Archivo por meses: octubre 2008

La planta que bloguea

Pues el caso es que hay una planta que la han bautizado como Midori-san, que significa algo así como Doña Verde, que la tía tiene un blog. Ahora que lo pienso, si bautizas a una planta es como darle de comer, ¿no?, es como si el cura en vez de echarte agua por la cabeza te diese un bocata!, eso si que molaría! a mi me han dado de bautizar uno de salchichón!!

Jodé, se me va la pinza. Bueno, pues eso que en Kamakura, donde el Buda de Bilbao, hay un bar con una planta que le han plantao, valga la redundancia, unos sensores que miden la temperatura, humedad, vibración, ondas electromagnéticas y hasta si hay gente cerca. Además, le han puesto una lámpara fluorescente encima que se puede activar desde internet a través del widget este que os planto yo aquí ahora mismo:

Así que todo lo que los sensores detectan sobre la planta llega a un ordenador que se encarga de escribir frases acordes con la situación del estilo de:

  • «Hoy parece que hace resolillo, aunque hace frío. Me pongo contenta con la luz que me dáis»

Podéis leer el blog del vegeta este aquí si sabéis plantojaponés.

Yo me he enterado de todo esto por que se pusieron en contacto conmigo de Radio Euskadi para que les hablase de ello, así que he estado investigando un poquillo y les conté lo que más o menos he escrito aquí. Al principio de la conversación me preguntan sobre lo que yo creo sobre el futuro de internet y menudo rollo que suelto!! Además, paré de grabar como 5 segundos antes de que acabase…

 

Sayonara sale

Aquí hay una revista bastante famosa de estas gratis que se llama «Metrópolis«. La cosa es que es en inglés y está bastante bien echarle un ojo porque así se entera uno de los conciertos que va a haber, los eventos, nuevos restaurantes o bares…

Pero una de las partes que más consulto yo son los anuncios por palabras del final, especialmente una sección llamada «Sayonara sale», que lo podríamos traducir por «Lo vendo todo, que me piro!».

Efectivamente, la gente que ya se marcha de Tokyo después de una estancia lo suficientemente larga como para tener que alquilar un piso y comprarse algún mobiliario, pues resulta que ya no lo necesita más y trata de deshacerse de todo lo antes posible. Una razón obvia es sacarle un dinerillo, y la otra es que aquí tienes que pagar porque vengan a recoger basura «no convencional» como electrodomésticos, sofás y tal y cual, así que según qué cosas conviene más regalarlas que tirarlas. Es más, yo en mi barrio algunas veces me he encontrado con muebles puestos en una esquina en la calle y un cartel que pone algo del estilo de: «vendrán a por ello dentro de tres días, si quieres algo, simplemente cógelo».

Bueno, pues en estos anuncios puedes encontrar de todo, desde gente que te vende el pack casa completo y por 10.000 yenes te llevas una nevera, una mesa, dos sillas y una plancha, hasta otros que simplemente te invitan a que entres en su casa y te lleves todo lo que te guste por un precio simbólico. Uno de los requisitos que te suelen poner es que vayas a recogerlo a alguna estación, aunque hay gente que tiene alguna furgonetilla e incluso te lo lleva a casa.

Yo compré la lavadora y la secadora por uno de estos, y después de tres horas esperándole, al final vino un tío italiano a eso de las doce y media de la noche porque no encontraba mi casa, y se dedicó a hacer chistes sobre franceses mientras pegaba martillazos para instalarla. Menudas risas me eché con él!!

Peazo invento la secadora, por cierto!

 

Corazón de neón

La ciudad donde vivo es ir en el mismo tren día a día a la misma hora y sin embargo ver a miles de personas desconocidas cada vez. Es tener siempre prisa, acostumbrarse a esquivar gente y a hacer colas, es un mundo de luces y sonidos artificiales que sustituye al real cuando cae la noche y los gatos no se vuelven pardos porque se siguen viendo.

