Melancolía

  • No sabría decirte porqué, de verdad que no lo sé, creo que no hay una sola razón sino muchas que se van acumulando durante semanas hasta que de repente hacen que me pase lo que me pasa.

  • Esta mañana, por ejemplo, he llegado a la oficina después del terremoto, y me sentía muy bien. Era una mezcla entre temor por si alguna vez ocurre ése tan tremendo que dicen que están esperando, y emoción por haber vivido la experiencia. Así que llego, abro la puerta de la oficina, doy los buenos días y, como siempre, sólo Michiko me responde. Las otras tres personas apenas se dignan a apartar un instante la vista de sus monitores para ver qué ha perturbado la atmosfera. Pues bien, esa ha sido la razón, digamos, desencadenante. De repente me ha entrado algo parecido a un escalofrío por el pecho y se ha quedado ahí para todo el día inundándome de pena, haciendo que ya ese día no vea nada con claridad. Y fíjate, tan contento como estaba.

  • Por supuesto, sé que no merece la pena, que estos tres miserables de ego inflado no se merecen ni un recodo de mis sentimientos, pero ha pasado y pasa aunque entiendo que no tenga sentido, me ocurre y no puedo hacer nada para remediarlo más que dejar pasar las horas. Es como si luego, con el reposo de la noche, se desenredasen solas todas las preocupaciones y se dejasen en un montón que el nuevo amanecer se encarga de barrer, y aquí no ha pasado nada.

  • Si toca uno de esos días, no se puede sacar nada en claro. No hay Karate que valga, ni té verde en polvo que batir, ni coreografía que ensayar. Incluso el blog, del que sabes que tan orgulloso estoy, me resulta pedante y aburrido, y de repente creo que es una total perdida de tiempo, hasta contesto a comentarios con desdén.

  • ¿Sabes eso que decimos nosotros de la botella medio vacía?, pues yo no es que la vea así, sino que la botella en sí me da igual.

  • Curiosamente esos días suelen ser los más productivos en el trabajo, me aislo, cosa bastante fácil en mi oficina, y tecleo sin parar con el objetivo de mantener mi mente entretenida en algo que me permite dejar de pensar que el maldito reloj cuenta hacia atrás cuando no miro.

  • Y llego a casa, y como chocolate y mi cuerpo pesa el doble en el futón. Allí me quedo pensando en lo que siento, pero no hay razón aparente. Y entonces lloro al ver algo normalmente relacionado con mi pasado: la foto de mi hermano Javi, la letra de una de las cartas de mi madre… no es que rompa a llorar desconsoladamente como en las películas, no va por ahí la cosa. Es mucho más íntimo, brotan lágrimas durante largo tiempo aunque apenas hacen que se perturbe mi respiración, pero ¿sabes?, con cada una de ellas el escalofrío del pecho va perdiendo fuerza, como una batería que se descarga.

  • Despues, exhausto de sentir y con los ojos todavía templados, me duermo profundamente, como si hubiese corrido una maratón. Y al día siguiente todo está en su lugar. Es como si mi corazón cumpliese el cupo de sentir y reclamase ser vaciado. Y luego todo vuelve a empezar como si nada hasta dentro de unos meses que volverá a ocurrir.

– O sea, que tu, como nosotras, también tienes la regla.

  • Visto así….

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El campamento de Karate

El cuartel general del mundo de la asociación de Karate fundada por Hirokazu Kanazawa está a un cuarto de hora en bici desde mi casa, concretamente a cinco minutos más para allá del McDonalds al que me he propuesto no mirar cuando paso no vaya a ser que me de por pararme.

La asociación se llama SKIF, Shotokan Karate International Federation, aunque se podría quitar la I porque casi ninguno de los profesores hablan otro idioma que no sea japonés, cosa que me parece normal por otra parte. Kanazawa Kancho sí lo habla, y con bastante soltura desde hace un montón de años cuando se propuso que el Karate se conociese en todo el mundo. Bien pensado… dejaremos la I porque resulta que existe la asociación en más de 31 países.

Kancho es un sufijo de estos japoneses que se ponen después del nombre, como San o Sensei, que significa presidente o fundador y sería de mala educación referirse a él sin utilizarlo, aunque también es cierto que yo nunca le he llamado directamente. Las veces que he hablado con él han sido para agradecerle una explicación o contestarle alguna de las preguntas que me ha hecho derrochando esa cordialidad que le caracteriza.
Pues bien, decía que Kanazawa Kancho habla inglés aunque poco importaría que no lo hiciese porque basta con verle moverse para entender perfectamente por donde van los tiros. Envidiable y sobretodo admirable que mantenga semejante pasión por lo que hace a sus 77 años de edad.

Al campamento de hace dos semanas, al contrario que al del año pasado, no vino porque nos apuntamos muy pocos, o se apuntó poca gente porque no venía él, no sabría decir. Y tampoco hubo muchos chavales, así que los protagonistas absolutos fuimos nosotros, las 16 personas que decidimos encerrarnos con un profesor a pulir lo más posible eso de moverse con las rodillas dobladas dando puntapiés y parando golpes imaginarios.

La cosa fue en Chiba, en un pueblo pesquero llamado Katsuura donde hay un centro de alto rendimiento de artes marciales. Esto que suena tan a :ikufantasma: no es más que una especie de ryokan gigante con muchísimas habitaciones donde hay canchas para hacer ejercicio, con la peculiaridad de que todo lo que se hace son artes marciales. Allí ves desfilando por pasillos a gente con trajes blancos de Karate, azules de Judo y marrones de vaya usted a saber de qué, andando de acá para allá con cara de enfadados al encuentro del tatami donde les toca entrenar esa vez.

Estoy convencido, este año más que nunca, que el verdadero beneficio no es el físico por mucho ejercicio que se haga, sino que este campamento tiene la magia de hacer conocer de verdad a quien uno cree que ya conocía, esas personas que uno ve tres horas por semana y con las que casi no comparte frases con sentido entre descanso y descanso de clase. Aquí no, aquí se desayuna, se come, se entrena y se duerme porque no hay otro sitio al que ir. Y uno conoce un poco más a sus compañeros, con los que la relación ya habrá cambiado para siempre ganando complicidad y calidad en esas tres horas que se volverán a compartir en el futuro.

Llegamos el sábado, descargamos maletas, ocupamos habitación y empezamos con la primera clase de dos horas y media acompañados del sonido de mil cigarras y libelulas que ocasionalmente se colaban en la cancha que nos había tocado. Patadas, puñetazos, paradas, katas y mucho sudor después nos encontrábamos en los baños del lugar donde, una vez más, el pelo que tengo en el pecho fue el protagonista. Y eso que no tengo tanto, pero soy el Yeti comparado con ellos.

Después, barbacoa de las de comer mucho. No se si será machismo, costumbre, o machismo por costumbre, pero en este tipo de eventos las chicas siempre se encargan de que los chicos tengamos el vaso lleno sirviéndonos todo el rato. Rara vez ocurre al contrario, aunque también pase, así que la chica de cinturón naranja se encargó de intentar que la mayor parte del contenido de las Asahi pasase, temporalmente, por mi vaso antes de que se acabase la comida. En aquél momento me pareció que era una forma de romper el hielo bastante resultona que sirvió para que entablásemos conversación que quizás habría sido más difícil de otra manera. En el pasado seguro que fue machismo, en el presente es simplemente una costumbre heredada de aquellos tiempos a la que no merece la pena buscarle connotación alguna.

Así que comimos y bebimos, y luego continuamos bebiendo en la habitación. Este año no estaba Kanazawa Kancho para encandilarnos con sus maravillosas historias, pero no faltó conversación, ni risas, ni fotos.

 

A la mañana siguiente tocaba ir a correr, concretamente a las seis, así que pasé una noche en la que me dediqué a mover el futón de todo aquél que roncaba, que creo que fueron todos. Desistí definitivamente de dormir cuando a alguno le dió por rechinar los dientes a todas las y cuarto.

