El blog sobre Japón de un tío que SI está en Japón!!

Es curioso como poco a poco nos vamos conociendo todos. El mundo es como Facebook pero sin ordenador (jodé, menudas comparaciones hago últimamente… que ganas tengo de dejar de rascar teclas y poner un bar!).

Bueno, total, que yo seguía blogs de gente que vivía aquí desde hace tiempo, y no les conocía en persona cuando anunciaron el libro de “Soñar con Japón”. Lo cierto es que todavía me falta uno por conocer, pero a los otros cuatro les tengo ya calaos:

Ale
Flapy
Héctor
David
– Y Javi que es al que no conozco todavía

Pues estos cinco señores vaciaron encima de la mesa el cajón con las mejores fotos que habían sacado hasta ese momento y empezaron a liarla. Me consta que tenían un curioso sistema en el que uno no elegía cuales de sus fotos iban a ser publicadas, sino que eran los demás los que votaban, así salieron las que mejor les parecieron a la mayoría de cada uno, y sacaron el libro que seguro que ya os suena:

Yo conseguí un ejemplar gracias al tito Fla, y bueno yo soy bastante subjetivo a la hora de valorarlo así que sólo susurraré un escueto y tímido:

¡¡Mola del copón!!
:gustico: :copon: :gustico:

En esas estamos, ¿no?, viendo el libro y va y resulta que después un tal Capitán Urias, que es un tío cachazuno más largo que un día sin onigiri cinamayo, se vino para hacer un reportaje de los suyos cuestionándose porqué tamagos Japón resulta un país tan atractivo para los occidentales, y nos hizo entrevistas ahí a unos cuantos. Está mal que yo lo diga, pero quedamos todos bien majicos y salaos ahí cada uno con su copla:

El documental se ha estado proyectando en salones relacionados con Japón por toda España, contando en una ocasión con Marc Bernabé que nos presentó uno a uno hasta que llegué yo y no acertó ni una, jajaja.

Ojo que la historia está lejos de acabar. David y el capi se arrejuntaron una tarde digo yo que por internet, y dijeron “coño, pues si al final todo está relacionado, ¿porqué no hacemos algo para dar un DVD de Crónicas desde Cipango junto con el libro?”. Y aunque del dicho al hecho hay un trecho, como el capi tiene las patas largas, éste trecho se recorrió rápido. No perderse la promoción destamagante!!

Pues ahora va ikusuki y mete el hocico en todo el jaleo éste que me tienen montao, y hemos decidido que molaría que los que compren alguna ikucamiseta y les interese el pack libro+DVD, tengan alguna ventajica…

¡¡ Pues ala, 1 euro menos si vas de nuestra parte !!
:vainas: :vainas: :vainas:

La cosa funciona así: si os interesa el pack y tenéis ikucamiseta, pinchando en el banner y haciendo el pedido a través del formulario Ikusuki Flavour os costará el asunto un eurico menos. Vamos que antes de mandar libro ni DVD ni nada, miraremos bien si os tenemos en la base de datos como ikuclientes, y si es el caso, entonces si!!! y si no es el caso entonces no!!!!

Es más, nos hemos emocionao del tó y tanto para los que son ikuclientes como para los que no, las cinco siguientes camisetas que se pidan, sean cual sean, además de poder aprovecharse del descuento en el pack libro + DVD si quieren…

¡¡ Se llevan un fuurin de regalo !!
¡Por aquí se pide el asunto!

Quedan
5
4
3

2 fuurins

:gustico: del bueno mode

Hacía mucho que no salía de casa de noche, no le apodaron los chinos a éste país como le apodaron en vano porque el sol no se despierta nunca más tarde de las seis y si que nace si, vaya si nace.

Pero a esta hora manda la luna, que es un queso, o una sandía porque me tiene enamorado y se me antoja dulce aunque se convierta en una naranja con los últimos ronquidos del sol. Si dijese todo lo que sabe temblaríamos más de uno, menos mal que se calla las noches que tenemos a medias.

No equivoco la ruta, que en moto tiene más miga, y llego a tiempo para el saludo inicial justo cuando Suzuki sensei empieza a escribir en su cuaderno los nombres de los asistentes. Muchos niños, más que otros años, y dos extranjeros más, los dos que mejor me caen, aunque hablen francés.

