El blog sobre Japón de un tío que SI está en Japón!!

¡¡ Conseguida !!



¡Dadnos tiempo y subiremos a la Tokyo Tower por fuera!
:gustico:



Izo velas, todas, y tremenda ilusión por bandera y con viento favorable de alegría poniente, parto a casa de Michiko con la noble misión de darle los abrazos que le llevo debiendo desde la última vez que solté amarras en su presencia. Es familia, así que no hacen falta ni avisos ni excusas para arribar a su malecón, ni siquiera mapas, basta con mirar al cielo y seguir el brillo de hospitalidad de su faro para no perderse ni entre la más opaca de las nieblas.

No hacen falta excusas, pero yo tengo una: ayer fue su cumpleaños, así que llevo la bodega cargada con presentes que no veo el momento de entregar. Y setecientas historias que contar entre sueños saldados y deudas cumplidas. De corazón a corazón, como desde hace ya años, sin secretos en la guantera ni vergüenzas escondidas en el trastero.

Navego por el océano de estaciones de Tokyo con un puño apretado dentro de la gabardina, no vaya a ser que aparezca algún pirata, que dicen que los hay con muy mala baba, y fondeo en el puerto más cercano donde con el aire arrogante que me da el ser extranjero de allende los mares, recorro y tuerzo calles y esquinas exagerando andares, por si a alguien le diese por girar la cabeza a mi paso. Que se sepa lo que hay, que hoy pintan bastos.

Dejo el parking de bicicletas a la izquierda, avanzo hasta la farmacia y al pasar la peluquería me meto por la calle estrecha de la derecha hasta que el restaurante de tempura me da la bienvenida al vecindario, a mi otra casa, la que queda a muchos nudos dirección noroeste, más allá del bien y del mal donde naufragar está bien visto sin preguntas de por medio.

-Haaaai, está abierto, pasa, sube! – se oye desde la cocina del segundo piso cuando llamo. Ya lo sabía, pero es de los pocos gestos corteses que aún conservo por alguna razón, aunque hace años que dejaron de hacer falta.

Abro la puerta, y me descalzo. Huele a tatami y protección, a café y a cariño, a cobijo.

Se me templa el pecho con una buena sensación, ¿será felicidad?, seguro que se le parece.

Subo las escaleras buscando sus ojos, y los encuentro allá por el penúltimo escalón. Son la mitad de los míos pero brillan el doble, aunque los pierdo de vista pronto porque el hola en esta casa se dice con un abrazo de los de apretar.

¡Muchas felicidades Michiko, que ganas tenía de verte y felicitarte!
Gracias, pero no me felicites, que me hago vieja, no es algo para celebrar. Celebramos que nos hemos juntado otra vez más, pero del cumpleaños no se habla hoy, ¿eh? -y se ríe, casi carcajea mientras sigue preparando algo entre una tortilla y lasagna.

Entonces empieza lo que nunca parece que vaya a acabar: hablamos y hablamos sin parar, de mi nuevo trabajo, de su nueva vida, de mi miedo al invierno, de su rutina, de todo a la vez, de nada por separado.

Ya nos hemos puesto al día cuando llega su madre del hospital, y me habla en japonés, despacio, sin prisa pero con convicción y yo la entiendo a medias, pero no le suelto la mano porque me recuerda a mi abuela, y yo quería mucho a mi abuela aunque no se acordase de mi. Me cuenta como está su marido, nos habla de las enfermeras que le han visitado hoy, y de repente se acuerda del día que fueron a Hakone juntos y vieron el Fuji hace ya más de cuarenta años, y se va para volver con fotos en blanco y negro tan antiguas como los surcos de su frente o el poso de sus palabras. Me cuenta lo que se acuerda de ese día hasta que se cansa y con disculpas y reverencias se va a su habitación, la única que queda con tatami en la casa, digo yo que a dormir un poco la edad.