El sol naciente y nosotros fuimos a correr, y si esto no es voluntad de sacrificio que venga Buda y lo vea. Con resaca y sin haber dormido nada, estuvimos echando carreras hasta el mar, poniendo buena cara y mejor estómago cuando nos cruzábamos con alguien. Después desayunamos, y en el descanso de dos horas en el que todo el mundo se dedicó a dormir lo que había en el DEBE de la noche anterior, yo me bajé al pueblo a sacar fotos.

Luego tocó la última clase, otras dos horas a dar lo que se puede después de todo el tute del día anterior, con medio resaca y muchas agujetas pero poniendo más carne en el asador que la noche anterior en la barbacoa.

Después, pues despedida y cierre. Cada uno a su coche a cumplir como buenos pasajeros y dar conversación al conductor para que allí nadie se durmiese. Es de caballeros eso de aguantar y no mostrar debilidad hasta que ya no mira nadie, momento en el que uno, por fin, puede relajarse y morir exhausto en el futón sin ronquidos ni rechinar de dientes que perturben el reposo del guerrero…

Concretamente 15 horas reposando se tiró el guerrero que os habla…

La chica que doblaba toallas

Hay días en que aprovecho la hora de comer para salir de la oficina e ir de compras. En el mismo edificio de la estación de Meguro hay un Uniqlo y un Muji a parte de muchas tiendas pequeñas, con lo que no es raro verme por allí curioseando aunque no compre nada, para acabar comiendo algo rápido del combini de la esquina y bajando la cuesta con la bici casi a contrareloj para cumplir el horario.

Ese día decidí tomármelo con calma y compré un par de camisas de manga corta, y por alguna razón salí por la otra puerta del Uniqlo que daba a un pasillo con más tiendas que curiosear.

En una de ellas vendían objetos para el hogar de esos artesanales de madera incluyendo artilugios y aceites para dar masajes. A mi estas cosas siempre me han llamado la atención, así que empecé a toquetear, abrir y oler… hasta que cogí lo que yo entendí como un masajeador de piernas cuyo hipotético uso empecé a ejercer.

Entonces llegó ella, una chica de más o menos mi edad que estaba doblando y colocando toallas en una estantería. Dejó de hacerlo y se me acercó. Hacía muchas reverencias y sonreía tanto que había momentos en que costaba saber si tenía los ojos realmente abiertos. Su pelo largo y negro se confundía con la chaqueta del uniforme negro y rojo de la tienda, totalmente inapropiado para el calor que hacía aunque he de reconocer que era muy elegante y le quedaba perfecto. O eso me pareció.

  • Excuse me -me dijo en un inglés forzado- that … that ….
  • Hai -le contesté en mi japonés forzado- que esto no es para las piernas, ¿verdad?
  • Oh, hablas japonés muy bien
  • Que va, que va
    Pues es que eso que has cogido es un masajeador de espalda, ¿me permites?
  • Ya me parecía a mi raro, toma toma

Cogió el chisme, que era poco más que un palo con dos rodillos de madera con pinchos, y me empezó a dar un masaje en la espalda. Al acercarse más a mi pude notar un olor suave pero muy fresco, que supuse de champú y de repente quise acariciarle el pelo y olerlo más de cerca. En vez de eso seguí sujetando las bolsas del Uniqlo y ella siguió presionándome lo que sea que tenga yo entre los omoplatos con firmeza, haciéndome algo de daño a veces al clavarlo demasiado. Nunca he entendido eso de que un buen masaje debe doler, pero me dejé hacer el rato largo que duró la demostración.

  • Joe que gozada, ¡no pares! -dije. No era mentira del todo porque aunque dolía, me gustaba tenerla cerca… dejémoslo en que era una verdad desafinada-
  • Jajaja, ¿a que si? Pues así se usa, aunque es mejor con alguno de estos aceites, se lo puedes regalar a tu novia y así que te de masajes, jajaja
  • Eso si tuviera novia, claro -¿dato sonsacado?, o eso quisimos creer mi ego y yo-
  • Jaja, bueno pues a tu madre, qué remedio
  • Un poco a desmano le pilla también, ¡está en España!
  • Vaya, jajaja, pues ¿alguna amiga?
  • No se yo… me parece que cuando quiera un masaje, vendré aquí y me pondré a masajearme los pies con el masajeador de espaldas hasta que aparezcas tu -parecía que era otra persona la que estaba hablando por mi-

Ella, lejos de cortarse, me siguió el juego:

Jajaja, vale, pues ya me fijaré por si vienes otra vez. ¿Qué haces en Japón? ¿estudias?
Anda, pues si que me ves jóven, no no, estoy trabajando aquí cerca
Pues no te había visto nunca por aquí
Creo que es la primera vez que entro aunque la mitad del sueldo me lo dejo en el Uniqlo de ahí detrás
Jajaja -de nuevo esa sonrisa encantadora. El olor del champú de tanto estar ya no estaba- Uniqlo es barato y está bien, lo malo es que cuando te compras algo, lo tiene medio Tokyo
Si, eso es verdad

De repente una voz salió de detrás de la caja registradora gritando Eri y algo más que no supe entender.

  • Me tengo que ir, espero verte más por aquí
  • Si si, en cuanto me duela algo vuelvo
  • Jajajaja -esta vez sí que llegó a cerrar los ojos del todo, estoy seguro-
  • Hasta luego Eri
  • Are? ¿como sabes mi nombre?
  • No te asustes… lo acaba de gritar tu jefa a medio Meguro. Yo soy Oskar, encantado
  • Encantada, vuelve otro día, ¿vale?, aunque no te duela la espalda
  • Vale, trato hecho -mientras sigas usando ese champú….-

Otros encuentros:

La chica del shamisen
Desclasificando una noche
Calor humano
La chica de Okinawa
La chica del bar de Shibuya

Ikumanual de instrucciones

Desde el ikucambio, el blog funciona algo distinto. No es que se haya ararunao, ojo, que ha quedao mu chulo. Pero es que la cosa va de otra forma, especialmente el sistema de comentarios, porque ahora cogemos y apuntamos en un postit cuando comentáis, así para la siguiente vez que entréis no hace falta que volváis a meter los datos que ya nos acordamos más ufanos que ufanos.

Como también se puede poner una imagen y muchos de vosotros no lo habéis hecho, el ikublog va y os asigna una de un monstruito al azar. Esto es así porque a mi me hizo mucha gracia y así se queda, pero como algunos os habéis rayao, aquí van las instrucciones para que pongáis la foto que os de la real gana:

1- Id a gravatar y registraos dándole a la flechita del menú de arriba «Log in to, or Sign up for, Gravatar» y seleccionar «Sign up»
2- Meted ahí el mismo email que usáis para comentar en el ikublog. Por ejemplo: «patapon@copon.com»
3- Los señores de gravatar os mandarán un email a esa dirección pa estar seguros que sois vosotros y no un otro, así que con ir al correo y pulsar en el link que os mandan ya se fían
4- En la pantalla que sale, hay que elegir usuario y contraseña a lo Chloe.
5- Ahí ya se puede elegir una de las imágenes que tienen ellos, o subir la que queráis

Además, ahora es posible contestar a un comentario en concreto en vez de poner uno general en el post, así que como es más fácil, me veréis mucho más activo ahí contestandoos.

Luego están las ikucaricas, ¡ay las ikucaricas!. Yo cuando ví que se podían poner las que uno quisiese, ví una mina ahí. Así que cuando me viene alguna tontez a la cabeza, busco una carita por ahí por internet y la ikuadapto. Aquí van las instrucciones de uso:

:ikufantasma: el primo rojuno del fantasmico se usará cuando algo que se haya puesto en el post, o algún comentario de alguien sea una fantasmada como una morsa de gorda.

:copon: expresión de estado de ánimo alteradamente encabronil, usualmente utilizado al final de una frase

:jumjum: este se pondrá cuando lo que se haya dicho vaya con intención porsaquense, a lo Risto Mejide

:ikugracias: porque nunca se dan de más

:gatostiable: himno a la libertad creativa, pero con criterio antiulcerítico, voz de protesta ante el bicho aboquil multipateable tarambanil. Este tampoco se pone nunca de más.

