Levantarse del futón se me está haciendo cada vez más dificil, y no sólo porque esté casi a la altura del suelo. En el mundo exterior hace frío, pero no debajo del refugio que he formado con el edredón nórdico y las dos mantas.
Aún así no queda más remedio, así que me levanto y al abrir las cortinas, veo que hace un día increíblemente soleado. Uno de los dos está fuera de lugar: o el frío o el sol… supongo que tendré que ir acostumbrándome.
Es sábado, y estoy invitado a visitar a una persona que es importante para alguien que es importante para mi. Voy a un hospital, pero aún así me encuentro bien, quizás por que se que estoy haciendo algo que merece la pena. Para mi significa devolver un poco de todo lo que he recibido y lo volvería a hacer encantado.
Camino de la estación, Sabina me vuelve a contar por el ipod que le sobran los motivos, y de nuevo esta sensación de que algo no está donde debe. ¿Sabina mientras paso por delante del Tokyo Mitsubishi Bank?
Dentro del metro no hay demasiada gente, es fin de semana y se nota. Encuentro sitio fácilmente, y, como habitualmente, miro a la gente que hay a mi alrededor. Trato de adivinar lo que piensan, el tipo de vida que tendrán, la ropa que visten… Y en estas estoy cuando se sienta un chico alto, de ojos azules y más de metro ochenta, con piernas de esas que sentado son todo rodillas. Y a mi lado se sienta su mujer o su novia, o simplemente la chica que va con él. Es extranjero y destaca, supongo que como yo aunque no me de cuenta, y está sentado enfrente de mi porque no había dos sitios consecutivos.
Le habla a la chica que está a mi lado en inglés, el tono es alto porque está en el lado opuesto y un poco en diagonal. Ella no le oye muy bien, así que él grita, tanto, que le oigo a pesar del ipod. Decido apagarlo y prestar atención a la escena, que promete. Le dice en un perfecto y claro inglés que la mayoría de los japoneses están dormidos, y ella se ríe de manera sobreactuada.
Entonces me mira, como buscando complicidad a su comentario, yo aparento seguir a lo mío, yo y mi música y nadie más, y mucho menos tu, carapán. Ella le replica algo que no entiendo y entonces la escena se repite, pero al revés, le toca a él reirse gruñendo.
Me fijo que el chico tiene las piernas cruzadas, y que la zapatilla de la pierna de arriba, queda por encima de la chica de su lado izquierdo. Ella aparenta que no le importa, pero de vez en cuando la descubro levantando la vista de su libro y mirando el zapato de su compañero de viaje con incomodidad.
Y va él y saca una cámara de fotos, y decide que qué mejor momento a inmortalizar que su novia, o lo que sea que les una a parte de la estupidez, rodeada de japoneses en medio del metro. Y le saca fotos, no una, sino media docena con sus correspondientes flashes que impactan directamente en mi cara y en la de cinco japoneses más, por lo menos. Ella sobreactua, que se le da bien, y pone poses, hasta que le pega lo que yo creo que es un codazo a su compañera de la izquierda. Le pide perdón, no por ser tonta del culo, sino porque le ha pegado un golpe y eso ya entra dentro de su limitada ética. La señora, que lleva aguantando tonterías por más de diez minutos, le hace una reverencia, le dice que no importa y sigue callada. Y sigue a su lado. Con infinita paciencia.
Entonces se levantan y se bajan del tren. La señora y yo nos miramos con complicidad, creo notar un esbozo de sonrisa con sabor a resignación y seguimos nuestro viaje.
Su parada está antes que la mía, así que se levanta, pero antes de irse, me dice «adios» en perfecto castellano con una pequeña reverencia.
Me miro la ropa, la mochila, la bolsa de papel. El ipod sigue apagado. Todavía estoy intentando entender cómo lo supo…