Entonces le doy la caja con los regalos a Michiko, pero no los abre, nunca los abre si estoy delante. Me da las gracias, y la deja encima del sofá, después seguimos desgranando las horas pasadas durante horas hasta que vuelve su madre y llega su hija, y todos juntos nos vamos al restaurante de yakiniku de al lado de la estación.

Arropado.

Menos solo.

Así está la cosa por dentro.

Cuando llega la hora de pagar, saco la cartera, no por invitar sino por pagar mi parte, pero su madre se enfada un poco pretendiendo un mucho.

¿Has venido hasta aquí y todavía quieres pagar?, no señor, esto lo pago yo en agradecimiento por poder verte
Si, déjala que pague, que tiene mucho dinero -bromea Michiko

Y a mi, que tengo los ojos a punto de desbordarse, sólo se me ocurre agachar la cabeza e imitar sus reverencias.

Y darle las gracias.

De corazón.

Con toda mi alma, que yo vine vendido.

Cuando camino de casa, el móvil encuentra cobertura en alguna estación, recibo un mensaje:

Me ha encantado volverte a ver, ojalá que podamos juntarnos aunque sea una vez al mes siempre. Muchas gracias por los regalos, los guardaré toda mi vida para acordarme siempre de ti. No te digo que te quiero porque ya lo sabes de sobra, pero por favor, cuídate mucho y sigue bien. Muchos besos.
Michiko

Y yo no acierto a escribir siquiera un arigato en todo el trayecto porque no soy capaz de dejar de llorar.



Creo que el sábado pasado fue la primera vez en mi vida que celebré yo el Halloween este, y mira que por aquí tiene bastante fama que una semana antes ya está todo lleno de calabazacas sonrisudas y fantasmicos. Pero Alain, que se las sabe todas, ya empezó a remover el asunto un mes antes: que hay que espabilar, que hay que buscar un disfraz guapo, que cuanto antes mejor, que se alquila un bar y nos cascamos una fiesta en donde la Buya dice Shi…

El caso es que venía un tifón a Tokyo que tenía a todo el mundo acojonao, pero ná, eso era txirimiri de entrehoras de los nuestros, aunque yo para ahorrarme subir unas escaleras salté una valla en Harajuku y me pegué una ostia como un nikuman con el paraguas. Pero en fin, eso es otra historia a lo Steve Urkel que no ha lugar ahora mismo. A lo que íbamos: que nos juntamos en casa de Sara para disfrazarnos de vampiricos, y ojo que teníamos un kit acojonante: lentillas de colores y colmillos que se hacen a medida, como la protección de los piños de Karate, que les echas agua caliente.

Yo no me había puesto una lentilla en mi vida, menuda llorera… tardé un cuarto de hora en ponerme una y dejé pasar un rato hasta la otra…

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¡¡Anda que no molaron las lentillas!!
:gustico:

Después tiramos pa’l Hachiko, o Jashiiiiii como dice el Pretty Womon, donde habíamos quedado con el resto de gente…


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Y ya para la fiestica donde teníamos barra libre por tres horas o algo así, yo me acuerdo de estar haciendo el chorralaire todo el rato ahí con la colmillada, que bien me lo pasé, madre mía, fue bonito ser un no-muerto-si-borracho!!!

Y luego pues al Camelotto que si ibas disfrazado entrabas gratis, yo ahí aguanté poco, a mitad de la noche no podía con mi alma ya. Digo yo que entre volver a madrugar para ir a la oficina y la clase de Karate de esa mañana me pasaron factura, bueno, eso y que estoy viejuno ya!!! agüelooooo, eso si, el momento entrar en el taxi vestido de vampiro con los ojos rojos y decirle todo serio la dirección, o el camino andando a casa envuelto en la capa porque hacía biruji no tiene precio, lo que daría por verme ahora mismo desde arriba!! jajaja

¡En plan hermandad!
:gambiters:




La historia es larga aunque la verdad es que no ha sido tan difícil como pintaba… menudo jaleo de búsqueda de ofertas, entrevistas, recruiters, trajes y gaitas moras. He acabado hasta los mismísimos colganderos. Por lo menos me he coscado de lo que se pide ahora mismo en temas de tecnología en Tokyo, de lo que se valora más, de como está un poco el mercado para los informáticos de la fauna del lugar, si supiese hace un par de meses lo que sé ahora no habría perdido el tiempo en según que cosas. A ver si lo cuento en condiciones por si pudiera ayudarle a alguien.

