminoraba el paso para disfrutar de esa sonrisa que me parecía tan amigable, tan sincera a pesar de estar compuesta por cuatro dientes horribles colocados a destiempo.

Yo volvía de mi mundo de oficinas, ordenadores y estrés, y me cruzaba con su mundo, el de cajas de cartón, días al aire libre y botellas de sake de las baratas pagadas con dinero que no quiero ni pensar de donde habría salido.

Y me sonreía.

Después el invierno se recrudeció, el viento helaba el rostro y el ánimo, e incluso nevó. Y por mucho que yo volviese pronto a casa, no volví a ver cartones en aquella marquesina, ni la bici cargada de trastos escogidos sin sentido aparente, ni aquél trozo de saco de dormir azúl que sobresalía del banco, porque no le cabían las piernas.

Me lo imagino recogiendo y plegando las paredes de su casa que construyó la noche anterior en algún lugar más cálido que mi barrio. Seguramente con dolor de cabeza y con el reto de buscar qué comer ese día mientras se mueve por Tokyo con la bicicleta en las manos. Y me gusta pensar que todavía quiere sonreirle a la gente, aunque sea enseñando algún diente menos.

Todo por no aceptar que quizás haya muerto.

Nota: esto sucedió el invierno pasado

Que tengo competi!

Pues eso, que mañana por la mañana me estreno como cinturón negro y tengo competición de esas en las que no hay que ponerse casco, como los mayores. Después de la gripe que he pasao ando todavía un poco chungo, pero es igual porque mañana saldré ahí a ver que pasa con todas mis ganas.

La cosa es que en la última competición creo que me fue tan bien porque todos eran cinturones marrones o menos, pero ahora el único filtro que hay es que el que se me ponga delante pesará menos de 65 Kgs, como yo, porque todos serán cinturones negrucos… Aunque no importa, porque en Zalla los fines de semana siempre había peleas contra los de Zorroza y Barakaldo, y anda que no aprendí yo nada de mis maestros nens!

En fin, pase lo que pase, fvalenciano estará ahí para grabarlo y luego a la noche habrá celebración aunque sea porque todavía tengo todos los dientes!!

Atención a la perillaca toda guarra que me he dejao para dar miedo!! (o pena, bien mirao…)

 

Si alguno de Tokyo no sabe muy bien qué hacer el sábado a la mañana y le apetece pegar cuatro gritos, el lío está a seis minutos de la estación Heiwajima:

Yo… por comentar

5

El número de comentarios es, sin ninguna duda, uno de los factores que miden el grado de éxito de un blog. También tenemos el número de visitas diarias, que desdeluego es mucho más fiable, pero este dato no es casi nunca público. Así que en lo que uno se fija cuando llega a un blog, es en el número de comentarios que tienen sus entradas porque cuantos más hay, parece que se es más popular, que hay más gente a la que le interesa lo que se escribe.

Por supuesto, que un blog sea popular no quiere decir en absoluto que sea bueno y al revés.

Pero si sigo el razonamiento del principio, puedo decir que el blog de Ikusuki se ha hecho popular. No es raro que las entradas tengan más de 15 comentarios, y si nos vamos al dato significativo, sois unas quinientas personas las que entráis cada día a ver qué se cuece por aquí.

Todo esto ha tenido un triste efecto colateral y es que la gente que conocía personalmente, los que me apoyaron al principio cuando vine hace tiempo que dejaron de escribir. Es como si se sintiesen intimidados, o que se han cansado que también es entendible dado que estaban desde el principio.

En esta andadura de casi dos años, ha habido gente que ha pasado de comentar todos los días durante una temporada con un entusiasmo imparable… a desaparecer para siempre. He intercambiado con ellos muchos mensajes, algunos bastante personales, para no volver a saber si ni siquiera siguen entrando.

También los hay que se dedican siempre a sacar fallos y darme consejos sobre como escribir, como sacar fotos, como vivir… y luego están los que vienen buscando el blog sobre Japón que no van a encontrar y desisten de seguir preguntando porque se dan cuenta de que no sé las respuestas.

A otros les entusiasma todo lo que pongo, y la mayoría, afortunadamente, me cuentan de una manera sincera lo que les parece esto que hago más o menos todos los días delante de la pantalla desde hace ya ni sé cuantos.

