«Cuidado con el vasco que nos hace kale borroka» decía en bromas un amigo de aquí al poco de conocerme, ahora que también le decimos de todo al catalán cuando llega la hora de pagar la cena… me parece algo muy sano, que nos hayamos juntado de muchos lugares distintos de España y que cada uno sepa reírse de lo suyo sin que haya absolutamente ningún problema.
El caso es que yo soy tan euskaldun-zaharra como mis años, vamos, que soy vasco de casualidad porque nací allí cuando mis padres decidieron que la vida parecía ser mejor por el norte y se fueron a vivir cerca de Bilbao desde cerca de Badajoz. Sé Euskera porque era asignatura obligatoria en mi querido EGB y odiados BUP y COU de entonces. He de decir que me gustaba y se me daba muy bien, no tuve nunca ningún problema en aprobar ningún examen y todavía hoy entiendo prácticamente todo si leo algún periódico o veo la televisión en este idioma, aunque ya no soy capaz de hablarlo; para mi cerebro, todo lo que no es castellano o inglés, es japonés y es prácticamente imposible que hile una frase entera sin meter un par de nes japoneses por el medio. Nire izena Oskar da ね, Japonian bizi naizけどこれわかってうれしいです.
ね
A los que venían a trabajar de fuera de Euskadi les llamaban «maquetos» o «desertores del arado», incluso yo cantaba la canción aquella de Platero sin saber qué significaba… «no eres más que un desertor del arado que has venido aquí a molestar». Lo de maquetos no sé muy bien de donde viene, lo segundo duele, y más sabiendo lo mucho que mis padres se sacrificaron empezando desde cero hasta sacar adelante a tres machotes Toscanos como nosotros. También sé que nunca tuvieron ningún problema por ser de fuera, diría que al contrario, en mi pueblo se les quiere igual o puede que más que en el suyo propio, quizás porque llevan bastante más de la mitad de su vida allí.
Yo tuve amigos de todos los palos: hijos de inmigrantes de distintas zonas de España, hijos de inmigrantes de otras zonas de Euskadi, hijos de nacidos en el mismo pueblo… lo cierto es que nunca se ha diferenciado claramente, nunca nadie me hizo notar que mis padres no eran de allí y por tanto yo era menos vasco que otros. Todos compartíamos el mismo balón en el recreo y si nos peleábamos, era más por chicas que por procedencias o creencias. Sin embargo, fuera no se tenía tanta indiferencia, recuerdo una vez que fuimos a un campamento a un pueblo de Burgos del que tuvimos que salir corriendo esquivando piedras porque «éramos vascos hijos de tal, y de la ETA como poco».
La época adolescente fue bastante más relevante: amigos de la infancia de repente empezaban a vestir prácticamente igual con aquellas camisetas de rayas y los palestinos en el cuello, y ya no quedaban con nosotros como antes. Les veías en la herriko taberna del pueblo, y a veces en manifestaciones en la plaza detrás de pancartas con fotos de presos de ETA que estaban en cárceles lejos de Euskadi. Nunca dejamos de tener trato, o de saludarnos, más bien cada uno iba a lo suyo y si se coincidía, no se hablaba del tema.
«Oir, ver y callar» me dijo muchas veces mi padre cuando le contaba que había visto alguna cosa rara en el instituto o preguntaba sobre los carteles que empapelaban el pueblo día si y día no.
«Tu no te metas y no digas nada, por si acaso».
En mi época de universidad, cuando empecé a ir a Bilbao a ver venir el amanecer entreniéndome por el casco viejo, viví quizás los momentos más crudos. Los beltzas, la Ertzaina con pasamontañas, escudos y escopetas de bolas de goma no dudaban demasiado en disparar contra la gente en cuanto se escuchaban cuatro o cinco gritos en favor de ETA, dando igual si uno estaba allí entre medias por casualidad. Ahora que también llegué a ver a gente de mi misma edad quemando contenedores e incluso arrancando cachos de acera a base de estampar vallas de obra para hacerse con piedras que tirarle a la policía.
Los atentados los veíamos por la tele, como prácticamente todo el mundo. Y al día siguiente nadie comentaba nada. Así estaban las cosas, o así las recuerdo yo, como también recuerdo lo de Miguel Ángel Blanco y como a partir de ese horroroso día todo empezó a cambiar y ya se empezó a callar mucho menos. Supongo que fuera de Euskadi, la imagen que se proyectó, que en mi opinión es la que debería haberse sabido siempre, fue la de que la inmensa mayoría estaba totalmente en contra de lo que venía pasando desde muchos años antes.
Yo me vine para acá, por azares de la vida y aunque nunca he desconectado del todo, si que me he olvidado de los carteles, las manifestaciones y las pintadas, de los atentados, de que había, y sigue habiendo personas que sienten que necesitan escoltas, de los palestinos y las camisetas de manga larga a rayas… y sin embargo, hoy me he alegrado como nunca al saber la noticia. ETA deja definitivamente las armas, o eso dice. Ojalá todo se arregle, y cuando vuelva a Zalla con Chiaki pueda contarle, en pasado, lo que todavía es, por muy poco, casi presente.

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