Tampoco tengo muy claro que quiero contar aquí, de un tiempo a esta parte me da un poco de miedo poner según que cosas en el blog porque aunque posteo menos que nunca, me llegan mensajes y veo movidas por ahí que Buda tirita. No sé si dan más miedo los que me perdonan la vida siete veces al día o los que me ponen en un altar pretendiendo que yo soy lo que ni de lejos soy en realidad…

Bueno, si diré que han cambiado mucho las cosas, que aunque sólo llevo desde el lunes parece que he ido a la oficina toda mi vida ya. Atrás quedaron los días esos en los que uno era esclavo de ese tiempo que sólo es libre en apariencia. Estamos contentos, sienta bien tener una rutina que exija cumplir ciertas normas sociales… vamos, que ya no parezco el Yeti de resaca: voy bien preparadito por las mañanas y en unos cuarenta minutos desde que salgo por la puerta de casa, estoy ya sentado en el ordenador de la oficina. Me han puesto clases de japonés, me pagan desplazamientos, no tengo que llevar traje, tenemos café, té y snacks gratis, y lo que más me gusta es que el trabajo está siendo empollarme la versión 3 del Google Maps API haciendo un prototipo para enseñar a un cliente, vamos que vuelan las horas delante del ordenador como hacía tiempo que no lo hacían.

Quitando a un par de figuras, la gente es maja. Somos unas cincuenta personas, de las que sólo diez somos extranjeros y eso mola. Las condiciones tienen muy buena pinta, el visado ya no es un problema… la inseguridad con la que he vivido el último año de repente se ha evaporado y se nota muchísimo en el ánimo, no pensaba que tanto. La idea de que quizás tendría que volver me llevaba rondando bastante tiempo y todavía tengo muchas cosas que quiero hacer por aquí. Ahora estoy mas desahogado, soy más yo mismo, disfruto más de las cosas por no tener esa capa de incertidumbre rondándome la nuca. Si algo malo he de decir, será que el horario no me cuadra porque no me da tiempo a ir a Karate. No se meten horas, pero se entra tarde y se sale tarde, prefiero mil veces madrugar y salir antes que perder el tiempo durmiendo un par de horas más. Pero bueno, todo se andará, hay clases de Karate a primera hora de la mañana y luego están los sábados. Vamos, que las prioridades siguen sin haber cambiado: Karate/Capoeira y luego el trabajo que me permita seguir con ello, nunca al revés, sea en Google o en un McDonalds.

Hablando de prioridades… cuando vienen mal dadas, que tampoco han sido tan terribles ni mucho menos, uno se da cuenta de golpe de los que importan. Hay un campo ahí delante de gente conocida, amistades viejas y nuevas, familiares, personas de tu entorno tanto físico como, digamos, virtual. Y de repente florecen tres o cuatro, no más. Uno se da cuenta de quien se da cuenta de uno de verdad, y esos son los que cuentan. No los que de repente son el triple de amigos cuando se enteran de mi affair con Google Japan, quedo en no se qué puesto de no se qué concurso o me han visto con no sé quien no sé donde… que cosa más triste, por el amor de Dios. Es de sentido común: me quedo con las llamadas muchas veces perdidas por mi culpa y con los mensajes de sólo-que-tal-estás, que uno no tiene edad ya para apariencias ni hipocresías de gente triste que no sabe que lo es.

En fin, es tiempo de reflexión, de que llegue el fin de semana, pararse y darse la vuelta para mirar a ésta primera semana de la nueva vida que me estoy probando y ver cómo me queda. Tiempo de ser más amigo de mis amigos, de pensar en lo que está por venir y planear en consecuencia: la competición de Karate, más Capoeira, más Parkour, más japonés, más fotografía, más viajes…

La cosa está clara: es tiempo de seguir amortizando cada latido sin hipotecar ni una sola respiración.



