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La chica del shamisen

Yo no soy religioso, desde siempre ha sido algo que me ha dado bastante igual, es más, lo he considerado un fastidio, una obligación impuesta sin sentido alguno. Me acuerdo que en la escuela tenía una biblia, y que yo la tenía toda pintada de mortadelos porque me aburría. Además de no entender nada de lo que ponía, es que me acuerdo que el tamaño de la letra era diminuto.

Iba con amigos a misa pero no porque me obligasen mis padres, sino porque es lo que hacían mis amigos y por no quedarme solo. Comprábamos bolsas de gusanitos y nos poníamos en la esquina más alejada del cura, a poder ser en el piso de arriba, y decíamos tonterías en silencio hasta que aquello acababa.

Aquí sigo sin serlo, no he encontrado la inspiración divina ni nada por el estilo. Pero si sé que hay días en que de alguna manera necesito ir al templo que hay al lado de mi casa. No creo que sea nada religioso, de hecho no rezo, simplemente me gusta el paseo, me gusta sentarme en el suelo en aquel lugar y dejar pasar el tiempo escuchando el silencio. Hay veces en que pienso en muchas cosas sobre mi vida, sobre qué estoy haciendo, qué quiero hacer… y hay otros en que no pienso absolutamente en nada. Y vuelvo a casa sintiéndome mejor conmigo mismo.

Ayer fue uno de esos días, aunque algo distinto. Cuando iba llegando cerca de la pagoda escuché música típicamente japonesa que provenía de cerca del templo. No es extraño ver gente haciendo ejercicio o ensayando algún tipo de coreografía porque el lugar es tan amplio que invita a ello, así que pensé que alguien se habría traido un CD y estaría leyendo un libro o algo así.

Cuando me acerqué un poco más pude escuchar la voz de una chica cantando algo. Se equivocaba y volvía a empezar, así que estaba claro que eso no era un CD y pude confirmarlo en cuanto la vi. Una chica en vaqueros, de más o menos mi edad estaba sentada en las escaleras en una esquina del templo y tocaba su shamisen cantando a veces las notas de la partitura que sujetaba como podía encima de sus rodillas.

Pasé por delante y ella siguió cantando sin reparar en mí, así que me senté cerca. Cuando acabó su canción me miró y yo le hablé:

  • ¿Puedo sentarme aquí a escuchar?
  • ¿Por qué?, me da mucha vergüenza
  • Ah vale, perdona. Me voy entonces un poco más para allá y no te molesto
  • Perdona, ¿eh? y gracias
  • Sin problema, es que en un sitio como este, da gusto escucharte
  • Joe que vergüenza… gracias

Y seguí mi camino hasta estar a una distancia donde no nos podíamos casi ver, pero si escuchar, y me senté a los pies del árbol de al lado de la campana del templo.

Creí notar que se equivocaba más, y además dejó de cantar aún siguiendo tocando.

De vez en cuando venía alguien que iba andando hacía la entrada del templo, echaba su moneda y rezaba durante algo menos de medio minuto volviendo por donde había venido. A veces parejas de ancianos, a veces gente jóven, aunque siempre con la música de fondo de la chica del shamisen.

Yo miraba a la sombra de la chica, al quemadero de incienso, al templo… y entonces, como si ella se hubiese ya olvidado de mi, retomó su canto. No lo hacía demasiado bien, pero eso hizo que me gustase más escucharla aunque repitiese las mismas notas una y otra vez mejorando a veces, empeorando otras.

No se si fue la presencia solemne del edificio principal del templo, la sombra que me proporcionaba el árbol ante la luz artificial de la farola o el manto de estrellas que nos vigilaba desde allá arriba, pero yo me emocioné como hacía tiempo.

Ella dejó de cantar, guardó su shamisen en la funda y se disponía a irse cuando me vio debajo del árbol y vino hacía mi. Era evidente que yo había estado llorando, así que me levanté y me fui en la otra dirección. La distancia era la suficiente como para que no quedase demasiado claro que estaba huyendo, pero ésta vez era yo el que no necesitaba testigos.

Me guardé las ganas de hablar con ella en el bolsillo de la camisa, ese que queda al lado del corazón.

Cualquier día de estos en que necesite volver a planchar el alma de las arrugas de la rutina y las preocupaciones, pasearé hasta Honmonji a fisgar dentro de mi mismo, y si la vuelvo a encontrar, puede que ese día me atreva a quedarme en el árbol cuando ella acabe de ensayar. Y, ¿quien sabe?, quizás meta la mano en el bolsillo en busca de las ganas, y con ellas en la mano le contaré que aquél domingo de Abril me pareció tan bonito que se equivocase una y otra vez tocando y cantando, que me hizo llorar.

Por muy estúpido que suene.

El incidente

Hay que ver cómo somos, los líos que nos hacemos en la cabeza nosotros sólos… resulta que lo pasé mal durante dos clases de Karate seguidas con el mismo profesor y desde ese mismo momento mi mente ya tomó la decisión de no volver más. Y cuanto más pensaba en ello, más terrible parecía lo que en realidad pasó. Hasta que me planté y me obligué a luchar conmigo mismo para desentrañar las razones por las que le había cogido tanto miedo a la situación, y si de verdad era para tanto.

Así que dándole cancha a la sensatez añadiéndole mucho coraje, me presenté allí el viernes pasado dispuesto a lidiar con lo que se me pusiese por delante. Porque uno tiene que hacer lo que tiene que hacer, y además a veces coincide que se encuentran las ganas.

Pero el tan temido profesor no vino, y me sorprendió ver que lejos de sentir alivio, lo que en realidad estaba era decepcionado por tener que esperar una semana más para plantarme delante de un miedo que sigue estando ahí, y que necesito que desaparezca antes de que siga creciendo.

Y resulta que cuando menos lo esperaba, este lunes, pasó algo que superó holgadamente a lo que fuera que fuese que pasó con el profesor de los viernes.

Este primer día de la semana no tiene mucho éxito, no solemos estar más de 5 o 6 alumnos mientras que el resto de días la cifra se multiplica por dos o tres. Ignoro la razón… ¿quizás los lunes hay trabajo atrasado que sacar adelante en la oficina?. Este lunes por no venir, no vino ni el profesor, así que uno de mis compañeros de clase tomó el relevo y al final de una clase bastante dura, nos mandó hacer combate entre nosotros. Al segundo o tercero, a mi me tocó con otro señor mayor y estuvimos peleando un rato hasta que le di una patada en el estómago. No fue fuerte, pero le entró de lleno y el hombre se quedó boqueando. Yo le pedí perdón y el profesor me echó la bronca porque no supe tener control, quizás no le faltaba razón.

Y a partir de ese momento, pasó lo que nunca pensé que pasaría: mi compañero empezó a insultarme, a hablarme en un japonés muy rudo gritándome que no estábamos en un campeonato del mundo, que qué me había creido. Me llamó cosas que suenan entre tonto y gilipollas («aho», «baka») como veinte veces seguidas, que a quién se le ocurría pegar así, que no sabía controlar mis patadas… que yo que sé. El profesor, lejos de cortarle, aunque es cierto que también estaba sorprendido, le daba la razón y seguía leyéndome la cartilla.

Yo callaba, pedía perdón cuando había oportunidad y miraba al suelo, menuda bronca me gane.

La clase acabó, saludamos y yo me fuí directo al vestuario. Lo que quería era irme de allí lo más rápido posible porque mi paciencia estaba llegando a un límite. Pero todavía fue peor: dentro del vestuario siguió con su retahila de insultos combinados con quejidos sobre sus costillas que daba la impresión de que se las había roto en veinte cachos.

Su tono era despectivo a más no poder, tanto que parecía que me iba a escupir de un momento a otro. Aunque el momento cumbre fue cuando metió «gaijin» entre medio de alguna frase, con lo que ya lo acabó de bordar.

Él se cambió y se fue antes que yo y el resto de compañeros me miraban en silencio intentando adivinar mi reacción, que no fue otra que despedirme y marcharme con la cara muy seria, aguantándome las ganas de gritar cuatro verdades.

Estaba montándome en la bici cuando una compañera vino donde mi y me dijo que no me preocupase, yo le di las gracias y para tratar de animarme se le ocurrió darme dos plátanos de los cuatro que llevaba en la bolsa.

Al llegar a casa, recibí tres mensajes, todos diciéndome que no me preocupase lo más mínimo. Dos de dos compañeros, y el tercero del profesor.

Cené dos plátanos.

Y no dormí nada en toda la noche.

Por más vueltas que le doy, lo que ocurrió no fue más que que le di una patada a un compañero que no fue para nada fuerte aunque quizás debería haberla controlado un poco más. Y al darme cuenta que le había hecho daño, le pedí perdón con toda sinceridad porque nada más lejos de mi intención que hacer algo así a propósito.

Lo que él vió fue que un chico jóven, no tengo claro si le importó que fuese extranjero o no, le perdió el respeto a las canas con su recién estrenado cinturón negro y se atrevió a darle una patada de la que ni se dió cuenta hasta que le alcanzó. Y si eso le dolió físicamente, más le dolió en el ego ese que se ha labrado durante tantos años de desgastar el cinturón, y eso le hizo olvidarse de aquella frase del dojo kun que dice que «hay que respetar a los demás y seguir las normas de etiqueta» y se creció insultándome como no lo habían hecho nunca hasta aquél día.