– No necesitas la chaqueta, hombre -me dice el chico belga, en japonés, cuando algunos se la ponen por encima del karategi y saco yo la mía.
– ¡Claro que no! -contesto en el mismo idioma prestado, y la vuelvo a dejar en la taquilla, envalentonado, bravucón como parece que soy cuando me achuchan.

No son ni las siete de la mañana y ya llevamos un rato corriendo. Es un ritmo lento, se lleva bien a pesar del frío y vamos siguiendo a Daizo Sensei que se vuelve de vez en cuando y vigila que ningún niño salga demasiado a la carretera. Daizo Kanazawa, que iba para jugador de baloncesto hasta que le dió por seguirle el juego a su padre y hermanos y empezó a sacarse danes el que más tarde de todos. El mismo que no se limita a un breve saludo cortés y siempre me pregunta si estoy bien cuando coincidimos. Creo que le caigo bien, él también a mi y siempre agradezco sus palabras esforzándome por ponerle el “masu” en vez del “ru” a mis verbos por aquello de sonar educado. Me he quedado con ganas de darle un abrazo un par de veces que supo hablarme en horas bajas.

Cuando vamos llegando de nuevo al dojo, los mayores tomamos posiciones y en cuanto Daizo Sensei esprinta, le seguimos a todo lo que dan las piernas. Suelo ganar yo, hoy no ha sido el caso. Mañana el café será doble.

Entramos, nos descalzamos y empieza una clase de Karate de unos cuarenta minutos sin parar. Técnicas básicas: paradas, puñetazos… primero diez despacio luego poniéndole lo que quede dentro…

La clase la da Tanaka Sensei, y el resto de profesores hacen de alumnos esta vez. Todo un privilegio dar patadas a su lado, desde la mayor de las motivaciones dadas las circunstancias. ¿Había madrugado yo hoy? que poco importa en ese momento.

Hacemos todas las katas básicas más una superior, dos veces cada una, despacio y con fuerza, asentando conocimientos y aventando garra, respectivamente o no. Para mi todo está mezclado, más de mí no hay, que yo sepa.

La única fila habitual de las clases hoy se divide en tres. Nos arrodillamos al acabar en posición de seiza, como en la ceremonia del té, como en algunos izakayas, y saludamos gritando las gracias y cerramos los ojos para meditar un rato hasta que el dojo kun en japonés pone el punto y final a la clase, y abre comillas de la historia todavía por pasar del nuevo día.

Gracias a la moto tengo tiempo de sobra, así que estiro mientras los chavales van dejando libre el vestuario. Wakisaka Sempai me dice que el título de segundo dan está preparado, que si voy a venir el domingo. Le digo que no puedo, que sólo puedo los martes hasta que me doy cuenta en el vestuario que en realidad me había dicho domingo y no lunes. Me vuelvo a poner el cinturón, porque entrar al dojo sin él es una falta de respeto, y le digo que me había liado, que si que voy. Por éstas que voy, con un poco de suerte el diploma me lo dará Kanazawa Kancho, aunque de mano de cualquiera de los profesores me honraría igual.

Sólo en el vestuario empiezo a cambiarme pensando ya en seguirle el juego a la vil rutina de oficinas y horarios. Entonces entra Daizo Sensei.

Oskar san, genki?
Genki desu, okagesamade

Kangeiko, el entrenamiento de invierno, es una tradición que todavía se practica en muchos dojos de Japón, e incluso en el extranjero. Se trata de desafiar al vil invierno entrenando durante días consecutivos a primerísima hora del día. Desde antes de la guerra, el kangeiko tradicionalmente incluye ejercicio en la calle con el mismo traje del arte marcial que se practica, despuntándole el rocío a la mañana a base de coraje. Dicen que el entrenamiento es más para la mente que para el cuerpo, yo tengo claro que es así.

Hay quien dice que estoy loco por levantarme viernes, sábado y domingo a las cinco de la mañana para ir a correr con el karategi por la calle junto a unos cuantos como yo. En la oficina algunos compañeros me han mirado con respeto cuando lo he contado a la hora de la comida, aunque han sido los menos. La hipótesis de mi inestabilidad mental ha cobrado más protagonismo que habitualmente cuando el respetable se ha enterado de la gripe A que pillé el año pasado.

