Toki doki 時々

Yo veía una puerta cerrada con una mirilla que enseñaba el mundo un poco, y unas zapatillas sucias, un pantalón roto y un cuerpo que quería salir.

Había un grupo de chicas en un grupo de bicis y yo escuchaba sus palabras y sus carcajadas que mezcladas con el viento secaron la nostalgia que había tendida en mi piel.

Y el camino eran árboles que me saludaban en silencio porque hacía tiempo que me conocían, y coches aparcados, y casas que resguardan gentes que resguardan almas.

Veía bambúes, muros de hormigón, semáforos girados y señales de tráfico sin tráfico.

Yo era distinto al resto de las personas pero se me olvidaba. Había un cielo que era igual, y nubes que ya me las conocía de otros lugares, y un niño que reía, un padre que se derretía y una madre que no estaba.

Olía a suelo húmedo y a humo de tabaco a veces, a quietud y a incienso siempre.

Yo quería desgastar una pizca de mi ego y conseguir algo de humildad y sosiego. Quería acordarme de los míos con muchas ganas para intentar que ellos se acordasen un poco de mi. Y les veía de ojos para adentro, y sonreía y creía verles sonreir durante lo que duraban mis parpadeos.

Había nadie y estaba yo. Veía edificios con luces que tambien parpadeaban a su manera, y pájaros que me veían pequeño, y gentes que no me veían pero yo a ellos sí.

Y me senté junto al tiempo que dejó de pasar por hablar conmigo, y desenmarañé cada idea y cada pensamiento, y el cinturón dejó de apretar tanto porque allí dejé algunas angustias, unas pocas aflicciones y otro pedazo más de mi.

 

Ikusuki en Cadena100

Hacía muchísimo que no me daba por escuchar la radio… yo metía ahí mi música en el iPhone y hacía vida entre los Celtas Cortos, Sabina y Coldplay, pero hace más o menos un par de meses que vi que los de Cadena100 habían sacado una aplicación para el iPhone.

Acordándome de mis tiempos yendo a la Universidad desde Basurto escuchando al Abellán y al Pulpo y partiéndome, me ha dado por escucharles a esa hora en la que mi amado compañero chino se levanta con su taper enfilando el microondas.

Por lo visto, el Abellán hace bastante que no está, ahora salen un tal «Javi Nieves» y una tal «Mar Amate» ahí hablando y lo que empezó como una excusa para no escuchar al pastababas y al parlapuñaos se ha convertido en una adicción de lo más entretenida!!!

El otro día hablaron de su página en facebook, y me dio por dejarles un mensaje allí dándoles los buenos días. De repente Javi se pone a hablar que si de un bilbaíno en Tokyo, que si Ikusuki, que si no se qué… ¡yo flipao!, les doy las gracias y lo siguiente es que este viernes van a hacer un «Españoles por el mundo» y que cuentan conmigo!!!

Así que si estáis mañana despiertos sobre las 7:20 de la mañana, ahí saldremos a filosofar con mi habitual sabiduría!!! Y si no estáis despiertos, no preocuparse que lo grabo!

¡¡ Gracias Javi y Mar !!

Actualización!!! Nuria de Nihonmonamour también sale!!!! mola!!!

¡Actualización II – The MP3 File! ¡Tenemos el audio!

Las seis de la mañana

Es cuando yo empiezo a acabar de soñar mientras mi familia y amigos están todavía planeando empezar sus sueños.

Muchas veces pensando en ellos, empiezo a vivir de nuevo el principio de lo que me queda de vida mientras el sol hace que sea tan absurdamente de día que parece que aquí es él el que no está sincronizado con la hora.

A las seis de la mañana mi cuerpo me suele recordar todo el ejercicio que le hice hacer el día anterior, doliendo con cada escalera, con cada pedaleo, con cada movimiento.

Es cuando el espejo me muestra con el tono sombrío de mi cara la última vez que me afeité, y pone énfasis en aludir cada vez con más claridad todas las seis de las mañanas vividas.

Los salaryman se ajustan la corbata, comprueban que todo esté en su sitio, y salen a la calle sin tener la más remota idea de cuando volverán mientras los dependientes de los combinis se aseguran de tener las estanterias llenas de onigiris y sandwhiches.

A las seis de la mañana ya se ven reverencias y sonrisas aunque se antojan más mecánicas que de costumbre.

Las calles huelen a arroz, a café, a champús, aftershaves y colonias, a rutina y a desazón. Nada parece emocionante, el tiempo pasa muy despacio, tanto es así, que parece empeñarse en no pasar.

Los semáforos empiezan a amortizar de nuevo sus parpadeos, y las farolas exhiben sus ya frías bombillas dando envidia al maltrecho asfalto que sabe que lo peor está por venir.

Las casas se vacían, los trenes se llenan, y nadie parece estar en su sitio porque todos se mueven con prisa, con nerviosismo, con impaciencia.

Nadie quiere conocer a nadie, los ojos se centran en diminutas pantallas de teléfonos móviles, los oidos llevan artilugios colgados de cables blancos que no dejan escuchar al mundo y las piernas andan solas mientras las mentes están sin estar del todo.

A las seis de la mañana nos espera una oficina, una escuela, una tienda, un trabajo… un sitio a cuyo encuentro vamos ensayando estar despiertos.

Y como hemos recien acabado de soñar, no nos acordamos de seguir soñando.

 

La mejor foto de Abril

Una hablará Euskera y Castellano, crecerá viendo Los Lunnis, paseará por Bilbao, decidirá si le gusta el fútbol y quizás se haga del Athletic para fastidiar a su padre. Por Pozas seguirá junto con sus amigas a ese chico que tanto le gusta, se vestirá de arrantzal para dar la bienvenida a Mari Jaia en Agosto y algunos domingos los pasará yendo al cine del centro comercial del puente de Deusto. Puede que tenga un Creditrans con el que ir de pintxos por el Casco Viejo, o a Gorliz a la playa, o, quizás, a Portugalete a cruzar el puente andando y atreverse a mirar abajo.

La otra hablará Japonés, se hará mayor viendo Doraemon y le comprarán algún yukata con el que verá fuegos artificiales en verano. Los domingos se sacará fotos con sus amigas en máquinas purikura, y seguro que también se enamorará muchas más veces de las que confesará. Tendrá una bici tras otra, y paseará por Tokyo con la tarjeta Suica en el bolso, hoy a ver cerezos en flor, mañana a un onsen, pasado a cenar a un izakaya con el dinero ahorrado del arubaito.

Algún día. Quizás.

En aquel momento sólo eran dos niñas iguales, tanto que ambas ignoraban que sus vidas iban a ser tan distintas.

Y jugaban juntas como si nada.

 

Tokyo Tower

La Tokyo Tower es la Torre Eiffel pintada del Athletic que me hace esbozar una sonrisa cada vez que me acuerdo que es un pelín más alta que la de los franceses. Es el armatroste que tiene una mascota que parece una picha, que tiene una tirita en la punta y que se rie mucho.

Cerca de la Tokyo Tower una chica me dijo que si una pareja la estaba mirando por la noche y de repente se apagaba, que esa pareja se separaría irremediablemente. Cuando me lo contó, la torre llevaba mucho tiempo apagada, casi el mismo que ella llevaba cogiéndome de la mano.

Es donde mis invitados descubrieron por primera vez el Tokyo nocturno desde las alturas, y me lo contaron con emoción, con todo detalle… como si yo no lo hubiese visto nunca. Gracias a ellos, redescubrí lo que sentí cuando vine aquí por primera vez, y me sorprendí al darme cuenta que muchas cosas ya no me sorprendían.

Desde los pies de la torre un día nos llevaron en un bicitaxi hasta la estación por menos de 500 yenes, y no importó que tardásemos prácticamente lo mismo que andando porque la conversación que tuvimos por el camino costaría, por lo menos, siete veces más. Y eso que no nos entendimos ni la mitad de lo que nos dijimos.