Me doy cuenta de que es un perfecto reflejo de la vida real, de cómo son las personas. Yo soy el mismo, o eso quiero creer, y con cada nuevo escrito que dejo encima de la mesa, veo a distintos espectadores que entran, lo cogen, lo leen y algunos optan por dejar su opinión. Y con cada comentario, se va conociendo un poco más a su autor y cuesta poco imaginar cómo será esa persona en la vida real.

Siempre que puedo le doy prioridad a contestarlos: a los que siempre me sacan fallos y me dan consejos no les suelo tener en cuenta, porque sé que son así, tienen que intentar demostrar que son mejores y así seguirán siendo. Con ellos soy diplomático y, como en la vida real, trato de evitarles lo máximo posible sin demasiados enfrentamientos que no interesan, como ellos. Y es que tengo una edad ya para aguantar este tipo de personas que sólo saben dar por saco.

A los que llegan aquí buscando el blog de Japón que no es, trato de ayudarles con lo que me preguntan siempre y cuando sepa la respuesta. Y si no, no. Porque para buscarla en google y pegarla aquí lo pueden hacer ellos mismos, y nunca me las daré de entendido sobre algo que no sé.

Con todo el resto he establecido una especie de amistad que da el respeto de saber que siempre están ahí interesados en lo que yo pueda contar, y aportan más información dando puntos de vista que no se me habrían ocurrido. Es enriquecedor, por ejemplo hay nuevas entradas del blog que han surgido como resultado del rumbo de los comentarios de alguna anterior y otras que he escrito expresamente pensando en un comentarista en concreto.

Eso por no hablar de todos los mensajes de ánimo cuando éste está bajo, que realmente ayudan y mucho más estando donde estamos y como estamos.

Así que esta es mi reflexión y tal cual me ronda por la cabeza la escribo aquí y, de paso, aprovecho para dar las gracias a todos los que entráis y venís hasta la mesa a recoger la hoja y después me decís lo que os ha parecido sin pejiguerías de pretender ser más que nadie, de igual a igual, como debe ser.

Al resto, a los que vienen a dar por saco faltando al respeto y haciendo alarde de ser unos lumbreras, a esos acabo de decidir que voy a ignorarlos por completo porque me he dado cuenta que no es posible razonar con ellos. Y, mira tu por donde, que esto mismo es lo que hago en la vida diaria con unos cuantos que conozco y me va bastante bien.

Famas

Me he dado cuenta de que, al igual que los sevillanos tienen fama de no dar un palo al agua, aquí también tienen sus San Benitos. Así que he hecho un ikumaxmix 13, que os pongo junto con mi ikuexperiencia al respecto:

– Los de Osaka tienen fama de ser más abiertos, más graciosos, más majos que los de Tokyo.
Yo no puedo saberlo porque no he estado en Osaka todavía y no conozco a nadie de allí.

– Los de Kyoto tienen fama de ser cerrados incluso con el resto de japoneses.
Yo conozco a un tío de Kyoto y, a parte de que está medio pirao, es más majo que ni sé. A punto hemos estado de hacer una película juntos y toda la pesca. El par de días que fui de visita allí no son suficientes para asegurarlo o desmentirlo.

– Los de Tokyo tienen fama de ser super fríos, de ir cada uno a su bola.

Si que da esa impresión… aunque supongo que una ciudad en la que vive tantísima gente, si todos hablasen con todos, esto no se movería. De mis amigos Tokyotas, que son casi todos, nunca diría que son fríos, eso si que no.

– Los gaijines tenemos fama de aguantar muy bien el alcohol, y de que para emborracharnos tenemos que beber mucho.
Los más de 100kg de Akira se beben una cerveza y ya están torpedos, sin embargo una compañera del curro por más que bebe, nunca parece borracha. Por regla general, es cierto, se emborrachan mucho antes que nosotros.

– Los gaijines ligan mucho, tenemos fama de tenerlo más fácil. Roppongi es el paraiso para un occidental.
Es verdad que llamas la atención y eso da pie a más oportunidades. Algo de verdad hay, pero no tanto como algunos dicen y otros quieren creer. Para mi, Roppongi es un sitio asquerosísimo lleno de gente super chunga.

– Los gaijines la tenemos más grande
Y yo que sé!

