Archivo por meses: febrero 2009

Desclasificando una noche

Llevaba coleta la chica que quiso jugar a que nos conocíamos de siempre y me agarraba de la mano sin ni siquiera saber mi nombre.

Aquella noche pasaron cosas. Hubo muchos momentos de esos que vienen a la mente añadiendo cada vez algún nuevo detalle, y de paso haciendo que se conviertan en algo más real, como siendo un poco menos recuerdo.

Fue un buen mes, el ambiente de la oficina era el mejor que había habido siempre, y que habrá, al paso que van las cosas. Así que esa tarde fuimos a la fiesta de bienvenida de Akira como el grupo que nunca debimos dejar de ser: con sonrisas sinceras y principios de lo que parecían amistades. Y comimos, bebimos, reímos, cantamos… cada uno en su idioma y en el de todos a la vez, porque el alcohol suelta lenguas y aviva ingenios.

A algunos no nos esperaba nadie en casa, así que cambiamos el último tren por el primer bar de una conocida zona de Tokyo. Y a uno siguieron otros y otros. Tampoco era tan distinto que salir por mi pueblo, salvando las distancias, e incluso no faltó el momento en el que decidí salir fuera a refrescar la vista y purificar el olfato.

Me senté en una valla, y una chica vino y se me puso enfrente. Estaba tan borracha que me gustaría saber cómo me veía, si es que lo hacía.

  • Estoy tan borracha que casi no veo – me reconoció en inglés
  • Ya veo ya, cuídate, ¿eh?
  • Gracias, tu eres muy guapo. Te quiero
  • Jaja, claro claro

Entonces vinieron dos amigas, la cogieron cada una de un brazo riéndose y se la intentaron llevar.

  • Perdona, ¿eh?, es que ha bebido un poco -y al hacer el gesto de «un poco» con la mano se le escapó una carcajada
  • Nada nada
  • No te olvides que te quiero mucho, ¿eh? -dijo la primera sin ni siquiera levantar la vista del suelo
  • No no, tu tranquila que no se me olvida

Y en lo que fue un intento desesperado por ir recto, las tres chicas se fueron caminando zigzageando por delante de la puerta del bar de donde yo había salido hacía ya un rato.

Volví a entrar, pero allí no estaban mis compañeros. Llamé por teléfono al único que tenía en mi agenda, y no tenía cobertura. El primer tren no salía hasta cuatro horas más tarde y yo era la segunda vez que salía por aquél lugar, así que la cosa pintaba, cuanto menos, emocionante porque no tenía ni idea de qué iba a hacer todo ese tiempo ni para donde tirar.

Entré en dos, quizás tres bares más buscándoles sin éxito. Así que, cansado, me senté en la entrada de algo parecido a un portal.

Como si el sentarse sólo fuese la estrategia a seguir, una chica vino y se sentó a mi lado.

  • Hola, ¿estás sólo?
  • Si, un poco
  • Si quieres yo te doy un masaje
    Vaya, y yo que pensaba que había ligado. No no, gracias
  • ¿Seguro?
  • Segurísimo, no hay nada que hacer
  • Ya veremos. ¿De dónde eres? tienes un acento raro
  • Del norte de España, no se me da muy bien hablar en inglés. ¿Y tu? no eres japonesa, ¿verdad?
  • No, soy china, aunque llevo aquí muchos años
    ¿Hablas japonés?
  • Si, tendré acento supongo, pero la mayoría del tiempo hablo en japonés
  • Ala, que envidia, yo ahí ando aprendiéndolo
  • Bueno, al final si vives aquí acabarás hablando aunque no lo quieras
  • A ver si es verdad
    ¿Porqué estás solo?
  • He perdido a mis compañeros de la oficina, luego en un rato les seguiré buscando
  • Pero si quieres puedes estar conmigo y así no estás sólo
  • Jaja, no no, de verdad, gracias
  • Para mi no sería ni trabajo, ¿eh?
    Es todo un honor, pero de verdad que no, lo siento
  • Vale, pues me voy a lo mío. Que tengas suerte con tus compañeros
  • Gracias, y tu con lo tuyo
  • Jaja, a ver

Y la chica se fue por donde vino. En cuanto la perdí de vista, me levanté y me fui en la otra dirección, no fuese a ser que la cosa se complicase y volviese con alguien que tratase de convencerme de una manera menos agradable.

De repente estaba en un bar con un vaso de té en la mano dispuesto a quedarme allí hasta, por lo menos, que el maquinista del primer tren apagase el despertador. En el camino al baño, pisé a una chica, con fuerza, con todo el talón en el medio de sus dedos. Ella gritó, yo puse cara de circunstancia, sabiendo que le tenía que estar doliendo con ganas y le pedí perdón todo lo sentido que pude. Le quitó importancia, y me dejó seguir mi camino.

Cuando volví de mi misión prioritaria y volví a pasar por delante de ella, le pedí de nuevo perdón, y, otra vez, me dijo que no me preocupase, que esas cosas pasaban.

Pasaron muchos minutos, quizás alguna hora, yo tuve que volver al baño y en la puerta me crucé con ella que me sonreía. Yo fui a lo mío. Al salir y pasar por tercera vez a su lado, ella me tiraba besos con las dos manos. Me acerqué riéndome y le dije que si tanto le había gustado, que le pisaba el otro pie.

Ella se reía y de repente me cogió de la mano, me atrajo hacia sí y me dijo al oido:

  • Tampoco me ha dolido tanto

A aquella frase le siguieron otras muchas. Hablamos durante tiempo, me presentó a sus amigos y cuando supieron que me había quedado sólo, me llevaron a otros bares, y cantamos, y bailamos, y bebimos para acabar luchando contra la futura resaca comiendo ramen.

Uno de los amaneceres más bonitos que recuerdo puso fin a aquella noche en la que sentí que, a veces, la luna juega con nosotros como si fuésemos muñecos y nos mueve y nos maneja de una manera irónicamente espontánea. Como si todo fluyese, pero así, de esa forma, como ella lo ha dispuesto.