¿Y yo? ¿que pienso yo de todo esto? pues yo me veo dentro de una película de artes marciales, rodeado de japoneses codo a codo con los hijos de Kancho Kanazawa inaugurando las calles, devolviendo los saludos de los comerciantes cercanos que se saben la historia que se cuenta allí cada año y se paran para animarnos quizás recordando juventudes pasadas. Obviaré caras de sorpresa de los que descubren al extranjero que lucha contra el frío como uno más entre la marea de trajes blancos y cinturones negros que corre más por lo que se gana en el camino que por llegar a la meta. Volveré a casa con el tiempo justo para ducharme e ir a la oficina, pero ¿sabéis? no veo la hora de que suene mañana el despertador.

Pocos, muy pocos conocerán esa sensación, la de sentir el alma más viva a costa de obligarle a la mente a que siga mandándole no parar al cuerpo sin que ninguno de los dos quiera seguir. La de que respirar sea tan difícil que el pecho arde mientras el cuerpo muere de frío tres veces por aliento. La de acabar tan exhausto que sólo queda ya dormir y aguantar agujetas y sabañones con la nunca más cierta satisfacción de sabernos mucho más vivos.

Ojalá me sigáis llamando loco por muchos años. Eso es que sigo por buen camino.

Soy un disaster de proporciones daibutsuíticas, lo reconozco y pido perdón por ello. Llevo recibiendo fotos de gente con camisetas de Ikusuki ni sé desde cuando pero como tengo los colganderos como mandarinas, ahí estaban criando polvo 2.0. que no se iba ni con Ajax.

¡¡ Hasta ahora !!
:copon:

Empezamos con la moza que venía a sentarse a la cajonera cuando se cansaba de darle al cobol verdinegro, que no sólo ha comprado absolutamente todas y cada una de las ikucamisetas, sino muchas más que ha regalado a los que le rodean. De lo maja que es, si no la han hecho santa ya es porque dice tacos.

¡Miralá, miralá! ¡atiende como lucen la Kotoba la Nago y el Andrés!

El tito Robe que va a dejar la informática y va a montar un dojo conmigo pero que él todavía no lo sabe, un día se fue a San José por ahí por Almería y al Bisbal no sé si le llegó a ver, pero la IkuEki se la llevó y se saco una fotaca en plan pose nocturnense que Dios tirita!!!!

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El que si que tiritó tuvo que ser el que le sacó la foto al Neki en el Valle de Arán, que sale con el boquino ahí que parece que le va a arrancar la mofletada al fotógrafo!!! Paisaje y barbas impresionantes en una foto bonica del tó que me hace añorar el verano más todavía. Ah! y con la Kurosuwado! (jaja, si no pongo el nombre de la cami, a ver ande coño enchufo el link a la web!!!):

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Otro que me mandó una foto cuando todavía quedaba verano fue Quicoto, que se fue a Estoril con la Cienpiés de color cyan. Toallas no se si compró, pero miraló que lozano me sale aquí, miraló!!

David aprovechó que Héctor se fue a Barcelona para una charla de las suyas esas que da y pensó que estaría gracioso sacarse una foto con la Kotoba y con él. Sin desmerecer a Héctor, que todo lo que tiene de largo lo tiene de majetón, David aquí hay que reconocer que sale atractivo y guapetón guapetón!!! Ojo que van dos fotacas!!

Nacho y Adela siempre hacen viajes chulos chulos, de esos de decir: pues mira que viajecico oyeeeeee. Y lo que es mejor es que siempre se acuerdan de llevarse las ikusetas y afotarse para envidia del ikupersonal. Las poses de espaldas de Nacho son todo un clásico ya, ¿donde nos dará la espalda la siguiente vez?, jejeje. Adela guapísima, como siempre. Dentro enlaces: Ikufuji y Kotoba. Y dentro fotos en Teotihuacán, Palenque y Chichen Itza respectivabeibol:

Erick se pilló también la Ikufuji, por cierto menuda gaita fue subir el Fuji, o bajarlo… el otro día se vino Jairo de Korea y estuvimos recordándolo, ¡¡suplicioooorrrr!!.

Total! que Erick dice que le llegó la cami a casa, no como el paquete de embutidos que me mandó mi madre para Navidades, que todavía no ha llegao, tiene huevos cómo se habrán puesto en Osaka los carteros….