Es lo primero que descartaría visitar en Tokyo si el tiempo escasea, porque no pega, porque no le encuentro sentido, porque esto toca estar en París y no aquí, porque a pesar de ser más alta y de tener su utilidad, a mi me parece más un quiero y no puedo, una copia, el arrebato de algún alcalde envidioso con aires de bohemio.

Es donde aparcan coches de lujo con cristales tintados complaciendo, quizás, el capricho romanticón de alguna chica que cree que todavía no ha llegado la hora de volver a casa.

A los pies de la Tokyo Tower me sentí feliz por un rato aquél día, aunque se me pasó pronto porque era invierno.

Tendré que ir pensando en volver ahora que empieza a hacer calor.

Aunque iré sólo esta vez.

Los datos aburridos, en el blog de Jordi Hurtado.

Tío Tosca, tío Tosca …

… que tengo un novio!

  • ¿Eh? ¿pero qué dices? que tu no puedes tener novio ya!

  • ¿Porqué no? nos queremos mucho y nos vamos a casar

  • ¡¡Pues porque eres una niña!! a ti ahora te toca jugar y ver dibujos animados, pero a ver que va a ser eso de tener novio!!

  • Me da igual lo que tu me te digas porque tu eres un gambitero

  • jaja, tu si que estás gambitera!, bueno, te dejo que tengas novio, pero no os déis besos, ¿eh?

  • Buagh que asco, no no, besos noooo, jugamos a casitas juntos aunque muchas veces me aburro. ¿Qué hacías? ¿porqué te reías?

  • Pues mira, estaba viendo las fotos que saqué ayer

  • A ver a ver a veeeeer

  • Espera! no metas las manazas!, mira te las voy enseñando yo, ¿vale?

  • ¡Vale tío Tosca!

  • Pues mira, es un parque de Tokyo, y allí los domingos se juntan muchos señores que se visten como Elvis, que era un señor que bailaba raro y que se hizo muy famoso hace mucho tiempo. Pero claro tu no sabrás quién es, pero quédate con que era del año catapún y que cantaba

  • Jijiji, catapún pun pun puuuuun

  • ¿Y porqué se visten así, tío gambitero?

  • Jaja, jodé con lo de gambitero!! te ha dao por ahí, ¿eh?

  • Jijiji

  • Bueno, pues es que les gusta mucho el estilo de la música de Elvis y la ropa y como ahora todo eso es muy antiguo, pues se ponen aquí a bailar todos juntos y se lo pasan muy bien. Y aunque no lo dicen, yo creo que les gusta que la gente les mire y les saque fotos, como las que les hice yo ayer

  • Alaaaaa, ese está en pelotaaaaas

  • Jajaja, siii, y anda que no pegaban saltos, menudos artistas!! pues fíjate en esta foto, esto es un Cadillac, que es un coche del año …

  • ¡¡¡¡ Catapún pun puuuuuuun puuuun !!!

  • Jajaja, si si, de ese año, del catapún antes de Cristo, mira mira:

  • Parece el coche de la Barbie porque es rosita, ¿lo conducía Ken?

  • Seguramente no, jaja. Oye, ¿el video ese de tus padres funciona?

  • Si, pero le tienes que dar al cero en el mando para que te salga, ¿vemos Aladdin?

  • Otro día, ¿vale?, es que ayer que también hice una película, ¿la vemos juntos?

  • ¿Puedo llamar a Carlitos?

  • ¿Ese quién es?

  • ¡Mi novio!

  • Ni se te ocurra!! que no se interponga entre tu y yo, ¿eh?, ¡pero bueno, qué va a ser esto!

  • Jijijiji, vaaaaleeee, venga ponla tío Tosca

 

 

 

  • Tío Tosca, ponla otra vez!

  • Aajaja, así da gusto! mira, te la dejo aquí en este disco y la ves cuando quieras, además si le das al 2 te sale otro vídeo que grabé hace mucho ya. Venga, que yo me tengo que ir, ¿vale?

  • Vaaaaleeeee, hasta luegoooo

  • Aguuuuur

 

En un pueblo perdido de Saitama

Daba igual que me hubiese dado un baño de agua caliente y cenado dos horas antes, que por mucho que quisiese no había manera de dormirme, y al día siguiente seguramente al despertador le iba a importar poco cuando a eso de las cinco de la mañana activase el mecanismo diseñado para su cruel objetivo.

Y es que tenía competición de Karate en Saitama, en algún perdido lugar a unas tres horas en coche desde Tokyo. Casi nadie iba a ir porque era más bien un campeonato de pueblo con escaso interés y quedaba tan a desmano que iba a ser toda una odisea llegar hasta allí. Aún así yo me apunté, porque al final es una parte muy descuidada de nuestro entrenamiento y siempre viene bien que a uno le den una hostia de vez en cuando para saber que todavía queda mucho por espabilar.

Resulta que finalmente muchos padres apuntaron a sus hijos y, como suelen hacer los progenitores en este tipo de eventos, convirtieron la competición en una excursión totalmente organizada con coches y onigiris de sobra para medio Japón.

Cuando me senté en el asiento de atrás de aquel Nissan familiar y vi que a mi lado estaba el que me afinó la jeta en do menor en el último campeonato, ya supe que el día iba a ser interesante:

  • Hola Oskar, buenos días
  • Hola (no me acordaba de su nombre, y el video de Fran me venía una y otra vez a la mente, así que me aguantaba la risa como podía)
  • ¿Te presentas a las dos? (Kata y Kumite)
  • Si, ¿nos tocará juntos otra vez?
  • No, esta vez estamos en distintas categorías porque aquí va por edades
  • Ah vale, ganbatte ne
  • Hai

Pensé en que con esas gafas se parecía a Steve Urkel venido incluso a menos. Es igual, mi mandíbula ya no me ha vuelto a dejar fiarme de las apariencias.

En el asiento de enfrente había un chico de unos diez años, tan educado que no parecía un niño. Y de capitán de la nave estaba un compañero de Karate que realmente me sorprendió saber que era todo un señor padre, ¡si aparentaba mi edad!. Aunque ahora que lo pienso, yo ya tengo edad para ser uno también… eso si, de algún año menos que diez y espero que un poco más trasto, porque este metía miedo con sus reverencias.

Cuando íbamos por la autopista a unos 140 Km/h me vino a la mente que leí hace poco en algún sitio que el límite en todo el país era de 80 y entonces intenté buscar alguna señal de límite de velocidad y me sorprendí al no ver ninguna durante ese rato. Mis ojos se fueron al GPS y equipo de música y entonces el conductor, que me vió por el retrovisor, me habló:

  • Oskar, perdona por la música
  • ¿Eh?, no no, si está bien
  • Es que a mi hijo le gusta Naruto y no me he dado cuenta de que son los únicos minidiscs que tengo en el coche
  • Jaja, sin problema, no te preocupes que de verdad que está entretenida

Con algunas cabezadas y parada en área de servicio de por medio, llegamos a nuestro destino, establecimos el campamento base en una esquina de las gradas, nos pusimos el traje de faena y nos dedicamos a calentar y estirar mientras seguíamos la competición de Katas de los niños.

Alguien comentó que no saldríamos hasta muy tarde, así que nos fuimos a comer pero cuando estábamos a mitad, nos llamaron por megafonia. Con la barriga medio llena y la digestión a medio hacer, ocho alumnos del dojo de Kugahara nos pusimos enfrente del arbitro a hacer katas. Y tampoco salieron tan mal aunque yo perdí en la primera eliminatoria al acabar como a dos pasos de donde empecé…

Es igual, todavía quedaba el kumite donde además habremos acabado de comer en condiciones y sabía que no me iba a tocar con el que me enfiló una ondonada por el estribor del morro, así que la cosa pintaba bien.