– Los chinos en Japón tienen fama de ruidosos y maleducados.
Esto es así, que tienen la fama digo, otra cosa será que sea verdad. Yo una vez estaba sacando una foto cerca del palacio imperial, y una señora china casi me aparta a empujones porque le estropeaba su foto gritándome cosas en chinense. Pero eso fue una vez.

– Los españoles en Japón tienen fama de latinos apasionados.
Esto si me ha pasado, que me cuelguen la fama. Aunque yo pasión demuestre sólo cuando algo no sale y me pongo a jurar. Y de lo de latino me parto…

– Francia en Japón tiene fama de tener excelentes vinos y de ser la cuna de la moda y la cocina.
Esto es así, amigos, a los franchutes se les tiene bien vistos. Con lo bonito que sería Francia sin franceses!

– Los Indios en Japón tienen fama de ser súper inteligentes y de trabajar muchísimo y bien.
Yo conozco a dos, y los dos son ingenieros informáticos (que seguimos siendo ingenieros, os pongáis como os pongáis, que pa eso aprendimos a hacer integrales aunque lo olvidamos al día siguiente), y hablan inglés y japonés acojonantemente perfectos. Además, en Tokyo se ven muchos por la calle entrajetaos con su bigote y su piel morena.

– Los japoneses tienen fama de cabezotas, de no entrar en razones si se les rompen los esquemas.
En la despedida de Akira, el parlapuñaos pidió Shochu sin hielos. El Shochu es una bebida parecida al sake y siempre se sirve con algo, nunca a palo seco, al menos con hielo. Pero lo pidió así en el restaurante y costó como diez minutos que lo trajeran: el camarero con cara de póker consultó al encargado que dijo que no y después de parlapuñar con el encargado un par de puñaos, finalmente le convenció.
Por otra parte, mi línea ADSL está a nombre de mi jefe porque yo no teía la gaijin card. Por supuesto, el domicilio de mi jefe no es el mío, y aún así lo hicieron sin problema y así sigue, por cierto.

– Los americanos tienen fama de maleducados, prepotentes.
Me he encontrado de todo… americanos de brazos enormes y nikis de barbie haciendo el tocho por los bares, y otros super majos y normales. En cuanto a japoneses que conozco, hay algunos que no les tragan, y hay otros que les tienen como lo guay, como que ellos si que saben vivir. Esto mismo se ve en anuncios y por la tele, donde el inglés es como que mola y se usa, a veces sin demasiado acierto.

– El japonés es el idioma más difícil que hay.
Esto me llamó la atención, entre los mismos japoneses se tiene la fama de que su idioma es de los más chungos que existen. Quizás por eso te alaban tanto cuando hablas un poco o cuando escribes cuatro kanjis y medio. La verdad es que si me paro a pensarlo, sólo con el porrón de conjugaciones de verbos que tenemos en castellano, el nuestro también es un idioma chungo chungo, pero está claro que es más fácil aprender a poner acentos que a leer y escribir chirimbolos.

¿Qué? ¿Cómo os habéis quedao?

 

Mensaje desde la web

Nos acaba de llegar esto de una chica que ha comprado una kurosuwado y una kotoba:

Acabo de recibir las Ikucami.. y tengo que decir que la relacción calidad precio no me parece justa y esto lo digo con conocimiento de causa por que he trabajado en una serigrafia confeccionando camisetas y las vuestras son de las más baratitas y 18 € la verdad es un TIMO. Pero bueno eso puede pasar una vez, dos os aseguro que no. Tambien es culpa mia por comprar por internet que lo pintán todo muy bonito pero como no lo ves ni lo tocas…En fín, que me resigno pero no por ello voy a dejar de decirlo.

Es la primera vez que recibimos una queja sobre una camiseta, así que nos hemos quedado preocupados. Todos los que tengáis una camiseta de Ikusuki… ¿Estáis de acuerdo con lo que dice? ¿Os parece que las camisetas son de mala calidad?.

Por favor, sed sinceros.

Cada uno de los diseños que hemos sacado tiene una prenda distinta, elegimos siempre la que nos parece más adecuada para cada uno de entre todas las que hay disponibles. Está perfectamente claro que no podemos gustar a todo el mundo, ni siquiera lo pretendemos, pero si que nos hemos preocupado porque las prendas sean de mejor calidad que otras marcas que nos hemos encontrado por ahí. Si alguien que tiene tanta experiencia manejando camisetas nos dice que esta en concreto es de mala calidad, entonces nos aseguraremos de revisarlo si reimprimimos ese modelo.