Bueno!! que le llegó la cami y dice que le queda guay y que está súper chula, y nosotros más contentos que ni sé!!! Ojo a la foto espaldera IkuFuji estilo Nacho!!

Erick.jpg

¡El mundo es nuestro!
:gustico:

:gustico:
:vainas: :vainas:

Toca ikupromoción del día para celebrar que me he desmandarinao un poquico publicando lo que tenía pendiente:

¡Las cuatro camisetas siguientes
que se pidan por la web
van con una mini-alfombrilla
para el ratón de tatami!

DSC08381.jpg

¡Quedan 4
3
1
0 !
¡campana y se acabó!
:vainas:

:ojetepalinvierno:

Llevo una temporada dándole vueltas a la cabeza con una idea que está tambaleando todo mi mundo conocido y el de los que me rodean, que los estoy volviendo locos a todos. El caso es que con todo el lío del año pasado de buscar un nuevo currele, no puedo evitar la sensación de que mi trabajo es mentira, que no vale para nada, que no es real. Y cada día que pasa, la cosa va a peor.

A ver si soy capaz de explicarme y de paso me aclaro y oriento el asunto este de ver cómo voy a vivir lo que queda de aquí para adelante.

Llevo haciendo páginas web prácticamente desde que volví de Japón la primera vez. Ya lidiaba con el IE unos cuantos años antes de que salieran Firefox, Safari o Chrome, me curraba validaciones de formularios en javascript puro bastante antes de que existiesen Mootools o jQuery, y trataba de cuadrar todo con tablas y después con CSS hasta que me he visto estos días programando especificamente para smartphones.

Aunque me da bastante igual, es un hecho que la gran mayoría de las páginas que he programado en empresas anteriores ya no están en internet: han sido actualizadas o simplemente borradas por sus dueños, así que poco hay que pueda enseñar a quien quiera saber de mi trabajo. Es más: aunque estuviesen ahí, tendrían un aire rancio que no se yo si sería menester airear. Ocurrirá lo mismo con las que estoy haciendo ahora: pasarán algunos meses y dejarán de cumplir su función, porque su utilidad es tan temporal que asusta. A su manera, siento lo que hago como una mentira que me importa más bien poco.

En su momento todas cumplían los requisitos del cliente, cuando a éste le importaba, y por regla general siempre había unos plazos más bien estrictos que cumplir y mil quebraderos de cabeza. Aunque luego la pagína no la visitara ni Blas y el cliente pasase mil de actualizarla. Trabajo entregado, dinero cobrado y aquí paz y después gloria (o bit y después pixel). Total: una farsa.

Tuve, todavía tengo, la oportunidad de ser parte de un proyecto de red social muy ambicioso cuyo desarrollo está llegando a su fin. No hay clientes que satisfacer (o padecer), sino usuarios de todo el mundo y lo que se trata es de ofrecer el mejor y más rápido servicio para que sigan entrando y el número aumente. Aunque es un concepto distinto a las webs de toda la vida, tengo el mismo sentimiento: es mentira. Aunque nos hagamos ricos, que no creo que pase, seguiré teniendo esa sensación de que no estaré orgulloso de ello, que me da igual.

Pero mira, el caso es que todos los días paso por delante de la frutería-pescadería de un matrimonio de japoneses de edad muy muy avanzada, tanto que a veces parece mentira que ella sea capaz de mover cajas de un lado a otro con tanta agilidad. Esta gente no tiene página web ni internet, dudo que sepa mandar mensajes con el móvil, pero venden fruta y pescado en una pintoresca mezcla de tienda. Todos los días vendrán los vecinos y compartirán un par de historias además de la compra y el cambio, se conocerán a los niños del barrio y les verán crecer. No les afectan ni los permisos de los directorios, ni los navegadores, ni demás historias de ese otro mundo de ordenadores para adentro que es una capa adyacente al mundo real en que se mueven, en el que nos hemos movido siempre pero que cada vez olvidamos más. Un mundo que sirve de ayuda para hacer más fácil el mundo real, pero nunca es la realidad en sí como se me está convirtiendo a mi porque mi trabajo es este.

Lo mismo con los dueños del ryokan de Nikko que suben a sacarte el futón del armario mientras cenas y te vuelven a dejar otro par de bombones de chocolate en la mesa de noche.