Comimos, nos reimos, nos dormimos, estiramos y calentamos aunque seguro que no por este orden. Y del aburrimiento acabamos haciendo dos filas y ensayando ataques entre nosotros en lo que fue, sin duda, lo mejor de todo el día.

Un montón de tiempo después nos llamaron, por mi nombre como pudieron, y nos dividieron en dos grupos. A mi me tocó en el de los rojos, lo que, estúpidamente, siempre me da ánimos. Me puse el dichoso casco, intenté olvidarme de la sequedad de mi boca y entré en el tatami cuando dijeron mi nombre. Enfrente no habia nadie. El que me tocaba no se presentó y yo gané el combate de la peor manera que hubiese querido. Así no, hombre.

Un par de combates después me volvió a tocar, y esta vez con alguien delante, un compañero de mi dojo al que creía que le tenía el truco pillado. «A este con esperarle vale, porque se pone nervioso y hace cualquier cosa sin pensar, tu para y contraataca» pensaba yo desde detrás de ese odioso casco que se empañaba más y más con cada respiración. Atacó, vaya si atacó, y a lo loco además, haciendo que yo retrocediese tanto que me salí del tatami. Primera advertencia.
Es igual, yo sigo en mis trece, va a lo loco y no va a acertar. Pero la situación se repitió y mi patada apenas le rozó. Segunda advertencia, punto para él. Llegó el momento de cambiar de estrategia, ¡a por él!. Empecé a atacar, una patada, un puñetazo, parada y contraataque. El casco se empañaba cada vez más, mi respiración hacía tiempo que no sabía por donde andaba, pero yo no paraba. Esta vez fue él el que se salió del tatami. Y como si nuestras estrategias se hubiesen intercambiado, en mi segundo ataque le alcancé con la pierna en la cara pero él hacía tiempo que me estaba esperando y me dió un puñetazo en el estómago que me alcanzó de lleno instantes antes.

Me ganó limpiamente en un combate bonito y, sobretodo, justo. Salí contento a pesar de no haber sido capaz de ganar nada, y con muchas ganas de volver a entrenar y pensar en todo lo que debe ser mejorado: ese kata que no acaba donde empieza, ese retroceder en línea recta en vez de en círculos…

Cuando llegó la hora de dar los premios y dijeron mi nombre, me acerqué al estrado con cara de póker. Había olvidado que en realidad gané un combate, por deserción, y que por azares de la vida y escasez de contrincantes había quedado tercero. Recogí el diploma y la medalla que más injustamente me han dado en la vida y los metí en la bolsa entre aplausos que se me antojaron los más irónicos que me han dado nunca (anda que como si me hubiesen dado muchos).

Ayer cuando por fin llegué a casa, abrí la bolsa y los coloqué con cuidado en el tatami, los miré y me reí. Y es que sé perfectamente que este diploma está muy lejos de demostrar que hice una buena competición. Pero también sé que acredita una gran experiencia compartida con mis compañeros en un pueblo perdido de Japón donde pasé un día que tardaré en olvidar, haciendo katas con la barriga llena e inventando ataques imposibles.

Y lo que es más importante, esta medalla me recordará todos los días que voy a tener que hacer mucho más para merecérmela.

Empezando por esta misma tarde

Oriol y su pregunta

Hace un mes recibí un email de un tal Oriol que me decía que se iba a venir un par de semanas y que quería hacer un reportaje basado en una pregunta: ¿por qué tantos occidentales sienten fascinación por Japón?.

Yo encantadísimo, claro, así que pusimos una fecha y un sitio, y desde aquel mensaje me dediqué a pensar en una posible respuesta… pero es que me venían muchas ideas a la cabeza y al final decidí escribirlas todas para que no se me olvidasen.

Oriol me hizo una pequeña entrevista en Honmonji, mi sitio más especial de todo Tokyo sin ninguna duda, y hablé y hablé sin parar. Fue muy informal, no había nada preparado más allá de tener la pregunta en la cabeza, y por eso creo que quedó muy bien. Además pasamos un rato genial.

Pues bien, ya tenemos el trailer del reportaje, que promete muchísimo, tengo unas ganas de verlo del copón:

Y de propina, aquí va la respuesta que me fui preparando durante esas dos semanas, a ver si alguien es capaz de acabarse semejante ikubiblia:

¿Por qué a tantos occidentales les fascina Japón?

Yo tengo distintas teorias. Por un lado está toda la cultura tradicional de Japón: samurais, geishas, artes marciales… todo el sentido del honor y del respeto, toda la leyenda que envuelve un poco a este país y que es muy atractiva a nuestros ojos.

Después uno llega y no es como te lo imaginas, es que yo creo que no se puede imaginar en realidad. Uno de repente está en un lugar donde te sorprendes allá donde miras: los neones, la cantidad de gente que hay, los templos, la tecnología, los trenes, los taxis, la comida, la gente, los locales… incluso el suelo que está tan limpio.

Esa es la fase turista, la que experimenta todo aquél que viene por primera o segunda vez y no está más allá de un mes. La gente es amable y todo es tan diferente que dificil es no salir fascinado, embelesado, encantado del país.

A medida que se va pasando más tiempo aquí, te das cuenta de que no todo es tan bonito. Te encuentras muchas trabas por ser extranjero y por ejemplo, algo que en teoría debería ser tan sencillo como abrir una cuenta en el banco se convierte en todo un reto prácticamente imposible de superar si no se tiene a algún amigo japonés que se pelee por ti.

Vas a una reunión de trabajo con un compañero japonés y aunque todo el mundo habla inglés, te obvian y te sientes totalmente inútil.

Te para la policía de vez en cuando y te hacen mil preguntas sin sentido, a mi incluso me han cacheado un par de veces.

He conocido gente que vive aquí amargada porque pasan tantas horas en la oficina que no tienen tiempo de ver o hacer nada, otros que dicen que es prácticamente imposible hacer amistades en Tokyo, que la gente es muy falsa y muy fría, y se encierran en sus casas sin más plan que internetear todo el día.

Y entonces es ahí cuando yo me planteo la pregunta que me haces, porque practicamente cualquier sitio es ideal si se está de vacaciones. Aún viviendo todo esto, aún con la parte menos amable, entendiendo que se van a dar este tipo de situaciones… ¿nos sigue fascinando Japón?

Dependerá de la capacidad y del aguante que tenga cada uno para saltar todas esas vallas que van apareciendo. Hay que dar mucho de uno mismo, hay que tener fuerza de voluntad, hay que saber lo que se quiere y estar dispuesto a luchar por ello.

Por ejemplo, basta aprender un poco de japonés para abrir puertas, y aún así conozco a gente que lleva años y ni se lo plantea. La diferencia de vivir aquí hablándolo, aunque sea mal, compensa tanto el esfuerzo que no me valen las típicas excusas de «es muy dificil, no tengo tiempo…». ¡¡Coño, claro que es difícil, pero estás viviendo aquí quejándote de que nadie habla inglés y no haces nada!!

Así que si partimos de que no es tan fácil vivir aquí como parece, a mi me sigue fascinando porque desde el primer día me he sentido acogido y arropado pero tengo claro que es porque no he esperado a que me cayesen las bendiciones del cielo, sino que he tomado la iniciativa peleando por aprender el idioma, por entender sus costumbres y respetarlas aunque no comparta algunas, por tener claro que quiero hacer cosas como ir a Karate y a las clases de ceremonia del té y seguir yendo a pesar de situaciones incómodas, decepciones y frustraciones, obviando a gilipoyas y amargados, que serlo no entiende de nacionalidades.

Y quizás el mayor motivo que tengo yo para seguir fascinado es que en todo lo que me he tomado en serio, en lo que he puesto un poco de mí mismo, me han valorado, me han tratado con respeto como uno más. Sin serlo, pero siéndolo.