Fresquete, pelete, biruji al mediodía de un domingo gris. Los tres mosqueteros y la reina del lugar, que también se ha animado, esperan en el punto señalado. Se ve a chavalería estirando, ¿nos acercamos?, ¿nos dejarán ir con ellos?, para cuando el Lorco y yo nos lo tenemos ya medio decidido, el Chiqui ya está parlamentando con ellos, no se sabe muy bien si les está engatusando dándoles tabaco o es que han sucumbido a sus dotes sociales amigueras, no es la primera vez del día que le vemos con nuevas amistades hechas esa mañana. Mucho que aprender de Albacete todavía, mucho.

Un profesor con pintas de estar pasándoselo igual que mi nevera de casa toma el timón: estiramientos, un poco de trote para acá y para allá, ejercicios de calentamiento… todo sin reírse ni una sola vez, porque ya lo hizo allá por el 72 cuando le salió aquella llaga y ya no puede quitársela de la cabeza que todavía tiene pesadillas con el Oraldine.

El resto: chavalería del instituto, la mayoría flacos como ellos solos que lo mismo te saltan una barandilla que te dan una voltereta para atrás. Un par de extranjeros más con los que poco tardamos en llevarnos bien por la cosa del envoltorio, y gente medio loca pero sana. Majísima, si quitamos al amargado que hace de profe, ¿quién habrá puesto a este tío aquí?. Ahora que el percal lo calamos pronto: hacemos lo que nos cuenta el caraflautas, y después nos adosamos a uno que sepa y que tenga más gracia y le damos la chapa hasta que nos explique las cosas. El método, que bautizaré como “tenemos el culo pelao de amargaos” funciona, y ya nos ponemos a hacer historias por nuestra cuenta a costa de los que saben y no les sale una úlcera por reírse.

Cambiamos de sitio un par de veces y acabamos en unas barandillas, la peña se sube y anda por encima de ellas, salta de unas a otras, van corriendo contra un muro, lo pisan y dan la voltereta para atrás como quien se rasca el ombligo. Hasta hubo uno que fue capaz de subir una pared de más de dos metros corriendo desde abajo.

¿Nosotros? pues no nos cortamos un pelo tampoco y algo ya hicimos también. ¿Las agujetas?, las peores de mi vida.

Pero ¿y lo bien que nos lo pasamos? ¿eso no cuenta, o qué?, yo no sé mis dos escuderos y la doncella, pero deseando estoy volver!


:gustico:



PD: Que ganas tenía de estar en una oficina normal, con mi horario normal, compañeros no inanimados, vida social… buff, ya os contaré, ya…



Primero, y como objetivo y motivo fundamental de venir aquí, marchaba porque tenía Karate. Después la cosa se complementó yéndome porque había quedao con la profesora de la ceremonia del té, luego seguimos con esto de ocupar el tiempo y nos pusimos con el Yosakoi. Para acabar de liarla parda, empezamos a dar volteretas en Capoeira, y ahora… pues ahora marcho que tengo Parkour.

¿Que qué es Parkour?, pues es esa gente que se lía a pegar saltos por la ciudad subiéndose a todo haciendo mil volteretas y cabriolas para esquivar los “obstáculos urbanos”. Después de poner el vídeo de Capoeira, más de uno me sugirió que lo hiciese, me dio por buscar en internet y resulta que hay un grupo en Tokyo que te enseñan por la patilla!!. Así que este domingo me voy a Parkour con el LorcoNinja y el Chiqui que también se han animado. Veremos si volvemos con todos los huesos del derecho.

Un vídeo de estos señores, no veo el momento de empezar:



Ala pues, que tengan ustedes un maravilloso fin de semana, el mío viene chato…

PD: ¡Tengo currelo!, buff, currelo y mucho más… ya os contaré, ya…



Yo no tenía estas ojeras antes… ni esto que está entre un lunar y una mancha que me ha salido debajo del ojo derecho, como si fuese una lágrima negra que llorase el alma por añorar la juventud.