  • Dicen que si la Tokyo Tower se apaga cuando dos novios la están mirando, que entonces su amor se romperá para siempre
  • Pero tu y yo no somos novios
  • Claro que no, ni lo vamos a ser. Igual por eso estaba ya apagada cuando vinimos
  • ¿Pues sabes qué? que me alegro de haber perdido a mis compañeros, aunque tu no me quieras besar
    Es que no te conozco
  • Pero me agarras de la mano
  • Si, y te tiré besos con las manos. No me preguntes porqué
  • Porque te pisé y te pareció mono cómo me disculpé
  • Me caiste bien… ¿sabes porque no te beso ni podemos ser novios?
  • Porque ya tienes uno
  • ¿Cómo lo sabes?
  • Se nota, pero me da igual, yo tampoco quiero tener novia
  • Eso lo dices para fastidiar
  • Un poco si

Después el metro nos separó, y cuando llegué a casa me dí cuenta de que no me acordaba de su nombre, ni siquiera sé si me lo dijo. La verdad es que poco importa.

Hideo era el de su novio. Ese no se me olvida.

El incidente

Hay que ver cómo somos, los líos que nos hacemos en la cabeza nosotros sólos… resulta que lo pasé mal durante dos clases de Karate seguidas con el mismo profesor y desde ese mismo momento mi mente ya tomó la decisión de no volver más. Y cuanto más pensaba en ello, más terrible parecía lo que en realidad pasó. Hasta que me planté y me obligué a luchar conmigo mismo para desentrañar las razones por las que le había cogido tanto miedo a la situación, y si de verdad era para tanto.

Así que dándole cancha a la sensatez añadiéndole mucho coraje, me presenté allí el viernes pasado dispuesto a lidiar con lo que se me pusiese por delante. Porque uno tiene que hacer lo que tiene que hacer, y además a veces coincide que se encuentran las ganas.

Pero el tan temido profesor no vino, y me sorprendió ver que lejos de sentir alivio, lo que en realidad estaba era decepcionado por tener que esperar una semana más para plantarme delante de un miedo que sigue estando ahí, y que necesito que desaparezca antes de que siga creciendo.

Y resulta que cuando menos lo esperaba, este lunes, pasó algo que superó holgadamente a lo que fuera que fuese que pasó con el profesor de los viernes.

Este primer día de la semana no tiene mucho éxito, no solemos estar más de 5 o 6 alumnos mientras que el resto de días la cifra se multiplica por dos o tres. Ignoro la razón… ¿quizás los lunes hay trabajo atrasado que sacar adelante en la oficina?. Este lunes por no venir, no vino ni el profesor, así que uno de mis compañeros de clase tomó el relevo y al final de una clase bastante dura, nos mandó hacer combate entre nosotros. Al segundo o tercero, a mi me tocó con otro señor mayor y estuvimos peleando un rato hasta que le di una patada en el estómago. No fue fuerte, pero le entró de lleno y el hombre se quedó boqueando. Yo le pedí perdón y el profesor me echó la bronca porque no supe tener control, quizás no le faltaba razón.

Y a partir de ese momento, pasó lo que nunca pensé que pasaría: mi compañero empezó a insultarme, a hablarme en un japonés muy rudo gritándome que no estábamos en un campeonato del mundo, que qué me había creido. Me llamó cosas que suenan entre tonto y gilipollas («aho», «baka») como veinte veces seguidas, que a quién se le ocurría pegar así, que no sabía controlar mis patadas… que yo que sé. El profesor, lejos de cortarle, aunque es cierto que también estaba sorprendido, le daba la razón y seguía leyéndome la cartilla.

Yo callaba, pedía perdón cuando había oportunidad y miraba al suelo, menuda bronca me gane.

La clase acabó, saludamos y yo me fuí directo al vestuario. Lo que quería era irme de allí lo más rápido posible porque mi paciencia estaba llegando a un límite. Pero todavía fue peor: dentro del vestuario siguió con su retahila de insultos combinados con quejidos sobre sus costillas que daba la impresión de que se las había roto en veinte cachos.

Su tono era despectivo a más no poder, tanto que parecía que me iba a escupir de un momento a otro. Aunque el momento cumbre fue cuando metió «gaijin» entre medio de alguna frase, con lo que ya lo acabó de bordar.

Él se cambió y se fue antes que yo y el resto de compañeros me miraban en silencio intentando adivinar mi reacción, que no fue otra que despedirme y marcharme con la cara muy seria, aguantándome las ganas de gritar cuatro verdades.

Estaba montándome en la bici cuando una compañera vino donde mi y me dijo que no me preocupase, yo le di las gracias y para tratar de animarme se le ocurrió darme dos plátanos de los cuatro que llevaba en la bolsa.

Al llegar a casa, recibí tres mensajes, todos diciéndome que no me preocupase lo más mínimo. Dos de dos compañeros, y el tercero del profesor.

Cené dos plátanos.

Y no dormí nada en toda la noche.

Por más vueltas que le doy, lo que ocurrió no fue más que que le di una patada a un compañero que no fue para nada fuerte aunque quizás debería haberla controlado un poco más. Y al darme cuenta que le había hecho daño, le pedí perdón con toda sinceridad porque nada más lejos de mi intención que hacer algo así a propósito.

Lo que él vió fue que un chico jóven, no tengo claro si le importó que fuese extranjero o no, le perdió el respeto a las canas con su recién estrenado cinturón negro y se atrevió a darle una patada de la que ni se dió cuenta hasta que le alcanzó. Y si eso le dolió físicamente, más le dolió en el ego ese que se ha labrado durante tantos años de desgastar el cinturón, y eso le hizo olvidarse de aquella frase del dojo kun que dice que «hay que respetar a los demás y seguir las normas de etiqueta» y se creció insultándome como no lo habían hecho nunca hasta aquél día.

Si hubiese sido otro tiempo y, sobretodo, otro lugar, habríamos acabado muy mal.

Ayer, enfrentando la situación, no fuese a ser que se convirtiese en otro miedo más, volví y la clase la dio Hirokazu Kanazawa, y sin él saberlo, me disipó de golpe toda duda que pudiese tener sobre si soy uno más allí desde hace dos años.