Los 12.000 doraemones

Esto de la crisis es curioso: todo el mundo habla de ello, todos conocen a algún amigo al que se le han calzao del trabajo, quién más quien menos ha leído o visto trececientos artículos o reportajes acojonadores que dicen que la cosa está trichunga y polibajuna…

Yo o soy un apanao (que si) o tengo suerte (que igual también) porque a mi no me ha afectado en absoluto: sigo cobrando lo mismo y todo lo que me toca pagar vale igual: no me han subido la renta, ni las facturas, ni el onigiri de las mañanas. Me han puesto enfrente a un chino que come con la boca abierta, pero ese no creo que tenga mucho que ver con el tema que nos ocupa.

Japón, como parece que todo el mundo y parte de Guijuelo, anda también regulero pero la cosa es que el Gobierno se ha tirado una bilbainada del copón: dar 12.000 yenes a todo cristo. Así, porque sí, para hacer esto de la crisis un poco más cachondamente llevadero. Se ve que les sobraban un par de celdas en el PresupuestosYTariles.XLS y han decidido cuadrar el asunto invitándonos a todos a unas tres cenas en un izakaya.

El otro día recibí una carta en casa donde me contaban el asunto y me pedían los datos del banco para ingresarme los 12.000 doraemones, unos 94 mortadelos de los nuestros:

De mientras me ingresan el asunto, estoy pensando que igual voy pidiendo presupuesto a los yakuzas de mi barrio para ver si me llegaría para una palicilla al pastababas así de pasada según viene a la oficina…

 

Japoniar Jai Kulturala

O lo que es lo mismo:

Fiesta Cultural de Japón

Imaginaos que se consigue reunir en un mismo sitio a todo el que se encuentra que está relacionado con el país de los onigiris. Que bajo el mismo techo se juntan profesores japoneses de Iaido, Karate y Aikido dispuestos no a darse de palos entre ellos, sino a hacer exhibiciones cada uno de lo suyo.

¿Que sois pacifistas? pues entonces podéis perfectamente quedaros con la demostración de danza tradicional japonesa, o coscaros un poco de que el go no es un parchis con fichas más gordas, o atreveros a dibujar manga en manga corta ahora que hace calorcito.

Y caligrafía, cine, fotografía, origami, ikebana, ceremonia del té (que yo me lo sé), kamishibai, conferencias, gastronomía…

 

Mecaben la madre que parió a Peneke,
¿más queréis que os diga?

Este sábado desde las 11 de la mañana, y encima en la capital del mundo, que queda a mano de todo lo conocido. El que falte es porque es un faltón pataliebre, esto es así!

 

Yatta, pues!

 

La chica del shamisen

Yo no soy religioso, desde siempre ha sido algo que me ha dado bastante igual, es más, lo he considerado un fastidio, una obligación impuesta sin sentido alguno. Me acuerdo que en la escuela tenía una biblia, y que yo la tenía toda pintada de mortadelos porque me aburría. Además de no entender nada de lo que ponía, es que me acuerdo que el tamaño de la letra era diminuto.

Iba con amigos a misa pero no porque me obligasen mis padres, sino porque es lo que hacían mis amigos y por no quedarme solo. Comprábamos bolsas de gusanitos y nos poníamos en la esquina más alejada del cura, a poder ser en el piso de arriba, y decíamos tonterías en silencio hasta que aquello acababa.

Aquí sigo sin serlo, no he encontrado la inspiración divina ni nada por el estilo. Pero si sé que hay días en que de alguna manera necesito ir al templo que hay al lado de mi casa. No creo que sea nada religioso, de hecho no rezo, simplemente me gusta el paseo, me gusta sentarme en el suelo en aquel lugar y dejar pasar el tiempo escuchando el silencio. Hay veces en que pienso en muchas cosas sobre mi vida, sobre qué estoy haciendo, qué quiero hacer… y hay otros en que no pienso absolutamente en nada. Y vuelvo a casa sintiéndome mejor conmigo mismo.

Ayer fue uno de esos días, aunque algo distinto. Cuando iba llegando cerca de la pagoda escuché música típicamente japonesa que provenía de cerca del templo. No es extraño ver gente haciendo ejercicio o ensayando algún tipo de coreografía porque el lugar es tan amplio que invita a ello, así que pensé que alguien se habría traido un CD y estaría leyendo un libro o algo así.

Cuando me acerqué un poco más pude escuchar la voz de una chica cantando algo. Se equivocaba y volvía a empezar, así que estaba claro que eso no era un CD y pude confirmarlo en cuanto la vi. Una chica en vaqueros, de más o menos mi edad estaba sentada en las escaleras en una esquina del templo y tocaba su shamisen cantando a veces las notas de la partitura que sujetaba como podía encima de sus rodillas.

Pasé por delante y ella siguió cantando sin reparar en mí, así que me senté cerca. Cuando acabó su canción me miró y yo le hablé:

  • ¿Puedo sentarme aquí a escuchar?
  • ¿Por qué?, me da mucha vergüenza
  • Ah vale, perdona. Me voy entonces un poco más para allá y no te molesto
  • Perdona, ¿eh? y gracias
  • Sin problema, es que en un sitio como este, da gusto escucharte
  • Joe que vergüenza… gracias

Y seguí mi camino hasta estar a una distancia donde no nos podíamos casi ver, pero si escuchar, y me senté a los pies del árbol de al lado de la campana del templo.

Creí notar que se equivocaba más, y además dejó de cantar aún siguiendo tocando.

De vez en cuando venía alguien que iba andando hacía la entrada del templo, echaba su moneda y rezaba durante algo menos de medio minuto volviendo por donde había venido. A veces parejas de ancianos, a veces gente jóven, aunque siempre con la música de fondo de la chica del shamisen.

Yo miraba a la sombra de la chica, al quemadero de incienso, al templo… y entonces, como si ella se hubiese ya olvidado de mi, retomó su canto. No lo hacía demasiado bien, pero eso hizo que me gustase más escucharla aunque repitiese las mismas notas una y otra vez mejorando a veces, empeorando otras.

No se si fue la presencia solemne del edificio principal del templo, la sombra que me proporcionaba el árbol ante la luz artificial de la farola o el manto de estrellas que nos vigilaba desde allá arriba, pero yo me emocioné como hacía tiempo.

Ella dejó de cantar, guardó su shamisen en la funda y se disponía a irse cuando me vio debajo del árbol y vino hacía mi. Era evidente que yo había estado llorando, así que me levanté y me fui en la otra dirección. La distancia era la suficiente como para que no quedase demasiado claro que estaba huyendo, pero ésta vez era yo el que no necesitaba testigos.

Me guardé las ganas de hablar con ella en el bolsillo de la camisa, ese que queda al lado del corazón.

Cualquier día de estos en que necesite volver a planchar el alma de las arrugas de la rutina y las preocupaciones, pasearé hasta Honmonji a fisgar dentro de mi mismo, y si la vuelvo a encontrar, puede que ese día me atreva a quedarme en el árbol cuando ella acabe de ensayar. Y, ¿quien sabe?, quizás meta la mano en el bolsillo en busca de las ganas, y con ellas en la mano le contaré que aquél domingo de Abril me pareció tan bonito que se equivocase una y otra vez tocando y cantando, que me hizo llorar.

Por muy estúpido que suene.

¿Qué fue de…

… el libro aquél que dejaste en la estación de Gotanda?
Pasé el otro día y la vieja estantería habia desaparecido con todos los libros dentro. En su lugar me encontré un cajero automático. Mi libro, seguramente, esté en la oficina de objetos perdidos, o en la basura directamente. Aunque… ¿quién sabe?