Pero me siento bien. Ahora que casi siempre me siento bien, tampoco viene de nuevas, es como si hubiese aprendido a que de de verdad igual lo que se sabe que da igual.

… por la ciudad camino, no preguntéis a donde, busco, acaso, un encuentro que me ilumine el día y no hallo más que puertas que niegan lo que esconden…

Con Sabina sonando en el cada vez más maltrecho iPhone que se desgañita por hacerse oir entre grifos y duchas, me vuelvo a mirar al espejo con la cara medio blanca esta vez, y cuchilla cual goma de borrar en mano, elimino todo rastro de sombra de la faz del de enfrente. La máquina de afeitar parece un quitanieves abriendo la autopista entre la oreja y la barbilla, tomando ahora el desvío al sur que lleva a la nuez, desbloqueando la rotonda que bordea los labios…

I have climbed the highest mountains, I have run through the fields, only to be with you… only to be with you…

Toca traje. Toca volver a coger tarjetas de visita con las dos manos, pintan reverencias de corbatas colgando. La cosa va de que se abra el telón y a uno le de por decir cosas en idiomas de otros, de repetir la historia de uno maquillando esto o lo otro según quien haga de público. Que presuntuoso, que prepotente es pretender que es posible que se llegue siquiera a intuir a una persona con apenas una hora de compartir oxígeno.

Besos, ternura, ¡que derroche de amor!, ¡cuanta locura!

Una señora con un carrito me habla mientras voy camino de la estación. Me suena su cara, creo que no es la primera vez que la veo por el barrio. Me quito los auriculares y digo adios a Ana Belén por un rato, y trato de entender a esta personita con la cara llena de arrugas que me habla, risueña, sin darse quizás cuenta de que vengo de lejos. Y que mas dará si ahora estamos aquí los dos.

Buenos días, mira, tengo aquí a Pichan, es muy pequeñito, lo estoy cuidando -creo entender en el idioma de las abuelas, ese que se habla despacito, haciéndose querer, como si todos fuésemos nietos por decreto.
Buenos días -contesto con mi mayor sonrisa que no le llega ni a la mitad a la suya- ¿Pichan? ¿es un perro?
Mira mira -dice, y por la manera de decirlo intuyo a la niña de la que viene esta mujer- es Pichan, lo encontré ayer en el suelo y no puede casi moverse.

Retira la manta del carrito y unos ojos casi sin abrir me miran desde allí dentro. Es un pájaro, un bebé recién nacido que sólo sabe volar lo que duran los saltitos que logra dar, como si todavía nadie le hubiese enseñado que si mueve las alas entremedias, no hace falta volver a caer tan pronto. Alargo la mano para tocarle, porque dan ganas de hacerlo, pero la niña se vuelve anciana de repente y se hace respetar de nuevo poniendo la manta entre mi mano y Pichan.

Lo estoy cuidando yo -repite, muy seria esta vez, y sigue andando dando por terminada la conversación con una reverencia.

Sigo mi camino pero no igual, el corazón pesa menos, se ha reblandecido, está un poquito más tierno y aunque Ana Belén hace tiempo que se fué, Robe me hace compañía el rato que queda entre Pichan y la estación.

Quedamos cerca del suelo, a la altura de tu cintura… quedamos cerca del suelo, donde se refleje la luna…

Repaso mentalmente lo que está por venir y me descubro pensando en inglés. Preparo las coplas que voy a cantar aunque la mayoría serán verdades a cachos, mentiras con que regalar los oídos de los que se pondrán delante que oirán lo que más o menos esperan que diga. El tren es mi camerino, y en un rato se subirá el telón. No hay pánico escénico, de momento.

You only get one shot, do not miss your chance to blow, this opportunity comes once in a lifetime…

Sigo instrucciones. Salida este, Starbucks a la derecha, Family Mart a la izquierda, recto un par de bloques. Una chica me sonríe y sus hoyuelos me agujerean el corazón ese que ya venía a punto de nieve desde hace un rato, le devuelvo la sonrisa sin hoyuelos, con ojeras, pero con gratitud. A tus pies, preciosa.