Por mi, ya pueden juntarse todos los que quieran y ponerse a sumar sus egos, porque no podrán con el mío. Sea viernes, lunes o fiestas de guardar.

Eso si, que luego no me vengan con historias, porque hay cosas que no se pueden olvidar.

Y si, también es por principios.

 

El gatostiable

¡¡Inauguro sección!!

Jodé, soy peor que un ministro, no hago más que inaugurar historias que luego no valen para nada… pero bueno, en fin, yo me entretengo.

El caso es que no podía dejar pasar por alto a semejante aberración mascotil, a tamaño esperpento desfigurado, al engendro caraflauta que ha resultado ser el icono de la ternura para todas las niñas del mundo (y hermanos del tipo del de Mauricio). Me estoy refiriendo, cómo no, al:

¡¡ Gato sin boca de los huevos !!

 

Analicemos:

  • El bicho está desfigurado: no tiene boca, esto es así. Mientras nosotros bostezamos, parlapuñeamos, sacamos la lengua y el chino de mi curro pastababea, el bicho este no hace nada. Caries no tendrá ni una, eso fijo.

  • Tiene visión periférica, vamos, que si le separan los dos lunares esos que tiene por ojos otro medio kilómetro lo mismo vé de espaldas.

  • Se hace llamar «Hello Kitty«, lo que es la mayor gilipoyez que se le pudo ocurrir a alguien. Es como si yo digo que a partir de ahora me llaméis «Aupa Toscano» siempre. Aupa Toscano, si vas a salir trae el pan. ¿Está Aupa Toscano? que se ponga. Aupa ahí Aupa Toscano

  • El lazo rojo ese que lleva es tri-odiable y policursi, y da igual que vaya en globo o que esté en el fondo del mar, que no se le mueve ni pa Dioh.

Y lo peor es que estamos totalmente rodeados del Aupi Gato este de los tamagos, así que en esta nueva sección que inauguro hoy por la mañana con la fresca, iré analizando todos esos productos que han tenido la desgraciada idea de poner al bicharraco en su diseño. Es algo así como la de la madre de Peneke pero en gatomudolby surround 5.1.

Ahí vamos:

 

De los macarrones de antes, pasamos al Furikake, que son condimentos que vienen resecados y se les echa encima al arroz para darle saborcillo y colorcillo. Hay de todo: carne, pescado, verduras, con sal, sin sal, con sésamo, sin sésamo…

 

Es menester que gritemos todos juntos:

¡¡ Siii, yo también le ostiaría !!!!

 

Te pido perdón

Te tengo que pedir perdón porque miento cuando digo que soy de Bilbao, y tú sabes que no es verdad mejor que nadie. Porque tuyas son las calles que he ido pisando con cada nuevo número de pie que iba estrenando.

Porque aunque no te lo creas, me acuerdo del día en que un vecino me dejó su bici y fui capaz de dar muchos pedales antes de caerme al suelo, y corrí escaleras arriba a decirle a mi madre que me quitase las dos ruedas pequeñas de atrás de la mía, porque ya me había hecho mayor y no las necesitaba. Y sé que tu me has guardado el secreto de todas las veces que me caí por no querer admitir que había sido demasiado pronto.

También sé que sabes que ponía clavos en las vías del tren para hacerme navajas con mis amigos, y después íbamos al jardín de la casa abandonada, el «chalet», para cortar ramas de los árboles pequeños y hacernos flechas. Y, como a la mayoría de los que jugábamos donde ahora tienes el ayuntamiento, me has visto caerme a la vieja piscina y tratar de salir entre sapos, musgo y lágrimas.

Cuando por fin mi madre se pudo sacar el carnet de conducir, el R7 de la familia eras tu el que lo vigilabas, y nos dejabas salir de vez en cuando para ir a la playa de Castro Urdiales en viajes de mil curvas y mareos, y cintas de música, de noventa, para no tener que darles la vuelta más de un par de veces.

La mitad de mis amigos iban a la otra escuela que albergabas, y ellos empezaron a estudiar inglés unos años antes que yo, así que seguro que te reiste cuando César me puso aquel mote de «Koki» porque aquél día estudiaron cómo se decía «galleta» en inglés y el sonido le pareció lo suficientemente gracioso como para adjudicármelo de nombre. Recuerdo como algunos amigos llamaban y preguntaban por Koki en vez de por Oskar, y mi madre decía que allí no vivía nadie con ese nombre, y Javi se reía.

Quizás no sepas que cuando volví a verte en navidades, todavía hubo gente que me llamó así después de 20 años.

Sabrás que Mari Carmen y Maribel, las chicas de la librería de al lado del portal de casa, me guardaban los tebeos de Goku que recogía cada viernes, y llevaban la cuenta que, en teoría, yo pagaba a fin de mes aunque muchas veces lo hacía mi madre, lo que tampoco importaba mucho porque el dinero de mi paga venía del mismo sudor.

Y seguro que sonreirás con la misma ternura con la que lo hago yo, cuando te hable de la tableta de chocolate que mi padre siempre dejaba en la vieja caja de galletas María recortada de dentro del armario, y que yo me comía a escondidas, y él reponía. Y ninguno decíamos nada.

Acabé de estudiar en tu escuela quizás demasiado pronto porque quisieron que me hiciese adulto de golpe al llegar al instituto mientras yo trataba de encontrar el equilibrio entre sentirme tan mayor, tan hombre… y otras veces con tanto miedo o más que cuando era niño sin importar los cumpleaños que íbamos celebrando juntos.

Casi todas mis primeras veces fueron contigo: ver la nieve, aprender a nadar, mis amores, los desengaños, las amistades…

Recuerdo noches comiendo pipas con el Pirri en el banco de al lado del Batzoki planificando amoríos. Me vienen a la mente paseos hasta casa de mis abuelos, la niebla más espesa que haya visto nunca, viajes interminables en tren, tardes yendo a la piscina con César, el que me puso Koki, y cenas de palmeras de chocolate. Charlas con Borja y con Dani al salir de karate lo que hacía que mi madre, resignada, dejara la cena metida en el microondas sabiendo que tendría que recalentarla de todas maneras.