Sentimos que esta persona se haya llevado un mal trago por nosotros, y ya estamos buscando la forma de devolverle el dinero. Si hay algo que nunca hemos pretendido, de ninguna de las maneras, es timar a nadie.

Ni falta que nos hace.

El día después

«Es la primera vez que me ponen suero» le decía a la enfermera mientras ella contestaba «hai hai» y me acariciaba el pelo. Entonces supe que la cosa no iba muy bien.

Pero dejadme que os cuente la historia desde el principio: en el verano del 2001 estábamos Bea y yo viviendo en Nakano, a más o menos cuarenta minutos de donde vivo yo ahora y a unos cinco de Shinjuku. Hacía un par de días que tenía una tos que cada vez sonaba peor, pero aquél viernes en la oficina noté que tenía fiebre. Yo tengo mis teorías sobre mi mismo, que nadie se toma en serio pero que yo sé que son verdad, así que me da igual. Como la de que ya no me duele la cabeza de vez en cuando porque he dejado de beber café, o que ya no me duele el estómago porque he dejado de beber leche. No se si tendrán su base científica o no, pero a mi me funcionan y ya procuro no contarlas porque nadie se las cree y todo el mundo me vacila. En fin, seguro que a Edison le cayeron unas cuantas cuando contó de la bombilla esa.

Bueno, pues ese viernes que estaba delante del ordenador decidí levantarme y le dije a Natsuyo que tenía fiebre y que me iba a casa. Ella no dijo nada, aún sin ver termómetro alguno, pero bastante raro era el gaijin spanish este que le habían puesto al lado como para preguntar. Mi teoría se confirmó con el que compré en el combini, y esa misma tarde Takeshi, mi jefe, me acompañó al médico que decía que lo que tenía era una infección de garganta y que por eso tenía fiebre, que nada, que unas pastillacas y a dormir el fin de semana.

El caso es que era ya martes y la fiebre estaba más alta que nunca, con tiritonas y, según Bea, hasta delirios de los que yo no me acuerdo. Ahora que si me acordase tampoco serían delirios, digo yo… por lo visto le hablaba a mi madre y toda la pesca. Yo me moría de frío aún sudando, no era capaz de comer nada, pero esto era en pleno verano y Bea se asaba porque no le dejaba poner el aire acondicionado, aunque lo ponía a veces porque si no la que se iba a morir iba a ser ella, pero asada.

Así que nos fuimos al hospital de Nakano, directamente, y allí lo primero que hicieron fue ponerme suero. Y recuerdo especialmente ese momento, el de decirle a la enfermera, una señora japonesa de unos cincuenta y pico años, que nunca me habían puesto suero y ella me decía que si que si, que vale. La cosa es que yo hablaba en castellano, como si me fuese a entender, y ella me acariciaba el pelo dándome la razón y, con ella, la impresión de que estaba yo mucho peor de lo que pensaba, que ya era bastante.

Recuerdo estar sentado en una sala de espera, agarrando el chisme ese que sujeta el suero con mi mano derecha, como en las películas. Había un tío al lado mío que estaba peor que yo, o eso quería yo creer, que me hablaba en italiano y al que yo no entendía ni pepperoni. Me acuerdo de querer ir al baño, levantarme, andar dos o tres pasos y caerme al suelo mareado. Creo recordar que me sacaron sangre, aunque esto no lo tengo nada claro, y que Bea dice que me salvó la vida cuando se acabó el suero y cerró el gotero ese porque si no entraba aire en la vena o no se qué (gracias Bea, por si acaso).

El caso es que al de un par de días me empezaron a salir granos, y entonces fuimos otra vez al hospital y el espabilado del médico me diagnóstico «measles» que a mi me daba igual lo que significase, pero que por favor, que me curase. Y me dio más medicinas, ni se cuantas, creo que en cada toma me metía unas cinco pastillas de distintos colores: la de la fiebre, la que protegía el estómago, la que me protegía de mi mismo… vete tu a saber. Y cuando llegué y leí en el diccionario que tenía sarampión, ya es cuando me quedé flipao. Mi madre por fin dudó en que lo hubiese pasado de pequeño, que ya estaba claro que no, y fue extrañísimo ver mi cuerpo serrano de casi 25 años lleno de granos.