:gambiters: ícono representativo de todas las situaciones verbenerofestivas, expresando el carácter golfo de los participantes

:pirao: es bastante relativo eso de decir que uno está pirao, pero tampoco está de más señalarlo de vez en cuando

:viejuno: cuando uno está viejuno o se hace alguna actividad viejuna, es menester poner la ikucarica correspondiente

:bythesegao: icono pensado inicialmente para indicar el camino de salida de aquellos comentaristas porsaquiles, pero resulta que el pueblo llano ha decidido usarlo para despedirse con lo que yo también lo uso con tal significado. Lo que no quita para que tanto yo como vosotros mandéis a cortar pinos con él a quien consideréis necesario

:cry: si la cosa se pone tierna, soltaos, soltaos

:regulero: cuando se crea que el post publicado ofende a los lectores por su escasa calidad, se deberá indicar con este iconico. Ojo, que también se utilizará para calificar comentarios, que aquí hay pa todos

:peneke: ikucarica pensada para una sección en concreto, pero que se podrá utilizar para expresar asombro en cantidades ingentes

:palizero: cuando por circunstancias algún post o comentario te ha tocao los webos, se deberá dar una ostia virtualmente con este macarra amarillo. O tas tas al culete, como dice Nuria

:ahivalaotia: ikucarica bilbaína del barrio de Rekalde que ha flipao en estéreo y en HD con lo narrado en el post, o con algún comentario

:pliebre: no está muy clara la diferencia entre gambitero y pataliebre, aunque ambos tienen un matiz cariñoso de amistad que nunca debe malinterpretarse. A no ser que aparezca dos veces seguidas, que entonces habrá que mentar a la familia del pataliebrante si el pataliebrado lo considera necesario.

Y bueno, yo creo que con esto ya está todo el intringulis desenredado… si hay algo que todavía no os cuadre, en los comentarios os espero con todo mi esmero.

:bythesegao:

¡Ikusuki en La Noche Despierta 2.0!

¡¡Que ayer me echaron por la radio!!

Aunque por mucho que me puse, no fuí capaz de grabarlo esta vez. Pero Iratxe, que es más maja que ni sé, me ha pasado la grabación!!! Ahí va:

¡¡ :ikugracias: señores de la radio !!

Otra radioapariciones ikucianas :

La noche despierta
Cadena 100
La planta que bloguea
Crisis!!
Ikusuki en Graffiti
Otra de Graffiti
Y otra más de Graffiti
Y otra
Otraaaa
Y otraaaa

Recuerdos

El día que llegué tenía los ojos hinchados y una maleta que pesaba una cuarta parte que mis recuerdos.

Aterricé en Tokyo y empecé a luchar contra ellos, a tratar de deshacerlos para intentar creer que no hubiesen existido nunca mientras pasaba por terminales, andenes, aceras y miradas. Pero ellos ganaban siempre y se encargaban de aliñar mi existencia con una melancolía que impregnaba todo mi ser y lastraba mi alma.

Entonces la conocí y al segundo supe que quería que me adoptase porque su voz me hacía sentir tan cerca aún estando tan lejos, que no quería dejar de escucharla. Y con ella como pilar construí paso a paso toda mi rutina, tal y como yo quería que fuese y la seguí punto a punto porque debía ser así para amasar rápidamente nuevos recuerdos que eclipsasen a los que pesaban.

Y entendí que no debía luchar, sino caminar junto a ellos. Y les cogí de la mano y les miré de frente y les desafié. Me ví recordado, ignorado, querido y odiado. Encontré huecos que nunca se habían llenado y otros que se desbordaban. Me crucé con los míos, con los que decían que lo eran y con los que no podían serlo, con voces que dolían y miradas que endulzaban, y supe que todo era parte de esto de vivir.

Me esforcé por ser acogido un poco más de lo que me tocaba, y llegó un momento en que los meses ya dejaron de contarse hacia atrás. Y aunque recordaba con más fuerza que nunca, mi alma cada vez pesaba menos hasta que ese hueco acabó por desbordarse también.

No creí poder aprender tanto de piel para adentro, a veces de buenas personas, a veces de personas de otros tipos. Por el camino me enamoré muchas veces al día, ayer sólo y en secreto, hoy a voces y compartido, mañana quizás de verdad.

Miré a los ojos del destino y no fuí capaz de sonsacarle nada más que verme a mi mismo mirándome a los ojos. Y seguí por ahí, por ese sendero de sueños, esperanzas, lágrimas, muecas y sonrisas mientras trato de que lo que doy alcance, aunque sea de lejos, un poco a lo que recibo ahora que los recuerdos ya no pesan y es más fácil evocarlos porque ya no duelen siempre. Sólo a veces cuando llueve o hace frío y las noches duran el doble.

 

Tiene tamagos

Blogs sobre Japón, pues sí, estamos arreglaos. Anda que no hay, y la cosa es que no sólo de gente que vivimos aquí, yo he leido posts que me dejan turuchato escritos por personas que no han estado aquí en su vida. Digo turuchato en ambos sentidos: algunos son flipantes y otros son mentiras como manatís de gordas.

Vamos, que como dijeron una vez en menéame sobre el Ikublog: por 5 duros ponme otro blog de Japón. También es verdad que lo que digan en menéame a mi me idem, pero ahí no les faltaba razón a los dioses puntuadores-comentadores (que normalmente no han escrito un post en su vida, pero esto, amigos, es otro tema).

Aunque supongo que como todo Cristian, yo considero al mío, al ikublog, único en su especia. Allá cuidaos lo que hagan los demás, yo voy a mi aire y me enorgullezco de haber puesto siempre lo que me ha brotado de la pelota esta que tengo por melón sin ser sensacionalista, sin inventarme gaitas para tener más comentarios. Vamos, que lo que pongo o me ha pasado a mi, o son chorradas como pingüinos, pero todas verdad y hechas o vividas por mi. El día que me ponga a escribir cosas como «verdaderamente la tecnología de las conexiones pirolíticas de la megapólis que es Tokyo es de otro planeta», hacedme el favor de darme una ostia con inercia.

Lo cojonudo del tema es que sin tener más criterio que dejar que fluya el arte este que tengo, resulta que el ikublog va ganando en los premios 20blogs en la categoría de los quintopiniles.

¿Tiene o no tiene tamagos el asunto?
:pirao:

El post regulero de la semana

Viernes viernero. Empieza a ser tradición en este último día laboral de la semana plantar un post de esos que cuesta menos escribirlos que abrir el grifo del agua. La filosofía básica de este tipo de posts es plagiar algo que haya puesto alguien y ponerlo aquí sin más, sin tener que pensar, teniendo la cara más larga que Silvester Stallone, exhibiendo tener unos tamagos de avestruz y un respeto revirao por los lectores.

En definitiva: siendo muuuuuy regulero.

Así que sin más, que esto se supone que tiene que ir rápido, ahí va:

¿Os acordáis del Scatman?, era un viejuno con sombrero y pendiente que la gente contaba que era tartamudo pero que cantando lograba poner la cadenilla y tirar de seguido. Aunque la verdad es que el bigotudo este movía la boca ahí a todo meter y decía un montonaco de cosas que no se le entendían, pero que molaba cómo sonaban.

Ahí va el primero de los videos plagiaos donde se le ve cantando una canción con estribillo en japonés: Su Su Su Super Kirei (super chulo)

httpvh://www.youtube.com/watch?v=gpQ7mDqxdjU

Pos el post regulero viene inspirado en que hay un video con la canción famosa del bigotesombreril pero cantada por Ultraman:

httpvh://www.youtube.com/watch?v=jb32d3xr2Us

Es menester que utilicéis mucho la nueva ikucarica en los comentarios, las cosas claras y el colacao a cucharadas que den tos.