A veces es una chica que quiere ser tu novia por un rato, porque eres diferente aunque sea fácil que a uno se le olvide pero otras sea tan obvio. También es sentirse sólo entre millones de personas, que es como estarlo dos veces… como la soledad al cuadrado. Aunque casi siempre es una cara amable, una sonrisa de alguien que se interesa por saber por qué ahora tu vives en su ciudad y te alaba por intentar hablar su idioma.

La ciudad donde vivo es poder comprar cualquier cosa a cualquier hora mientras algunos leen sin pagar. Y que te calienten la comida y te den unos palillos y una servilleta húmeda, y te cuenten las vueltas dos veces, y que se te estanque la canción del local en la cabeza.

Es un paseo que se acaba cuando uno se cansa, porque el camino, muchas veces marcado de amarillo, nunca tiene fin y es casi impensable encontrar una cara conocida. Es recorrer calles sin estructura aparente, sin ordenar, donde doblar la esquina dos veces no suele significar volver hacia atrás.

A veces el sol sólo se ve reflejado en cristales de rascacielos de alturas imposibles donde siempre hay alguna luz encendida en pisos casi inalcanzables para la vista, dando a entender que alguien sigue trabajando sin importar la hora o que haya un mundo allá abajo.

Otras veces es una anciana barriendo la puerta de su casa de madera mientras su marido riega las flores con una toalla anudada en la cabeza. Es una boda donde los familiares visten de negro mientras los novios llevan trajes preciosos en templos que evocan tiempos pasados. Es un grupo de niños jugando al beisbol en la calle y hombres de oficina en traje yendo en bici con el maletín en la cesta cruzándose con madres cuyo equipaje, esta vez, son sus hijos a los que llevan al colegio.

La ciudad donde vivo tiene un mar sin playas que inviten a pasar, pero con puentes de película que lo sobrevuelan y túneles que lo esquivan por debajo. Es un mar lleno de pensamientos, de recuerdos, de deseos, de miradas porque siempre hay alguien absorto en él. Muchas veces yo.

Es escuchar graznidos desagradables de cuervos, zumbar de cigarras, ladridos de perros… interrumpidos por el estruendo de los locales de alterne, de los hombres anuncio, del sonido de las estaciones, de carcajadas sincronizadas, de melodías de teléfonos móviles.

Es que el suelo tiemble y que parezca no importar, que salga un día increiblemente despejado que hace olvidar que el día anterior hubo un tifón. Que los árboles se vistan de rosa, verde y rojo, y después irónicamente se desnuden en invierno. En un ciclo sin fin.

En la ciudad donde vivo a veces alguien decide no seguir viviendo y salta a las vías del tren.

La ciudad donde vivo tiene un corazón de cemento y otro de neón.

 


 

Una más de esas historias que aburrirán a muchos, pero que a mi me harán recordar pensamientos, y también sentimientos, que están mucho más allá…

Voy a conocer al rey!

¡Esta si que es buena!.

Bueno, yo y todos los que estén registrados en la embajada, que nos han mandado una invitación para ir a una recepción que van a dar.

Lo primero que pensé cuando vi la invitación fue en regalarles unas camisetas, pero nos han dicho que no se pueden dar regalos. ¡¡¡Cachis!!!

Me he sentido como Chloe ahí borrando los datos de cuando y donde es!! Bauer, puedes entrar, he cerrado el protocolo!!

 

A ver cómo sale la cosa!, jaja, qué curioso! ¿me dará la mano? ¿le llenaré de orgullo y satisfacción?

Con el pí piribipipí, con el pá parabapapaaa

La verdad es que en Tokyo se puede encontrar de todo, el otro día hasta me enteré de donde había un bar que te daban txakolí, que tengo que ir por cierto. Pero también hay que decir que no hay variedad de vinos españoles, o si que hay, pero uno se tiene que ir a alguna tienda especializada, vamos que la cosa no está generalizada.