Aunque ahora me parece mentira, me acabo de acordar que hice la mili en la Cruz Roja donde aprendí junto con Gorka, Chema e Iñaki la teoría sobre cómo reanimar a una persona, aunque lo que más hacíamos era jugar a la playstation.

Esté donde esté, sé que tengo un lugar al que volver, que eres tu. Así que, Zalla, te tengo que pedir perdón por decir que soy de Bilbao, ¿pero sabes que pasa?, que aquí nadie te conoce y es más fácil no tener que andar con explicaciones.

Al fin y al cabo tu esperaste a que me fuera para poner un cine, así que estamos en paz.

 

Por principios

Cuando llegué aquí me quería comer Tokyo: quería hacer absolutamente de todo, ir a todos los sitios y rincones que no pude visitar la última vez, probar todos aquellos platos que no tuve oportunidad, aprender y hablar cada vez mejor japonés, hacer muchos amigos, o pocos pero que fuesen de verdad y a poder ser que no hablasen mi idioma…

Así que cuando se me puso a tiro la oportunidad de tener una profesora de japonés particular, la aproveché sin dudar. Y así fue como todos los viernes, de siete a ocho de la tarde, una chica que no acertaba muy bien a acordarse de mi nombre intentaba, sin éxito, enseñarme a distinguir entre los sonidos ‘yu’ y ‘jyu’.

Luego vinieron las clases de Karate que cogí con muchas ganas, y que eran especialmente duras al principio cuando no me enteraba ni papa de lo que pasaba la mitad de las veces. Fueron días duros, mucho más que ahora, tanto que hasta lo pasaba mal sólo de pensar en que tenía que ir. Más que físicamente, por la horrible sensación de estar donde quizás no debería, de pretender estar haciendo más de lo que me corresponde, de tener que enfrentarme de nuevo al japonés y al inglés como si tuviesen algo que ver con mi idioma y conmigo.

Entonces alcanzaba a ir dos veces por semana, y ni siquiera me planteaba pasarme por allí a ninguna de las clases de los sábados y domingos.

Pero yo sabía que quería, que debía estar allí y también que no iba a ser fácil empezar de nuevo desde cinturón blanco, así que con libros y PDFs descargados de internet e impresos de refilón en la oficina, pasaba las noches en casa delante del espejo ensayando movimientos, reaprendiendo katas y contribuyendo un poco más a la fama de raro que ya tenía entre los vecinos desde hace tiempo. Todo para alcanzar el nivel que se requería, para que fuese más llevadero empezar a empezar a aprender.

Y fue ya con el cinturón marrón sujetándome los pantalones, cuando decidí que había que tomárselo un poco más en serio, y me planteé ir tres veces por semana: lunes, miércoles y ahora también los viernes.
Pero claro, este día tenía clase de japonés y la profesora, además, le daba clases a otro de la oficina después de mi. Total: revolucioné a la sensei, a media oficina y a la mitad de su agenda de alumnos para cambiar las clases a los jueves.

El primer viernes que fuí había un profesor que no había visto nunca antes, un señor mayor al que saludé y que me ignoró por completo. Después vi que ignoraba a todos. En medio de la clase me pegó una patada en el muslo gritándome algo en japonés y yo no entendía nada. Después de darme cuatro gritos más por fin me di cuenta de que tenía la posición cambiada, así que la corregí. No recuerdo si me dolió la pierna, pero si sé que su patada acertó de lleno en mi orgullo.

El segundo viernes que fuí nos mandó sentarnos a todos y fue sacando a la gente por cinturones. Primero los blancos, luego los azules… cuando llegaron los marrones y yo me disponía a levantarme, él señaló sólo a una chica y le dijo que se levantase. Cuando acabó ella, sacó a los cinturones negros y al ver que yo seguía sentado me gritó que porqué no me había levantado cuando tocaban los marrones. Yo sólo alcancé a disculparme, aún sabiendo que fue culpa de él porque simplemente no me vió. El resto de la clase ni me miró, y eso que no dí pie con bola.

No hubo un tercer viernes.

A mis tardes/noches se sumaron las clases de la ceremonía del té y todos los días hacía algo… menos los viernes. Empecé a ir sábados por la mañana e incluso domingos, con lo que he estado hipotecando los fines de semana en su mayoría al no poder salir o estar demasiado cansado físicamente parar hacer algo en condiciones.

Siempre evitando las clases de los viernes.

El miércoles pasado un compañero todo escandalizado me dijo en el vestuario: «Oskar, quita tu ropa de ahí, madre mía». Resulta que estaba utilizando la taquilla del profesor simpatías, que por lo visto tiene una para él sólo, y me dijo «menos mal que no es viernes, lo mismo te echa».

Y entonces es cuando yo pensé que este hombre es pura fachada, que se ha ganado esa fama y se aprovecha de ella y que yo tengo una forma de ganarle que, desdeluego, no es quedándome en casa.

Así que a partir de esta semana, me volverá a ver por allí los viernes porque ya llevo tiempo aquí, ya sé lo que quiero y ya estoy preparado para aguantar lo que me eche.

Para que todo el jaleo que le preparé a la profesora de japonés y a mis compañeros no haya sido en vano. Para poder descansar los fines de semana y volver a hacer excursiones, o salir o lo que me apetezca sin haber descuidado mis clases.

Porque ahora cometo una cuarta parte de los fallos del principio, y las cosquillas que me busque serán bienvenidas si eso me ayuda a mejorar.

Porque ahora entenderé la mayor parte de lo que tenga que decirme si consigo ponerle un filtro a sus gritos y sus maneras.

Porque es un reto.

Pero sobretodo, por principios.

 

Susurros

Mientras en la agencia me buscaban un piso que quedase cerca de la oficina, yo me estuve hospedando en un Weekly Mansion en Gotanda. Durante dos semanas viví en una habitación pequeñísima con baño y minicocina. Se podría decir que es como un hotel pero sin ningún servicio: es decir, tu duermes allí el tiempo que te hospedes, pero no te va a venir nadie a limpiar la habitación o hacerte la cama, y tampoco te dan de comer. Es más barato, claro está.