:regulero: :regulero: :regulero: :regulero: :regulero: :regulero: :regulero: :regulero:

Fuente: Tokyo Five
Dificultad del post: lo he escrito recien levantao con legañas, no te digo más.
Tiempo medio en escribirlo: empecé a las 9:17 y son y 23, así que echa cuentas

Marcho :bythesegao: , hoy más que nunca

自分の気持ち Jibun no kimochi

El domingo conté la quinta vez que fui al ensayo de Yosakoi. Se trata de bailar, de hacer una coreografía de cerca de cuatro minutos al ritmo de música tradicional. Esto va de sudar, de girar, agacharse, saltar y gritar cosas en japonés a poder ser todos a la vez y siempre con una sonrisa que aparece sola de lo de verdad que es.

Está lejos, como a una hora de viaje, y la clase suele empezar los domingos a las 10 de la mañana. Olvidémonos, pues, de esas noches secretas de sábados sin reloj vigilante ni permiso de no tener que parecer vivo al día siguiente.

«Recibes algo si das algo, es así. Si has recibido sin dar es que has tenido suerte«, me decía una amiga cuando le contaba que últimamente no encontraba tiempo para nada. «Así que aunque ahora no lo veas, estás recibiendo mucho en forma de nuevas personas que entran en tu vida, nuevos retos, nuevas vivencias. Sigue dando más de ti que te merecerá la pena y algún día añorarás no tener estas oportunidades«. Ella es tremendamente alegre pero de vez en cuando saca de algún lugar de su ADN una solemnidad japonesa que asusta y me dice cosas de estas que me dejan pensando por días.

Así que el domingo volví al Yosakoi y aprendí un poquito más del baile que casi todo el mundo se sabe. Reviví esa sensación de torpeza de mis primeras clases de Karate, esa frustración, ese querer y no poder, pero forzándome, a pesar de ello, a seguir queriendo.

Me equivocaba una y otra vez, cuando por fin parecía que me lo sabía, me volvía a equivocar… Me lo pasaba bien intentándolo, pero no del todo lo bien que sé que me lo podría pasar.

Con la camiseta empapada, después de los estiramientos acabó la clase y se formaron algunos grupos en la calle con los que nos resistíamos a irnos. Yo me quejaba, les decía que me veía a mi mismo como un muñeco que miraba a los lados tratando de imitar sin ninguna gracia lo que hacían los demás. Entonces un chico me habló del «Jibun no Kimochi«, que traducido como «sentimiento propio«, tiene un significado que no es tan obvio como parece.

Hablamos de que al principio todos estamos en esa fase en la que tratamos de aprendernos los movimientos y los repetimos mecánicamente. Primero nos esforzamos en hacerlos una y otra vez, encadenarlos en el orden correcto para ser capaces de aprendernos todos. Después entra el jibun no kimochi. A cada movimiento le añadimos nuestro toque personal, ya no hace falta que miremos al compañero para imitarle, sino que ya nos lo sabemos y lo hacemos nuestro, lo interiorizamos, lo entendemos de una manera y lo exteriorizamos. Y esto es lo que hace que sea bonito, que brille, que ese movimiento transmita un sentimiento que es único en cada uno aún pareciendo igual a los de los demás.

De tan verdad que me pareció, me di cuenta que no es sólo con el Yosakoi o cualquier otro baile, sino que es con todo. Una vez que uno se sabe un kata en Karate, lo que hace que deslumbre es que la persona consiga transmitir su propio sentimiento más allá de la repetición mecánica de movimientos.

Y cuando pensé que lo mismo ocurre con la ceremonia del té, me dio por creer que es una muy buena manera de entender la vida. Que cada uno es como es y no tiene sentido intentar parecerse a nadie ni limitarse a repetir mecánicamente lo que hacen los demás. Que la rutina quizás no lo sea tanto si soy capaz de poner un poco más de corazón entre este hacer y deshacer que es la vida. Y que si ese día consigo relucir siquiera un poquito aún en la más pequeña de las cosas que haga, entonces lo podré apuntar en la lista de los días que significó algo haberlos vivido.

 

Ikudiccionario

De vez en cuando me mandan mensajes preguntándome por términos y palabras utilizadas en este humilde diario que por lo visto no se entienden muy allá. Algunos son de algún país latinoamericano aunque también es verdad que hay muchos que no viven mucho más lejos de Huesca.

Como no queremos que nadie se quede sin entender plenamente el sentimiento adyacente de nuestra lírica, aquí va una revisión de los vocablos creados y utilizados por el Departamento de Voces y Expresiones de Ikusuki:

  • Pastababas: dícese del ciudadano de la República Popular China afincado en Japón con el cual el Tío Tosca comparte oficina en Tokyo. A pesar de la milenaria cultura del país natal del elemento que nos ocupa, este rascayú (ver término siguiente) acostumbra a comer con la boca abierta poniendo a prueba la paciencia de los de su alrededor que aguantan estoicos la bonita melodía y la panorámica acuosa del deguste y paladeo del alimento. Aunque el tío tiene una piñata que se necesitaría licencia de obras para arreglar, es simpático y amable siempre y cuando se eviten las horas de comida.

  • Rascayú: expresión popular que designa a un elemento peculiar dentro de un conjunto de individuos. Normalmente más feo que el sobaco un ñú mojao.

  • Parlapuñaos: teniendo California como lugar de nacimiento, este elemento decidió emigrar a Japón y el azar también quiso que compartiese oficina con el Tío Tosca y el yantar diario del Pastababas. Lo que el Pastababas es a la comida, el Parlapuñaos lo es al hablar: le da una nueva perspectiva. El tío no se calla ni pegándole, y lo que sale por su boca son o tonterías como trombones o quejas. Si no se le ocurre cómo seguir, erupta. Nótese que el Tío Tosca está realmente encantado con la banda sonora original de su oficina. Gracias a Dios, Buda, las estrellas, el espíritu santo, nintendo y los hermanos Calatrava, el Parlapuñaos hace una semana que ha dejado la empresa.

  • Pataliebre: el símil con la velocidad de actuación de la pata de una liebre nos revela otra expresión popular que en las entendederas reviradas del Tío Tosca viene a significar una persona que se pasa de listo, que actúa sin pensar, que se las quiere saber todas aunque normalmente no se cosca de la misa a la mitad. Se puede decir que alguien pataliebrea cuando está liando alguna parda.

:pliebre:

  • Tontoalastres: tomando como referencia las agujas del reloj, diremos que hay un tonto a las tres cuando exista un individuo con cuyo carácter no concordamos a la derecha de nuestro emplazamiento actual. Hoy en día ha perdido su matiz orientativo, y no importa demasiado el enclave del sujeto en cuestión. Esta expresión es muy combinable con Rascayú y es sinónimo del Parlapuñaos. Derivados del mismo son tontoalasseis y tontolnardo.

  • Picopalable: diremos que estamos delante de un picopalable cuando veamos a una persona que no da un palo al agua y, además, decide llamar la atención de la manera más inverosimil y mamarrachante que se le ocurre. El Tío Tosca les quitaba los piercings, la siniestrez y los cardaos de los pelos de siete bofetones a rodabrazo y les daría un pico, una pala y trece zanjas que cavar hasta que les salgan ampollas como higos chumbos.

  • Gatostiable: término ya popular entre gente con criterio, este vocablo hace referencia a la característica intrínseca que tiene Hello Kitty por la que provoca querer meterle una ostia bien dada por ser como es, vestir como viste y hacer las majaderías que hace. La que dibujó a semejante icono de la tarambana y el adefesio hereda per se la misma naturaleza multipoliostiable de su creación, o más.

:gatostiable:

  • Gambitero: palabra, expresión, voz utilizada en la España rural por la que se definía a aquél aldeano que tenía muchas novias en los pueblos de alrededor y se gustaba de las verbenas, las chanzas y cuchufletas, el jolgorio, la parranda y la jarana. Actualmente el término define a todo aquél que realiza actos de pilluelo y golfillo como irse de juerga, pimplarse medio bar y actuar de manera bribona y truhanesca especialmente con las mujeres. El Tío Tosca utiliza el término en su versión femenina para referirse a aquéllas cuando visten mundanamente vislumbrándose más carne que tela.