O mi profesor de Karate de los martes que es capaz de repetir la explicación de un movimiento hasta que todos lo entendemos y sale de allí sudando como el que más, y seguro que el pecho se le hincha un poco cuando alguno de nosotros es capaz de hacer algo más que antes de haber entrado.

Hace unos meses, un vecino puso un puesto de nikuman en la puerta de su casa de dos pisos. El mismo señor de aire huraño que me cruzaba de vez en cuando con traje y corbata, es el que ahora me vende de tarde en tarde bollos de carne y me arranca tres o cuatro carcajadas con frases que ha buscado en castellano por ahí desde que le conté de donde venía.

Hoy han llegado dos pedidos de camisetas, y esta noche le pediré a Beatriz la mía junto con las de amigos de Tokyo. Ponerme esa camiseta hará que me sienta mil veces más orgulloso que el “well done” de mi jefe cuando le enseño la web que me encargó. La camiseta me da dos o tres euros de beneficio, lo segundo me permite vivir en Tokyo a costa de tragarme ocho horas al día de mi vida haciendo algo que me da igual.

Algo está fallando aquí. Me niego a resignarme.

Me alegro darme cuenta ahora que todavía puedo cambiar las cosas (una vez más). Seguiré jugando el juego, actuando en la comedia, pero no descarto yo dar la campanada y cambiar radicalmente de vida a la que se me presente la oportunidad, dándole el empujón definitivo al mundo este que se me tambalea desde hace unos meses.

De mientras, sigamos bien al acecho sin perder ni una: aprendiendo el que más en Karate, por si la cosa fuese por ahí o diseñando más camisetas, o yo que sé… algo pasará por delante y ahí estaré yo para saltarle encima.

Ojalá nunca me falten ganas.

Aprovechando la gesta de que el lunes era fiesta, nos piramos a Nikko a asomar el hocico, concretamente un día y pico.

(Tres cuartos de hora para escribir el párrafo anterior y que luego nadie me ría la gracia como el alarde de humor y desparpajo sin precedentes del post anterior. En fin, delfín, también Gaudí murió pobre e incomprendido… sigo en prosa que da menos cosa)

¡Total! que nos fuimos a Nikko y después de la obligada visita al Toshogu y alrededores y una velada de película en un ryokan de quedarse chato y pericueter todo a un tiempo, alquilamos un coche y nos fuimos a una movida que se llama “Tobu World Square“, que no es ni más ni menos que un parque temático con maquetas de las maravillas más famosas del mundo lirundo (aunque faltaba el incomparable “Puente del Charco” de Zalla!!! grrrr).

La Tokyo Sky Tree es la novedad últimamente, y me hizo mucha gracia ver que la maqueta estaba entera, no como la de verdad a la que todavía le queda el pirulín por pinchar. Estoy seguro que si hubiese sacado fotos teniendo cuidado con las montañas de los alrededores, cosa chunga porque estaban por todos los lados, habría dado el pego!! jeje.

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Menudo detalle tenían las maquetas, de flipar, por ejemplo estaba la estación de Tokyo y cuando llegaban trenes de vez en cuando sonaba la musiquita típica y el mensaje de la tía diciendo lo de la “doa ga shimarimaaaaaaasu”. O el aeropuerto de Narita yaviones aparcando con sus luces parpadeando en las alas y los coches esos que llevan los equipajes y toda la pesca, y todos los árboles que hacen de árboles eran bonsais de verdad!.

El parque está dividido en Asia, Europa y América (todo englobao dentro del mismo Indautxu) pero tampoco es tan grande como para que no se puedan mezclar monumentos en la misma foto. Era gracioso ver las torres gemelas, el Empire State Building y la Tokyo Tower / Sky Tree al fondo, o la plaza del Vaticano y la Torre Eiffel!

Como era tarde, ya nos quedamos hasta la noche para ver el asunto de la iluminación que me tienen preparada, y la verdad es que fue bastante más bonito aunque como hacía un frío del carajo, no me dió por sacar la cámara y ponerme con el trípode a afotar, si eso en verano vuelvo (a ver si tienen el puente del charco de Zalla hecho pa entonces, que ya puse la reclamación).