Bea me trajo una casita como de bricolaje, de esas que te vienen todo palitos y los tienes que ir pegando hasta montarla entera. Me salió un experimento bastante curioso, aunque estoy seguro que sin fiebre hubiese quedado igual de mal… aunque es la excusa que puse. Y entre pegar y despegar, por fin se me quitaron la fiebre, los granos y tenía hasta hambre, aunque tengo que reconocer que de vez en cuando sigo delirando en voz alta, no os asustéis, si eso decidme «hai hai» y acariciadme el pelo, que se me pasarán.

Así que llegó el lunes, pero yo decidí que no iba a ir a la oficina, sino que me escaqueaba y me fui a dar una vuelta por Shinjuku. Iba con una sonrisa en la boca, porque las había pasado muy chungas las dos semanas anteriores, y de verdad que era muy feliz de poder salir a la calle otra vez. Andaba muy rápido, como queriendo ver todo antes, adelanté a unos extranjeros y cuando les llevaba un par de metros de ventaja me pareció oirles hablar en castellano. Frené un poco, dejando que me alcanzasen, y entonces uno me habló:

  • Excuse me, do you know how to go to the metropolitan building? (acentazo)
  • ¿Vosotros de donde sois chatos?
  • Coño!!, de España
  • Jaja, yo también, anda que no se os nota. Yo soy de Zalla, un pueblo de cerca de Bilbao
  • Jodé, nosotros somos de Bilbao también!! Y de Zalla conocemos a Fernando Caldera, ¿le conoces?
  • Claro que le conozco, fuimos al instituto juntos, que juega super bien al tenis
  • Si si, jodé que casualidad! pues es que te hemos visto que llevabas una bolsa, y hemos pensado «este tío controla de aquí, que ya se atreve a hacer compras y todo»
  • Jajaja, pues llevo unos cinco meses viviendo. Mira, estamos super cerca del edificio al que queréis subir, os acompaño a la entrada. Con el día que hace hoy, igual hasta podéis ver el Fuji y todo.

Después nos despedimos, y muchos meses después me encontré con Fernando en un bar en Zalla y le conté la anécdota. Curiosamente uno de los chicos estaba esa noche allí y aunque no me acordaba de su cara, nos estuvimos echando unas risas acordándonos de todo el lío, pobres, tuvieron que aguantar la aventura del abuelo cebolleta y su sarampión en Tokyo.

Todo esto viene a que desde el viernes he estado albardado en el futón con fiebre, pasando una gripe asquerosísima. Llevo cuatro días mareado, sin ganas de comer, tosiendo… en fin, para qué entrar en detalles. Y hoy me he levantado fresco, curado, así que he decidido que tampoco voy a la oficina y me voy a ir en un rato a Shibuya a dar una vuelta y a disfrutar de este día tan bonito que ha salido. Y si hoy también me encuentro a algún paisano, entonces ya podéis iros preparando, porque publicaré el libro con mis teorías que revolucionarán al mundo.

Fernando, donde quiera que estés, un abrazo enorme.

 

De amigos y tomodachis

Parece que fue el mes pasado cuando nuestro jefe nos anunció que íbamos a tener un nuevo compañero para el departamento de ventas. Decía que era enorme, pero la verdad es que no supimos cuanto hasta que le vimos.
Ese día apareció un tío de más de metro ochenta, y bastante más de ochenta kilos metidos en un traje en el que cabrían cuatro como yo en cada pernera.
Poco tardó en perder la timidez propia del que entra una empresa nueva, y al de nada ya estaba usando esa carcajada suya que nos contagiaba haciéndonos reir sin saber muy bien de qué.
Su japonés al teléfono, o en reuniones de trabajo, sonaba muy serio, muy formal, tanto que parecía una persona totalmente distinta. Es como si tuviese dos caras que ofrecer: la de hombre de negocios, más japonés que nadie con sus reverencias, su keigo, sus tarjetas y sus retahílas interminables al empezar y acabar las conversaciones. Y la otra, la del Akira bromista, campechano que siempre pide lo que más frito esté en el restaurante, ración grande por aquello de mantener la curva, y que nunca descansa en su empeño por buscarme novia importando bien poco lo que yo opine.
De esto hace, madre mía, más de un año y medio. En todo ese tiempo hemos compartido problemas, discutido, preparado reuniones importantes hasta tarde mano a mano en la oficina, y otras no tan importantes de camino al cliente en el tren. Me ha enseñado japonés, a veces del bueno, del útil y otras veces barbaridades sin yo saberlo hasta que lo he utilizado. Me ha contado detalles sobre la cultura japonesa, algunas yo creo que inventadas, y hasta fui a su boda en Yokohama.
Así que nos hemos hecho amigos, creo que es uno de los pocos de por aquí que son de verdad aunque esto el tiempo me lo dirá, como me lo está diciendo ahora de otros que también lo parecían.
Pues resulta que se va, que deja el trabajo… si yo tenía muy pocas razones para seguir yendo a la oficina, ahora la verdad es que tengo una menos. Y es una razón muy grande… grande en todos los sentidos. Esta misma tarde, dentro de dos horas y media, tenemos la despedida, la «oficial» con todos los de la empresa, por supuesto con «tabehodai» la barra libre de comida. Pero nosotros ya tenemos preparada la nuestra, donde nos reiremos y nos lo pasaremos también bien, aunque será más de verdad.
Casi siempre que he quedado con alguien después del trabajo, le he invitado y ha venido encantado. Y esto mismo pasó cuando quedamos para cenar en Shibuya con Neki , Andrés y sus amigos y Txaritxu que también se apuntó…. es de los pocos videos que tengo donde sale él, pero no puede ser más significativo de todas esas veces que me acompañó.