  • Por lo segao: locución indicadora del camino de salida, normalmente utilizada cuando se quiere instar a algún pataliebre o rascayú a que será mejor que se vaya si no quiere recibir una ondonada en todo el jerol que le pondrá la cara más roja que el que confundió la fanta con el oraldine.

:bythesegao:

  • Ondonada: ostia

  • Jerol: morros

Y hasta aquí la primera entrega del Ikudiccionario. Por favor, no duden en dejar sus preguntas en los comentarios y nuestro departamento les atenderá gustosos.


Aclaración: como hay alguno que no le ha parecido bien que venga yo a decir que me he inventado estas palabras, aquí va una explicación. Gambitero y Pataliebre las uso porque las decían mucho en el programa de TVE Muchachada Nui, yo las uso a mi aire aunque el significado será parecido a lo que yo he escrito aquí, pero vamos que esas no me las he inventado yo. Creo que esto lo sabía todo el mundo, pero ya por si acaso que sepáis que yo tampoco me he inventado lo de Por lo segao, que lo decía un vecino mío de Zalla y me hacía mucha gracia. Tontoalastres y Rascayú son de dominio público, Parlapuñaos lo dice la madre de una amiga mía y se refiere a gente que no se calla ni haciendo largos a mariposa.
Mira tu, gatostiable, picopalable y pastababas si con mías. Eso si, usadlas mucho mucho sin problema, que esto no es la SGAE.


 

Pagando a una modelo

¿De esto que un grupo de señores mayores ponen bote pa pagar a una chiquita pa que ponga morricos y sacarle fotos?

Pues eso

 

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Hazme el Michael Jackson chata!… nótese al currela del fondo que es el que hace posible el término indicador de dirección allá por donde él ha pasado
:bythesegao:

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El caso es que estábamos el tío Fla, Guille y yo ahí aprovechando la coyuntura y entre pose y pose, se nos ponía a posar a nosotros. Gracias chata!

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El porlosegador de la derecha está pensándose cobrar comisión por salir en la mitá las fotos él también

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¡Anda, pues ahora me doy cuenta que no había tanto viejuno!
¡Si también había mozos casaderos!

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La chica no es que fuese especialmente guapa pero tenía desparpajo con o (que con a suena feo)

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Esto iba a tiempo, y la señora ésta gastó su turno en moverla ahí cual maniquí pa sacarle un par de foticas como mucho

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El rascayú de las gafas es el cuentatiempos, y a la que caducaba el turno mandaba cambiar y entonces se acercaba otro

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No sé si ponerme el sombrero o quitártelo a ti de una ostia

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Parecerá muy pueril pero yo ahora pongo la pose del morrito sombreril

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Estará pensando el de la gorra: estos pataliebres no han puesto bote y están sacando más fotos que yo… efectivamente, amigo, esto es así
:pliebre:

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No sé si ponerme el sombrero o torear un miura… ba, mejor me decoloro un poquico

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Total, que yo no pagaría por esto… aunque me han contado que por Barcelona también se hace… ¡allá cuidaos cada uno con sus dineros!

El barrio donde vivo

El barrio donde vivo no tiene casas con escaleras que se puedan subir más allá de tres pisos y los coches se ceden el paso unos a otros porque la carretera no tiene una raya que la parta por la mitad.

Viven a mi alrededor ancianos que me triplican en edad y que hace tiempo que me dejaron de mirar curiosos porque ya se han acostumbrado a que yo les mire curioso.

En el barrio donde vivo también viven cuervos y gatos seguro que desde hace mucho más que yo, y seguirán graznando y maullando mucho después de que yo me vaya, aunque yo les seguiré escuchando allá donde me toque dormir, como ahora sigo escuchando la voz de los míos.

Hay cinco cerezos por cada farola y tocamos a mil flores por vecino que se reparten en primavera. Yo ya he guardado dos mil novecientas noventa y nueve en el saco que tengo entre los dos ventrículos. La que falta se la regalé a la quinta chica de la que me enamoré aquella tarde de lluvia donde sólo tocó sentir eso tan raro de ser feliz.

El barrio donde vivo me ha guardado siempre el secreto de todas esas noches en las que no dormí en él y me recibe con un guiño al verme llegar al amanecer sin preguntar de dónde vengo o qué he hecho sin él.

Uno sólo sabe que está en una ciudad al llegar a la parte de arriba de cualquiera de los caminos, porque todos se hacen subir, y desde allí se ve a esos otros que viven en casas de muchas más escaleras y neones y ruidos.

Como la estación de tren está lejos, para salir del barrio donde vivo existe un indispensable y maravilloso requisito: dar un paseo. Al estar todos obligados a ello, es inevitable cruzarnos cada día. Las sonrisas parecen impuestas por ley, y los vecinos nos encargamos de ejercerlas la mayor parte de las veces sin conocernos.

A veces alguien me pregunta por el lugar donde vivía antes. Y entonces hablo sin parar de casas, personas, olores, sabores y lugares que poco tienen que ver con éste en apariencia, pero siendo en esencia tan iguales que asusta cerciorarse de ello. Lo hago en voz baja, para que el barrio donde vivo no se entere que no he vivido aquí siempre, no vaya a ser que deje de guiñarme el ojo cuando llego.

Si alguna vez uno de los cerezos del barrio donde vivo sigue desnudo a pesar de que todos los demás hace tiempo que han florecido, es que ya no viviré allí y habrá decidido guardarme las flores que me tocaban esa primavera.

Eso es que sabe que volveré a por más cuando ya no me queden, y eso será porque las habré regalado todas. Porque yo sé que mientras el saco donde las guardo siga latiendo, no se marchitarán.

Muy relacionado con este post: La ciudad donde vivo

Cenando con la autoridad

Estamos muy cerca de acabar la primera fase del proyecto que tenemos entre dedos (que están entre teclas). El jefe, desde Alemania, nos pide que le demos un último empujón y dejarlo lo mejor posible antes de que podamos descansar algún que otro día. La verdad es que me gusta mucho este trabajo, se me pasan los días volando y tengo la suficiente libertad como para intentar hacer cosas nuevas de vez en cuando.

Así que no es de extrañar que muchos días durante la semana pasada haya salido tarde de trabajar aprovechando que tengo la bici fuera y que no dependo de horarios de trenes y sólo unos veinte minutos me separan de casa.

El otro día me moría de hambre al salir, así que me compré un par de sandwhiches y alguna cosilla más en el combini y enfilé con la bici para casa. Cuando iba subiendo la cuestaca, ví un control de la policía. Uno de ellos me hacía señas con la linterna para que aparcase allí y yo aparqué, claro. Me pidio el carnet, comprobó que la bici está registrada a mi nombre y cuando yo suponía que me iba a dejar irme, me echó una especie de bronca en plan padre preocupado:

– No deberías ir comiendo y andando en bici a la vez
– Ah si si, es cierto, es peligroso, ¿verdad?, vale, guardo el sandwhich

Lo cierto es que no tenía donde guardar el sandwhich más que en una bolsa de plástico que colgaba del manillar y que tampoco creo que cumpliese el ISO de seguridad vial, así que la conversación siguió:

– Por favor, cómete la comida antes de seguir tu camino
– Jajaja, si
– Después -el policía no se reía- nosotros te recogemos los envoltorios y entonces te puedes ir
– Ehh… vale, entendido

Y en algún lugar de Tokyo entre Gotanda y Magome a una hora más allá de las doce de la noche, un Zalluco se comió dos sandwhiches y un kitkat, bajo la atenta mirada de dos policías japoneses que le sostenían la bici. El momento cumbre fue cuando haciendo alarde de lo mal que nos llevamos yo y los «abrefáciles», me tiré un rato peleándome con el segundo sandwhich para abrirlo y el policía me tuvo que ayudar.