Está un poquico lejos desde la estación de Nikko, y aunque fuimos en coche, hay autobuses y trenes (en la web lo pone divinamente). La entrada vale unas cuatro birus y un edamame (2500 ñapos), pero yo creo que merece la pena, es un parque curioso curioso, así que si os sobra tiempo después de ver el Toshogu y las cascadas Kegon, pasaros por allí y saludad a la de la puerta de mi parte que seguro que se acuerda (esta historia otro día ya si eso…).

¡Buen fin de semana, mozalbetes!
¡haced bondad!
:gambiters: :gambi: :gambiters:


¡Inauguro sección!
¡ikuchorradas de última hora!

romerales.jpg

Seguridad Social

Bueeeno, que no todo van a ser parrafadas de esas de tener que leer y cansarse, que el blog parecen los deberes para casa ya. Aquí va un post con santos pa que los miréis sólo, sobre la Sky Tree finiquitada:

Ala pues, yo marcho que he medio quedao. Ya mañana cuento más, si eso…

Aparco la moto con los dedos congelados a pesar de usar dos guantes en cada mano, y entro en el edificio cuya octava planta alberga el hueco de Tokyo donde me acogieron como empleado unos tres meses atrás. La mayor parte del edificio está alquilado por Fujifilm, así que el logotipo está por todos los lados. ¿Seguirán haciendo carretes? lo mismo un día entro y se lo pregunto y de paso que me expliquen por qué a veces entraban 25 fotografías en un carrete de 24. Ya si eso cuando haga un poco más de calor, que ahora con la fresca da pereza.

Unas tres o cuatro personas esperan ya a que baje uno de los ascensores. No me he fijado, pero supongo que todos japoneses dada la proporción de extranjeros que trabajamos en este edificio… rara vez me cruzo con otro del estilo de mi cara, ésa de la napia con rebaba y los ojos de ratio más cercano a Pi.

Marco mi número “secreto” y pongo la mano en el chisme de detectar manos, parece que cuadra y la puerta se abre, raro día éste que no haya tenido que probar un par de veces más.

Doy los buenos días y algunos me contestan, aunque poca gente hay hoy, ni adrede consigo llegar más tarde, sigo sin acostumbrarme a llegar a la oficina a las diez de la mañana y ni queriendo me levanto ya más tarde de las ocho. Lo de que contesten o no creo que tiene más que ver con el sueño que con la educación, aunque no me vencerán y seguirán teniendo que pasar por ese trago todas las mañanas. Que para eso fuí a una universidad de pago.

La oficina es como todas las oficinas en las que he estado, bueno menos la de Bilbao que era un disparate (sus dueños también): cada uno tiene su mesa con su ordenador y un par de pantallas, un teléfono, cuadernos, bolis y algún toque personal del estilo de la taza que compré nada más llegar a Japón en el súper de mi barrio. Luego hay una impresora aquí y otra allá, un par de faxes, un chisme de esos de meter un folio y sacar confetti… nada de robots, ni pantallas que floten en el aire a lo Minority Report. Esto es más normal que el copón.

Mi equipo ya ha llegado y en corro, taza de café o té en mano, están compartiendo sus fines de semanas. Hay risas, gritos, a veces se habla a la vez, a veces no… insisto: gente normal en una oficina normal hablando de cosas normales, de no ser por el idioma, esto sería igual que cualquiera de las mañanas en el parque de Zamudio hasta que Natalia gritaba “dispersión” cuando venía la jefa y nos íbamos cada uno a nuestro ordenata.

La mañana pasa rápido cuando hay cosas que hacer. Todo va por emails, a veces con mucha gente en copia, a veces no. Estamos todos en red, hay servidores de ficheros para dejarnos cosas entre nosotros, hay servidores web internos, externos y de producción. Somos administradores en nuestro propio ordenador, así que podemos instalar lo que queramos, aunque el antivirus estaba ya, y por lo que yo sé, no se espía lo que uno mira por internet, aunque ya no me fío ni de mi sombra.

A la hora de comer algunos calientan el taper en el microondas, otros salen fuera al típico menú del día de menos de 1000 yenes. El otro día descubrí que trabajo al lado del restaurante ese de Kill Bill porque fuimos a comer allí a mediodía, que también abren, es barato y no hay nadie. Esto es Tokyo, al fin y al cabo, y la oferta gastronómica supera a la de Bilbao, un poquitín sólo, ojo.