Si hubiese sido otro tiempo y, sobretodo, otro lugar, habríamos acabado muy mal.

Ayer, enfrentando la situación, no fuese a ser que se convirtiese en otro miedo más, volví y la clase la dio Hirokazu Kanazawa, y sin él saberlo, me disipó de golpe toda duda que pudiese tener sobre si soy uno más allí desde hace dos años.

Por mi, ya pueden juntarse todos los que quieran y ponerse a sumar sus egos, porque no podrán con el mío. Sea viernes, lunes o fiestas de guardar.

Eso si, que luego no me vengan con historias, porque hay cosas que no se pueden olvidar.

Y si, también es por principios.

 

Por principios

Cuando llegué aquí me quería comer Tokyo: quería hacer absolutamente de todo, ir a todos los sitios y rincones que no pude visitar la última vez, probar todos aquellos platos que no tuve oportunidad, aprender y hablar cada vez mejor japonés, hacer muchos amigos, o pocos pero que fuesen de verdad y a poder ser que no hablasen mi idioma…

Así que cuando se me puso a tiro la oportunidad de tener una profesora de japonés particular, la aproveché sin dudar. Y así fue como todos los viernes, de siete a ocho de la tarde, una chica que no acertaba muy bien a acordarse de mi nombre intentaba, sin éxito, enseñarme a distinguir entre los sonidos ‘yu’ y ‘jyu’.

Luego vinieron las clases de Karate que cogí con muchas ganas, y que eran especialmente duras al principio cuando no me enteraba ni papa de lo que pasaba la mitad de las veces. Fueron días duros, mucho más que ahora, tanto que hasta lo pasaba mal sólo de pensar en que tenía que ir. Más que físicamente, por la horrible sensación de estar donde quizás no debería, de pretender estar haciendo más de lo que me corresponde, de tener que enfrentarme de nuevo al japonés y al inglés como si tuviesen algo que ver con mi idioma y conmigo.

Entonces alcanzaba a ir dos veces por semana, y ni siquiera me planteaba pasarme por allí a ninguna de las clases de los sábados y domingos.

Pero yo sabía que quería, que debía estar allí y también que no iba a ser fácil empezar de nuevo desde cinturón blanco, así que con libros y PDFs descargados de internet e impresos de refilón en la oficina, pasaba las noches en casa delante del espejo ensayando movimientos, reaprendiendo katas y contribuyendo un poco más a la fama de raro que ya tenía entre los vecinos desde hace tiempo. Todo para alcanzar el nivel que se requería, para que fuese más llevadero empezar a empezar a aprender.

Y fue ya con el cinturón marrón sujetándome los pantalones, cuando decidí que había que tomárselo un poco más en serio, y me planteé ir tres veces por semana: lunes, miércoles y ahora también los viernes.
Pero claro, este día tenía clase de japonés y la profesora, además, le daba clases a otro de la oficina después de mi. Total: revolucioné a la sensei, a media oficina y a la mitad de su agenda de alumnos para cambiar las clases a los jueves.

El primer viernes que fuí había un profesor que no había visto nunca antes, un señor mayor al que saludé y que me ignoró por completo. Después vi que ignoraba a todos. En medio de la clase me pegó una patada en el muslo gritándome algo en japonés y yo no entendía nada. Después de darme cuatro gritos más por fin me di cuenta de que tenía la posición cambiada, así que la corregí. No recuerdo si me dolió la pierna, pero si sé que su patada acertó de lleno en mi orgullo.

El segundo viernes que fuí nos mandó sentarnos a todos y fue sacando a la gente por cinturones. Primero los blancos, luego los azules… cuando llegaron los marrones y yo me disponía a levantarme, él señaló sólo a una chica y le dijo que se levantase. Cuando acabó ella, sacó a los cinturones negros y al ver que yo seguía sentado me gritó que porqué no me había levantado cuando tocaban los marrones. Yo sólo alcancé a disculparme, aún sabiendo que fue culpa de él porque simplemente no me vió. El resto de la clase ni me miró, y eso que no dí pie con bola.

No hubo un tercer viernes.

A mis tardes/noches se sumaron las clases de la ceremonía del té y todos los días hacía algo… menos los viernes. Empecé a ir sábados por la mañana e incluso domingos, con lo que he estado hipotecando los fines de semana en su mayoría al no poder salir o estar demasiado cansado físicamente parar hacer algo en condiciones.

Siempre evitando las clases de los viernes.

El miércoles pasado un compañero todo escandalizado me dijo en el vestuario: «Oskar, quita tu ropa de ahí, madre mía». Resulta que estaba utilizando la taquilla del profesor simpatías, que por lo visto tiene una para él sólo, y me dijo «menos mal que no es viernes, lo mismo te echa».

Y entonces es cuando yo pensé que este hombre es pura fachada, que se ha ganado esa fama y se aprovecha de ella y que yo tengo una forma de ganarle que, desdeluego, no es quedándome en casa.

Así que a partir de esta semana, me volverá a ver por allí los viernes porque ya llevo tiempo aquí, ya sé lo que quiero y ya estoy preparado para aguantar lo que me eche.

Para que todo el jaleo que le preparé a la profesora de japonés y a mis compañeros no haya sido en vano. Para poder descansar los fines de semana y volver a hacer excursiones, o salir o lo que me apetezca sin haber descuidado mis clases.

Porque ahora cometo una cuarta parte de los fallos del principio, y las cosquillas que me busque serán bienvenidas si eso me ayuda a mejorar.

Porque ahora entenderé la mayor parte de lo que tenga que decirme si consigo ponerle un filtro a sus gritos y sus maneras.

Porque es un reto.

Pero sobretodo, por principios.

 

Susurros

Mientras en la agencia me buscaban un piso que quedase cerca de la oficina, yo me estuve hospedando en un Weekly Mansion en Gotanda. Durante dos semanas viví en una habitación pequeñísima con baño y minicocina. Se podría decir que es como un hotel pero sin ningún servicio: es decir, tu duermes allí el tiempo que te hospedes, pero no te va a venir nadie a limpiar la habitación o hacerte la cama, y tampoco te dan de comer. Es más barato, claro está.

El caso es que todas las noches cuando volvía andando de la oficina pasaba por una calle llena de personas puestas aquí y allá que no dejaban de otear a la gente. Había hombres con traje, pelos imposibles, gafas de sol a pesar de ser de noche y un pinganillo de esos que les hacía parecer tipos duros aunque muchos no aparentaban más allá de la veintena.

Y todas las noches alguna chica me seguía durante unos pasos y me ofrecía darme un masaje, o incluso sexo directamente bajo la atenta mirada de los hombres de traje que estaba claro que tenían algo que ver aunque pretendiesen lo contrario.

Yo apretaba el paso, negaba con la cabeza y me iba a mi habitación sin poder evitar pensar en qué estaría pasando en las habitaciones de al lado.

Durante tres noches seguidas uno de los entrajetados me ofreció sexo con «cute girls» en un local que, por lo visto, quedaba muy cerca. Y siempre le decía que no. La última noche insistió mucho, muchísimo, y nervioso por la situación le acabé medio gritando que yo me hospedaba allí y que me dejase de preguntar todas las noches ya de una vez porque no me iba a ir con él a ningún lado. El entrajetado se puso muy serio y se fue, y dio resultado porque los siguientes días cuando me veía simplemente me ignoraba.

Hace mucho tiempo ya de aquello, pero siempre que paso por la estación de Gotanda, que no me queda más remedio porque es donde hago transbordo a mi línea, me acuerdo de lo fácil y rápido que aprendí dónde estaba la zona por la que convenía no pasear cuando el sol se metía a dormir.

Pero no hay que ir hasta aquella calle para darse cuenta de que algo raro pasa. En la salida de la estación se ven a los mismos hombres entrajetados que observan pacientes a los que pasamos. Y cuando ven a una chica guapa, jóven, se acercan y le susurran. Ellas, como hacía yo, aprietan el paso y niegan con la cabeza, pero ellos insisten. Hasta las agarran del brazo y las hacen pararse por un momento a escuchar sus susurros, pero ellas siempre se zafan y se van, incluso corren.

Ellos ríen. Y vuelven a sus teléfonos móviles, y a su puesto de vigilancia, y prepararán mentalmente cómo susurrarle a la siguiente chica que trabaje para él, que ganará mucho dinero, que le acompañe para hablar de cuánto y de lo fácil que va a ser.

A nadie parece importarle, y mucho menos a ellos que con sus susurros parecen buscar una discreción que no lo es en absoluto. Y menos porque incluso lo hacen a pleno día.

Yo me uno al resto. Y todos juntos pasamos de largo.

 

Costumbres

Con el pasar de los días uno comparte tiempo y espacio con personas tan diferentes entre sí como la noche del día, y aunque siempre es enriquecedor observar y aprender del resto, hay muchas veces en que la experiencia tiende a ser desagradable, por mucho que se entienda y se asuma que hay otras otras costumbres distintas a lo que nosotros llevamos haciendo desde críos y que entendemos por nuestra cultura.