Gracias a la técnica aprendida del maestro pastababas, exhibí mi arte masticador delante de la ley esperando que me puntuasen o algo, que aquello parecía más una prueba del qué apostamos, pero no, el poli seguía con su cara de bicho palo:

– Muchas gracias, por favor, deme la bolsa, vaya con cuidado y procure no comer y andar en bici a la vez
– Entendido, muchas gracias y buenas noches

Otros encuentros con los capitanes Furilos de aquí:

El policía y el extranjero
De quedarme chato vengo

Buya en Shibuya

Iba yo andando tranquilamente después de trasquilarme medio Uniqlo de Shibuya, cuando aparecieron por allí un quintal de rascayús dando voceríos. Era una manifestación de la ultraderecha junto a lo que parecía un desfile de modelos de la policía, porque la proporción era de un poli por cada dos ultraderechostiables. La pena es que en el lote no les cayesen un par de palos por metro recorrido.

Tipos con cara de cabrones gritaban que Japón estaba mejor siendo sólo Japón y que había que cerrar las fronteras y dejar de hacer negocios con el extranjero, especialmente con los yankis (ahora que mira, si todos son como el parlapuñaos yo también dejaría de extraperlar para no tener que oir extraparlares)

Alguno iba dando panfletos a la gente, y la gente no se los cogía. Un chico de más o menos mi edad (que siendo japonés, serán 10 años más), lo cogió, lo arrugó con las dos manos sin leerlo y se lo tiró a los pies del pavo gritándole algo que sonó a indicarle la dirección de salida un poco más explícitamente que por donde la hierba ha sido cortada.

:bythesegao:

Entre tanto ultraderechismo yo no me dejaba de ver a mi mismo como un potencial objetivo al que darle una somanta palos en cuanto me parase a rascarme la nariz, así que anduve con treinta ojos. Yo para estas cosas soy más fantasma que ni sé, el Bruce Willis en el sexto sentido se queda en un amago de movedor de ouija a mi lado, así que ya iba planeando mi manera de defenderme: «si me viene alguno de frente, le meto una patada en los huevos y echo a correr hasta donde Tokyo pierde su nombre (que ya es decir), y si alguno se me planta delante, más deconstrucción de los óvalos que provoco y más pa Yokohama que tiro»

Por fortuna, allí lo único que pasó fuí yo desapercibido entre tanto policía y tanto cabrón, así que llegué sano y salvo a mi casita con una ondonada de ropa recién comprada que me probé delante del espejo descojonándome pensando en que será la única vez que la vea tan planchada.

 

Homenaje a Michael Jackson en Yoyogi

El viernes cuando me puse a leer las noticias y ví que se había muerto este hombre, me quedé flipao. Siendo sinceros, me quedaría igual de flipao si me enterase que se ha muerto Bud Spencer o Murdock el del Equipo A. Es decir, que no he sido nunca un admirador compulsivo y la verdad es que ni me va ni me viene demasiado, pero forma parte de los recuerdos de mi infancia y adolescencia gambitera.

Si entró en mi vida es porque los medios se encargaron de que yo supiese quien es, poniendo a todas horas sus videos musicales, que me flipaban de pequeño. De sus canciones, ni fú ni fá… seré raro por decir esto, pero me da igual, el que escribió sobre gustos es un prepotente, tampoco me gusta el fútbol y soy muy feliz así. Los insultos los podéis dejar en los comentarios, que con wordpress es facilísimo borrarlos.

Bueno, pues esos mismos medios que metieron al zombi de thriller en mis pesadillas, se encargaron después de ponerle a parir diciendo mil barbaridades y al final teníamos todos una imagen de un señor con la cara blanca, la nariz deformada y mascarilla que enseñaba a un niño que casi se le caía desde un balcón.

Yo ni me creía lo que decían ni me lo dejaba de creer. Igual que si me dijesen que Murdock o Bud Spencer son gays (aunque lo de éste último sí que me costaría creérmelo). Vamos, que yo eso de idolatrar no lo llevo muy allá, si acaso al señor Morinaga y sus tabletas de chocolate.

Ese mismo viernes yo fui a la oficina como siempre, esperando que pasase el día lo más rápido posible. Enchufé cadena 100 en el iPhone y ale, a programar. Mar Amate me mandó un mensaje, que si me podían llamar para hablar de cómo se ha vivido la muerte de Michael en Japón, yo le contesté que no tenía ni idea porque ni siquiera había puesto la tele, y por la calle camino de la ofi no había visto a nadie haciendo el moonwalker, pero me dijo que les seguía valiendo que les dijese esto porque es lo que yo ví, así que me llamaron y eso dije.

Desde ese día pues supongo que lo mismo que en cualquier país del mundo: la tele totalmente monopolizada sobre la noticia con fragmentos de sus videos musicales y a poder ser la mayor cantidad de fotos posible con el pobre hombre entubado medio inventándose rumores sobre su muerte.

En Tokyo todo normal… menos el sábado por la noche que me encontré a un montón de gente en Yoyogi, con camisetas y fotos de Michael y velas puestas en su honor. Había gente que sobreactuaba llorando delante de cámaras de televisión, y gente que lloraba de verdad al abrigo de la oscuridad quizás con lágrimas provocadas por la luz de las velas.
Otros imitaban sus bailes mientras un corro de gente cantaba alguna de sus canciones, y muchos reían y disfrutaban de aquel sencillo y espontáneo homenaje.

Aquello me pareció la forma más humilde, preciosa y sincera de honrar la memoria de Michael. Hasta yo volviendo a casa iba silbando la de Billy Jean, y la habría tatareado más allá del estribillo de haber sabido como sigue.

httpvh://www.youtube.com/watch?v=0-FESjME0Cg

 

El post regulero de la semana

Esta semana me he tirado delante del ordenador más tiempo que ni sé, entre el trabajo y lo de las nuevas camisetas, se me ha quedao una carapixel que riete de Mario Bros, me peino con escuadra y cartabón, no os digo más.

Así que ¿qué mejor que despedir la semana con un post de esos de los de sin pensar?

Efectivamente, vuelvo con otra entrega del culto a la huevez, narrando la hazaña de la estatua del Coronel Sanders que han encontrado en el fondo del río. Cuento la historia a lo ikusuki: resulta que hace 24 años el equipo de Beisbol de Osaka, los Hanshin Tigers, ganó la liga por primera vez en su historia, así que la gente salió toda pataliebreada a liarla parda y al pasar cerca de un Kentucky Fried Chicken de esos, arramplaron con la estatua y la tiraron al río. Y el caso es que no se ha vuelto a saber nada hasta el otro día que la encontraron toda regulera, como el post este.

Aprovechando un ritual que celebran los del Kentucky Fried Chicken este todos los años para «honrar» a los pollos que han cocinao, han hecho una especie de exorcismo con la estatua y hay un monje que dice que «está destinada a salvar al equipo que últimamente anda regulero».

Dentro videos!

httpvh://www.youtube.com/watch?v=rS1cyyxyF0E

httpvh://www.youtube.com/watch?v=yfzt8LlDU3E

Fuente: Japan Probe
Tiempo destinado: 6 minutos (se va notando que le voy pillando el truco a wordpress)
Orientación del camino de salida:

:bythesegao:

Buen finde!

Un martes de té

Con los ojos todavía entrecerrados enciendo el ordenador y muevo la flecha esa blanca que sale inclinada hasta ponerla sobre el icono que me dice el número de personas que se han acordado de mí mientras yo dormía. Hoy hay pocos, pero me conformo mientras haya uno sólo. Y con él y sus noticias que son malas y trato de digerir junto a un café que quema, doy por inaugurado un nuevo martes de esta vida tan extraña que alguien quiso que viviera.

Es raro el día en el que no me plantee quedarme a trabajar en casa, pero el sentido común y yo sabemos que basta algo medianamente interesante para distraerme de mi trabajo, y resulta que Internet está lleno de ese tipo de cosas. Así que cojo la bici y enfilo el camino que me llevará a la oficina pasando por calles con legañas y avenidas remolonas que todavía no han acertado a despertarse.

Entro por la puerta y saludo en japonés. Sólo Michiko me contesta, pero ya no me extraña. Desde que no trabajo para ellos es como si yo no existiese, aunque lo realmente raro es que de vez en cuando me prestan atención preguntándome cosas que se le preguntarían a compañeros de trabajo “normales” como qué hice el fin de semana….