Como siempre que se cambian los papeles, voy a quedarme dormido en tu cintura…

Acaba el primer acto, no ha pintado demasiado bien… un público difícil tenemos este lunes, bueno, perder tampoco hemos perdido nada, es más, de no haber madrugado no habríamos conocido a Pichan, ni a la chica de los hoyuelos. Es lo que importa, lo demás sólo da igual. Es así como he reaprendido a vivir de un tiempo a esta parte, flotando de la mitad del vaso para arriba, que por debajo no hay aire.

Que dulce era hablar si te hacía sonreír, sentados en cualquier bar… tuve que marchar porque soy un músico loco…

En algo parecido a una cafetería me hago fuerte. Bueno en realidad no soy yo del todo, sólo una copia venida a más a base de traje y zapatos. Así que pongamos que esta versión seria del que no soy es el que se sienta en una mesa y le arranca una sonrisa a la chica del mostrador al señalar el plato de pasta diciendo “kore” pretendiendo ser todavía más extranjero de lo que ya se siente. Saco el ordenador, creo que es la primera vez que lo saco de casa desde que lo compré, y abro el entorno de programación…

Pero no lo toco porque tengo el alma tocada. Yo lo que necesito es desahogarme, achicar sentimientos, endurecer de nuevo el corazón para afrontar el siguiente acto un poco más entero. Y así vuelvo a empezar, mientras borro líneas, escribo párrafos y me seco las lágrimas en la manga del traje de Zara que me traje de Bilbao. El nudo de la garganta bloquea el arigato que le quería dar a la camarera cuando me rellena el vaso de agua, y mientras carraspeo para el siguiente me doy cuenta que más vale que me vaya acercando a la estación, que la comedia está por volver a empezar y el protagonista sigue sin llegar.

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:cocinicas:

STAFF
A los mandos de la cámara, los Nerelorcos.
Con el plato en la mano acojonaíco perdío, el Chiqui.
La casa, la de Sara.
La camisa, la de los domingos.




Amigos, amigas, chatos todos, hoy vengo aquí a hablaros sobre el teletrabajo, palabra soñada por muchos y ansiada por otros, quimera casi imposible de conseguir, la tierra prometida del informático, la grandísima mierda pinchada en un palo que me ha estado dando por el saco más de medio año.

He de reconocer que empecé esta nueva aventura pletórico de ilusión, motivado hasta las trancas, deseando decirle adios al despertador y al sieso carapán del acomplejado medio pirao de mi antiguo jefe que lo mismo ni te miraba a la cara durante dos semanas que te traía un regalo al día siguiente. Estaba hasta los huevos del aire acondicionado de la oficina que ni un sólo día acondicionó en condiciones, de ver la luz del sol un ratito sólo por las mañanas, de tener que hacer cola para expeler los tés que tengo a bien tomarme porque sólo había un baño para quince personas.

¡¡¡¡ Ay Toscanito, no sabías de que te quejabas,
pero es que no tenías ni puta idea !!!!



Peleé por no convertirme en un ermitaño, todos los días pasaba religiosamente por la ducha y ponía a la Gilette a currelar antes de sentarme delante del ordenador. Me preparaba casi casi como si fuese a la oficina: desayunaba temprano y cumplía mi horario a rajatabla. Por cierto, ¿de donde coño vendrá la expresión esta de cumplir a rajatabla?, ¿había un rascayú que rajaba las tablas más puntual que nadie?, ¿y pa qué tamagos vale una tabla rajada?.

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Bueno, total, que era como estar en una oficina pero sin jefes ni chorradas del estilo de por medio: estaba yo y un trabajo por hacer, y sólo tenía que sentarme y tenerlo hecho para el viernes que es cuando toca actualizar el servidor y mandar un email contando lo que mis dedos han tenido a bien teclear durante la semana.