 

… el señor que te llamó de todo después de la patada en Karate?
Estuve un tiempo sin poder ir a las clases, no por lo que pasó, sino porque tuve invitados y creí conveniente pasar más tiempo con ellos y además me puse malo. El lunes pasado volví a coincidir con él después de mes y medio, él llegó tarde así que no llegó el momento de hablar hasta el descanso de mitad de la clase. Me miraba y se reía, yo no. Al final vino donde mí y me dijo que le había hundido las dos costillas. Yo, aunque me lo había propuesto, no pude evitar pedirle perdón de nuevo y él me dijo que no había que pedir perdón por nada, pero que, por favor, tuviese cuidado porque ese no era el sentido del Karate. Si hubiese hecho esto mismo aquél día, seguramente habría hecho un buen amigo, pero ahora no consigo olvidar aquel mal trago.
También me preguntó con ironía la razón por la que había faltado durante un par de semanas, y yo le conté lo de los invitados y la gripe. Él sigue creyendo que fue por él.

…. del post ese que escribiste y mandaste con fotos a tus padres?
Pues es gracioso porque me quedé esperando los comentarios por carta, como si fuese un blog de verdad, y, claro, esos comentarios nunca llegaron. Pero mi madre me dijo que le había gustado mucho por teléfono, eso si! ¡Menos mal!

… del premio Pacho Igartua al mejor blog al que te habían nominado?
Creo que ya sabéis que no lo gané yo, pero Bea, Estela, Carlos, Javi y mi madre fueron al Guggenheim y compartieron canapés con los de La Oreja de Van Gogh, Óscar Terol y seguro que algún famosillo más porque anda que no había encorbataos. Y el nombre de «Ikusuki» salió unas cuentas veces tanto en la gala como en el periódico!! jaja, toma ya! balance totalmente positivoooo!!

 

… la casita de madera?
Por supuesto, ahí sigue con su señora escuchando música y, últimamente por eso del calorcito, tomando el solete sentada en una banqueta en su jardincito. ¡¡Lo curioso es que ha puesto dos placas solares!!

 

… tus invitados?
Ha sido la primera vez en dos años y pico que me han venido a ver aunque he quedado con mucha otra gente que ha pasado por aquí. La verdad es que he pasado por distintas fases: la primera es que ha sido extrañísimo que dentro de mi rutina, de mi mundo, de repente apareciesen personas de mi otra rutina, de mi otro mundo. Ha sido raro raro llamarles por teléfono y quedar con ellos para cenar después de salir de trabajar como si estuviésemos en Bilbao.

La segunda fase ha sido la del no callar, intentaba contarles de todo… muchas veces me daba cuenta y procuraba no dar mucho la chapa callándome un rato, pero se me pasaba pronto, lo siento por ellos.

La tercera es que estaba encantado.

Y ahora que ya han vuelto, sin percances en el viaje ésta vez, les echo muchísimo de menos, lo que son las cosas. (ah! y ya me he ventilao todos los regalices…)

… las nuevas camisetas que ibáis a sacar?
Bea me ha dicho que le mandan la prueba ya, y que estarán para principios de Mayo… tengo más ganas de tenerlas en mis manos que ni sé!!!!

… la fama de picón verbenero que te has ganado?
Pues ahí sigue más viva que nunca. La cosa va así: yo escribo un post con lo que se me ocurre, pongo fotos que he seleccionado, o videos o lo que sea. La gente lo lee y me dicen cosas, muchas veces buenas, algunas veces malas y de vez en cuando raras que no entiendo.

Hay gente que sólo se molesta en escribir cosas malas, así como para caer bien. Luego hay otros que escriben buenas por sistema y la mayoría de todo, como en botica.

Si replico a las malas, me llaman picón y me dicen que no acepto las críticas. Supongo que para éstos lo que debería hacer es callarme o darles la razón o no sé… Pero eso no sería ser sincero porque la mayoría de las veces no estoy de acuerdo, así que contesto y trato de razonar porque puede ser enriquecedor, aunque es cierto que casi nunca lo es porque acabamos llegando al mismo argumento una y otra vez: que sólo acepto lo bueno, en vez de intentar seguir con la discusión.

Si eso es ser un picón, pues lo soy y lo seguiré siendo a mucha honra!

Tío Tosca, tío Tosca

  • Ahora no, que estoy viendo un video de escuchajaponés

  • Tío Toscaaawoooawwaaaaaaaa

  • Espérate un poco, mujer

  • Que me aburrooooooo

  • Venga, vale, luego sigo… ¿qué pasa por tu casa?

  • Cuéntame el cuento ese de los que tocan el tambor en donde la hermanita de Nara

  • ¿Lo qué de qué?

  • Lo de los tambooooreeees

  • Jaja, ah vale, pero el sitio se llama Narita y no es la hermana de nadie, ¡es un pueblo!. Pues mira, aquél día nos juntamos unos cuantos amigos y nos fuimos para allá porque nos enteramos que los paisanos tocaban el tambor todos juntos

  • ¿Hasta el alcalde?

  • Ese no creo, ¿tu has visto alguna vez a un alcalde hacer algo más que hablar a puñaos?. Bueno, pues después de cambiar muuuuchas veces de tren, llegamos y ¿sabes?, aunque el sitio es conocido por tener un aeropuerto muy grande con muchos aviones…

  • Los aviones vuelan mucho, ¿a que sí tío Tosca?

  • Claro, es lo que tienen. Pues aunque es conocido por el aeropuerto, la verdad es que nos encontramos un sitio muuuuy bonico con muchas tienditas y sitios para comer y de todo y más. Allí es famoso comer anguila, ¿sabes lo que son?

  • Son unos pájaros más gordos que las palomas que vuelan muy alto como los aviones y que tienen bufanda puesta siempre porque en el cielo hace frío

  • Eso son águilas… anguilas son unos bichos como serpientes que viven en los ríos y que se comen mucho en verano porque dicen que da energía para aguantar el caloraco

  • ¿Tu has comido aguilas de esas?

  • Hombre claro, yo ya sabes que menos tomate crudo me como cualquier cosa. Y después llegamos a un templo, que es como una iglesia pero un poco rara y sin gente con caras largas, y allí había gente tocando el tambor y haciendo mucho ruido.

 

  • Que pesados!

  • Nooo, porque bailaban todos a la vez y estaban disfrazados y fue muy bonito verles, además que los pobres tenían que estar muy cansados porque hacía mucho sol. Pero como les estábamos mirando y sacando fotos ellos se hacían los fuertotes y no se quejaban.

  • Jajaja, fuertotototes

  • ¿Tú sabes quién es Magneto el de los X-Men? es un superhéroe malo que el tío es como el imán de las neveras, y que resulta que estaba allí disfrazao de dragón!

  • Y después llegamos a una campa y uno de nuestros amigos sacó comida que nos había traido y estuvimos comiendo y bebiendo, y nos reímos mucho

  • Gambitedos!!

  • Oye! ¿quién te ha enseñado a ti esa palabra?

  • gambitedos gambitedos gambiteeeeedooos!

  • jajaja, madre mía, no la digas delante de tus padres que no me van a dejar que te cuente más cuentos!

  • Vale gambitedo

  • Oye!

  • jijiji

  • Nos pusimos como el Kiko comiendo. El Kiko era un señor que, por lo visto, comía mucho, pero mis amigos que eran muy raros le llamaban kikos a esto:

  • ¡Pero si eso son pepes!

  • Eso les decía yo, y me miraban como si estuviese loco… Pero no importa porque después de eso, volvimos a la plaza del pueblo y se hizo de noche y seguían tocando los tambores mientras había unas antorchas con fuego a los lados, más bonito que bonito

 

  • Eres más pesado tío Toscaaaaa, siempre me cuentas los mismos cuentos y ya me los sé

  • ¡¡ Serás gambitera!! pero si me lo has pedido tu!!!

  • jijijiji

 

Un día de resaca

Dios, mi cabeza… no logro mantener los ojos abiertos durante mucho tiempo, la claridad me atraviesa la retina como atacando las sienes por dentro y el dolor se hace insoportable.

Cierro las cortinas de nuevo, hoy toca alargar un poco la noche.