La secretaria se encarga de que haya siempre café recién hecho para después de la hora de la comida. Mira, esto no lo teníamos en Zamudio, aunque ni falta que hace, que no me gusta que me hagan las cosas, apañadito que es uno.

Toca reunión, el Outlook avisa (que feo es Windows XP, por cierto, es como Mac OSX pero en tuerto y bostezando), y con el cuaderno me voy a la sala de reuniones. Una mesa grande con un proyector y un montón de sillas, de nuevo ningún alarde más allá de la pizarra blanca de rotuladores de esos de borrar con el dedo. El teléfono en modo manos libres nos permite hablar con los Koreanos cuya web estamos preparando, y ahí nos tiramos una hora perdiendo el tiempo y cinco minutos de productividad. Mira tú, otra coincidencia más con el mundo conocido.

Llega la hora de salir, alguno se queda, aunque la mayoría nos ponemos las chaquetas y vamos juntos al ascensor y, hasta hace poco, hasta la estación de Shibuya. La moto me ha hecho ganar mucho tiempo, pero ese cacho de risas hasta el tren con los compañeros molaba mucho, porque si ponemos que en mi mente mi jefe habla igual que Sheldon Cooper (aguantale sobrio) y que uno de los filipinos es igual que el indio, ya tenía el circo montao.

En la oficina nadie se queda por gusto, no hay nada que aparentar, no hay más presión que la que se pone uno solo. Aunque sé, por personas muy cercanas, que no es precisamente lo normal aquí. Este tópico lo dejaré como está, porque parece ser real, como la suerte que tengo yo de que no se cumpla, supongo (y ya van dos empresas aquí).

Después toca Karate, o Capoeira, y llegar a casa a ver alguna serie bajada de internet mientras ceno hasta que los párpados ya no pueden más. El día siguiente empieza de la misma manera, y así hasta el fin de semana donde ya la cosa cambia y uno manda un poco más en su vida que antes.

Si se tienen ganas, se cocina algo para recalentar mañana dentro de un taper.

Hoy no es el caso.

Oyasumi nasai.

Vivo solo desde hace casi cuatro años en el segundo piso de una casa de dos. No es el típico bloque de apartamentos, sino una casa en la que sólo hay cuatro viviendas siendo la mía la más grande de todas, lo que es decir bien poco dado que sólo pasa un par de metros cuadrados de los veinte.

La puerta de la calle da a la cocina donde una puerta corredera descubre la habitación en la que como, duermo, veo la televisión y trabajaba hasta hace apenas unas semanas. Luego también hay un baño, claro, de esos prefabricados de plástico con desagüe en el suelo, con su bañera que uso prácticamente cada día de este alter ego mío que es el invierno.

No es mía, la casa digo, así que no me molesto en tener la alfombra más cara o el mejor sofá que quepa, es más todo lo contrario: mientras sirva su función, me da bastante igual que la mesa donde como haya costado 2000 yenes porque cuando se rompa, compraré otra del mismo precio y de mientras no me preocupo si se raya o dejan marcas los vasos.

Una cosa no quita la otra, y como tengo pánico a las cucarachas que tanto abundan por aquí en cuanto se va el invierno, limpio la casa a fondo prácticamente todos los fines de semana. Tampoco es mucho decir, en pasar la aspiradora no se tardan más de diez minutos ni aposta. De la misma manera, me he rodeado de utensilios que me hacen la vida más fácil como la lavadora-secadora o el cocedero de arroz, el objetivo es tener más tiempo para lo que de verdad me importa minimizando el necesario para, digamos, vivir con dignidad. Podría resumirlo en que nada de lo que tengo, materialmente hablando, me importa de más.

Tengo dos espejos de cuerpo entero y nada en medio de la habitación, esto es porque muchas veces me dedico a dar patadas de Karate o intentar piruetas de Capoeira delante de él y me encanta tener espacio para ello. También tengo muchos libros de Karate desperdigados por el suelo, una pelota de esas de hacer abdominales, pesas, lastres, un pulsómetro y playeras para correr y me niego a comprar sofá, mesas o sillas porque la mayor parte del tiempo que paso delante de la televisión lo hago tirado en el suelo haciendo estiramientos.