Bien, pinta bien: no gasto dinero en trenes, cumplo mis horas y al acabar me piro a Capoeira o a Karate en bici sin tener que andar pensando si al resto de los de la oficina les importa o no que me pire yo antes. Esto se sostiene algunas semanas y parece funcionar, te sientes afortunado cuando ves entrajetados pasando por la calle a través de la ventana, estás como un nivel por encima de la masa aborregada, has hecho la de Darwin y ellos no, eres el puto amo de tu vida.

Si si puto amo…

Se empiezan a dar momentos raros… la cosa empieza a fallar… se perturba la fuerza y ya a veces te entra pereza y pasa como cuando tienes exámenes en la universidad: que haces de todo menos estudiar. Yo tengo hasta las legumbres ordenadas alfabéticamente en la cocina ya: Alubias, Arroz, Lentejas… de izquierda a derecha y de grano grande a pequeño (ya sé que el arroz es un cereal, Jordis Hurtados!!), hasta plancho los calzoncillos, no os digo más, que anda que no da gustico ponérselos cuando están todavía calenticos.

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De repente empiezas a darte cuenta, de alguna manera, que tus obligaciones están un poco diluidas, que no pasa nada porque un día te pires a ver un matsuri a Asakusa porque ya recuperarás el tiempo a la noche, que te vas a sacar fotos con el día que hace… y así, como si nada, una mañana te descubres a ti mismo levantándote a las doce de la mañana todos los días porque te has acostumbrado a hacer el trabajo hasta las tantas por las noches y ya no hay Dios que te haga dormirte antes de las dos. Eres Bill Compton, cara palo incluida pero sin la Sookie (gracias a Dios!!).

Te conviertes en una ojera con cuerpo debajo, te sientes cansado, somnoliento todo el puto día. Como te levantas tarde, incluso aunque al final del día hayas trabajado más horas de las que harías en una oficina, te sientes mal, tienes la sensación de no estar cumpliendo tus responsabilidades. El mismo ordenador que antes tenía la misión principal de entretenerte y servirte para hacer tus cosas, ahora es el que casi te grita que deberías estar trabajando, que cierres el Facebook, que dejes de procesar fotos, que te olvides de editar vídeos… prácticamente olvídate de lo que hacías en tu tiempo libre, porque ya no se sabe lo que es tiempo libre y lo que no, apenas eres consciente de que llueve o hace sol porque lo mismo da que da lo mismo.

Y mucho ojo, que esto es Tokyo. En términos teletrabajiles significa que tu ecosistema es una misma habitación que ahora resulta que es una oficina con futón. Eres un hikikomori como la copa de un sakura: duermes, te vistes, desayunas, trabajas, comes y te cortas las uñas de los pies entre las mismas putas cuatro paredes. El mismo puto sitio, todo el puto rato, estando solo… día tras día, semana tras semana, mes tras mes… Las cortinas son el equivalente al coco del Robison Crusoe, no les he pintado ojos por no tener que lavarlas después, pero yo creo que les hablo más, ¡menudas discusiones tenemos sobre el final de Inception!, cuando suena el móvil te asustas y te abrazas las rodillas balanceándote contra la pared deseando que se calle… la vez aquella que me descubrí poniéndome caras a mi mismo delante del espejo y riéndome, ya decidí que iba siendo hora de actualizar el curriculum y salir de este pozo antes de acabar tarao del todo.

Un día te da por pararte y mirarte con calma y resulta que eres un ser del que cuesta creer que tuviese piel debajo de semejante mata de pelambrera, tu cara es el culo de un koala, que hay que apartar la maleza para encontrarse la boca y meter elementos ingeribles dentro, en la lavadora sólo entran los dos pantalones de pijama y las camisetas de propaganda del súper de mi barrio, porque es tu uniforme de trabajo. En Karate y en Capoeira me llevan viendo con el mismo pantalón de chandal desde Junio, chandal que hace maratón de horas porque cuando conviene también es pijama y últimamente acojona darse cuenta que conviene mucho… hasta la chica del combini yo creo que está haciendo una colecta con sus compañeras para comprarme champú y un peine antes de que vengan los de sanidad a despiojarme…

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Pero lo peor de todo es la conciencia.