Ayer fue un gran día, uno de esos de recordar desde por la mañana, compartido con gente desconocida que dejaron muy pronto de serlo. Asusta pensar que lo contrario también ocurre, aunque esto no pasó ayer.

Dios, cómo duele…

Preparo café mientras sonrío pensando en el hanami improvisado de ibéricos, sin flores, pero con mucho más.

Me tomo una aspirina, y meto mi cabeza debajo del chorro de agua fría. Al incorporarme, el agua se escurre desde mi cabeza, quizás llevándose parte del dolor, y cae por mi cuerpo provocándome escalofríos.

Despertándome un grado más.

Enciendo el ordenador con el café en la mano, sin atreverme a probarlo. Reviso las fotos de ayer y mi alma se siente bien ahí dentro, dentro de este cuerpo al que le obligo a estropearse de vez en cuando.

Logro tomarme el café sabiendo que puede que acabe de provocar a las náuseas que han venido amenazándome desde hace horas.

Me ducho, con agua caliente esta vez y trato de darle sentido al día encaminando mi maltrecho yo hasta Shibuya. Hace un día maravilloso del que me distancio con unas gafas de sol. La claridad sigue doliendo, aunque menos.

Salgo de la estación y empiezo a andar, pero no consigo dar más de tres o cuatro pasos seguidos sin pararme por la cantidad de gente que ha tenido la misma idea que yo de venir aquí.

Hay días en que odio vivir en Tokyo.

Compro algo de ropa a modo de terapia, pero la larga espera para pagar logra el efecto contrario.

Me voy a mi casa, hoy no debería haber salido.

Mi cuerpo ya se ha recuperado, pero cambia los papeles con mi alma que se entristece por momentos. Hoy no acaban de sincronizarse, y mucho menos con mi mente que está sin estar.

En la tienda de mi barrio compro chocolate y pañuelos de papel.

Y con ellos cerca, espero a que venga la noche delante de la tele viendo «La princesa prometida» y tratando de olvidar las cuatro o cinco veces que me he enamorado hoy.

 

La mejor foto de Marzo

Esto no va a durar siempre y eso lo sé desde aquel 25 de febrero del 2007 en el que recorrí el camino del aeropuerto a la oficina con mis maletas, mis sueños y mis miedos.

Y teniendo esto siempre presente, me he propuesto vivir batallando contra la pereza y la rutina, tratando por todos los medios de no dejarme llevar sino de hacer lo que yo he querido cuando yo he querido.

Quizás por estar solo, he ido descubriendo un poco más de mi mismo con cada nuevo día, sabiendo que es inevitable llorar y que es mejor hacerlo cuando merece la pena. Por supuesto, también he reido, mucho y con otras personas, que son las mejores risas de todas.

He conocido gentes que me han hechizado, y otras tan ruines que dolía estar al lado de ellas. Y he sabido escoger con quien compartir mi tiempo, este que se pasa tan rápido que a veces no parece real.

Han excavado en mi dignidad por ser extranjero. He pasado enfermedades, dolores, agujetas, resacas. He fumado y me he emborrachado hasta pasarme de la raya. También he hecho más ejercicio del que nunca pensé que podría y aprendido que cuerpo y mente están mucho más unidos de lo que parece.

He querido y me han querido, muchas veces a destiempo. Por momentos me he sentido la persona más sola de la tierra y a ratos la más feliz.

He echado de menos mi vida anterior con rabia. Y ya estoy echando de menos mi vida actual.

He vivido. Estoy viviendo.

Y algún día vendré aquí porque estos tiempos serán ya viejos y me gustará recordarlos. Y sé que viendo las fotos con las que trataba de resumir cada uno de los meses que viví en Japón, vendrán millones de sentimientos a mi corazón y otros tantos recuerdos a mi mente con infinita nostalgia.

Y lloraré, porque, sin duda, esas lágrimas merecerán la pena.

Lunes 30 de marzo de 2009

Noto frío y palpo a tientas alrededor del futón en busca del mando de la calefacción. Logro encenderlo y el ruido monótono de la máquina se añade al sueño en el que le estoy hablando a mi madre. Ambos mundos unidos por el susurro de aire caliente que me ayuda a seguir en mi mundo inventado unas horas más.

Alguien habla en la habitación de al lado, son chicas que ríen sin importarles que sean las cinco de la mañana. Pienso que quizás han llegado hoy mismo y que el jetlag está haciendo de las suyas. Creo que hablan en francés, aunque no lo tengo muy claro porque trato de hacer que no lo oigo.

Yo lo que quiero es seguir durmiendo, y lo consigo. Mi madre ya se ha ido, y ya no sueño nada más, o no me acuerdo. Alguien tose y yo me asusto incorporándome casi al instante sin saber muy bien qué está pasando. Me miro al espejo y veo una mancha oscura que ocupa media camiseta. Es sudor. Se me olvidó apagar el aire acondicionado que ha seguido susurrándome su constante aliento templado hasta empañarme.

Trato de encontrar la manera de encender la luz y finalmente tiro de la cuerda que cuelga de la lámpara. La habitación se ilumina, es la tercera por la que he pasado esta semana y todavía no me la sé del todo. Creo que me gustaba más la primera, porque ésta está impregnada de olor a tabaco.

Escucho atentamente y cuando no oigo ruidos en el pasillo, salgo en pijama en busca de las duchas compartidas del primer piso. No es que me importe demasiado que me vean, pero mi peinado matutino y mis ojeras es algo muy personal que no se puede compartir así como así con cualquiera.

Cuando estoy debajo del agua es como si no pasase el tiempo. Me gusta estar ahí quieto sin hacer nada, sólo notando el agua calentando cada centímetro de mi piel mientras tengo los ojos cerrados. Y me gusta lo espacioso del lugar, así que multiplico los cinco minutos iniciales planeados por dos o tres.

Vuelvo a mi habitación y tampoco me cruzo con nadie, la siguiente vez que camine por estos pasillos será ya vestido con la ropa con la que saldré a la calle, así que hoy también he tenido suerte.

Hago el equipaje, lo poco que queda, y bajo las escaleras. Dos chicas, quizás francesas con jetlag, están poniéndose los zapatos en la entrada así que me toca esperar. Los dueños del local vienen. Son dos ancianos que siempre sonríen y hacen reverencias y dicen cosas que no entiendo. Pienso en que les abrazaría, pero en lugar de eso les devuelvo la llave de la habitación y les sonrío lo más sinceramente que puedo. Cuando ella usa lenguaje formal para pedirme perdón por haberme cambiado de habitación tres veces, las ganas de abrazarla son casi incontenibles. Sobretodo sabiendo que ellos mismos se han encargado de mover todas mis cosas y que yo sólo recibía la llave del nuevo lugar donde iba a dormir.

Les explico que el candado de la bici que me dejaron está en la bici y que la bici está en la oficina, así que hoy a mediodía volveré y se lo devolveré. Sonríen aunque creo que no me han entendido. Y entonces nos hacemos muchas reverencias. Con cada una de ellas me voy acercando más a la puerta y cuando mi maleta se choca, entonces es cuando me giro y me voy dándoles las gracias por última vez.

El equipaje pesa, el viento helado echa por tierra en dos segundos la ducha templada de quince minutos y el sol trata, en vano, de hacer algo al respecto.

Me uno a la marea de gente y todos juntos vamos a la oficina mientras yo ya voy echando de menos a la señora del Ryokan.

Volveré allí este viernes, cuando mis amigos vuelvan de Kyoto y pienso en que si no hubiesen venido, no habría conocido a estos dos ancianos que hacen que uno sienta que duerme en casa de sus abuelos en vez de en un hotel. Y que cargar con maletas dos días no es nada comparado con ser testigo de las caras de sorpresa que me regalan mis huéspedes allá donde vamos.

Son las nueve de la mañana y hace tiempo que ya empezó un nuevo día en Tokyo.