Pero ellos y yo sabemos que mi situación no es normal , y no sé si por envidia o por desinterés, hemos llegado a un acuerdo no escrito por el que nos ignoramos mutuamente lo más que podemos, y ya llevamos así más de un año.

La misma flecha del ordenador de casa aparece en el de la oficina, y también la apunto al icono que, esta vez, me suele decir qué hacer durante las ocho horas siguientes. El primer mensaje es de Michiko, dice que me ha dejado un postre japonés en la nevera, que está dentro de una lata y que me lo coma frío que está muy bueno. Sonrío y la miro, pero resulta que ella hace rato que estaba haciendo lo mismo. Mientras escribo la respuesta más amable y sincera que se me ocurre, pienso que hoy ya ha merecido la pena no haberme quedado a trabajar en casa.

Últimamente la hora de salir llega muy pronto y este martes, además, está muy bien señalada porque la profesora de la ceremonia del té va a estar esperándome a una media hora de viaje de allí. En Tokyo es mentir decir que se llega tarde por culpa de un tren, así que pongo especial atención en salir lo más pronto posible después de las seis.

Hoy Michiko no puede venir por temas de trabajo con lo que es la primera vez que voy sólo a la clase. Me siento nervioso, me da vergüenza y por el camino me voy inventando excusas para no ir, a pesar de lo cual me monto en el tren correcto. Menos mal que ni a mí mismo soy capaz de convencerme.

Entro y saludo en japonés mientras me quito los zapatos. La profesora me recibe con una sonrisa enorme. Pienso en que siempre la recordaré así, con esa sonrisa eterna que nos regala al llegar, y me apunto en un rincón que eso de sonreír tengo que hacerlo más para ver si alguien me recuerda a mi algún día de la misma manera.

Me habla en japonés todo el rato, aunque a veces se da cuenta de ello y trata de hablar en inglés aunque no va más allá de dos o tres palabras. Yo casi no tengo problemas para entenderla en japonés y me gusta mucho más que hable en ese idioma porque es lo suyo, pero en lo que ella considera un gesto hacia mí, de vez en cuando cambia a inglés y lo mantiene hasta donde puede que, gracias a Dios, no suele ser mucho.

Tiene onigiris preparados para Michiko y para mí. Siempre nos dice que como vamos directos desde el trabajo, que tendremos hambre y siempre nos tiene algo preparado. Me como el mío mientras ella última los preparativos de la clase, aunque no deja de hablarme quitándome de un plumazo esa estúpida sensación de nervios que tenía hace un rato.

Entonces empezamos. Repito los mismos pasos una y otra vez, pero siempre hay algo que corregir: el brazo está muy elevado, no mires al invitado directamente, el dedo meñique lo has separado al soltar el cazo, has echado demasiado té, el natsume es un dedo más a la derecha…

Todo lo dice de forma que no resulta ofensivo y además yo sé que se calla muchos de mi fallos de los que yo mismo me doy cuenta. Es todo un arte cómo es capaz de enseñar y corregir sin que el ego de uno se dé por aludido.

Pasan las dos horas como dos sorbos, y nos dedicamos a recoger los utensilios en silencio. La solemnidad sigue presente justo hasta el momento en que todo se ha recogido y nos saludamos con una reverencia de rodillas manteniendo la distancia entre alumno y profesor hasta ese instante. De repente vuelve la sonrisa, la jovialidad, la amabilidad, la ternura de la señora que prepara meriendas y pregunta por las novias que no tengo.

Trenes y pedaleos después vuelvo a casa, me quito el pantalón y veo que está manchado de verde. Algunos de mis dedos tienen todavía el mismo tono, y no estoy seguro si es en el paladar o en mi cabeza, pero yo noto el gusto del té por ahí dentro.

El sábado me preguntaron sobre el significado de la ceremonia y no supe qué contestar. Creo que hoy tampoco sabría describirlo, pero sé que tiene que ver con hacer de la calma el sentimiento mayoritario, de apaciguarse, de alimentarse de sosiego respirando templanza. De concentrar cuerpo, mente y alma en un pequeño ritual que es precioso si se sabe mirar, pero lo es más si se sabe escuchar.

Y lo mejor es que ese sentimiento no se va al cerrar la puerta de la sala, sino que sigue con uno hasta mucho tiempo después.

No sé… es como si alguien no me hubiese dejado de acariciar la nuca desde hace más de dos horas.

 

El post regulero de la semana

Hola chatos!

Ya iba siendo hora de «escribir», por llamarlo de alguna manera, un post de esos copiados descaradamente de algún sitio y plantado aquí demostrando tener la jeta más gorda que un barbapapá

Hoy para echarle más cuento al asunto, voy a poner palabras ahí rimbombantes del estilo de «se da la circunstancia» y así, como para maquillar el hecho de que lo que pongo es un plagio del copón y de paso mantener la cancamusa sensacionalista ahí a tope. Vamos a ello:

Como seguro que ya sabéis, en Odaiba, esa red de islas artificiales construidas sobre terreno robado al mar, han erigido en un alarde de ingeniería sin precedentes un robot de casi 20 metros de alto basado en el famoso anime de los 80 de título «Gundam». 

Una vez más los japoneses demuestran su liderazgo mundial en el campo de la robótica y la física, resultado de su alto presupuesto destinado a la investigación y desarrollo, uno de los más altos del mundo como tengo a bien comprobar casi a diario en esta megapolis que es Tokyo…

¡¡ Y el :copon: bendito!!, jodé, soy incapaz de seguir, me entra la risa con tanta gilipoyez!!!

¡¡Que el robot ya se mueve y alguien, que no he sido yo, lo ha grabao!! ¡¡Dentro videos plagiaos!!

httpvhd://www.youtube.com/watch?v=BE42BN7Maxk
httpvhd://www.youtube.com/watch?v=ykamCJsKFBI

 
Fuente: Playstation Portable Updates
Tiempo en escribir el post: 9 minutos
Dificultad: media, enchufar un par de vídeos y poner un párrafo ahí todo fantasma inventándome la mitad de las cosas pero siendo sensacionalista a tope.

El paso de cebra

Me desperté solo. Es lo normal, pero esa mañana se me antojó extraño, como si lo habitual fuese que en cada despertar un cuerpo se dejase abrazar por el mío. Pero no, me desperté nuevamente solo un nuevo día. Y me sentí así, de repente, solo, mucho.

Pensé que era raro que me sintiese así, que llevaba más de dos años amaneciendo de la misma manera, con alguna que otra excepción que nunca contaré, y no entendía la razón de aquel sentir.

Dolía…

De repente sentía la necesidad de tener a alguien con quien compartir mis problemas, mis alegrías… mi vida, pero no había nadie y era lo normal aunque ese día escociese un poco más de lo habitual.

Y solo como estaba, salí a la calle y una vez más la rutina y yo nos montamos en la bici hasta llegar casi hasta la oficina.

Entonces les ví: un grupo de niños, ocho creo que conté, que andaban en fila india agarrados a una especie de cuerda que manejaban dos chicas, las monitoras del grupo.

Todos reían, desde las dos chicas mayores hasta el más pequeño de los niños. Yo aparqué la bici, saqué la cámara y con cada pulsación del botón notaba que mi soledad se iba evaporando, hasta que de repente olvidé sentirla.

Pensé que la vida hay que saber mirarla, que hay momentos que nunca se repetirán y que merece la pena intentar valorarlos, que uno es lo que es y está como está y no tiene sentido esperar nada, sino valorar lo que se es y como se está. Ahora mismo. Ya.

Entonces decidí no montarme en la bici, sino cruzar el paso de cebra para cruzarme con ellos y poder verles mejor. Y cuando la chica que iba delante me sonrió, me di cuenta que estaba devolviéndome la sonrisa que desde hacía un rato yo tenía en la cara.

Y dejé de sentirme solo. Por lo menos por lo menos, hasta el siguiente despertar.

 

Un lunes de Karate

Un lunes de Karate

No se ve a nadie a través del cristal, así que parece que hoy será un lunes más en el que llego el primero al dojo de Karate.