En el súpermercao de mi barrio sólo hay uno: Marques de Riscal, que además vale 2500 yenes la botella (lo que al cambio loco actual son casi 3500 pesetas), pero lo que si tenemos son un montón de vinos franceses y chilenos.

¡¡ Da rabia !! ¿será que las bodegas españolas no se han preocupado por promocionarse en Japón? ¿será que en Japón se tiene mejor imagen de otros vinos y es más difícil meterse?

A ver si la cosa cambia, que me haría ilusión comprar ahí un Rioja según voy, que además le veo yo que pega con el yakitori. De momento, ayer vi un anuncio en el tren cuando volvía para casa:

 

Cuanto me ha costado el cinturón negro

Sin contar sudores, nervios, esguinces, ampollas y agujetas:

Matrí­cula dojo y licencia 15.000 円
Traje y cinturón blanco 13.000 円
17 meses x 8.000 円 136.000 円
Campamento Karate 20.000 円
Examen 2kyu 4.000 円
Cinturón marrón 3.000 円
Examen 1kyu 4.000 円
Matrí­cula examen dan 12.000 円
Examen shodan 6.000 円
Cinturón negro 8.000 円

Total: 221.000 円
1.808 €
300.825 pts

 

En el precio están incluidas alegrías, amistades, emociones, carcajadas y millones de imborrables recuerdos…

 

Conversación internacional

Dos chicos de California de mi antigua oficina hablando. El parlapuñaos se da cuenta de que estoy medio escuchando las payasadas que está diciendo:

  • «…y entonces esos mexicanos no hacían más que pegarse entre ellos, menuda gente, ni entre ellos son capaces de llevarse bien. Normal que luego hagan lo que hagan, yo veo un grupo por la noche y me voy por donde he venido…«. Oh, Oskar, estás escuchando, perdona
  • Es igual, si yo soy Español, tú mismo
  • Pero tu eres medio mexicano, ¿no?
  • No, no tengo nada que ver, de hecho sólo he estado en México una vez y fue de vacaciones, por cierto que me lo pasé muy bien
  • Pero habláis español, ¿no?, eso es que sois medio iguales
  • Si claro, hablamos español los españoles, mexicanos y como medio mundo más. Somos igual de iguales que tu y un inglés
  • No es lo mismo porque vosotros coméis la misma comida picante esa con alubias y chile
  • Si, yo como eso cuando voy a un restaurante mexicano, no te vendría mal enterarte un poco de como es el mundo, tío, España es España y México es México.
  • Whatever man
  • Yeah, whatever

 

 

Compañeros de Karate

Hace bastante más de un año que empecé aquella primera clase de Karate rodeado de miradas curiosas de gente desconocida, empapado en sudor por los nervios pero con el convencimiento de estar donde yo quería a pesar de saber que aquél momento era el primero de otros malos tragos que tendría que pasar. Desentonaba con mi chandal gris entre tanto traje blanco, aunque creo que llamaba más la atención por otros motivos más obvios.

Algunos me hablaron movidos por la curiosidad de ver a otro extranjero de tantos que están de paso y que deciden cumplir su sueño de practicar Karate junto «a los grandes» como tan bien dijo en su despedida aquél señor gordito de gafas, que resultó ser el embajador de Brasil.

Desde entonces, y sobretodo en verano, han pasado por el vestuario compañeros indios, rusos, franceses, italianos, árabes, peruanos, chilenos y hasta otro español. Es bonito, casi poético, ver cómo este arte es capaz de unir diferentes razas, religiones, culturas, costumbres y maneras de ser. Y aunque el inglés es el idioma universal para intentar comunicarnos, en el tatami todos sabemos qué hacer cuando el profesor nombra un movimiento porque resulta que en todo el mundo se enseñan por su nombre original, que es en japonés.