 

El principio de un sueño

Durante el tiempo que duró la visita de toda esa gente que se unió a la celebración del 30 aniversario de la federación SKIF de karate, las clases fueron mucho más amenas. En un mismo lugar se juntaron profesores reconocidos de todo el mundo, así que los anfitriones decidieron que fuesen los invitados los que impartiesen una parte de cada clase: empezaba Murakami sensei y después se repartían la batuta entre los profesores de Suecia, Chile, Irlanda, México…

El mismo deporte, el mismo arte enriquecido al ser enfocado desde ángulos totalmente distintos. Resultó curioso ver cómo alumnos japoneses veían sus esquemas totalmente rotos ante la innovación aportada por distintas formas de ver lo mismo. Recuerdo con especial cariño la clase del profesor de México que empezó la clase en japonés e intentó continuarla en inglés para que finalmente la fuerza de la costumbre quisiese que acabase hablando en castellano. «Vámonos» gritaba cada vez que empezaba a contar mientras el resto se miraban entre sí sin saber muy bien si levantar la pierna o estirar un brazo.

Pero no fue hasta que Murakami sensei pidió a los de Chile que recitasen el Dojo Kun en castellano cuando yo empecé a soñar. Literalmente significa «Reglas del dojo», del lugar de entrenamiento y son ni más ni menos que cinco frases que se repiten al final de la clase. Quiero creer que para tenerlas en cuenta por todos y cada uno de nosotros, aunque me da la sensación de que es más por tradición.

Los cuatro se pusieron enfrente de nosotros de rodillas, y primero lo dijeron en japonés. Después empezaron una a una su versión en castellano. Y con aquellas frases de fondo yo empecé a pensar que quizás no estaba allí de casualidad, que igual todo esto tiene un significado. Soñé que volvía a Japón de viaje dentro de unos años con mis alumnos más aventajados, y que visitaba a los que son ahora mis profesores y les invitaba a mi propio gimnasio de Bilbao para que impartiesen algún curso. Y que, al igual que pasa cuando van a Chile, tendría el honor de que se quedasen en mi casa, y quizás podría llevarles a beber txakolí a San Juan de Gaztelugatxe mientras recordamos tiempos de ahora, que entonces serán viejos y entrañables. Y quizás podamos compartir alguna noche que, además de secreta, será más especial por ser yo el anfitrión.

Así que persiguiendo mi sueño, que cada vez veo menos absurdo, me he esforzado el triple en cada clase desde entonces. Me he marcado el objetivo de aprender el máximo posible, no es que antes no tratase de hacerlo, sino que ahora es de otra manera. Es como si, aún actuando igual, hubiese cambiado mi forma de aprender, mi forma de mirar… porque he pasado a entender lo que realmente quiero.

Y sin saberlo, Fumitoshi Kanazawa dibujó una nube con forma de escalera al darme el certificado de Shodan. Y yo os juro que subiré por ella con toda mi alma hasta alcanzar ese sueño que ya ha descendido un poco aún siguiendo en el cielo…