El caso es que todas las noches cuando volvía andando de la oficina pasaba por una calle llena de personas puestas aquí y allá que no dejaban de otear a la gente. Había hombres con traje, pelos imposibles, gafas de sol a pesar de ser de noche y un pinganillo de esos que les hacía parecer tipos duros aunque muchos no aparentaban más allá de la veintena.

Y todas las noches alguna chica me seguía durante unos pasos y me ofrecía darme un masaje, o incluso sexo directamente bajo la atenta mirada de los hombres de traje que estaba claro que tenían algo que ver aunque pretendiesen lo contrario.

Yo apretaba el paso, negaba con la cabeza y me iba a mi habitación sin poder evitar pensar en qué estaría pasando en las habitaciones de al lado.

Durante tres noches seguidas uno de los entrajetados me ofreció sexo con «cute girls» en un local que, por lo visto, quedaba muy cerca. Y siempre le decía que no. La última noche insistió mucho, muchísimo, y nervioso por la situación le acabé medio gritando que yo me hospedaba allí y que me dejase de preguntar todas las noches ya de una vez porque no me iba a ir con él a ningún lado. El entrajetado se puso muy serio y se fue, y dio resultado porque los siguientes días cuando me veía simplemente me ignoraba.

Hace mucho tiempo ya de aquello, pero siempre que paso por la estación de Gotanda, que no me queda más remedio porque es donde hago transbordo a mi línea, me acuerdo de lo fácil y rápido que aprendí dónde estaba la zona por la que convenía no pasear cuando el sol se metía a dormir.

Pero no hay que ir hasta aquella calle para darse cuenta de que algo raro pasa. En la salida de la estación se ven a los mismos hombres entrajetados que observan pacientes a los que pasamos. Y cuando ven a una chica guapa, jóven, se acercan y le susurran. Ellas, como hacía yo, aprietan el paso y niegan con la cabeza, pero ellos insisten. Hasta las agarran del brazo y las hacen pararse por un momento a escuchar sus susurros, pero ellas siempre se zafan y se van, incluso corren.

Ellos ríen. Y vuelven a sus teléfonos móviles, y a su puesto de vigilancia, y prepararán mentalmente cómo susurrarle a la siguiente chica que trabaje para él, que ganará mucho dinero, que le acompañe para hablar de cuánto y de lo fácil que va a ser.

A nadie parece importarle, y mucho menos a ellos que con sus susurros parecen buscar una discreción que no lo es en absoluto. Y menos porque incluso lo hacen a pleno día.

Yo me uno al resto. Y todos juntos pasamos de largo.

 

Costumbres

Con el pasar de los días uno comparte tiempo y espacio con personas tan diferentes entre sí como la noche del día, y aunque siempre es enriquecedor observar y aprender del resto, hay muchas veces en que la experiencia tiende a ser desagradable, por mucho que se entienda y se asuma que hay otras otras costumbres distintas a lo que nosotros llevamos haciendo desde críos y que entendemos por nuestra cultura.

En el caso de los japoneses, la gran mayoría que conozco, sino son todos, hacen muchísimo ruido cuando sorben los fideos del ramen, el udon o soba. Hay quien dice que es para enfriarlos y poder comerlos pronto, lo que tiene su parte de verdad porque yo mismo lo hago muchas veces y funciona. Pero aunque me he acostumbrado, no puedo evitar acordarme de la primera vez que vinimos en el avión y el de al lado se puso a hacer ese ruido tan desagradable y que de tan mala educación nos parece a nosotros. Seguramente lo seguirán haciendo al salir del país.

El chino que tengo delante, y según me cuentan por ahí no es el único, come con la boca abierta. Da igual que sea un bollo de chocolate, que patatas fritas de paquete, que spaguettis con tomate. El tío considera que tiene que acompañar su ingesta con un bonito sonido de babas y una no menos elaborada panorámica de la pasta resultante. Es superior a mi, no puedo con ello y cuando le veo que va camino del microondas con su táper, una de dos: o pongo Extremoduro a tope en el iPod, o me voy a la calle a dar un paseo. No lo aguanto, me parece que eso no son maneras de comer delante de otras personas.

Una vez formaron un equipo Grissom, el Dr. House y Dexter para tratar de entender al franchute, y se fueron a casa con ojeras. A Grissom se le acabaron los sprays, Dexter se hizo un jersey con las cuerdas esas de simular trayectorias de balas y House salió corriendo sin bastón ni nada. El tío es para dar de comer a parte de los que comen a parte: más de siete años en Japón y no es capaz de no poner caras de asco cuando ve sushi, lo más sofisticado que le he visto comer yo es un croasán. Ahora mismo está aquí al lado de mí en la oficina, que hace más de 25º, y tiene puesto un gorro de lana, una bufanda y una chaqueta mientras le da a las teclas. Digo yo que se quita los guantes para acertar a darle a la Ç.

Pero yo iba por el tema educación, que es que este hombre me inspira y me desvío. El caso es que aquí no está bien visto sonarse los mocos en público, y si uno lo hace, hay que intentar disimularlo no haciendo ruido e intentando taparse. Yo no lo sabía al principio hasta que Akira me lo dijo, así que ya no lo hago.

El gabacho es el trompetero de Shrek después de casi llevar en Japón más tiempo que Nintendo. Tengo que reconocer que de tan auténtico que es el tío, últimamente me cae bien, aunque siempre negaré esto por mucho que me peguen.

El parlapuñaos, el que es como Eminem pero con entradas, es el vivo ejemplo de la irreverencia y la mala educación. Para él es igual estar viviendo en Japón que en California, de hecho si fuese a Cuenca seguiría siendo igual. Con su ego por bandera, se ríe de todo y de todos, se queja de cualquier cosa que tenga que ver con Japón y los japoneses, a pesar de lo cual sigue aquí.