Menuda hijadeputa es la conciencia, que parece que le das esquinazo, pero no. Esta ahí… te habla… te susurra…. te putea la vida dándote martillazos en la sien a nada que te pones a hacer algo mínimamente personal, que te cuesta más levantarte e irte a Karate que si estuvieses rodeado de compañeros ponecaras en la oficina, que cuando vuelves de entrenar hecho polvo, los remordimientos todavía te empujan a sacar adelante dos o tres cosas más antes de dormir porque has estado perdiendo el tiempo viviendo un par de horas de la vida en vez de trabajar.

Parece que, por fin, he dado con un trabajo que me saque de esta tortura autoimpuesta, de esta muerte social, de esta mierda tan gorda en la que me metí antes de verano. Me costará tiempo recuperarme, puede que hasta que no tire las cortinas y me compre otras que no hablen no volveré a ser el que era antes, pero es un inicio.

Si me dais un poco de tiempo, seguramente seré capaz de volver a hablarle a la gente y dejar de hacer ruidos con la garganta. De mientras, tened un poco de paciencia conmigo e ignorarme si veis que me pongo a llorar y al minuto después estoy descojonándome dando palmas.

Es parte del proceso. Todo se andará.

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Por cierto, ya que estamos ahí sin pretenderlo, si veis que eso, votadme en el bitácoras a ver si me dan el premio ese y se me arregla un poco más el mes… aquí Flapy cuenta como se vota, digo yo que será lo mismo pero cambiando japoneando por el ikublog, y blog de viajes por personal en ataque… Pero vamos, tampoco os herniéis mucho, si os cuadra bien, y si no también.

Voy a ver si compila esto que llevo entre manos desde el martes… rezad por mi alma para que deje de ponerles nombre a los calcetines.



Mail de Bea del otro día:

Impresionante!

Mira!

Estoy ayer tomando unos potes en el casco viejo y de repente veo un tío que se mete a un bar con la cami de kotoba, pero no la nuestra, es decir no estaba impresa en nuestra cami con el borde blanco, pero eran las letras nuestras haciendo un circulo, solo que le faltaba el circulo.

Me quede tan flipada que dije, no puede ser, somos ya famosos y nos copian! somos como Loreak Mendian que los de Guru les choraron la flor!

Así que entre al bar, les dije a los que estaban conmigo, si tardo venis a buscarme que era un tío tocho e igual me parte la cara. Entro y le pregunto a ver donde la ha comprado y me dice que en el mercadillo de Madrid pero ya hace 2 3 o 4 años.

Vamos que nos copian, porque la nuestra tiene más tiempo.

Y la impresión es mala, esta también estropeada eh? pero la cami es negra y las letras son un poco más grandes, pero son nuestros hiraganas, me dice el tío que es profe de japones, me dice entiendes lo que pone y le digo, joder que ese diseño lo he hecho yo!!!!

Se queda flipado, nada hablamos un poco le digo que hacemos camis y le dejo la dirección de la web, así que igual nos dice algo algún día de estos…


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Tiene huevos el asunto… aunque tengo que reconocer que me ha hecho hasta ilusión y todo… pero bueno, da cosica que a la vez que uno compra pimientos se lleve también una cami nuestra plagiada, no, eso no hombre, maaaal, maaaaal.

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Comprádnoslas a nosotros y de paso os lleváis…

¡ Un peazo kitkat de té verde
estilo chocolatinaca única pero gorda!
:cocinicas: :gustico:



Eso si, hay que andar rápido porque a Bea le quedan sólo 5 de los que le mandé desde los Tokyos, y ella no me acaba de garantizar que me los va a respetar mucho tiempo…

Da igual que modelo de camiseta, mientras la pidáis por la web y no a la vez que compráis una cabeza de ajos y el nuevo de Shakira en el top manta!

:palizero:


Quedan
5
4
3
2
1

0
kitkases