Hoy, con las más de 160 horas que calculo que suponen las 105 clases a las que he asistido, me descubro mirando a mis compañeros con el trasfondo del roce, del trato que hemos tenido al menos tres veces por semana durante todo este tiempo. Con esa confianza de compartir sudores, errores, caídas, agujetas… infinidad de reverencias y gritos.

Y veo a esa chica canadiense que nos llamó la atención a Bea y a mi siete años atrás cuando vinimos de visita. Envidio el estado deteriorado de su cinturón negro desgastado por todos esos años de ser atado, casi blanco como simbolizando la vuelta al origen aún sabiéndose experta.

Está el señor mayor que en la sombra de su arrogancia juega a ser mi sempai corrigiendo mis movimientos, mi actitud… mi persona con sus malos modos, que yo creo fingidos, quizás obligados por su papel de veterano encargado de poner orden. Sonrío al recordar cuando salí inesperadamente por cuarta vez a competir en el campeonato de Karate, y me gritó un «Oskar ganbate» que abrió brecha en su orgullo y caló hondo en el mío. Me felicitó por el cinturón negro, pero como lo hace alguien que no espera menos de ti, en cierto modo creo que le habría defraudado de no haberlo conseguido.

También hay una chica de gafas con la que durante más de medio año compartí el ir y venir con el cubo por ser los dos cinturones blancos. Es la misma que finge que no me ve cuando compartimos vagón en el metro, por aquello del honne y el tatemae, o quizás por verguenza, quién sabe. Todo lo contrario que otra chica que siempre me cuenta cosas que conoce de España cuando coincidimos en el tren de vuelta, y que no se cansa de repetírmelas, porque siempre son las mismas, al menos un par de veces al mes.

A veces viene el señor que tanto roncó en el campamento de Karate y que vino con su hijo. El que me alaba, me anima, me dedica sonrisas que parecen sinceras y siempre tiene alguna historia que contarme medio en inglés, medio en japonés. Después del «challenge» que era el examen del otro día, ahora me está empujando a que compita el mes que viene. Y yo encantado.

Mi habitual compañero de nomikais, y también el que me echó una mano y algún pie con las técnicas que me tocaba hacer en el examen, se llama Kojima. La chica de gafas le llama sempai, aunque yo creo que nunca le he llamado por su nombre. Ha ido siempre un paso por delante de mí, con lo que memorizo sus exámenes porque el siguiente que haré yo, si seguimos con la misma racha, será igual. Ha habido veces que hemos tenido conversaciones de más de diez minutos en las que yo no me he enterado de nada, pero él no se ha dado cuenta por lo bien que asiento. Dice mucho de él que le pagó el cinturón negro al hijo del señor que roncaba en el campamento.

El americano, y mi sempai oficial aunque el señor mayor sea el de verdad cuando no mira nadie. Un chico amable con muchos años de experiencia, y un japonés perfecto. Supongo que estar casado con una japonesa y tener dos hijos ayuda bastante. Me corrige siempre, me ayuda, me guía en mitad de la clase y fuera de ella. Ahora me doy cuenta de que siempre me habla en japonés a pesar de que en inglés nos entenderíamos mejor. Eso me gusta de él, eso y que siempre viene…

No como los franceses, dos compañeros que aparecen durante dos semanas seguidas y no se les vuelve a ver en un mes, ni falta que hace porque, como buenos franceses, no me caen bien. Son muchos los gestos, aunque el peor fue cuando al principio les dije que en España yo era cinturón negro y se rieron con alguna frase del estilo de «claro, pero normal que empieces de blanco porque para el nivel que hay allí». No todos los franceses me caen mal, pero la verdad es que la mayoría parece que lo hacen a propósito.

La señora de coletas, con un ego que, cual francés, le hizo reirse cuando el profesor me preguntó por el nivel al que me presentaba y yo le contesté que cinturón negro. Ignorarla junto con haber aprobado el examen son mis dos respuestas a ese momento que, por otra parte, hizo que mis compañeros de nomikai tengan el mismo sentimiento hacia ella que yo.