En el caso de los japoneses, la gran mayoría que conozco, sino son todos, hacen muchísimo ruido cuando sorben los fideos del ramen, el udon o soba. Hay quien dice que es para enfriarlos y poder comerlos pronto, lo que tiene su parte de verdad porque yo mismo lo hago muchas veces y funciona. Pero aunque me he acostumbrado, no puedo evitar acordarme de la primera vez que vinimos en el avión y el de al lado se puso a hacer ese ruido tan desagradable y que de tan mala educación nos parece a nosotros. Seguramente lo seguirán haciendo al salir del país.

El chino que tengo delante, y según me cuentan por ahí no es el único, come con la boca abierta. Da igual que sea un bollo de chocolate, que patatas fritas de paquete, que spaguettis con tomate. El tío considera que tiene que acompañar su ingesta con un bonito sonido de babas y una no menos elaborada panorámica de la pasta resultante. Es superior a mi, no puedo con ello y cuando le veo que va camino del microondas con su táper, una de dos: o pongo Extremoduro a tope en el iPod, o me voy a la calle a dar un paseo. No lo aguanto, me parece que eso no son maneras de comer delante de otras personas.

Una vez formaron un equipo Grissom, el Dr. House y Dexter para tratar de entender al franchute, y se fueron a casa con ojeras. A Grissom se le acabaron los sprays, Dexter se hizo un jersey con las cuerdas esas de simular trayectorias de balas y House salió corriendo sin bastón ni nada. El tío es para dar de comer a parte de los que comen a parte: más de siete años en Japón y no es capaz de no poner caras de asco cuando ve sushi, lo más sofisticado que le he visto comer yo es un croasán. Ahora mismo está aquí al lado de mí en la oficina, que hace más de 25º, y tiene puesto un gorro de lana, una bufanda y una chaqueta mientras le da a las teclas. Digo yo que se quita los guantes para acertar a darle a la Ç.

Pero yo iba por el tema educación, que es que este hombre me inspira y me desvío. El caso es que aquí no está bien visto sonarse los mocos en público, y si uno lo hace, hay que intentar disimularlo no haciendo ruido e intentando taparse. Yo no lo sabía al principio hasta que Akira me lo dijo, así que ya no lo hago.

El gabacho es el trompetero de Shrek después de casi llevar en Japón más tiempo que Nintendo. Tengo que reconocer que de tan auténtico que es el tío, últimamente me cae bien, aunque siempre negaré esto por mucho que me peguen.

El parlapuñaos, el que es como Eminem pero con entradas, es el vivo ejemplo de la irreverencia y la mala educación. Para él es igual estar viviendo en Japón que en California, de hecho si fuese a Cuenca seguiría siendo igual. Con su ego por bandera, se ríe de todo y de todos, se queja de cualquier cosa que tenga que ver con Japón y los japoneses, a pesar de lo cual sigue aquí.

El otro franchute, uno que viene a Karate conmigo, otro que tal baila. El tío lleva más de quince años en Japón y hablo yo japonés mejor que él. Pero es normal: yo pongo un mínimo de interés y a él le da exactamente igual. Es cortante, cuando habla con algún japonés le dice directamente lo que piensa tal cual. Si algo no le gusta, lo dice con lo que a veces la situación se vuelve incómoda. Como cuando probó un onigiri que había hecho la madre de un chaval en el entrenamiento del frío, y el tío dijo «que asco, yo esto no me lo como» estando la madre al lado. Quien, por cierto, le pidió perdón. Ojo, no creo que sea malo decir lo que uno piensa, pero las maneras son importantes.

Yo nunca le diré a nadie cómo debe actuar, eso de ir por la vida dando lecciones y consejos es derrochar arrogancia enmascarando vanidad. Y tampoco soy quién para no respetar costumbres de otros, y mucho menos estando viviendo en un país que no es el mío. Diría más: considero una suerte poder abrir mi mente al conocer a gente tan variopinta, franchutes a parte.

Pero me surge la duda de dónde está el límite entre conservar las raíces de uno, a las que tanto nos aferramos estando fuera, y adaptarse a la cultura del lugar donde se está viviendo por aquello de donde fueres, haz lo que vieres.

Yo me he adaptado, lo reconozco: me tiro todo el día representando el papel del extranjero modelo desde que salgo de casa hasta que vuelvo a entrar. Hago reverencias, pido permiso cuando paso delante de alguien, nunca digo que no directamente sino que pongo caras… Pero ¿hago bien? ¿no debería ser yo mismo?, quizás el chino disfrute comiendo con la boca abierta porque es lo que ha hecho siempre y puede que ni sepa que al resto nos molesta.

Aunque quizás la pregunta más importante es: ¿debería dejar de hacerlo aún sabiéndolo?

Yo ya no tengo la respuesta tan clara.

Aunque a la hora de comer quiera matar al pastababas de los huevos.

 

Casa Artista

1

Mira que le he estado dando vueltas al título para no poner el mismo que puso Guille, pero es que no encuentro uno mejor, menudos artistas, y además en su casa que estaban.

El caso es que el viernes pasado nos fuimos unos cuantos a un tablao flamenco que tiene una familia de japoneses en Shin Okubo. Quedamos sobre las nueve y media, pero Guille y yo quisimos saber llegar (que lo dijo un arriero y, por tanto, es importante) y nos fuimos un rataco antes a un izakaya a prepararnos.

Cuando ya llegaron todos una horilla y pico más tarde, para allá que nos fuimos. Uno entra en el local y se encuentra con sillas típicas de estas del culo de cuerda, todo decorado con abanicos, castañuelas, carteles de toros… y cuando estábamos ahí ya sentados en la mesa de repente llega el jefe del bar con unas patillas que parecían los brazos de Alf pero en gris, vestido con una camisa roja enseñando pelamen pechil a lo Michael Knight y va y nos trae unos platos con pipas.

¡Aquello prometía una jartá!

Aquí va una foto que sacó Guille:

La gente con la que fui no hacían más que preguntarle que a ver si iba a bailar, estos se las sabían todas ya. Y yo que me dejé la cámara en casa, mecagüen. Pero como tenía el mejor sitio para sacar fotos, Javi me pasó la suya y ahí estuve afotando mientras el patriarca tocaba la guitarra, la mujer cantaba y los demás iban bailando:

 

Menudo arte! Como arte también tiene el que diseñó el menú del local (foto también arramplada del blog de Nere y Guille, hoy ando de mangui…)La cosa es que no sólo estuve afotando, sino que también estuve agrabando!! así que aquí podréis ver al hijo de la familia (es un chico) bailando como un campeón. La señora cantaba muy bien también, aunque ponía la boca que parecía que estaba con el Listerine y yo creo que la mitad del castellano se lo inventaba:

Y bueno, eso por no hablar de un figura que había en el local que daba más miedo que tirar de la cadena en un avión estando todavía sentado. Por supuesto, hubo foto:

 

 

Me pareció que tienen el asunto muy logrado, y que si venís a Tokyo merece mucho la pena ir a verlo porque es curiosísimo y seguro que os encanta. Además, ponen pipas.

La página web no tiene ningún desperdicio en absoluto tampoco.

 

Mi día

Mi día empieza con música que suena enlatada desde dentro del teléfono móvil y se atreve a interrumpir mis sueños. Mi día es preparar un café, y pretender que es un desayuno. Es encontrarme en el espejo y a veces descubrirme mirando fijamente a los ojos del que tengo delante como si quisiese saber qué piensa realmente esa otra persona que soy yo.

Es un viento frío que me obliga a caminar deprisa a la vez que una canción eclipsa un sentido mientras los otros cuatro se impregnan de vivir donde vivo. Es un tren siempre lleno, y siempre de desconocidos. Son unas horas delante de un ordenador, un paseo robado al salario, un ir y venir de preocupaciones muchas veces enmascaradas por alegrías y tristezas.

Es que me visiten a la mente personas que no están conmigo y que antes estaban y ahora se cuelan sin que ellos lo sepan. ¿Cómo estarán? ¿qué estarán haciendo ahora? ¿se acordarán ellos de mi?

Es un libro en castellano que me ayuda a recordar de dónde vengo en medio de casi no saber dónde estoy.

Es ponerme un traje blanco y que durante hora y media no importe nada más que sintonizar cuerpo y mente para intentar volver a sentir esa satisfacción de haber entregado lo mejor que pude dar. Es hacer del honor y del respeto mi guía sin dejarme engañar por el falso valor de los halagos, las derrotas o las victorias. Sin importar que el cuerpo se queje al día siguiente, porque mando yo y no él, y seré yo quién decida cuando parar.

Es compartir tiempo con una persona que casi me dobla en edad y con los suyos, que ya hace mucho que siento como míos. Y charlas en mexicano, y carcajadas, ilusiones, sueños y sentimientos que no entienden de idiomas porque de tanto sentirse, se expresan desde lejos sin ni siquiera abrir la boca.

Es dejarme cuidar por mis amigos, mis profesores, mis compañeros. Satisfacer curiosidades sobre mi lugar de origen, mi forma de ser, mis manías y rarezas. Es compartir mi día con otros días de otras personas y recalentar el alma a base de arrimarla a otras almas.

