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Una semana en Tokyo y alrededores, día 1

Este es el reto, mayormente. Planificarles una semana por Tokyo y alrededores a mi familia y a los amigos que se han animado a venir a nuestra boda el año que viene…

Lo primero que he pensado es buscar por internet, seguro que hay alguien que tiene un viaje más que planeado y posteado por ahí… nah, no me ha convencido nada lo que he visto: visitas a un Tokyo lleno de tópicos que muy poco tiene que ver con mi vida aquí y yo lo que quiero es que los míos se vayan sabiendo cómo paso yo mis días en esta ciudad, a donde voy los fines de semana, por donde me gusta pasear.

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Así que empezamos por descartar Akihabara, donde no voy nunca porque no me interesan ni las que se visten de chachas, ni mucho menos las idols esas que tan atravesadas tengo, que las cogía a todas y las ponía a cavar zanjas. ¿Chismes electrónicos?, no creo que ninguno de mis amigos venga a Tokyo a buscar una gameboy edición limitada para llevarse de recuerdo. Descartado, como descartado está Ginza que no aporta nada más que ver cuatro escaparates de tiendas de lujo que son iguales en todo el mundo y donde la gente malgasta un día entero para no ver nada, o el palacio imperial donde no se puede ver ná.

Total, aquí va la ikuguía para pasar una semana en Tokyo y alrededores como me hubiese gustado que me lo contasen a mi. Hago el asunto por partes para que no tarde mil meses en publicarlo y de paso contar cada día con el detalle que se merece:

Dia 1
Tsukiji, Hamarikyu, Odaiba, Onsen

¿Qué mejor que empezar con buen pie yéndonos a comer sushi?. Porque por muy tikismikis que seas para comer, coño, venirse a Tokyo para zampar en el McDonalds es como irse a Tolosa a pedir paella. Así que nos pegamos un madrugón que seguro que será patrocinado por el jet lag y nos vamos a Tsukiji, a la lonja de pescado donde los turistas no hacen otra cosa que molestar, pero que es algo que hay que ver de todas formas y ahora la cosa la tienen mejor controlada porque se entra por turnos.

Después, por supuesto, un buen sushi para desayunar con su sopica miso para pillar fuerzas y marcharnos, todo peripuestos, a los cercanos jardines Hamarikyu. Está todo a mano, se puede y se debe ir andando porque por el camino nos encontraremos con el edificio Nakagin capsule y el rascacielos de la Dentsu, que te dejarán pericueter pero como vamos con la tripa llena, pues pericueters campanters (jodé, «pericueters campanters»… y que me hayan sacado a mi en un libro de la ESO…)

El parque lo recorremos con calma, incluso estaría bien tomarse un té en la casa que hay en medio del lago. Que esa es otra, hay que tomarse un té en condiciones con su dulce en condiciones y en posición seiza encima de un tatami. Por muy amargo que esté el té y por mucho que duelan las rodillas, hay que probar que para eso os habéis cascao las horas de avión que os habéis cascao y no sólo para tirar cuatro fotos y decir que habéis estao, digo yo, ¿no?.

Jodé, anda que no llevamos ya cosas hechas, ¿eh?. Pues no hemos hecho nada más que empezar. En el mismo parque nos cogemos un barco que nos va a llevar en menos de media hora, a Odaiba que está enfrente (el tío Tosca tiene todo pensado, amigos!). Pasamos por debajo del Rainbow Bridge, y a la que nos queramos dar cuenta, estaremos ya en la bahía de Tokyo sin haber movido ni un músculo así. De Odaiba leeréis que es la «isla artificial» de Tokyo, ba, de isla tiene poco y lo de artificial nos da igual, el caso es que hay un montón de tiendas, centros comerciales y restaurantes donde pasar un rato, pero ba, que tampoco tiene mucha historia venirse a ver tiendas. Lo que hay que hacer es irse donde el Gundam, el robot este grande que han vuelto a poner y que a las en punto se mueve y hace tonterías, y después tirar para el edificio de la Fuji TV y subirse a la bola que hay encima del todo que tiene un observatorio. Si coincide que os van dando cerca de las cuatro de la tarde, ya esperaros un rato a que se haga de noche y así veis cómo cambia el panorama de Tokyo con todas esas luces que hacen que se haga de día de nuevo a su manera. Y todo desde allí arriba, con vistas privilegiadas de la bahía de Tokyo, con el Rainbow Bridge, la Tokyo Tower… incluso el Fuji si tenéis suerte.

Y como a estas alturas tenéis que tener más hambre que el tío Keké que hizo la dieta de la alcachofa, os voy a proponer el colofón perfecto: nos vamos a un onsen. Que diréis: «yo lo que tengo es hambre, no ganas de mojarme los pelendengues», ¡no preocuparse!. En el Edo Tokyo Onsen Monogatari nos ponemos un yukata, y pasamos a una réplica en miniatura del Tokyo de los años catapún donde hay un montón de restaurantes de todo tipo: Yakitori, Ramen, Tempura, Udón… aunque yo recomiendo aguantarse un poco y darse el homenaje después de haber pasado por las bañeras de agua caliente de donde saldréis que os coméis a un equipo de fútbol entero si os lo ponen delante.