La madre y su hijo, el que casi me deja eunuco. Después de aquél incidente, y con meses de por medio, veo cómo él ha cambiado su carácter por uno más calmado, más reposado, menos adolescente. Llegan juntos, aunque él siempre medio metro por delante de su madre dejando claro que no le gusta ir con ella, y no habla con nadie aunque saluda a todos, y las veces que hemos vuelto a coincidir su comportamiento ha sido noble. El cinturón verde que se ha ganado en tan poco tiempo lo acredita.

El chico del chandal azúl, que ahora tiene uno gris. Sigue haciendo lo que quiere y sigue cuchicheando por lo bajo pensamientos que sólo él entiende y que no es capaz de encerrar en su mente. Hay días en que parece que su progreso es tan grande que parece otra persona, y otros en que parece no haber avanzado nada. Afortunadamente los primeros son los más habituales.

Hay muchos más; en una clase no es extraño que nos juntemos más de veinte personas, pero por alguna razón éstos son los que salen en la foto que mi pensamiento enfoca cada vez que van a ser cerca de las siete de la tarde y yo estoy sentado sólo en un tren con una mochila roja, un libro y un alma que no ve el momento de llegar.

Me pregunto cómo me verán a mi…

 

El baile en gayumbos

Bueno, pues no preocuparse, que como no salgo ni entre los cincuenta primeros de la última clasificación parcial de ninguna categoría, parece que no lo voy a hacer al final. Buff, de la que os habéis librao!!!

En teoría, si me votáis todos en una categoría concreta, puede ser que vuelva a salir por ahí, pero habiendo blogs tan geniales como el de Flapy, El Pachinko, Kirai, Nihonmonamour… lo veo más chungo que apuntarle al Dr. House a una ONG.

Yo centraría el asunto en Blog de viajes, aunque la verdad es que hablo más de mi que otra cosa, pero creo que es donde más encaja esto.

En fin, vosotros mismos!

PD: He tenido buenas vibraciones escribiendo este post… concretamente un terremotillo que ha empezado más o menos cuando he escrito «gayumbos». Bien bien!

Olores

El del café, telonero de 13 horas fuera de casa.
Champú, jabón, crema de afeitar, aftershave. Un gesto de suavizante en la toalla.

Aceite de sésamo con el que el vecino se hace el desayuno cada mañana.
Olor de la nueva panadería del barrio, lejanamente familiar, extrañamente cercano de nuevo.

Aire cálido y cargado de la estación de metro.
Otra vez champú, del pelo recién lavado de alguna chica que está cerca en el tren. Alientos de café. Colonias.
Vuelve el café, de la cafetería de dentro de la estación.

Aire fresco.
Oden del combini.

Colonias mezcladas en un espacio cerrado. Té verde. Sopa miso. Más café, ambiente cargándose del calor de los ordenadores, de calor humano, de oficina.
Sushi, jengibre, salsa de soja, wasabi.

Aire fresco, revitalizador, se siente más fresco al salir de la oficina.

Detergente del dojo de Karate. Sudor. Muchas veces olor a pies.
Jabón del vestuario, siempre el mismo desde hace un año.

Olor a alcohol en el tren, alientos impregnados de cerveza de los salary men.

Incienso al pasar por el templo… agradable, solemne.

De nuevo aceite de sésamo del mismo vecino.
Olor de mi casa, del tatami, que me envuelve, me da la bienvenida. Invita a dormir, anuncia 7 u 8 horas de sueño.

Pasta de dientes, enjuague bucal.

Futón.

Aroma de los sueños por venir.