Ikuchá

Ese día, todavía no me aclaro por qué razón, junté a un montón de gente en la clase de la ceremonia del té. La verdad es que no lo he vuelto a hacer porque pasé mucha vergüenza. No por mi, o porque me vieran vestido con el kimono, sino porque no callaron.

Lo que era una clase en la que siempre había primado el silencio, donde la única voz que se escuchaba era la de la profesora, se convirtió durante una hora y media en el bar de la esquina. No callaron, y mira que les puse caras, mira que trataba de no seguir sus conversaciones… igual un «callaros ya, coño» habría valido, aunque seguramente no.

Es igual, nos lo pasamos muy bien, ellos mejor que yo, y encima, como regalo, me llevo el video que ha hecho Fran. Ha elegido una canción de jazz con lo que parece ser un muy buen criterio, pero yo sé que en realidad es una excusa para quitar el jaleo.

No he vuelto a invitar a nadie, por respeto a la profesora y a Michiko. Y los siguientes que vengan será porque sepa que no hablan mucho.

Elmimmo, Chiqui, Nerea, Lorco, Fran, pa la próxima un bozal!

O por separao!

Fran, mil gracias por el video!

 

Honrando el gesto

Tengo que confesar que no conocía ni la historia de Pacho ni su blog hasta que me eligieron como candidato a honrar su memoria.

He considerado como un deber solucionar esto, porque el premio no es sólo uno más, sino que tiene un significado que merece ser sabido, recordado, valorado y mucho más si yo soy uno de los nominados.

Intuía lo que iba a pasar al leer cada uno de sus posts, que son más bien calcos de trozos de su alma que palabras escritas, y que sabía que iban a hacer que la mía se me desbordarse por los ojos.

Así que he querido limitar a leer únicamente durante media hora al día lo que me diese tiempo. Y así lo he hecho desde el primero hasta el último. Desde aquél «Revisiones» de Diciembre del 2007 hasta el escrito por su mujer, sin título, pero rebosante de tanto sentimiento que uno se siente incómodo siendo participante anónimo.

Y aunque hay veces en que no he podido evitar leer más de lo debido, lo he hecho así porque para mi ha sido una maravillosa manera de empezar estos días con la taza de café en la mano, sentado en el futón. Seguro que en más de uno de estos cafés se han diluido mis propias lágrimas que habré bebido y que habrán brotado de nuevo.

Digo maravillosa, con el pie derecho adelantado, por la ternura, la espontaneidad y la franqueza con la que me he sentido inundado. Y al autoevitarme leer todo de una vez, he conseguido hacerme pensar durante el día en lo leido por la mañana, apreciando aún más su valor.

A la tercera o cuarta anotación de su diario, ya sentía a Pacho como alguien cercano y no pude evitar sentirme mal al pensar en que perdí la oportunidad de intentar aportar un ápice de mí mismo en forma de comentario. Casi siento rabia al no ver mi nombre en sus primeras listas de agradecimientos.

Pero ahora si. Ahora ya puedo decir que me siento realmente honrado, halagado, emocionado por haber sido nominado al premio que lleva su nombre. Y siento una punzada de vergüenza por haberlo usado tan en vano como lo hice cuando me enteré de ello, en un post medio en bromas , sin apreciar, por desconocimiento, lo que debía, o en la forma que debía.

Si estáis leyendo esto, es que el premio ya habrá sido entregado y no importa quién lo haya ganado porque yo sé que para mi el verdadero valor de todo esto es haber sabido de Pacho y haber aprendido a mirar, a sentir, a vivir de otra manera.

Y es curioso que aún sin haberle conocido nunca me haga sonreir, al imaginarle subiendo de vez en cuando, junto con el abuelo de Alvaro al cielo de los perros para pasear a Ros.

Gracias Pacho, y gracias a todos los que me leéis.

 

 

Parecía que no iba a llover

Tumbado de costado encima de dos futones, mis ojos recorren la habitación en busca de algún olvido entre lo recordado. Lo segundo parece ganar a lo primero y me duermo alrededor de la tercera vez que trato de repasar mentalmente la lista: futón, mantas, comida, adaptador para el enchufe…

Quince minutos más tarde, 4 horas según el reloj, suena la alarma del móvil y me despierto con la sensación de no haber dormido más que una pequeña siesta que apenas ha conseguido siquiera intuir el sueño, o quizás la pesadilla, que tocaba esa noche que todavía dura. Me apunto soñar el doble mañana.

La rutina me posee, me lleva, me mueve durante los siguientes minutos y de repente tengo una taza de café en la mano y estoy mirando por la ventana. No recuerdo cómo lo he preparado… pero como toda rutina, no importa mucho, el caso es que no parece que vaya a llover aunque hace mucho viento.

Cargado con dos mochilas salgo a la calle en esa hora en que las farolas han dejado de iluminar aún estando encendidas, pero el sol todavía no acaba de relevarlas del todo, como si le diese pereza empezar a trabajar y remolonease entre sábanas de estrellas y nubes suplicándole cinco minutos más a la luna.

Busco cambio en la tienda de la esquina y un dependiente somnoliento me cobra el sandwhich y la botella de té que he puesto como excusas entre mi billete y sus monedas, esas que luego me servirán para cambiar las mochilas por la llave de una taquilla en la estación a la que volveré unas horas más tarde.

Cambio de tren una, dos, tres veces entre ausencias de gente, huecos que serán ocupados pronto, pero no a esta hora en que el sol está ya tomando su taza de café sin quizás saber cómo lo ha preparado.

No estoy donde creía que debía estar, y me doy cuenta tarde, así que corro hasta el nuevo sitio que requiere cambiar una cuarta vez de tren. El reloj se ríe mientras sigue amenazándome con cada nueva decena de minutos que va marcando.

Cuando ya voy camino del aeropuerto, con diez amenazas de retraso, trato de contactar con los que allí esperan que esté esperándoles. En vano. Todo lo que se me ocurre no funciona, pero no quiero dejar de intentarlo. Creo ver el reflejo del Fuji por la ventana de enfrente, y efectivamente está allí a lo lejos. A él no parece importarle esa manía nuestra de contar los segundos…

Llego al aeropuerto y corro, logrando llegar el primero a las escaleras mecánicas que subo de dos en dos dándome cuenta, en ese momento, que son más altas y casi me caigo al llegar arriba. Sigo corriendo hasta llegar al control de policias. No se me había ocurrido que tal vez necesitaba el pasaporte para ir a la sala de espera… así que todavía jadeando le explico al policía la situación y me dice que con cualquier documento vale.

Me identifico como alien, lo cierto es que a veces me siento así de verdad, y sigo corriendo. Sin pensarlo, esquivo las escaleras mecánicas y subo por las de siempre, que a esas mis rodillas ya les tiene cogida la altura.

Y me topo de frente con mis amigos que llevaban allí un buen rato. Me cuentan lo de su maleta, lo del humo en la pista, lo del susto. Nos reimos aliviados, ellos por que por fin pueden moverse de allí, yo porque todavía no lo habían hecho.

Se me pasa pronto la sensación de ser el peor de los anfitriones en cuanto llevamos dos minutos de conversación y otros tantos de juegos con su hija.

El tren que nos acerca a Tokyo lo hace parando en muchas estaciones, incluso en medio de la nada. Algo va mal y no sabemos qué es. El reloj no deja de reir y marca el triple del tiempo que debería para estar todavía donde estamos.

Llegamos a casa, por fin. Ellos duermen y como uno más de todos los trenes por los que he pasado hoy, yo me encarrilo a los railes de la rutina de la que descarrilé después del café.

En la oficina, después de comer miro las noticias, busco algo sobre Narita. Lo encuentro: un avión de Fedex se ha estrellado en el aeropuerto por un golpe de viento cuando aterrizaba. Han muerto el piloto y el copiloto, una pista ha sido cortada, y el desbarajuste ha causado retrasos tanto en los vuelos, como en los trenes que normalmente estarían perfectamente sincronizados.

