Templo Hasedera de Kamakura
En mi oficina las cosas han cambiado mucho desde que yo llegué. Para empezar yo ya no trabajo para ellos, aunque es una historia un poco complicada que tampoco sé si quiero contar aquí. Pero por ahora si diré que al principio había muy buen ambiente con muchas ganas de hacer cosas juntos. Por aquel entonces y de forma espontánea, nos sentábamos todos juntos en la mesa de reuniones a comer y a contarnos las historias.

Las conversaciones eran curiosas, desde tópicos sobre cada uno de nosotros y nuestros países de origen hasta vaciladas imitándonos hablando inglés unos a otros. Aunque la mayoría de las veces la cosa se centraba en que los extranjeros preguntábamos a los compañeros japoneses sobre cómo decir tal o cual cosa en japonés, o qué sitios visitar.
Yo hice muy buenas migas con ellos, lo cierto es que no me cuesta mucho llevarme bien con la gente y también es verdad que las alternativas no eran muy alentadoras: el franchute que es más raro que el ombligo de un canguro, y el americano que a parte de querer ser el centro de atención del mundo mundial y parte de Bilbao, es más tonto que un puñao tierra.

Toshiki, el de sistemas, resulta que vivía en Kamakura donde yo había estado muchas veces. Hablando sobre el lugar, que no tiene absolutamente nada que ver con Tokyo, me recomendó una serie de rutas por el monte que yo me encargué de ir haciendo durante los dos o tres fines de semana siguientes. Cuando aquello no solía llevar ninguna cámara de fotos conmigo, pero recuerdo ver muchas ardillas, templos pequeñitos en medio del bosque, y Yokohama desde las alturas.


Toshiki, como Akira y otros tantos, dejaron la empresa y aunque sigo llevándome bien con ellos, es totalmente natural que la relación se haya enfriado y que haga mucho que no quedemos. Pero yo el sábado volví a quedar con él en su territorio, y pasamos mucho tiempo hablando de nuestras cosas, incluyendo la visita que me hizo en Bilbao.
Lo curioso fue que casi no nos movimos del templo Hasedera, al que yo le dije que quería ir porque las últimas veces llegaba tarde y me lo tenían cerrado. Y allí sentados mirando al mar desde las alturas, dos ex-compañeros de trabajo arreglaron uno a uno todos los problemas que había en su ex-empresa y, de paso, nos dimos cuenta de cómo, en tan solo medio año, nuestras vidas habían cambiado tanto.

Toshiki tenía el pelo más corto y le ví más moreno. El templo, sin embargo, seguía tal y como lo recordaba de mi visita 8 años atrás: unos jardines preciosos y mil y un detalles aquí y allá.







Aunque se me olvidó completamente que era aquí donde estaban todas esas pequeñas estatuas de Buda cuyo propósito me encogió el alma: todas y cada una de ellas tienen como misión proteger el alma de un niño no nacido o fallecido antes que sus padres.






Y tampoco me acordaba que era aquí donde había una cueva con Budas tallados en la piedra y que tenías que recorrer una parte agachado porque el techo era muy bajo.


De lo que si me aseguraré de acordarme será de visitar a Toshiki para recordar épocas que fueron mejores y volverme a sorprender de que ya tengo “viejos tiempos” en Japón.
