Conversación de McDonalds

(en japonés)

– Hola, big mac setto, por favor
– (intentando aguantarse la risa sin éxito) Big Mac Setto? entendido, ¿es para llevar?
– (yo riéndome también) no, no, para comer aquí
– (algo más seria) ah, vale, entendido, algo más?
– Si, una cheeseburguer pero tal cual
– Entendido, hablas muy bien japonés, eres americano, ¿verdad?
– Jaja, no no, todavía no hablo nada bien. No, vengo de España
– Ah, entendido, en España hay mucho pescado y marisco, ¿no?
– Si si, además yo vengo del norte donde se come mucho, pero ya ves, me vengo a un McDonalds a cenar
– Bueno, siempre puedes pedir la hamburguesa de gambas
– Pues si, eso si…
– Son 790 yenes, por favor
– Ah si, espera que tengo justo
– Gracias, oye, tienes cara de español, muy característica, latino
– Claro claro, jaja, por eso me has preguntado si era americano
– Jaja, es verdad, perdón

El proyecto de los helados

Fue mi primer trabajo serio en Japón, tanto que a veces creo que es la aplicación web más difícil que he hecho en mi vida. Lo que no es mucho decir porque no llevo tantas.

El cliente era la sede japonesa de una empresa italiana que fabrica máquinas de helados que tienen mucho éxito en Japón. El problema era que tenían toda la información de clientes, incluyendo visitas por reparaciones o nuevas instalaciones, en diferentes hojas excel con miles de registros. Mi trabajo consistía en hacerme cargo de todas esas filas en japonés, tratar de eliminar duplicados, corregir errores y crear una base de datos más o menos coherente que permitiese gestionar tanta información de una manera sencilla a través de la web.

No quiero entrar en demasiados detalles, pero me costó muchísimo, de verdad que ha sido uno de los trabajos más difíciles de mi vida. Sin embargo, cada nueva reunión con el cliente era peor: cada vez pedían más y más, y ya hacía bastante que había empleado el tiempo estimado en el presupuesto. Mi jefe no estaba contento con el proyecto que me anulaba para cualquier otro nuevo trabajo, el cliente no parecía estar nada satisfecho con lo que le ofrecíamos y yo no levantaba cabeza a pesar de casi no meter ninguna hora de más. Esto último es algo que he tenido claro desde el primer día en que aterricé en Tokyo.

En la oficina de la empresa italiana había algunos italianos, pero la mayoría eran empleados japoneses. Nosotros tratábamos siempre con dos: la secretaria del jefe y el jefe de los técnicos. La primera siempre tenía una sonrisa que ofrecer lo que sumado al gracejo con el que hablaba inglés hacía que uno también sonriera sin querer. El segundo, como si fuese el poli malo, siempre estaba serio y nunca hablaba de nada que no fuese trabajo. Ahora, desde meses de distancia, entiendo que la cantidad de trabajo que tendría que hacer a partir de entonces iba a depender directamente de cómo nosotros programásemos la aplicación, así que se jugaba mucho más que quedar bien con aquel francés y aquél español que se empeñaban en hacerle firmar una hoja de requisitos en inglés.

Aún así, nunca era amable y a veces cruzaba la frontera de la educación con alguna frase demasiado directa que ponía en duda nuestra profesionalidad, especialmente la mía. Ahora creo que era simplemente por la manera en que hablaba inglés… en japonés nunca sonaba tan mal.

Hace un mes quise ir yo sólo a presentarles la aplicación. Me puse mi traje, preparé un CD y estuve un buen rato configurando todo en el ordenador que me dejaron. Ella venía de vez en cuando y me traía agua, él me vigilaba desde su sitio dándose momentos de esos en los que las miradas se cruzan pero ambos tratamos de aparentar que no.

Con la franqueza y la tranquilidad que me daba el saber que iba a dejar la empresa y que pasase lo que pasase no iba a ser responsabilidad mía, les expliqué una por una todas las pantallas de la aplicación cuya programación tan en serio me tomé. Respondí a cada una de sus preguntas con respuestas claras y convincentes y poco a poco pude ver que él cambiaba su actitud defensiva por una más amigable aún sin perder su seriedad.