Después ya si, ya por ley tenéis que comer todo lo que os entre remojándolo con unas jarras de cerveza porque estaré yo por ahí controlando el asunto. Jodé, es que lo estoy contando ahora y me están dando ganas de ir ahora mismo, madre mía que gustico de día!!! y que lo cuente de gratis!!!


¡¡Y no se ha acabado!!. Toca la vuelta, en Yurikamome, el monorail que se conduce solo. Yo recomiendo ponerse en el extremo del anden delante del todo y dejar pasar dos o tres trenes hasta que encontreis uno que tenga sitio en el primer vagón, porque la vista de noche por el medio del Rainbow Bridge entre rascacielos es impresionante y como no hay conductor, iréis en primera línea como si lo llevaseis vosotros y es algo que tardareis en olvidar (aunque esto depende del número de cervezas degustadas momentos antes)

Al llegar otra vez a Shinbashi, seguramente sólo os quede meteros a dormir porque el día ha sido más largo que largo. Si por lo que sea, todavía tenéis hambre, en Shinbashi a nada que andéis un poco dirección Ginza, os encontrareis pequeños restaurantes de yakitori debajo de las vías del tren, zamparse un último pinchico de carne asada con una buena cerveza puede ser el fin perfecto a un día bien bonico antes de pillar la cama con ganas.

Continuará…

Jardines Hamarikyu

En Tokyo hay un montón de parques, estoy seguro de que a los que vengan por primera vez les sorprenderá esto mismo: la gran cantidad de árboles que te puedes encontrar en cualquier sitio. Aquí al lado de mi casa hay una montañita con su bosque y todo, y vivo bastance cerca del centro. Bosque que, por cierto, está lleno de cuervos que me ponen la cabeza loca.


Pues hay unos jardines que yo nunca había visto y de cuya existencia me enteré el otro día de casualidad. Son los Jardines «Hamarikyu», que resulta que pertenecieron a la familia del Shogún Ieyasu Tokugawa y que ahora se pueden visitar apoquinando los 300 yenes de la entrada.

Para ir, se coge el monorail elevado Yurikamome desde la estación Shimbashi, y uno se baja en la parada Shiodome. Esto os sonará… ¿os acordáis del reloj de Miyazaki?, pues desde ahí se tardará como cinco minutillos a pata:

Lo primero que impresiona de esta zona son los pedazo de rascacielos que hay. En Shiodome se pueden ver los edificios más nuevos de todo Tokyo:

La vista de este edificio es increíble desde aquí. De verdad que parece mentira..

Es una locura de edificio el de la Dentsu, una agencia de publicidad japonesa… parece de película del futuro!

Y claro, aunque el parque estaba ahí desde mucho antes, lo que de verdad impresiona, la imagen con la que se queda uno es la del contraste: los edificios forman un muro inmenso en comparación con los árboles…

Es como si el parque fuese una maqueta, y los edificios fuesen los que son de verdad

No queda lugar a dudas de que impresiona y, en cierto modo, es hasta bonito…

Sobretodo porque no hay muchos sitios en Tokyo donde uno puede ver reflejados los rascacielos

Destaca que está rodeado por canales de agua de mar, y que hay un estanque que fue diseñado para tener pequeñas olas procedentes de las mareas. Por lo que pone en la guía, resulta que es el único de este tipo que existe en Tokyo.

Se puede coger un Aquabus que te lleva hasta Asakusa o hasta Odaiba en un silbido

Es un parque muy grande, muy bonito, donde uno se puede dar un paseo como Buda manda. Además no suele haber mucha gente, con lo que si queréis alejaros de todo el jaleo de los sitios habituales de esta locura de ciudad, yo os recomiendo que os paséis por aquí, que entréis en la casa de Té del medio del lago y que os toméis uno mientras os imagináis a la familia del Shogún paseando por entre los árboles. Y, os guste o no el té, no dejéis de dar las gracias a quién os lo sirva, que no es nada fácil.

Si en Tokyo hacía 30º, aquí los árboles consiguen bajar la temperatura… realmente agradable

Al fondo, casi casi ahí mismo, tenemos a la mar salada

Y mozas casaderas vestidas con sus Yukatas, más guapas que guapas

Este es un pino que cumple 300 años el año que viene…

Y un puente de madera de los pocos que quedaron sanos después de los bombardeos de los yankis, el resto son reconstrucciones, incluida la casa de té

Y tan bonito es el parque, que lo eligen para sacar fotos a modelos con vestidos tradicionales. Estos fueron los terceros que vi ese día