Es preparar un té a invitados a veces desconocidos intentando que cada movimiento se convierta en un gesto y que cada mirada estudiada trate de parecer espontánea. Es que durante tres horas el detalle sea tan tenido en cuenta que se pierda su concepto. Que me traten como uno más sin serlo, pero siéndolo.

Mi día es que haya muy pocas veces donde uno sepa con total certeza qué está ocurriendo o de qué se está hablando y sin embargo acostumbrarse a ello consiguiendo reaccionar con naturalidad. Es que a veces parezca que falten horas mientras que otras es como si no se acabase nunca.

A mi día vienen recuerdos de otros días y hay también un hueco para los sueños y esperanzas puestas en otros muchos que vendrán.

En mi día también hay noche, pero es secreta.

Setsubun

Hoy es el día del Setsubun en Japón.

¿Qué?, como si os digo que es el día del tacatón leré, ¿no? No pasa naaaaada, ya os cuento yo la historia que para eso me he enterao. Aunque ahora que lo pienso: yo lo que sé es porque lo he leido en el blog de Nora, así que con su permiso, pongo el enlace y mejor que lo leáis vosotros mismos y luego ya si eso seguís conmigo:

¿Ya os lo habéis leido? ¿seguro?. Bueno, vale, nos fiaremos. Pero es que hoy estoy muy mandón, así que antes de lo mío, os tengo que poner un video que hicieron Ale y Ai que está muy chulo sobre el tema. ¡Vedlo vedlo!

¡Espera! que resulta que en escuchajaponés, Ale y Ai nos han dejado un especial también!!.

Ahora viene lo mío!. Como el año pasado nevó y se canceló, hoy me he propuesto no perdérmelo y para el templo de al lado de mi casa que me he ido. Allí había mucha gente, y eso que estamos entre semana y eran las tres de la tarde, aunque también es verdad que la media de edad estaba en torno a la Bimbambún, más o menos.

Claro, yo después de ver el video de Ai y Ale, y la explicación de Nora, pensaba que iba a salir un tío ahí disfrazado de demonio y que todo el mundo le iba a tirar semillas de soja tostadas gritándole eso de «el diablo pafuera, el diablo pafuera, la suerte padentro, la suerte padentro». Así que, cámara en mano, me he pegado un susto del copón cuando ha pasado lo que ha pasado… intentad no marearos, que yo no sabía ni pa donde apuntar!

A mitad he cogido una bolsa de las que han tirado, pero se la he dado a una señora porque me ha puesto una cara la pobre… Pero los dioses me lo han agradecido y después he tenido la suerte de coger otra. Bueno era que o las cogían o me daban en la cabeza.

Cuando he llegado a casa y me he puesto a comer tantas como mi edad, resulta que no llegaba!!! la leche que bajón!!. En fin, para consolarme, me he comprado unos diablillos y unos fideos soba especiales por ser el día de hoy y me han regalado hasta una careta.

Y en la clase de té, también hemos tenido celebración especial:

Y hasta el tío de la tienda de golf me ha maqueado a Godzilla para la ocasión:Vaya día curioso…

 

¡¡Por cierto, no me crece el pelo ni patrás!!

 

Aquí, allá

Hoy día dos de febrero, hace un mes que cogí el avión que ponía punto y final a mi visita de dos semanas a mi familia y amigos. De igual manera que allí me preguntaban cómo es estar viviendo en Japón, aquí los que saben que hacía mucho que no regresaba, me preguntaron cómo encontré todo aquello después de casi dos años.

Y aunque he vivido allí toda mi vida, hay cosas de las que me he olvidado, o me he querido olvidar, y otras que no sabía que echaba tanto de menos hasta que las he vuelto a vivir.

Vamos a ello:

¡¡La gente es enorme!!. Bueno, en realidad yo soy bajito, pero cuando se juntan ambas circunstancias, la sensación es de serlo todavía mucho más. Resulta que en los bares a nada que me descuidaba tenía a las cuatro torres del ajedrez encerrándome con sus espaldas. Esto en Tokyo no me pasa, o me pasa pero mucho menos. No es que aquí sea Gasol sin barba, pero estoy en la media, lo que es genial después de haber sido el ikupitufo toda mi vida.

  • Al principio de todo me daba vergüenza escuchar conversaciones ajenas. Fue como si fuese delito que entendiese lo que estaban diciendo otras personas por la calle, de tan raro que me parecía.

  • Me las he visto y deseado para encontrar pantalones de mi talla. No tengo ningún problema con nikis, jerseys o camisas a pesar de que mi talla cambia de M a S nada más salir de aquí. Pero resulta que mi culo no llena ningún pantalón de los que venden las tiendas de por allí, o casi ninguno porque al final me compré tres, pero después de probarme la mitad de los que había en la mitad de las tiendas de Bilbao. Aquí entro y sé que tienen mi talla, dejando los parámetros en dos: que me gusten y el precio. Así que cuando vuelva o me abono al BurgerKing o seguiremos visitando la planta de El Corte Inglés de niño (aunque me niego a que mi madre entre conmigo en el probador!)

  • La calle está llena de papeleras, ¡pero muchas muchas, un montón y en todas las esquinas!, menudo alivio fue no tener que llevar los bolsillos llenos de bolsas vacías y papelajos. Aunque la razón oficial por la que en Tokyo no hay es el incidente del gas sarín en el metro, no me entra en la cabeza que sigan sin poner. Aún así, tiene huevos que no ves ni un papel por la calle.

 

¡Las tiendas de chucherías! Redescubrí el maná de todo ikuapañao, lo que fue la base de mis cenas durante décadas!! Esos regalices de cinco, los jamones de diez que eran más largos (aunque más delgaos, como si estirasen los de cinco con los dedos), los triskis, los gusanitos de Heidi… Y con tanto derroche culinario, también redescubrí los ardores de estómago domingueros con la farmacia de guardia proveedora de Almax en la otra esquina de la ciudad.

La gente es super ruidosa. Al día siguiente de llegar, me fui a Bilbao en tren y me dieron ganas de levantarme y gritar un «¡os queréis callar ya, pesaos!», porque todo el mundo hablaba a gritos, y flipé con una conversación donde las dos señoras hablaban a la vez, y encima se entendían. De hecho a mi me llamaron por teléfono un par de veces y no cogí… ¡¡porque me daba vergüenza!!. En Tokyo, no se si sabéis, pero no se puede hablar por el móvil en el metro.

El stress que generan los coches y todo lo que ello conlleva me pareció de locos. La gente llegaba tarde y mosqueada porque no encontraba donde aparcar, las caravanas con coches colándose por donde podían, pitidos, malas caras… y pensar que a mi me pusieron una multa porque precisamente hacía todos los días eso de colarme al final cuando salía de trabajar…

  • Las revistas, los periódicos, la tele… ¡¡todo en castellano!!. Me encantaba ver el telediario y leer las noticias. Hasta me compré cuatro revistas que traje en el viaje de vuelta y que tengo encima de la mesa en casa y me gusta releer de vez en cuando.

  • El primer día que quedé con mis antiguos compañeros de currelo en Pozas en Bilbao, el barrio por excelencia para salir de vinos, me maravilló ver cómo todo el mundo estaba fuera del bar con vasos en la mano. Me pareció genial ese ambiente de buen rollo, de no tener que estar metido dentro del bar, de estar ahí hablando en corros con la melena al viento y la otra mano en el bolsillo del frío que hacía. ¡Genial!

  • Las comidas, a mediodía, más que rutina eran un reto. ¿Qué es eso de comer un platazo de cocido, y después otro de carne con patatas?, madre del amor hermoso, yo después del primer plato me plantaba. Y mi madre preocupada, claro, y yo jarto de huntar el pan, el otro maná prometido.

 

  • La poquita gente que había en los sitios… uno entraba a una tienda de ropa y te podías mover perfectamente con tres o cuatro prendas cogidas en la mano, y no tuve que hacer cola en ningún probador. En los pasos de cebra, mirabas para delante y ¡¡había huecos!!. Los trenes iban medio vacíos estando, como mucho veinte personas esperando en el andén… todo así. Una sensación maravillosa, por cierto, desestresante aunque uno se acabe acostumbrando a las marabuntas que hay aquí.

¡Los dos besos! ¡que me daba vergüenza dar los dos besos!, amigas mías, perdonadme si os puse caras raras, fue la falta de costumbre…

  • ¡El euro!, ¿pero qué jaleo es ese de pagar con billetes que parecen del monopoly con cifras super bajas?, ¿os queréis creer que me hacía la picha un lío?. Al principio mirando el número de las monedas porque a parte de la de 1 Euro, que esa me quedaba clara, el resto hasta que no lo veía no sabía de cuanto era.

Las máquinas de bebidas. O su ausencia más bien, un día por Bilbao estuve buscando una máquina de bebidas durante mi paseo de hora y media y no la encontré. Al final me metí en un supermercado a comprar una miserable lata de Aquarius haciendo cola detrás de tres señoras… Aunque la verdad es que sabiendo como las tratan allí, a las máquinas, no a las señoras, lo entiendo perfectamente.