El otro franchute, uno que viene a Karate conmigo, otro que tal baila. El tío lleva más de quince años en Japón y hablo yo japonés mejor que él. Pero es normal: yo pongo un mínimo de interés y a él le da exactamente igual. Es cortante, cuando habla con algún japonés le dice directamente lo que piensa tal cual. Si algo no le gusta, lo dice con lo que a veces la situación se vuelve incómoda. Como cuando probó un onigiri que había hecho la madre de un chaval en el entrenamiento del frío, y el tío dijo «que asco, yo esto no me lo como» estando la madre al lado. Quien, por cierto, le pidió perdón. Ojo, no creo que sea malo decir lo que uno piensa, pero las maneras son importantes.

Yo nunca le diré a nadie cómo debe actuar, eso de ir por la vida dando lecciones y consejos es derrochar arrogancia enmascarando vanidad. Y tampoco soy quién para no respetar costumbres de otros, y mucho menos estando viviendo en un país que no es el mío. Diría más: considero una suerte poder abrir mi mente al conocer a gente tan variopinta, franchutes a parte.

Pero me surge la duda de dónde está el límite entre conservar las raíces de uno, a las que tanto nos aferramos estando fuera, y adaptarse a la cultura del lugar donde se está viviendo por aquello de donde fueres, haz lo que vieres.

Yo me he adaptado, lo reconozco: me tiro todo el día representando el papel del extranjero modelo desde que salgo de casa hasta que vuelvo a entrar. Hago reverencias, pido permiso cuando paso delante de alguien, nunca digo que no directamente sino que pongo caras… Pero ¿hago bien? ¿no debería ser yo mismo?, quizás el chino disfrute comiendo con la boca abierta porque es lo que ha hecho siempre y puede que ni sepa que al resto nos molesta.

Aunque quizás la pregunta más importante es: ¿debería dejar de hacerlo aún sabiéndolo?

Yo ya no tengo la respuesta tan clara.

Aunque a la hora de comer quiera matar al pastababas de los huevos.

 

Casa Artista

1

Mira que le he estado dando vueltas al título para no poner el mismo que puso Guille, pero es que no encuentro uno mejor, menudos artistas, y además en su casa que estaban.

El caso es que el viernes pasado nos fuimos unos cuantos a un tablao flamenco que tiene una familia de japoneses en Shin Okubo. Quedamos sobre las nueve y media, pero Guille y yo quisimos saber llegar (que lo dijo un arriero y, por tanto, es importante) y nos fuimos un rataco antes a un izakaya a prepararnos.

Cuando ya llegaron todos una horilla y pico más tarde, para allá que nos fuimos. Uno entra en el local y se encuentra con sillas típicas de estas del culo de cuerda, todo decorado con abanicos, castañuelas, carteles de toros… y cuando estábamos ahí ya sentados en la mesa de repente llega el jefe del bar con unas patillas que parecían los brazos de Alf pero en gris, vestido con una camisa roja enseñando pelamen pechil a lo Michael Knight y va y nos trae unos platos con pipas.

¡Aquello prometía una jartá!

Aquí va una foto que sacó Guille:

La gente con la que fui no hacían más que preguntarle que a ver si iba a bailar, estos se las sabían todas ya. Y yo que me dejé la cámara en casa, mecagüen. Pero como tenía el mejor sitio para sacar fotos, Javi me pasó la suya y ahí estuve afotando mientras el patriarca tocaba la guitarra, la mujer cantaba y los demás iban bailando:

 

Menudo arte! Como arte también tiene el que diseñó el menú del local (foto también arramplada del blog de Nere y Guille, hoy ando de mangui…)La cosa es que no sólo estuve afotando, sino que también estuve agrabando!! así que aquí podréis ver al hijo de la familia (es un chico) bailando como un campeón. La señora cantaba muy bien también, aunque ponía la boca que parecía que estaba con el Listerine y yo creo que la mitad del castellano se lo inventaba:

Y bueno, eso por no hablar de un figura que había en el local que daba más miedo que tirar de la cadena en un avión estando todavía sentado. Por supuesto, hubo foto:

 

 

Me pareció que tienen el asunto muy logrado, y que si venís a Tokyo merece mucho la pena ir a verlo porque es curiosísimo y seguro que os encanta. Además, ponen pipas.

La página web no tiene ningún desperdicio en absoluto tampoco.

 

Mi día

Mi día empieza con música que suena enlatada desde dentro del teléfono móvil y se atreve a interrumpir mis sueños. Mi día es preparar un café, y pretender que es un desayuno. Es encontrarme en el espejo y a veces descubrirme mirando fijamente a los ojos del que tengo delante como si quisiese saber qué piensa realmente esa otra persona que soy yo.

Es un viento frío que me obliga a caminar deprisa a la vez que una canción eclipsa un sentido mientras los otros cuatro se impregnan de vivir donde vivo. Es un tren siempre lleno, y siempre de desconocidos. Son unas horas delante de un ordenador, un paseo robado al salario, un ir y venir de preocupaciones muchas veces enmascaradas por alegrías y tristezas.

Es que me visiten a la mente personas que no están conmigo y que antes estaban y ahora se cuelan sin que ellos lo sepan. ¿Cómo estarán? ¿qué estarán haciendo ahora? ¿se acordarán ellos de mi?

Es un libro en castellano que me ayuda a recordar de dónde vengo en medio de casi no saber dónde estoy.

Es ponerme un traje blanco y que durante hora y media no importe nada más que sintonizar cuerpo y mente para intentar volver a sentir esa satisfacción de haber entregado lo mejor que pude dar. Es hacer del honor y del respeto mi guía sin dejarme engañar por el falso valor de los halagos, las derrotas o las victorias. Sin importar que el cuerpo se queje al día siguiente, porque mando yo y no él, y seré yo quién decida cuando parar.

Es compartir tiempo con una persona que casi me dobla en edad y con los suyos, que ya hace mucho que siento como míos. Y charlas en mexicano, y carcajadas, ilusiones, sueños y sentimientos que no entienden de idiomas porque de tanto sentirse, se expresan desde lejos sin ni siquiera abrir la boca.

Es dejarme cuidar por mis amigos, mis profesores, mis compañeros. Satisfacer curiosidades sobre mi lugar de origen, mi forma de ser, mis manías y rarezas. Es compartir mi día con otros días de otras personas y recalentar el alma a base de arrimarla a otras almas.