En la nevera siempre hay fruta, verdura, tofu y huevos y todas las mañanas saco pechugas de pollo o piezas de salmón del congelador para cenar por la noche. Normalmente la regla es no beber alcohol ni comer nada malo entre semana, regla que se olvida los fines de semana donde todo está permitido. No soy un monje y de vez en cuando cae un McDonalds o me pongo ciego a chocolate un martes, aunque no es lo habitual. Y nunca, nunca, diré que no a una cerveza con amigos, sea jueves o fiesta nacional.

No es raro que desayune un cuenco de arroz, lo raro es que sean tostadas. Sólo bebo un café al día que es el de nada más levantarme, sin leche, porque no me gusta su sabor, y desde hace un año, sin azúcar, digo yo que la edad hace que me gusten más los sabores amargos. Al llegar la noche podré haberme bebido perfectamente diez tazas de té verde. En la oficina siempre hay agua hirviendo disponible en una máquina y me levanto de media dos veces cada hora a la cocina a hacerme uno.

Desde que me compré la moto, me he olvidado de trenes y de la hora y pico que tardaba antes, ahora en veinte minutos estoy en la oficina. El dueño me deja aparcarla en el mismo edificio por 2000 yenes al mes, y si le sumamos a la cuenta que llenarla una vez por semana cuesta unos 800 yenes, podemos decir que la cosa ha salido redonda. La moto es bastante cutre y últimamente no marca la velocidad, pero aplicamos la ley de la mesa de 2000 yenes de casa.

Evito a la gente que no me aporta nada, que me cansa, que siempre ve el lado negativo de todo, que se está siempre quejando. No aguanto a los que creen saber de todo, a los que no escuchan, a los vagos que no hacen nada, a los que centran su vida en compararla con las de los demás, no soporto a los que se dedican a criticar todo y a todos sin prácticamente saber nada ni conocer a nadie. Me caen mal los que sólo son capaces de ver los errores de otros sin reconocer ni uno de sus logros, sea la proporción cual sea.

Desde que vivo en Tokyo no me gusta hablar por teléfono, me da pereza, quizá verguenza, me siento mucho más cómodo comunicándome con mensajes o por email, esto hace que tenga el teléfono lleno de llamadas perdidas que supongo que provocarán malentendidos entre mis amigos, no es mi intención, pero no lo puedo evitar.

Un día me planteé reírme de todo lo que es reíble, y descubrí que lo es la gran mayoría de lo que compone mis días, empezando por mi mismo. Duró poco, lo de reírme queriendo, y ahora ya me río de verdad y creo que eso ha hecho que sea un poco más feliz adrede. Como todo el mundo, tengo preocupaciones y he tenido problemas serios, pero he sabido reírme de ellos aún tomando las medidas adecuadas en cada momento. No ser serio no significa no ser responsable.

Muchas veces me olvido de que soy extranjero porque la mayor parte de lo que hago es rodeado de japoneses. No me gusta hacer cosas de extranjeros ni ir donde van ellos, tampoco me gusta que hagan distinciones por serlo, aunque es inevitable dado el envoltorio.

Me gusta decir lo bueno de lo que siento sobre otras personas, lo malo me lo callo y muchas veces desearía no hacerlo, evito todos los enfrentamientos que puedo, quizás soy un cobarde, o puede que simplemente me den igual.

Lloro más que antes, mucho, demasiado, a veces creo que no es normal aunque la mayoría de las veces no es de pena, me emociono muy fácilmente.

Envidio a algunas parejas, matrimonios de amigos muy cercanos, me gusta la relación que tienen, cómo se tratan delante de mí, la amistad que destilan entre ellos y con los demás, como si se multiplicase una con otra.

A mis 34 años veo bien, no necesito gafas, tampco me duele nada, no tengo ningún dolor que se repita como el típico de la espalda o las rodillas o del estilo. Lo curioso es que unos años antes si los tenía, supongo que mantenerme activo físicamente me los ha quitado.

Aunque no me preocupan demasiado, tengo entradas que trato de tapar dejándome el pelo largo, y tengo más pelo en el cuerpo del que me gustaría. Hace unos años odiaba ser bajo, ahora me gusta, me siento más ágil y rápido.

Alguien me preguntó hace poco sobre mi vida aquí y esto me ha salido, poco más se me ocurre. Poco más hay que añadir, excepto una reflexión de última hora, y es que sé que Tokyo me ha cambiado mucho, pero también sé que de volver a Bilbao no creo que mi vida cambiase casi nada.