  • La presión con la que sale el agua al tirar de la cadena. Hombre, no es que aquí tengamos un defcon 4, pero allí me pareció que salía súper poca agua y como a cámara lenta. Otro día hablaré de los sustos que me pego con el mecanismo que tienen los aviones, que cada vez que tiro de la cadena me da la sensación de que me chupa el alma aquello.

 

¡Los combinis!. Toshiki, el compañero japonés que vino a verme, me lo decía a gritos: «¡que no hay combinis, macho!«. Y yo le decía: «¡¡ya!!«. Las tiendas estas de 24 horas que tienen de todo y que en Tokyo hay en cualquier esquina… ¡pues allí no!, como mucho en una gasolinera con los precios doblados y las vueltas con olor a sin plomo +.

  • Cuando vino Bea a buscarme a la estación, me dijo al entrar a su coche: «¿me lo ha parecido a mi, o te has limpiado los zapatos antes de entrar?«. Pues si, resulta que por lo visto me daba palo entrar en los sitios con los zapatos puestos, así que inconscientemente me los limpiaba contra la acera o el felpudo o lo que hubiese…

  • Al dar las gracias me salía a veces la reverencia y los colegas se descojonaban. En casa ya ni me decían nada, me dejaban hacer, total.

  • Los premios perrunos por la calle… hay calles por las que uno pasea como si estuviese jugando al twister para no pisarlos.

¡Las tiendas cierran los domingos, y a mediodía!. Así que como no me acordaba y no sabía que hacer me metí en el cine. Por cierto, que dejé la mochila encima del asiento y fui a comprar palomitas. Cuando estaba pagando, de repente, me acordé de que dentro de la mochila dejé el iPhone, la cámara reflex, la cámara de video y un sobre con 350€ de una cuenta que acababa de cancelar del banco. Y yo comprando palomitas en la otra esquina del local.

Y más que ahora mismo no me acuerdo. Ya véis lo que son las cosas, a todo se acostumbra uno y de todo cuesta desacostumbrarse. La verdad es que todavía no sabría deciros con qué sitio me quedaba…

 

Tío Tosca, tío Tosca

  • Cuéntame otra vez el cuento ese del sitio de las casas esas altas que hay tantos vecinos

  • Vaaaale. Te lo cuento, pero me tienes que escuchar muy atenta, ¿eh?, que siempre te duermes y luego no sabes el final.

Todo empezó en un país que está muy lejos de donde vives tú, porque el mundo es muy grande ¿sabes?, y hay mucha gente que es muy distinta que tu y que yo. En este país tienen los ojos de otra forma, y las chicas llevan el pelo laaaargo y es negro, y por la calle hay muchos señores que van siempre con traje.

  • ¡Como los ministros!

  • Jaja, si, como los ministros, con corbata y todo, aunque yo creo que estos trabajan más. Bueno, pues mucho tiempo atrás hubo una guerra y aunque en todas las guerras yo creo que todos pierden, en ésta oficialmente los que perdieron fueron ellos. Y la capital del país, que es como Madrid pero allí y sin Pirulí, quedó destrozada porque muchos aviones tiraron bombas.

  • Alaaa, jo

  • Si, pero no te preocupes porque ¿sabes qué hicieron?, pues como todo estaba muy feo y muy sucio, se pusieron a trabajar todos unidos y consiguieron limpiar todo el tinglado y

  • ¿Qué es un tungrado?

  • No no, «tinglado», es como todo el lío, el jaleo…

  • ¡Pues dí jaleo, que jaleo si te entiendo!

  • Vale vale, perdona, perdona… Bueno, pues te iba diciendo que entre todos, hicieron que el país pasase de estar destrozado a que fuese uno de los más ricos y prósperos del mundo. Próspero significa que trabajaron mucho para hacer las cosas muy bien y todo el mundo quería comprarles coches y cosas electrónicas, y entonces ganaron mucho dinero y pudieron construir …

  • Tío tío, tengo pis

  • ¿No te puedes esperar?

  • Noooooooouuuuoooooo!!!!

  • Vale vale, no grites, venga, te enciendo las luces del pasillo y vas tu sola como la última vez, ¿vale?.

  • Vaaaaale

  • ¿Te has apañado tu sola?

  • Claro, ya soy mayor, soy más alta que Luis, que tiene piojos y su madre le lava la cabeza con vinagre y huele raro

  • Jaja, es verdad, siempre se me olvida! te decía que como ganaron tanto dinero, pudieron construir muchos rascacielos, que son casas muuuuuy altas donde trabaja muuuuuucha, pero mucha mucha gente.

  • ¿Cómo en el codte ingles?

  • Más

  • Más que en el codte ingles no me lo creo, porque alli trabajan cienes de gente y venden de todo.

-Pues creételo porque ya te he dicho que el tío Tosca no te va a mentir, como mucho te contaré tonterías, pero mentirte no.

  • Jaja, tontedias

  • Y como son tan altas estas casas, todo el mundo mira para arriba cuando las ve y te dejan subir arribotas del todo y puedes mirar por la ventana a la gente de abajo que casi no se ven porque son pequeñitos pequeñitos, como los pitufos.

  • ¿Qué son los pitufos?

  • Joe, no me digas que no sabes quienes son los pitufos… ¿no lo dan por la tele?, madre mía que viejo soy. Son unos dibujos animados que son muy bajitos y viven en setas de lo pequeños que son. Ya sé, como David el Gnomo!

  • ¿Qué es David el mono?

  • Otros dibus… bueno, es igual, que se ve a la gente muy pequeñita, y si uno mira para arriba parece que se pueden tocar las nubes con solo levantar la mano. Por eso se llaman rascacielos, porque de tan altas que son las casas, parece que tocan el cielo.

  • ¿Pero al cielo también le pica? A mi a veces me pica el brazo y si me lo rasco se me pone roooojooo y mamá me chilla

  • Jaja, pues igual si que le pican las nubes o algo, vete a saber

  • ¿Y tienen uñas?

  • Nooooo, ¿cómo van a tener uñas?, tienes cada cosa, jajaja

  • ¿Te digo una cosa? quiero subir a una casa de esas que rascan y ver a señores pequeñitos con trajecitos y reirme

  • Vale, pero tienes que ser un poco más mayor

  • ¡Yo ya soy mayor!

  • Un poco más

  • ¿Cuánto de gande?

  • Cuando llegues a los interruptores para encender la luz tu sola, te llevo a uno

  • Vale, pero tienes que sacarme una foto que ya sé salir y no cierro los ojos ni nada

  • Vaaaale. Pero ahora ciérralos que ya es tarde y tienes que dormirte…

  • Hasta mañana tío

  • Hasta mañana

 

Lluvias

El 26 de agosto de 1983 empezó a caer en Bilbao una tromba de agua que nadie se esperaba, provocando que la ría se desbordase y que el agua cubriese hasta más de cinco metros en algunas calles del Casco Viejo.

Yo recuerdo vagamente verlo por la televisión, y que también hubo «riada» en mi pueblo donde el garaje de mis padres, que siempre se inundaba al de dos txirimiris, se llenó hasta arriba de agua y mi vecino del cuarto, el bombero, allí andaba con el camión achicando. Que, por cierto, me hice la picha un lío porque yo pensaba que los bomberos sólo apagaban fuegos y aquello era poco menos que lo contrario.

Después de ver cómo estaban ayer las cosas por Bizkaia, yo creo que a muchos nos ha venido a la mente la historia de aquél verano del 83.

Y entonces me he acordado que en navidades, cuando estuve con Bea de pintxos por el
Casco Viejo, en un bar tenían señalada la marca de hasta donde llegó el agua:

Y aunque no tiene nada que ver con el tema, me encantó el mensaje de la pizarra que tenían al lado:

 

Ikukarate

Erase que se era que me apunte a Karate nada mas llegar a Tokyo, y que me ha pasado de todo… hasta recibir el mayor soplamocos que me han dado en mi vida.

Aunque echando la vista atras, me volveria a apuntar sin dudarlo y lo cierto es que no veo el momento de la revancha…

Ossss

Aqui todas las entradas sobre Karate:

El ikuapañao

Un piso de 20 metros cuadrados, una nevera que se llena con cinco yogures, un baño de plástico prefabricao y un servidor que duerme en el suelo encima de dos futones del grosor de un tebeo de Mortadelo de los de historieta larga con relleno de Rompetechos.

Amigos, llegó la de hora que os desvele mis secretos de supervivencia: durante todo este tiempo he desarrollado una capacidad de adaptación sin par, mi destreza ya no conoce límites y es justo y necesario que todo este invaluable conocimiento que llevo dentro de mí sea revelado a la humanidad.

Así que inauguro nueva sección:

¡¡ El ikuapañao !!

Primera entrega:

 

La tortilla de patatas cuando no se tiene ganas de cortarlas y se sabe de antemano que no hay huevos suficientes

Se sigue el proceso normal de cocineo de una tortilla de patatas, pero con tres puntos clave:

a) Nada de cortar las patatas en cuadraditos, se le pegan cuatro cortes y como quede, que uno lo que quiere es cenar, no pintar un cuadro. El tiempo ganado es perfectamente compartible con veinte minutos de la vida de Jack Bauer y Chloe O’Brian

 

b) Da igual que los huevos no cubran las patatas. Los huevos no son una manta y total, eso se va a freír en una cazuela en vez de una sartén… así que se echan los que a uno le parezca más o menos y se baten sin ganas. Recordad: somos ikuapañaos, no ikuaburguesaos.

