El otro día, hablando con un amigo que también vive aquí en Japón, salió el tema este de la línea recta. No es la primera vez que lo hablo con alguien que está de acuerdo, voy a ver si soy capaz de explicarlo con el mismo ejemplo que les puse: un señor, con los huevos ya más cerca de la articulación de la rodilla que de la de la cadera, decide que tiene que coger un pimiento que hay ahí al fondo del pasillo. En su cabeza tiene un objetivo, ese pimiento va a ser suyo nos pongamos el resto como nos pongamos. Y calcula, como el meme aquel, la ruta más óptima para cumplir con su misión. El señor va a ir putorecto a por ese vegetal, y a toda puta máquina además.
Pero, oh, resulta que ese pasillo intersecta con otros pasillos, porque un supermercado no es como el Ikea donde hay una sola ruta a seguir entre lámparas ôjetier y sofás sobâquinchus. Y, claro, hay más gente. Gente que sigue su camino, pensado o no, para hacerse con las viandas del día.
El caso es que estos tres entes que forman el señor y sus dos pedazo de cojonazos ya habían decidido por dónde iban a ir y el entorno le da exactamente igual; él es el protagonista, el que eliges en el Fortnite, y el resto son NPCs. Y si se da la situación de que otra persona se cruce en su camino, que lo raro es que no pase, lo normal, lo que haríamos tú y yo y cualquier ser humano normal sería hacer el ademán de cederle el paso al otro y, al menos, pararse.
Pues no, no señor, este viejo cabrón está hecho de otra pasta. Ese señor, que para tres hanamis que le quedan se caga en la esterilla, decide seguir para adelante y arrollarte.
Como me pasó a mí el otro día, que casi me tira al suelo. Como me pasa infinitas veces en esta ciudad de putos locos que es Tokio, que cogen una linde y ya puede estar ahí en medio una vaca india acostada que, como si fuese Emilio Aragón, ellos van a llegar al final de la línea blanca, no vaya a ser que se queden sin pimientos.
Al del otro día yo no le vi venir, que el empujón me lo llevé de verdad que sin darme cuenta. Pero últimamente he empezado yo a hacer lo mismo, si veo que un miura de estos me viene de frente, porque se les ve, no me aparto lo más mínimo, y si ya veo que el choque es inevitable, meto hombro a todo lo que da para que la hostia se la lleve él. Y se quedan descolocados, claro, porque están acostumbrados a que te apartes. Pues ya valdría y agradecido encima, porque ahora no puedo meter cadera también porque la tengo jodida, que si no le cambio de barrio.
Si venís a Tokio, seguro que sabéis de qué tipo de gente hablo.
No sé si pasa en otras partes del país, pero también tengo mi teoría. Yo creo que en Tokio es tanta la locura de la gente que hay, es tan disparate el ratio de orejas por metro cuadrado, que si todo el mundo le cediese el paso al resto del mundo, de la estación de Shinjuku no saldría ni Blas en menos de tres horas. Así que esta gente ha digievolucionado en Roombas que fijan su camino y pa’lante y que se mueran los feos, que yo a ese arroz le echo pimiento como que el emperador es hijo de los dioses.
El caso es que yo estoy a dos tsuyus de convertirme en ese señor, que mis excelsos y remachados huevos van disminuyendo su coordenada vertical a pasos agigantados ya y me temo que esto es irreversible a no ser que venga Thanos y marque el ritmo de una rumba con los dedos.
Apartaos, hostias, ¡que voy loco, loco voy!