A pesar de estar sólo, hago dos reverencias, una al entrar por la puerta y otra antes de pasar al vestuario. Estas son de verdad, no como el resto que llevo hechas durante el día, éstas salen de dentro.

Cambio los pantalones de pana y la camisa de manga corta por el traje blanco que compré hace casi dos años a Suzuki Sensei. Recuerdo hablarle en inglés y deletrearle mi nombre para que lo bordasen en el pantalón y en la chaqueta en Katakana. Pienso en todo lo que habré cambiado desde entonces y lo poco que me daré cuenta de ello.

Mientras saco el cinturón de la mochila, entra un compañero al vestuario y me saluda con un «oss». Medio vestido, le correspondo al saludo y sigo con el ritual de atar ese trozo de tela bordada y teñida de negro que me ha condenado a tener todos los días agujetas en alguna parte de mi cuerpo desde hace más de 24 meses.

Salgo al dojo olvidando por completo ser el Oskar que se sienta delante del ordenador en la oficina.

Siento un cosquilleo por toda la espalda. Ya estoy aquí otra vez.

Ya hay más gente, pero yo sé que esto va de mí contra mí mismo, de que mi mente pelee contra mi cuerpo y le gane algunas veces.

Mientras hago estiramientos, entra el señor mayor con el que tuve aquél incidente. Es lunes y él siempre viene los lunes, así que era de esperar, pero una vez más mi cuerpo gana y decide reaccionar por sí mismo acentuando el cosquilleo de la espalda. Decido hacer que no le veo otra vez, y así evito saludarle. Perdono, pero no olvido. Y mi cuerpo, al parecer, tampoco.

Más compañeros llegan. Hay saludos que anuncian pequeñas conversaciones y risas, algunas más de verdad que otras.

Automáticamente todos dejamos lo que estamos haciendo cuando entra el profesor, y nos acercamos y le hacemos una reverencia. La tercera que no es fingida en lo que llevamos de día.

Es la hora. El profesor da la orden de empezar, y entonces la autoridad pasa al alumno más veterano que nos grita que nos pongamos en fila, y nosotros nos ordenamos por cinturones. Hace tiempo que ya no hacemos el ademán de ceder el lugar de la derecha a los que tienen el mismo nivel que nosotros porque Suzuki Sensei nos dijo que rompía el ritual.

Nos arrodillamos y saludamos al dojo, al profesor y a los compañeros gritando «por favor» cada vez. Murakami Sensei, en un tono más calmado, nos anuncia que la clase empieza y nos hace una nueva reverencia que todos devolvemos. Una más de todas las que nos haremos durante la hora y media que estaremos allí.

A partir de ese momento poco importa que la desidia casi me convenciese de dejar pasar la estación y volver a casa a descansar, no significa nada que en la calle llueva, o los planes que pueda tener para mañana. En ese momento estoy yo y otros como yo que tratamos de hacer, la mayoría de las veces sin éxito, lo que una persona nos dice. Y el mundo da igual. O el mundo es esto, según se mire.

Hay algo que cuesta más de lo normal y la clase se para. Escuchamos atentamente al profesor, y de repente me mira y se calla. Se le nota pensativo. Vuelve a hablar para decir en inglés «understood?» y yo le contesto en japonés: «hai!» y le hago la enésima reverencia. Miro a mi alrededor y aunque llevamos más de una hora de clase, no ha sido hasta ese preciso momento cuando me he dado cuenta de que soy el único extranjero. Es una sensación extraña que hace que la balanza de mis sentimientos a veces se incline hacia la incomodidad de que la clase se pare por mi y otras veces hacia ser un privilegiado. Lo primero pasa cada vez menos, y últimamente es innecesario porque entiendo la explicación en japonés sin demasiado problema, pero los profesores no lo saben, o no lo creen, o un poco de ambos.

El traje de Karate acumula mi sudor, y con él, mis ilusiones y anhelos. Las agujetas ya no están, aunque yo sé que se esconden y saldrán de nuevo a esas otras horas que ellas y yo sabemos.

Podría decir que estoy enfadado, no con nadie en concreto, pero es el sentimiento que mejor me define en ese momento. Enfadado, enojado, exaltado para seguir poniendo más de mi ser con cada patada, con cada puñetazo, con cada parada, para no bajar la intensidad del principio, para que no importe que duela respirar.

Cuando monto en el tren camino de casa, me siento exhausto pero rebosante, pleno de algo que no sabría explicar, algo entre felicidad y satisfacción.

Me bajo en dos paradas y empiezo a andar. El azar, o el destino, han querido que la ruta más corta sea por Honmonji por donde siempre paso de noche y nunca hay nadie. Me paro junto a la pagoda, una vez más, y la miro. La paz del lugar hace que la balanza de sentir se incline hacia el lado bueno, el que tiene que ver con saber apreciar lo que tengo en ese momento sin pensar demasiado en lo que he perdido.

Ya en casa cuelgo el traje en una percha. Está todavía húmedo y no son horas de poner la lavadora, así que dejo que siga empapado con mis sueños y ambiciones que, hoy especialmente, hacen que pese más del doble.

Y entonces me acuerdo de Roberto, y las ganas de compartir con él las tres últimas horas hacen que me siente delante del ordenador y empiezo a escribir lo más rápido que puedo, para no olvidarme de nada ahora que los sentimientos todavía están tibios:

No se ve a nadie a través del cristal, así que parece que hoy será un lunes más en el que llego el primero al dojo de Karate…

 


 

Un lunes de Karate

 

杖道 – El arte del palo

Artes marciales hay muchísimas, esto es así. Tenemos las más conocidas como Kendo, Capoeira, Aikido, Karate, Judo… y luego hay un montonazo más que se saben los que las practican y poco más. No tengo ni idea de cual es mejor, supongo que lo perfecto sería tener el tiempo suficiente como para profundizar medianamente en cada una de ellas y que así se complementen en uno mismo.

Por ejemplo: Judo se basa en agarrar, derribar e inmovilizar al contrincante aprovechando, a poder ser, su propia fuerza. Vamos, que si me empuja, yo no empujo, sino que tiro y así añado mi fuerza a su fuerza en mi beneficio. En Karate, simplificando mucho, nos dedicamos a pegar puñetazos y patadas y a aprender cómo parar. Sería perfecto que un Judoka aprendiese a parar o a soltar una patada bien dada por si eso del agarre se complica, y por otra parte yo rezaría para que el Judoka no me enganchase porque a partir de ahí no sabría que hacer.

He hablado con Patrick, mi compañero de trabajo que es segundo dan de Judo aquí en Japón, y siempre hemos llegado a esta misma conclusión. Es decir, nos sacan a cada uno de esos límites imaginarios de «esto se hace, pero esto no se puede hacer» y nos sentimos perdidos. Y en la vida real está claro que no existen esos límites.

Como hay entendederas reviradas, explicaré que esto no significa que las artes marciales no valen para nada en la calle. Si yo tengo una bronca, no es que no supiera como actuar, sino que mi cuerpo está acostumbrado a dar hostias de una determinada manera que se supone óptima y doy fé de que luego esto sale sólo sin pensar, porque en una pelea no hay tiempo para eso. A parte de la preparación física que supone: fondo, reflejos, etc. Lo que no quita para que me lleve la del pulpo, pero seguro que haría mucho mejor papel que si no hiciese nada.

Partiendo de esta Toscareflexión que seguro que no saldrá en ningún libro, a mi siempre me ha llamado la atención ver a algunos policías con palos en vez de porras. Son varas que miden de un metro a metro y medio y que provienen de un arte marcial llamado «Joudou» cuyo origen está en saber manejar el palo que utilizaban los caminantes para defensa y ataque. Por supuesto, los polis también llevan pistola por si te viene un malo con una, pero creo que sabiendo utilizarlo, un palo de esas características debería ser un arma muy práctica para reducir a alguien, desdeluego mucho más que una porra.

De buenas a primeras, ver a un policía apoyado en un palo así de largo como que ya acojona. Y es curioso porque una pistola es mucho más peligrosa, pero me imagino que estamos todos demasiado acostumbrados a verlas…