 

c) La sal es mala, retiene líquidos y lo que es más importante: hay que encontrar el salero rebuscando por detrás de los paquetes de patatas fritas, palomitas, triskis y tabletas de chocolate que todo buen ikuapañao debe tener en su ajuar. Pero tampoco se puede decir que no tengamos gusto, así que utilizaremos condimentos que homogeinicen el sabor y texturicen el alimento al estilo que el paladar está acostumbrado:

Bueno familia, hasta la siguiente entrega en la que analizaremos en detalle cómo he sido capaz de pasar la aspiradora en lo que tarda la cisterna del báter en llenarse.

 

El frigodiploma

Ay majos, que pensabáis que no lo iba a conseguir, ¿ein?, que mi cuerpo no iba a resistir tamaño desafío, que me iba a convertir en un CamiPicha, ¡¡pues no!!, de hecho lo peor no fue el frío sino las agujetacas de hacer tanto ejercicio durante tres días seguidos. El último día tenía las piernas y el culo que parecían algarrobos.

Como ya os hice un resumen del primer día, podemos decir que el segundo fue muy parecido pero doblando el tamaño de las legañas y cambiando la segunda parte por una clase de Karate normal. Es decir, que el madrugón, calentar un poco al principio y correr una media horita por la calle se mantuvo.

El tercer día fue el mejor sin duda. Fuimos corriendo hasta el río Tamagawa, que resulta que no estaba tan lejos de allí, y cuando llegamos estuvimos echando carreras. ¡¡Fue divertidísimo!! que si corriendo de espaldas, que si a saltos, que si de lao, que si por equipos… me recordó muchísimo al campamento del verano pasado y pienso que es genial volver a hacer estas cosas que uno deja olvidadas en las clases de gimnasia de la escuela. Yo por lo menos, me lo pasé como un cuis, y gané un pilón de carreras, la cosa sea dicha con dicha.

Así que volvimos, nos enkaratekamos otro ratillo más y nos dieron los diplomas. Resulta que había gente que había estado yendo a esto 10 años seguidos y toda la pesca lerela!!

 

¿Y os podéis imaginar qué vino después?, pues las madres de los chavales prepararon unos perolos con sopa miso, onigiris, sandwhiches… y, como por arte de magia por allí aparecieron más botellas de cerveza y de sake que ni sé. Estamos hablando, amigos míos, de las ocho de la mañana. Con lo que ya puedo tachar de la lista que un día fui a correr con un grupo de japoneses durante media hora, eché carreras en kimono y playeras al lado de un río mientras pasaba un Shinkansen cada cinco minutos (que corría más que yo), hice una clase de Karate después y me pillé un moco de los históricos a las ocho de la mañana de un domingo a base de sake de Okinawa.

  • Ir a correr con un grupo de japoneses durante media hora, echar carreras en kimono y playeras al lado de un río mientras pasa un Shinkansen cada cinco minutos (que corra más que yo), hacer una clase de Karate después y pillarme un moco de los históricos a las ocho de la mañana de un domingo a base de sake de Okinawa.

 

La chica del bar de Shibuya

El tiempo empezó a cambiar, del más frío de los inviernos que he vivido nunca, por fin empecé a no necesitar el abrigo a según qué horas. Y para celebrarlo, decidí salir a comprar ropa acorde con la nueva temperatura que se empezaba a intuir.

Shibuya está lleno de tiendas, pero después de todos estos meses ya tengo mis preferidas. Sé donde voy a encontrar lo que quiero y aunque me gusta perder el tiempo curioseando, ese día fuí al grano.

En lo que me quise dar cuenta se hizo de noche y el paisaje de la zona cambió radicalmente sustituyendo rayos de sol por neones. Siempre tengo la sensación de que es como otra forma de hacerse de día.

Salí tarde, así que no me apetecía volver a casa tan pronto. Total, nadie me iba a echar en falta y no todos los días se está en un sitio como aquel. Así que me metí en un bar, un irlandés, me senté en una esquina, dejé las bolsas en el suelo y, como tiene que ser, pedí una cerveza negra.

A mi lado había una chica que estaba concentrada escribiendo en un cuaderno. Si bien el sitio no era el mejor, estaba claro que la luz no era ni mucho menos la adecuada, así que su cabeza estaba sumergida entre las hojas, quedando casi a la misma altura que su mano derecha con la que no paraba de escribir, casi dibujar, en perfecto japonés. En aquel momento estoy seguro de que ni siquiera reparó en mi.

Saqué mi teléfono, más por hacer algo que por tener ningún interés en él. Y empecé a navegar entre los emails y mensajes que empezaban a abarrotarlo. Pensé que definían mi vida desde que llegué a Japón, allí estaban las amistades que había hecho, las llamadas que había recibido, mensajes que anticipaban encuentros con personas que unos meses antes no existían.

Alguien me habló. Un chico japonés con traje y pelo largo, lo que le daba un aire de salary man venido a menos, como un niño jugando a ser mayor. No era la primera vez que estaba en un bar y alguien decidía entablar conversación conmigo en inglés. Fue un gesto amable que supe apreciar, así que estuvimos charlando un rato. ¿Qué haces aquí? ¿de dónde eres? ¿por qué zona vives?…

Me llamaron al móvil, y mientras atendía la llamada, vi que el chico empezó a charlar con la que seguía escribiendo a mi lado. Pude ver que esta vez la conversación era en japonés por las pausas solemnes y los asentimientos obligados casi al final de cada frase.

«Este tío está en su salsa», pensé mientras acababa de hablar con el móvil, y reafirmando su innata habilidad, hizo lo que me temía: nos presentó medio en inglés medio en japonés. Incluso mezclando idiomas era capaz de hablar con desparpajo.

Cuando le contó de dónde venía yo, la chica de repente se puso a hablar en perfecto castellano. Resulta que había estado estudiando en Salamanca y que fue una muy buena experiencia que siempre recordaba con cariño.

En algún momento de la conversación, el chico japonés desapareció para volver cinco minutos después con dos cervezas con las que nos invitó antes de dejar el bar.

Estuvimos más de tres horas hablando. A ella le gustó volver a hablar, por fin, en aquél idioma que aprendió y que a duras penas utilizaba, y a mi me gustó escucharlo. Compartimos muchas anécdotas ocurridas en el país del otro, y hasta me enseñó la carta que le estaba escribiendo a su hermana.

La hora del último tren llegó, y fuimos juntos a la estación donde nos despedimos para no volvernos a ver. Al menos por mi parte, supongo que no nos interesaba nada más que una buena conversación, así que supimos olvidar el momento de intercambiar los teléfonos, que nunca pasó.

Ayer volviendo a casa, escuché a una señora hablando en castellano y me vino a la
memoria aquella chica del bar de Shibuya con la que intercambié nostalgia por sonrisas, recuerdos por anécdotas, castellano por japonés… hace ya más de un año.


Añadida al resto de historias que sé que siempre me emocionarán cuando las lea.

Sueños por soñar

Hoy hace una semana que un chico llamado Tomohiro Kato decidió que la vida que tenía no era lo bastante buena como para seguir viviéndola, y para ponerle remedio no se le ocurrió otra cosa que alquilar un camión de dos toneladas y llevárselo a uno de los barrios donde coincide más gente un fin de semana en Tokyo.

 

 

Una vez allí cuentan los telediarios que se lanzó contra la multitud a unos cien kilómetros por hora llevándose por delante a tanta gente como pudo y que, no contento con eso, se bajó del camión y, cuchillo en mano, se dedicó a apuñalar a todo aquel que tuvo la puta mala suerte de cruzarse con él.

«Me he cansado de vivir» dicen que dijo.

Y yo no puedo dejar de pensar todos mis sueños e ilusiones.

Y mientras camino, sin quererlo, me hago mentalmente una lista con todo lo que este señor ha conseguido arrebatar a siete personas que el domingo pasado decidieron darse una vuelta por Akihabara: besos, abrazos, amigos, hijos, padres, desilusiones, enemigos, esperanzas, planes, lugares, deseos, enfermedades, derrotas, lágrimas, sonrisas, trabajos, experiencias, nubes, sol, lluvia, viento, sabores, olores, emociones, victorias… vidas.

Sueños que ya no serán soñados.

Y hoy, una semana después, he decidido ir porque suponía que habría algún tipo de homenaje por las víctimas. Y, la verdad es que no me he podido quedar a verlo, he sacado algunas fotos y me he ido de allí tan rápido como he podido.

Todavía siento pena, rabia y, en cierto modo, también miedo. Así que, haciendo caso a la policía, he dejado de hacer fotos por respeto a lo ocurrido. Pero antes de llegar a la estación he sacado de nuevo la cámara para sacar una última:

 

 

El biplan

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Ya estamos, si es queeeee, que noooo, hombre que nooooo, que no he estado con un maromo y una maroma a la vez, anda queee.

El biplan es lo que había el domingo en mi barrio, que por una parte les dio por celebrar el 400 aniversario de la pagoda más antigua de Tokyo (anda que no os la he enseñao veces), y a la vez era el matsuri en la calle de al lado de casa.