Es preparar un té a invitados a veces desconocidos intentando que cada movimiento se convierta en un gesto y que cada mirada estudiada trate de parecer espontánea. Es que durante tres horas el detalle sea tan tenido en cuenta que se pierda su concepto. Que me traten como uno más sin serlo, pero siéndolo.

Mi día es que haya muy pocas veces donde uno sepa con total certeza qué está ocurriendo o de qué se está hablando y sin embargo acostumbrarse a ello consiguiendo reaccionar con naturalidad. Es que a veces parezca que falten horas mientras que otras es como si no se acabase nunca.

A mi día vienen recuerdos de otros días y hay también un hueco para los sueños y esperanzas puestas en otros muchos que vendrán.

En mi día también hay noche, pero es secreta.

Setsubun

Hoy es el día del Setsubun en Japón.

¿Qué?, como si os digo que es el día del tacatón leré, ¿no? No pasa naaaaada, ya os cuento yo la historia que para eso me he enterao. Aunque ahora que lo pienso: yo lo que sé es porque lo he leido en el blog de Nora, así que con su permiso, pongo el enlace y mejor que lo leáis vosotros mismos y luego ya si eso seguís conmigo:

¿Ya os lo habéis leido? ¿seguro?. Bueno, vale, nos fiaremos. Pero es que hoy estoy muy mandón, así que antes de lo mío, os tengo que poner un video que hicieron Ale y Ai que está muy chulo sobre el tema. ¡Vedlo vedlo!

¡Espera! que resulta que en escuchajaponés, Ale y Ai nos han dejado un especial también!!.

Ahora viene lo mío!. Como el año pasado nevó y se canceló, hoy me he propuesto no perdérmelo y para el templo de al lado de mi casa que me he ido. Allí había mucha gente, y eso que estamos entre semana y eran las tres de la tarde, aunque también es verdad que la media de edad estaba en torno a la Bimbambún, más o menos.

Claro, yo después de ver el video de Ai y Ale, y la explicación de Nora, pensaba que iba a salir un tío ahí disfrazado de demonio y que todo el mundo le iba a tirar semillas de soja tostadas gritándole eso de «el diablo pafuera, el diablo pafuera, la suerte padentro, la suerte padentro». Así que, cámara en mano, me he pegado un susto del copón cuando ha pasado lo que ha pasado… intentad no marearos, que yo no sabía ni pa donde apuntar!

A mitad he cogido una bolsa de las que han tirado, pero se la he dado a una señora porque me ha puesto una cara la pobre… Pero los dioses me lo han agradecido y después he tenido la suerte de coger otra. Bueno era que o las cogían o me daban en la cabeza.

Cuando he llegado a casa y me he puesto a comer tantas como mi edad, resulta que no llegaba!!! la leche que bajón!!. En fin, para consolarme, me he comprado unos diablillos y unos fideos soba especiales por ser el día de hoy y me han regalado hasta una careta.

Y en la clase de té, también hemos tenido celebración especial:

Y hasta el tío de la tienda de golf me ha maqueado a Godzilla para la ocasión:Vaya día curioso…

 

¡¡Por cierto, no me crece el pelo ni patrás!!

 

¡Que hay gripaca!

Que además dicen que este año en Tokyo viene más chunga que nunca (esto lo llevo yo oyendo todos los inviernos en Zalla).

Así que vamos a prepararnos!

 

1- Ponerse una máscara para evitar contagios y si ya nos hemos contagiado, para evitar contagiar
2- Hacer gárgaras. ¡¡Vete a hacer gárgaras, gañán!! jaja, ¿cómo se dira esto en japonés? ugai wo suru ni itte? (madre mía, se me está ocurriendo nueva sección: ikuchapurrea!!, temblad kikunihongo y japoneando)
3- Lavarse las manos de vez en cuando, esto aplica también sin gripe ni nada
4- Tomar suplementos de vitaminas de la A a la Z todas las que haya

Yo este invierno ya te tenido suficiente gripaca! ¿cómo va la cosa por allí?

Aquí, allá

Hoy día dos de febrero, hace un mes que cogí el avión que ponía punto y final a mi visita de dos semanas a mi familia y amigos. De igual manera que allí me preguntaban cómo es estar viviendo en Japón, aquí los que saben que hacía mucho que no regresaba, me preguntaron cómo encontré todo aquello después de casi dos años.

Y aunque he vivido allí toda mi vida, hay cosas de las que me he olvidado, o me he querido olvidar, y otras que no sabía que echaba tanto de menos hasta que las he vuelto a vivir.

Vamos a ello:

¡¡La gente es enorme!!. Bueno, en realidad yo soy bajito, pero cuando se juntan ambas circunstancias, la sensación es de serlo todavía mucho más. Resulta que en los bares a nada que me descuidaba tenía a las cuatro torres del ajedrez encerrándome con sus espaldas. Esto en Tokyo no me pasa, o me pasa pero mucho menos. No es que aquí sea Gasol sin barba, pero estoy en la media, lo que es genial después de haber sido el ikupitufo toda mi vida.

  • Al principio de todo me daba vergüenza escuchar conversaciones ajenas. Fue como si fuese delito que entendiese lo que estaban diciendo otras personas por la calle, de tan raro que me parecía.

  • Me las he visto y deseado para encontrar pantalones de mi talla. No tengo ningún problema con nikis, jerseys o camisas a pesar de que mi talla cambia de M a S nada más salir de aquí. Pero resulta que mi culo no llena ningún pantalón de los que venden las tiendas de por allí, o casi ninguno porque al final me compré tres, pero después de probarme la mitad de los que había en la mitad de las tiendas de Bilbao. Aquí entro y sé que tienen mi talla, dejando los parámetros en dos: que me gusten y el precio. Así que cuando vuelva o me abono al BurgerKing o seguiremos visitando la planta de El Corte Inglés de niño (aunque me niego a que mi madre entre conmigo en el probador!)

