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Susurros

Mientras en la agencia me buscaban un piso que quedase cerca de la oficina, yo me estuve hospedando en un Weekly Mansion en Gotanda. Durante dos semanas viví en una habitación pequeñísima con baño y minicocina. Se podría decir que es como un hotel pero sin ningún servicio: es decir, tu duermes allí el tiempo que te hospedes, pero no te va a venir nadie a limpiar la habitación o hacerte la cama, y tampoco te dan de comer. Es más barato, claro está.

El caso es que todas las noches cuando volvía andando de la oficina pasaba por una calle llena de personas puestas aquí y allá que no dejaban de otear a la gente. Había hombres con traje, pelos imposibles, gafas de sol a pesar de ser de noche y un pinganillo de esos que les hacía parecer tipos duros aunque muchos no aparentaban más allá de la veintena.

Y todas las noches alguna chica me seguía durante unos pasos y me ofrecía darme un masaje, o incluso sexo directamente bajo la atenta mirada de los hombres de traje que estaba claro que tenían algo que ver aunque pretendiesen lo contrario.

Yo apretaba el paso, negaba con la cabeza y me iba a mi habitación sin poder evitar pensar en qué estaría pasando en las habitaciones de al lado.


Durante tres noches seguidas uno de los entrajetados me ofreció sexo con «cute girls» en un local que, por lo visto, quedaba muy cerca. Y siempre le decía que no. La última noche insistió mucho, muchísimo, y nervioso por la situación le acabé medio gritando que yo me hospedaba allí y que me dejase de preguntar todas las noches ya de una vez porque no me iba a ir con él a ningún lado. El entrajetado se puso muy serio y se fue, y dio resultado porque los siguientes días cuando me veía simplemente me ignoraba.

Hace mucho tiempo ya de aquello, pero siempre que paso por la estación de Gotanda, que no me queda más remedio porque es donde hago transbordo a mi línea, me acuerdo de lo fácil y rápido que aprendí dónde estaba la zona por la que convenía no pasear cuando el sol se metía a dormir.


Pero no hay que ir hasta aquella calle para darse cuenta de que algo raro pasa. En la salida de la estación se ven a los mismos hombres entrajetados que observan pacientes a los que pasamos. Y cuando ven a una chica guapa, jóven, se acercan y le susurran. Ellas, como hacía yo, aprietan el paso y niegan con la cabeza, pero ellos insisten. Hasta las agarran del brazo y las hacen pararse por un momento a escuchar sus susurros, pero ellas siempre se zafan y se van, incluso corren.

Ellos ríen. Y vuelven a sus teléfonos móviles, y a su puesto de vigilancia, y prepararán mentalmente cómo susurrarle a la siguiente chica que trabaje para él, que ganará mucho dinero, que le acompañe para hablar de cuánto y de lo fácil que va a ser.

A nadie parece importarle, y mucho menos a ellos que con sus susurros parecen buscar una discreción que no lo es en absoluto. Y menos porque incluso lo hacen a pleno día.

Yo me uno al resto. Y todos juntos pasamos de largo.