Mis amigos duermen. Y yo me acuerdo de que esta mañana, taza de café en mano, parecía que no iba a llover.

Y de que hacía mucho viento.

 

Podría vivir sin reloj

Podría vivir sin reloj

Y cambiar el insolente sonido del despertador por el abrazo templado de los primeros rayos del sol del amanecer.

Sabría que es temprano al caminar junto a los estudiantes que se dirigen a la escuela del otro lado de mi calle. Y junto con su charla, sus risas y mis recuerdos llegaría a la estación a tiempo porque los trenes estarían llenos ya de personas que al estar allí me confirman que la hora es la adecuada.

Comería cuando tuviese hambre, y trataría de dormirme a la par que el sol, cuando la luna despertase y el cielo se apagase.

Trabajaría delante del ordenador mientras mi mente se iría llenando cada vez más de ti, y sabría que es la hora de salir cuando no pudiera aguantar más sin verte.

Y si no me importa el tiempo cuando estoy tratando de entender la forma de tus ojos.

¿Para qué quiero un reloj?

 


 

Podría vivir sin reloj

Conversación con anónimo

Alguien me habla a través del chat del blog que había antes. Está escrita tal cual la recuerdo, no son las palabras exactas:

  • Holaaaaaaaa, hay alguieeeeen?
  • Hola chato! aquí Tosca
  • Coño! si funciona esto!
  • El servicio ikutacos ha censurado su primera palabra
  • jajajajajaja, ¿eres tú de verdad?
  • Si si, aquí estoy cenando, en breve me iré a dormir que me estoy quedando neke
  • Ah vale, no te molesto, solo decirte que tu blog esta bien, aunque podría mejorar
  • Jodo!, ¿gracias?
  • No te lo tomes a mal, pero es un poco rosa eso de contar tu vida privada, pareces el tomate japonés o algo así
  • Bueno, hay veces en que me apetece contar algo con un poco más de sentimiento que lo de las sandías cuadradas y las colas para comprar el iPhone
  • Hombre, pero te pasas, para mi es como si vendieses tu vida privada
  • Es una forma de verlo, supongo… a mi me sirve para desahogarme y me gusta escribir ese tipo de posts, así que seguiré haciéndolo
  • Ole tus huevos, tu blog es tu blog, pero hay posts que son como leer el lecturas contigo como monotema, lo de la tía del avión parece la exclusiva de Jezulín
  • Pues si no te gusta, no vengas
  • No te piques hombre
  • No no, pero es la primera vez que me dicen algo así, me has descolocao
  • A mi me gusta cuando cuentas cosas en plan chorra
  • Y habrá gente que le gusten más los otros, y a otros les gustarán las fotos de frikis… pa gustos los colores
  • Vale, yo ya te he dicho lo que queria, solo espero que no te lo tomes a mal
  • Pues un poco me ha jodido, las cosas como son
  • jajajaja, tu sigue haciendo lo que te salga de los huevos que no te va mal y pasa de mi
  • Eso haremos
  • Venga tio
  • Ale, por lo segao
  • jajajaja, picón!!!!

 

Un día cualquiera en la nueva ciudad más cara del mundo

Jodo, y eso que yo lo titulé «Echando cuentas», menudo cambio!. Bueno, pues eso, que me han publicado otro artículo en soitu!!

Anda que como se me suba la tontería la cabeza, me vuelva un pejiguero y empiece a poner palabras como circunstancia, verdaderamente y procrastrinar

jajaja, el ikumarqués me ibais a llamar!!

Premios Pacho Igartua

Una vez compré unas cuchillas de afeitar y mandé el código de barras a Gilette, y al de un mes me mandaron una caja. Resulta que era una promoción «aféitate gratis por un año», ¡y me tocó!, así que me enviaron a casa como 8 botes de espuma de afeitar, otros tantos de aftershave, un montonazo de cuchillas, un neceser todo molón… Aquello fue lo único que he ganado yo en mi vida, y fue por sorteo. Eso si, lucí un cutis como el culo de un bebé durante año y medio, daba gusto frotarseme (estoy seguro que ésta palabra tiene acento, ahora que adivina en qué letrita).

El caso es que estoy de finalista en el premio Pacho Igartua de El Correo Digital al mejor blog… Yo para mi ya ha sido todo un premio que me sacaran en el periódico el fin de semana con mi genial expresión de sabio milenario:

En fin, gracias a los que me hayan elegido junto a César y Zuriñe, y decir que para mi ya es todo un honor ser parte como finalista de la distinción que honra a Pacho.

El premio lo entregan el 23 de marzo en Bilbao a partir de las ocho de la tarde, y Bea va a ir en mi lugar porque a mi me pilla un poco a desmano (aunque me encantaría ir). Ya os contaremos qué pasa!

¡¡Suerte para César y Zuriñe!!!
(qué cumplidor, qué quedabien y qué educao que soy para haber ido a la escuela pública)

 

 

El día que me examiné de cinturón negro

No llevo la cuenta de las veces que ese día ha venido a mi memoria, ni tampoco sé las razones que desencadenan que mi mente decida recordarlo. Hoy, después de una tarde de compras y paseos que nada tienen que ver con aquellas horas, de nuevo ha ocurrido.

Recuerdo que me levanté muchas horas antes de lo que hubiese sido necesario, y que desayuné muy sano, incluyendo muchos hidratos de carbono. De igual manera que si fuese un examen de la universidad, aproveché esos momentos previos para repasar y estuve haciendo movimientos en pijama delante del espejo tratando de no dejarme nada en el tintero. Me asusté cuando haciendo una de las patadas, la circular, me hice mucho daño en la ingle y pensé que no podría presentarme.

Cogí la bici y me dirigí al dojo con mucho tiempo y mucha calma, planeando no cansarme demasiado al subir las cuestas para que las piernas no se cargasen, y aunque no me acuerdo de qué canciones, si sé que iba escuchando una lista de música que había elegido durante esa misma semana. Canciones de esas que te consiguen motivar, que te animan, que te preparan.

Recuerdo a Fran llegando después de la clase y buscándome desde fuera para entrar al dojo y que todos supiesen que venía conmigo. Me alegró verle, y me relajó hablar con él.

Del examen sólo recuerdo que tenía la boca muy seca, que estaba mucho más cansado que de costumbre aún no habiendo hecho casi nada de ejercicio, y que cometí fallos que habría sido fácil evitar. Eso, y que Kojima fue mi compañero y el primero que me felicitó con un abrazo, seguido del señor que roncaba en el campamento y cuyo nombre no he tenido la verguenza de aprenderme, y de Fran.

Después fuimos a un izakaya, como suele ser habitual los sábados, y allí recibí más felicitaciones aunque no quería ser el centro de atención y procuraba no mostrarme demasiado entusiasmado. Bebí bastante, porque estaba con amigos y porque me apetecía, y aunque sacaron el tema una y otra vez, yo siempre le quitaba importancia porque al fin y al cabo yo ya era cinturón negro antes de venir a Japón y no le veía tanto mérito como ellos.

Cuando volví con la bici y pasé por el templo de al lado de casa, vi que estaban ensayando un matsuri y saqué la cámara de la mochila para grabar lo que pudiese. Era de noche, una noche más de tantas en las que habré pasado por ahí, pero me sentí afortunado de poder ver aquello. Seguramente el evento real fue mucho más espectacular, pero me encantó compartir la privacidad de un ensayo a la luz de la luna, con la ropa de casa y con la ventaja de no haber público favoreciendo la informalidad y quizás aumentando la autenticidad de las sonrisas y los gestos.

Hoy he buscado ese video, y me he sorprendido al ver el final.

Llevaba un rato llorando cuando paré de grabar y ya era imposible que se me entendiese porque las lágrimas sólo me dejaban balbucear.

Después de todo, aquel día fue mi día, aunque no me diese cuenta hasta que por fin logré estar solo.