Así que tuve que espabilar lo inespabilable para no perderme ni un momento de las juergas!!

Lo primero que hice fue ir a Honmonji, porque en mi calle todavía no había nada y el día que hizo fue de verano total (ya era hora, yujuuuu). Así que me planté en un tris, y allí lo que habían eran puestos de comida, chicas vestidas con kimonos, flores de cerezos por todo el suelo… un ambientillo chulísimo!! Para mi un matsuri es sinónimo de verbenilla: sus txoznas, sus puestos para los chavales… el mundo es pequeño, amigos!

También había allí una zona donde estaban enseñando a la gente que quisiera a servir el té, y cuando yo llegué había unas estudiantes ahí intentando hacerlo de buenas maneras. Entre los cerezos, el té, el templo y uno que tiene mucha imaginación, aquello parecía una peli!

Y después de zamparme unos manjarosos alimentos que tuvieron a bien venderme, me fui para el otro lado donde tenían montado un escenario y habían puesto esterillas en el suelo para que la gente se sentase ahí de público. Lo primero que vi fueron señores y señoras mayores cantando Enka, que es como si dijese que están cantando canciones de Jose Luis Perales, vamos, del año de la pera!!

Después, salieron unos chicos con unos chirimbolos y se ponían ahí a bailar con ellos, aquello parecía que era super pesao, y cuando las cintas esas golpeaban en lo metálico, se oía un ruido ahí chulo.

Y de repente van y dicen no se que de flamenco. Abriendo mis orejones lo más posible, me entero que hay un par de señoras que lo bailan y que en breve empieza la actuación. A un lado estaban cantando canciones de cuando Rompetechos veía, y en el otro lado había una señora japonesa con su mantilla y su vestido de topos bailando por bulerías!!!

Me hizo tanta gracia la situación que fui a hablar con ella en cuanto pude, y a ella le hizo también ilusión, así que nos sacaron una foto. La señora tiene un bar por allí cerca, y me ha invitado a que vaya. Yo pensaba que era por quedar bien, pero nos cambiamos los teléfonos y ayer me llamó para asegurarse de que iba a ir!!! jaja

 

La segunda parte del biplan, que para eso es bi, lo dejamos para mañana que tengo que cenar algoooo!!!

Hasta luego, pisha!

 

Rainbow Bridge a patita

El Rainbow Bridge, que suena a los osos amorosos pastelosos con voz de pito, es un peazo de puente clavao al de Mapfre pero en blanco y sin jubilaciones de por medio.

Los maeses hacedores de puentes lo acabaron en 1993, tiene 570 metros de largo y lleva ahí tres diferentes agujeros para que pasen cosas: una autopista de dos carriles pa cada lao, una autovía conocida como la avenida del puerto y las vías del Yurikamome, que es un monoraíl super cuco.

Une la Bahía de Tokyo con Odaiba, una isla ahí toda artificial. Epa, si ya os conté los trucos aquí aquí y aquí!

Bueno, pues cuando no he planeado nada para hacer, siempre hay dos alternativas: una es ir a Shibuya a tiendas de ropa a gastar perras, que soy peor que Gabrielle Solis con un bonozara. Y la otra es a Odaiba, siempre que haga buen tiempo, claro. Además me pilla bien, porque puedo coger el monorail en Shimbashi, que está en mi misma línea de tren.

Pero yo, que soy un fijón, me he dado cuenta que cuando pasamos por el puente se ve gente andando!. La primera vez pensé que eran guardias o así, pero noooo, que el otro día había un tío en niki y con gorra!! y más que poli parecía un latin king japonés (japan king?).

Así que el domingo, después de lo del tuitos, o tuikol, o tuirol o como se diga, me fui a Odaiba decidido totalmente a volver andando si fuese menester.

Y fue fue! Tienes dos rutas, dependiendo de si vas por la derecha o por la izquierda, y se tarda sus buenos veinte minutillos. Por un lado ves Tokyo, con la torre Eiffel esa que aquí la tienen más larga, y los rascacielos y tal. Y por el otro ves Odaiba, con los edificios tan chulos como el del Fuji TV. Y hagas lo que hagas, pues ves mar que para eso es un puente, copón!

Si pasáis un día en Odaiba, sólo tenéis que ir a la base del puente y andar. De verdad que lo recomiendo casi más que ir a las tiendas, que al fin y al cabo son tiendas!

Y que no me entere yo que no hacéis caso a los carteles, eh???

No dejéis de hacerlo!!! es mucho más bonito que, por ejemplo, subir a la Tokyo Tower…

 

 

El zoo de Ueno

Uy la leche pirula!
Había echo yo un montón de intentos de ir al zoo este que resulta que es el primero de todo Japón (mia que está leho hapooooon), y como lo cierran más pronto que las panaderías los domingos, pos nunca llegaba.
Así que este domingo me puse serio y me pegué un madrugón de estos que si me oye mi madre me da tres pescozones: a las 11 !!

Y para el zoo que me fuí!. Ueno está a tomar por saco de donde vivo yo, y encima el día anterior había ido a karate, así que estaba ya muy condicionao para que la galvana me invadiese al tercer o cuarto bisho.

Ueno tiene un parque que es famoso por los cerezos, y a parte del zoo, tiene un par de templos muy chulos y un lago enorme con nenúfares. Es un sitio bonito para pasear e ir en plan tranquilo, y además hay bastante ambientillo de gente haciendo historias: tocando música, haciendo magia… estoy yo planteándome hacer el gamba allí en medio a ver si me saco unas perrillas…

Bueno ya os contaré más del parque, vamos a centrarnos en el zoo (o «sú» como diría el yanki, yankiiiiiiiii, vocaliza!!!).

La entrada vale 600 pepinos japoneses, unos 4 frigodedos europeos, así que no es nada cara. Pero hay que andar rápido porque cierran a las cuatro. Está todo muy bien organizado, vamos que no te pierdes ningún bichejo porque la ruta está clara, y es el zoo más limpio que he visto en mi cómica y ridícula vida.

La atracción es el oso panda gigante, que es como el osito Misha pero sin pluma:

Allí hay más bichos que en el trastero de Torrente, y están super bien cuidados. Pero aquí va mi reflexión toscanil: los animales, como en todos los zoos, están apanaos. Están sobaos, atontaos y tienen la cara más triste que cuando le regalaron un espejo de cuerpo entero a Freddy Kruger. Estaban allí tiraos en el suelo pasando de todas las cámaras que les estaban sacando fotos (la mía incluida).

Así que me fui de allí con sentimientos encontrados. Por una parte me gustó ver animales tan raros y distintos, y por otra me daban unas ganas de pegarle unas patadas a las jaulas y que saliesen por ahí a correr y comer gente!!!!

Resulta que durante la segunda guerra mundial, el ejército japonés ordenó que se acabase con todos los animales peligrosos y salvajes del zoo porque tenían miedo de que las bombas de los americaninis lo alcanzaran y de repente se vieran ahí leones por las calles de Tokyo. El personal del zoo intentó que se trasladase a los animales a otro sitio, pero nada. Así que les dieron comida envenenada, y se recuerda especialmente la muerte de los tres elefantes que existían entonces (John, Tonky y Wanly).

Esto que os he contado en mi tono gilipoyesco característico, es verdad que pasó, así que más a mi favor en contra de los zoos (y de las guerras!).

Así que para toda esa gente que devora todos los blogs sosos sobre Japón que hay por ahí, aquí va mi ikuconsejo de hoy: si vais a estar poco tiempo en Tokyo, ¡no vayáis al zoo de Ueno!, aprovechad para ir a ver a los frikiplanets de Harajuku que gruñen parecido y encima es gratis!!

Echadle un párpado a esto:

 

Aqua-bus desde Asakusa a Odaiba

Aqua-bus desde Asakusa a Odaiba

Hoooola

Estoy mueto! Vengo de Karate, y estar hora y media pegando patadas descalzos en un suelo de madera… tengo los pies estilo socarrat! ayayayay

Pero tengo que acabar de contaros mi Golden Week!!! así que con o sin pies, paso a narraros lo que hice a partir de la subida al monte Petao, digo Takao.

Viernes, 4 de marzo, por la tarde

Estaba yo arriba del todo poniendo los ojos como un japonés sospechando para intentar ver el Fuji cuando me suena el teléfono. Es Lekesan, que hay cena en su casa, que tiene bakalao al pil pil, que vaya, mecagüentxotx, que vaya. Como uno es cualquier cosa menos un desaborío, por supuesto que acepté, y me dispuse a bajar del monte esquivando al personal.

Y me fuí a casa de Lekesan, y conocí a Celia de Japanizeme, y me lo pasé pipa con el hijo de Leke y sus juguetes, y comí jamón, y bebí Rioja y cené Bakalao al pil pil!

Y después de un par de patxaranes, quedamos al día siguiente con los de la tele. El plan: desde Asakusa coger un «Aqua-Bus», la txalupa de aquí, que te lleva por el río Sumida hasta Odaiba, la bahía de Tokyo.

Sábado, 5 de marzo

Quedamos con los televisivos, y como somos más majos que los yenes de 500, les fuimos a buscar al hotel otra vez. Y de ahí a Asakusa, y cosa extraña en Japón, tuvimos que hacer cola para comprar el billete!