Al acabar, les confesé que era mi último mes en la empresa, que si tenían cualquier problema con la aplicación, que contactasen conmigo directamente lo antes posible ya que me iba a ser más fácil lidiar con ello que la nueva persona que me sustituyese. A ella pareció darle pena, tanto que casi me lo creí, mientras que él sólo se preocupaba por averiguar quién iba a ser responsable a partir de ahora.

Y aunque mi último día en esta empresa fue el lunes, hoy he ido a hacer la última instalación junto con la persona que me sustituye desde hace dos semanas. He creído necesario hacerlo tanto por el cliente como por mi sustituto, que lo iba a tener bastante difícil para hacerlo por su cuenta y porque, aunque es una larga historia que ya contaré algún día, yo sigo ligado a esta empresa.

Así que esta mañana tenía la sensación de estar jugando a informático más que serlo, quizás sabiendo que no pertenezco ya a esta comedia en la que me he visto envuelto el último año, y he ido entrajetado disfrutando de lo que iba a hacer, motivado, contento, haciéndome pasar por uno más de los salary mans que iban de aquí para allá por Tokyo maletín en mano. O mejor dicho: siéndolo por última vez.

Hemos acabado la instalación y ella ha probado la aplicación en su ordenador. Después de ver que todo funcionaba, ha venido él. Me ha preguntado si no nos vamos a volver a ver, y yo le he dicho que no. Entonces me ha dado la mano y me ha dicho «Thank you very much for your hard work all this months».

Tanto me ha sorprendido que me ha dejado sin palabras, sólo he sabido dar las gracias yo también. Después, hemos ido los cuatro hasta la puerta. Ella, siempre con su sonrisa, me ha deseado buena suerte. Él, siempre serio, me ha hecho una reverencia que ha parecido durar horas, y casi me ha gritado «Arigato gozaimashita» y ha seguido haciendo reverencias hasta que la puerta se ha cerrado.

No se si es significativo, si esta es la manera habitual de trabajar entre empresas japonesas porque he tenido otros clientes y nunca ha sido así, aunque es cierto que los proyectos nunca han sido tan importantes.

Me puso el listón alto, mucho, tanto que este proyecto ha sido una de las razones por las que he dejado la empresa. Recuerdo todas las reuniones, siempre tensas, el tono de los emails, las llamadas de teléfono con exigencias imposibles de cumplir la mayoría de las veces. Pero hace apenas tres horas que me he dado cuenta de que él realmente ha sabido apreciar mi esfuerzo, mi trabajo, mi actitud… como nadie nunca antes lo había hecho.

Y, de alguna manera, ha conseguido que me sienta totalmente satisfecho eliminando todo rastro de frustración de este, mi proyecto estrella, que a partir de ahora ya no será más mío.

Tengo claro que no podría aguantarlo una segunda vez.

 

Clasificación provisional

Anda!, yo que puse lo de los calzoncillos medio en bromas, y ahora va y resulta que estoy sexto en la clasificación provisional de mejor blog de viajes!!!

  1. Flapy in Japan

  2. El pachinko

  3. Genjutsu – Ilusiones diarias

  4. Diario de un HombreLobo

  5. Chicharrero por Hong Kong

  6. Ikusuki

  7. Viajar y Viajes

  8. Martín Varsavsky

  9. Viaje Volando: Guia de Viaje – Ofertas – Turismo – Actualidad

  10. Triple Malta

Buff, teniendo por delante a Flapy y al Pachinko, lo veo chungo, pero bueno, todavía estáis a tiempo de que grabe el video ese bailando en gayumbos!!! Así que si me votáis, estaréis más cerca de tenerlo en vuestros monitores (y yo de tener una excusa para no volver jamás a España).

Además, aunque yo ya había elegido uno, os dejo elegir calzoncillo:

Luego, si no votáis, no me vengáis con reclamaciones, eh?