  • La calle está llena de papeleras, ¡pero muchas muchas, un montón y en todas las esquinas!, menudo alivio fue no tener que llevar los bolsillos llenos de bolsas vacías y papelajos. Aunque la razón oficial por la que en Tokyo no hay es el incidente del gas sarín en el metro, no me entra en la cabeza que sigan sin poner. Aún así, tiene huevos que no ves ni un papel por la calle.

 

¡Las tiendas de chucherías! Redescubrí el maná de todo ikuapañao, lo que fue la base de mis cenas durante décadas!! Esos regalices de cinco, los jamones de diez que eran más largos (aunque más delgaos, como si estirasen los de cinco con los dedos), los triskis, los gusanitos de Heidi… Y con tanto derroche culinario, también redescubrí los ardores de estómago domingueros con la farmacia de guardia proveedora de Almax en la otra esquina de la ciudad.

La gente es super ruidosa. Al día siguiente de llegar, me fui a Bilbao en tren y me dieron ganas de levantarme y gritar un «¡os queréis callar ya, pesaos!», porque todo el mundo hablaba a gritos, y flipé con una conversación donde las dos señoras hablaban a la vez, y encima se entendían. De hecho a mi me llamaron por teléfono un par de veces y no cogí… ¡¡porque me daba vergüenza!!. En Tokyo, no se si sabéis, pero no se puede hablar por el móvil en el metro.

El stress que generan los coches y todo lo que ello conlleva me pareció de locos. La gente llegaba tarde y mosqueada porque no encontraba donde aparcar, las caravanas con coches colándose por donde podían, pitidos, malas caras… y pensar que a mi me pusieron una multa porque precisamente hacía todos los días eso de colarme al final cuando salía de trabajar…

  • Las revistas, los periódicos, la tele… ¡¡todo en castellano!!. Me encantaba ver el telediario y leer las noticias. Hasta me compré cuatro revistas que traje en el viaje de vuelta y que tengo encima de la mesa en casa y me gusta releer de vez en cuando.

  • El primer día que quedé con mis antiguos compañeros de currelo en Pozas en Bilbao, el barrio por excelencia para salir de vinos, me maravilló ver cómo todo el mundo estaba fuera del bar con vasos en la mano. Me pareció genial ese ambiente de buen rollo, de no tener que estar metido dentro del bar, de estar ahí hablando en corros con la melena al viento y la otra mano en el bolsillo del frío que hacía. ¡Genial!

  • Las comidas, a mediodía, más que rutina eran un reto. ¿Qué es eso de comer un platazo de cocido, y después otro de carne con patatas?, madre del amor hermoso, yo después del primer plato me plantaba. Y mi madre preocupada, claro, y yo jarto de huntar el pan, el otro maná prometido.

 

  • La poquita gente que había en los sitios… uno entraba a una tienda de ropa y te podías mover perfectamente con tres o cuatro prendas cogidas en la mano, y no tuve que hacer cola en ningún probador. En los pasos de cebra, mirabas para delante y ¡¡había huecos!!. Los trenes iban medio vacíos estando, como mucho veinte personas esperando en el andén… todo así. Una sensación maravillosa, por cierto, desestresante aunque uno se acabe acostumbrando a las marabuntas que hay aquí.

¡Los dos besos! ¡que me daba vergüenza dar los dos besos!, amigas mías, perdonadme si os puse caras raras, fue la falta de costumbre…

  • ¡El euro!, ¿pero qué jaleo es ese de pagar con billetes que parecen del monopoly con cifras super bajas?, ¿os queréis creer que me hacía la picha un lío?. Al principio mirando el número de las monedas porque a parte de la de 1 Euro, que esa me quedaba clara, el resto hasta que no lo veía no sabía de cuanto era.

Las máquinas de bebidas. O su ausencia más bien, un día por Bilbao estuve buscando una máquina de bebidas durante mi paseo de hora y media y no la encontré. Al final me metí en un supermercado a comprar una miserable lata de Aquarius haciendo cola detrás de tres señoras… Aunque la verdad es que sabiendo como las tratan allí, a las máquinas, no a las señoras, lo entiendo perfectamente.

  • La presión con la que sale el agua al tirar de la cadena. Hombre, no es que aquí tengamos un defcon 4, pero allí me pareció que salía súper poca agua y como a cámara lenta. Otro día hablaré de los sustos que me pego con el mecanismo que tienen los aviones, que cada vez que tiro de la cadena me da la sensación de que me chupa el alma aquello.

 

¡Los combinis!. Toshiki, el compañero japonés que vino a verme, me lo decía a gritos: «¡que no hay combinis, macho!«. Y yo le decía: «¡¡ya!!«. Las tiendas estas de 24 horas que tienen de todo y que en Tokyo hay en cualquier esquina… ¡pues allí no!, como mucho en una gasolinera con los precios doblados y las vueltas con olor a sin plomo +.

  • Cuando vino Bea a buscarme a la estación, me dijo al entrar a su coche: «¿me lo ha parecido a mi, o te has limpiado los zapatos antes de entrar?«. Pues si, resulta que por lo visto me daba palo entrar en los sitios con los zapatos puestos, así que inconscientemente me los limpiaba contra la acera o el felpudo o lo que hubiese…

  • Al dar las gracias me salía a veces la reverencia y los colegas se descojonaban. En casa ya ni me decían nada, me dejaban hacer, total.

  • Los premios perrunos por la calle… hay calles por las que uno pasea como si estuviese jugando al twister para no pisarlos.

¡Las tiendas cierran los domingos, y a mediodía!. Así que como no me acordaba y no sabía que hacer me metí en el cine. Por cierto, que dejé la mochila encima del asiento y fui a comprar palomitas. Cuando estaba pagando, de repente, me acordé de que dentro de la mochila dejé el iPhone, la cámara reflex, la cámara de video y un sobre con 350€ de una cuenta que acababa de cancelar del banco. Y yo comprando palomitas en la otra esquina del local.

Y más que ahora mismo no me acuerdo. Ya véis lo que son las cosas, a todo se acostumbra uno y de todo cuesta desacostumbrarse. La verdad es que todavía no sabría deciros con qué sitio me quedaba…