Nos chupamos la cola Leke, Kota y yo. Ellos se llevaron a la mujer de Lekesan y estuvieron haciendo entrevistas a la gente sobre el cambio climático y tal. Esa corresponsal en Tokyo!!!!. Y ya por fin, nos montamos en el barco, y pusimos rumbo a babor (eh! años queriendo decir esta frase!):

 

Aqua-bus desde Asakusa a OdaibaEsta foto se la he robado a Leke. Aquí Aintzane que parece que haga publicidad de la Inocente!

 


Y ya llegando, apareció éste mostrenco. Parece ser que el diseño lo ha hecho un dibujante de manga, y la verdad es que la pinta toda la tiene de salir en Doraemon o alguna de esas. Es como una nave espacial!

Ya por la noche, nos despedimos de los de la tele pensando en que seguramente no nos iban a sacar (aunque al final lo hicieron), y de todo esto ha quedado una experiencia inolvidable y una larga amistad. Bueno, y un sobrino!

 

 

Cena en Gonpachi, el restaurante donde Uma Thurman se cepilla a Lucy Liu en Kill Bill, que existe y está aquí al lao

Ay ay ay que no me dicen nada los de la ETB y os tengo a todos caninos!!!! No os preocupéis que en cuanto lo sepa, os lo cuento!
Hoy toca el siguiente plan de la Golden Week ésta que a mi más que golden, me ha salido redonded. Bueno, al grano que diría el presidente de Clearasil.

Martes 1 de Mayo

Este día currelar se currelaba, pero como al día siguiente era mayormente lo que viene siendo como un viernes en el que, además, no trabaja ni Blas, pues como que no iba a desaprovechar la…

CENA EN EL GONPACHI, EL RESTAURANTE DE KILL BILL

Esto es como una bola…. yo conocí a Salva, el chico valenciano que se marcha del país, en el Spanish Meeting Group de Tokyo. A raíz de aquello, me invitaron a la cena de despedida que ya os conté el otro día. Y en esa cena, a parte de conocer a uno de Burgos, a una japonesa casada con un valenciano, y a una de Nueva York con padres cubanos, pues me invitaron a ir al sitio este que yo ni sabía que existía.
¿Cómo no voy a ir yo a esto? vamos vamos vamos!

Por fuera tiene buena pinta, pero nada más entrar ya puedes ver que si que es el de la peli!!

Siempre que voy a un sitio nuevo, conozco a gente nueva. Es genial!. Esta vez, a dos australianos, uno que llevaba mil años y ya sabía cómo se comía con palillos, y otro que acababa de llegar esa misma mañana.

Cada vez que alguien se marchaba del local, gritaban todos un «¡¡ ARIGATO GOZAIMASU !!» que es el muchas gracias de aquí. Que ambientillo mas guay!!!.

Y en la planta de arriba estaba la zona chic, especializado en sushi.

¿Lo mejor? que costó la mitad que el restaurante español del otro día. Última vez que, estando en Tokyo, me voy a un sitio que me van a poner tortilla de patatas a millón el pintxo!!

No, si algo se cocía…

Una de las primeras cosas que me dijeron cuando alquilé el piso, fue que había una calle famosa llena de cerezos. La verdad es que me pilla a medio minuto de casa, y tiene un montón de árboles de lado a lado.

Tanto el dueño de la casa como Michiko le daban mucha importancia al hecho de que estuviese tan cerca, y yo que lo que tenía era muuuucho frío, me dedicaba a pasar a toda leche por ahí para intentar llegar al tren que tiene calefa y se está calentito.

Y de repente, empezaron a colgar farolillos. Ahí ya empecé a sospechar, seguro que esta gente tienen alguna preparada, que ahí donde los ves como que sólo trabajan y andan rápido, fijo que preparan alguna…

Entonces fue cuando empezaron a aparecer flores. Una aquí… dos allí…. y yo ya me empecé a dar medio cuenta de la que se iba a liar allí. Si a todos los árboles que hay en esta calle les da por florecer a la vez, esto puede parecer un anuncio de Mimosín con farolillos.


Y después de los farolillos, empezaron a instalar casetillas estilo a las del tiro que ponen en las verbenillas, pero de comida. Y efectivamente… Yo nunca he estado en el valle del Jerte, y seguro que allí hay más cerezos que aquí, pero os juro que es precioso pasar por aquí dos veces todos los días. Y la segunda vez que paso, que es a las tardes cuando vuelvo a casa, de repente me encuentro con gente ahí sentada debajo de los árboles pimplando y comiendo!

Como os contaba ayer, el domingo por la mañana me fui a Harajuku a ver a los figuras de Tokyo. Y la verdad es que estaba ya bastante cansado de tanto andar, así que decidí volver a casa pronto para dedicarme al noble arte de la siesta. Y me bajé del tren, y sin darme cuenta, pasé a formar parte de una procesión de gente que se dirigía a mi casa. «Ya la he liao, tanto poner Fito a tope por las tardes… me van a linchar» pensaba yo. Pero no!, iban todos a la calle de la que os estoy hablando. Resulta que la habían cortado, y tenían montada allí una verbena del copón!!!!

El caso es que se oía como una tamborrada, y para allá que me fui. De nuevo siguiendo el criterio de mis entendederas, os paso a contar lo que vi. Se dividen como en peñas, en komparsas, cada una de las cuales va con su kimono y su cuadrilla de tambores. Por turnos, iban saliendo en grupos a una plaza que había allí al lado y bailaban. En cada cuadrilla hay gente de todas las edades, desde señoras que parecían tener setecientos veintitres años, hasta niños pequeños, y eso es lo bonito, ver bailar lo mismo a gente tan distinta:

 

De nuevo, por inesperado, fue más emocionante y precioso si cabe. Además va a durar poco, y quizás por eso se aprovecha tanto el momento. Se calcula que en dos semanas no quedará ninguna flor….

De quedarme chato vengo

Esto es lo más raro que me ha pasado en mucho tiempo. Hace como cinco minutos que se ha acabado la situación más surealista acontecida jamás por mi persona, y eso que conozco a gente muy rara, eh?

Paso a relatar los hechos:

20:35 – salgo a correr con mis pantalones cortos, mi ipod y mis pintas de extranjero raro
21:03 – llego a casa y como no me apetece hacerme la cena, dejo el ipod, cojo la cartera y me dispongo a ir al seven eleven que tengo al lado a comprarme algo pa cenar.
21:05 – llama mi antigua compañera de trabajo al móvil, así que me paro en la puerta de la tienda a hablar con ella por teléfono
21:12 – veo a dos polis que me miran y siguen atentos mi conversación (medio japonés medio inglés, con algún que otro palabro en castellano que se me escapa)
21:19 – acabo de hablar, me estoy despidiendo y veo que los polis vienen donde mi.
21:19 – 21:25 – me piden mi carnet de extranjero, que no tengo porque la burocracia japonesa no es que sea de las más rápidas. Me preguntan que hago en Japón, si vivo por allí, en qué trabajo y de donde vengo. Les digo que España y uno de los policias se me pone a hablar en un perfecto portugués de Ronaldiño. Del que entiendo una de cada cuatro palabras. Me piden el pasaporte, les digo que he salido a correr y que no lo tengo, lo que es más que evidente dadas mis pintas. Me preguntan que si vivo cerca, que me acompañan a por él.
21:30 – llegamos a la puerta de mi casa, yo andando y ellos en bici. Me esperan abajo, subo y se lo doy. Uno lo coge y empieza a leerlo, claro está en español, así que tu me dirás. El otro le enchufa con la linterna. Yo por dentro me descojono, porque se que está todo bien y que no hay ningún problema. Parecen Milli y Vanilli, en absoluto dos polis de verdad.

Me preguntan entre otros datos dificiles de sacar por el pasaporte, mi nombre, mis apellidos, de donde vengo y donde nací. Después Rivaldo me pregunta algo en su acento coraçao ese. Ni idea de lo que me dice, asi que le pregunto en japonés. Me contesta en Regino, finalmente me da un boli y me dice que escriba mi nombre. Al coger el boli con la mano derecha dice algo y me quita el boli y escribe lo que supongo que será «diestro».
Finalmente me piden perdón, me dan las gracias por colaborar y se piran en bici. Han apuntado en un cuaderno que me llamo Oskar, que nací en Bilbao y que soy diestro. Ah! y la hora.

Lo que me ha llamado la atención (dentro del estado de flipamiento en el que me encuentro): han esperado un cuarto de hora a que acabase de hablar por teléfono, un japonés me hablaba en portugués, y finalmente como si no hubiese pasado nada, me pregunta que a ver si me gusta Japón…

Aquí estoy escribiendo esto mientras se calienta la cena que he comprado en el microondas.

Y mi sensación no es en absoluto de nerviosismo, ni de preocupación… sino de que estoy viviendo en un país que es como los dibujos animados!!!!

Anda queee

Actualización: lo acabo de contar en el currelo, y les parece la cosa más normal del mundo. Les he dicho, ¿y a qué viene tanta pregunta?, y me contestan que es porque soy extranjero. Seguramente pasará lo mismo en España, pero no nos enteraremos…